Tinieblas

Primer capítulo: En otros tiempos


“E inevitablemente observé a Jacqueline, que dormía tranquilamente a mi lado, con una suave respiración que me calmaba. Y me hice la pregunta que todos los padres se hacen: ¿a quién se parecía aquella niña? Desde luego, todavía era pronto para decidirlo, pero tenía la piel cobriza de su padre y unos pequeños pelos en la cabeza que también eran negros. Y era comilona y dormilona como Jake. Sin duda, había salido a su padre. Apenas tenía algo de mí… por el momento.

Sin piedad, sin pensarlo, y sin sentimiento, mi mente volvió a recordar automáticamente los días del pasado, que parecían el día anterior. Como si fuera inevitable pensar en ello. De alguna manera, era inevitable. Y empecé a recordar el día en que todo aquello había empezado, el día en que Victoria decidió empezar su venganza y empezó a matar a las personas que más me importaban sin importarle las consecuencias que ello pudiera tener.”

Un paso. Otro paso. En aquel momento bajaba las escaleras del tercer piso del hospital de Ashland. Pero apenas me importaba. Apenas era consciente de que, escalón tras escalón, dejaba atrás el hospital y me iba a casa con Jacqueline en brazos. Mi mente se encontraba salpicada por imágenes de días diferentes, por recuerdos de días mejores que este, otros tiempos en los que aún quedaba algo más de esperanza para mí. Pero no eran recuerdos seguidos, sino que eran de momentos diferentes, pero todos de cuando Jacob seguía vivo.

Y la primera imagen que me vino a la cabeza, era de mí. Yo, sentada en el sofá de la casa de Charlie, yo, con una cara muerta, inexpresiva mientras unas lágrimas resbalaban lentamente de mis mejillas. Y pese a no estar Charlie allí, no estaba sola. Jacob, enfrente de mi, se alzaba tan alto como siempre, de pie, sin saber muy bien qué decirme o qué hacer para consolarme. Reconocí aquella imagen, era el día en que Charlie había muerto, el día en que empezó la venganza de Victoria.

-Bella… -su voz sonó en la lejanía de mis recuerdos, una voz ronca e indecisa. Se sentó y me rodeó con sus brazos, intentándome consolar-. Di algo. Reacciona. Habla.

-¿Y qué quieres que diga? ¿Qué quieres que haga? -mi respuesta fue algo absurda, pero el dolor que había sentido cuando cierta persona se fue, volví a sentirlo cuando la vida de Charlie se esfumó. Y Jacob era el único punto de apoyo que había tenido en esos momentos.

-No quiero volver a verte así, como cuando… -se calló. Los dos sabíamos cómo terminaba la frase “… tu chupasangre se marchó”. Estrechó sus brazos con más fuerza a mi alrededor, como si con ello intentara que mi dolor disminuyera-. No puedes volver a estar así, tan vacía, tan muerta.

-Pero es que no hay otro modo de hacer las cosas. Si no me sumo en el sopor, si intento ver las cosas que hay a mi alrededor, me dolerá tan sólo más y más. Y no lograré nada con ello -sabía que mi voz sonaba inexpresiva, que con ello le hería, pero también sabía que no había otro remedio para todo aquello, que, al mínimo momento en que dejara de ser zombi, el agujero de mi pecho, cada vez más abierto, más intenso, me dolería hasta límites inexplicables.

Y él cogió entre sus manos calientes mi rostro. Era agradable sentir algo de calor cuando mi interior y mi corazón se helaban lentamente, como si en mi interior habitase un invierno eterno que empezó un año atrás de cuando Victoria mató a Charlie. Cuando por primera vez sentí en mis carnes lo que era el dolor y el sufrimiento. Miré a sus ojos oscuros, ahora habitados con lágrimas, con arrugas en la frente de sufrimiento. Tan sólo calmó un poco poquito el agujero.

-Hay otro modo de hacer las cosas -dijo rudamente, marcando cada palabra con énfasis, con fuerza, quizás creyendo que sólo me llegaba el eco-. Si no te sumas en el sopor, si intentas ver las cosas que hay a tu alrededor, no te dolerá más y más. ¡Maldita sea, Bella! ¡No puedes rendirte sin haber luchado! ¡No puedes deprimirte sin haber intentado vivir de nuevo la vida! Al menos, inténtalo. Por ti, por tu madre, por mí. Y por Charlie, sobre todo por Charlie. Él te hubiera dicho lo mismo, estoy completamente seguro. Él lo hubiera querido.

Sí, tenía razón. No podía discutírselo. ¿Pero realmente valía la pena, vivir? ¿Valía la pena luchar aunque luego tuviera que rendirme? ¿Valía la pena intentarlo por mí misma, por Renée, por Jacob? ¿Por Charlie? Sí. Valía la pena. ¿Pero ahora en adelante, qué haría? Por supuesto, podía vivir en aquella casa deshabitada, llena de recuerdos por todas partes, mirase por donde mirase. Y no sólo de Charlie, sino también de la persona a quien más había querido en toda mi vida. Y estaría sola. Viviría sola.

Sola. La mera palabra hizo estremecerme. Quedaba siempre la posibilidad de ir con mi madre, a Jacksonville. Pero sabía que no iría. No podía conducir a mi madre de aquella manera a la muerte. Y como había pensado, estaría sola. Más sola que la una. Sí, bajaría a La Push cada día, pero al llegar a casa para dormir, me encontraría con una oscuridad absoluta, unas tinieblas más densas que las del cielo nocturno con luna nueva.

Y sabía con creces que no sobreviviría a aquello si no volvía a mi estado zombi.

-¿Y qué, Jake? Por mucho que lo intente, sé que saldré perdiendo. Sé que llegará un día en que me rendiré, y entonces, todo el dolor que haya podido reprimir hasta ese momento, se abalanzará sobre mí, hundiéndome, dejándome sin aliento y sin vida. Y estaré sola. Completamente sola, cuando llegue a casa de noche. Y las tinieblas lo cubrirán todo, incluida mi vida. Absolutamente todo -e inhalé todo el aire que pude mientras decía esas palabras, como si me fuera a ahogar de un momento a otro.

Sin pensárselo, sus manos volvieron a abrazarme, estrechándome fuertemente. Demasiado fuertemente. Un abrazo fuerte, consolador, de apoyo, de compañerismo, de cariño. Un abrazo de oso, como los que me acostumbraba a dar Jacob. Pero ese abrazo fue más fuerte que cualquier otro. Y como siempre que ocurría aquello, yo intentaba respirar y me quejaba con voz pastosa:

-No puedo respirar.

Y entonces él me soltaba, avergonzado. Y esta vez también, me soltó. Pero volvió a poner mi rostro en sus manos anchas y grandes. Fue entonces, cuando vi que le salían lágrimas del ojo, cuando salieron palabras atropelladas de su boca que tuve que hacer un esfuerzo para escuchar.

-¿Y por qué diablos habrías de estar sola, Bella? ¿Por qué diablos habría de dejarte yo sola? Digas lo que digas, tendrás que intentarlo. Por mucho que puedas rendirte al final y que el dolor te hunda y te mate, ¿acaso no cabe también la posibilidad de que sigas adelante y consigas, como mínimo, un poco de felicidad en tu atormentada vida? -paró un momento, pensativo, para continuar después con entusiasmo en su voz-. ¿Y si te vienes a vivir conmigo y con mi padre? No estarías sola, Bella. Y tendrías una oportunidad de intentarlo, al menos.

Me quedé sin habla. Aquella era una idea que jamás se me había pasado por la cabeza, una idea tan irreal que por un momento pensé que bromeaba. Pero no. Todo cuanto vi en el rostro de Jacob era una enorme sinceridad mientras se secaba las lágrimas con una de sus manos. Aunque no bromeara, aquello no era una buena idea en un aspecto. Yo ya era una carga en mi estado. No quería molestar más a Jacob. Además, ¿qué me aseguraba que Billy quisiese que yo fuera?

-Voy a molestar. Soy una carga. Y no quiero serlo… -le expliqué con un débil hilo de voz. Si fuera a vivir allí, estaría segura, estaría… algo feliz. Podría estar cerca de Jacob, y por qué no, cerca de Forks también. Pero sabía que era mejor no hacerme ilusiones.

-¿De verdad crees que eres una carga, que vas a molestar? Más que otra cosa, vas a alegrarme la vida, Bella. Y allí estarías segura. Te juro que Sam, Paul, Jared, Embry y yo te protegeremos. E incluso podrías ayudar a Emily en la cocina -se rió entre dientes brevemente al decir esto último y siguió mirándome seriamente.

Entonces, acercó su rostro al mío, como ya había intentado tantas veces antes. Y estas tantas veces antes, yo le había rechazado, apartando mi rostro. Pero sabía que ahora era un momento decisivo. O aceptaba o le rechazaba. Mis ojos se empañaron. Si aceptaba, tenía una pequeña oportunidad de ser feliz todavía y de sobrevivir. E incluso haría feliz a Jake. Si rechazaba, me quedaría sola, aun viendo a Jacob.

Y las lágrimas resbalaron, traicioneras. ¿A qué diablos estaba esperando? Ya había cumplido los diecinueve. Ya hacía un año que él se había ido. Un año en que pensé que volvería, al menos a verme. Pero ya no había esperanza. Había pasado el tiempo. Demasiado tiempo, tan lento, tan cruel. Y supe que aquella vez, en el bosque, fue la última vez que le vería, supe que, el beso de aquella noche de mi cumpleaños, era el último que recibiría de él. Edward no volvería. Nunca. Miré el rostro de Jacob.

Y Jacob… le debía mucho a Jacob. Primeramente, mi vida. De no ser por él y por sus amigos, Victoria me habría torturado hasta la muerte. Y segundo, le debía mi cordura. Si no hubiese sido por él, probablemente seguiría en estado zombi. ¡Qué importaba todo ya! La persona que yo deseaba que me besase, ya no tendría labios para mí. Y al menos, como decía Jacob, tenía que intentarlo. Tenía que intentar hacerme feliz y hacerle feliz. Aunque tan sólo fuera por amistad y por compromiso.

En ese momento, nuestros labios se encontraron.

No fue un beso largo, pero tampoco corto. Fue, simplemente eso, el encuentro de dos labios. El encuentro de dos labios que no me disgustó, pero tampoco me encantó. Simplemente había que intentarlo. Y también fue la promesa de un futuro. Un futuro todavía incierto, inseguro. Un futuro que ni yo misma estaba segura de cómo sería. Ni tampoco Jacob. Un futuro por el que había que luchar antes que rendirse.

Y volví del mundo de los recuerdos a la realidad cuando oí sollozar a Jacqueline.

Pero no fue sólo eso lo que me indujo a desvanecer los recuerdos por unos instantes. Mientras estaba sujetándome a la barra de la escalera para no caerme, vi lo que parecía un milagro, un ser que no debería estar allí presente, alguien que había tenido la certeza que no volvería a ver. ¡No era posible! La imagen de la aparición siguió caminando hacia la izquierda, hacia un rincón que llevaba a otro lugar. Casi me caí, pero luché por mantenerme en equilibrio, por ver si aquello era fruto de mi imaginación, o, por si lo contrario, era algo tan real como la adrenalina que corría por mis venas mientras bajaba escalón tras escalón.

Estaba convencida de haberle visto. De haber visto a aquel vampiro que con otros tres había inspirado al pintor Frances Solimena, aquel vampiro con el cabello rubio de ángel, tan hábil para limpiar cristales de las venas y tan amable. Estaba convencida de haber visto a Carlisle, allí, en el hospital de Ashland, con una bata blanca de doctor. E incluso entonces, mientras pensaba en si era real o mentira, si era realmente posible que Carlisle estuviese allí, los recuerdos volvieron a mi mente, también salteados como antes, sin orden aparente.

La escena esta vez se situaba en casa de Jacob. Esta vez, era él quien lloraba, tapándose el rostro con sus dos grandes manos. Y yo estaba a su lado, sin habla. En el recuerdo, se oía el eco del repiqueteo de la lluvia en los cristales. Reconocí aquel momento como el día en que Billy murió, apenas tres meses antes que su hijo. Recordé también aquel día por otro motivo. Era el día en que Jacqueline había empezado a crecer en mi interior.

Pude ver en mi mente cómo esta vez fui yo quien estrechó sus brazos a Jacob para consolarle, sin saberle muy bien qué decir mientras él lloraba en silencio. Durante unos minutos, estuvimos así, yo en silencio, intentando calmarle con mi abrazo, él con lágrimas recorriéndole las mejillas sin ruido. Y entonces fue cuando hablé.

-Jacob… -empecé a decir sin saber muy bien qué decir, sin saber muy bien qué hacer. Tan sólo quería que se animara-. Jacob, lo siento mucho.

-Tú no tienes la culpa de esto, Bella -había captado perfectamente el sentido de mis palabras, sin duda. Sabía que no sólo me disculpaba por su muerte, sino también, porque de alguna manera, yo era culpable de aquello. Porque si no hubiera sido por mí, porque si yo no hubiese atraído a Victoria a La Push, Billy seguiría vivo, en su silla de ruedas, protestando por los vampiros, pero vivo.

-De alguna manera, la es, ¿sabes? Si no hubiera sido por mí… -Jake puso un dedo en mi labio, esta vez sin vacilar tanto como antes. Y es que en aquellas dos semanas que había permanecido allí, él me besaba de vez en cuando, quizás intentando averiguar si le volvería a rechazar o, por si lo contrario, luchaba por conseguir ser feliz.

-No quieras decir eso nunca. No es culpa de nadie, simplemente ha pasado -correspondió a mi abrazo, rodeándome fuertemente. De repente, se estremeció, como cuando no podía controlar su rabia y se acababa transformando. Siempre que no estuviera yo junto a él. Y se calmó, pero la furia invadió sus siguientes palabras. La furia acompañada de la venganza-. Si alguien tiene la culpa de esto, es esa maldita sanguijuela pelirroja. Juro por mi padre y por el tuyo, Bella, que vamos a acabar con ella aunque por ello tenga que sufrir. La mataré y dejará de hacernos daño.

Y no contesté a aquello de inmediato. Me aterraba pensar en Victoria cerca de Jacob. Victoria, sedienta de sangre y venganza. Victoria, que ya había matado a tantas personas. Aunque todos sus amigos le ayudasen y fueran juntos, siempre cabía la posibilidad de que Jacob… Intenté no pensar en la palabra, pues ya suficiente rodeada estaba de ella. Así que, de alguna manera, intenté animar el ambiente.

-Lo sea o no, no quiero verte así, Jake. Así que, dime… ¿Qué es lo que te haría más feliz en estos momentos? -mi tono era solemne. Aunque yo no era completamente feliz ni lo sería nunca, quería al menos que él lo fuera. Y me rodeé las manos alrededor del pecho, intentando evitar el dolor.

Cuando alcé la vista para ver por qué no respondía, vi la proximidad de su rostro al mío. Jacob no respondió. Por toda respuesta, me besó suavemente, aunque con rudeza a la vez. Esa era su respuesta. Yo. Yo era lo único que le podía hacer feliz. Vaya, para variar, pensé con sarcasmo. Pero esta vez, le correspondí. Las otras veces me había limitado a dejar que sus labios fueran los que besaran los míos. Ahora, no. Ahora tenía que corresponderle para hacerle feliz. Y no tenía otro remedio que hacerlo.

Fue así, de una manera u otra, como surgió Jacqueline. Recordé el nervioso tacto de las manos de Jacob en mi piel, cómo me trataba con toda la delicadeza posible. Y yo tan sólo podía dejarme llevar, a pesar de saber que no era justo. No era justo porque yo no sentía lo mismo que él sentía por mí. Pero quería hacerle feliz, verle sonreír y que pronunciara mi nombre entre risas. Se lo debía. Y no sólo por eso, sino porque se lo merecía y porque él también era un punto de apoyo para mí. De no ser por él, me hubiese hundido en las tinieblas. Él lo había dado todo por mí. Al menos, tenía que intentar hacerle feliz.

También recordé la sensación de mi cuerpo mientras aquello sucedió. Una sensación que no había sentido nunca. Y al mismo tiempo, una sensación amarga y triste. Porque la persona con la que hubiera querido hacer lo que hacía en ese momento ya no estaba allí. Porque aquella persona a la que siempre querría más que a nadie, sin límites, no volvería a aparecer. Y a pesar de ello, no lo olvidaría ni aunque perdiera la conciencia. No importaba nada: siempre recordaría el vacío que sentía en mi ser.

Y tras aquello, vino un período de paz, demasiado corto y demasiado tranquilo. Pero siempre bueno de vivir. Tres meses que se pasaron rápidos y amenos en mi vida y en la de Jacob. No, no fui completamente feliz, pero pude hacer feliz a Jacob. Y de alguna manera, aquello me alegraba un poco a mí. En aquel período de tiempo, ni Sam ni nadie percibió el rastro de Victoria. Todos pensamos que quizás no volvería, que ya le bastaba con lo que había hecho. Cuanto deseé que aquello hubiera sido verdad. Pero no. Con lo que sucedió a continuación, aprendí que los jirones de paz y tranquilidad en la vida son cortos y se desvanecen para dar paso a una gran tormenta.

Mientras volvía a la realidad, en la que corría escalón tras escalón, inhalando el aire que le faltaba a mis pulmones, recordé aquella tarde de diciembre, en la que Sam y los demás habían salido en busca de una pista falsa, aquella tarde en la que Victoria apareció en casa de Jacob, con él. Aquella tarde en la que Victoria lo mató delante de mí, sin que yo pudiera hacer nada por salvar al lobo de pelo rojizo que se quedaba sin vida a medida que la sangre huía de sus venas. Aquella tarde en que creí haberlo perdido todo, sin saber que aún me quedaba una esperanza: una hija de la que no supe su existencia hasta días después.

Y por fin estaba pisando el último escalando, ansiosa e impaciente por decepcionarme o ilusionarme. Por saber si de nuevo había imaginado a un ser inexistente allí, por saber si un rayo de luz cruzaba mi desdichada vida. Cada segundo que pasaba me parecía tan largo como una noche sin dormir, en la que te das vueltas bajo el edredón en vano y te desesperas. Cada centímetro de distancia que me distanciaba de la esquina a la que me tenía que girar me parecía un kilómetro de distancia por recorrer. Como si el tiempo y el espacio se estuvieran deteniendo. Como si aquello pudiera ser tan real como la sangre que sale de una herida cuando te hieres.

Sin dejar de jadear en busca de aire, llegué a la esquina.

-¿Carlisle? -susurré, a pesar de que apenas me quedaba aire en los pulmones, haciendo un esfuerzo que no podía y a pesar de que parte de la voz se me quedó encallada en la garganta. Mis ojos, empañados por el cansancio, por fin se abrieron para dejarme ver el pasillo que se extendía a la esquina.

Aunque hubiera puesto todos mis esfuerzos en no hacerme ilusiones y no imaginarme escenas que no serían, sentí una gran decepción al ver el otro lado de aquella esquina. Allí no había ningún vampiro. Tan sólo visitantes y enfermos. Y algunos médicos con bata blanca, pero ninguno con aquel característico pelo dorado. Ninguno. La realidad que veían mis ojos me dolía más que cualquier otra cosa y suspiré una y otra vez, sintiendo la falta de aire en mí, sintiendo que no podía sobrevivir. Y las lágrimas de alegría que empezaban a caer de mis ojos se transformaron en lágrimas de angustia y decepción.

-Lo siento, Jacqueline. He visto de nuevo cosas que no son -le dije al bebé que sostenía en brazos cuando se echó a llorar por la repentina corrida de su madre. Le acaricié las mejillas suaves y regordetas y la acuné para calmarla. Al sentir cómo se calmaba, yo también empecé a dejar de sentir la decepción y volver a la normalidad-. Perdona -repetí-.

E inhalando aire, bajé escalón tras escalón, paso tras paso, hacia el exterior del hospital donde se estaba tan fresco y a la vez con aquel irritante olor a medicina y a médico. Y salí, con algo más de aire en mis pulmones, teniendo más cuidado de mi hija. Sin ser consciente, inhalé el aire que traía la brisa del exterior. El olor salado y natural del mar. Un olor que me parecía tan familiar. Un olor que me recordaba a Jacob. De repente, oí el eco de su voz:

-¡Maldita sea, Bella! ¡No puedes rendirte sin haber luchado! ¡No puedes deprimirte sin haber intentado vivir de nuevo la vida!

Sin duda, tenía que intentarlo, no podía rendirme sin luchar ni deprimirme sin haber intentado vivir de nuevo la vida. Y ahora era por todos. Por Billy, por Renée, por Charlie, por Jacob. Y ahora también por Jacqueline, sobre todo por ella. Oliendo otra vez aquel olor que despertaba tantos recuerdos en mí, miré el cielo nocturno. Una noche de luna creciente, como si una esperanza estuviera empezando a existir para mí. De nuevo.