Recuerdos de la noche

Segundo capítulo: 1912-1917 Transición


Me encontraba en un ambiente desconocido. No recordaba exactamente dónde estaba, pero era un lugar incómodo, oscuro, que enseguida identifiqué.

Era el templo de Columbus, mi ciudad, de construcción blanca y románica. El gran edificio se encontraba en esos momentos iluminado por la luz del sol, que amanecía por detrás suyo, dando un raro simbolismo al lugar, como de una nueva vida. Y allí estaba yo, frente a la puerta del templo con mi familia y alguna gente que conocía del vecindario. En un primer momento, no entendí qué hacía ni mi familia ni toda la gente que se encontraba allí. Ni siquiera sabía por qué estaba yo. Lo único que sabía, era que sentía un gran dolor en algún rincón de mi alma.

De repente, la gente abrió paso a la sombra de un hombre que avanzaba lentamente en mi dirección. No tenía cara, ni siquiera se distinguían colores en su cuerpo. Era una silueta de la noche, negra como el carbón de la que sólo se distinguía su forma y contorno humana. Pero había algo que sí que se distinguía en esa sombra: una sonrisa alegremente malévola que me hizo estremecer. Además, alrededor de esa forma humana, todo oscurecía.

No era tan sólo alrededor de esa silueta. Estaba oscureciendo cuando apenas hacía unos minutos amanecía un sol brillante que permitía distinguir las personas. Incluso no había estrellas ni luna, tan sólo un cielo oscuro que daba paso a un intenso crepúsculo. Me giré, mirando al gran templo: los últimos rayos de sol, de esperanza, desaparecían tras el edificio para no volver más. Y allí, en medio de la nada, rodeada de sombras, no pude hacer nada más que chillar, chillar de espanto y de angustia, pues no sabía qué ocurría y no me quería hundir en las tinieblas.

Abrí los ojos, hiperventilando. Frente a mí, estaba mi madre, llamándome por mi nombre. Suspiré. Aun a pesar de estar en mi habitación, la pesadilla parecía real. Por la ventana entraban suaves rayos de luz que me calmaron, ahuyentando el espanto que en unos segundos me había dominado.

-Esme, hija, ¡que llegaremos tarde! -es una de las pocas veces que había notado a mi madre preocupada. De hecho, quizá era de las pocas veces que se preocupaba, aunque no entendí por qué y adónde llegábamos tarde.

Intenté recordar qué día era hoy. Ayer mi padre se encontraba en casa, por lo que hoy debería ser lunes. Y me estremecí. Noté que mi cuerpo era pesado, incluso si es que existía el alma, notaba todo pesado. Así que aquel iba ser el horrible día que estaba esperando que jamás llegara. Así que aquel era el fin de todo.

El día de mi boda.

Mi madre me llamaba, a mi lado, pero yo no estaba para prestarle atención. No en ese momento. Hoy me iba a casar. Supuestamente, debería estar contenta y nerviosa, pero yo no estaba ni relajada. Sentía un gran dolor en mi cuerpo y no quería apenas moverme. Tan sólo quería que retrocediera el tiempo, atrás, a ser posible, unos cinco años atrás. Y ya, lo más imposible posible, la noche en que me rompí la pierna y conocí al único hombre que me había fascinado y, si lo que había sentido hasta ese momento se podía llamar así, amaba.

Retrocedí en mi memoria a aquella noche de mis dieciséis años. A aquella odiosa noche en que condené a mi mente al pensamiento de un hombre que se marchó.

Porque se marchó, desde luego que lo hizo. Recordé qué ganas había tenido de recuperarme tan sólo para ir a preguntar por él al hospital general de Columbus y verle de nuevo, aunque sólo fuese por unos momentos y por última vez. Al menos, me habría gustado tener ocasión de despedirme de él, pero desapareció como cuando uno se despierta del mejor sueño que tiene y no puede volver a soñar con él.

-Esme, tengo que comunicarte graves noticias -Jane me informó el mismo día que ya podía caminar y pretendía ir a visitar al doctor. Antes de acabar la explicación tuvo que coger algo de aire, pues había venido corriendo-. El doctor Cullen se marchó ayer del hospital, entregando su carta de dimisión al director del hospital.

Y en ese mismo momento mis esperanzas quedaron reducidas a nada. Y en ese mismo momento había llorado como nunca había llorado. Jane me había consolado, disculpándose una y otra vez por haberse enterado en ese momento a pesar de que no era su culpa. Aun así, no podía hacer nada más. Ni Jane ni yo podíamos hacer nada más, porque incluso ella se había enamorado un poco del doctor, por lo que no pudo evitar tampoco que las lágrimas se desbordasen de sus ojos.

-No es tu culpa, querida Jane. Tenía que pasar. Probablemente, tampoco hubiese ocurrido nada, lo hubiese tenido que olvidar de una forma u otra -intenté decir con un hilo de voz para consolarla, aunque estaba segura de que no había entendido la mitad de lo que yo había dicho.

Y así fue como pasaron los meses y el dolor fue desapareciendo con más intensidad, aunque sólo fuera para Jane. Yo, sin embargo, seguía recordando los rasgos de su rostro como no había recordado ninguna otra cosa en la vida. Incluso esperaba impaciente que anocheciera para abandonarme a los sueños, que aunque a veces también provocaban dolor, me permitían reencontrarme con una persona que parecía haberse evaporado en el aire.

Mientras mi madre me ayudaba a ponerme el vestido de novia que estrenaba sólo para aquel día y para ninguno más, yo seguí recordando el pasado, aquellos cinco años en los que no podía pensar en otra cosa a pesar de intentar olvidarla con todas mis fuerzas y no poder.

De hecho, en esos cinco años, habían ocurrido muchas cosas, desde que se marchó el doctor. En esos cinco años no subí más a ese abeto, en esos cinco años evité hacerme daño alguno aún con la esperanza de reencontrármelo de nuevo si volvía a Columbus alguna vez.

Recordé que todas mis amigas se habían ido casando una tras otra y cómo yo había sido la última que no se había casado, aunque en escasas horas estaría ya casada como todas. Un recuerdo hizo que mi corazón latiera con más fuerza. Mi amiga Jane, apenas cuando yo tenía veinte años, se había marchado, pues su padre le había obligado a comprometerse con un hombre de gran herencia, asegurando así el futuro de su hija.

De eso hacía dos años. Mi mejor amiga, mi único consuelo en aquel lugar, se marchó una buena mañana para no volver más. Mi mente no olvidaba aquella noche que pasamos juntas, prometiéndonos escribirnos siempre, no perder el contacto y mantener una amistad que nada pudiera separar.

-Te echaré de menos, Esme -me había dicho esa noche entre lágrimas-, e incluso al imaginarlo te echo de menos. Gracias por haber sido mi amiga tanto tiempo, desde pequeña. No te olvidaré aunque pasen cincuenta años, porque siempre que recuerde mi pasado, te recordaré a ti a la fuerza.

-Yo tampoco te podré olvidar, Jane. Has sido mi única amiga en estos añosy dudo que pueda olvidar tan fácilmente todo, después de mis veinte años de mi existencia. Dicen que cuando las personas se hacen mayores, olvidan todo, pero yo te prometo recordar siempre -y mis palabras no podían ser más sinceras. La iba a recordar toda mi vida, de eso no había duda. Iba a recordar a la única persona que me había apoyado siempre.

-¡Tengo una idea! -su expresión, iluminada por los débiles rayos de la luna que entraban por la ventana, se iluminó- He encontrado la forma de que no nos olvidemos nunca la una de la otra -esperé su explicación-. Yo te daré mi collar de nacimiento, que siempre llevo, y tú me darás el tuyo. Así no nos olvidaremos nunca, estoy segura.

No pude decir nada. Encendí con una cerilla la primera vela que encontré y no pude evitar un suspiro: era la vela que se había dejado él y que escasas veces la había encendido. Pero aquella ocasión merecía la pena, desde luego, y no apagué la vela por nada del mundo.

Y así, en la penumbra iluminada, mi amiga y yo intercambiamos nuestros collares de nacimiento que nos unirían para siempre y que me calmarían más de una vez en el futuro al palparlo. No pude evitar llorar tampoco, pues parecía que todo se me echaba encima desde mis dieciséis años. Sólo me consolaba el hecho de saber que en el futuro, Jane y yo podríamos estar en contacto y recordarnos, aunque fuera por carta.

-Te prometo que te enviaré una carta en cuanto llegue a mi nuevo hogar. De hecho, estoy segura de que será lo primero que haré -prometió en una risa triste y frustrada.

-Que no se te olvide. Puedes estar segura de que si no me llega una carta tuya, recorreré todo el continente de América para vengarme de ti -le amenazé con una voz pastosa, de tanto llorar y de la sed que tenía en esos momentos.

Pero esa carta jamás llegó. Jamás. A mis veintidós años, y mientras mi madre me peinaba el pelo para mi boda, yo seguía pensando en aquella despedida de hacía dos años y en una carta que Jane nunca envió. No entendí el porqué, por mucho que intenté averiguar.

Porque, en esos dos años que no había visto a Jane, yo había intentado averiguar su paradero. Sí, sabía que se había ido a vivir en algún lugar al norte, en un pueblo llamado Ashland, pero por más que pregunté a la gente que venía de aquellas zonas, nadie recordaba haberse encontrado con Jane o alguien parecido a ella, o incluso a su marido. También había preguntado a sus padres, los vecinos, pero ellos tampoco sabían del paradero de su hija.

Y así, con el paso de esos dos años tan aborrecibles, Jane se transformó en un fantasma en el tiempo que recordaba cada vez que miraba mi cuello.

Pero más cosas habían pasado en esos dos años. Yo, cobarde hasta los pies, había intentado huir de Columbus, a cualquier otro lugar que no me recordara mi pasado, pero no lo había logrado. Había intentado encontrar trabajo en la ciudad de Phoenix, evitando que el lugar donde tuviera que ir fuera cercano y que fuera lo más posiblemente lejano. Incluso había pensado en irme a Europa, o a Australia, pero pensé que eso sería ir demasiado lejos. Además, aún aguardaba una última esperanza de reencontrarme con dos personas. Aunque fuera vaga, la esperanza, aún seguía en mi interior.

Ahí fue donde mi padre se vengó por mi vida, por mi nacimiento y por todo el sufrimiento que mi existencia le había provocado. Sin el permiso de mi padre, no podía ir a Phoenix y ese fue el único hecho que me impedía moverme de Columbus.

-No pienses por un momento que vas a ir a otro lado, y menos tan lejos -me había dicho gritando el día que intenté pedirle permiso para mudarme.

-¿Pero padre, qué inconveniente tiene usted en que yo me vaya? -yo le respondí de manera furiosa como él lo había hecho. Yo le había seguido odiando en todo momento, aunque lo había reprimido, aún intentando no odiarle y verle como a un padre. Pero era imposible.

-¡No me hables así! No vas a ir a ningún lado. Las mujeres tenéis que estar casadas, en casa, no trabajando. De eso se ocupan los hombres -explicó y, desbordando todo el odio que sentía por mí, me abofeteó, haciendo que cayera al suelo. Pero ni eso me hacía daño. Iba a salir de Columbus y estaba completamente segura de que había una manera, aunque con el paso de tiempo, quedaban menos posibilidades.

Mi madre, en esa discusión, no dijo palabra, se mantuvo horrorizada, mirando desde las escaleras para luego preguntarme si me hacía daño y salir corriendo tras mi padre. Chaterine, porque ese era su nombre, no ponía la mayor pega en mi ida a Phoenix, tan sólo dibujaba en su rostro un mero sufrimiento que en apenas segundos desaparecía.

Y ese día, a mis veintidós años, el día de mi boda, mi madre me estaba acompañando escaleras abajo, de camino hacia el santuario. Parecía alegre por mi boda… o quizá tan sólo le entusiasmara conocer a gente nueva. De hecho, eso me traía sin cuidado.

Mentalmente, mi mente regresó a su propio mundo. Había soñado con ese día miles de veces. Pero de forma diferente. Soñaba que me casaba con la persona que me curó la pierna a mis dieciséis años y que desapareció en apenas un mes. La realidad, tan cruel como siempre, era completamente distinta a mis deseos, como siempre había sido y como siempre probablemente sería toda mi existencia.

Realmente, me casaba con Charles Evenson, un hombre que me era indiferente, aunque tampoco le odiaba. Gozaba de muy buena reputación por su riqueza y parecía agradable. Había llegado a Columbus medio año después de que Jane se fuera, en busca de trabajo. Y lo encontró. Y rápidamente, como quien no quiere la cosa, conoció a mi padre, con quien se entabló una amistad por el negocio. Y así fue como yo lo conocí, a raíz de su llegada a la granja de mi familia un día de verano.

No era un hombre de aspecto físico deslumbrante, pero tampoco era alguien de rostro horrendo. Tenía unos cabellos cortos oscuros como el carbón, era bastante más alto que yo y poseía unos ojos verdes intensos. Supuse que por eso me atraía algo, porque esos ojos verdes me recordaban a los de mi amiga desaparecida. Posé mi mano en el collar que en los dos años que llevaba puesto, jamás me había quitado, y recordé los grandes ojos de mi amiga.

Recordé mi primera conversación con él, cuando mi padre me lo presentó y la sorpresa me invadió, porque fue la primera vez que vi brillar los ojos de mi padre de esa manera. Y como yo había sospechado en un principio, mi padre había planeado algo.

-¡Esme, ven! -me había llamado aquel día de verano en que el que sería mi esposo en unas horas había venido por primera vez a la granja. Su voz sonaba levemente esperanzada. Y, extrañada, bajé rápidamente para no hacerle enfurecer. Una vez abajo, me lo presentó con un entusiasmo que no había visto en años:- Este es un socio amigo mío, Charles Evenson.

-Encantada -me limité a decir. Por su parte, el amigo de mi padre de apenas unos veinticinco años de edad, cogió mi mano y la besó como se hacía en aquella época.

-Igualmente -respondió con una voz amable. A pesar de toda su cortesía, yo no me sentí incómoda, pero tampoco se podía decir que me sentía bien. Simplemente, era una persona más.

-Es un gran socio de nuestra granja. Se ha mudado hace apenas unos días aquí -me explicó mi padre, entusiasmado. Yo me limité a asentir, pues seguía sin entender por qué me explicaba todo aquello. Lo único que comprendía, era que mi padre tramaba algo, y desde luego, nada bueno. Añadió, con una sonrisa que le delataba:- Viene de un lugar cercano a Ashland.

-Bienvenido a Columbus -musité sin saber qué decir, e incómoda.

-Muchas gracias, señorita Platt. Esta ciudad es un lugar muy agradable, después de todo. Aunque echaré de menos mi antigua casa -miró al reloj que llevaba en su bolsillo, con expresión horrorizada. Eran las doce de la mañana -. Me perdonará usted, pero yo y su padre nos tenemos que ir.

Asentí para volver a pensar en lo que mi padre había dicho apenas unos segundos antes: “viene de un lugar cercano a Ashland”. Parecía algo imposible, inaudito, pero era real. Quizá, aquel hombre que acababa de conocer, podía haber visto con anterioridad a Jane, e incluso saber algo de ella. Después de seis meses de su desaparición, una vaga impaciencia me recorrió. Tenía una posibilidad, aunque escasa, de volver a verla y saber de su vida.

-¡Espere un momento! ¿Ha dicho mi padre que usted que vivía en Ashland o en un lugar cercano? -conseguí preguntar antes de que salieran por la puerta y él se girara.

-Sí, antes de llegar a Columbus vivía allí. Disculpe, pero me tengo yo que ir -respondió dibujando una sonrisa amable en su rostro, pero enseguida se volvió hacia mi padre.

-Si no es gran molestia, ¿podría venir usted mañana aquí por la tarde? Me gustaría conocerle mejor, si pudiese ser -intenté encontrar una excusa cualquiera, porque era la primera vez que, en medio año, me impacientaba y tenía ganas de hacer algo. Quería saber algo de Jane, aunque sólo fuera del lugar a donde había ido a parar.

-Por supuesto, cuente con que mañana por la tarde me tendrá aquí mismo -prometió antes de abrir la puerta a mi padre.

Pero antes de que salieran, una siniestra y orgullosa sonrisa fue la que esbozó mi padre segundos antes. Una siniestra y orgullosa sonrisa que me hizo estremecer y aterrorizarme. Una siniestra y orgullosa sonrisa que nunca le había visto, y que, sin duda alguna, avisaba de algo. Pero, en ese momento, lo pasé absolutamente por alto, porque, después de todo, iba a saber algo de Ashland, del supuesto paradero de mi mejor amiga.

Y, el día siguiente, tal y como había prometido, Charles Evenson apareció en la puerta de la casa de mi granja, como un pequeño rayo de esperanza en la oscuridad que me rodeaba, densa y negra. No es que fuera él, si no las esperanzas que yo mantenía en saber algo de ese lugar tan lejano donde ella se había ido. Inmediatamente, tras entrar, le saludé y le acompañé al comedor donde le serví té y algunos dulces que mi despreocupada madre había hecho apenas unas horas antes.

-¿Las ha hecho usted? Estos dulces son deliciosos -me elogió, convencido de que era yo quien los había preparado. A mí, en ese momento, no me importaba lo más mínimo los dulces que estaba comiendo, sólo pensaba en Ashland, en Jane y en… alguien que no me apetecía especialmente recordar.

-No, las ha hecho mi madre -respondí con la mayor indiferencia posible, preguntándome cómo sacar el tema de Ashland sin levantar la más mínima sospecha.

-Oh, pues felicítela de mi parte -esbozó una media sonrisa amable y me miró con sus ojos verdes, parecidos a los de Jane, ojos verdes que difícilmente se encontraban y que me recordaban a ella en todo momento. Antes de que yo pudiera decir la más mínima palabra, habló él, recordando nuestra conversación anterior-: ¿Por qué ayer esa repentina curiosidad por Ashland? ¿Tiene usted algún familiar o alguien viviendo allí?

-Sí, algo así -agradecí a mis adentros que fuese él quien hubiese sacado el tema, puesto que yo no habría pronunciado la más mínima palabra-. ¿Conoció usted a una muchacha de mi edad llamada Jane?

Y cuando negó, se me cayó el mundo encima. Cualquiera de la esperanza que aún tenía se destruyó totalmente, quedando en una nada lastimosa. Casi podía decir que no me quedaban motivos para vivir, excepto reencontrarme con aquella persona que seis años atrás me había castigado a no olvidarla jamás.

-Si quiere, puedo decirle al alcalde de Ashland, amigo mío, que localice a su amiga -esas palabras me consolaron en parte. Alcé la cabeza para encontrarme con unos ojos que me miraban con una intensidad verdácea como nadie me había mirado hasta medio año atrás.

-No tiene porque tomarse todas esas molestias, señor Evenson -quizá no debería haber dicho nada, pues tan sólo mi voz delataba el agradecimiento que sentía en el fondo.

-No se preocupe, encontraremos a su amiga.

Con esas palabras de promesa, con el paso de los meses, nos fuimos haciendo amigos, hablando en un principio de Ashland, y luego de conociéndonos más. Suspiré. Hoy era el día de mi boda, mi madre ya me acompañaba abajo, donde me esperaba un carro de caballos que él había alquilado.

Estaba completamente segura, de que, si no hubiese mencionado siquiera a Ashland, no habría reparado para nada mi atención en él. Charles Evenson se convirtió en un amigo, pero en nada más. Era amable y cortés, y buen hombre, pero sólo sentí amistad. Yo ya tenía claro desde un principio a quien amara el resto de la vida, a pesar de sólo haber hablado con aquel hombre durante unos minutos. Por eso, y por más, cuando dos meses antes, en una de sus visitas que de vez en cuando hacía, me desconcertó totalmente la propuesta que me hizo delante de mis padres:

-¿Le importaría a usted, señorita Esme, pasar el resto de sus días junto a este simple hombre que se lo está proponiendo en estos momentos? -había preguntado. En el comedor no se encontraba nadie, ni mi padre ni mi madre.

No supe qué decir, qué contestar. Ni siquiera podía pensar con comodidad. ¿Qué contestaría? No, me había dicho mi mente de inmediato. Pero tampoco tenía motivos para rechazarle. Amaba a otro hombre, aunque jamás se lo había dicho. Pero, ¿acaso tenía esperanza, o oportunidad alguna, yo, de que el hombre al que respondía el nombre Cullen de apellido y en quien tanto pensaba, volviera de nuevo a Columbus? ¿Podía darse esa casualidad? No. Había mantenido una leve esperanza, que jamás se cumpliría. Y quizá…

…podía darse la oportunidad de que me arrepintiera de responderle “no”. Porque, Charles Evenson, había hecho todo lo que había podido por mí. Porque, después de ese casi año y medio desde que lo conocí, yo podía hacer un esfuerzo y podía hasta llegar a enamorarme de él. Porque se lo merecía más que nadie. Pero mis ideas eran totalmente contradictorias.

-¿Puedo responderle mañana, por favor? -le pedí después de estar meditando en silencio durante un rato, minutos o segundos, pues ya no estaba segura ni de cómo pasaba el tiempo.

Asintió, se disculpó y se marchó. En apenas segundos, me avergoncé de no haber dado una respuesta clara, pues le había hecho daño, mucho daño.

No sabía qué podía responderle, al día siguiente, y decidí preguntárselo a mis padres, a ver qué opinaban sobre la posible pero poco probable boda de Charles Evenson y su hija, Esme Platt. Se lo dije aquella misma noche, cuando apenas estaban acabando de cenar, el momento perfecto antes de que la oscuridad dominara la casa, apagando cualquier posibilidad de consulta.

-¿Padre, madre? -empecé mi pequeño discurso, ya, con una voz débil y tartamudeando en alguna palabra. Ellos me miraron- El señor Evenson, me ha pedido que me casase con él esta tarde. Le he respondido que le daría una respuesta mañana, pero me gustaría saber su opinión, para decidir mejor si aceptar o no.

-¡Esme, niña, eso es fantástico! -exclamó mi madre repentinamente emocionada, como cada vez que ocurría algo fuera de lo normal-

-Hija, tienes que aceptarlo. El señor Evenson es heredero de una gran fortuna además de una persona decente y correcta -explicó mi padre con voz autoritaria y una maligna alegría en los ojos que me miraban con orgullo, como nunca me había mirado. Pensé que, si me iba vivir a otro lugar, no me odiara tanto después de todo.

-Sé que el señor Evenson es una buena persona, desde luego que lo es, pero padre… no estoy segura de querer casarme con él -esta última frase fue apenas un hilo de voz. Temía que mi padre me volviese a mirar con odio después de confesarle la gran duda que me asaltaba en esos momentos.

-¿Y qué piensas hacer en ese caso? ¿Estarte toda la vida aquí, una solterona? Lo mejor que puedes hacer, con dudas o sin ellas, es aceptar ese compromiso, que además beneficiará a la familia y así serás una mujer como se debe ser -criticó mi padre. De hecho, ya había temido que lo hiciera sólo por la situación de la familia y porque, de paso, se desharía de mí y no tendría que soportar vivir debajo el mismo techo que yo.

Miré nuevamente al rostro de mi madre, despreocupada y totalmente alegre, pendiente de lo que pronunciaran mis labios en ese momento. Todo apuntaba a que debía aceptar ese compromiso y todos estaban de acuerdo en ello. Y por mi parte, no me alegraba la idea de casarme con él, pero desde que le había conocido, había hecho que mi tiempo pasase más rápidamente y menos aburrido. Y toqué, inconscientemente, el collar que Jane me había dado. ¿Qué hubiese respondido ella, en caso de poder opinar? Sin duda alguna, habría dicho que hiciese lo que creyera mejor, lo que me hacía feliz. Hasta llegué a imaginármela frente a mí, asintiendo y sonriéndome por todo lo que conseguiría con ello.

-En tal caso, no tengo otro remedio que aceptar… -fue audible, un intento de grito decisivo, que acabó en un susurro arrepentido.

Y dos meses después, en el día que era el de mi boda, me iba a casar con un hombre al que no me amaba por muchos esfuerzos que pusiera. Ya estaba yo camino de la iglesia, mirando por la ventana del carro de caballos que me conducía al peor destino que podía haber escogido nunca. Por la ventanilla, vi la entrada de la ciudad, cada vez avanzando más y cada vez arrepintiéndome más…

Aun así, yo ya me había arrepentido desde el primer momento en que se lo comuniqué a mis padres. Me casaba más por presión que por otro motivo. Yo ya sabía, o lo había sabido desde el día de mi caída del abeto, que jamás conseguiría pensar en otra persona, que no amaría a otra persona por mucho que lo intentase, que no me atraería otra persona. Yo ya sabía que jamás iba a conseguir amar al hombre con el que me iba a casar.

La cara del doctor Cullen apareció ante mí, débilmente iluminada por la luz de una vela que aun conservaba pero que se acababa, con una sonrisa triste esbozada en su perfecto rostro y con sus pálidas, grandes manos blancas, sosteniendo la manzana intensamente roja que me había castigado a no amar a otra persona y a no poder ser feliz más.

Aunque no me arrepentía de amarle, porque era algo que no había decidido yo, si no el destino si es que realmente existía. O incluso había decidido mi corazón por mí. Incluso también mi cerebro, pues estaba recordando el sabor de aquella manzana, roja hasta el rabillo, que había resultado ser el mejor fruto que podía haber comido en mi vida, en mi existencia. Volví a bajar a la realidad cuando el carro de caballos tropezó con un bache de la calle que hizo que saltara un poco de mi asiento.

No. No había sido un bache. El cochero me abrió la puerta, tendiéndome la mano para que bajara, y ante mí, estaba el santuario de Columbus, y, como en el sueño, el sol amanecía tras él, proyectando una débil sombra del edificio en otra dirección. Bajé, ayudada por el cochero. El tiempo se me hacía totalmente eterno. Parecía que ser la tortura perfecta para mí, después de todo lo ocurrido. Me dirigí hacia el edificio, mientras en el interior, los invitados me piropeaban con vítores. A lo lejos, me esperaba una silueta.

No era una pesadilla, pues lastimosamente esto era la realidad. La realidad que tan bien yo conocía, cruel y despiadada. Había soñado mil veces con esa entrada al santuario, con esos invitados que no reconocía, con la música nupcial de Mendelsohn inspirada en la novela de Shakespeare “Sueño de una noche de verano” y… con esa persona a la que tanto ansiaba ver esperándome, cuyo nombre desconocía y apellido conocía.

Pero no era el señor Cullen. Era Charles Evenson. Y yo, en unos segundos, iba a llamarme Esme Evenson en vez de Esme Plat. Y en unos segundos, se harían añicos mis sueños, y ya perdería la oportunidad de llamarme Esme Cullen, como tanto había ansiado y soñado.

Y todo pasó deprisa, y a la vez lento y doloroso: el sacerdote, las alianzas, el sí quiero, el ramo de flores, los invitados felicitando, la comida de la boda, el baile que se había organizado… Todo resultó doloroso a pesar de la alegría que intentaba aparentar y de las atenciones de mi esposo, e incluso de mi padre, alegre como nunca, me miraba con desdén y aprobación a la vez.

Cuando todo eso acabó, cuando la pesadilla parecía acabar, cuando los invitados se fueron marchando, vi una flor tirada en el tierra, marchita, que me recordaba a mí. Me agaché aunque me ensuciara el vestido. Era un tulipán marchito y algo destrozado, con tonalidades rojas y blancas. Lo dejé en el altar, en un lugar donde quizá se encontrara mejor. Antes de dejarlo, un pétalo rojo oscuro cayó, como una gota de sangre.

Y salí, arrepentida y afligida. Un cielo oscuro, sin estrellas, sin luna, me esperaba. Me aguardaba una noche de luna nueva tan oscura como mi propia vida. Y también un hombre al que no amaría jamás.

-¿Vamos? -me preguntó, tendiéndome la mano y conduciéndome con dureza hacia un carro de caballos.

Charles sonreía, amablemente, pero vi mejor su expresión cuando el cochero nos abrió la puerta para entrar. Una sonrisa, o una mueca mejor dicho, estaba dibujada, amablemente terrorífica. Sus ojos, intensamente verdes, me miraron, vengativos y con desdén. Y en ese instante, en un carro de caballos que me conducía a la infelicidad, entendí que había cometido el error más grande de mi vida.