Conocimiento
Tinieblas
Quinto capítulo: Conocimiento
“-¿Bella? -musitó Edward, extrañado, mirándome con una cara de asombro que no podía ocultar ni siendo lo que era. Me rodeé con los brazos, como protegiéndome de un ataque y cerré fuertemente los ojos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Era tonta o qué?
Cuando nuevamente, los abrí, él ya no estaba allí. Estaba sentado en la silla, pero sin poder disimular su expresión atónita. Y junto a él, había otros seis vampiros a los que también había añorado y a los que mi memoria tampoco les había hecho justicia. Carlisle, Esme, Emmett, Rosalie, Jasper y Alice estaban allí, junto a Edward, sonriéndome, excepto Rosalie, que al menos, no me miraba con tanto desdén.
-¡Bella! -gritó Alice, loca de alegría al verme, abalanzándose sobre mí en la cama y rodeándome con sus brazos, abrazándome y casi estrangulándome. Por unos instantes, antes de mirar a Alice, contemplé la cara de Edward, atónita, asombrada, sin entender. Mis brazos rodearon a Alice, buscando un apoyo, como si quisiera que alguien me perdonara.”
Volví a clavar mis dientes en la piel de un animal tal y como había hecho tantas veces aquella mañana. Y después de un pequeño gruñido de dolor por parte del ciervo, la sangre empezó a bajar por mi garganta, natural, dejándome un buen sabor de boca. Perdón, perdón, me dije a mí misma. Porque, por una parte, pedía perdón al animal, por alimentarme de él. Porque, por otra parte, también me había de perdonar a mí misma por no bastarme ya con siete animales cazados. De alguna manera, el instinto era superior a mí misma. Y no podía hacer lo que pretendía, porque perdía el control al oler aunque fuera una mota de olor de sangre en el aire.
Nuevamente, no había más sangre en un cuerpo de que alimentarse y me levanté, acariciando el cuerpo del ciervo. El pez grande se come al pequeño en este mundo, Bella. Esas eran las palabras que Alice me había dicho antes de empezar a cazar. Sí, era cierto. Terriblemente cierto. Ni en eso la vida era justa. Ni en eso ni en nada, por desgracia. Y por desgracia, yo no podía ir contra ello, ni contra la nueva sed que empezaba a sentir en mí. Suspiré de nuevo, cerrando los ojos ante la verdad y volviéndolos a abrir.
Y los abrí completamente, queriendo ver aquel cielo totalmente azul, hermoso. Por un momento, observando tan sólo la quietud de las nubes que avanzaban lentamente, pude sentir como si tuviera control de mí misma, pude sentir que por hoy ya bastaba, que ya me había alimentado suficiente. Debía admitirlo: era peor de lo que había pensado años atrás. Por supuesto, yo había sabido que me costaría mucho controlarme, pero no hasta tal extremo. Era como todo, experimentar algo es mucho más claro que imaginarlo o hacerse a la idea.
Pero ahora, después de calmar bastante mi sed, podía sentirme a mí misma, podía sentir que nada superior a mí me tenía bajo su control. Porque, por mucho que fuera mi propio instinto lo que me controlara y aunque no fuera a cometer ninguna locura, no me gustaba la sensación de no ser capaz de retenerme. Y aunque pronto tuviera que volver a cazar, y volviera a sentirme de aquella manera, podía estarme un día o al menos, algunas horas, sintiendo libertad, sintiendo el control de mí misma.
-Bella -me llamó Alice detrás de mí. Me giré a verla, sin acostumbrarme de nuevo a la visión. Como yo, ella también estaba brillando bajo el sol. La luz le arrancaba destellos diminutos pero brillantes, como si su piel estuviera hecha de diamantes. Y aquello, sólo la hacía más hermosa, como un ángel acabado de aparecer. Me pregunté cómo sería yo bajo la luz del sol, pero me resultaba imposible imaginármelo-. ¿Qué te ha gustado más? ¿El ciervo de Virginia, el conejo, la osa…?
Me paré a pensarlo un momento. ¿Qué me había gustado más? No podía negar que todo me había hecho aumentar mi sed, pero de entre todo eso… -El ciervo de Virginia -no pude evitar que se me hiciera la boca agua al pensar en el ciervo de cola blanca que acababa de comer.
-Pues a mí, sin duda, lo que más me gusta de esta zona son los caballos salvajes -se rió entre dientes, sentándose a mi lado y observándome repentinamente con curiosidad, como si hubiera hecho algo que le llamase la atención-. No te preocupes, Bella, lograrás acostumbrarte, es cuestión de tiempo.
-Es cuestión de tiempo -repetí, asintiendo, sin poder evitar que mis pensamientos se dirigiesen adónde se dirigían. ¿Era también cuestión de tiempo que no volviera a ver a Jacqueline? ¿O que aclarase mis pensamientos? Sí, lo era. Y observé a Alice en silencio. Ella sabía qué podía pasar en el futuro, o qué no podía pasar, dependiendo de mis decisiones o intenciones. La pregunta se escapó de mi boca, traicionándome a mí misma y en parte, complaciendo mis deseos-. Alice… ¿qué ves en el futuro ahora? Tal y como viste hace tiempo, me he transformado. Pero ahora, ¿qué?
-Pues ahora… -comenzó, dudando, con una pequeña sonrisa traviesa en los labios-. Ahora el futuro depende de ti, de tus decisiones, y de las decisiones de otras personas también, claro. Y por eso mismo, Bella, no te lo voy a decir. Tú, más que nadie, tienes que conocerte a ti misma, tienes que saber lo que quieres. Si te dijera qué es posible que suceda y qué no, no podrías decidir por ti misma. Creerías que sucedería que lo que he visto y harías que sucediera. Pero no porque tú lo decidieras, sino porque yo te lo he dicho. Sin embargo, si no te lo digo, tendrás que decidir por ti misma, tendrás que averiguar qué deseas, qué quieres que ocurra… y hacerlo real. Pero por ti. Además, si te lo dijera ahora, pierde toda la gracia, ¿no crees?
-Edward te ha dicho que no me lo digas, ¿verdad? -entrecerré los ojos, sospechando la verdadera razón. Era cierto que creería en su visión del futuro y lo intentaría hacer real, si me lo dijese. Pero aún así, tampoco tenía por qué no decirme al menos algún detalle, como ayuda.
-Edward no tiene nada que ver con esto. Al menos, no esta vez. Aunque no me creas, me estoy divirtiendo mucho intentando que no me lea el pensamiento -le brillaron los ojos, con entusiasmo, con una sonrisa en la boca-. A la mínima que me pongo a pensar en alguna canción que a él no le gusta, deja de leerme la mente. No es tan difícil evitar que sepa en qué piensas, aunque claro, si es mucho rato, cansa.
-¿Y no podrías al menos darme una pista, algún detalle? -intenté poner la cara que pone un niño pequeño para intentar conseguir lo que quiere cuando le han dicho que no. Sabía con toda certeza que lo más parecido a ello que yo podía hacer, era una mueca, pero por intentarlo no perdía nada.
Todo cuando hizo durante un largo minuto fue quedarse mirándome con gesto pensativo, decidiendo qué podía decirme, o si podía decirme algo. Después, suspiró y empezó a hablar. -No creas que te diré nada excepcional, Bella. Sólo puedo decirte que, una vez te decidas o te decantes por una cosa, cuando te decidas por lo que realmente quieres, eso sucederá. Si eliges lo que deseas, lo que quieres, todo irá bien, y tu decisión seguirá adelante, dándote lo que deseas.
-Así que todo cuanto tengo que hacer es tomar la decisión que yo crea correcta, que quiera tomar, ¿no? -intenté tentarla para que me contara algo más, esperando que accediera.
-No te puedo decir más, Bella, lo siento, por tu propio bien además -me consoló al ver mi expresión, que debería de ser una mezcla de frustración y tristeza-. Y a veces, las decisiones no son fáciles de hacer. Muchas veces, se ha de pensar muy bien lo que uno quiere realmente para decidirse. Y no obstante, otras veces no es tan difícil. Todo depende de la persona, de lo que tenga que decidir y de sus ilusiones, de sus deseos. En tu caso, Bella, lograrás lo que decides. Si es la decisión que deseas realmente.
Volví a mirar a mi alrededor otra vez, observando fascinada y asombrada todo cuanto había en la que era, a partir de ese momento y como acababa de declarar Alice, mi habitación. Y Alice acababa de cerrar la puerta, después de decirme cuánto se había divertido comprando todo aquello, alejándose entre risas al ver mi expresión. Pero es que no era para menos, no era para sorprenderme y asombrarme menos.
Aquella habitación era grande, quizá demasiado grande y todo. Tenía las paredes pintadas de un color azul inmaculado, pero mucho más leve que el del cielo, y el suelo que se extendía, era un parquet de madera que hacía juego con los muebles, como la misma pared. Por una parte, en un extremo de la habitación, había una cama de madera demasiado grande, del mismo color del suelo, con el juego de sábanas y la colcha de nubes azules y blancas, sin llegar a ser demasiado infantil. Al lado de la cama, había una pequeña mesita de noche con una luz de noche. También, un poco más allá de la cama, había armarios, también del mismo color del suelo.
Al otro lado, a la derecha de la puerta, se extendía una gran estantería que cubría casi toda la pared. Y repleta de libros, sin caber espacio para ninguno más. Sin poderlo evitar, me acerqué allí, como atraída por las páginas de los libros, como si me fueran a absorber. Miré por encima, intentando no quedarme embobada, leyendo algunos títulos por encima. La colección de obras completas de Shakespeare, Las obras completas de Jane Austen, Cumbres Borrascosas, Jane Eyre, Rebelión en la granja… Sólo eran unos cuantos comparado con toda la estantería. Y justo donde terminaba la estantería, había un escritorio con un ordenador. Para finalizar, un gran ventanal substituía la pared que unía la izquierda y la derecha. Se podía ver en el cristal el reflejo del mar que se extendía. Alice no había mentido: se lo habría pasado de lo lindo ocupándose de todo aquello.
Sin apenas darme cuenta, di una vuelta sobre mí misma, intentando asimilar todo lo que estaba ocurriendo, intentando asimilar dónde me encontraba, que aquella era mi habitación, que aquel era, a partir de ahora y durante unos años, mi nuevo hogar. Y sin embargo, aquello no era ciertamente lo que más importaba en esos momentos. Porque seguía con dudas, seguía con preguntas sin respuesta o respuestas sin pregunta.
Todas aquellas preguntas dudas se podían resumir en dos palabras: Jacqueline; Edward. ¿Qué sería de Jacqueline a partir de ahora? O mejor dicho, ¿dónde estaba ella? Supuse de inmediato que estaría cerca de mí aunque no la pudiera ver: tenía que estar con los Cullen, como yo estaba ahora. En alguna parte de aquella casa de tres plantas, en alguna habitación, en algún rincón, un bebé estaría dormido, o sollozando, pero estaría vivo. Y la otra mitad de mis dudas…
¿Qué pasaría de ahora en adelante con Edward? ¿Cómo se podía definir mi relación con él? Si algo tenía claro, eran mis sentimientos. Le quería, y de eso no había duda alguna. Pero, de alguna manera, también necesitaba tiempo para pensar. Para pensar en él, en mí, en los dos. Y recordé las palabras de Alice: “En tu caso, Bella, lograrás lo que decides. Si es la decisión que deseas realmente.” Pretendiéndolo o no, me había dicho de una manera directamente indirecta que, si quería estar con Edward de nuevo, si quería que los días felices volviesen a mí, lo lograría.
Entonces, algo me distrajo de mis pensamientos. Algo que, en menor grado, había estado esperando volver a oír desde dos años atrás. Algo que, con la oída más perfeccionada de ser vampiro, se oía mejor. La melodía de una canción de piano que se estaba tocando en esos momentos. Pero no una melodía cualquiera, no era ningún nocturno de Chopin o de algún otro compositor. Sino una pieza infinitamente mejor. Una melodía a la que podía definir como la música de mi vida. Y que me había sido robada dos años antes, como tantas otras cosas. Mi canción, la de Edward, la de los dos.
Como si se tratara del flautista de Hamelin y como si yo fuera un ratón, me sentí atraída inmediatamente por la música. Hechizada, fascinada. Y empecé a caminar poco a poco, acercándome a la puerta, sin ser consciente de lo que hacía, tan sólo atraída por la magia de la música. No tenía posesión de mi propia conciencia, no tenía posesión de mis acciones, y me dejaba llevar por el impulso, por el deseo. Antes de que pudiese darme cuenta, ya no estaba en mi habitación, sino que me hallaba en el pasillo, frente a una puerta, al lado de la mía.
Sabía a la perfección qué ocurriría si abría esa puerta, con quién me encontraría en su interior. Y también sabía que él sabía que yo estaba allí detrás, dudando por una vez de qué hacer, acariciando la madera de la puerta, imaginándome a Edward tocando el piano. Fue la música, tan embriagadora, tan tentadora y que seguía sonando, lo que me convenció finalmente de abrir la puerta, aunque no supe si lo hice rápidamente o lentamente, simplemente la había abierto.
Y allí estaba él, mucho mejor de lo que me lo había imaginado, tocando el piano, ajeno a todo, mientras la canción seguía sonando. Todo cuanto hice fue cerrar la puerta suavemente, sin querer dejar de escuchar el delicioso piano y acercarme lentamente hacia él, sentándome a su lado, en el banco que utilizaba para tocar el piano. Sin pararse en algún momento, la canción seguía fluyendo, seguía siendo tocada, sin que nada ni nadie la interrumpiese. Ni una voz aterciopelada ni una mosca. Nada.
Exactamente, era nada. O yo me sentía como nada, porque él ni siquiera parecía haberse dado cuenta de mi presencia, ni siquiera me había mirado o hablado. Tan sólo estaba allí, deslizando sus dedos por las teclas del piano, una y otra vez. Pero ya no tocaba mi melodía. Ahora se había transformado en una que no había oído nunca. Una melodía triste, melancólica, que parecía describir los sentimientos de él. La palabra conmovedora era una buena definición.
-¿Acaso habré desarrollado el poder de dejar ciegos a los vampiros para que me ignoren? ¿Tú que crees, Edward? -le pregunté con sarcasmo cuando me cansé del silencio entre nosotros dos. Él me miró durante un instante, sorprendido.
-Quizá -fue toda su respuesta y se encogió de hombros, ignorándome de nuevo. Esperé un rato para ver si se dignaba a hablarme en serio o no, pero no dijo una palabra más. Suspiré, conteniendo mi rabia, suponiendo la posible causa por la que él se comportara de esta manera repentinamente. Posiblemente, estaba enfadado por haberle rechazado.
-Quizá -coincidí, adoptando el mismo tono de indiferencia y frialdad que él había tenido-. O quizá es que cierto vampiro esté enfadado conmigo por haberle apartado.
Él dejó de tocar el piano, mirándome fijamente. Su expresión se volvió melancólica e indiferente de hito en hito. -O quizá es que cierta vampira esté enfadada conmigo por haberla besado y por haber sido tan desconsiderado como para construir castillos en el aire.
Ahora, la sorprendida fui yo. Probablemente, en aquel instante, mi rostro estaba paralizado, descompuesto, asombrado. Me aclaré la garganta, intentando decir algo. -¿Cómo?
-Bella, sé de sobras que herré el otro día. Y no puedo hacer sino disculparme y lamentarlo -inspiró, mirándome de nuevo, hechizándome con la intensidad de la tristeza de sus ojos-. Lo lamento. Mucho, muchísimo. No debí pensar que tú… me corresponderías, que tú me seguirías queriendo. Debí de habértelo preguntado. De cualquier manera, es justo. Después de todo lo que te he hecho, después de todo el dolor que te he causado, es razonable que no sigas sintiendo lo mismo por ti. Prometo no volver a hacerte nada que tú no quieras y…
-¡Un momento! -le interrumpí, intentando asimilar los absurdos motivos que él estaba explicándome-. ¿No me has hablado porque creías que estaba enfadada por besarme?
-Sí y no -las palabras que dijo a continuación las pronuncio con gran rapidez, como siempre que se ponía tenso o temía algo-. Sabía que lo había hecho sin quererlo tú, y sé que eso no es justo, Bella, y que estarías enfadada conmigo. Si te decía algo, tú hubieras podido contestarme, hubieras podido culparme. Hubieras podido decirme cuánto me odias en estos momentos. Y no soy capaz de resistir esas palabras, aunque sepa que son reales, pero no se confirmaran hasta que no las digas.
-¡Si yo soy ridícula, tú eres absurdo, Edward! ¡Absurdo y tonto! -no entendía cómo podía pensar aquello, cómo podía creer que le odiaba-. ¿Cómo puedes creer que te odio, que te culpo? ¡Esta vez, el ridículo lo serás tú! Yo no podría odiarte, ni aunque quisiera, ni aunque lo intentara, porque iría en contra de mí misma. ¡Es como si me odiara a mí misma, a una parte de mí! Y eso es imposible, lo quiera o no. La única culpable aquí soy yo.
-¿Y de que se te culpa, si se puede saber? -por una vez, su voz era apenas un hilo de voz y por una vez, él era el asombrado y no yo. La intensidad de sus ojos revelaba una repentina alegría en su ser.
-Porque no me conozco a mí misma -respondí, y suspiré. Miré a sus ojos, sabiendo que contestaría lo que sentía en cuanto los mirase-. No es culpa tuya, en absoluto. Es culpa mía. Porque sé lo que siento, pero no sé lo que quiero. Suena raro, lo sé, muy raro, pero es la verdad. Ahora mismo, tengo que asimilar tantas cosas, tengo tantas dudas y tantos temores, que no puedo conocerme a mí misma en realidad -hice nuevamente una pausa, esperando que no se tomara a mal lo que iba a pedirle-. Edward, yo… sé que me lo has dicho, me lo has demostrado, pero quiero volverlo a oír, aquí, tranquilamente. Para que pueda asimilarlo, porque sigue sonando irreal, imposible… lejano. Dime lo que sientes por mí.
-¡Y luego resulta que el ridículo soy yo! -se rió con aquella risa suya, musical, esbozando su sonrisa arrebatadora mientras siguió hablando, con algo más de seriedad pero sin dejar de impregnar sus palabras con ternura-. Cómo lo diría, si es que hay palabras para describirlo realmente… Bella… ¿la gente nace para vivir, verdad? Pero cuanto más he vivido, lo más que he perdido lo que hay en mi interior, acabando vacío. Y creía que cuanto más viviera, más vacío me convertiría. ¡No suponía que la vida era así! ¿No era posible evitarlo, cambiarlo? Y entonces llegaste tú. De repente, el vacío se llenó, me encontré a mí mismo en ti, te encontré a ti misma en mí. Y fue feliz. Pero entonces, tú desapareciste. Y volví a perderme a mí mismo, a perder la parte de mí que había en ti… a perderlo todo. En cambio, ahora, he vuelto a encontrarte, a encontrarme. Como si yo estuviera en ti, como si tú estuvieras en ti. Y ya no hay vacío que llenar, porque el vacío ha desaparecido para siempre para convertirse en significado. El significado de mi vida, tú.
Aquello bastaba. Incluso se había expresado con demasiada claridad. Y ahora tardaría más en asimilarlo y menos en entenderlo. Suspiré, esperando a ser capaz de decir algo. -Y aun así sigue sonando irreal, como si me hubiera perdido a mí misma yo también, pero en un sueño, no en una pesadilla. Sea como sea, necesito tiempo para encontrarme, para entenderme y para saber lo que quiero. Hasta entonces…
- …¿seremos como… hermanos? -terminó él la frase por mí. Hermanos. Era tan raro, tan irreal. Comportarnos como hermanos. Yo y él. Era como si algún concepto no acabara de cumplir su significado del todo. Pero asentí, pensando que aquello era mejor que nada.
Y estuvimos un rato sin decir nada, sin mirarnos, simplemente oyendo la melodía que él empezaba a tocar de nuevo. Era la mía, pero algo en ella había cambiado. Era más real, más tangible, más alcanzable… más expresiva y más bonita, si eso era posible. No supe cuánto habría pasado, si minutos, horas, o días, pero decidí marcharme para pensar sobre ello. A falta de palabras, mientras me dirigía a la puerta, me despedí con la mano, y sonreí, tal y como él hizo, moviendo vagamente la mano. Y la puerta se cerró tras de mí, sin tentarme para volver a entrar.
“Seremos como hermanos”. Las palabras de Edward se repetían una y otra vez en mi mente a medida que bajaba las escaleras para ver si había alguien, Esme o Alice, quien fuera. Hermanos, yo y él, hasta que yo aclarara qué quería, hasta que me aclarara a mí misma. No era mala idea, y era mejor que nada. Mejor que no saber nada de él durante dos años, mejor que no ser nada. Yo le trataría como trataba a Emmett, y él me trataría como trataba a Alice. Y tendría que pensar bien en lo que quería, de mientras. No es tan malo, Bella, me dije por enésima vez.
Volví a tropezar, casi cayéndome por las escaleras y me apoyé en la barandilla de madera. Debía de dejar de pensar mientras descendía las escaleras, para evitarme un buen golpe, aunque ahora fuera inmortal. Había decidido ir en busca de Esme, simplemente para hablar, porque hacía tiempo que no la veía y la había echado mucho de menos. Añoraba hablarle con confianza, como una madre. Estaba descendiendo la mitad de las escaleras que llevaban a la planta baja, cuando una palabra me llamó la atención. Jacqueline.
-Como usted pueda, Renée. Si mañana puede llegar porque ya no está el huracán, puede venir. Estamos cuidando todos muchos de Jacqueline, así que no se preocupe, está bien -decía la voz gentil de Esme mientras sostenía un teléfono móvil en la mano izquierda. Escuchaba atentamente lo que le estaba diciendo mi madre.
-No se preocupe, de verdad. Nosotros nos hemos encargado de todo, no ha sido ninguna molestia -sabía que Renée estaría disculpándose y preocupándose por todo, insistiendo una y otra vez hasta poder calmarse-. Ya sé que no podrá animarse, pero al menos piense en su hija. Ella hubiera querido que usted fuera feliz, que la recordara, pero no que se entristeciera tanto -volvió a haber una pausa.
-Yo misma iré al aeropuerto de Columbus y le llevaré a Jacqueline. ¡Ya verá, es una niña muy saludable y guapa! -intentó animarle Esme desde el auricular del teléfono.
Y corrí. Me esfumé de allí, sin pensármelo dos veces. Corría porque debía correr, porque quería y porque corría. Porque el tiempo que pasaba mientras corría se comía el futuro, transformando el presente en pasado y el futuro en presente. Y no corría a mi favor. Me dejé ir, haciendo caso a mis instintos, luchando para ver a Jacqueline. Aunque fuera por última vez. Pero al menos, quería tener la oportunidad de despedirme de ella, de poder abrazarla por última vez.
En un abrir y cerrar de ojos, localicé el olor de mi pequeña. Y seguía acercándome. A ella. Pero no sólo a ella. Sino también a la muerte, al peligro, a mi instinto. Y mientras me acercaba, dos partes de mí luchaban. Una parte, pretendía beber la sangre de Jacqueline, haciendo que se me hiciera la boca agua. La otra parte, la menos potente pero por la que yo luchaba, quería ver por última vez a mi hija, estrecharla entre mis brazos. Por última vez. Aunque eso representara no verla más. Pero me habría despedido, y sabría que ella tendría una vida.
De repente, me encontré frente a la puerta a la que el olor me había dirigido. Dejé de respirar, esperando que aquello funcionara. Y abrí la puerta, donde el presente inmediato se convertiría en pasado y el futuro en presente.
Recent Comments