Regalos y abrazos
Regalos y abrazos
Comenzó a dolerme la espalda. Ya había pasado demasiado tiempo en la misma pocisión. Seguramente, mis acopañantes se hallaban de igual forma. Llevábamos tres horas esperando…, y ni rastro del doctor Cullen.
-No lo comprendo, dijo que vendría- reclamaba Richard, paseándose de un lado a otro. Al igual que yo y Martha aún llevaba el luto puesto, y con lo delgado que era no parecía más que una sombra deslizándose de un lado a otro. Estaba impaciente, y probablemente también molesto puesto que había postergado sus actividades de esa mañana para poder despedirme a mí.
-¿Intentó llamarle?- surigió Martha.
-¡Por supuesto!- Richard definitivamente se molestó más con la pregunta- fue lo primero que hice…, no contesta.
Volvió a marcar el número, esta vez desde su móvil. Esperó…, y colgó.
Ninguno de los tres se atrevía a decirlo, pero todos sabíamos perfectamente lo que ocurría. Él se había arrepentido. Simplemente no lo soportó. No pudo asimilar que tenía que hacerse cargo de mí de un día para otro y se desentendió del asunto. Confieso que cuando lo pensé me sentí cómo rechazada.
Seguramente el doctor no querría arruinar su bien constituida familia introduciendo a una bastarda en ella y , de cierta forma, lo comprendí. Hasta ahora no me había preocupado pero llo más probable era que fuera casado, en ese caso…,¿qué pensaría de mí su esposa? ¿me aceptaría, me trataría bien o sería como una de esas madrastras de los cuentos? Incluso me ví a mi misma como una versión moderna de la cenicienta, obligada a hacer los quehaceres domésticos…
“La Lizzycienta”…
Además, tenía un hermano, eso si es que no había más. ¿Cómo me recibiría él? ¿me odiaría también?…Y todo eso sin hablar de los prejuicios racistas. Era bien sabido que una parte importante de la población de los Estados Unidos profesaba un profundo rechazo hacia mi país y sus habitantes, y me pregunté si los Cullen formaban parte de ella. Al parecer, mi padre no tenía problemas con eso…
La lista de complicaciones se acrecentaba a medida que transcurría el tiempo, e intenté apartar la vista del reloj. No sirvió de mucho; podía contar los segundos en mi mente.
-No con-tes-ta- exclamó Richard iracundo mientras volvía a colgar, con brusquedad.
-Prepararé limonada- Martha salió de su asiento como un trompo hasta la cocina. La odié por dejarme sola con Richard y a merced de su enojo, pero al mismo tiempo agradecí que preparara algo para calmar mi sed. Había amanecido insoportablemente caluroso hoy, y sol matutino penetraba en la estancia por los enormes ventanales. A ratos, Richard se sentaba en el sillón e intentaba relajarse. No lo conseguía; su pie tiritaba de arriba abajo en señal de impaciencia e involuntariamente marcaba el número una y otra vez.
-¿Y si se arrepintió?- pregunté, tanteándo el terreno.
-Imposible- soltó él exasperado- uno no se arrepiente de este tipo de cosas de un día para otro…
-Ése serás tú, la gente suele cambiar de parecer…
Estaba tratando de ver qué haría en caso de que, efectivamente el doctor se hubiera arrepentido. Casi podía estar segura de que no tendría más remedio que dejar que me quedara con él.
-Me dio su palabra, Lizzy – se defendio él. Estaba siendo severo.
-A lo mejor no es un hombre de palabra- insinué una vez más y el explotó.
-¡Basta!- exclamó- te irás hoy aunque tenga que ir yo mismo a dejarte en la puerta de su casa…
Eso mató mis esperanzas por completo. Sabía que el día anterior había tomado mi decisión, pero mi ansiedad me atacaba infundándome nuevos temores a cada momento. Estaba tan nerviosa que tenía una sensación ácida en la boca del estómago.
En ese momento, Martha apreció con un bandeja, cargándo tres vasoss de limonada. Se tambaleó al oír la voz de Richard.
-¡Doctor!- había exclamado éste, mientras se ponía de pie de un salto- al fin, he intentado ubicarle toda la mañana…
Martha y yo aguardámos, expectantes.
-Ya veo…- decía Richard. Su entusiasmo se había apagado.- supongo que hay ciertas diferencias…, creo que no habrá problemas…, muy bien, que tenga un buen día.
Luego colgó. Al girarse, se encontró con dos pares de ojos curiosos.
-Tuvo un inconveniente- dijo al fin- ¡médicos!…, nunca saben cuando puede surgir una emergencia. De todos modos, debió avisar…
-¿Vendrá mañana?- me apresuré a preguntar
-Vendrá esta noche- respondió él como si fuera lo más lógico de mundo. Tragué saliva, con dificultad. Martha notó mi empacho y corrió a ofrecerme un vaso de limonada. Estaba fría, refrescante y agridulce, como siempre y como nunca volvería a probar una.
Forks, Península Olímpica, Washington. Después de mucho insistir, logré sacarle a Richard mi lugar de destino. No me emocionó en lo más mínimo. Debo confesar que tenía expectativas de algo mejor, algo más grande, algo…más. Los ángeles, San Diego, Detroit, Boston e incluso Oklahoma…, pero nunca Forks. Digo, ¡ni siquiera sabía que existía hace algunas horas! Y ahora me encontraba navegando en la web, para encontrar algún indicio del lugar señalado por Richard. Iba a ser muy difícil iniciar una nueva vida allí.
El sitio oficial dejaba mucho que desear. En realidad, se dedicaba a hablar más de la península que de Forks en sí. Supe que había un museo y una reserva cercana al pueblo. Habían pocas imágenes disponibles, pero fueron suficientes para darme cuenta de que no vería el sol en mucho tiempo. Lo único que llamó mi atención fue la existencia de un bosque tropical, a unos cuantos kilómetros del pueblo. Jugueteé con los dedos sobre el teclado, con el seño fruncido, mientras observaba la única foto disponible del bosque. Martha entró en la habitación y cerré la computadora.
-Qué rápida- exclamó ella- es imposible engañar a tus reflejos, ¿no?
Sonreí triunfante. Tenía razón, había que admitir que al menos poseía esa cualidad. Se sentó junto a mí en la cama.
-¿Qué veías?-inquirió
-Ah, este…, sólo intentaba encontrar el pueblo fantasma al que me enviarán- dije con voz monótona y Martha esbozó media sonrisa de compasión.
-¿Y?
“Es peor de lo que pensé”…
-No es tan malo como imaginé- respondí, cambiando de opinión. No tenía porque arratrarla a ella a sufrir conmigo.
-Eso es…,bueno- tampoco ella sonaba muy convencida.
-Sí, lo es…
Hizo una mueca con los labios. Tenía una ínfima bolita sobre el ojo izquierdo, que se agitaba de arriba a abajo como un mosquito cuando estaba nerviosa. Como ahora.
-Te voy extrañar- soltó al fin
Suspiré y luego intenté sonreír. No es que no quisiera hacerlo, pero la situación que estaba viviendo me lo impedía. No sé si habré sido convincente.
-Te voy a extrañar- repetí y era la más pura y santa verdad. Martha alargó los brazos hacia mí y yo correspondí a su abrazo,
-¿Sabes que estas haciendo lo correcto, no?
-¿Lo hago?
-¿Claro! No lo dudes…,
-¿Te veré después?- pregunté al cabo de unos segundos
-Por supuesto que me verás, no te librarás tan fácil de mí- usó su tono dramático.
-Oh- puse los ojos en blanco
-Hablo en serio- sabía que no lo hacía. Sólo jugaba, siempre lo hacía y era uno de los motivos por los que la abuela le había contratado hacían más de quince años. En ese entonces, Martha tenía apenas diecinueve años.
-Yo también- intenté imitar su voz.. Fue un desastre, pero ella lo entendió en seguida y se echó a reír. Me sumé a ella. De repente, dejó de hacerlo y se puso seria.
-Compré algo para ti- dijo
-Oh, no…-protesté. Odiaba que la gente se molestara en hacerme presentes y menos si gastaba su dinero. Yo no lo merecía. Nunca. A pesar de todo, Martha salió de la habitación y al poco rato volvió con un paquete del porte de una caja de zapatos. Estaba envuelto en papel de regalo- un motivo infantil- y tenía un lazo rojo en una esquina. Lo puso delante de mí…
-Ábrelo- me insitó, los ojos le brillaban. Las veces en que Martha me regalaba algo era generalmente para pascuas o mi cumpleaños y siempre era algo muy lindo, femenino y chabacano., pero siempre lo acepté de buena gana. A caballo regalado no se miran los dientes… Apostaría a que quien inventó aquel dicho tenía un establo lleno de purasangres, todos dueños de una impecable dentadura.
Sin más remedio comencé a abrir el paquete, lentamente. Recuerdo que la abuela decía que hasta para eso tenía arte. Una vez más, el papel resultó intacto, sin romperse ni siquiera en las zonas donde había cinta adhesiva. Había quedado al descubierto una caja marrón; la abrí sin más preámbulos. En el interior hallé una pila de paquetes transparentes, cada uno contenía papeles con distintos motivos y colores. Al lado, venía un pequeño estuche de plástico con cinco lápices y un timbre en su interior. Por úlltimo un lapicero color rosa yacía acostado en un extremo. No supe qué decir…
-Sabes que no se me da bien eso de las computadoras- comenzó Martha, dubitativa- así que…,quise asegurarme de que me escribirías.
Reí.
-¡Pero si aquí hay como para quinientas cartas!
-¿Enserio? ¡que estafa! El dependiente me dijo que eran por lo menos setecientas…
-Tardaré tres años en usarlas todas. Eso si te escribo a diario…
-No te exijo tanto. Después, cuando te hallas acostumbrado ni te acrodarás de escribirme…
-No. Te escribiré por lo menos una vez cada semana. Lo prometo- dije con aire solemne
-Ya veremos…- se rió.
Una vez que se hubo marchado, me las ingenié para guardar el regalo de Martha en una de las cajas de la sala y el papelito que me dio con su dirección en el bolsillo de mi abrigo. Sí, había decidido que llevaría el abrigo a mano, por si acaso.
Como resultado- y ventaja- de estudiar en casa, no tenía ningún amigo de mi edad en Vancouver, ni en ningún otro lugar, asi que no tenía que preocuparme por depsedirme. Pero estaba Richard…,
No sabía muy bien qué decirle, si agradecerle o si suplicarle para que no me obligara a irme. Fue por ese motivo que el reloj marcaba las siete cuarenta y cinco y yo todavía no tenía claro cómo me despediría. Otra vez, estábamos los tres en la sala, aguardándo. Maldije una y mil veces- me arrpentí luego- cuando sonó el timbre. Me estremecí y Martha me abrazó con aire protector. Permaneció así incluso cuando el doctor Cullen entró en la habitación. Me chocó tanto verle otra vez que mis ojos se fueron directamente al piso, de donde no pudieron levantarse varias horas después.
-Buenas noches, doctor- saludó Richard. Era su voz de negocios, su voz formal.
-Buenas noches- respondió él con voz suave, inescrutable. Yo continué con la vista clavada en el piso mientras sentía cómo el corazón se me aceleraba a medida que sus pasos se acercaban. Llegaba a doler.- Buenas noches, Elizabeth
Cielos, Elizabeth. Algo me dijo que escucharía ese nombre con frecuencia. Hice un movimiento con la cabeza, y esperé a que lo tomara como un saludo.
-Llamaré al conserje para bajar las cajas- dijo Richard de improviso, rompiendo el hielo y luego cogió el auricular que conectaba con la red interna del condominio. Martha no sabía cómo le agradecía que no me soltara en aquel momento. Creo que sí lo supo, ya que la abracé con igual fuerza. Estaba casi segura que los ojos de mi padre estaban clavados en mí y deseé saber en qué estaría pensando. También, confieso que en ese momento sentí curiosidad. Una extraña tentación por mirarle a los ojos, a esos hermosos ojos, para saber qué efecto tendrían en mí esta vez. Por suerte, no tuve tiempo, pues el conserje había acudido más que presuroso al llamado.
-¿Señor?- escuché que decía.
-Necesito ayuda con esto- respondía Richard. Vi los pies del empleado pasar junto a mí y le observé agacharse para recoger una de las cajas, mientras Richard hacía lo propio con otra. Apreté más fuerte a Martha, para indicarle que no ofreciera su ayuda, que no me dejara sola. Y ella lo entendió perfectamente. ¡Siempre entendía!…,¡Dios, cómo me costaba dejarla!¡cómo me costaba dejar todo aquello!…
Sentí un cosquilleo en la nariz, ¡ay,no! Seguramente ahora me pondría a llorar. Intenté reprimir mi congoja, debía parecer digna frente a los que dejaba…,y frente a los que me recibían. Al menos haría un esfuerzo. Un gran y desgarrador esfuerzo.
-Ya está- la voz de Richard me sacó de mis cavilaciones- el doctor espera abajo..
Me atreví a subir la vista. El rostro cansado de mi…- no sabía cómo definirle- Richard, estaba colorado y poblado de gotitas de sudor por el esfuerzo físico. No es que se encontrara en lo que llamaban un buen estado físico que digamos. Se acomodó la camisa- la tenía arremangada hasta los codos- y volvió a colocarse la chaqueta. Sin tener prácticamente ningún control sobre mis pies, o sobre mí misma en sí, me puse de pie y caminé hacia la salida.
Seguía a Richard por el pasillo, como cordero al matadero y lo único que me consolaba era que Martha no me soltaba ni un solo segundo. Como nunca, el ascensor llegó de inmediato. Al verme reflejada en los espejos del interior no me gusto lo que vi. Estaba pálida, como demacrada, triste, y el luto no ayudaba en nada a mejorar mi aspecto. Supuse que así sería como me vería la familia de mi padre y hubiera deseado haberme preocupado un poco más. No sé, tal vez haber hecho una excepción y cepillarme el cabello…
De todos modos era tarde para cualquier cosa. El ascensor se detuvo; habíamos llegado a subterráneo. Richard dobló a la derecha y le seguimos. Me pregunté en qué momento se despediría de mí. Según como yo lo veía, no le vería en bastante tiempo, tal vez años y una separación de esa magnitud merecía algo más que un simple adiós. Apenas doblamos el auto de mi padre apareció en mi campo de visión.
Mejor dicho, ocupó mi campo de visión. No sé cómo, pero apenas vi el auto supe que era el auto. Lo hubiera sabido aunque el no se encontrara apoyado en el capo, porque simplemente aquel mercedes del color de la noche tenía escrito su nombre en todos lados. Costoso, atractivo, sobrio, elegante…, no se podía esperar menos del coche del doctor Cullen y mis ojos volvieron a volcarse hacia el piso para no encontrarse con los suyos.
No podía verle, pero sentí el instantáneo ruido de la puerta del coche abriéndose…, y decidí que había llegado la hora. Me safé con sutileza de Martha y me giré arrojándome a los brazos de Richard. El correspondió a mi abrazo y pude volver a respirar tranquila. Un poco…
-Ya, ya…- sonó como si quisiera calmarme y por un momento pensé que a lo mejor me habría puesto a lagrimear de nuevo. Una rápida pasada de mis manos por los ojos me indicó que no era así.
-No quiero dejarte- en realidad lo que no quería era irme, pero creí que sonaría feo decirlo, sobre todo con mi padre presente.
-No te entiendo, Lizzy- Richard me hizo notar que tenía la cara sepultada en su camisa y que lo que había dicho no se había oído como más que un farfullo. Intenté repetirlo, mas esta vez las palabras no pudieron salir. Continué mirando hacia el piso mientras él acariciaba mi cabeza.
-Vas a estar bien- dijo y acto seguido se apartó de mí con delicadeza, mas también con determinación.
-No olvides usar mi regalo- me recordó Martha envolviéndome en un nuevoo abrazo y besándome en la frente.
Asentí con la cabeza. Luego, me guió hasta el asiento del copiloto y no se apartó de mí hasta asegurarse de que estuviera acomodada. Entonces el doctor Cullen cerró la puerta por fuera y la imagen de mi familia se oscureció. El auto tenía los vidrios polarizados. La acción del filtro, el luto y las expresiones de Richard y Martha hacían más triste aún la escena.
Oí cuando mi padre tomo lugar junto a mí y encendía el motor. Era de coche costoso, pues apenas emitía ruido e incluso resultaba agradable., al igual que el aroma que impregnaba el interior. Llevándome aquella última imagen de los que quedaba de mi familia, cerré los ojos y respiré hondo al tiempo que el coche se ponía en marcha, alejándome de todo cuanto conocía.
Oak Street…, Highway 99…I-5 Norte. Era oficial. Estaba en territorio estadounidense. Ya había oscurecido del todo, faltaba un poco más de la mitad del camino y …, él no se había dignado a dirigirme la palabra. Eso me hizo reconsiderar mi decisión de ser amable, y decidí que no lo sería si él no lo era. Estaba esperando a que hiciera algo, que dijera algo sólo para poder demostrarle mi antipatía. Lo hizo.
-¿Entonces…, tienes dieciséis, diecisiete?- preguntó de improviso, con aire distraído
-Veinte- respondí de mala gana, como si no me interesara tomarle el pelo. Era evidente que lo hacía para molestarle. Mejor.
-Tendrás que acostumbrarte a ciertas cosas, y una de ellas es que practico y creo en el respeto mutuo…-de pronto su voz sonaba severa. No por eso dejaba de ser persuasiva…, o agradable.
-Seguro- musité
-Tampoco esperes una bienvenida…-titubeó en ese punto. Algo me indicó que se arrepentía de haberlo dicho. Pero era verdad, era en lo que yo había estado pensando durante todo el día…, No sería bien recibida en su casa y la imagen de la Lizzycienta acudió presurosa a mi mente.
-Descuide- respondí. Creí que continuar tratándolo de usted establecía una barrera entre nosotros. Una especie de muros en la ue iría colocando más alambradas en cuanto me fuera posible. ¿Por qué rayos no podía verle como un padre y ya?
Cerré los ojos, el día había sido agotador. Imaginé las luces de la autopistas pasándo frente a mi ventana, una detrás de la otra, y luego evoqué la imagen de la abuela. La expresión serena de su rostro me indicaba que todo iba a estar bien y me permití sumirme en la inconsciencia.
Noviembre 9th, 2008 at 15:31
esta bien.. vas a seguir?