Recuerdos de la noche

Quinto capítulo: Un ser de leyendas


“¿Acaso aún no me había muerto, acaso no estaba ya en el paraíso escuchando voces que había deseado escuchar desde siempre? ¿Acaso aún me quedaba vida para ver si mi última esperanza era real y podía cumplirse? ¿Acaso podía aún… ser feliz? Luché contra la muerte, sin resultado. Pero algo me sorprendió.

Algo mordía la piel de mi cuello, y de repente, mi cuerpo comenzó a arder. ¡No estaba muriendo!, pero lo que sentía tampoco se acercaba a la vida. Hacía daño. El fuego consumía mi cuerpo, siguiendo el trayecto de mis venas. No obstante, algo aligeró mucho el dolor, hasta ser capaz de no sentirlo. Una mano me cogía mi mano izquierda. Una mano fría, dura, pero suave y perfecta. Una mano que no me había tocado en una década.”

Aquella mano no me había soltado durante el incendio de mi cuerpo. Porque, desde hacía un rato, el fuego se había acabado. Probablemente, yo ya estaba muerta, y había ido a parar a un lugar maravilloso, tan sólo por el contacto de esa mano, que tan reconocida me era a pesar de haber pasado una década. Sí, definitivamente, había ido a parar a un lugar parecido al cielo, supuse, y no me era para nada desagradable.

Aun así, me sentía rara. Notaba un extraño sabor en la boca que de viva no tenía, pero también me notaba fuerte, una extraña fuerza que no sabía de dónde venía. Decidí moverme. Ya hacía demasiado rato que estaba durmiendo. Todo a mi alrededor era silencio, un profundo silencio muy silenciosamente silencioso. ¿Dónde me hallaría en cuanto abriera los ojos y viese lo de mi alrededor? Pero no me espantaba… porque aquella mano seguía allí, cogiéndome la mía.

Y abrí los ojos.

Y allí estaba el rostro que yo no había olvidado en una década, aunque no le hubiera hecho justicia porque el rostro que yo había recordado no le llegaba ni de lejos a la suela del zapato. Era increíblemente mucho más hermoso. Aquellos ojos con la tonalidad topacia, me miraban, curiosos y me decían que me reconocía. Y su pelo seguía brillando como el oro, rizado y corto, contrastando con su pálida piel blanca. Él parecía no haber envejecido en esos años. Definitivamente, había ido a parar al cielo; aquello no podía ser real.

-¿Es la señorita Esme Platt, verdad? -me reconoció su voz, musical y amable, mientras una sonrisa angelical aparecía en su rostro feliz y alegre.

Asentí, tanto voluntaria como involuntariamente. Voluntariamente, porque sabía que las palabras no me iban a salir y lo único que podía hacer era asentir. E involuntariamente, porque aquello me recordaba a la noche de mis dieciséis años, cuando lo conocí. Seguramente, muerta se estaba más feliz que viva. Aunque no entendí del todo por qué parecía encontrarme en la habitación de un piso con vistas al mar de Ashland. Me estremecí. Para calmarme, volví a mirar el rostro del ángel que estaba allí. Y desde luego, lo conseguí.

-¿Se encuentra bien? -me preguntó, con una voz preocupada. Todavía no me podía creer lo que estaba viendo y algo me decía que era real, que yo no estaba muerta, que me equivocaba. Pero eso era imposible.

Volví a asentir, como una tonta. En esos momentos, era imposible que las palabras pudieran salir de mi boca, por lo que miré a otra dirección para pronunciar correctamente la pregunta que le iba a hacer. Mi voz sonó algo débil cuando le dije:- ¿Dónde me encuentro, doctor Cullen?

-Estamos en un piso cercano al puerto de Ashland, mi casa para ser concretos. Veo que me recuerda -volvió a aparecer una sonrisa amable en su rostro. Parecía contento por que le reconociera. ¿Cómo era posible olvidarlo?, me pregunté para mis adentros.

Aun así, había algo que no encajaba. ¿Estaba en Ashland? ¿Cómo era posible haber sobrevivido a mi suicidio? Y… ¿por qué estaba él en Ashland? No entendía absolutamente nada. Realmente, o estaba muerta, o había sobrevivido sin ningún rasguño. Yo me declinaba por la primera opción: estaba muerta y estaba feliz de estar allí, pero todo parecía tan real que aún tenía mis sospechas.

Cuando volví a abrir mi boca para preguntar, un chico entró por la puerta, con los mismos ojos del doctor Cullen, topacios intensos. El doctor Cullen soltó mi mano con una rapidez inhumana. Aparte de los ojos, también tenía esa misma palidez que él, aunque en lo demás, no se parecían. Ese chico tenía un cabello corto cobrizo, entre pelirrojo y castaño, que contrastaba con su pálida piel. Parecían emparentados. Quizá era su hermano, su primo, pero estaba segura de que era alguien de su familia. Nos miró de hito en hito, a mí y al doctor Cullen. No entendí por qué allí, en el cielo de mi muerte, salía ese chico que desconocía.

-Edward, ven -dijo el doctor Cullen. Parecía reconocerlo y, de nuevo, esbozó una sonrisa. No entendí por qué estaba tan feliz-. Os presento. Edward, ella es Esme Platt. Señorita Esme, él es Edward Cullen.

-Encantado -el chico al que él había llamado Edward me tendió su mano, con esa palidez que empezaba a serme tan familiar. Sonrió con tranquilidad. Era casi tan guapo como el doctor Cullen. Mis sospechas eran correctas. Era su hermano, como yo había pensado. Tenía que serlo.

-Igualmente -parecía una persona amable. Cuando moví mi mano para coger la suya, había algo raro. Mis manos también eran de aquel color pálido, blancas como la nieve. Me pregunté qué estaba pasando allí. El tal Edward me soltó la mano y clavó su mirada en el doctor Cullen.

-Carlisle -musitó el chico de pelo cobrizo, nombrando a alguien desconocido-, ya he llamado al hospital diciendo que te encontrabas mal. No han puesto ninguna pega. A propósito, ¿puedo ir de caza?

Carlisle. ¿Quién era Carlisle? Dirigí mi mirada allá hacia donde Edward Cullen miraba. Y él miraba al doctor Cullen. Así que su nombre completo es Carlisle Cullen, me dije a mí misma. Carlisle. Incluso aquel nombre parecía favorecer a aquel rostro bello, a aquella sonrisa confiada que estaba apareciendo en esos momentos. Y me sentí tonta. Había querido saber ese nombre desde diez años atrás, cuando lo conocí. Yo había sido demasiado tímida para preguntarlo.

-Puedes ir, pero deberías intentar controlarte un poco más, Edward -su voz sonaba amable, aunque a la vez un poco autoritaria. No entendí por qué no le dejaba a su hermano cazar.

-No te preocupes, no cazaré mucho. Es sólo que estoy algo hambriento -se despidió con una media sonrisa en su rostro y cerró la puerta tras de él. Yo seguía sin entender nada; no comprendía qué tenía que ver el hecho de que estuviera hambriento para salir de caza. Y, además, eso me dio más sospechas de que seguía viva. No podía estar muerta. Y esa palidez de mis manos tan familiar pero rara… algo estaba pasando allí.

Carlisle se giró a mirarme en cuanto la puerta se cerró, con una mirada amable e intensa que hizo que apartara los ojos para aclarar mis ideas. Sí, algo pasaba allí, sin duda. Pero decidí que no importaba. No mientras él estuviera allí, hablándome y mirándome con aquella intensidad. Aun así, quería preguntar qué estaba ocurriendo allí; quería preguntar por qué seguía viva y por qué mis manos habían adquirido aquella palidez. Y antes de que pudiera abrir la boca para pronunciar un solo sonido, él puso un dedo en mis labios, para que le dejara hablar. Y lo hice. Tenía los nervios a flor de piel al contacto de esa mano.

-Supongo que me iba usted a preguntar qué está pasando aquí -empezó él, con una voz perdida en sus pensamientos-. En cuanto se lo cuente pensará que no estoy bien de la cabeza, pero escuche atentamente antes, por favor -esperó y yo no pronuncié palabra-. Hace tres días, usted llegó al hospital de Ashland. No podía respirar, pero su corazón aún latía débilmente. Todos creyeron que había muerto, aunque yo sabía que no era así.

Suspiró. Me pregunté si realmente era tan terrible lo que me iba a decir, si aquello era de locos. El relato había captado toda mi atención y esperé la continuación pacientemente.

-La traje aquí, casi a punto de morir -me miró, con una mirada triste-. Después… digamos que sobrevivió. Se lo explicaré mejor: en este mundo hay miles de mitos, miles de leyendas… casi todas ellas son imaginaciones del hombre. Pero hay una entre ellas que no lo es, y que a mí me sorprendió descubrir cuando me convertí. La leyenda de los vampiros, seres que se alimentan de sangre. Bien, supongamos que existen, aunque hay cosas que no sean ciertas de los mitos. Y supongamos que si un vampiro muerde a un ser humano que está a punto de morir, el ser humano muere y se transforma en ese ser de leyendas.

Esa explicación parecía también un mito, una leyenda. Pero era real. Él me había salvado de la muerte, transformándome… en lo que él era. Un vampiro. Un ser de mitos y leyendas, como él había perfectamente definido. Y sonaba tan real a la vez que raro. Era algo inaudito, irreal… pero que ahí estaba y existía. Miré otra vez su rostro, atractivo y bello. Me formulé mi pregunta: ¿Realmente importaba que fuera un ser de mitos? Por toda respuesta respondí: No. Y era cierto. No importaba, porque él estaba allí y me sentía feliz después de una década. Además, me había salvado.

-¿Así que me salvó…? -apenas un hilo de voz salió de mi garganta. Me había salvado después de mi suicidio, después de… No quería pensarlo.

-¿Salvarla? Es una definición posible, aunque… más bien, la he condenado a una vida eterna. Usted ha muerto, Esme, murió en el instante que su corazón dejó de latir. Sólo que ahora es una “no muerta”, un cuerpo que puede vivir, aunque no del mismo modo que cuando se era humano -sus palabras sonaban culpables y tristes. Sí, quizá seguía muerta de alguna manera, pero me notaba feliz. ¿Qué importaba? Y había un detalle que no se me había escapado: vida eterna. Vivir eternamente…

-Puede que haya muerto como humana, pero… ¿no he muerto acaso para tener una vida nueva? ¿Si es posible, como usted ha dicho, una vida eterna? Quizá no sea humana, quizá ya esté muerta, pero no tiene importancia. Hubiese muerto como humana y sin poder volver a tener una oportunidad si usted no me hubiese… transformado -la palabra sonaba algo rara-. Probablemente, ahora estaría en mi tumba.

Me miró con una mezcla de asombro y alegría. Asombro, probablemente, por mi pequeño discurso. Alegría porque no me lo hubiese tomado tan mal como quizá me lo hubiese haber tomado. Aquellos ojos me tenían fija, y yo no podía dejar de mirarlos. Era así como me sentía. Tenía simplemente una vida nueva. Una vida que no parecía tan terrible como la otra. Una vida que había empezado a vivir en un pasado momentáneo y sin límites de futuro. Una vida… un tanto bastante diferente de la anterior.

-La tenía que salvar, ¿sabe? -empezó con otra explicación, intentando decirme que aquello no era tan feliz-. Me prometí a mí mismo transformar sólo a las personas que no tuvieran otro remedio, que no tenían otra esperanza en la vida. No arrebatarles la vida, como me hicieron a mí. Y entonces la vi en el hospital, sin otra oportunidad. La recordé. Ya la había atendido con dieciséis años. No quería que usted muriese totalmente. Tenía que darle otra oportunidad en la vida, aunque no fuera ni la más feliz ni la mejor.

Si creía que esas palabras iban a darme su propia idea de haberme transformado, se equivocaba. Esas palabras hacían que confiara más en esa nueva vida que ya estaba empezando a vivir y que no tenía fin. Me acordé inmediatamente de un cuento que venía en un diario que compró mi padre hacía años. Un cuento sobre vampiros. Un cuento sobre el proceso de alimentación de estos. Un cuento que no había olvidado del todo. Los vampiros se alimentaban de sangre. Me estremecí. ¿Tendría yo que alimentarme de humanos? ¿Tendría que matar para sobrevivir? Me estremecí. Aquello era horrible. Y recordé las palabras de Edward: “…no cazaré mucho”. Había ido a matar.

-¿Hay algo que no le gusta, verdad? -inquirió Carlisle con una sonrisa triste. Me pregunté si él sería realmente un asesino. No podía serlo. No él, al menos. ¿Cómo podía ser un asesino si curaba a la gente?

-Hay algún remedio, ¿no? Tiene que haber algún remedio para no matar a la gente, para no alimentarse de sangre humana -le expliqué. Él se rió, con una risa musical, de ser de leyendas. Aunque no entendí por qué le hacía gracia mi explicación, me alegraba de poderle hacer reír.

-Por supuesto que lo hay. De hecho, de eso iba a hablarle -sonrió seductoramente, divertido; lo pretendiese o no. Quizá mi corazón no podía latir, pero podía sentir sensaciones-. Hay una solución. Probablemente, en cuanto empiece a sentir hambre, me maldecirá por prohibírselo. El caso es que nos alimentamos de animales -el plural, seguramente, se refería a Edward y a él-. No queremos matar a gente inocente tan sólo porque el destino nos haya impuesto esa alimentación. Los animales nos ayudan a aguantar, aunque no nos llenen del todo.

-Pero parece difícil resistirse a alimentarse de sangre humana… ¿Cómo puede dedicarse a doctor sin tener dificultades? -musité. Su tono me decía que yo iba a sufrir por culpa de no poder beber sangre humana. Pero no me importaba. Alimentarme de animales… eso ya lo había hecho de humana y no me parecía nada terrible. Sufriría más alimentándome de seres inocentes, pensé.

-Es el tiempo. Con el tiempo, si uno no se alimenta de sangre humana, va siendo algo más inmune a ese alimento -me sorprendió inmediatamente que estuviésemos hablando de ese tema con tanta facilidad, con tanta confianza. Carlisle siguió hablando-. Por ejemplo, yo no supe que quería dedicarme a la medicina. Pero porque me hubiese transformado, no tenía por qué privarme de lo que hubiese hecho en mi vida humana. Y estudié medicina. Y me sentí bien pudiendo curar a personas que, quizá sin estar yo, hubiesen muerto.

Tras decir esto, me miró burlonamente. Se refería a mí, sin duda. Desvié la mirada a otra parte, intentando pensar sobre su respuesta. Así que era con el tiempo. Como decía la dicha, dale tiempo al tiempo. Pero… ¿a cuántos años se refería? Y había una parte de mí que se moría por saber cuántos años tenía él. Por lo que no pude evitar preguntárselo-: ¿Cuántos años tiene usted…?

-Éso depende de cómo se considere. Cuando me transformé, tenía veintitrés años -me sentí terriblemente vieja hasta que pronunció lo siguiente-. Pero si se consideran los años que hace que… existo, deben ser dos cientos ochenta o algo así.

No pude evitar sorprenderme. Jamás me había imaginado que alguien pudiera vivir tantos años. Más de dos siglos… resultaba algo increíble. Algo de seres de leyendas, pensé. Seres de leyendas reales, de los que casi nadie parecía saber que era reales. Pero había algo que me aliviaba. Quizá yo sería más vieja aparentemente, pero él era mucho más viejo en cuanto a existencia, como él había dicho.

-Aparentemente, yo soy más vieja que usted, pero en cuanto a existencia… ¿debería considerarlo mi abuelo? -dije divertida. No pude reprimir una carcajada. Era curioso el contraste de edades. Tanto de existencia como de apariencia. Él me dedicó una sonrisa burlona.

-Posiblemente. Aunque usted, en un aspecto, también es mayor que yo, ¿no? -y se rió. Una carcajada suave y divertida. Tenía razón. En un aspecto yo era mayor que él.

-¿Cuántos años me echa? -pregunté, esquivando su indirecta. No era mi mayor interés saber cuántos años creía que tenía, pero también tenía su importancia.

-¿Veintiséis? -calculó, con una mueca no muy convencida. Me pregunté cómo había podido adivinarlo con tanta rapidez, tan sólo con la pista de que yo era más grande que él.

-¿Cómo lo ha adivinado tan pronto?

-Bueno, digamos que el hospital facilitó sus datos -me miró con una cara seria por un momento para transformarla inmediatamente en una mueca divertida. Era un tramposo, pensé irónicamente para mis adentros.

-¡Ha hecho trampas! -yo también sabía jugar a cambiar mi expresión. Adapté una expresión enfada, aunque no me fue posible mantenerla por muchos segundos y enseguida me uní a su risa.

-En ese caso, quedamos empatados -decidió. Me despeinó el pelo, advirtiéndome de que de eso habría una revancha.

Desde aquello, ya habían pasado dos días. Dos días felices después de veintiséis años de larga desdicha. Carlisle se había ido a trabajar, recompensando ocho horas más de trabajo por haberse cogido un día libre. Sin embargo, antes me advirtió de que, como consecuencia de ser un vampiro, no podría dormir. Yo, intentando llevar la contraria, lo intenté en vano. Nuevamente, él volvía a tener razón.

Y en aquel pequeño piso, me aburría. Porque no había nadie. Edward, el que yo había supuesto el hermano de Carlisle, todavía no había vuelto. Volví a sentirme algo infeliz. Debía de hacer cinco días de mi suicidio. Cinco días desde que mi bebé murió… mi hijo. Sin duda, en mi nueva vida me sentía feliz. Era más, era muy feliz. Aun así, eso no impedía que no pensase en cosas del pasado. Jane, mi hijo… Jane. Toqué el colgante que aún llevaba puesto todavía. Ella había muerto el mismo año de llegar allí, a Ashland. Me prometí averiguar las causas, costara cuanto costara. Sabría qué le había pasado a Jane algún día.

Decidí no volver a pensar en ello. Una casa vacía, con las ventanas cerradas sin permitir el paso de la luz del sol y algo sucia tenía que arreglarse. Y sólo estaba yo allí, por lo que me tocaría hacerlo a mí. No me importaba, después de todo. Al menos así no me aburriría del todo. Empecé por abrir las ventanas, dejando paso a la luz de un día nublado, pero que ya era algo. Seguí ordenando algunas cosas y barrí con una escoba vieja que encontré en un rincón de la casa.

Entré en una habitación para limpiarla. No estaba desordenada, pero necesitaba una buena barrida. Pero no pude evitar quedarme impresionada por lo que había allí: un piano blanco grande, que se notaba que se usaba; un escritorio donde se hallaba un fonógrafo, cuyos discos se encontraban en una estantería; y, finalmente, un armario y un sofá negro. No obstante, antes de que pudiera barrer una sola mota de polvo, alguien entró a la habitación.

-¿Limpiando, no? -me saludó el… vampiro que llevaba desaparecido durante dos días, con algo que me pareció que era desaprobación.

-Más o menos. No había nadie y me aburría. Como la casa necesitaba una buena limpieza… -no era precisamente una buena excusa, pero era lo único que tenía a mano en esos momentos.

-Es lo que había con dos hombres solos. Ya le dije a Carlisle que alguien debería limpiar, pero él se limitó a encogerse de hombros -me explicó. Naturalmente, lo decía en broma porque de inmediato se rió entre dientes. Me pregunté por qué le habrían cambiado. El misterioso chico llamado Edward, parecía haber leído mis pensamientos y me contestó-: Carlisle me transformó cuando estuve a punto de morir de gripe española.

-Parece que me haya leído usted el pensamiento, Edward -respondí, todavía sin creérmelo. Así que de gripe española. Si más no, no se había suicidado. Traté de imaginarme la escena: Carlisle intentando curarle, haciendo todo lo que podía hasta no quedarle más remedio que transformarle.

-¿Se lo ha explicado Carlisle? -me preguntó, sorprendido. ¿Explicarme el qué?, pensé. Y, de nuevo, como si hubiese leído el pensamiento, me respondió antes de formular pregunta alguna-. Vaya, pues no se lo ha explicado. Pues verá, señorita Esme, da la extraña casualidad que puedo leer sus pensamientos, así como los pensamientos de todo el mundo. Por eso he podido saber lo que se preguntaba.

-¿Cómo es que puede hacer eso? -le pregunté, aún sorprendida. Él se sentó en un pequeño banco que estaba delante del piano, el cual no había visto antes.

-Tampoco se lo ha explicado, por lo que veo -empezó, con una voz seria-. Verá, hay algunos de… nosotros que tenemos poderes extrasensoriales, poderes que no tienen los demás de nuestra especie. En mi caso, se da que puedo leer los pensamientos. Carlisle tiene una propia teoría sobre esto: cree que antes de transformarnos nos llevamos una cualidad a esta otra… vida. En mi vida pasada, se me daba bien saber qué pensaban los demás.

No pasé por alto el detalle de que evitaba pronunciar alguna que otra palabra, pero decidí no tenerlo en cuenta. Probablemente, aun no me tenía suficiente confianza como para decir esa palabra delante de mí. Él me miraba con una expresión curiosa, atento a lo que pensaba probablemente. Me pregunté si, quizá, yo tenía una cualidad como esa que Edward había descrito.

-¿Cuál cree que es su… poder? -me preguntó, leyéndome los pensamientos, con voz divertida. Siguió:- Algo que llevara haciendo bien durante su otra existencia. Debe haber algo, supongo.

Algo que llevara haciendo bien durante mi otra existencia. Rápidamente se pasó por mi mente el que podía ser mi posible poder: amar a una persona que sólo había visto una vez y que luego volvió a aparecer para darme una nueva vida. Borré de inmediato ese pensamiento, temiendo que él lo hubiese leído, pero de nada sirvió. Me sonreía con una sonrisa pícara, advirtiéndome que ya lo sabía.

-Es un posible poder -comentó, riéndose entre dientes-. ¿Le gusta la música, señorita Esme?

-No puedo decir que me guste porque nunca he escuchado mucha música, pero tampoco que me desagrade. Por cierto, ¿podría dejar de llamarme señorita Esme? Llámeme Esme, simplemente -me senté ni muy alejada ni muy cercana a él en el pequeño banco del piano.

-Bueno, así como es la llama Carlisle -se encogió de hombros-. Además, también es una especie de venganza porque usted me trata de usted. No soy tan viejo como para eso, ¿sabe?

-Pues te trataré de tú, pero no me vuelvas a decir señorita Esme. Y tú también me tratarás de tú, Edward. Es algo… raro -no se me ocurría otra palabra para definir aquello exactamente. Me pregunté qué edad tendría Edward a lo sumo. Supuse que tendría unos veinte años.

-Como quieras, Esme. Pero ahora escucha -empezó a tocar con sus hábiles dedos una canción para piano que yo desconocía. Debido a mi gran experiencia en el mundo de la música, pude clasificarla tan sólo como composición para piano. Y ya, a lo máximo, debía de admitir que él era bueno interpretando piezas. Una sonrisa petulante se dibujó en el rostro pálido de Edward.

-¿De qué autor es? -pregunté, aunque sabía perfectamente que no me sonaría el autor en absoluto. Pero por intentarlo, no perdía nada, pensé.

-Chopin. Es uno de sus nocturnos; el Nocturno en E menor -me informó. Yo me quedé igual, sin entender qué era exactamente un nocturno. Como mucho, podía suponer que el tal Chopin componía nocturnos, que tenía muchos y que parecía que todas sus piezas eran para piano, o al menos la mayoría. También podía deducir que el Chopin era un buen compositor, puesto que la pieza era una bonita melodía.

-Ah -fue todo cuanto respondí. Él hizo una mueca divertida. El suave nocturno era una pieza preciosa, donde no parecía sobrar ni una sola nota-. ¿Cuántos años te ha llevado tocar el piano así de bien?

-Empecé a tocar a los siete años -intentaba que su tono fuera aparentemente informal, pero se le notaba que estaba muy orgulloso de ello. Y yo a los siete años estaba criándome en una granja, subiendo a árboles, pensé. Me pregunté cuántos años tendría él. Aparentaba veinte, pero quizá tenía más. Él ya me había leído el pensamiento y me respondió en menos de un segundo-: Tengo diecisiete años.

Diecisiete años. Jamás lo habría acertado. Parecía bastante más mayor para tener tan sólo esa edad. Mientras el nocturno continuaba sonando, me sentí vieja. ¿Es que era la más vieja de los tres? Entre Carlisle y yo, había una diferencia de tres años y entre Edward y yo una de nueve años.

-¿Y cuántos años hace que tenías diecisiete? -inquirí, esperanzada de que al menos en ese aspecto fuera mucho más viejo, aunque no tenía aspecto de ello.

-Tres años hará de ello, supongo -me respondió, riéndose de mis absurdos pensamientos. Eran absurdos, pero entre ellos parecía vieja. Al menos, en cuanto a aspecto de hacer años que hacía años, yo era la más joven. Suspiré.

-Parezco tan vieja y a la vez joven. Tú, si fueras un poco más joven, podrías ser perfectamente mi hijo -reí sin ánimos, dándome cuenta de lo que había dicho. Mi hijo verdadero… yo le había matado en vez de poder darle la vida muriendo yo. Volví a desanimarme.

-Ya veo… -musitó Edward, finalizando el nocturno, leyendo a la vez mis pensamientos-. La vida muchas veces no es justa. Si quieres, puedes considerarme tu hijo, ya que tengo la edad de ello. Aunque voy a ser un hijo un poco mayor, quizá, espero que no te importe.

Esbozó una sonrisa compasiva en su rostro. Sabía que lo hacía para animarme, y no me importaba. Aunque mi verdadero hijo, de mi sangre, no existiera y Edward no fuera de mi sangre, no me importaba. No me importaba porque él parecía o era realmente, una buena persona, independientemente de cómo tocara el piano que también me gustaba. No me importaba porque sentía que él era una persona comprensiva que había intentado hacer todo lo posible por mí. No me importaba porque era, simplemente, Edward. Tenía un hijo con diecisiete años eternos, cuya madre tenía veintiséis años eternos. Había un detalle que se escapaba.

-Gracias, Edward -no podía estar más agradecida ni más cariñosa con él. En efecto, era un buen hijo aparte de buen compositor-. Pero si hay hijo y madre, también tiene que haber un padre, ¿no crees?

-Llegué -saludó una voz musical en la otra punta de la casa. La voz del hombre que yo había amado desde el primer momento que le vi.

-Ahí viene un candidato -proclamó Edward, entre carcajadas y empezó a tocar una melodía nueva mientras se oían pasos veloces en el pasillo.

Antes de que se abriera la puerta y Carlisle entrara saludando, antes de que alguien pudiera decir nada más y de que Edward tocara una sola tecla del piano, pude responderle-: Tal vez.

Después, la puerta se abrió, dando paso a un alegre doctor que volvía de su trabajo en el hospital. También a la vez un ser de leyendas y el hombre más bello que yo había visto.

-Señorita Esme, Edward -nos saludó, con voz entusiasmada. No pude evitar poner los ojos en blanco aunque enseguida tampoco pude reprimir una sonrisa. Una sonrisa de cara a esa vida nueva que ya vivía.