Tinieblas

Tercer capítulo: Remordimiento


“-No voy a tener otro remedio que… -murmuró la voz que había creído perdida, pero no llegué a oírle lo que decía del todo. No podía. Estaba perdiendo la oída, el sentido. La vida. Y la muerte me alcanzaba cada vez más.

Pero entonces, aún pude alcanzar a sentir como si algo rozara la piel de mi hombro. Como si algo se hundiera en ella, como si la mordiera. Y empecé a sentir una extraña quemazón, como si el agua del mar ardiera en el infierno. Como si mi hombro empezara a arder, lentamente, dolorosamente. Y me impidiese huir. Pero mientras aquello tan sólo comenzaba, pude oír a lo lejos, muy a lo lejos, el llanto de un bebé desconsolado. Y más lejos todavía, cómo el ángel chillaba de rabia. Fuese lo que fuese aquella avalancha de recuerdos tan extraña, no podía ser la muerte ni lo que venía después de ella. O sí. O no.”

Volví a memorizar su rostro una y otra vez. Sus ojos cerrados por el dolor, su nariz, sus mejillas, sus labios. Aquellos labios que tanto había deseado volver a besar cada segundo en aquellos dos dolorosos años. Y acaricié su pelo, alborotado y ondulado, largo. Al parecer, era la única cosa en la que ella había cambiado desde que yo me había ido. Aquel cabello suyo, tan largo que casi le llegaba a la cadera, marcaba el paso del tiempo. Pero nada más había cambiado. Ni su olor, tan delicioso que se me hacía la boca agua, que pronto se desvanecería, ni su figura. Nada.

Y besé la mano que le tenía cogida y no le había soltado desde el momento que le había mordido. Era increíble, que, después de tanto tiempo, pudiera volver a besar su mano, pudiera volver a observarla con mis ojos. Pudiera palparla, besarla, hablarle. Como si fuera fruto de mi imaginación y se fuera a desvanecer de un momento a otro. Como si el destino quisiera quitármela de nuevo. Y por eso, estreché un poco más su mano y con la otra, volví a acariciar su mejilla.

-Bella, Bella -susurré de nuevo su nombre sin poderlo evitar. Durante aquellos dos años, cada vez que había dicho su nombre, cada vez que me acordaba de ella, había sido imposible que el dolor no ramificara más en mí. Había sido imposible no sentir aquel vacío cada vez que había pensado en ella.

Y ahora, la tenía allí, a mi lado. Como un sueño hecho realidad, como si, por una vez, mis deseos se hubieran cumplido. La tenía allí, pero no la tenía. Podía observarla, sentir su sufrimiento mientras la ponzoña seguía tomando parte de su cuerpo. Pero no la tenía. No la tenía, porque, ¿quién me garantizaba que me siguiera queriendo, que, después de aquellos dos años, me hubiera odiado y detestado como a nadie? Por supuesto, tenía todo el derecho de odiarme, de despreciarme y de detestarme. Y me lo merecía. Ahora, más que nunca.

Porque la había transformado sin su permiso. Porque la estaba condenando a una vida eterna, atormentada, a una vida que ella había elegido en un pasado, pero que no tenía porque querer ahora. Porque quizá nunca fuera feliz. Porque quizá lo detestara. Y yo, a pesar de que en un pasado me había negado a hacerlo, la había transformado, sin pensármelo dos veces, porque no quería que muriese, porque ella tenía que seguir viviendo de algún modo. ¿Pero había escogido bien o mal? Sólo cuando aquello acabase lo sabría.

Bella volvió a retorcerse y a gemir de dolor. Recordé sin pretenderlo cómo había sido yo respecto a ese tema dos años antes, cuando estábamos juntos. Cuando ella me pedía que la transformara y yo me negaba rotundamente. Sin embargo, ahora, me resultaba imposible no haberla mordido. Me resultaba imposible pensar que ella hubiese muerto. Porque, en aquellos dos años, yo supe la certeza más grande de toda mi vida: yo no podía vivir sin Bella. No podría vivir sabiendo de su muerte.

Y es que, aquellos dos años, habían sido los peores años de mi vida, los momentos más oscuros de mi existencia. En aquel tiempo que en vez de dos años me parecieron dos milenios, sufrí cada instante que pasaba por un vacío que sentía sin Bella. Y cada segundo me debatía entre volver a Forks y decirle la verdad o seguir apartado, aislado del mundo. De alguna manera, prefería yo sufrir si ella podía ser feliz. Realmente feliz, siendo humana. Su felicidad me importaba más que cualquier otra cosa en el mundo. Y lo había sido, desde luego.

Carlisle me lo había dicho. Que Bella se había casado con un tal Jacob Black, que, después de la muerte de Charlie y del padre de él, Bella estuvo embarazada. Y, después de que su marido muriera, Bella había venido aquí, a Ashland, como una casualidad de la vida. Y había dado a luz a una niña llamada Jacqueline Black. Esa era la historia resumida en unas cuantas palabras. La vida de Bella durante mi ausencia.

Pero aquello no era todo, desde luego que no. Para la suerte de todos, cuando vimos a Bella, Jasper y Emmett tuvieron la suerte de matar a Victoria, de acabar con el sufrimiento de Bella. Y aquella odiosa vampira tenía un bebé entre brazos, la hija de Bella, todavía viva y sana. Después de que Emmett disfrutara haciéndole un interrogatorio, se descubrió todo: que ella había matado a Charlie, al padre de Jacob Black, a Jacob Black y había hecho ver que había matado a la niña para que Bella reaccionase. Entonces, aquel eterno sufrimiento se acabó y la existencia de Victoria con él.

“Edward”. La voz del pensamiento venía de detrás de mis espaldas. Sorprendido por no haberme dado cuenta de la presencia de mi familia, me giré al llamarme la voz. Allí estaba Esme, acunando al bebé en brazos, mirándome con paciencia y lástima, mirando a Bella con tristeza.

-¿Va todo bien, Edward? ¿Está… yendo bien? -me preguntó con delicadeza mientras se sentaba en una silla a mi lado y miraba a Bella ensimismada.

-Va todo bien -asentí, sin soltar durante ningún momento la mano de Bella. Tenía la ridícula sensación de que, si la soltaba, la dejaría caer en un lugar profundo, donde nadie podía ayudarla. La cogí también con la otra mano. Despertándome de mis pensamientos, la pequeña Jacqueline comenzó a llorar y no pude evitar mirarla.

Aquella pequeña criatura, a pesar de ser recién nacida, no tenía mucho parecido a su madre. Su piel era rojiza, aunque un poco más pálida de lo normal, y cuando abría los ojos, se podía observar un matiz del marrón chocolate de los ojos de Bella. Y aun así, no se podía asegurar del todo, porque tan sólo era un bebé. Si algo extraño había en Jacqueline, era el olor de su sangre, por una parte, apetitoso, por otra, repugnante. Apetitoso porque había heredado algo de Bella, aunque no fuera tan atractivo como el de su madre. Repugnante porque era demasiado seco, como si su progenitor no fuera tan sólo un simple humano.

-Hemos tenido que llamar a la madre de Bella para comunicarle… su fallecimiento. Estaba desconsolada, horrorizada -me explicó Esme con voz triste. Aunque podía ver qué iba a decir por sus pensamientos, no la interrumpí-. Cuando Bella se transforme completamente… no podrá criar a su hija. Renée ha acordado que hoy, cuando venga, se llevará a la niña. En parte es lo mejor para la criatura, ¿no crees, Edward? Y también será un consuelo para ambas.

“Aunque ojalá pudiera quedármela yo unos días, me encantaría poder darle de comer y…”. No hacía falta mencionar cuánto le gustaban a Esme los bebés desde que ella perdió el suyo. Y ahora Bella, de alguna manera, también perdería a su hija. No pude evitar sentirme culpable por ello, saber que Bella se quedaría eternamente con la incertidumbre de cómo sería su hija. Suspiré. Al menos, estaría en buenas manos, junto a la madre de Bella, en Jacksonville, y llevaría una vida como Bella, seguramente, en un lugar soleado, iluminado, donde las sombras no abundan.

-Sí, es lo mejor para todos. Al menos tendrá una posibilidad en la vida -le aseguré a Esme con una sonrisa que intenté que fuera alegre. Por una vez en mi vida, no sabía controlar mi expresión. No sabía controlar mis sentimientos ni mis acciones. Tan sólo estaba impaciente, inseguro y ansioso porque Bella soportara todo aquello.

-¿Quieres que me quede yo con ella un rato? Quizá deberías ir con Emmett y los demás a cazar, para estar listo cuando ella despierte -de inmediato oí sus pensamientos: Quizá se sienta peor si siga así, con ella a su lado, viendo cómo sufre y él no puede hacer nada por evitarlo.

-No, por supuesto que no, me quedo -la idea de separarme de ella, aunque tan sólo fuera para irme un rato, me resultaba inconcebible. No cuando ella lo estaba pasando así de mal, no cuando ella estaba sufriendo por mi culpa.

Y volví a mirar a Bella, volví a acariciar sus mejillas mientras ella se retorcía de dolor, una y otra vez, y se estremecía, y yo no podía hacer nada por ella. No pude evitar pensar en cuánto había sufrido ella durante aquellos dos años, viendo cómo su padre moría, como la persona con la que se había casado y probablemente quería más que a nadie moría, y cómo el padre de éste, también moría, y engañada, creyendo que su hija moría. ¡Si yo no me hubiera apartado de su lado, aquello no hubiera pasado, ella no hubiera sufrido tanto!

¿Pero quién era yo para asegurar que ella no hubiera sufrido si yo hubiera estado a mi lado? Si ella hubiera estado junto a mí, nunca jamás hubiera podido tener hijos. Nunca. Se hubiera tenido que transformar, sin tener otra opción en la vida. Y sin embargo, sin mí, Bella había sido capaz de tener hijos, de saber cómo se siente una madre. Por una vez, sentí celos más que nunca. Celos por Jacob Black. Él había podido darle a Bella todo, fuera humano o no. Había podido estar con ella sin el riesgo de matarla, había podido casarse con ella sin ofrecerle oscuridad a su alrededor. Había podido… darle una hija. Y aquello era algo que yo jamás hubiera podido darle.

¡Y cuánto hubiera deseado ser humano aunque con ello perdiera todo excepto Bella! Me hubiera encantado poder ser yo quien la hiciera feliz, sin sentir sed por su sangre, sin ponerla en peligro por lo que era. Me hubiera encantado poder ser yo quien hubiera podido darle un hijo y que ambos lo hubiésemos cuidado. Me hubiera encantado poder ser yo, quien, en aquellos momentos difíciles por los que ella había pasado, estuviera a su lado. Pero no podía hacer ninguna de esas cosas. Ninguna. Tan sólo darle la vida eterna, llena de sed y desesperanza. ¿Acaso no hubiera sido mejor, haberla dejado morir, yendo ella al cielo, al paraíso eterno?

-Edward, estás pensando en ella y te estás sintiendo culpable, ¿verdad? -la repentina voz preocupada de Esme me apartó de mis pensamientos. “¿Podría saber por qué…?”

-¿Y qué iba a hacer sino, mamá? -llamarla mamá me resultaba a veces un tanto raro, especialmente ahora, cuando estaba pensando en Bella como madre-. ¿Ponerme a cantar villancicos? No puedo evitar sentirme de esta manera, no puedo evitar sentirme culpable, porque lo soy. Más que nadie. Porque, de no ser por mí, ella quizá ahora estaría en un lugar lejano, sin retorcerse, sin sentir dolor. Y quizá eso hubiera sido lo mejor para ella, estar en el cielo. Ojalá pudiera saber qué hubiera sido lo correcto, lo que mejor para ella. Porque yo sufriría eternamente si hiciera falta por tal de que ella fuera feliz. Daría lo que fuera por su felicidad, por saber qué es lo mejor para ella. ¿Acaso transformarla ha sido su mejor opción? ¿Acaso hubiera sido más feliz de no ser por mí? ¿Acaso no hubiera sido esa… la elección segura?

Esme se quedó mirándome un momento, escogiendo las palabras que iba a decir con mucha atención. -¿Y qué es una elección segura, Edward? ¿Qué hubiera sido mejor para Bella, si es que realmente alguna vez hubo algo mejor? ¿Y en ese caso, cuál hubiera sido la mejor elección entre todas las posibles? No hay elecciones seguras, Edward, tan sólo elecciones distintas, diferentes. ¿Y qué es lo bueno y lo malo en este caso? Todo y nada. Toda elección tiene sus consecuencias, buenas o malas. Luz y oscuridad. Odio y amor. Felicidad y desdicha. Hielo y fuego. Día y noche. Tanto la luz como el amor necesitan un poco de odio y de oscuridad para percibirse, ¿no crees? Todo tiene una parte mala y una parte buena. La luz no puede existir sin la oscuridad ni la oscuridad sin la luz. La parte buena no se percibe sin la parte mala y la parte mala no se percibe sin la parte buena. Todo necesita algo bueno y malo. Tan sólo hay que saber jugar con los dos elementos para conseguir el equilibrio.

-Pero aun así, a pesar de que con la elección hecha, tenga una parte buena, ¿qué hago si es demasiado tarde y es imposible que haya equilibrio? Porque todo esto no quita mi culpabilidad en el asunto, tan sólo pone como natural que sienta culpabilidad y que la haya -me quedé algo sorprendido por lo que dijo Esme, pero también era cierto que aquello me exculpara del todo.

-Ahora eso no lo podemos saber, Edward. Tendremos que esperar a que Bella acabe con esto y nos lo diga. Y si no, no hay otro remedio que acostumbrarse a vivir con ello. A propósito, debería ir a dejar a Jacqueline en la cuna para que durmiera… si Bella se despierta de repente y siente su olor… Será mejor que evitemos que esté sedienta nada más despertarse -se levantó y se apresuró a marcharse, preocupada por la pequeña criatura.

Y los segundos, los minutos, las horas pasaron como si nada, mientras yo no hacía más que mirar el rostro de Bella, con los ojos cerrados por el dolor y ella se retorcía, una y otra vez. Una y otra vez. Y yo no dejaba de pensar en las palabras de Esme una y otra vez. Supe que, de alguna manera, tenía razón con lo que había dicho, que todo tenía una parte buena y una parte mala. En caso de que Bella no consiguiera el equilibrio en esta nueva vida, en caso de que no consiguiera ser feliz, ¿tendría que acostumbrarse a vivir con ello, a la desdicha eterna?

Volví a tocar su cuello con nuestras manos unidas, notando que el pulso se paraba cada vez más y más, que el fin de aquello se acercaba más y más, inevitable e imparable. Y miré a Bella, atormentada por el veneno que la cambiaba lenta y dolorosamente. En cierto modo, ya me preocuparía de aquello después, de si había hecho bien o mal. Ahora cuanto importaba es que Bella dejara de sufrir y acabase de transformarse.

Lentamente, mientras el sol retrocedía paso a paso en la habitación, el crepúsculo llegó por tercera vez consecutiva. Tres días de dolor y sufrimiento. Tres días en los que no había dejado de culparme una y otra vez por mi elección. Tres días en los que tuve la oportunidad de volver a estar junto a Bella, pudiendo volver a coger su mano en la mía, pudiendo volver a acariciarle el rostro pálido y volver a besarle la mano. Tres días en que lo malo y lo bueno no importaban hasta que llegaban a su final. Y ella abrió los ojos, rompiendo todo equilibrio.

-¿Edward? -musitó, confundida, mirándome como si yo no estuviera realmente allí, mirándome como si fuera su imaginación. Se frotó los ojos de nuevo y volvió a llamarme-. ¿Eres tú de verdad, Edward?

Tres días y su corazón se había parado. Ahora todo sería diferente. O no.