Recuerdos de la noche

Tercer capítulo: 1917-1921 Tinieblas


“-¿Vamos? -me preguntó, tendiéndome la mano y conduciéndome con dureza hacia un carro de caballos.

Charles sonreía, amablemente, pero vi mejor su expresión cuando el cochero nos abrió la puerta para entrar. Una sonrisa, o una mueca mejor dicho, estaba dibujada, amablemente terrorífica. Sus ojos, intensamente verdes, me miraron, vengativos y con desdén. Y en ese instante, en un carro de caballos que me conducía a la infelicidad, entendí que había cometido el error más grande de mi vida.”

-¡Profesora, Tom no deja de perseguirme! -la dulce voz infantil de Elinor me llamó a mi lado, con urgencia. Corrió hacia mí, refugiándose de su hermano que la perseguía. La niña se ocultó detrás de mí, mirándome con ojos suplicantes.

-Tom, deja a tu hermana. Éso no está bien -regañé al hermano de la niña que esbozó una sonrisa traviesa en su diminuto rostro y se acercó más. Antes de poderle regañarle de nuevo, sentí una de esas patadas en el estómago que tantos días llevaba sintiendo. Y me rodeé con los brazos, como si así aliviara el dolor.

Elinor salió huyendo cuando su hermano logró esquivar mi barrera. Todo me parecía borroso, quebrado. Ya hacía ocho meses que estaba embarazada y siete desde que huí de mi… marido. Después de tres años de matrimonio, desde 1917, comprendí que no tenía otro remedio que marcharme. Porque aquello no era un matrimonio. Aquello era el castigo por haberme casado con alguien que no quería, alguien que tampoco me quería a mí. Alguien aterrador que hizo que los últimos tres años fueran la peor pesadilla de mi vida, convirtiéndose el futuro en un camino incierto y oscuro.

Y, a pesar de que lo llevaba evitando tanto y tanto tiempo, e inconscientemente, mi memoria evocó los recuerdos de los días posteriores a la boda, los días en que empecé a concienciarme de mi error.

Recordé el carro de caballos que nos conducía a mi nueva casa, la de Charles Evenson, y también como temblaba ese carro por el camino de piedras. Y, por supuesto, la mirada de mi marido, con esos ojos verdes fulminantes que me advertían del peligro mientras dibujaba en su rostro una sonrisa maléfica.

A partir de cuando el conductor nos alertó de que habíamos llegado, la noche se había vuelto más densa y oscura que la boca de un lobo. Él me tendió la mano al bajar, al entrar a la pesadilla. Y yo acepté, porque no me quedaba más remedio. Mi nueva casa era una oscura granja muy grande, cercana a la de mis padres. Parecía la entrada directa al mundo del dolor… un mundo sin salida. Mi marido me guió a través de las escaleras. Y yo ya sabía dónde íbamos, y me estremecí. Íbamos… a su habitación, en ese entonces, nuestra habitación.

No. Yo no quería que aquello sucediera, jamás lo había querido. Sólo quería que sucediera si era con aquella persona que había desaparecido después de curarme heridas, aquel hombre cuyo rastro el tiempo había devorado. Aun a pesar de haber pasado seis largos años de aquello, no podía olvidar nada. No podía olvidar al menos lo que sentía, puesto que su rostro en mi memoria iba perdiendo color y forma lo quisiera o no. Pero lo que yo sentía, jamás cambiaría. Era consciente de ello desde el primer momento en que le vi y que él me habló.

Mientras esto pensaba, Charles me había conducido a la cama de paja, grande, de matrimonio. Sus manos desabrochaban mi vestido, sin piedad, sin pararse a pensar qué pensaría yo de aquello. Me tenía atrapada como el cazador a su presa mientras la tortura lentamente para morir. Si hubiese sido aquel hombre a quien yo amaba después de más de un lustro, estaba segura de que eso no ocurriría. Estaba segura de que, como mínimo, aquella sombra del tiempo se hubiera parado a pensar en lo que yo sentía. Pero Charles no era el doctor Cullen.

Ya estaba sin salida. Yo me había cavado mi propia tumba. Cualquier tela que tapara mi cuerpo, mi temor, no estaba allí para consolarme. Tan sólo quedaba el collar que Jane me había dado aquella noche de dos años atrás. Y él no me lo quitó, pero tampoco se detuvo a mirarlo. Simplemente siguió, sin importarle nada. Sus dedos recorrían mi cuerpo, como unas garras de gato que arañan profundamente.

Jane… ¿Qué hubiera opinado ella de todo esto? ¿Qué me hubiese aconsejado? Pero ella ya no estaba allí para consolarme. Oí su voz en mi mente, amable y suave. “No hagas nada que no quieras hacer”, me decía. Que no hiciese nada que no quisiera hacer. Yo no quería hacer que Charles hiciera lo que iba a hacer. No lo quería por nada del mundo. Y él ya estaba allí, sin tener en cuenta lo que yo quisiera o pensaba.

-¡No! -grité en el momento en que intentó hacerme el mayor daño posible. Lo empujé y le pegué una bofetada. ¡Aquello no era lo que yo quería!-. ¡No quiero! Déjame.

-¿Quién te crees que eres para pegarme, sino una simple mujer? Las mujeres deben obedecer a sus hombres quieran o no, Esme, debes de aprenderlo -no me quería. Charles no me quería ni nunca me había querido. Porque, si al menos me hubiese amado, no me trataría de aquella manera. Me ignoró y me propinó dos bofetadas. Mi boca sangraba, pero no le importaba.

-¡No lo hagas! ¡No quiero! ¡No! -grité, pero ni eso le hizo pararse. Parecía que aquel era mi castigo por haberme casado con un hombre al que no amaba. Y él, en vez de consolarme y parar, puso su mano sobre mi boca para que me callara, para no oír los gritos.

Y me hirió como no me habían herido jamás. Lágrimas salían de mis ojos por el dolor físico. Pero el dolor físico no se podía comparar con el dolor psíquico. Sentía como si me hubieran clavado miles de estacas por todo el cuerpo. Sentía lo que, en parte, me merecía por haberme casado con una persona que no quería. Sentía como si me hubieran clavado una flecha, pero yo aún seguía viva, soportando los dolores de esta. Sentía… el fin de la vida, el inicio de una muerte lenta y dolorosa.

Pero eso no era justo. ¿Qué si era una mujer? ¿Por eso me debía de herir como lo hacía? Era un ser humano. No me había portado bien quizá, pero no me merecía aquello. Pero él no se detenía, seguía hiriéndome, haciéndome sufrir y lanzándome en una espiral oscura y dolorosa sin fin. Aquello no era lo que quería yo. Aquello era lo que quería él. Pero no yo. En una pareja, deberían estar de acuerdo los dos. Pero nosotros no éramos una pareja. Éramos un asesino y su víctima, una víctima a quien el asesino deja desangrarse lentamente.

Aparté esos recuerdos de mi cabeza. Miré a mi alrededor. Elinor seguía siendo perseguía por su hermano Tom. Aquello no era justo. Salí en busca de la niña cuando mi cabeza volvió a su mundo de recuerdos después de aquel suceso.

Después de aquello, no volví a dirigirle la palabra a mi marido. Ni él me la dirigía a mí. Me recluí en una habitación durante una semana para luego ir a la última esperanza que me quedaba: mis padres. No eran precisamente las personas que más ganas tuviera de ver en aquellos momentos, pero era lo único que podía salvarme. Recordé las palabras de mi padre cuando le dije entre lágrimas lo que me había hecho Charles.

-¿Que has hecho el qué? -sus ojos derramaban todo el odio contenido, si es que había contenido algo, desde que yo había nacido y su voz era del más profundo odio y desdén que pudiera haber-. ¿Te crees acaso mejor por haber hecho eso? ¡Celebro que tu marido haya hecho eso! Debes aprender a ser una buena mujer y mantenerte callada. Debes obedecer a tu marido te guste o no te guste. ¿Para qué te crees sino que estáis las mujeres? ¿Para que vosotras mandéis?

-Te odio -mis palabras sonaron con la más intensa amargura que jamás había dicho. Aquello no era un padre. Nunca lo había sido por muchos lazos de sangre que hubiera. Ni lo sería. Le odiaba con toda mi alma. Mi madre me miró con un gesto de desaprobación-. ¡Os odio!

Aunque inmediatamente mi padre me echó de su casa y maldijera mi nacimiento y me prohibía volver a entrar jamás en esa casa y considerarme parte de esa familia, no me arrepentí de haber hecho aquello. Ni nunca me arrepentiría de hacerlo. Había dicho la verdad y nada más que la verdad. ¿Cómo podía no tener derechos sólo por el simple hecho de ser una mujer? Había expresado lo que quería decirles de verdad -incluida mi madre- y eso no lo hacía todo el mundo.

Tres semanas pasaron, lentas y torturadoras, en los que Charles volvía a abusar de mí. Y yo ponía toda la resistencia que podía, pero no servía de nada. Y me torturaba una y otra vez, como si yo fuera un ser muerto, sin vida que no sentía nada de nada. Como si no tuviera derechos propios. Estaba cansada de aquello… Era una mujer, pero era una persona que sentía, sufría y vivía, como los hombres.

La buena noticia llegó cuando llamaron a Charles a la Guerra Mundial. No podía concebir mayor alegría en aquellos momentos. Mi repentina pesadilla, se suavizó. Él se fue de inmediato, por lo tanto, yo dejé de recibir abusos… y era mínimamente libre para hacer lo que quería. Entonces, aquella casa oscura, se convirtió en una casa algo menos aterradora. Lo que convertía mi vida en un agujero negro era él y ninguna otra cosa.

Volví a la realidad con el grito de la pequeña Elinor. Se había caído, tropezando con una piedra. Su hermano estaba a su lado, disculpándose por todo. Al menos, para ella, la vida aún no era tan terrible. Me acerqué allí y cogí a la niña en brazos. Lloraba fuertemente a sus cinco años, como un bebé. La acuné en mis brazos y la acompañé dentro de la escuela, para que se lavase la herida. Cuando la dejé en el suelo, el ser que llevaba dentro de mí protestó, dándome otra patada en el vientre. Suspiré…

… y mis recuerdos volvieron a dominarme mientras la niña se lavaba la herida.

Durante los dos años que mi… marido, a quien odiaba reconocer que era mi marido, no había regresado, fui al menos algo feliz. Subía de nuevo cada tarde a aquel pino, recordando siempre aquella noche de años atrás, cuando me había caído de allí. Le agradecía enormemente a la raíz traicionera del pino. Le agradecía haberme regalado la noche más feliz de mi vida, porque estaba segura de que si no hubiese conocido al doctor Cullen, jamás hubiera comprendido qué era amar y creería que Charles me quería.

Esos dos años estuvieron llenos de paz. Nadie abusaba de mí, nadie me trataba como un objeto. Podía hacer lo que yo quería. Supuse que era un pequeño regalo de la vida después de tanto sufrimiento y de tanta injusticia. Subía y bajaba por el pino, retomando de nuevo la rutina de cuando tenía dieciséis años. Con pequeñas diferencias. Jane no estaba allí. Y cada vez que la recordaba no podía evitar llevarme la mano al collar que jamás me quitaba. ¿Qué habría sido de ella? ¿Sería feliz en Ashland, si es que seguía allí? Y también había otra diferencia. Yo seguía amando a aquella persona que el tiempo me había robado. Con intensidad.

Pero, de nuevo, la paz se apagó para dar paso a la guerra, en mi caso. Charles volvió en 1919, el preciso día en que yo cumplí veinticuatro años. Parecía que el diablo me lo había enviado como regalo de cumpleaños. Intenté pensar en que quizá había cambiado de manera de ser. Intenté convencerme que la rutina de abusos no volvería y que él podía haber cambiado. Incluso que yo le importara. Me lo repetía una y otra vez, intentándome engañar a mí misma de ello. Que él no volvería a ser así, que intentaría quererle. Me mentía a mí misma como nunca lo había hecho.

Por supuesto, ya estaba preparada para la decepción. Sabía en el fondo que intentaba cubrir todo con mentiras, como si me pudiesen curar y sanar las heridas. Y la decepción llegó, menos intensa en un principio pero también más dolorosa. Enseguida Charles volvió a abusar de mí, a tratarme como un objeto sólo útil para una cosa. Yo me seguía hundiendo una y otra vez en la espiral de dolor a la que me iba acostumbrando pero que también me dolía más.

Entonces, pasó algo que yo no me esperaba, que nadie se esperaba. Estaba embarazada.

Embarazada de él. En un comienzo pensé que sería mejor matarme, porque haría sufrir a aquella criatura que iba a nacer. Porque no podría querer al hijo de alguien a quien tanto odiaba como Charles. Jamás podría. Y la criatura sufriría como yo había sufrido yo con mis padres. Tendría un padre que, probablemente y con toda certeza, le maltrataría, tratándole como a una paria. Y tendría una madre que le odiaba y sufría al mismo tiempo por no poderle querer. Aquella es la vida que tendría la criatura que nacería de aquel embarazo. Una vida triste y amarga como la de su madre.

Pero inmediatamente me quité esa idea de la cabeza. No iba a dejar que aquello ocurriese. No podía permitir que el bebé, mi futuro hijo o hija, tuviese ese futuro negro y oscuro. No podía permitir que pasara otra vez lo mismo, no con mi criatura. La iba a querer por mucho que me costara. Y no odiaría a nadie por ser hijo de mi marido. En primer lugar, porque siempre había querido tener un bebé, al que querer y al cual ver crecer. ¿Qué importaba si era hijo de Charles? ¡También era mi hijo! Y aunque naciera con esos ojos verdes que me atemorizaban, lo iba a querer y lo iba a proteger de ese futuro. Porque era mi hijo, y de hecho, lo quería y lo quería tener.

Aun así, había un problema. Charles. Si me quedaba en Ohio, en aquella casa que se había vuelto de nuevo oscura y aterradora, la criatura que iba a tener sufriría. Charles la maltrataría. Estaba completamente segura de ello. Me tenía que ir de aquel lugar. Por el momento, nadie sabía de mi embarazo. Calculé que estaría de un mes, más o menos. Tenía que irme de allí antes de que fuera demasiado tarde y se me notara. Tenía que huir de Charles, de mis padres y de todo.

Después de todo, incluso a Charles le iría mejor si yo no estaba ahí. Me escapé a la noche siguiente, después de sufrir otro abuso. Pero esta vez no había tiempo para llorar. Tenía que irme, y ya. Él se fue de mi habitación, como siempre. Salí en cuanto oí los ronquidos. Me arrastré por la oscuridad en las escaleras de esa casa que no volvería a pisar más. Llevaba conmigo una pequeña bolsa de lana con algo de ropa y dinero ahorrado, a pesar de no saber adónde me iría.

Nuevamente me desperté de mis recuerdos cuando Elinor se quejó del dolor que le provocaba el agua fría en su herida, que se iba desinfectando.

-¿Te encuentras bien, cielo? -le pregunté. Le aparté las lágrimas de la cara con la mano. Ella me lo agradeció levantándose de la silla.

-Sí, señorita -su voz infantil sonaba menos dolorosa y menos triste. Me cogió la mano y nos encaminamos hacia el patio, en busca de su hermano Tom.

Irremediablemente, mi mente volvió al mundo de los recuerdos. Ese mundo de sensaciones tan variantes.

Tres días de viaje me llevaron a Milwaukee, aunque no tuviera planeado estar allí. Decidí hacerle una visita a una prima segunda mía, Marianne. Recordé que con ella me llevaba muy bien cuando había venido con mis tíos segundos a Ohio. Pasé unas buenas vacaciones junto a ella y a Jane. También me acordaba de su rostro pálido, con un cabello de color castaño claro y unos ojos azules que podían llegar a helar si ella se lo proponía.

-¿Esme? -me había recibido cuando llegué a su casa. Había crecido mucho en esos años y mi memoria no le hacia justicia. Estaba aún más hermosa. Si no lo recordaba mal, ella tendría veintitrés años.

Le pedí de quedarme una temporada allí, puesto que todavía tenía que hacer planes. Ella aceptó gustosamente. Durante una semana hablamos tranquilamente. Marianne estaba prometida con un hombre, cuyo regreso ella esperaba pacientemente para casarse con él. Al menos ella podía ser feliz, pensé.

-A propósito, ¿cómo está Jane? -me sorprendió que sacara ese tema y aún más que recordara a Jane. Me dolió y me llevé la mano automáticamente al collar de mi amiga borrada por el tiempo. La única prueba de que había existido la tenía allí, en ese collar que ella me había puesto.

-Se casó y se cambió. Ya no vive en Ohio -la informé con lo poco que sabía de ella. Ya habían pasado cuatro años o más de aquello. Jane se fue para no volver, como otra persona…

-¿En serio? -respondió ella, sorprendida. Sus ojos se iluminaron como por arte de magia. Probablemente, le alegraba saber que Jane ya se había casado, como iba a hacer ella en aquellos momentos.

Un día después, mientras Marianne salió con unas amigas suyas a dar un paseo por Milwaukee, y aunque me invitaron, yo decidí no ir. No porque no me apeteciera, sino porque era mejor ir con cautela. Estaba segura de que mis padres o Charles estaban buscándome y más valía prevenir que curar. Decidí dar un paseo por la casa ya que no podía ir por el exterior. La casa de Marianne era preciosa, como ella. Todo estaba decorado de manera simétrica, perfecta, como le correspondía a cualquier casa.

Crucé el largo pasillo hasta la última habitación. Abrí la puerta y me quedé alucinada. La habitación era una gran biblioteca, estaba llena de libros y había unas sillas donde sentarse a leer cómodamente. Me llamó la atención cuando vi que encima en una de esas sillas había un sobre. No eran mis asuntos, pero la curiosidad me superó y me dirigí hacia allí, cogiendo el sobre entre mis manos. Todavía no estaba cerrado. En la dirección del destinatario se leía la dirección de mi antigua casa, en Ohio. Se me heló la sangre.

E hiperventilaba. Era sólo una coincidencia, me repetí una y otra vez, pero abrí la carta de inmediato, sin esperar siquiera uno o dos segundos. La letra de Marianne era legible y tenía un trazo magnífico.

“Apreciados tíos John y Catherine Platt:

Contesto a vuestra carta. Vuestras sospechas se ven cumplidas. Esme permanece aquí, en Milwaukee, conmigo y en mi casa. Espero que solucionéis pronto vuestros problemas familiares. Estoy segura de que mi querida Esme no pretendía decir lo que dijo en ese momento ni huir.

Vuestra sobrina,

Marianne.”

El papel resbaló entre mis manos, yendo a parar al suelo. Se me cayó el mundo encima. ¿Por qué? ¿Por qué Marianne tenía que actuar como espía sin ser consciente? ¿Por qué me ocurría todo a mí? Pero no había nada que pudiera hacer, sino huir. Huir bien lejos de allí, donde nadie sospechara que me encontraba. Un lugar donde hubiera deseado ir siempre y donde no hubiese podido ir. Un lugar donde vivir en paz y donde criar a mi hijo. El nombre de ese lugar se me cruzó en la mente con tan sólo una palabra.

Ashland.

Tenía que ir allí y lo más rápidamente posible. Dejé el sobre en la posición que estaba, sobre la silla y crucé el eterno pasillo hacia mi habitación, recogiendo con la mayor velocidad posible todas mis cosas. Pero cómo, ¿cómo iba a llegar a Ashland desde Milwaukee? No tenía dinero ni trabajo con el que ganarlo. Y había dinero en alguna parte, estaba segura. Cogí parte del dinero que Marianne tenía en un cajón. No era justo, por supuesto, pero después de todo ¿qué importaba si me iba a ir de allí en escasos momentos?

Corrí hasta que no me quedó aire en los pulmones hacia la estación de trenes. Por suerte había un tren que salía hacia Ashland y yo me regocijaba de emoción. Ashland. Aquel nombre parecía un milagro entre todas aquellas desesperanzas. Porque allí estaba Jane, era allí donde se había ido cuatro años antes. Y la encontraría, estaba segura de ello. Volvería al lado de mi amiga. Miré el colgante que llevaba en mi cuello y me reconfortó. Al menos, tenía una prueba de que no me imaginaba a mi mejor amiga, a la única persona en que había podido confiar aparte de otra…

De otra persona, que al igual que Jane se fue para desaparecer en el tiempo y en el lugar. Se había ido, también, dejándome sola. El doctor Cullen. Quizá, yo era demasiado impulsiva al enamorarme de un hombre con el que sólo había hablado una noche, pero no lo había podido evitar. Le había querido desde el primer momento que le había oído. Y estaba segura de que jamás le olvidaría. En mi vida. Intenté recordar su rostro, ahora borroso por el paso de los años, pero yo seguía enamorada de aquel hombre del que no había vuelto a ver.

Elinor me estiró de la mano y me apartó por un momento de nuevo del mundo de los recuerdos. Se había ruborizado frente a la presencia de su hermano, que estaba enfrente nuestro.

-Lo siento Elinor… -comenzó. Me hizo gracia. Los niños eran tan dulces a la vez que les costaba admitir sus errores, como a los adultos.

Solté la mano de la niña, que parecía suplicarme con los ojos que me quedara. Negué con la cabeza. Aquello era algo entre hermanos, no entraba para nada yo ahí. Me puse a un lado del patio, vigilando a los niños y volví a pensar en ello, en los recuerdos y sentimientos pasados.

Recordé el ruido del tren al llegar a Ashland y la sensación de libertad que había experimentado al llegar allí. Olía a mar, pues estaba la playa al lado. Olía a esperanza, de encontrar a Jane. Olía… a felicidad, a oportunidades de futuro. Allí quería vivir y criar a mi criatura, allí en ningún sitio más. Me hospedé en un hotel cercano a la playa y, antes de buscar a Jane, decidí buscar un trabajo con el que sobrevivir aparte del dinero de Marianne.

Encontré trabajo en una pequeña escuela para los hijos de pescadores, junto a la playa. Era un lugar maravilloso. Ver que me había alejado de Ohio era esperanzador a la vez que extraño pero me hacía feliz. No estaba Charles. No estaban mis padres. Ni Marianne. No había nadie que me conociera y no había nadie a quien yo conociera. Era magnífica la sensación de pasar desapercibida. Aun así, quería reencontrarme con alguien… con Jane. Con mi querida amiga a la que yo consideraba como hermana.

La busqué durante los siete meses que estaba allí. Pero no había rastro de ella. Ni en el mar, ni en la ciudad. Ni siquiera en el cielo. Parecía haberse evaporado en el aire. Y yo cada vez estaba más desesperada. Ya hacía ocho meses de mi embarazo y pronto nacería mi hijo o hija. Y antes de que naciera, quería al menos saber qué había sido de Jane. Apreté el amuleto con todas mis fuerzas, esperando a que me guiara o algo así, pero no sucedió nada.

Seguí con la mirada a Elinor y Tom, a lo lejos. Ella le dio las manos. Se habían perdonado. Por eso me había hecho profesora de una escuela. Porque me encantaban los niños y no podía hacer nada por evitarlo. Adoraba a los niños y esa era mi vocación hasta que mi hijo naciera.

De repente, mis ojos se cerraron y sentí un gran dolor en el vientre, como si la criatura fuera a nacer allí, en aquel momento. Vi, antes de desmayarme, el rostro que mi memoria había borrado con el tiempo. Un rostro hermoso y perfecto. El del hombre al que amaba.