De recuerdos pasados
Recuerdos de la noche
Epílogo: De recuerdos pasados
“Jane Johnson
1895 - 1917″
Volví a mirar aquella tumba en medio de otras tantas calles de lápidas del cementerio. La tumba de mi amiga Jane. Apreté fuerte en mi cuello el colgante de su nacimiento que ella me había dado antes de marcharse tantos años atrás. Seis, calculé a lo sumo. Y, aunque no podía llorar, no pude reprimir sollozos de mi garganta. Una mano cogió la mía, intentándome animar. Miré a mi izquierda, donde él estaba dedicándome una media sonrisa triste, consolándome.
-Usted la quería mucho, Esme -no era una pregunta, sino una afirmación. Ya había dejado de llamarme señorita. No se había equivocado en absoluto. Yo la quería mucho a Jane y la seguía queriendo. La seguía queriendo como la única persona que me había hecho sonreír mientras viví en casa de mis padres.
-¿La recuerda, Carlisle? -le pregunté, mirando cómo su pelo rubio se movía con la débil brisa de aquel día nublado.
Ya hacía un mes que vivía con él y con Edward. Un mes maravilloso comparándolo con el resto de mi vida. Un mes maravilloso en el que fuimos de caza dos veces y sacié mi hambre con sangre de animales. Un mes maravilloso donde había aprendido qué pasaba cuando me ponía frente al sol, viendo cómo mi piel había brillado como diamantes. Un mes maravilloso en todos los aspectos posibles. Carlisle volvía pronto del trabajo, y de mientras, Edward tocaba algunas sonatas para piano, con lo que aprendí a la vez algunos nombres de autores: Chopin, Bethoven, Debussy… entre otros.
Un mes que había pasado rápido pero feliz.
-No puedo decir que la recuerde del todo bien, pero si no me equivoco, tenía ojos verdes y parecía una muchacha saludable -detalle de médico, pensé. No me podía creer que él recordara incluso el color de sus ojos. Tenía una gran memoria, al parecer. Utilicé mi memoria para imaginar aquellos ojos que tenía Jane. Recordé que parecía que tenía esmeraldas en lugar de ojos, de lo que brillaban.
-Este colgante -volví a tocar con mi mano el colgar de nacimiento de Jane- era de Jane. Me lo dio el día anterior a irse de Ohio, prometiéndome escribirme. Pero jamás recibí una carta suya, ¿sabe? Intenté por todos los medios saber de su paradero, de qué había sido de ella. Y no supe nada más de ella hasta que no tuve más remedio que…
… venir a Ashland, pensé para mi interior. No la continué. Me hubiera dolido demasiado decir eso. Olí por última vez el ramo de lirios rojos que llevaba para dejarlo. Parecía estar oliendo a Jane, aquel olor fragante y sencillo que tanto me gustaba. Deposité el ramo junto a su tumba, sin poder evitar que un rojo pétalo traicionero cayera. Aquello me trajo recuerdos desagradables: el día de mi boda. Me estremecí.
-Quería decirle algo sobre ella -empezó Carlisle, cogiéndome la mano más fuerte. Quería decirme algo sobre Jane, adiviné-. He estado haciendo investigaciones en el hospital, con esperanza de encontrar algo sobre su amiga. Y lo encontré. Esme, su amiga sufrió un accidente en cuanto llegó aquí, a Ashland. El carruaje en el que iba cayó, por lo que he averiguado. Todos los que estuvieron en ese carruaje murieron.
Me quedé sin habla, pero él continuó.
-Y hay algo más -soltó mi mano para coger el colgante-. Encontraron un colgante en el cuello de su amiga, perteneciente a Esme Platt. Como nadie supo a quién pertenecía exactamente ni quién era la tal Esme Platt, a la que se suponía propietaria de la joya, enterraron a Jane con él, sin quitárselo ni nada.
Así que aquello era lo que le había pasado a Jane. Mi amiga había perdido en la vida antes de llegar a la primera calle de Ashland, muriendo en el instante. Y no había ningún superviviente. Suspiré, triste. Lo único que me consolaba aparte de saber qué le había pasado y de tener a Carlisle a mi lado, era que Jane había conservado hasta el último momento mi collar, y la tenía en esos momentos en el interior de su tumba, el lugar que le correspondía.
-Estoy seguro de que Jane la hubiese escrito si hubiese podido -me sonrió con compasión, con comprensión. Su voz dulce me sacó de mis pensamientos.
-Sí, yo también lo creo -dije, mirando de nuevo la lápida. Al menos ahora sabía qué le había pasado a Jane. También sabía, que, de alguna manera, ella aún seguía a mi lado. Y todo gracias a él, a Carlisle-. Muchas gracias por todo, Carlisle, por averiguar lo que pasó con ella y por más.
-No tiene por qué dar las gracias -una sonrisa amable apareció en su rostro perfecto. Aquello era suficiente para no hundirme en una profunda depresión por estar allí.
-Tengo motivos por qué darlas -empecé un pequeño discurso que ni yo misma había planeado decir-. Me ha dado la oportunidad de tener una vida nueva, me ha acogido con mucha amabilidad, me ha ayudado a salir adelante… y ahora me ha ayudado de nuevo con el asunto de Jane. ¿Cómo iba a no agradecérselo? Después de todo lo que ocurrió desde mi… accidente, me siento mucho mejor.
-Cómo usted lo considere. Sé que no son mis asuntos, y no es de mi incunbencia, pero ¿puedo preguntarle por qué saltó desde ese acantilado? Cuando la conocí con dieciséis años tras caerse por un árbol, era una chica feliz -enmudecimos los dos. Sí que eran parte de sus asuntos, o yo consideraba que lo eran. Decidí explicárselo, sincerarme con él.
-Claro que puede. Verá, después de que usted me conociese -intenté hacer esa parte un tanto objetiva-, todo cambió mucho. A mis padres nunca les había importado yo, pero siempre estaba ahí Jane, ayudándome en todo lo posible. Sin embargo, ella pronto se fue, obligada a comprometerse. Entonces, sólo vivía por la esperanza de recibir sus cartas. No recibía ninguna y pasaban los meses. Y apareció lo que parecía una esperanza en mi vida: conocí a Charles Evenson, que venía de aquí, de Ashland. Tenía la esperanza de que él supiese algo de Jane.
Hice una pequeña pausa, y Carlisle me cogió nuevamente la mano, esperando el resto del relato.
-De alguna manera, Charles y yo nos hicimos amigos. De repente, él me pidió que me casara con él. Presionada por mis padres, accedí a ese compromiso con la esperanza de poder encontrar a Jane y poder enamorarme de mi marido. Pero las cosas no salieron como yo las tenía previstas -dudé un momento de si continuar o no, pero decidí que sí, que ya que lo explicaba lo explicaba todo-. Mi marido… abusaba de mí. Pasaron dos años en los que él se fue a la guerra, pero volvió. Y me quedé embarazada. Decidí que una criatura no podría ser feliz allí y, después de una traición por parte de mi prima, decidí venir aquí a Ashland.
Antes de acabar con el relato, miré la cara de Carlisle, seria, que esperaba el final.
-Encontré empleo en un colegio e intenté buscar nuevamente a Jane. Pero no había nada de ella. Entonces, cuando iba a nacer mi criatura, mi único motivo de seguir viva, no pude darla a luz viva. Nació un hijo muerto -mi voz se transformó en un susurro-. Me escapé del hospital, y vine a parar aquí, al cementerio. En ese momento, vi otro hecho que me deprimió más: Jane estaba muerta. Creía que ya no tenía más motivos por los que seguir viva… y me suicidé. Mi hijo estaba muerto, Jane estaba muerta. Yo quería estar junto a ellos. Ahora me arrepiento de haber hecho las cosas tan precipitadamente pero…
Callé. Mi historia como humana había finalizado allí. Como humana. Algo me decía que ahora tenía una nueva historia, como ser de leyendas, como vampiro. Una historia sin final. Simplemente, una historia. Carlisle me miró con una sonrisa triste y no me soltó la mano, sino que me la cogió con más fuerza.
-Gracias por contármelo, Esme -había en su voz musical que advertía que estaba nervioso, extrañamente nervioso para ser él.
-No hay por qué darlas -le imité, intentando conseguir voz masculina, aunque el resultado fue horroroso y estallé en carcajadas. Él tan sólo dibujó una sonrisa divertida a la vez que nerviosa en su rostro.
-¿Ocurre algo? -le pregunté.
Había algo raro en él: inquietud, nerviosismo. En el mes que hacía que le conocía, nunca se había puesto nervioso. No al menos delante de mí. Su mano cogió más fuerte la mía. Me pregunté a qué se debía, qué es lo que le pasaba.
-Sé que ahora no es el momento indicado ni este el sitio adecuado -miró alrededor, tan sólo un momento. Yo esperé, sin entender qué pasaba ni por qué aquel lugar ni aquel momento no eran adecuados-. También sé que me considerará un loco por decir esto después de conocerla de hace un mes tan sólo. Y, probablemente, después de escuchar mis palabras, huya corriendo. Pero al menos escúchelas.
Hizo una pausa. Yo tan sólo asentí, aunque me preguntaba a mí misma por qué debería salir corriendo o pensar que él estaba loco. Aquello no lo haría.
-Bueno. Usted tan sólo escuche y responda si se da el caso que es correspondido. Esme Anne -me miró con una intensidad que no era propia de él- desde que la conocí, con dieciséis años, no pude sacarme exactamente su imagen de mi cabeza. Y, entonces, apareció en el hospital, a punto de morir, pero con el corazón aún latiendo. No sabe la sorpresa que me llevé y lo que me entristeció verla así. No quedó más remedio que transformarla. Y desde hace un mes, que sé lo que realmente me ocurre. Sé que me creerá loco, pero confíe en mí y crea estas palabras de lo que es mi ser: la quiero, la amo con intensidad.
No estaba loco él. La única loca allí, en aquel momento y en aquel lugar, era yo. Estaba oyendo palabras de sueños, palabras que ahora, en vez de soñar, podía imaginar.
-¿Se siente bien? -me preguntó una voz preocupada. Carlisle aguantaba mi peso, poniendo alrededor de mi cintura su pálido brazo. Estaba imaginándomelo, lo sabía.
-No. Querrá decir si se siente usted bien -respondí, algo aturdida. Quizá si que estaba en parte loco.
-Ya se lo he dicho antes, me iba a considerar usted un loco -su expresión se entristeció lentamente, y me soltó enseguida. Se encaminó lentamente hacia la salida, desanimado.
-No lo considero un loco, debería considerarme usted una loca por lo que voy a decir -no tuve más remedio que inspirarme en su declaración, como base de lo que iba a decir-. Probablemente, esas palabras suyas sean fruto de mi imaginación y será usted quien salga corriendo en cuanto me oiga decir mis palabras. Debe saber que, desde la noche en que curó mi pierna, no he podido olvidar su rostro. Carlisle, debe saber que correspondo a esos sentimientos en cuyas palabras expresadas me habré imaginado.
Él me miró con una mueca de incomprensión, como si no entendiera mis palabras, pero enseguida se dibujó en su rostro una amplia sonrisa de felicidad y respondió, inspirándose también en mi respuesta-: Quizá los locos seamos los dos, ¿no crees? O quizá, puede que no lo sea ninguno y esto sea real.
Antes de que pudiera responder cualquier tontería que se me pasara por la cabeza, el acercamiento de su rostro me atontó. Quizá era real, quizá no, quién sabía. Porque parecía más irreal que cualquier otro hecho: sus labios tocaron los míos, lentamente, disfrutando de cada momento. Y mis labios cobraron vida propia, y no pude controlarlos. Los míos le correspondieron. Así fue como nuestros labios se unieron y se separaron, sin prisa, sin lentitud, como si el tiempo se hubiese parado.
-¿Deberíamos volver, no? -musitó en cuanto entre las nubes el sol parecía alzarse. Era cierto, si no queríamos que nos descubrieran, teníamos que irnos y ya.
Tan sólo asentí. Carlisle me tendió su mano, con una sonrisa en los labios. Yo, la cogí, con una sonrisa feliz que, seguramente, no había tenido en mi vida.
Adiós, Jane. Seguro que tú también fuiste feliz, pensé en mis adentros, despidiéndome de mi amiga.
Recorrimos las calles de tumbas, sin soltarnos la mano, sin decir una palabra. Porque no era necesario. Porque todo cuanto debíamos decir podíamos decirlo en un futuro eterno, un futuro con nuevas esperanzas. Él me miraba, como si aquello fuera real. Y sí, realmente era real. O quizá no, quién sabía. Pero no importaba. Tenía que disfrutar de esos momentos todo lo posible. Quien sabía si podían desvanecerse o continuar.
En la salida, nos esperaba Edward, con una sonrisa pícara en su rostro. Seguramente, ya habría leído nuestros pensamientos o los estaba leyendo en ese momento.
-Vamos, va a aparecer el sol -nos advirtió. Su voz sonaba real, sin duda. Y aquello era real. Miré a Carlisle, que me miraba también, mientras Edward se impacientaba por lo lento de nuestro andar.
Entre las calles de Ashland comprendí que ante mí tenía una vida nueva, feliz, llena de nuevas emociones. En cuanto a Edward, probablemente algún día él también lo experimentaría y lo entendería.
Fin de Recuerdos de la noche
Comentarios de la autora:
Y aquí el final. Espero que os haya gustado mucho. Quizá me haya quedado un poco bastante romanticón, pero así soy yo, una romanticona a la que le gustan los finales felices.
Ah, como echaré de menos este fanfic. Como echaré de menos el escribir sobre Esme, que ha sido una experiencia que me ha gustado mucho. Me ha ayudado a conocerla un poco mejor. A ella y a Carlisle, los dos locos, según ellos. Carlisle, en un principio de leer Crepúsculo, no era de mis personajes favoritos. Pero ahora… me encanta. No como Edward, que es quien me gusta más irremediablemente, pero sí mucho.
Finalmente, agradecer a todos quienes han leído el fanfic. ¡Gracias por todo, en serio! Vuestras opiniones ayudan a escribir y animan mucho. Y también agradecer a Stephenie Meyer por crear esa historia fabulosa, que aunque no lo vaya a leer, se lo debo. Sin Stephenie esta historia no existiría. Como dijo Shakespeare, todo va bien si acaba bien.
Murasaki.
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