Tinieblas

Cuarto capítulo: Soñando


Lentamente, mientras el sol retrocedía paso a paso en la habitación, el crepúsculo llegó por tercera vez consecutiva. Tres días de dolor y sufrimiento. Tres días en los que no había dejado de culparme una y otra vez por mi elección. Tres días en los que tuve la oportunidad de volver a estar junto a Bella, pudiendo volver a coger su mano en la mía, pudiendo volver a acariciarle el rostro pálido y volver a besarle la mano. Tres días en que lo malo y lo bueno no importaban hasta que llegaban a su final. Y ella abrió los ojos, rompiendo todo equilibrio.

-¿Edward? -musitó, confundida, mirándome como si yo no estuviera realmente allí, mirándome como si fuera su imaginación. Se frotó los ojos de nuevo y volvió a llamarme-. ¿Eres tú de verdad, Edward?

Tres días y su corazón se había parado. Ahora todo sería diferente. O no.”

Sabía de sobras que aquello era mi imaginación, una imagen de mi mente irreal, que se desvanecería en cuanto intentara alcanzarla. O quizá estuviera soñando, sin más. Quizá, después de la muerte, lo que les espera a las personas es su propia ilusión, su propia imaginación en la que viven para siempre. Y a pesar de que era consciente de que aquello era mi ilusión, mi muerte, parecía todo tan real, todo tan verdadero, como aquel dolor intenso en tres días, como la voz de Edward pronunciando mi nombre en aquel interminable tiempo, como el tacto de su mano en la mía y como el débil llanto de un bebé que oí de lejos, en otro mundo, mientras aguantaba aquel dolor, pensando que luego se desvanecería.

-Bella -fue cuanto dijo con su voz aterciopelada antes de encontrármelo a mi lado, tumbado en lo que creía que era una cama. Y aquellos brazos que tanto había anhelado, me rodearon fuertemente, como si yo estuviese tratando de escapar de él y no quisiera que me fuera.

No podía creerme que aquello fuera real, que aquello estuviera ocurriendo de verdad. Pero sin dudarlo y como si de un acto reflejo se tratara, le rodeé con mis brazos, estrechándome más contra su pecho, queriendo sentir su tacto duro, queriendo oír el latir de un corazón muerto. Queriendo creer que aquello estaba pasando. ¿Qué importaba, después de todo, si ya estaba muerta? ¿Qué importaba, si vivía en mi propia ilusión, junto a un Edward que un ser superior me habría regalado por haber pasado tanto sufrimiento?

-Soy yo, Bella, de verdad. Y estoy aquí, contigo -me mentía con una sinceridad que parecía verdadera. Era cierto: de alguna manera, estaba allí, aunque fuera mi propia ilusión… mi visión particular del cielo. Y estaba allí, conmigo. Y era él, Edward. Me dejó de abrazar sin soltarme las manos.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, me miró con aquellos ojos topacios que había añorado tanto, durante tanto tiempo. Aquellos ojos que me habían hecho creer que yo sería la única persona a la que él querría para siempre. Que me habían hecho sentir como alguien… especial. Y ahora, me miraban, impacientes porque le dijera algo, por que le demostrara que no era muda. ¿Pero qué le podía decir? ¿”Hola”? ¿”Qué tal”? ¿”Cuántos minutos, segundos y horas hace que me he muerto y que estás aquí”? ¿O “tranquilo, no me ha comido la lengua el gato”? Todas aquellas ideas parecían absurdas. Abrí mi boca, pero la cerré al no salir palabras.

-Cuánto tiempo… -fue mi susurro, tembloroso y pastoso. Pero también eran las dos palabras que mejor definían cómo me sentía…

mi confusión, mi anhelo, mi añoranza.

-¡Y que lo digas! -e hizo realidad otro de mis deseos: oír su risa. Aquella risa musical, arrebatadora, con su voz de arcángel. Rió como cuando hacía dos años había reído, estando conmigo. Una risa divertida, feliz… o lo que había parecido ser feliz. Pero ahora no importaba. Ahora estaba en mi cielo particular, ahora él me sonreiría su sonrisa torcida, me miraría con sus ojos deliciosos y me abrazaría como antes… para siempre. Y yo, sin detenerlo, viviría engañándome en mi cielo, en mi ilusión. Pero sería feliz.

De repente, su expresión cambió y sus labios se curvaron, formando una línea dura. Incluso eso era como antes. Incluso sus cambios bruscos de amor no habían cambiado. No pude evitar sonreír para mis adentros, complacida con la perfección de todo aquello. Y habló. -Pero ha sido demasiado tiempo…

Y no dije nada. Porque tenía razón. Había sido demasiado tiempo. Demasiados meses, demasiadas semanas, demasiados días, horas, segundos… Demasiado todo. Dos años. Nadie sabía mejor que yo que aquello aquellos dos años habían sido dos milenios. Cada segundo, cada instante, se alargaba como un día. Cada minuto, una semana. Y todo había cambiado, también demasiado. Bastó un día para que mi vida diera un giro completo y cambiara, quitándomelo todo. Pero ahora tenía ese todo. Él estaba allí, y aquella verdad falsa y falsa verdad me consoló. Aunque fuera una ilusión, un regalo después de la muerte, estaba allí. Eso era cuanto importaba.

-¡Y que lo digas! -dije, imitándole, intentando mejorar su estado de humor, intentando bromear en serio por primera vez en aquel tiempo-. ¿Y qué se supone que has hecho durante todo este “demasiado tiempo”? ¿Cuántos pumas has cazado? Apuesto a que muchos -me reí tontamente. Mi distracción, tan absurda y ridícula, pareció animar un poco su expresión. Aunque no le llegó a los ojos. Y sus ojos se oscurecieron levemente, haciendo que la sonrisa que quería que apareciera, se negara a revelarse.

-Durante todo este “demasiado tiempo”, no he hecho gran cosa, Bella. He sido un desastre en todo lo que he intentado hacer, en todos los lugares a donde he ido y durante todos los segundos que han pasado. Y encima he hecho sufrir a Esme y a Carlisle. Y a ti, Bella. A ti sobre todo. La persona que menos se merecía sufrir, pasarlo mal… Nunca me perdonaré por ello. Por no estar ahí, protegiéndote, por no haberme asegurado de cómo te dejaba cuando me fui y de… -era una sensación indescriptiblemente agradable poner mi dedo sobre sus labios, silenciándolo. Poner su dedo en aquellos labios que tanto había anhelado besar. Y sus palabras sonaban tan irreales, como si lamentara haberme dejado. Al fin y al cabo, me recordé, estaba en mi cielo. Y todo era como yo quería, aunque no fuera verdad.

-¿Acaso te crees que eres el único que ha sido un desastre en este tiempo? -solté una risa sin gracia, melancólica-. Yo he hecho sufrir a todo aquel que se preocupaba por mí, sin pretenderlo. He dañado más de lo que hubiera hecho falta a Renée y a Charlie, porque no era feliz, ¿pero acaso alguien es perfecto, Edward? Queramos o no, somos egoístas, todos. Hacemos daño a las personas que más nos importan porque sólo miramos por nosotros mismos, a veces. Pero eso es algo inevitable. Eso lo hace cualquier humano.

-¿Y yo soy muy humano, verdad? -se rió entre dientes, aún con los ojos oscurecidos. Bueno, tenía razón. No era humano, pero sí un hombre, como él mismo había dicho una vez en el pasado-. Lamento decirte que, para tu información, he cazado bastantes pumas durante todo este tiempo.

-¿Y a qué saben los pumas? -al parecer, mi intento de distraerle, surtía efecto. Una de sus manos empezó a acariciar mi pelo. Por alguna razón que no alcanzaba a entender, sentí por un momento el deseo de… cazar un puma, de alimentarme de su sangre. E imaginármelo sólo provocó que empezara a sentir mi estómago como un pozo sin fondo al que alimentar.

-Es algo difícil de explicar -esperé la descripción, impaciente, extrañada por desear imaginar cómo sería el sabor de la sangre de un puma en mi garganta-. La textura de la sangre de los pumas es la mejor que he probado de animales. Una sangre tan fuerte y a la vez tan dulce, una sangre magnífica, como el mismo animal.

Seguí sin entender aquel extraño impulso que sentía de desear probar sangre, de alimentarme de sangre, como si no fuera humana, como si fuera una vampira. Y sentía una hambre, una sed, unas ganas superiores a mí, unos instintos que no eran míos, sino de la naturaleza. En vez de darle más vueltas a aquello, decidí seguir observando a Edward, aprovechando así el tiempo que estaba allí. Por cuanto yo sabía, podía desvanecerse de un momento a otro, o estar allí para siempre. Fuera como fuera, el tiempo era oro, y no podía perderlo de aquella manera tan tonta.

Durante un tiempo inmensurable, que no pude determinar si fueron segundos, minutos u horas, nos dedicamos a recorrer nuestros rostros, como examinando lo que se lleva un largo tiempo sin ver, observando los cambios y enfadándose con uno mismo porque la memoria no había hecho justicia. Sonreí, satisfecha, al ver que nada de él había cambiado. Quien quisiera que fuera que me daba la oportunidad de vivir aquella ilusión, aquel cielo, no había fallado para nada. Mi memoria no le había hecho justicia, cierto, pero sabía del alcance eterno de su belleza.

Y empecé a deslizar mi mano por su mentón, sin olvidarme de trazar la suave curba de sus anchos labios, o de la forma del ángulo de sus mejillas. Seguí recorriendo aquel rostro lentamente, disfrutando del tacto, de la mirada. Por mi camino, mi mano tocó la estrecha línea de su nariz, su frente de mármol, cuya palidez se veía oscurecida por pelo cobrizo. Ni siquiera me olvidé de acariciar su pelo, de aquel color tan bello, de aquella textura tan fina. Por lo visto, no había recordado bien eso, tampoco. Me enfurruñé un poco conmigo misma antes de posar mi mano sobre su mejilla derecha, guardando lo mejor para el final.

Como ya había previsto, perdí el hilo de mis pensamientos al mirar a sus ojos. Anchos, calientes con oro líquido y marcados por una gruesa franja de líneas negras. Los mejores ojos que había visto en mi vida y por los que no podía evitar sentirme hechizada. Y durante todo aquel tiempo, sus manos tampoco se mantuvieron quietas, sino que también se deslizaron por mi rostro, memorizando mis rasgos, como si fuera un espejo, imitándome. Como si él también temiera que aquello acabara.

-¿Sabes por qué no eres el único desastre aquí, Edward, aparte de por los motivos que te he explicado antes? -él esperó, impaciente, queriendo adivinar mis pensamientos-. Porque soy la única aquí que ha roto una promesa. Porque no cumplí lo que te dije. Porque yo, no como tú, he hecho cuantas cosas estúpidas se me han ocurrido, me he puesto en peligro y no te hice caso. Y lo peor de todo, es que me suicidé, me maté, ¡y ahora estoy muerta! Gracias al cielo, sin embargo, que he podido venir al cielo, y ahora has vuelto a mí, aunque no seas tú realmente. Pero estás aquí, junto a mí.

En ese mismo instante, él enarcó una ceja perfecta, con una mirada que me alertaba que no entendía lo que yo le había dicho. ¡Ni que fuera él realmente!, pensé. Él suspiró y empezó a hablar. -Bella, cálmate, primeramente, y luego me explicas a lo que te has referido con estar en el cielo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba sollozando, extrañamente sin lágrimas y me alerté de que unos labios besaban mi cabeza, intentándome calmar. Era tan extraño todo aquello, donde quiera que estuviese ahora mismo. Por razones, unas más obvias y otras menos, deseaba beber sangre de puma, las lágrimas no salían de mis ojos y mi corazón no latía, como hubiese latido de estar viva. Bueno, quizá, en el cielo, una vez muerta, el corazón te deja de latir, pero el deseo de sed de la sangre seguía carcomiéndome. Suspiré y me preparé para darle una explicación que él pudiera entender.

-Sé que no lo vas a entender por mucho que te lo diga, porque crees que sigo viva, pero eso ha cambiado -comencé, no muy convencida de cómo seguir-. Desde que tú te fuiste, Edward, yo he intentado todo lo posible por romper esa promesa, porque “nunca fue como si hubieras dejado de existir para siempre”, como me prometiste. Y luego estaba Victoria. Ella se vengó una y otra vez, quitándome las pocas esperanzas que me quedaban para tener ganas de vivir, matando a la gente que me importaba. Por eso fui yo al acantilado, por eso me suicidé y me ahogué, porque así Victoria no podría volver a por mí y porque ya me lo había quitado todo. Lo único que valió la pena de aquello es que creí escuchar tu voz de nuevo, después de tanto tiempo perdida. Y ahora, una vez muerta y aunque no entienda muy bien lo que sucede, como si estuviera en el cielo, tú estás aquí, Edward, como si me quisieras, tal y como he deseado siempre desde que desapareciste de mi vida.

Todo quedó en un silencio profundo, incluso su mano, que había estado acariciando mi rostro, se paralizó. Incluso en sus ojos se podía ver una profunda confusión y una culpabilidad eterna. Sabía que no lo iba a entender, pero tampoco entendí por qué se ponía de ese modo. Parpadeó unos instantes antes de volver a decir algo, sin la culpabilidad borrada de sus ojos.

-”Creí escuchar tu voz de nuevo, después de tanto tiempo perdida” -imitó a la perfección mi voz-. ¿A qué te refieres con ello, Bella? ¿Por qué crees estar en el cielo?

-Bueno, como ya te he dicho, me puse en peligro muchas veces… -mi voz sonaba pastosa y apenas era un susurro audible-. No sólo lo hacía por vengarme de tu promesa rota, sino también porque… porque oía tu voz cada vez que hacía alguna tontería y estaba en peligro. Y la oía con toda claridad, como si estuvieses a mi lado regañándome. Y milagrosamente, en esos instantes, no me dolía. Podía escucharla y podía dejar de sentir el vacío durante unos instantes. Era magnífico. Y obviamente, estoy en el cielo, porque es el único lugar en el que puedo suponer estar después de morir. Si esto no fuera el cielo, tú no estarías, y si estuvieras, volvería a revivir con toda claridad la última vez que te vi.

Volvió a callarse, abriendo una vez la boca para hablar pero cerrándola de inmediato, sin palabras. Volví a mirar sus ojos, con una culpa y un sufrimiento más intensos que los de antes. ¡Maldita sea, me dije, no debía haberle contado esto porque ya se está autoculpando!

-¿Te ponías en peligro tan sólo por escuchar mi… voz? -murmuró con un hilo de voz, todavía confuso, pero con los ojos llenos de sufrimiento. La mano de mi rostro volvió a moverse lentamente.

-¿Podrías decirlo más alto, para que se entere todo el mundo, si es que hay alguien realmente por aquí? -estaba avergonzada, y escondí mi cara en su pecho, sin saber controlar la expresión de mi cara en ese momento.

Durante unos momentos, volvimos a estar en silencio. Yo, con mi rostro en su pecho, la mejor almohada posible. Él, rodeándome con los brazos, sin decir ni mu. Así estuvimos, hasta que en un momento determinado, él suspiró profundamente, inhalando aire, y me puso a su lado, para que pudiera mirarle, sin dejar de abrazarme. Su expresión era inescrutable.

-Bella, no estás muerta… en una manera -me miró profundamente, todavía con sufrimiento en su mirada. Y no entendí lo que dijo. No estaba muerta… en una manera. Puse los ojos en blanco. Lo había dejado todo clarísimo, por supuesto.

-Si no estoy “muerta en una manera”, estoy muerta completamente, en el cielo, y si no es eso, será que estoy soñando, en coma en alguna parte de Ashland o algo así, sin poder despertarme y ser consciente de lo que ocurre realmente a mi alrededor -no supe qué más decirle. Sabía que estaba muerta. O mejor dicho, tenía que estar muerta. Si no, él no estaría allí, junto a mí. Si yo estuviera viva, él estaría en alguna parte del planeta que yo no conocía.

-Te lo vuelvo a repetir, Bella, tú no estás muerta, ni soñando, ni estás en coma en alguna parte de Ashland ni nada. Tú… Bella existes, no has muerto. No al menos de la manera que crees -su voz sonaba cansina, frustrada por no convencerme y por no saber lo que pensaba.

-Oh, claro, ¡cómo no se me ha ocurrido todavía! ¡Existo! ¡No he muerto! Edward, no digas tonterías. Sé que tengo que estar muerta. Si yo estuviera viva, tú no estarías aquí, ni me acariciarías, ni me besarías. Simplemente, estarías fuera de mi alcance, en alguna parte del planeta en la que yo no podría encontrarte, a la que no podría llegar. Así que no digas cosas tan absurdas con esa voz tan seria -no quería pelearme con él allí, tan pronto después de todo, pero no podía evitar enfurecerme.

-Respecto a eso, Bella, yo… -las palabras que vinieron a continuación las pronunció tan rápidas y con un dolor tan notable que tuve que hacer un esfuerzo para escucharle-. Yo lo lamento mucho. Por todo. Por haberme ido, por haberte mentido, por no haberte protegido cuando debería… Lamento haber cometido tantos errores. Si pronuncié las palabras que me alejaron de ti, aquellas palabras que tanto he llegado a odiar por salir de mi boca y por ser tan crueles, fue por tu propio bien, porque creí que yéndome de tu vida todo sería mejor para ti, porque creía que algún día me olvidarías y te hubieras arrepentido de transformarte. ¡Cómo me he odiado a mí mismo, más que a nadie, por ello!

Y te dije que sería como si no hubiera existido. Para mí, aquello era real. Me sentía como si no tenía razón para existir, como si no existiera, como si mi vida entera no tuviera sentido. Y tu recuerdo me atacaba segundo tras segundo, tentándome para que volviera a tu lado, dañándome. Y lo rechacé, porque me convencí de que no me querrías más, de que me habrías olvidado y serías feliz. Con Mike Newton, con quien fuera, pero feliz. Pero me equivoqué. De repente, como si de mi imaginación se tratara, apareciste ante mí, en aquel acantilado. Cayéndote, matándote. Y aunque sabía que no estaba bien porque estabas en peligro, noté como si aún quedara un rayo de esperanza en mi existencia, como si aún pudiera volver a estar junto a ti si te salvaba. Actué por instinto, sin pensármelo dos veces, y mis piernas corrieron como nunca habían corrido, teniendo la esperanza de que fueras real, de que pudiera salvarte. De volver a estar junto a ti de nuevo.

-¿Por qué? -pregunté confundida, cada vez más confundida por mucho que él dijese e insistiera. Y aun así, en mi interior aún guardaba la esperanza de que aquel Carlisle que había visto en el hospital, no hubiera sido una visión, de que realmente y casualmente, los Cullens estuvieran en Ashland. De que la voz de Edward y sus brazos que me habían abrazado antes de perder el conocimiento y sufrir durante tres días, fuesen reales.

-¿Acaso has olvidado todo cuanto te he dicho desde que nos conocemos? -su voz contenía un extraño reproche, como si me acusara, pero también una emoción imposible de ocultar-. ¿Acaso te has olvidado de todo, tal como deberías haber hecho? Bella, ¿cuántas veces tengo que insistir para decirte que esto no es un sueño, sino real? ¡Si hice todo aquello fue porque te quiero, y te quise, y siempre te querré, vaya donde vaya, esté donde esté, Bella! Incluso después de dos años, incluso a pesar de estar lejos de ti no he dejado de quererte. Y eso es más real y verdadero que cualquier otra cosa que haya en este mundo. Mi amor por ti es la verdad más grande del mundo, al menos para mí.

-Lo sabía, estoy muerta y todo esto no es real. ¡Me has mentido! -le acusé, señalándole con el dedo índice, como si hubiera cometido un crimen y tuviera que responder la verdad. Sonaba demasiado irreal, demasiado imposible para ser verdad. Estaba muerta. Tenía que estarlo. Y retiré su mano de mi rostro, cogiéndola con la mía y acariciando el suyo, intentando que entrara en razón-. Si pudieses explicarme qué me pasó exactamente para no estar muerta, entonces, quizá empiece a creerte.

Y se calló, con el rostro convertido en piedra, mirándome fríamente, como si hubiera tocado el tema que él esperaba haber podido evitar durante nuestra conversación. Por algún motivo, empezaba a creerle sin necesidad de explicación alguna. Porque su voz musical sonaba demasiado real como para ser el cielo, porque nada de él había cambiado. Porque aquella extraña sed de sangre que había sentido y estaba sintiendo me estaba empezando a hacer sospechar. Después de inspirar profundamente, por fin, empezó a hablar.

-Después de verte, después de intentar salvarte la vida y evitar que saltases… -habló, sin saber cómo seguir-. Bueno, Jasper, Emmett y yo estábamos por la playa, paseándonos, cuando te vi. Todo cuanto vi fuistes tú, saltando desde aquella altura, cayendo en lo que creí que eran siglos y yo no podía alcanzarte. Emmett y Jasper, sin embargo, vieron a Victoria e inmediatamente empezaron a correr hacia el acantilado. Cuando vi que habías caído en el mar y que a mí todavía me quedaban metros que nadar, los siglos, me parecieron segundos y los metros, kilómetros. Al llegar, al poder tenerte entre mis brazos y salir a la superficie en la noche oscura, intenté salvarte, comprobar si había alguna manera de que la muerte no se te llevara, pero ya era demasiado tarde. Ni siquiera Carlisle hubiera podido hacer algo. Fue entonces cuando comprendí que no quedaba más remedio y por eso…

Volvió a cerrar su boca, volviéndose nuevamente de piedra. Repentinamente, todos los detalles y sospechas acabaron de explicarme lo que las palabras no podían decir. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? No podía derramar lágrimas, sentía sed de sangre, y además de todo aquello, me había sentido como si me quemaran lentamente el cuerpo durante tres largos días. Algo que ya había sufrido antes, en el pasado. Algo que había deseado y por lo que al final, no había pasado. Algo que me había ocurrido finalmente, en un ultimátum entre la vida y la muerte.

- …me mordiste -terminé yo la frase, sin ser muy consciente de que estaba pronunciado las palabras que él no había podido decir. Me mordiste. Me mordiste. Me mordiste. Mi pensamiento repitió una y otra vez en un eco inevitable.

-Y no es sólo eso lo que pasó, porque… -habló Edward, cuya voz, por una vez, me sonaba tan lejana y tan fría que casi no la pude llegar a escuchar-. Victoria te había engañado, Bella, de la forma más adecuada que creyó para hacer que sufrieras y te suicidaras, tirándote al vacío, haciendo tú sola el trabajo que ella se ahorró: matarte. Bella, Jacqueline está viva.

-Jacqueline está viva -repetí, sin saberlo. Jacqueline. Viva. Eran dos conceptos que mi mente no conseguía relacionar. Engaño. Victoria. Suicidio. Con esos tres conceptos, mi mente lo consiguió relacionar de una vez por todas. Mi pequeña estaba viva, llorando como el bebé que era en algún lugar. Viva, no como yo. Humana, no como yo. Pero estaba a salvo. Y Victoria ya no existía, no estaría al alcance de mi hija-. Jacquie está viva.

Con una mezcla de confusión, alivio, asombro y desesperación, me estreché nuevamente contra el pecho de Edward. No sólo por Jacqueline, sino por todo. Sollocé, sin lágrimas, de alegría, de sorpresa. Mis pensamientos desordenados impedían que me diera cuenta de la realidad más rápidamente, pero lentamente, toda la verdad se abalanzó sobre mí, sorprendiéndome aún más. Todo cuanto había dado por perdido, volvía a mí, de repente. Pero volvía. La vida, el amor, mi esperanza. Como si me hubieran querido sorprender.

Empezando a creérmelo todo poco a poco, asomé mi cabeza hacia Edward, mirando sus ojos. Yo estaba viva, de alguna manera. Jacqueline lo estaba. Y Edward me quería, y estaba allí, por casualidades de la vida. Era tal felicidad, que no podía tragarla toda de golpe. Demasiada felicidad, pero también había pasado por demasiado sufrimiento. Como una recompensa de la vida después de ser tan cruel, como si me lo mereciera realmente.

-Bella -susurró audiblemente él mi nombre, tomando mi rostro entre sus manos pálidas, acercándolo al suyo. Y sabía lo que iba a hacer. Iba a besarme, como yo tantas veces había anhelado en aquellos dos años. Ahora, tenía sus labios allí, no como antes. Le tenía, no como antes. Si le besaba, todo volvería a ser como antes, como yo había deseado. Y ya podía verlo: podía vernos, a él y a mí, los dos juntos, como antes.

Y sus labios tocaron los míos, como tantas veces antes. Aquello fue como una corriente eléctrica para mi corazón que no latía, para mí. Sin pensármelo dos veces, puse mis manos en su pelo, acercándolo más a mí. Edward no lo evitó. Por una vez, no había nada de que tomar precaución. Podía mover mis labios insistentes sin temor de que él se apartara. Y él podía besarme también, moviendo sus labios con algo más que simple entusiasmo, sin tener que temer por mi vida. Mis labios, los suyos. Podía sentir como si mis labios fueran los suyos y los suyos los míos. Y no tenía que apartarme, sin aire, porque no podía ahogarme. Tranquila, me acerqué más a él, pegándome a su cuerpo, creyendo que era real por una vez. Pero algo hizo que mis labios se pararan, que le empujara, alejándose de mí.

-¡No! ¡Para! -susurré sin aire, apartándome más hacia la pared, alejándome de él cuanto podía. La imagen de Jacob y yo besándonos se me había pasado por la cabeza, haciéndome sentir como si estuviera traicionando a Jacob. Haciéndome sentir como si aquello no fuera correcto, como si traicionara a su memoria. ¿Por qué diablos me sentía de aquella manera?

-¿Bella? -musitó Edward, extrañado, mirándome con una cara de asombro que no podía ocultar ni siendo lo que era. Me rodeé con los brazos, como protegiéndome de un ataque y cerré fuertemente los ojos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Era tonta o qué?

Cuando nuevamente, los abrí, él ya no estaba allí. Estaba sentado en la silla, pero sin poder disimular su expresión atónita. Y junto a él, había otros seis vampiros a los que también había añorado y a los que mi memoria tampoco les había hecho justicia. Carlisle, Esme, Emmett, Rosalie, Jasper y Alice estaban allí, junto a Edward, sonriéndome, excepto Rosalie, que al menos, no me miraba con tanto desdén.

-¡Bella! -gritó Alice, loca de alegría al verme, abalanzándose sobre mí en la cama y rodeándome con sus brazos, abrazándome y casi estrangulándome. Por unos instantes, antes de mirar a Alice, contemplé la cara de Edward, atónita, asombrada, sin entender. Mis brazos rodearon a Alice, buscando un apoyo, como si quisiera que alguien me perdonara.