Prefacio
Tinieblas
Prefacio
Volví a mecer suavemente al bebé en mis brazos, disfrutando de la extraña sensación que aquello me producía. Una extraña tranquilidad, paz mezcladas con alegría. Como si por fin los problemas se hubieran acabado tras aquellos dos años crueles y despiadados. Y los rayos del sol entraban por la ventana del hospital, iluminando lentamente la pequeña habitación. De haber sido Forks, aquí estaría nublado, y lo que iluminaría la habitación sería una neblina. Pero ya no estoy en Forks… ni siquiera estoy en La Push, me dije por enésima vez.
-Jacqueline -repetí su nombre mientras la mecía todavía entre mis brazos y observaba cómo todavía no se despertaba. En aquellos momentos, aquel pequeño bebé era cuanto me quedaba en el mundo. La única razón por la que vivir. Susurré su nombre de nuevo, disfrutando de la sensación-. Jacqueline.
Jacqueline. Me encantaba el nombre que le había puesto a la que era mi hija, aunque la perspectiva de tener hijos me resultaba aún un tanto extraña. Ajena, desconocida. Pero ahí estaba. Mi madre me había regañado al enterarse de mi embarazo, reprochándome mi juventud. ¿Joven? ¿De verdad era joven? Para mí el tiempo pasaba lentamente, como si cada segundo fuera un año, como si cada año fuera un siglo. Y dentro de tres meses cumpliría veinte años. La sola idea me resultaba dolorosa a la vez que nostálgica. Dentro de tres meses, tal día como ese, dos años atrás… y de inmediato sacudí la cabeza, negándome a pensar en ello.
Y sonreí.
Sonreí al ver a mi pequeña, al ver cómo murmuraba algo ininteligible. Algo que yo no podía entender. Y acaricié sus mejillas regordetas. Jacqueline había nacido apenas dos días atrás. Había decidido llamarla así por Jacob. Y el solo pensamiento de pensar en él me dolió. La imagen volvió a mi mente, como si alguien quisiera castigarme por un pecado que no lo era. Volví a ver ante mis ojos el cabello rojo de Victoria, volví a ver a Jake, que perdía la vida lentamente sin que yo pudiera hacer nada por él. Y cómo, en el último momento, pronunció mi nombre.
-Bella…
Aquel suspiro había sonado tan intenso, con tanto sentimiento y agonizante a la vez. Las lágrimas se me resbalaron por las mejillas sin apenas quererlo. Todo por mi culpa, todo por mi existencia. De no haber estado yo, él seguiría viviendo. Incluso no habría sido hombre lobo. De repente, perdida en mis recuerdos, Victoria se giró hacia mí, con aquellos escalofriantes ojos rojos con los que me había mirado.
-Te haré sentir lo mismo que yo, Bella -su voz sonó tranquila pero amenazante, con una especie de orgullo de sí misma que no me gustó-. Haré que sientas un dolor aún más intenso que el de la muerte. El dolor de perderlo todo lentamente. Y de cuando encuentras una nueva esperanza, la vuelves a perder. Una y otra vez. Y cuando no queden esperanzas, entonces te mataré y te condenaré a vivir eternamente con una desdicha si fin, puesto la dificultad que tenemos los vampiros de morir. Y seguirás existiendo. Tendrás una existencia sin sentido. Todo lo que sentirás será dolor, dolor y más dolor.
Por una vez en mi vida, no quise ser una de ellos. Por una vez en mi vida, empecé a odiar intensamente hasta querer matar. Pero también, por primera vez en mi vida, sentí un dolor superior a cualquiera. Y en vez de un agujero, ahora tenía dos. Al morir Jake, mi última esperanza, la única persona capaz de hacerme reír, la única persona que podía hacerme olvidar por unos momentos mi desdicha… creí que todo había acabado. E intenté suicidarme. Por aquel cuyo nombre no quería pronunciar. Por Jacob. Pero en vano.
Fueron apenas horas después que me enteré de que estaba embarazada de tres meses. Tres meses antes, también había querido morir. Pero aún me había quedado Jacob. Tres meses antes, fue cuando Victoria empezó su venganza, cuando mató a Billy y a Charlie. Y aquello fue el génesis de todo lo que había ocurrido después. De cómo me había ido a vivir con Jacob, de cómo no tuve más remedio que intentarle hacer feliz. Y también de su pérdida. Y a la vez, la creación de mi pequeña. Jacqueline lograba curar uno de los agujeros, aunque el otro siguiera activo. Pero por ella había decidido salir adelante. Y saldría adelante, a pesar de que no me quedaran muchas ganas de vivir.
Y mis recuerdos se desvanecieron lentamente, mientras el dolor y el sufrimiento no se iban. Pero hubo algo que perduró. Los ojos amenazantes de Victoria. Sin pensármelo, estreché a Jacqueline en mis brazos, temblando. Fue entonces cuando ella empezó a llorar y cuando los ojos desaparecieron. Volví a acunarla en mis brazos.
-Lo siento, pequeña -me disculpé y le besé brevemente la frente. Lentamente, mientras la habitación se iluminaba por el amanecer, sus sollozos desaparecieron quedando en un silencio lastimoso. Sin duda, tenía que luchar por vivir, aunque tan sólo fuera por mi hija.
Y ahora, tras nueve meses de tortura continua, me encontraba en Ashland, a salvo. Tanto Sam como los demás hombres lobo me habían ofrecido quedarme junto a ellos en La Push. Pero yo rechacé la oferta. No podía permitir poner a más gente en peligro. Nunca más pondría a más gente en peligro. Si me hubiera quedado en La Push o en Forks, ¿quién no me decía que otra gente resultara herida por mi culpa?
Incluso Renée me había ofrecido ir con ella a Jacksonville. Y volví a rechazar la oferta. Aún menos podía poner en peligro a mi madre. Jamás lo haría. Y por casualidades de la vida acabé en Ashland. Un sitio que me había gustado desde el primer momento en que lo vi. Tenía playa, como La Push. Y la mayoría de los días eran soleados, lo que quizá impediría a Victoria venir aquí. Un lugar ideal, pacífico. Y la puerta se abrió para dar paso a una enfermera de cabello rojo.
No pude evitar en un primer momento mirarla con recelo. El color rojo se había convertido en mi enemigo desde nueve meses atrás. Simbolizaba la sangre, el acercamiento de la muerte. Pero me repetí que aquella pobre enfermera no tenía la culpa de todo y le dediqué una sonrisa forzada.
-Vengo a traerle el desayuno, señorita Black -se acercó lentamente para dejar una bandeja sobre la mesa de dormir y miró a Jacqueline con dulzura-. Su hija es un bebé precioso. ¿Se llamaba Jacqueline, verdad? ¿Ya se alimenta como es debido?
-Sí, se llama Jacqueline. Ya se alimenta, quizá demasiado -comenté con una breve risa, recordando cómo bebía leche de mi pecho, con cuánta hambre se alimentaba.
Después de aquello, se despidió y salió por la puerta. Dejé a mi pequeña en la cuna que me había dado el hospital y me acerqué a la bandeja. Sin apenas apetito, empecé a comer sin mucho interés la leche y el croissant que estaban en la pequeña bandeja del desayuno entre otras pastas.
E inevitablemente observé a Jacqueline, que dormía tranquilamente a mi lado, con una suave respiración que me calmaba. Y me hice la pregunta que todos los padres se hacen: ¿a quién se parecía aquella niña? Desde luego, todavía era pronto para decidirlo, pero tenía la piel cobriza de su padre y unos pequeños pelos en la cabeza que también eran negros. Y era comilona y dormilona como Jake. Sin duda, había salido a su padre. Apenas tenía algo de mí… por el momento.
Sin piedad, sin pensarlo, y sin sentimiento, mi mente volvió a recordar automáticamente los días del pasado, que parecían el día anterior. Como si fuera inevitable pensar en ello. De alguna manera, era inevitable. Y empecé a recordar el día en que todo aquello había empezado, el día en que Victoria decidió empezar su venganza y empezó a matar a las personas que más me importaban sin importarle las consecuencias que ello pudiera tener.
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