Tinieblas

Sexto capítulo: Tal vez


“En un abrir y cerrar de ojos, localicé el olor de mi pequeña. Y seguía acercándome. A ella. Pero no sólo a ella. Sino también a la muerte, al peligro, a mi instinto. Y mientras me acercaba, dos partes de mí luchaban. Una parte, pretendía beber la sangre de Jacqueline, haciendo que se me hiciera la boca agua. La otra parte, la menos potente pero por la que yo luchaba, quería ver por última vez a mi hija, estrecharla entre mis brazos. Por última vez. Aunque eso representara no verla más. Pero me habría despedido, y sabría que ella tendría una vida.

De repente, me encontré frente a la puerta a la que el olor me había dirigido. Dejé de respirar, esperando que aquello funcionara. Y abrí la puerta, donde el presente inmediato se convertiría en pasado y el futuro en presente.”

Demasiado tentador, demasiado peligroso, demasiado mortífero. Supe que no tenía que haber venido aquí, que, con ello, ponía en peligro la vida de Jacqueline. Y aun así, lo había hecho, porque quería verla, despedirme de ella, aunque fuera por última vez. Pero ya era demasiado tarde para parar. Era demasiado tarde para todo. A mi pesar, a mi desgracia, no podía controlarme, no podía detener al monstruo que había en mí. Sin darme cuenta, una puerta se cerró detrás de mí.

Mi cuerpo, pero no mi conciencia, se movía lentamente, como temiendo algo. Y por otra parte, mi yo, mi mente, no dejaba de preguntarse cosas. ¿Por qué diablos había tenido que venir aquí, sin pensar en las posibles consecuencias en que todo podía acabar? ¿Por qué no había tenido en cuenta mi sed, que no había aprendido todavía a controlar? Y ¿por qué, además de todo aquello, había tenido que enterarme de que Jacqueline estaba allí? ¿Acaso la vida era tan injusta en realidad y no ofrecía oportunidad alguna? ¿O sólo era por mi mala suerte? No sabía ninguna respuesta. Tan sólo que había actuado por un impulso, por instinto y que tendría que pagar las consecuencias, fueran las que fueran.

Paso a paso, me acercaba a Jacqueline y a pesar de no respirar, el olor era demasiado intenso, demasiado fuerte. Inevitablemente, se me hacía la boca agua, poniéndola tan sólo más en peligro. Intenté concentrarme en mi alrededor, en el lugar donde estaba, distraerme vagamente. Me hallaba en una habitación pintada de blanco inmaculado y de suelo con azulejos turquesas, donde tan sólo había una cuna y algunos cuantos juguetes. Y por supuesto, mi hija, en la cuna, dormida pacíficamente.

-Jacqueline -susurré en un hilo de voz. Con sed, con tristeza, con añoro. Una mezcla bien extraña, sin duda. Di el último paso que nos separaba y me apoyé en la madera de la cuna.

Y no supe cómo, pero pude sentir el olor igualmente. Pude sentir el olor delicioso y exquisito de su sangre, dulce y floral. Me pregunté por un momento si no habría heredado parte del olor de mi sangre… floral, como Edward la había descrito. Quizá por eso me tentaba tanto. Quizá incluso eso de mí la pusiera en peligro. Y la ponzoña empezaba a abundar en mi boca, los músculos se me agarrotaban. Pero lo que más notaba de todo aquello, era el vacío de mi estómago, la sed. Como un pozo sin fondo que sólo pudiera llenarse con aquella agua. Como si sólo me pudiese calmar con aquella sangre.

-Jacquie, ven con tu mamá -una voz desconocida para mí, con un tono persuasivo pero de peligro, salió de mi boca, contra mi voluntad, a favor de la voluntad de mi insaciable hambre.

Entonces me di cuenta de lo que había dicho, con qué voz y con qué tono. Y no sólo de ello, sino de más cosas. Tarde o pronto, mataría a mi propia hija contra mi voluntad, quisiera o no. La sola idea me aterrorizó y me paralizó, venciéndome a mi sed y a mí misma. ¿Cómo había podido llegar hasta tal límite? ¿Cómo había podido siquiera pensar en ello? Mi pequeña, que creía muerta, ahora sería yo quien la matara. Yo, su madre. Y encima, en contra de mi voluntad. Encima, me dejaría vencer tarde o temprano por mi sed.

Todo cuanto pude hacer, fue detestarme a mí misma una y otra vez. Detestar mi descuido, mi deseo sin pensar en nada más. Podía matarla en cualquier instante. Ahora, unos segundos después. Y cada momento que seguía allí, sólo la ponía en más y más peligro. Si me marchaba, la dejaría de poner en peligro, pero no la volvería a ver jamás. Incluso en aquellos momentos era egoísta, porque no me bastaba con verla, sino que quería estrecharla entre mis brazos, acariciar su cabecita y acunarla. Al menos por última vez. Pero ni eso podía ser. Ni eso ni nada.

Miré una y otra vez aquel rostro, intentándolo memorizar, intentando que se fijara en mi mente como una mancha de aceite que nunca se va de la ropa por más que se lave. Y aunque sufría, aunque mi ser se consumía en un dolor físico de no poder alimentarme que casi me dolía más que cualquier otra cosa, continué torturándome. Desde luego, valía la pena, la tortura. Todo valía la pena mientras pudiera estar con ella por última vez.

Instintivamente, tanto por una parte como por otra, mi mano derecha se extendió hacia Jacqueline. Para acariciarla o para matarla. Para despedirme o para ponerla más en peligro. Ni yo misma sabía qué estaba haciendo. Todo cuanto deseaba era irme y quedarme, dejarla en paz y acariciarla. Y una manita agarró mi pálida mano fijamente. El tacto provocó más hambre, más descontrol y más sed en mí. Por un sólo instante, me imaginé cómo sería el sabor de su sangre en mi boca, cómo el estómago se me calmaba y la ponzoña cesaba.

Pero sólo fue un instante en el que mi mano acarició suavemente aquella mano cálida. Porque me concentré con todas mis fuerzas en no hacer nada más. Porque incluso hubiera muerto de buena gana para no matarla. Fuese como fuese, pude controlarme, pude hacer que mi conciencia, que mi ser se sobrepusiera a la sed que sentía. Y por aquello mismo, porque no sabía cuándo perdería el control, tenía que marcharme cuanto antes, alejarme de mi hija. Por ella, por su bien, por su futuro que cada vez corría más peligro estando yo allí.

-Lo siento, tengo que marcharme -le dije en un hilo de voz pastoso que apenas podía entenderse pero que me veía obligada a decir-. Me voy, Jacqueline, pero te quiero, muchísimo. No lo olvides, por favor. Nunca.

Y me dirigí a la puerta pese a que una parte de mí me tentaba en volver. Me negué una y otra vez mientras andaba lentamente hacia la puerta sin girar la vista. Jacqueline sería feliz en Jacksonville junto a Renée y a Phil. Aquello era mejor que cualquier otra cosa, por supuesto. No nos tendría ni a mí ni a Jake, pero estaría a salvo, feliz. Sí, todo le iría bien. Sin mí. Pero estaría a salvo. E incluso tal vez pudiera verla de nuevo cuando creciera, con el paso de los años, cuando no la pusiera en peligro al estar a su lado. No tendría que hablarle, no tendría que acercarme, pero podría observarla, ver cómo crecía, cómo vivía. Y con ello bastaría. Era mejor que nada.

Tal vez la vería de nuevo. Tal vez ella viviera feliz. Tal vez estuviera salvo. O tal vez no. Pero confiaba en que sí, confiaba en una posibilidad probable. Era increíble cómo podía confiar en una posibilidad probable, o en una probabilidad posible, cuando podía ser que no se cumpliera, cuando podía ocurrir que ella no fuera feliz, que no volviera a verla o que no estuviera a salvo. Y aun así, el simple hecho de que hubiera una esperanza, una posibilidad o una probabilidad me hacía confiar en ello. Al menos, ahora podía pasar. Como mínimo había algo, aunque no se supiese con certeza. Pero había.

Cuando quise darme la puerta y volver, la puerta ya se había abierto y cerrado, y yo me encontraba en el pasillo. Y yo ya me había decidido. Había tomado la decisión de no ponerla en peligro, e incluso de verla en un futuro. Porque existía la posibilidad y era, también, probable. Y me sentí extrañamente aliviada, calmada por una vez en dos años. Había tenido la posibilidad de despedirme de ella, de verla por última vez. Tal vez. Y la sola posibilidad de hacer algo o de que algo pasará, me calmaba. Mi pequeña crecería, sería feliz. Era por cuanto podía pedir yo. Por su bien, por ella.

Y, por egoísta y ridículo que sonara, en parte, me sentía orgullosa de mí misma por haber soportado la sed y la tentación. Y durante bastante rato, además. Pese a todo, aún podía oler el eco del olor, pero no con tanta intensidad como para tentarme demasiado y volver atrás.

-Bella -me llamó una voz a pocos pasos de mí. Alcé el rostro y lo vi allí, tan encantador y de pelo rubio como siempre. Era Carlisle que, obviamente, no había envejecido.

-Carlisle -más que un saludo, pareció que estaba confirmando que le conocía. Y me di cuenta que no estaba donde yo creía estar. Al andar sin rumbo definido, había acabado bajando las escaleras y me encontraba en el comedor de la planta baja, al lado de la puerta.

-¿Qué te ha traído por aquí? -me preguntó en un tono amable y sonriendo con calma. Me pregunté qué podía contestarle a eso, aparte de que había bajado distraída sin saber adónde dirigirme, pero que no se preocupara, que no era sonámbula.

-Quería ver a Esme -intenté que sonara convincente y sonreí, aunque seguramente fue más una mueca que cualquier otra cosa. Aunque en parte, era verdad. Me gustaría ver a Esme para hablar con ella después de tanto tiempo.

-Esme se ha ido de caza con Rosalie y Emmett, por lo que volverán mañana -en su voz había una mota de añoranza y tristeza, como si ya añorara a Esme y la espera de un día se le hiciera insoportable. Pero repentinamente, me miró, atento, fijo en mi expresión-. Creo que deberíamos hablar, Bella, ¿no crees? Ha pasado mucho tiempo y la última vez que hablamos fue el día de tu cumpleaños, mientras te curaba las heridas.

Automáticamente, recordé aquel día de dos años atrás. El día en que aprendí que un solo día bastaba para cambiar las cosas, el futuro y también a uno mismo. Sacudí la cabeza, intentando no pensar en ello y concentrarme en lo que me decía Carlisle. Y, al pensarlo, me sorprendía que quisiera hablar conmigo, aunque era cierto que hacía tiempo que no nos veíamos y yo también tenía algunas preguntas sin respuesta, apenas importantes, pero tenía curiosidad por saberlas.

-Lo cierto es que yo también tengo que preguntarte algunas cosas -le respondí, esta vez con una sonrisa más natural. Eran preguntas que, por algún extraño motivo, no me veía preguntando a Alice o a Edward.

Carlisle asintió, con una sonrisa en los labios, y se sentó en un sofá alargado enfrente de una tele de plasma. Sin duda, Alice no sólo se lo habría pasado bien comprando cosas para mi habitación, sino para toda la casa en general. Y me senté al lado de Carlisle, sorprendida por lo cómodo que era el sofá.

-Alice se lo habrá pasado bien comprando todo esto, ¿verdad? -comenté como quien no quiera la cosa, sin saber muy bien cómo empezar o qué decir.

-No sin ayuda de Esme. Es Esme quien se encarga de la decoración y Alice de comprarlo todo y de los pequeños detalles. Siempre acaban discutiendo sobre dónde poner esto y lo otro cada vez que nos mudamos -Carlisle se rió entre dientes. Parecía que, por el simple hecho de tener la oportunidad de hablar de Esme, se le alegraba la voz y la expresión.

-Sin duda, pero les debe gustar hacerlo -recordé que a Esme le encantaba la decoración y todo lo relacionado con la casa-. ¿Y cuánto tiempo lleváis por aquí, por Ashland? Todo parece bastante nuevo.

-Alrededor de dos meses, más o menos, cuando encontré una plaza como médico en el hospital de aquí -al decir aquello, recordé algo, poco después de llegar yo aquí.

-Yo te vi, Carlisle, en el hospital. Estaba bajando las escaleras del hospital con Jacqueline en brazos cuando te vi, en alguna de las plantas del hospital. Te llamé, pero nadie me respondió. Y cuando llegué a la esquina, ya nadie estaba allí. Debías de ser tú, seguramente -le expliqué aquello, mientras la curiosidad y los nervios se apoderaban de mí. ¡Tenía que haber sido él, por increíble que me pareciese! Miré su rostro y su boca era una “o”.

-¿Eras realmente tú, Bella? Juraría que alguien me había llamado, pero simplemente, creí que me lo había imaginado. Y aun así, comprobé los nombres de los pacientes que estaban en el hospital, por si acaso. La única pista familiar que encontré, fue tu nombre, pero era Isabella Black, y acababa de ser atendida por embarazo, por lo que simplemente supuse que era una casualidad y la voz me la había imaginado -acabó de explicar, todavía con sorpresa en su rostro. Y yo también estaba sorprendida, desde luego. Porque al final, resultaba que había sido realmente Carlisle y no mi imaginación. Porque yo, tonta de mí, podía haberme esforzado algo más para averiguar si había algún Cullen en el hospital.

-Era yo, sí, efectivamente -me reí sin ganas, deseando en aquel momento haber podido descubrir la verdad-. ¿Y cómo es que estáis aquí, tan… al sur?

-Ah, es que de vez en cuando volvemos a lugares donde ya hemos estado. Aquí estuvimos en 1920, si no recuerdo mal, y… -se paró, mientras le invadían los recuerdos de más de ochenta años atrás. Y esperé a que continuara el resto de la historia, pero Carlisle no dijo nada.

-¿Acaso pasó algo mientras estuvisteis aquí en 1920? -le animé, impaciente por que continuara el resto de la historia. Creí recordar que por esos años, Edward ya habría estado con Carlisle.

-En 1920, no, pero un año después, en 1921… Fue cuando encontramos yo y Edward a Esme -su expresión era una mezcla de nostalgia y tristeza al mencionar aquello y me miró un momento, dudando entre si continuar con la historia o no, y yo asentí, como diciéndole que no sabía nada de aquella época. Suspiró y continuó-. Esme se había tirado desde el acantilado al perder a su bebé y cuando la trajeron al hospital, no se podía hacer nada por ella. Y la transformé, porque la recordé, porque la había conocido años atrás, en Columbus, cuando tenía dieciséis años. Además, fue como en el caso de Edward. No tenía otra salida. Y aunque dudé en un principio de haber hecho lo correcto, ahora sé que lo que hice, fue la mejor opción.

El ambiente, o la explicación, o incluso Carlisle en sí, me recordaban vagamente a los del día de mi cumpleaños. Y pensé en la historia de Esme. Había algo de todo aquello que se me escapaba, que no llegaba a acertar o a reconocer qué era. Tras pensarlo unos momentos detenidamente, lo supe. En la historia de Esme había algo que me resultaba terriblemente familiar. Algo demasiado familiar: un terrible paralelismo entre su vida y la mía que me hizo estremecer de horror. Una casualidad, un bebé perdido para siempre, un suicidio…

-¿Ese acantilado era…? -apenas era un susurro lo que se me escapó de la boca, pero sabía de antemano la respuesta antes de que Carlisle asintiera seriamente. Incluso daba la casualidad de que había sido en el mismo acantilado. Incluso había ocurrido en el mismo lugar. ¡Maldición! ¡Incluso para tirarme de un acantilado era un desastre!

-Lo siento, lo siento muchísimo -no acerté a comprender si las palabras que salían de mi boca se podían entender o no, pero no pude evitar parar lo que decía-. Yo no quería… no quería hacerlo, pero… no me quedaba otro remedio y… lo había perdido todo…

Al fin me detuve cuando un brazo me rodeó los hombros, dándome consuelo. -Éso no es culpa tuya, Bella. Era tu decisión, y en parte, lo único que podías hacer -Carlisle me miró un momento antes de esbozar una sonrisa en su boca, con curiosidad en los ojos-. ¿Y tu historia? Tú ya sabes cómo hemos llegado aquí nosotros, ¿pero y tú? Ya sé qué pasó, entre lo de Victoria y todo, pero aun así… ¿Fuiste feliz con Jacob Black?

Supe que Carlisle sólo intentaba distraerme, que sólo intentaba animarme cambiando de tema de conversación, pero una parte de mí se sorprendió al sentir esa pregunta. Cogí una bocanada de aire, al mismo tiempo que pensaba qué respuesta podía darle a aquello. Y le debía una respuesta sincera, tal y como él me había contado lo de Esme.

-Feliz, lo que se dice feliz, no, pero él me animaba a vivir. Era… superficialmente, vagamente feliz. Pero aquello ya era algo después de todo -no quería que se tomara a mal aquello, como si les estuviera culpando por marcharse, pero quería contarle toda la verdad, como él había hecho conmigo-. Jacob fue muy bueno conmigo, Carlisle. Y siempre le deberé, aunque ya no esté, mi vida, mi cordura. Lo dio todo por mí, y aun así, no pude darle cuanto se merecía. Todo cuanto puedo hacer por él, es recordarle y recordar cuánto hizo por mí. Y añorarle, porque siempre le echaré de menos como mejor amigo y punto de apoyo que fue. Por mucho que lo intente, siempre estaré en deuda con él, porque no fui capaz de corresponderle de la misma manera.

-Pero tú le quieres y le querías, Bella -dijo repentinamente Carlisle. Y no era una pregunta, sino la confirmación de un hecho. Y esa confirmación, por alguna razón que no alcanzaba a entender, me sorprendió a mí misma, como si de repente empezara a entender. Como si lo que él había dicho fuera la clave para entender todas mis dudas actuales. Una parte de mi mente empezó a pensar sobre ello sin que yo quisiera.

-Le quise y le quiero, desde luego, pero nunca, jamás fue y es suficiente, no le quise con toda la intensidad con la que puedo llegar a querer. Y Jacob se merecía y se merece algo más que esto. Si ahora, por lo que fuera, dejara de recordarle o de agradecerle todo cuanto hizo por mí… sería injusto. Y él estaría realmente muerto para mí. Porque, por absurdo que suene, yo siento todavía como si una parte de él estuviera vivo, pero si dejo de quererle, si le olvido… morirá definitivamente. Y nunca podré recompensarle por lo que hizo. Si yo quisiera mucho más a alguien aparte de él… -no era dueña de mis palabras. Y la verdad que en ellas había me sorprendió. Porque pude ver el por qué de todo lo que sucedía. De por qué había rechazado a Edward, de por qué me sentía culpable conmigo misma y con todo y con nada.

-No sé si esto tiene que ver con Edward, o qué ha pasado entre vosotros exactamente pero… -la voz de Carlisle era amable, como si me comprendiera-. Pero Bella, en este mundo se puede querer de diferentes maneras y a diferentes personas, cada una de ellas de diferentes maneras y con diferente intensidad. Como un padre, como un amigo, como un amor humano… o como un amor eterno. Estoy seguro de que Jacob, por el mero hecho de corresponderle, aunque no fuera suficiente, o por el mero hecho de poder ser algo feliz a su lado, le parecía suficiente y era feliz. Y no va a morir, no en tu recuerdo. Porque aunque le olvides, nunca olvidarás su existencia, sus recuerdos y los tuyos. Siempre sentirás cariño por él. Y no es cuestión de merecer o no, sino de que ya le has dado cuanto has podido. Y eso es mejor que nada. Es más que nada.

Y supe que Carlisle tenía razón y que lo mío tan sólo era un absurdo prejuicio. Yo siempre había querido a Edward, y siempre le querría, muchísimo más que a cualquier otra persona en el mundo. Él era, como había definido Carlisle, un amor eterno, el amor verdadero, al que nunca olvidaría. Y que quería aún y había querido a Jacob, pero no de la misma manera. Jacob había sido mi mejor amigo, y mi amor por él era una mezcla de amistad, gratitud y cariño. Un amor, como había dicho Carlisle, humano. Y le olvidaría, pero también, y como había dicho Carlisle, le recordaría con cariño, con amistad.

Luego, también comprendí mi reacción al querer que Edward no me besara. Había pensado que, si estaba con él, nunca había sido buena con Jacob, nunca le habría merecido. Pero no era así. De poder hablarme ahora, Jacob me diría que quería que fuera feliz, que no me preocupara por aquello. Como si incluso él me decía que me había equivocado. Porque me había equivocado y había hecho daño a la persona que más me importaba. Y debía aprender de aquello, como de todos mis errores y que para otra vez me sirvieran. Y debía de arreglar todo. Pronto. O ahora mismo.

-¿Dónde está Edward? -le pregunté a Carlisle con voz ansiosa e impaciente. Todo aquello había sido repentino, demasiado rápido, incluso yo lo sabía, pero también era fácil de entender.

-Debe de estar en la playa, con Jasper y Alice -me respondió con una sonrisa en los labios y voz alegre y amable, viendo que me había hecho entrar en razón. Y se lo debía a él, por hacer que me diera cuenta de mis absurdos prejuicios y errores. Precisamente por ello, debía de agradecérselo.

-Muchas gracias por todo, Carlisle. Me ha gustado mucho hablar contigo. De veras -y era cierto. Era como haber hablado sinceramente con un padre sobre mis temores y sentimientos. Y aquello me hacía sentir mejor.

-A mí también, Bella, de veras -se despidió de mí sonriendo gentilmente. Sin esperar un instante más, me levanté del sofá y me dirigí a toda prisa a la puerta, impaciente por salir.

Fuera, todo era oscuro, era de noche. Por un momento me detuve y me sorprendí, observando la luna en cuarto creciente y las estrellas del cielo. ¡Ni siquiera sabía en qué día de la semana estaba, ni en qué hora! Pero ni siquiera aquello importaba. Porque yo ya no estaba más en las tinieblas. Aquellas tinieblas, aquellas dudas, aquellos temores en los que me había sumergido y que me habían vencido por unos momentos, oscuras como la boca de un lobo, se habían disipado. Y no era incapaz de encontrar la salida, como antes.

Y mientras recorría un bosque desconocido, guiada por el olor salado del mar, pensé, aliviada por ver lo principal solucionado. Jacob, Jacqueline, mis temores. A Jacob siempre lo recordaría, siempre sentiría cariño por él y siempre le agradecería haberme animado y haber hecho todo lo que hizo por mí. Siempre. Y a Jacqueline, también. A mi pequeña siempre la querría, siempre la recordaría, siempre la echaría de menos. Pero al menos, siempre existía la posibilidad de volver a verla. Verla crecer, verla de nuevo en un futuro, sin ponerla en peligro. Tal vez.

Tal vez, si no hubiera sido tan tonta, si me hubiera dado cuenta de mis reacciones y me hubiera entendido a mí misma antes, me hubiera ahorrado muchos errores y meteduras de pata. O tal vez, no. Tal vez, si no hubiera venido a Ashland, no me hubiera encontrado de nuevo con los Cullen y Victoria seguiría persiguiéndome. O tal vez, sí. Tantas posibilidades, tantas probabilidades, tantas opciones y tantos caminos. No sabía qué pasaría, ni siquiera Alice podía saberlo con certeza, porque siempre había diferentes opciones. Unas más obvias, las otras menos.

Pero aun así, sabía algo con creces. Sabía qué era lo más importante para mí en mi vida y conocía lo que quería, me conocía a mí misma. Sabía que podría decir que “me gustaba”, que “le apreciaba”, o podría decir incluso que fue “amor”, pero ninguna de esas palabras bastaría para definirlo con justicia. Sabía que fue mi “razón de vivir”, porque siempre había tenido la posibilidad, la esperanza de que volviera a mí. Sabía que, hiciera lo que hiciera, pensara lo que pensara, querría a Edward y acabaría a su lado. Y ni siquiera aquella certeza bastaba para definir lo que sentía, lo que quería y con cuánta intensidad le amaba.

Por haberme dado cuenta de un error, por haberme conocido un poco más a mí misma, por todo, y por una vez en largo tiempo, agradecía ser Isabella Swan y no otra persona. Por una vez, estaba contenta de ser yo. Porque a Isabella Swan todavía le esperaba mucho en la existencia: errores de los que darse cuenta, posibilidades y probabilidades, alegría y tristeza. Pero lo más importante, eran dos cosas. A Isabella Swan todavía le esperaba una eterna feliz junto la persona más importante para ella y la posibilidad de ver vivir a Jacqueline de nuevo. Y para ella, todo comenzaba ahora, al ver una playa extenderse a su alrededor, al ver el horizonte interminable, la posibilidad de todo. Y la razón de vivir.