Suicidio
Recuerdos de la noche
Cuarto capítulo: Suicidio
“Seguí con la mirada a Elinor y Tom, a lo lejos. Ella le dio las manos. Se habían perdonado. Por eso me había hecho profesora de una escuela. Porque me encantaban los niños y no podía hacer nada por evitarlo. Adoraba a los niños y esa era mi vocación hasta que mi hijo naciera.
De repente, mis ojos se cerraron y sentí un gran dolor en el vientre, como si la criatura fuera a nacer allí, en aquel momento. Vi, antes de desmayarme, el rostro que mi memoria había borrado con el tiempo. Un rostro hermoso y perfecto. El del hombre al que amaba.”
La noche fría y oscura me recibía con una brisa marina helada. Me estremecí de frío, tosiendo. Pero incluso ya ni eso tenía sentido. ¿Qué más daba todo ya? Tras ocho horas de parto, mi criatura, mi hijo, porque era un niño, había muerto. Había dado a luz a un bebé muerto como yo lo estaba en esos momentos. No había sido capaz siquiera de darle a luz, de darle la vida. Ni siquiera eso. Ni siquiera había sobrevivido un minuto. Me había escapado del hospital. Estar allí sólo me hubiera ido peor.
Seguí caminando, sin rumbo fijo. ¿A qué me ataba ahora vivir? La única cosa que me ataba a estar allí era mi hijo que había muerto. Y ahora ni él existía. Ya no tenía sentido seguir viva, luchando contra el sufrimiento que el cruel destino había decidido para mí. Nada. Sólo quedaba viva en mí la esperanza de encontrar a Jane. Mi querida mejor amiga. Era lo único por lo que seguía viva en aquellos momentos. Y en cuanto supiera qué le había pasado, podría descansar en paz.
Había otra esperanza, sí, pero la daba ya por acabada. Nunca jamás volvería a ver a aquel rostro perfecto que me curaba heridas y me hacía feliz. Nunca volvería a comer manzanas tan deliciosas ni a oír voces tan musicales y melodiosas. Debía de aceptarlo: no volvería a ver al doctor Cullen más. Nunca. Se había desvanecido como Jane. Había ido a parar a un lugar al que yo no podía ir, en otro pueblo de América. Eso implicaba algo: yo no volvería a ser feliz.
Continué andando por las calles vacías y oscuras, sin rumbo planeado. Me acercaba al cementerio, el lugar donde debía a ir en esos momentos. Porque yo estaba no viva, casi muerta. Sólo seguían vivas esas escasas esperanzas que yo tenía. Una parte de mí empezaba a morir. Pasee entre las tumbas, adentrándome en la oscuridad de la noche y en las cruces de la muerte. Era un lugar silencioso y oscuro, reinado por la nada. Era un lugar… tranquilo. Un mundo distinto del de los vivos.
Ese mundo donde había ido a parar mi hijo al que ni había llegado a conocer. Mi niño, mi criatura. Mi última esperanza de futuro. Todo se había desvanecido en cuanto dejé morir a mi hijo en vez de morir yo. Así que yo debía de seguirle. Era lo más justo para los dos. Si mi hijo moría, yo moría. Después de todo, a nadie le importaba mi vida. Y a Jane… parecía que no la encontraría jamás tampoco. Debía de admitirlo: me había aferrado a unas ilusiones que ni yo misma me había tragado desde un principio. Me había engañado a mí misma, como con todo. Sí. Todo era injusto.
Seguí caminando entre las lápidas y tumbas. Los muertos tenían suerte. Aunque no podían alegrarse, tampoco sufrían. Simplemente, esperaban a algo en un lugar silencioso. No era una mala vida. Me senté en una pequeña roca, asegurándome antes de que no fuera una tumba. Era un asiento frío, como aquella noche y como la vida. Hastiada de todo, me aburría la vida. Leí algunas tumbas, cuando me quedé definitivamente helada:
“Jane Johnson
1895 - 1917″
Lo leí una y otra vez, diciéndome que aquello no era real, que Jane estaba en alguna parte de Ashland o de América, durmiendo plácidamente en su cama y llevando una vida feliz, quizá con hijos. Quería creerlo. Quería creer que Jane estaba viva, que ella viviría más que yo y que era feliz. No podía ser real lo que allí estaba escrito. Me acerqué a aquella tumba pequeña y repase la inscripción con mis dedos. No me había equivocado. Allí ponía Jane Johnson, con su apellido de casada que era lo único que sabía de su marido.
Y había muerto años atrás. Justo el año en que se había ido de Ohio, ese año tan cruel donde empezó todo. Lágrimas resbalaban por mi piel, a toda velocidad, cayendo sobre el suelo empedrado. Lágrimas que no eran capaces de dar una imagen realmente de todo mi sufrimiento. Porque era intenso. Aquello me libraba de toda vida. Aquella era mi última esperanza, que ahora estaba tan muerta como yo: encontrar a Jane. Ya no había más esperanzas para nada. Ni para morir. Ni siquiera la muerte parecía tener sentido, pero era la única alternativa que me quedaba.
-Jane, no te preocupes, estaré pronto contigo -susurré en la oscuridad del cementerio y frente a la tumba de mi mejor amiga. Estaría pronto con ella, y con mi hijo. Besé el collar que llevaba puesto. Ni en ese momento me lo quitaría. No hasta volver a Jane. Y no pasaría mucho tiempo antes de que eso pasara.
Toqué una última vez la lápida, fría y de piedra. Como la muerte, pensé. Partí con una seguridad de mí misma que nunca había sentido. Al menos sí que podría hacer una cosa: matarme, suicidarme. Y estar junto a mi hijo. No era justo, yo no era una buena madre, pero quería aprender a serlo. Ya que no podía darle la vida, volvería a él quitándomela. Caminé entre las tumbas que me despedían con una brisa fría, que me cortaba la cara.
Olisqueé el aire. Mar. Era aquella una de las cosas que más me gustaban de Ashland: el mar. Porque me proporcionaría la paz eterna en cuestión de segundos. Subí por un pequeño camino a un acantilado alto, para ver el mar en la noche, oscuro como la vida misma.
Entre la oscuridad de la superficie del mar, se veía una luz: el reflejo de una luna menguante que se ocultaba lentamente tras unas nubes, escondiéndose de mí. Yo era el mar, muerto, oscuro y lleno de desesperanzas y de sufrimientos. Y la luna que cada vez se veía menos, eran mis esperanzas vagas sobre algo que podía haber sido real: encontrar a Jane, tener un hijo al que ver crecer con mi esfuerzo, y ya, por pedir mucho, encontrar al doctor Cullen en alguna parte por sorpresa… Eran aquellas mis esperanzas, ahora todas apagadas, ocultas como esa luna.
A Jane… jamás la volvería a ver con vida durante mi existencia. Evoqué en el tiempo su voz juguetona y amable, que me apoyaba en todo momento. Era una voz que me hubiera podido curar cualquier daño con tan sólo oírla, pero ahora ya no existía esa voz. Ni siquiera existía Jane. Lo único que quedaba de mi mejor amiga, del único ser que me había comprendido, era un colgante de nacimiento, fruto de una promesa imposible de cumplir. El tacto del colgante me recordaba la confianza que tenía en encontrar a Jane algún día, a aquellos ojos misteriosamente verdes que eran un punto de apoyo. Unos ojos… inexistentes.
A mi hijo… jamás tampoco le volvería a ver, aunque nunca le había llegado a ver, sino a sentir. Había llegado a sentir la calidez de ese ser que crecía dentro de mí, cada vez más cercano a la vida. Alguien que descendía de mí, alguien a quien ya quería por el solo hecho de estar dentro de mí, de ser parte mía. Mi criatura. Yo la había matado. Si hubiese podido aguantar el dolor del parto… pero no. Yo la había asesinado. Quizá, si hubiese podido dar a luz, hubiese sido yo la muerta. Y al menos podría vivir mi hijo. Había sido la única cosa que me hacía creer en un futuro. Pero yo… ya no existía, además de por mi culpa…
Al doctor Cullen… cuyo nombre no sabía ni jamás sabría. Había sido la esperanza más vaga e irreal en la que hubiese podido creer, pero había creído. Aquella sombra perdida en el tiempo era la del único hombre a quien había logrado amar con intensidad y sin olvido. Era un ser inalcanzable que me castigó a amarle durante toda mi vida. Probablemente, también durante toda mi muerte. Su rostro perfecto volvió a aparecer frente a mí, bello y amable, mirándome. Y su voz volvió a sonar en mi mente, musical y aterciopelada. Por última vez volví a recordar aquella noche de diez años atrás. Una década había pasado desde que le quería. Y volví a recordar cada una de las palabras que me dijo. Y… sonaban irreales, como de un sueño.
Por todo eso, ya nada tenía sentido en mi vida. Miré abajo. Las olas chocaban contra el acantilado. Ni eso podía echarme atrás. Al menos, muerta ya no sufriría. Miré la luna, pero ya no estaba. Se había apagado tras las nubes, como mis esperanzas. Lágrimas volvieron a escaparse de la cárcel de mis ojos, pero no me importaba. Todo estaba negro, desesperante, invitándome a mi muerte…
…y salté.
Noté mis ropas mojadas y sostuve el collar de Jane con todas mis fuerzas. Me hundía, me moría. Pero ni siquiera eso tenía importancia. Acabaría esa década de sufrimiento y ya no sentiría nada. Notaba la falta de aire en mis pulmones, mientras el agua me llenaba, mientras perdía toda la vida por delante, una vida cruel que me había hecho sufrir. Aun así, pronto estaría muerta, en otro lugar o quizá no volviera a existir.
Y sabía que estaba muerta, o a punto de morirme. Notaba mi cuerpo frío y mojado… como un cadáver. No podía respirar. Pero había algo diferente. Intenté mover una mano y no podía, como si el alma se me hubiese quedado pegada al cuerpo sin poder hacer nada. ¿Era acaso aquello la muerte? No, no lo era. Aún no estaba muerta, porque oía los débiles latidos de mi corazón, como las agujas de un reloj avisándome que no me quedaba tiempo.
E intenté luchar contra la muerte a pesar de haberla deseado con tanta fuerza. Todavía había una esperanza, aunque apagada. Encontrar al hombre que había amado, cuyo nombre desconocía. Volvía a engañarme, por supuesto, pero no había nada que me dijera que no fuera posible. No se había muerto que yo supiera, aunque siguiera vivo. Pero ya estaba cansada de vivir y me estaba a punto de morir… ¿cómo iba a cumplir esa esperanza?
-No te mueras -una voz me suplicó, probablemente fruto del delirio de la muerte. Como regalo, la vida me había dejado escuchar antes de morir el sonido musical de su voz, suplicándome que no muriera. Esa década había servido para algo, después de todo. Poder escuchar su voz era mejor que nada-. ¡Vive! -insistió.
¿Acaso aún no me había muerto, acaso no estaba ya en el paraíso escuchando voces que había deseado escuchar desde siempre? ¿Acaso aún me quedaba vida para ver si mi última esperanza era real y podía cumplirse? ¿Acaso podía aún… ser feliz? Luché contra la muerte, sin resultado. Pero algo me sorprendió.
Algo mordía la piel de mi cuello, y de repente, mi cuerpo comenzó a arder. ¡No estaba muriendo!, pero lo que sentía tampoco se acercaba a la vida. Hacía daño. El fuego consumía mi cuerpo, siguiendo el trayecto de mis venas. No obstante, algo aligeró mucho el dolor, hasta ser capaz de no sentirlo. Una mano me cogía mi mano izquierda. Una mano fría, dura, pero suave y perfecta. Una mano que no me había tocado en una década.
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