Tinieblas

Séptimo capítulo: Como Romeo y Julieta

Todos los personajes, así como la historia principal pertenecen a Stephenie Meyer. Y las citas de Romeo y Julieta, pertenecen a William Shakespeare.

“…Sabía que fue mi “razón de vivir”, porque siempre había tenido la posibilidad, la esperanza de que volviera a mí. Sabía que, hiciera lo que hiciera, pensara lo que pensara, querría a Edward y acabaría a su lado. Y ni siquiera aquella certeza bastaba para definir lo que sentía, lo que quería y con cuánta intensidad le amaba.

Por haberme dado cuenta de un error, por haberme conocido un poco más a mí misma, por todo, y por una vez en largo tiempo, agradecía ser Isabella Swan y no otra persona. Por una vez, estaba contenta de ser yo. Porque a Isabella Swan todavía le esperaba mucho en la existencia: errores de los que darse cuenta, posibilidades y probabilidades, alegría y tristeza. Pero lo más importante, eran dos cosas. A Isabella Swan todavía le esperaba una eterna feliz junto la persona más importante para ella y la posibilidad de ver vivir a Jacqueline de nuevo. Y para ella, todo comenzaba ahora, al ver una playa extenderse a su alrededor, al ver el horizonte interminable, la posibilidad de todo. Y la razón de vivir.”

Silencio, vacío, nada. Ciertamente, es donde me encontraba: en la nada, en un lugar oscuro donde sólo se oía el lejano rumor de las olas bajo el agua. Y la única luz posible allí era el reflejo de la luna en cuarto creciente cuyo reflejo el mar captaba. Apenas había notado cambio alguno tras sumergirme en el agua y estar en la tierra, excepto la oscuridad y el sentimiento del vacío. Y es que no veía nada más que la sombra de las algas al moverse entre la negrura absoluta. Como si yo mismo fuera parte de la oscuridad, como si yo mismo fuera parte de esa nada.

Y me lo volví a preguntar, volví a pensar en ello. ¿Cómo habría sido la vida de Bella en aquellos dos años? ¿Feliz, como yo había querido que fuera? No había podido ser feliz como ella se merecía, como yo había deseado que fuera, como debía haber sido. Porque sino, no se hubiera suicidado tirándose desde allí. Porque Victoria había querido vengarse del modo más cruel posible, matando a la gente que más le importaba a Bella, a todos los que la rodeaban: a Charlie, a Billy Black, a Jacob Black…

Jacob Black. Su mero nombre hizo circular la rabia en mí, y aun así, también la gratitud. Siempre le estaría agradecido, muerto o vivo, por haber salvado la vida de Bella y por haberla ayudado. Pero siempre habría una parte de mí que le odiaría, que le tendría celos. No porque hubiese pasado más tiempo con Bella que yo, sino porque él le había podido dar todo lo que yo no. Él le había dado una vida humana, le había dado una hija, le había dado una estabilidad en su vida, breve, pero se la había dado, sin ponerla en peligro con ello. Todo lo que yo no habría podido darle aunque lo deseara con todo mi ser, aunque hubiera vivido miles de años, él lo había podido hacer en dos años. Envidia, celos y gratitud. ¡Qué mezcla más extraña de sentimientos hacia una persona!

Sin pretenderlo, la imagen del rostro de Jacob Black cuando tenía quince años se dibujó en mi mente. Sólo le había visto aquella vez, en el baile de promoción, al enviarle su padre para que le dijera a Bella que me dejara. Si hubiese de decir algo de él, a pesar de haberle visto sólo una vez, le hubiera descrito como una persona aparentemente alegre, amable. El tipo de persona que podía alegrarte sólo con verle la sonrisa del rostro. El tipo de persona que hubiera sido ideal para Bella. Y mis pensamientos se interrumpieron al oír de lejos más gritos, más llamamientos.

Volví a abrir los ojos, a mirar a mi alrededor, observando. Bajo el agua en el que había decidido sumergirme después de que Alice y Jasper se fueran, no se veía nada. Oscuridad, tinieblas y negrura. Como una noche sin luna, como la nada, como aquellos dos años largos. Era como estar en un pozo sin fondo, sin poder salir. Como si la luna en cuarto creciente estuviera oscurecida por todo. En efecto, era como si me hallara en mi parte oscura de la que nadie me podría sacar excepto una persona.

-¿Alice? ¿Dónde estáis? -creí entender que alguien llamaba a lo lejos, probablemente en la orilla de la playa-. ¿Jasper, Alice? -volvió a llamar. Quizá sería Carlisle, o Esme. Pero aquella era una voz femenina, y Esme se había ido con Rosalie y Emmett de caza. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando la dueña de la voz volvió a llamar a alguien con preocupación, con duda, preguntándose dónde se hallaba-. ¿Edward? ¿Dónde estáis? ¿Edward?

Automáticamente, me moví, como si yo fuera un imán y se me estuviera acercando otro imán y no se pudiera evitar la atracción. Me levanté de la arena, emergiendo de debajo del agua donde me había sumergido a pensar, a tranquilizarme. Y ya no había la nada, la oscuridad que había bajo el agua. Allí, en el exterior, seguía habiendo oscuridad, pero podía distinguir el perfil de las rocas, podía distinguir las estrellas y la luna en el cielo oscuro. Como si el entorno mostrara mi propio estado de ánimo en aquellos momentos.

Y algo se movió algo más lejos de mí mientras andaba hacia la orilla. Concretamente, era una vaga silueta femenina. La silueta de Bella, que me miraba con unos ojos que todavía no alcanzaba a ver en la oscuridad. A medida que me acercaba, a medida que las olas tan sólo podían alcanzar mis pies, pude distinguirla mejor. Pude distinguir su mirada fija y fascinada, su rostro boquiabierto ante mí por alguna razón desconocida. Me di cuenta de qué estaba mirando exactamente de aquella manera. No miraba ni mi rostro ni mis ojos, sino mi pecho desnudo, mi cuerpo.

-¿Qué estás haciendo aquí, Bella? -dije con la voz más amable que pude, intentando que reaccionara y me mirara finalmente a la cara. Antes de contestar, me miró durante unos instantes más, fascinada, asombrada. ¡Ni que se le hubiera aparecido un fantasma!

-Ve… venía… a ver… a Alice -tartamudeó, mirándome finalmente a los ojos con el rostro hiptonizado, haciendo un esfuerzo por no fijar su mirada en otra parte-. ¿Dónde están… Alice y Jasper?

-Se han ido a Columbus. Por lo visto, Alice tenía que hacer algunas compras y pasarán allí la noche. Volverán mañana, creo -mi voz sonó con una decepción que había intentado ocultar y fijé mi mirada en el mar, sin saber muy bien cómo continuar o qué pensar sobre aquello.

-Oh, vaya… -la voz de Bella a mis espaldas no sonaba decepcionada o sorprendida como yo había pensado. Inhaló aire y suspiró, como si se fuera a preparar para decir algo realmente difícil-. Yo, en realidad… Este… Edward, quería hablar contigo.

Aquello me sorprendió e hizo que me girara nuevamente a mirarla. ¿Por qué iba a querer hablar conmigo? ¿Sobre qué, concretamente? Yo tan sólo asentí y me senté allí mismo, en la orilla, donde las olas no llegaban. Sin poderlo evitar, una parte de mí, ilusa, con esperanza, pensaba que Bella me había dicho a venir que me quería, que le importaba. ¿Cómo podía hacerme ilusiones tan pronto, hacer castillos en el aire? Más vale prevenir que curar, me recordé. Más vale no hacerse ilusiones y luego llevarse una gran decepción.

-Edward, ¿qué estabas haciendo en el mar? ¿Buceando, nadando? -comentó Bella con una sonrisa en sus labios. Me miraba la cara y el pecho desnudo, de hito en hito. Así que había venido a hablar conmigo de esta manera, como hermanos, como yo le había pedido que hiciésemos hasta que ella se aclarase. Y me decepcioné a pesar de haber estado preparado para llevármela.

-Algo así. Alice quería venir esta tarde aquí a la playa al haber comprado trajes de baño y parasoles para toda la familia. Sólo que hoy no todo el mundo estaba disponible como ella había pensado -si la sonrisa que tenía esbozada en ese momento en el rostro convencía o no, era algo que no supe responder.

-Alice se lo está pasando de maravilla, quizá demasiado y todo. Espero que a Jasper no le aburran mucho ir de compras -volvió a reírse entre dientes, esta vez mirando al mar distraídamente. Maldito sea, pensé. ¡Maldito sea yo, por haber dicho aquello de ser hermanos hasta que ella se aclarase! Por mucho que intentase actuar como un hermano, aquello no sería posible. Nunca. Porque no tenía autocontrol sobre mis sentimientos, no podía fingirlos. No más como dos años atrás.

-Ah -fue la palabra que escapó de mi boca como respuesta. Y miré yo también al mar oscuro sobre el que sólo se reflejaba la luna en cuarto creciente de forma borrosa. Y miré a lo lejos, miré al horizonte que me prohibía ver que había más allá. Como con la mente de Bella. Podía intentarlo, y siempre habría una barrera, un muro que me impediría saber sus pensamientos.

De repente, algo se reposó en mi brazo izquierdo y me hizo volver la mirada, confuso. Era Bella, que había reposado su cabeza en mí, como si se hubiese dormido a pesar de sus esfuerzos. Pero ni se había dormido ni estaba cansada. No ahora, al ser haberse transformado. Y me miró con aquellos ojos de color borgoña que tenía y que pude distinguir en la oscuridad. Eran de un color que hipnotizaba, que distraía. Como todos los vampiros recién transformados cuya sangre humana del cuerpo todavía no se había consumido y tenían los ojos de aquel tono peculiar, que no llegaba al rojo malicioso de los “no vegetarianos”.

-No, Bella -susurré al alejarme algo de su lado para que su cabeza no se apoyara en mi hombro. No es que no lo quisiera, porque jamás haría aquello porque sí, cuando deseaba a cada momento tenerla a mi lado. Lo hacía porque, incluso en aquello, Bella era demasiado buena conmigo. Intentaba recompensarme, estando a mi lado, para que no estuviera triste. Pero no porque ella quisiera, no porque sus sentimientos fueran ésos.

-¿Por qué? -preguntó confusa, frunciendo el ceño y fijando sus ojos en mí, como si lo lamentara de veras. Y no pude evitar fijar mi mirada en la suya. Aquellos ojos rojos me eran desconocidos, como la misma Bella en ese momento. Por alguna razón, me parecían sus ojos rojos tan fascinantes como los marrones que antes había tenido. Ciertamente, no era el color lo que me atraía, sino el que fueran suyos, sus ojos. Porque era ella quien me atraía.

-Bella… -suspiré, sin saber cómo pronunciar del todo aquellas palabras. Aunque me hubiese encantado seguir teniendo su cabeza en mi hombro, no quería. Porque Bella lo había hecho para hacerme feliz, pero no porque ella quisiera, porque ella lo sintiera así. O eso suponía-. No hace falta que lo hagas, Bella, si no quieres, no por mí.

-¿Cómo? -por un momento, su rostro mostró una confusión extensa para luego transformarse en una furia y un fastidio repentinos. Era en momentos como aquellos en los que me invadía la frustración por no saber qué pensaba-. Te lo dije el otro día y al final va a resultar que es verdad. ¡Eres ridículo, Edward! ¡Y pensar que has creído que lo he hecho sin quererlo, sin sentirlo…!

-¿Y qué iba a ser, si no? -lo que murmuré fue apenas un hilo de voz débil. Aun así, Bella consiguió oírlo porque su rostro se frunció más. Pero era cierto, al menos para mí. Porque no tendría sentido que ella me siguiera queriendo, no tendría sentido que, después de todo lo que le había hecho y del dolor que le había provocado, ella quisiera estar a su lado.

-¿Por qué has creído que lo he hecho? -me respondió con otra pregunta, dejando de fruncir al fin el ceño. Y miró a algo que no existía, un punto al azar en el paisaje del mar que se extendía ante sus ojos.

-Porque yo no te merezco, Bella, y nunca te he merecido. Porque no tendría sentido que me quisieras, porque sería como admitir que tengo un perdón que no me merezco. Nunca, jamás en mi existencia, me perdonaré ni me deberías perdonar haberte herido de esa manera. De hecho, ya te he causado demasiado daño, demasiado sufrimiento, y sería justo que no me quisieras a tu lado… Al fin y al cabo, supongo que soy como Romeo, y no paro de acarrear errores y más errores. Es por ello que no tengo derecho a criticarle, no ahora mismo -hablé deprisa, sin saber muy bien cómo pronunciar las palabras-. Además, tú… todavía le quieres, y no quiero que pienses que para hacerme feliz a mí, debes olvidarle.

No había necesidad de decir el nombre, porque Bella sabía perfectamente a quién me estaba refiriendo. Y ahora éramos los dos quiénes fijábamos la mirada en el otro. -Yo le quiero, eso es cierto, pero ni quiero ni no quiero olvidarle para hacerte feliz, Edward. Es algo que sé que ocurrirá con el tiempo, porque el amor que siento por él, es diferente del que siento por ti. Siento una gran gratitud, un gran cariño, y una gran amistad por Jacob que podrían definirse como amor… amistoso, humano, por decirlo de alguna manera. Pero por ti, Edward, por ti siento algo totalmente diferente. El amor que siento y sentía por ti es inolvidable, intenso, algo que ni el tiempo ni la distancia pueden romper. Algo… eterno. Y por eso quiero, por eso elijo estar junto a ti.

E hizo una pausa, mirándome intensamente. Pero no era consciente de ello, porque estaba intentando encontrar sentido todavía a lo que ella decía. -Y si tú eres Romeo y Edward, yo soy Julieta y Bella. Y como tales, nos queremos irremediablemente. Respecto a lo de merecerme o no, me mereces de la misma forma que yo te merezco, porque yo también siento que tampoco te merezco. Así que los dos estamos empatados, ¿vale? A cambio de que yo te merezca, tú me mereces. ¿Sí, Romeo?

Una vez más, me pregunté si todo aquello era verdad, si todo aquello era real. En efecto, tenía que ser real, porque yo no podía dormir, pero aún así, era difícil de creer, incluso de considerarlo. Bella me quería, me amaba. Yo la quería, la amaba. Ella me elegía y yo la elegía. Ella no me merecía y me merecía. Yo no la merecía y la merecía. Como Romeo y Julieta. Era una buena definición de todo y de nada, de lo que sentíamos y pensábamos. Y por primera vez en dos años, fui capaz de palpar la felicidad al besar la mano de Bella que le había cogido sin pensarlo. Por primera vez, podía sentir la felicidad, la convicción y el amor completos. Como sentiría también Bella.

-Como mi Julieta desee -esbocé la sonrisa preferida de Bella y me reí entre dientes. Sabía que aún le resultaría repentino el cambio de mi comportamiento, pero no me importaba. Nada me importaba si aquello era real, como yo podía creer ahora. Porque la alegría que sentía era demasiado grande como para poder evitar aquel cambio en mi humor. Y recordé una de las partes que a Bella le había gustado más de Romeo-. ¡Oh bendita, bendita noche! ¡Cuánto temo, por ser ahora de noche, que todo esto no sea sino un sueño, demasiado encantador y dulce para que tenga realidad!

-¿Qué satisfacción puedes lograr esta noche? -sabía que lo que preguntaba Bella en aquel momento era algo dicho por Julieta antes de lo dicho por Romeo, pero no alcanzaba a entender si tenía doble sentido. Pero no hubo duda en el momento en que Bella no pudo evitar reírse brevemente.

-¡Oh! Entonces, santa adorada, deja que hagan los labios lo que las manos hacen. ¡Ellos te rezan, accede tú para que la fe no se cambie en desesperación! -cité a Romeo. Estábamos siguiendo una conversación desordenada, de diferentes actos y escenas, pero poco importaba.

-Los santos no se mueven, aunque accedan a las plegarias -fue una frase interrumpida de Julieta por la risa que Bella no podía evitar, pero esta vez, era ordenada, era la frase siguiente que Julieta decía después de lo que Romeo había dicho.

-Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mis súplicas -supe qué venía a continuación, supe que esta vez no habría rechazo alguno, que no podría separar nada a nuestros labios.

Y nada los separó. Porque, al rozarse nuestros labios, al tocarse, nada hubo que pudiera remediarlo. Porque ninguno de los dos quería separarse, porque no había motivos o inseguridades para ello. Y Romeo y Julieta, y Edward y Bella, o quiénes fuéramos, movían sus labios insistentes el uno contra el otro, por fin, verdaderamente, tras dos años, al no tener que arriesgar la vida de Julieta en el beso. Y aunque no necesitara respirar, separé sus labios de los míos por costumbre, para coger aire.

-¡Así, mediante tus labios, quedan los míos libros de pecado! -recordé el resto de la frase que Romeo le decía a Julieta, poniendo las manos en el rostro de Bella, disfrutando con poder observarlo, disfrutando con poder saber que era real, que nada lo alejaría de mí nunca más y el mío del suyo tampoco.

-De ese modo pasó a mis labios el pecado que los vuestros han contraído -continuó ella, como Julieta como yo había previsto que haría, con la alegría en su voz.

-¿Pecado de mis labios? ¡Culpa deliciosamente reprochada! ¡Devolvedme mi pecado! -pedí yo, como Romeo que representaba, con una sonrisa inevitable esbozada en el rostro.

Y me devolvió el supuesto pecado de los labios, real o no. Y el pecado se devolvía y volvía inevitablemente, contagiando ambos labios, ambos seres, ambos Romeo y Julieta y ambos Bella y Edward. Aquella era la lógica sin sentido que mandaba sobre nosotros: ella me devolvía el pecado a mis labios, y yo se lo devolvía. Así, una y otra vez, sin parar. Sus labios se movían contra los míos y los míos contra los suyos sin tener que temer por su vida, acercándonos cada vez más y más.

-Besáis según el ritual -citó por última vez a Julieta antes de no poder hablar porque yo la estaba besando según el ritual.

Por un momento, dudé de continuar. En aquel punto de la obra, era cuando la nodriza interrumpe a Romeo y Julieta. Pero allí no había nodriza alguna, no había nadie que interrumpiera. Sin dudarlo una vez más, sus labios volvieron a estar en los míos y los míos en los suyos. Y sus brazos volvieron a acercarme más a ella, y mis manos atrajeron su rostro al mío. Sin parar, sin que nada nos separara: la vida o la muerte, la distancia o el tiempo. Nada. Tan sólo amor y pecado. Como Romeo y Julieta.