Tinieblas

Segundo capítulo: Huyendo


“E inhalando aire, bajé escalón tras escalón, paso tras paso, hacia el exterior del hospital donde se estaba tan fresco y a la vez con aquel irritante olor a medicina y a médico. Y salí, con algo más de aire en mis pulmones, teniendo más cuidado de mi hija. Sin ser consciente, inhalé el aire que traía la brisa del exterior. El olor salado y natural del mar. Un olor que me parecía tan familiar. Un olor que me recordaba a Jacob. De repente, oí el eco de su voz:

-¡Maldita sea, Bella! ¡No puedes rendirte sin haber luchado! ¡No puedes deprimirte sin haber intentado vivir de nuevo la vida!

Sin duda, tenía que intentarlo, no podía rendirme sin luchar ni deprimirme sin haber intentado vivir de nuevo la vida. Y ahora era por todos. Por Billy, por Renée, por Charlie, por Jacob. Y ahora también por Jacqueline, sobre todo por ella. Oliendo otra vez aquel olor que despertaba tantos recuerdos en mí, miré el cielo nocturno. Una noche de luna creciente, como si una esperanza estuviera empezando a existir para mí. De nuevo.”

El mar se extendía a mi alrededor, eterno, oscuro como la misma noche. Tan sólo el reflejo de la luna llena se veía en el mar, borrosa y brillante a la vez. Inspiré la brisa del aire salada y natural, sintiendo casi el gusto en mi boca mientras mi pelo me tapaba la vista. Y moví los brazos en un acto reflejo, los movía lentamente, con cuidado, acunando a alguien inexistente que no estaba allí en ellos. Automáticamente, sin poderlo apenas evitar, los recuerdos abrumadores de apenas unas horas antes se pusieron en mi mente.

Crueles, despiadados. Podía ver otra vez los ojos de Victoria. Aquellos ojos rojos odiosos, sedientos de sangre y de venganza. Unos ojos que había aprendido a odiar, a detestar, a repugnar más que a nada en el mundo. Y volví a recordar de nuevo cómo se volvían negros cuando acercaba el rostro hacia Jacqueline, quitándome la última esperanza que me quedaba en esta vida. La última, porque ya no me esperaba nada más en mi existencia. Nada.

La sola palabra me hizo estremecer. Nada. Una palabra de significado vacío, y a la vez una palabra tan poderosa como para potenciar el dolor y la angustia que ya sentía hasta límites insospechados. Pero ya ni siquiera eso importaba. ¿Qué más daba todo ya, cuando no me quedaba nada en el mundo? Y esa certeza, más que ninguna otra, me hizo poner las manos en las orejas, como si alguien me lo repitiera una y otra vez en la oreja con susurros.

-No te queda nada. No te queda nada. No te queda nada -repetía la voz sin parar, y de nada servía taparme las orejas. La seguía oyendo. Seguía oyendo a Victoria, con su voz tan tenor, aguda, de vampiro. Pero a la vez repelente, cruel, en busca de venganza.

Y pude ver con toda claridad nuevamente cómo cogía a Jacqueline en sus brazos, acunándola sin suavidad, con una mota de curiosidad en los ojos mientras yo me quedaba paralizada de miedo, sin moverme. Había querido correr al otro lado de la habitación, abalanzarme sobre ella, y al menos, intentar matarla, aunque hubiera acabado tan sólo con mi propia muerte. Pero no. Mis pies habían criado raíces en el suelo por el terror, por el miedo, por el pánico. Y yo tan sólo podía ver y escuchar, ver y escuchar. Por una vez en mi vida, deseé haber sido ciega, o sorda o ambas cosas. O morir.

-¿Esta era tu última esperanza, verdad, Bella? Era la única cosa que te podía alegrar: un mísero bebé humano -había pronunciado aquellas palabras con desdén, desprecio, mientras su cabello rojizo se agitaba a los lados al negar con la cabeza-. Y ahora, verás. Verás cómo el último hilo que te ataba a la felicidad desaparece, sin que apenas puedas hacer nada. Nada de nada. Y desearás morir, ah sí, ya lo creo que lo desearás, con todas tus fuerzas. Pero no te preocupes, no te voy a matar hasta dentro de un rato, para que el dolor te consuma y te deje sin fuerzas, sin esperanzas. Y entonces lo pierdas todo. Pero antes de que mueras consumida por la angustia, yo te transformaré. Ya lo creo que lo haré, y me divertiré viendo cómo sufres eternamente, sin límites. Y entonces, no te queda nada.

Entonces, había presionado los labios en el pequeño cuello de Jacqueline, haciendo parecer que más que chuparle la sangre, estuviera dándole un beso de buenas noches. Y yo, en un acto humano que me hubiera encantado reprimir, había salido corriendo, sin rumbo, sin un lugar fijo en el que pararme. Huyendo de la sombra de Victoria, huyendo de mi propia sombra. Huyendo de mi pesadilla, de una realidad que no creía querer real, pero que tenía presente cada vez que abría los párpados y me dirigía al acantilado.

Y allí estaba yo, esperando a Victoria o a otra cosa, con el mar eterno a mi alrededor. Sabía que podía hacer las cosas de una manera más rápida, por eso estaba allí, ¿no? Podía tirarme desde aquel acantilado, desde aquella distancia tan alta que me mataría. Podía ahogarme en las oscuras aguas del fondo, lentamente, sintiendo cómo el aire se iba de mis pulmones y huía. Podía o no podía. Podía huir, podía evitar esa vida eterna dolorosa que Victoria quería darme y que, por una vez, no deseaba. Podía evitar sufrir eternamente a cambio de sufrir la muerte.

De alguna manera u otra, sabía que lo haría. Apenas podía esperar, porque ella me perseguía. Huiría, moriría. Como una cobarde. Como la cobarde que era. No, no era capaz de afrontar una vida eterna para vengarme de todos y perseguir a Victoria por todo el planeta. Hubiera querido tener esfuerzos para hacerlo, incluso ganas, porque era eso lo que se suponía que debía hacer. Pero no tenía ni esfuerzos ni ganas, todas mis ganas y mis esfuerzos se habían consumido. Ya había sufrido mucho. Demasiado. Y no podía aguantarlo. No más.

Me levanté, consumiendo poco a poco los esfuerzos que sacaba de dónde no sabía. Aún me quedarían algunos todavía dar un paso en una roca inexistente y caer al vacío. Huyendo. Huyendo. Huyendo. Pero acabando con aquel dolor insoportable de una vez por todas. Y miré nuevamente el mar oscuro, que se perdía en el horizonte eterno. Un mar oscuro, eterno, como la eternidad que quería que viviera Victoria. Tan sólo iluminado por el reflejo de una luna llena que misteriosamente no se veía en el cielo. O no quería ver.

Miré ese reflejo. Una luna imperfecta, borrosa, pero aun así brillante, cegadora, haciendo que el agua pareciera chispear allí donde se encontraba. De alguna manera, mi existencia era así. De unas tinieblas oscuras, de una oscuridad brumosa e hiriente. Pero a diferencia del mar, yo no tenía un reflejo de esperanza. No me quedaba nada, como muy bien sabía la asesina de mis esperanzas. Charlie, Billy, Jacob, Jacqueline. Lo había perdido todo, esperanza tras esperanza, sueño tras sueño. Todo tras todo, nada tras nada. Y la luna reflejada seguía estando allí, como si me quisiera contradecir.

¿Había acaso algo por lo que vivir, algo por lo que seguir existiendo? No. Nada, nada de nada. O quizás… Quizás sí, pero la estúpida idea que se cruzó por mi cabeza la negué enseguida y quise abofetearme por estúpida y por tonta. Una parte de mí seguía esperando que él apareciese de un momento a otro, salvándome. Una parte de mí quería ir a buscarle por el mundo. Una parte de mí… seguía creyendo que él querría verme. ¡Tonta, tonta y tonta!, me dije, cuando el dolor empezó a ser demasiado fuerte. No me había preparado para recibirlo.

Y era un sentimiento egoísta, muy pero que muy egoísta, pero era un sentimiento también inevitable. Era duro saber que, después de que Victoria matara a Charlie, a Billy, a Jacob y a mi pequeña Jacqueline y por mucho que todo eso me doliera, lo que más me había dolido de todo aquello era que Edward me hubiera rechazado. Ni las cuatro personas a las que Victoria había matado por mi culpa, me dolían tanto como su pérdida. Era duro de reconocerlo, muy egoísta por mi parte. Y aun así, era real. Tan real como mis ganas de morir.

-Edward, te quiero, estés donde estés, hagas lo que hagas. Mucho, muchísimo. Más que a nada en el mundo -susurré en una voz que apenas se entendía. Y nuevas lágrimas escaparon de mis ojos, nublando mi visión. Pero no importaba. Ya hacía rato que había empezado a sollozar, a llorar, a gritar.

Si al menos pudiera oír su voz, oír el tono rabioso de su voz cuando me ponía en peligro y aun así con un matiz todavía aterciopelado. Hubiera sido capaz de ello, de vivir por el recuerdo de su voz. Pero ni eso me quedaba. Ni aunque hiciera las cosas más estúpidas y peligrosas posibles, recordaba su voz. Había perdido su recuerdo cuando Charlie murió, como si con la venganza de Victoria también le hubiera perdido a él. Y ahora, antes de morir, evoqué su imagen.

Esperé. Nada. No aparecía nada, sólo una débil sombra de lo que él había sido. Una sombra a la que no le faltaba belleza, pero no era él. No era Edward. Era curioso que, aunque no le recordara después de dos años, pudiera asegurar que él era mucho más bello. Porque él lo era. Y decidí que aquello tenía que acabar. Ya. Ahora. No podía dejar que el dolor de no recordarle más o menos me invadiese. Y moví mis dos piernas, dando un paso en falso.

Y el suelo desapareció de mis piernas. Por unos pequeños instantes, pude sentir el vacío, podía sentir cómo debajo de mí. Y me hundía, y me hundía, huyendo del dolor y la eternidad. Huyendo de todo y de nada. O simplemente, huyendo en un vacío profundo. Pero el vacío llegó a su fondo. Entonces, noté como me hundía y huía en el agua que me absorbió como un agujero negro. El agua fría, helada, oscura y clara a la vez. Y, ah sí, por una vez pude sentirlo, pude recordarlo. Por un mínimo segundo mientras el aire empezaba a faltar en mis pulmones, pude recordarle.

Pude recordar una parte de él, que me parecía insuficiente y por la que a la vez, agradecía recordar. Por un momento, pude recordar su piel helada, fría. Pude recordar el tacto de su mano en la mía, tan frío que quemaba, tan caliente que helaba. Un tacto que hacía que mi respiración se acelerase, que mi corazón latiera enloquecido. E incluso, por un preciado momento de mi vida, pude volver a imaginarme su roce, como si fuera real, como si él estuviera allí, justo cuando todo acababa.

Y pese a estar muriéndome, pese a que no me quedaba oxígeno en las venas ni en los pulmones y que me sentía bajo presión mientras notaba que me ahogaba y el agua invadía mi interior, quitándome la vida, era un poco feliz. Era absurdo. Ridículo, como él habría dicho. Pero me lo agradecería eternamente a mí misma, aunque tan sólo fuera por un momento, por un mísero instante en mi vida. Era un recuerdo preciado que me llevaba conmigo a la muerte, algo que no había imaginado ni supuesto. Al menos, era algo. Y desde luego, mejor de lo que habría supuesto nunca.

Pero algo me impidió seguir delirando con el roce de su fría mano. Un dolor que no dolía tanto como el que había soportado, pero que dolía, engullía mi cuerpo. No tenía aire en mi cuerpo. Y me estaba hundiendo en el mar, huyendo. Y me moría. Y a pesar de ello, hacía un esfuerzo por respirar, abriendo la boca, provocando que sólo me entrara más y más agua. Entre todo aquello, también podía oír los latidos de mi corazón, cada vez más débiles, cada vez más lejanos y cada vez más pausados, perdiendo el pulso. Fuera lo que fuera lo que me esperaba después, tenía que ser mucho más feliz que lo que había soportado.

El recuerdo volvió a mí, inesperado mientras yo esperaba la muerte impaciente, huyendo, sin vuelta atrás. Y unos brazos imaginarios, o que yo creía imaginarios, me sujetaban, luchando contra la corriente del agua, envolviéndome, fuertes y delicados, protectores. Unos brazos fríos como la mismo agua, duros como la piedra. Unos brazos que hubiera reconocido incluso estando ya muerta, a los que mi cadáver sin fuerzas hubiera querido llegar. Los de Edward. Sabía que aquello era irreal, imposible, que me estaba muriendo, recordando sus brazos alrededor de mí. Pero mi cuerpo seguía doliendo. Y se supone que, una vez muerta, las cosas ya no duelen. Esto dolía.

Fue entonces cuando sentí el aire de la noche en mi cara mojada, sin poder abrir los ojos. Como si mi cadáver flotase y mi alma no se pudiera escapar. Y a pesar de todo, cada vez sentía más la realidad. Sentía el extraño recuerdo de sus brazos, estrechándome fuertemente contra su pecho. Como si él estuviera allí y estuviera intentando salvarme. Como si aquello fuera real como el dolor que sentía. Como si aquello fuera posible en aquellos momentos. Y entonces, algo me sorprendió.

-¡Bella! ¡Bella, por favor resiste, aguanta! -me exigía una voz que no recordaba pero que en aquel momento sonaba. Una voz hermosa como ninguna otra, aterciopelada como sólo el terciopelo puede serlo. La voz de un ángel angustiado que lloraba sin lágrimas, que tan sólo podía gritar de angustia, de nervios y de pena-. ¡Bella, por favor, por lo que más quieras! ¡Vive! ¡Bella! ¡Bella!

Pronunciaba mi nombre una y otra vez y yo quise contestarle. Pero no podía. No podía saber dónde estaba mi boca, mis cuerdas vocales. Nada. Quería pronunciar su nombre, quería responderle que estaba viva. Abrazarle, comprobar que era real. Y no podía. Tan sólo sentía lo que mi cuerpo sentía, pero sin poder moverme o ser consciente de ello. Y oía cada vez cómo los latidos de mi corazón se apagaban, como todo terminaba. Y quise vivir lo suficiente para oírle de nuevo, para comprobar que era real.

-No voy a tener otro remedio que… -murmuró la voz que había creído perdida, pero no llegué a oírle lo que decía del todo. No podía. Estaba perdiendo la oída, el sentido. La vida. Y la muerte me alcanzaba cada vez más.

Pero entonces, aún pude alcanzar a sentir como si algo rozara la piel de mi hombro. Como si algo se hundiera en ella, como si la mordiera. Y empecé a sentir una extraña quemazón, como si el agua del mar ardiera en el infierno. Como si mi hombro empezara a arder, lentamente, dolorosamente. Y me impidiese huir. Pero mientras aquello tan sólo comenzaba, pude oír a lo lejos, muy a lo lejos, el llanto de un bebé desconsolado. Y más lejos todavía, cómo el ángel chillaba de rabia. Fuese lo que fuese aquella avalancha de recuerdos tan extraña, no podía ser la muerte ni lo que venía después de ella. O sí. O no.