Tinieblas

Epílogo: Jacqueline


“Y me devolvió el supuesto pecado de los labios, real o no. Y el pecado se devolvía y volvía inevitablemente, contagiando ambos labios, ambos seres, ambos Romeo y Julieta y ambos Bella y Edward. Aquella era la lógica sin sentido que mandaba sobre nosotros: ella me devolvía el pecado a mis labios, y yo se lo devolvía. Así, una y otra vez, sin parar. Sus labios se movían contra los míos y los míos contra los suyos sin tener que temer por su vida, acercándonos cada vez más y más.

-Besáis según el ritual -citó por última vez a Julieta antes de no poder hablar porque yo la estaba besando según el ritual.

Por un momento, dudé de continuar. En aquel punto de la obra, era cuando la nodriza interrumpe a Romeo y Julieta. Pero allí no había nodriza alguna, no había nadie que interrumpiera. Sin dudarlo una vez más, sus labios volvieron a estar en los míos y los míos en los suyos. Y sus brazos volvieron a acercarme más a ella, y mis manos atrajeron su rostro al mío. Sin parar, sin que nada nos separara: la vida o la muerte, la distancia o el tiempo. Nada. Tan sólo amor y pecado. Como Romeo y Julieta.”

“Isabella Swan

1987-2006″

Leí y releí el grabado en la tumba una y otra vez, como cada año. Porque cada año, Renée, Phil y yo veníamos a Ashland en verano, para visitar la tumba de mi madre, Isabella Swan. O Bella, como la llamaban todos. Y ahora ya hacía quince años que Isabella Swan no existía, que se había suicidado allí, en un acantilado de esa ciudad. Isabella Swan, Isabella Swan, Isabella Swan. Mamá, intenté que su rostro se esbozara en mi mente.

Pero como siempre ocurría, no era capaz. Veía el contorno de un rostro en forma de corazón, con unos labios, nariz y ojos, pero era incapaz de recordar si sus labios eran anchos, o si sus ojos eran muy oscuros. Había intentado memorizarlo muchas veces, pero siempre que no veía la fotografía que mi abuela guardaba, no podía recordarla. Como siempre pasaba con aquello, me frustraba. ¿Por qué era incapaz de recordar el rostro de mi madre, precisamente el de ella? Renée me había dicho que sólo con mirarme al espejo, vería a mi madre.

Y pese a ello, lo único que veía al mirarme en el espejo, era mi reflejo. El reflejo de una chica de quince años, de tez ni oscura ni pálida, de ojos oscuros y de labios anchos, junto con unas cejas arqueadas y una nariz achatada. También el cabello, ni muy largo ni muy corto, de un negro oscuro que con el reflejo del sol se transformaba en castaño oscuro. Pero al compararme con la foto de mi madre, tan sólo veía pequeñas semejanzas. Si no me equivocaba, me parecía más a mi padre, Jacob Black, otro gran desconocido para mí.

Puse el ramo de crisantemos amarillos frente a la tumba y me dirigí a la salida del cementerio, sin saber exactamente dónde ir. Una posibilidad era ir al hotel, donde estaban Renée y Phil, pero no me apetecía ir allí, así que opté por ir adónde me llevaran las piernas. Y mientras andaba sin importarme donde fuera, preguntas que ya me había preguntado inundaron mi mente. ¿Cómo hubiera sido mi vida, de estar mi madre viva? ¿Y mi padre? ¿Por qué se había suicidado precisamente después de tenerme? ¿Había sido feliz al tenerme entre sus brazos? ¿Qué me diría, de estar aquí? ¿Me abrazaría y me diría cuánto le hubiera gustado conocerme? ¿O no me dirigiría la palabra? ¿Cómo se comportaría conmigo y yo con ella, de haber vivido?

De repente, tropecé con algo. Como siempre ocurría. No era tan torpe como mi madre, me había dicho Renée, pero aun así, siempre me ocurría algo en las situaciones más inesperadas. Y miré a mi alrededor, confundida. Por supuesto, debería haberme dado cuenta antes de adónde me traerían mis pies: a la playa rocosa de Ashland, cerca de un acantilado. Del acantilado en el que todo había ocurrido y en el que todo había acabado. En el que todo había comenzado, pasado y terminado.

Lo sabía. Odiaba este lugar, y lo quería a la vez. Lo odiaba porque allí se perdía la pista de mi madre. Lo quería porque me sentía como si me acercara a ella. Y al mismo tiempo, me hacía entender mejor todo, especialmente, todo relacionado con mi madre y conmigo. Siempre que venía a Ashland, acababa yendo allí. Acababa entendiendo más y más el por qué no podía recordar el rostro de mi madre. Porque, de alguna manera, la odiaba y no la perdonaría. Porque ella no podía haber sido más fuerte y luchar por salir adelante, a mi lado. Y me odiaba a mí misma, por no haber sido capaz de pararla.

-¿Te has hecho daño? -dijo una voz femenina cerca de mí con tono amable. Me giré al ver a una chica de más o menos unos diecisiete años, quizá algo más mayor.

-No, no te preocupes. Estoy bien -intenté levantarme al responder, pero algo me lo impidió. Por suerte, no me había torcido el tobillo, pero me había dado un buen golpe y probablemente me saldrían morados.

-Te has torcido el tobillo -comentó la chica, acercándose a mí. Y la contemplé más detenidamente. Tenía un cabello largo, de un color parecido al bronce, que se notaba teñido, que contrastaba con una piel más pálida que había visto en mi vida. Aparte de eso, tenía unos labios gruesos y una nariz definida. En cuanto a los ojos, no podían verlos por las gafas de sol que llevaba, pero se distinguían unas ojeras de color lila. ¿Por qué debía llevar aquellas gafas en un día nublado como aquel?

-No, pero me he dado un buen golpe -era una sensación extraña, pero el rostro de aquella chica me había parecido muy pero que muy familiar, pero no recordaba exactamente a quién me recordaba.

-Entonces será mejor que te estés aquí sentada un rato -esbozó una sonrisa amable en su rostro, pero había algo en ella que no me gustaba-. ¿No está tu madre o alguna amiga tuya por aquí? ¿O has venido sola?

-Mi madre está muerta -respondí sin pensar en lo que decía. Sabía qué era lo que no me gustaba de esa desconocida: parecía o era con toda seguridad de la mafia. Llevaba unas gafas negras, un traje de verano de color negro también, como en las películas los mafiosos. ¿O acaso habré visto demasiadas películas?, me pregunté. Fuera como fuera, no entendía por qué una desconocida me preguntaba por mi madre.

-¿Cómo ocurrió? -se sentó a mi lado, frunciendo el ceño en las gafas de sol. ¿Estaba ocurriendo de verdad, o me lo estaba imaginando? ¿Por qué le interesaría a una desconocida mi madre y su muerte si no fuera una posible mafiosa que tuviera la intención de saber de mi familia antes de secuestrarme?

-Perdone, pero no creo que a usted le incumba esto -dije con voz fría y distante, intentando que así me dejara en paz y se fuera de una vez.

-¡Oh, lo siento! Es que me has recordado a mí. Yo siempre me caía por esta playa antes, y lo de tu madre… Lo siento -parecía decirlo en serio, por la expresión angustiada de su rostro-. Me llamo… este… Elizabeth. Elizabeth, eso es. Soy de por aquí

-Yo, Jacqueline y no soy de aquí -sabía que mentía, por la duda de su voz y por la evidencia del hecho, pero por alguna razón, eso no me importó mucho. No parecía una mala persona ni ninguna mafiosa como me había parecido en un principio.

Y nadie dijo nada. Sólo las olas gritaban al morir y fundirse en la arena, una y otra vez, avanzando y retrocediendo, retrocediendo y avanzando, peleándose entre ellas. Otras, en cambio, chocaban contra el alto acantilado, llamando mi atención. -Oye, Elizabeth, ¿cómo crees que se debe sentir una persona al caer desde allí arriba? -le pregunté, señalando el acantilado.

-Desde allí arriba… -repitió, mirando hacia aquel lugar con rostro pensativo, y empezó a hablar, pero no como si fuese consciente de mi presencia-. Supongo que se debe sentir todo y nada a la vez. No debe haber tiempo de pensar muchas cosas, porque enseguida se cae, pero lo que se piensa, sin duda, se piensa rápido. Diría que se siente cómo todo desaparece a tu alrededor, cómo no puedes agarrarte a nada… Depende los motivos que te lleven a caer. Quizá por diversión, por tristeza, por ganas de acabar con todo o sentir cómo todo desaparece durante unos instantes, aunque sean pocos -volvió el rostro hacia mí, mirándome y analizando mi expresión a través de las gafas-. ¿Tu madre…?

-Saltó -finalicé la frase que Elizabeth había comenzado. Por alguna razón, hablar y desahogarme con aquella desconocida me hacía sentir bien-. Nada más nacer yo, saltó… y murió.

-¿Y crees que es por ti, verdad? -preguntó como si de una psicóloga se tratase. Y yo asentí, sin entender tampoco muy bien por qué lo hacía-. No te conozco mucho, pero me da la sensación de que tu madre no lo hizo por ti, Jacqueline. A veces las personas se cansan de vivir o pierden toda esperanza, y no hay vuelta atrás. Dudo que tu madre no te quisiera, pero quizá no pudo hacer otra cosa. Quizá no podía seguir adelante y tuvo que dejarte… bueno, con quién estés ahora. ¿Sabes?, una vez alguien me dijo que uno no se debía deprimir sin haber intentado vivir de nuevo la vida. Es cierto, en parte, porque tienes que seguir adelante, pero hay momentos en los que algo te supera y no puedes hacer nada por evitarlo. Pero tu madre te quería, o eso creo. Si no, no te hubiera tenido, ¿no crees?

-No digo que no le importara, pero podía haber sido menos débil y atarse algo más a la vida -protesté. No sabía por qué, pero me daba la sensación de haberla conocido siempre. Quizá porque era precisamente una desconocida y podía contarle todo sin temor, sabiendo que se lo guardaría y que no la volvería a ver.

-Mi madre tampoco es como yo quisiera que fuera precisamente -se rió sin ganas, pero paró enseguida y se le contrajo el rostro repentinamente, como si le doliera algo, pero volvió a calmarse-. Siempre, siempre ha sido demasiado irresponsable, sin saber muy bien cómo hacer las cosas y yo he tenido que ocuparme de todo. Eso sí, siempre ha sido muy alegre, siempre ha tenido muchas ganas de vivir. Demasiadas, diría yo a veces. Lo único que puedo reprocharle es eso: su irresponsabilidad. Y aun así, no la veo siendo de otra manera. Porque me gusta como es, porque ella es mi madre. Y la quiero como tú quieres a la tuya.

-Sí -incluso aquello me resultaba extraño de la tal Elizabeth: que lo había dado por hecho, sin preguntarlo. Y que me había identificado extrañamente con lo que decía de su madre. Me recordaba vagamente a mi situación con Renée-. Supongo que lo que le reprocho yo es su debilidad.

-Siempre hay algo que reprochar, que sería mejor que no existiera, pero sin ese algo, nada sería lo mismo a veces. Nada sería como debería ser -comentó ensimismada, mirando el mar con aire distraído-. Antes me has preguntado cómo debe sentirse al caer una persona. Bien, ahora te pregunto yo: ¿cómo debe sentirse al tomar la decisión de saltar?

-Depende -no entendí por qué me hacía esa pregunta, pero tampoco me importaba responderla-. Supongo que se debe de pensar en todo lo que a uno le importa, que no se debe tomar rápidamente, sino pensando en todo una y otra vez, y una vez teniendo claras las cosas, decidirse definitivamente. Y al tomar la decisión, se debe sentir que no hay vuelta atrás, que no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Que quizá sea lo mejor para no poner en peligro a todos y a uno mismo.

-¡Exacto! -exclamó con una sonrisa en los labios, extrañamente alegre por un momento-. Tú misma lo crees, lo que no acabas de entenderlo o de convencerte. Crees que tu madre te quiso verdaderamente, Jacqueline. No debes saber los motivos que le llevaron a hacerlo, pero estás convencida de que pensó en ti y de que no había otro remedio, de que no quería que murieses con ella, de que quería darte una vida.

Cerré los ojos, estirándome en la arena. Y no supe qué decir, porque era verdad. Ni Renée ni yo supimos ni sabríamos nunca qué motivo le llevo a Isabella Swan a suicidarse, pero fuera por la razón que fuera, no lo habría hecho porque sí, sin un motivo concreto, tan sólo por haberse cansado de la vida. Quizá… sí. Tenía que haber sido como decía Elizabeth, por un motivo mucho más importante, porque lo consideraba lo mejor para mí, para no ponerme en peligro, para no ponernos en peligro. Porque querría que, aunque ella hubiera muerto, yo continuara con mi vida por las dos, por mí misma. Y pude sentir que era capaz de perdonar a mi madre por ello, pude sentir que no tenía por qué perdonarla, porque tampoco había nada que perdonar. Y abrí los ojos.

Pero allí no había nadie, allí no estaba la tal Elizabeth. Tan sólo el sol, que había conseguido salir detrás de las nubes e iluminaba la playa, reflejándose en el mar repentinamente, como si le arrancara su brillo. Quizá tan sólo hubiera sido un espejismo o mi imaginación, y aquella chica nunca había estado allí realmente, a mi lado, en aquella playa. Pero en aquel momento, no importaba, porque sentía como si pudiera recordar el rostro de mi madre.

Mamá, Isabella Swan, pensé. Y pude verlo con todo lujo de detalle por primera vez en mi vida. Pude recuperar el rostro perdido en mi memoria y memorizar los rasgos de mi madre en mi misma mente. Como si hubiera recuperado una parte de mi misma o la estuviera descubriendo, una parte que desconocía. No habría conocido a mi madre, pero sabía que, como había dicho esa chica, no hubiera sido lo mismo si hubiera venido a Ashland. Fuera como fuera, alegre o triste, alborotada o callada, mi madre me había querido, le había importado yo. Y no había nada más cierto que aquello en aquel momento.