Recuerdos de la noche

Primer capítulo: 1911 - La caída


El árbol se alzaba ante mí, alto y resistente. Yo no era nada comparada con la altura de aquel pino, pero aun así, amaba escalarlo hasta la rama más alta, que también era la más grande.

Empecé a trepar, poco a poco, de rama en rama. Se decía que aquel pino era más de centenario. Y no me extrañaba. En las muchas veces, que, desde pequeña había subido allí, jamás me había caído y las ramas lograban soportar mi peso. De hecho, yo no era muy corpulenta. Seguí escalando, me quedaban veinte metros, por lo menos. A pesar de la altura, nunca me cansaba de subir allí y observar el paisaje, era una costumbre que tenía desde pequeña cuando buscaba un lugar donde ir y donde nadie me encontrara. Ese lugar era ese pino.

Un metro más, y… ¡ya estaba en la rama más alta! Me senté con cuidado, porque, por mucha confianza que tuviera en no caerme, más valía prevenir que curar. Inspiré la aroma del pino, esa aroma que tanto me gustaba. Mucha gente decía que era molesta si era muy concentrada, pero para mí no lo era. Olía a naturaleza, incluso a libertad. Encontrarse allí arriba convertía la vida en paz y tranquilidad. Los momentos que pasaba allí, eran los mejores momentos del día, aunque fuesen apenas dos horas cada tarde.

Empezaba a atardecer. El sol se escondía, aunque con lentitud, en el lejano firmamento, entre las colinas. Todos los atardeceres, subida allí, se veían magníficos. Se formaban siempre paisajes distintos, aunque parecidos. Me estremecí. Hacía frío. Lastimosamente, cuando era otoño, en sus eternas tormentas, no podía subir allí de manera alguna en días. Tenía que aprovechar a estar allí, pensé, pues en cuestión de dos semanas, no podría subir con regularidad. Miré hacia abajo. Yo no era una persona con vértigo, aunque de pequeña, conservaba aún algo de miedo a subir a aquellas alturas. Sin embargo, ahora, desearía convertirme en un pájaro, y volar, libre y siempre observando lo que tenía ante mí.

-¡Esme! -me sobresalté. Mi madre gritó mi nombre algo lejos, con la voz perdida en tierra.

Suspiré. No había pasado ni una hora desde que había estado subida allí. Me fastidiaba tener que bajar, siempre. Si fuera por mí, podría vivir en aquella rama. Desgraciadamente, esto no podía ser. Nadie podía vivir en una rama de un árbol a no ser que se construyese una casa. De pequeña se lo había pedido a mi madre muchas veces, pero ella se limitaba a contestar: “Algún día…”

Sabía de sobras que ese día jamás iba a llegar puesto que, en mis dieciséis años de existencia, no lo había llegado.

Deslicé mi pie lentamente por una de las ramas inferiores, cercanas. Me reprochaba no haber guardado el secreto de ir allí cada tarde. Con frustración, fui bajando de rama en rama. Aún veía a lo lejos si me detenía un momento, la puesta del sol, la llegada del crepúsculo y la luna amaneciendo.

Me quedaba poco para llegar a tierra y atender a lo que quisiese decirme mi madre, cuando coloqué mal un pie, en el aire, donde creía haber ido una rama y resbalé. Vi las ramas que me habían quedado por pisar a gran velocidad, apenas segundos. Vi cómo yo descendía, como un pájaro que pierde sus alas. E intenté incorporarme, pero, sólo sentí un gran dolor en mi pierna y un gran choque contra algo duro.

Fui cobrando la conciencia poco a poco. Me hallaba en mi casa, en mi habitación, sobre la cama de paja, lo sabía por la gran comodidad que me proporcionaba. Abrí los ojos, con lentitud. No parecía haber nadie allí. De hecho, tampoco esperaba que mi madre ni mi padre estuvieran allí. A mi madre, la persona más despreocupada del mundo, no le preocupaba. Aún menos a mi padre, que tan sólo dedicaba algo de atención a las cosas cuando se aburría o le daban algo de provecho.

Me apoyé en mis brazos, y entonces lo noté. Un intenso dolor en mi pierna izquierda. Me quité la manta, y allí lo vi. Mi pierna, hinchada y de extraña forma, estaba allí, aunque no la notase, sólo el dolor que me proporcionaba. Solté un aullido. Aquel dolor era insoportable. Acaso, ¿ni mi madre ni mi padre lo habían visto, si es que me habían prestado algo de atención?

-Madre, ¿estás ahí? -la llamé. Parecían no escuchar cuánto daño me hacía, pues ninguno de los dos acudía. Con suerte, oí pasos que deambulaban por el pasillo y volví a gritar.- ¿Hay alguien ahí?

Para mi sorpresa, no eran ni mi madre ni mi padre. Era una amiga mía, vecina de la granja de al lado, Jane. Abrió la puerta con esmero, cuando me vio. Su precioso rostro, reflejaba preocupación. Rápidamente corrió hacia mi lado, haciendo que su larga melena rizada de color claro, se moviese en ondas.

-¿Esme, querida, te encuentras bien? -clavó sus ojos verdes en mí, los cuales empezaban a llenarse de lágrimas. Nunca había querido preocupar a nadie, y menos a Jane. Ella era de las pocas personas, por no decir la única, a la que le preocupaba.

-Sí, no te preocupes. -asentí al mismo tiempo de afirmar. Intenté incorporarme, pero me era imposible. Aullé de nuevo y noté como de mis ojos salían lágrimas traicioneras que hacían delatar el intenso dolor que sentía.

Jane me ayudó a estirarme de nuevo, intentando que no me hiciera el menor dolor posible y acercó el taburete de madera viejo al lado de la cama. Ya estaba casi totalmente oscurecido, pues mi amiga tuvo que encender unas velas para poder ver. Desde la ventana sucia, que había en el otro extremo de la habitación, entraba apenas una luz pálida que para nada ayudaba a iluminar la alcoba. La pierna seguía haciéndome daño, aunque, con una menor intensidad. Aun así, estaba convencida de que en cuanto me moviese, me haría daño.

-¿No han venido tus padres a verte? -pronunció su pregunta con una voz algo más calmada. No podía apenas verle el rostro, pero estaba segura que estaba invadido por el sufrimiento.

-No… -negué. Por mucha infelicidad que me provocase que yo no les preocupase, ya estaba acostumbrada. Mi madre creía que la vida era un camino de rosas, sin preocupaciones, y mi padre, lo quería todo para él. Estaba segura de que me detestaba por ser mujer… Cada vez que me miraba, veía el desdén en sus ojos. Mi madre no podía tener más hijos, y tenían que haber tenido que tener un varón para que se ocupase de la granja, ese era su motivo.

-Te hace daño. - no era una pregunta, era una afirmación.- Voy a pedirles que llamen al doctor, es lo mínimo que pueden hacer. -sus palabras destilaban odio. Jane sólo se comportaba bien ante mis padres por educación.

-Gracias, Jane, por todo. -el agradecimiento que emanó en mí ese momento, no se podía expresar con palabras.

Mi amiga se levantó del taburete y cerró la puerta tras de sí. La suave luz de la vela conseguía apenas iluminar la habitación y el crepúsculo dominaba todo. El dolor seguía doliendo y yo no conseguía evitar de pensar en ello. Tras eso, pensé, mis padres me prohibirían subir al árbol para siempre, y yo, les obedecería, y así no tendría que caerme más, sin embargo… Se acabarían los ratos de paz de cada día.

Pasos se volvieron a oír en el pasillo, esta vez de dos personas. De Jane y mi madre, seguramente. Y era cierto, porque mi madre enseguida entró, antes que Jane y corrió a mi lado.

-¡Hija!, ¿estás bien? Siento no haber venido antes, pensé que no era para tanto. -mi madre sólo se preocupaba por mí cuando alguien le alertaba de que me encontraba mal. Al menos se preocupa de vez en cuando, no como mi padre, que jamás dejará de odiarme por ser mujer, pensé.

-Sí y no. ¿Podría llamar al doctor, madre? -Jane miraba fijamente a mi madre. La odiaba como odiaba a mi padre. A mi amiga le parecía que mi madre era estúpida y mi padre un egoísta. Aunque las palabras eran poco educadas, no negaría de que había acertado. Aullé de nuevo. Había movido inconscientemente algo la pierna.

-Claro que sí, hija. ¡Cómo no! Con esta pierna, está tan amoratada…, y Esme, niña, no puedo dejarte salir. ¡John, querido, ven! -gritó el nombre de mi padre.

Me estremecí. Mi padre se pondría furioso por el simple hecho de que se iba a gastar dinero en la pierna de su odiada hija y los vecinos rumorearían al día siguiente, lo descuidada que era su hija. El suelo tembló. Mi padre era un hombre corpulento. Y el ruido de sus pasos no parecía alertar de otra cosa del fastidio que le suponía dejar a medias la lectura de su diario. Hasta a la vela le temblaba la luz y Jane parecía asustada.

-¿Qué quieres? He tenido que dejar de leer la lectura del diario para venir. -John Platt, mi padre, no podía evitar odiar venir a mi habitación y más odiaría estar allí cuando mi madre le dijese lo ocurrido.

-¡Oh, John! La pierna de nuestra hija, ¿no la ves? Tenemos que llamar a un médico. -Catherine Platt, mi madre, estaría sintiendo miedo y preocupación por lo que podría ocurrir. A pesar de ser descuidada, amaba a mi padre, y él, aunque escasas veces lo reconociera, también lo hacía.

-¡Qué! No podíamos tener una hija que nos hiciese malgastar más dinero.

Mi madre tembló, como Jane. Jane odiaba a mi padre, pero también le temía. Y yo, no podía más que intentar soportarle, porque no le desearía a nadie tener un padre así. Mi madre susurró su nombre, intentando ablandecerle, y lo consiguió, porque en el rostro de mi padre había menos furia. Sólo mi madre era capaz de calmarle, porque el la quería, pero al mismo tiempo le reprochaba siempre que podía haber tenido una hija y no un hijo.

-Sólo por esta vez. Y tú, Esme, que sepas que hoy no cenas. -dicho esto, John se dirigió a la puerta y la cerró con un fuerte golpe. Nadie podía estar tan enfadado como mi padre, pensé.

-No te preocupes, voy a pedir a la criada que se ocupe de encontrar a un doctor, y bien rápido. -mi madre no podía evitar seguir a mi padre e intentar calmarle. No es que quisiese evitar que me odiase menos, sólo era que a mi madre yo le inspiraba compasión.

Pasaron dos largas horas mientras Jane y yo esperábamos la visita del doctor de la zona. Mi madre había venido hacía poco excusándose porque el doctor de la zona estaba ausente y tenían que llamar a otro doctor de Columbus, la ciudad donde residíamos, aunque estábamos en las afueras. Cada vez el dolor era más insoportable y cada vez deseaba más que desapareciese. Tan sólo la presencia de Jane era capaz de aliviarlo un poco y distraerme.

La vela ya estaba casi consumida y mi estómago estaba hambriento, pero tenía que aguantarlo. Mi padre me había prohibido cenar aquella noche por el dinero que suponía el gasto del doctor. Era odioso. Yo no había hecho nada más que nacer como mujer para que me detestase de aquella forma. Una vez, de pequeña, me corté el pelo como un chico y me vestí como un niño tan sólo para que mi padre dejase de mirarme de aquella manera, pero no lo conseguí, para nada. Tan sólo conseguí que me odiase más.

-¡Esme, baja, el doctor está aquí! -esa llamada de mi madre resultó un gran alivio para mí como pocas veces habría podido resultar. Aunque enseguida me dolió más la pierna.

-¿Cómo se supone que has de bajar? -Jane mencionó las palabras que yo misma había pensado. Me pregunté, por muy descortés que fuese, si mi madre no había pensado en que lo que me hacía daño era la pierna y no podía moverme.

-Buena pregunta. -me limité a responderle.

Jane hizo todos los esfuerzos que pudo para que me incorporase, pero enseguida los dejó porque sólo me ocasionaban más daño que anteriormente. Miré a lo lejos, por la ventana. El cielo estaba casi a oscuras y no había sol por ninguna parte y la débil luz de la luna llena iluminaba cuanto podía. Supuse que serían las nueve de la noche. La pierna me dolía más que nunca.

Afortunadamente, en el pasillo se oían de dos personas y dos voces hablando. En una reconocí la despreocupada, aunque ahora atenta voz de mi madre, y la otra me era desconocida. Era una voz masculina, de tono tierno y amable. Era imposible que fuese mi padre, pues no era ni su tono, ni su voz. Esos pasos se acercaban cada vez más hacia la puerta y yo no dejaba de preguntarme quién y cómo sería el hombre que ejercía de doctor. Uno, dos, conté. Y la puerta se abrió. Aunque estuviese a oscuras en aquel mismo momento, podía fácilmente distinguir una silueta masculina de un hombre aparentemente joven, a parte de la de mi madre, aunque a esta no la prestase atención.

-Doctor Cullen, aquí le dejo con su paciente. Jane, venga usted, el doctor va a atenderla. -mi madre le pidió eso a mi amiga aunque no apartaran ambas los ojos del hombre que acababa de entrar. ¿Tan bello era? En esos momentos yo no podía observarle.

-Como usted quiera. -Jane se levantó y se dirigió a la puerta. Al pasar junto al doctor, no pudo evitar girarse cuando lo perdió de vista. Pensé que exageraban ambas y lamenté que Jane tuviera que salir de mi habitación.

Las dos tardaron bastante en cerrar la puerta, y, cuando lo hicieron, lo hicieron con tal fuerza que una brisa suave hizo apagar la vela y todo quedo a oscuras. Ni la leve luz que entraba por la ventana era capaz de iluminar algo. Y así todo se convirtió en silencio. Intenté, sin pensarlo, incorporarme para sacar otra vela, pero a duras penas lo conseguí y sólo obtuve dolor. Y gemí de daño. Y entonces, el doctor que tanto había llamado la atención a mi madre y a Jane, se movió. Me pareció oír que sacaba algo de su maletín, y la habitación quedó iluminada de nuevo. Y entonces…

Entonces me quedé sorprendida. Sorprendida en gran grado. Ante mí, tenía el hombre más bello que jamás había visto. Ni su ropa, por muy desgastada que estuviese, era capaz de quitar belleza a su rostro, a su cuerpo en sí. Sus ojos, unos ojos de un extraño color caramelo intenso, me miraban. Su cabello rubio caía corto por la cabeza y si poco a poco vi el resto de su cara. Increíblemente inigualable. La nariz, grande pero ideal, inspiraba aire lentamente y sus labios levemente rosados, parecían querer decir algo. Tenía una piel pálida que le favorecía y unas breves ojeras que le hacían más encantador.

-¿Es usted la señorita Esme? -su voz era más agradable de lo que había parecido en el pasillo y me sorprendió. La luz de la vela iluminaba más que la mía y permitía ver mejor.

Tan sólo logré asentir. En ese momento, era incapaz de pronunciar palabra alguna, incluso me había resultado difícil salir de mi ensimismamiento y responder moviendo la cabeza. Estaba segura de que estaba completamente ruborizada y de que él se había dado cuenta y de que hacía el ridículo. Y sentí vergüenza: el vestido que llevaba en ese momento estaba sucio y desgastado.

-Su madre me ha dicho que le ocurre algo en la pierna. ¿Puedo ver? -preguntó el doctor cuyo nombre creí entender que era Cullen. Tan sólo moví la manta que me cubría las piernas como respuesta. Y no sentí dolor alguno en esos momentos en las piernas. Tampoco molestia alguna.

Pareció increíblemente sorprendido. ¿Estaba tan urgente mi pierna? Yo seguía sin sentir dolor alguno. Aproximó en el taburete en el que se había sentado y acercó sus manos a mi pierna, examinando lo que le ocurría. Esas manos, grandes y a la vez cuidadosas, sacaron de la bolsa del doctor un montón de vendas y materiales que utilizaban a los cuales no les presté atención, tan sólo a sus manos. Y creí que era muy poco educado por mi parte no decir nada.

-Perdone, doctor… -olvidé su nombre en el mismo instante en el que me miró con esos ojos tan intensos, con ese rostro tan hermoso.

-Cullen. ¿Qué ocurre? -dibujó en su cara una sonrisa deslumbrante que me desconcertó, por lo que tuve que mirar a otra dirección para no tartamudear.

-Perdone, doctor Cullen, ¿lo de mi pierna es grave? -tartamudeé quisiera o no mientras pronunciaba estas palabras, y estaba segura de que había sonado ridículo. De repente, el dolor de mi pierna volvió y aullé, quitando toda atención al doctor o a cualquier otra cosa o persona que estuviese allí.

-Creo que tiene la pierna rota. ¿Puedo pedirle que me diga cómo se la ha hecho?

-Caí de un árbol que estaba intentando bajar. Creo que resbalé de una rama, intenté evitar la caída, pero… -mi voz se había convertido en apenas un susurro a medida que hablaba y dejé de dar cualquier explicación. Y enrojecí al darme cuenta que mirando a aquellos ojos, había dicho la auténtica y vergonzosa realidad.

Y oí el sonido más agradable que había oído en mi vida. La risa del doctor, que estallaba en carcajadas ante mi explicación. Estaba segura que para entonces, había enrojecido como no había enrojecido en mi vida y me reproché haber dicho todo aquello aunque me había gustado escuchar aquella risa musical, divertida.

-Discúlpeme, no lo pude evitar. Ha sido una gran desconsideración por parte mía… -su voz sonó en ese instante tan culpable que me dolió aún más su culpabilidad insignificante que el dolor de mi pierna. Era la persona más amable con la que jamás me había cruzado y con la que no me había aburrido desde un primer momento.

Y la habitación se hundió en silencio. Él no decía nada, y yo tampoco. Se había limitado a permanecer en silencio y cortar las vendas y otras cosas con que iba a vendar la pierna. Me dolía. Tanto la pierna como mis sentimientos. Sentía que había sido culpa mía y que le debía una explicación. Probablemente, me consideraría loca, pero me dio igual. Tenía que explicárselo, pues ese silencio era incómodo.

-Cada día voy a ese árbol, por la tarde. Siempre me siento muy tranquila cuando estoy allí, y siempre que puedo voy… Nunca me había caído, pero hoy, no sé cómo, puede que hubiese apoyado un pie mal y resbalase, no lo sé exactamente, pero caí, y en cuanto me desperté, tenía la pierna de esta manera. -finalicé mi relato con mucho esfuerzo, pues el doctor Cullen me volvía a mirar intensamente.

-¿Era acaso ese pino tan alto que hay ahí fuera donde usted ha caído, señorita Esme? No acostumbro a venir por esta zona, pero debo admitir que no está mal. Debe ser usted una gran trepadora. Estoy seguro que desde ahí arriba debe ver paisajes preciosos, y, al no haber nadie, debe estar en paz. -nadie había pronunciado tales palabras en mis dieciséis años de vida. Y eran las palabras que esperaba que alguien pronunciase en algún momento.

Y es que, hasta Jane no entendía por qué subía allí todas las tardes. Y, el doctor Cullen, que acababa de conocer, me había entendido como ninguna otra persona me había entendido jamás. Por respuesta, incapaz de ejercitar las cuerdas vocales, tan sólo asentí. Inexplicablemente, mi corazón empezó a latir con fuerza y un sentimiento intenso empezó a invadir mi cuerpo. Quería saber su nombre, además de su apellido; quería saber de él, todo; quería conocerle, completamente… Y nunca me había sentido así.

-Me disculpará, pero sé que esto le hará daño… -estas palabras me sacaron de mis ensoñaciones. Él cogió las vendas con las que me iba a envolver mi pierna y los demás materiales.

Iba a doler. Sí, dolería, pero yo era capaz de soportarlo por no ponerme en ridículo. Las pálidas manos del doctor tocaron mi pierna izquierda junto a las vendas. Y experimenté a la vez dos sentimientos diferentes. El primero, dolor. La fuerza que se ejercía sobre la pierna dolía demasiado, y aullé muchas veces, a pesar de intentar soportarlo. No me acostumbraba al tacto de las vendas y la fuerza que ejercían que lloré. Se me escaparon lágrimas de dolor, porque era insoportable. Jamás me había dolido una cosa así.

Y el otro sentimiento, sorpresa. Sus manos pálidas, eran frías como hielo, y en parte, aliviaron una parte del gran dolor que sentía en esos momentos. Y el mismo sentimiento que, anteriormente cuando me había entendido tenía, surgió de nuevo, con mayor intensidad. Y le miré. Vi en sus ojos que tan sólo pretendía curarme, que lamentaba tener que hacerme sufrir, y logró calmarme más que cualquier otra cosa me habría calmado.

-Yasta. Siento haberle hecho todo ese daño. -sus palabras volvían a tener tono de culpabilidad, pero prosiguió su lamento, en otro tono:- Esto aligerará su dolor y, poco a poco, le permitirá moverse. Aun así, le recomiendo que no se mueva mucho y, cuando se recupere totalmente, si sube a ese árbol, vaya con más cuidado, podía haber sido peor.

Volvió a sonreír evitando reír, y esta vez yo le devolví la sonrisa. Cuando sonreía, parecía aún más bello. Sus ojos eran más expresivos y sus labios dibujaban una sonrisa sincera y gentil. Pensé, que, con recordar sus facciones, me bastaría para sentirme en paz y no volver a escalar aquel árbol.

Pero un ruido interrumpió aquella calma. Mi estómago me recordaba el hambre que sentía. Y enrojecí más que anteriormente, porque el doctor volvió a reír con más fuerza, pero se puso serio. Sacó algo de la bolsa y yo miré a la ventana. Mi padre no iba a darme de cenar por más que suplicase y tendría que aguantarme.

-¿La quiere? -el doctor Cullen tenía entre sus manos una manzana, intensamente roja. A pesar de la poca luz, podía verse. Y se me antojó la mejor cena que podía comer. No sólo porque me la diese él, sino porque aquella manzana era increíblemente atrayente, de aquel rojo intenso, y parecía saludable.

El doctor me la acercó y nuestras manos se tocaron por un momento cuando me tendió la manzana entre mi manos. Sentí como si me hubieran electrocutado pero eso sólo me hubiese hecho feliz. Él, apartó la mirada. Parecía sentirse avergonzado, aunque no entendí de qué. Fijó su mirada en la manzana y volvió a la vista a mí.

-Lo siento. -se disculpó y sonrió con una sonrisa divertida pero culpable.

-Muchas gracias. -mi gratitud no podía expresarse tampoco con palabras. Eran demasiadas intensas mi gratitud y mi fascinación para expresarse sólo con palabras, pero de otra forma no podía ser, pensé. Miré a la manzana. En cierto modo, se parecía al doctor: atrayente.

Él se levantó del taburete y recogió las vendas que habían sobrado. ¿Se tenía que ir? ¿Por qué no podía estarse allí? Desgraciadamente, tenía que irse. Entendí que yo no era más que una paciente más y que, probablemente, más gente necesitaría su ayuda y no podía estar eternamente allí. Me entristecí, pero tenía que aceptarlo. Seguramente, su visita no había durado más de una hora pero para mí fue el momento más feliz de mi vida, aunque sonara cursi, porque nadie me había hecho sentir así.

-Cuídese. -se despidió de mí.

Pero, para mi asombro, antes de irse, me acarició la cabeza con sus frías manos pálidas. Y aunque tenía que irse, me sentí feliz, porque entendí que aquello era felicidad, aunque una felicidad algo desconocida. Caminó hacia la puerta, con aire inexplicablemente triste y salió, cerrando tras de sí suavemente la puerta, como si hubiera sido un sueño.

Apagué la vela que se había dejado. Sabía que, aunque se hubiese marchado y dejado la vela, que, aunque se la hubiese llevado, recordaría aquel rostro, aquel tacto, aquella sonrisa… aquella persona, para siempre. Jane entró, hablándome, pero yo no oí nada de lo que decía, pues estaba todavía pensando en lo que eran, quizá, sueños, sosteniendo la apetitosa manzana en mis manos.