Punto final, punto de inicio

Todo fue muy distinto a como lo hubiera imaginado. Pero para mi fortuna, sucedió muy rápido. Ahora, una cálida brisa de verano me acariciaba el rostro. Estaba en lugar en verdad hermoso. El vivo verde del césped se extendía más allá de lo que mis ojos podían ver, y estaba salpicado por manchas rosas y de un verde más oscuro. En realidad, eran cerezos y pinos, todos dispuestos de manera irregular. El cielo estaba completamente despejado, ni una sola nube. A lo lejos, se escuchaba apenas un murmullo de voces y cantos. Yo había escapado de todo eso, no tenía ánimos para ceremonias…, ni para ninguna otra cosa. Me sentía enormemente sola y deseé más que nunca que mis espíritus estuvieran allí para acompañarme. Después de todo, ¿ qué lugar era más apropiado para eso?…

Apoyé la espalda contra el cerezo que me albergaba con su sombra. Tenía que pensar qué iba a hacer ahora, qué postura tomar. Hacían algunos meses desde la visita Cullen, a quien no me resultaba natural aceptar como un padre…, ni siquiera sabía cómo tenía que verle. ¿Qué se supone que debería sentir? ¿Cariño, aprecio u odio?. No le había visto más, y después de esa noche en la que Richard me explicó la situación, no se volvió a hablar más del tema en casa. Él lo había dicho, eran sólo precauciones. A la abuela le quedaba mucho tiempo por delante…, meses, para ser exactos. Tiempo en el que llegué a conocerla más que en diez años de conciencia.

Por algún motivo, después dela conversación con Richard, había comprendido que cada segundo que ella respiraba y estaba conmigo era una bendición. Y la aproveché como tal. Lo primero que hice, fue trasladar mi pequeño taller improvisado hasta su cuarto, así podría verme trabajar mientras yo le hablaba de algo interesante. Alcanzé a terminar dos espejos, y un joyero, todo para ella. A veces, me sentaba a su lado y le leía alguna de mis novelas favoritas, ella gustaba de las románticas. Nunca había tomado un libro en su vida- por lo menos por diversión- y el mundo de crear belleza con las palabras no tardó en conquistarla.

-Lástima que no haya tiempo suficiente para leerlas todas- decía y se entendía claramente a qué se refería.

También, le gustaba que dejara las puertas abiertas cuando me sentaba al piano, para escuchar y a veces, le daba por contarme sobre su vida, las cosas que hacía el abuelo y mi madre…

Nunca mencionó al doctor Cullen, pero algo- algo completamente indescriptible- me decía que sus pensamientos corrían hacia él cada vez que mencionaba a mamá…

La verdad, es que yo tampoco quise hablar del tema. Era evidente que no era agradable para ella, para Richard, ni para mí…, ni siqiuera para Martha.

Esa noche, depués de que me hube calmado, Richard me explció que cuando-aquello-sucediera, Martha se iría con la familia Gould, pues la abuela había arreglado todo. Mi primera reacción fue de lástima, puesto que los niños de los Gould no se caracterizaban por ser sumisos y dóciles. ¡Pobre Martha! Ahora tendría que lidiar con ellos a diario, de seguro me iba a extrañar…, y yo a ella.

Comencé a juguetear con mis manos…, las sentía frías. Me quité los mitones negros y las contemplé; tenía los extremos de los dedos morados. Aún no había tomado una decisión., y por mi mente, comenzaron a correr los recuerdos de los últimos dias.

-No quiere comer, sólo quiere ver al señor- dijo Martha negándo con la cabeza, mientras salía del cuarto de la abuela con la bandeja cargada de comida.

-Yo lo llamo- ofrecíy me metí en el cuarto, para luego salir hacia la terraza por la ventana. Una vez allí, saqué el móvil y marqué el número.

-¿Diga?

-Richard, necesito que vengas. No sé de qué va esto, pero ella quiere verte

-Estoy un poco ocupado aquí, Lizzy…

-No quiere comer…

Se produjo una pausa del otro lado.

-Me dejaré caer en cuanto pueda, ¿esta bien?- no me había gustado ese tono. Era como si fuera yo la terca que hacia huelga de hambre para hacerle venir, y no la abuela.

-Bien- colgué. No fui grosera, lo aseguro…

Una pelota roja llegó rodando hasta donde yo me encontraba. Al subir la vista, descubrí que un niña venía a cogerla. Era de tez clara, de no más de nueve años- y los rizos rubios se le escapaban de la boina que traía puesta. Seguramente, en su adolescencia sería bella y yo no pude evitar pensar en que ella parecia mucho más hija del doctor Cullen que yo; desgraciada, casi en todos los sentidos de la palabra. Recogió la pelota y luego retrocedió, temerosa. ¡Ja!…como si yo con lo cobarde que era fuera a hacerle algo. De todas formas, la ignoré, concentrándome en el horizonte…

¡Dios, que manera de tardar! Habían pasado tres horas desde queRichard se encerrara con la abuela en el cuarto. Sus reuniones siempre lograban ponerme ansiosa, y ni siquiera un fármaco conseguía calmarme, menos en aquella ocasión. El motivo: desde la noche anterior venía escuchando aquel sonido metálico, el del mal presagio. Cuando porfin salió Richard, detecté inmediatamente la oleada de preocupaciónque invandía su rostro. Eran las nueve y media de la noche.

-Dile a Martha que prepare el cuarto de invitados- me dijo pasándo junto a mí, sin siquiera mirarme.

-¿Te vas a quedar? Pregunté, siguiéndole

-Sí- contestó con aire distraído y entró en el baño. Fui inmediatamente a comunicarle la noticia a Martha y luego me pasé por el cuarto de la abuela para darle las buenas noches, como siempre. No ví nada extraño.

La niña rubia jugaba con el balón unos metros más allá. Desde la distancia en la que se encontraba no podía oír nada, pero creo que adiviné lo que sucedía.

-Basta ya, Julia- le decía la mujer que acababa de acercárcele, tironeándola del brazo. Tenía que curvarse entera para hacerlo- este no es lugar para juegos.

Supuse que era su madre, pues logró llevársela hasta donde caminaba el resto de la familia. Me sentí mal por la niña, perol a señora tenía razón. El Mountain View Cemetery no era un lugar para una tarde de juegos de pelota.

“Podía sentir una corriente fría tras de mí, estática., expectante, esperándo mi próximo movimiento. Sentía miedo, pero quería congelarme en ella, por mucho que supiera que ella iba a apoderarse de mí…”

Desperté a las cinco de la madrugada, había tenido pesadillas otra vez. Lo supe porque vi la hora en mi reloj de velador. Afuera, en el pasillo, se oían pasos. Iban de aquí para allá, de acá para allá. Reconocí algunos de ellos como los piececillos de Martha envueltos en sus zapatillas de felpa. Sin dudarlo dos veces, salté de la cama y me precipité hacia el pasillo. Evidentemente, era Martha la que se encontraba allí.

-¿Qué sucede?- pregunté horrorizada, cuando vi su rostro inundado en lágrimas. En ese momento, Richard salia de la habitación de la abuela junto al doctor Stevens, su médico particular.

-¿Por qué la dejaste salir?- exclamó Richard exasperado. El tono de su voz era una mezcla de pesar, nerviosismo y contención. Me agarró de brazo y me metió de vuelta en la habitación.

-¡Quiero saber qué esta sucediendo!- protesté y in darme cuenta, el temblor había recorride mi nariz y me encontraba llorando también. Sabía perfectamente lo que sucedía, era obvio…, no habían muchas opciones.

-No ahora- su decisiónón era severa, pues cerró mi cuarto. No sé si le corrió pestillo, porque me arrojé inmediatamente sobre la cama, enterrándo la cabeza en mi almohada. Mi mente comenzaba a trabajar nuevamente, relacionando…

El hecho de que la abuela no quisiera comer, que no quisiera verme en la tarde, la insistencia porque Richard viniera, la actitud de este, que se quedara a dormirsin motivo aparente…

Me odié por ser estúpida, por no darme cuenta antes. Quise castigarme, pero ¿para qué?, nada le devolvería la vida a la abuela.

-Eso fue de muy mala educación- la voz de Richard llegó flotando hasta mí. Probablemente, la ceremonia ya había terminado. No le miré, pero sentí cómo se sentaba a mi lado. Debe de haberse visto muy gracioso.- ¿acaso quieres que crean que es así cómo te ha criado Lilian?

Obviamente, se refería a que me había retirado durante el funeral, en medio del réquiem y aunque era una reprimienda, no sonaba como tal. Estaba acongojado, y sabía que yo lo estaba también.

-No conozco a esas personas- objeté.

-No importa, era el funeral de tu abuela, ¿ni siquiera eso cuenta? ¿compartir sus últimos momentos no era importante para ti?

-Está muerta…, unestúpido funeral no cambia nada- repliqué con rudeza. Me aparté unos centímetros de él. Ahora creo que fue una actitud bastante infantil.

-Lizzy…-comenzó él- no te vayas en contra del mundo. Esto tenía que pasar, lo estábamos esperando y sabíamos que no tardaría en suceder. Pero tienes que superarlo, así es cómo funciona…,

-Pues funciona mal- no iba a dar mi brazo a torcer. No iba simplemente a “aceptar” que todo estaba bien cuando no lo estaba. Él guardo silencio, seguramente, esperando a que yo dijera algo…, otro motivo para no hacerlo.

-No voy a ir- murmuré, mientras Martha abotonaba el vestido negro que me acaba de poner. Creo que me ignoró.

-El señor quiere que vaya- dijo de pronto con voz monótona.

-Quiero quedarme- insití, mas dejaba que siguiera arreglándome. Ella se engió de hombros de una manera apenas perceptible. Por muy cercana que fuera, seguía siendo la empleada y tenía que obedecer. Luego salió de la habitación sin articular palabra y yo me quedé inmóvil en medio del cuarto, lista para el velorio. Intenté imaginarme el velatorio, los candelabros, el sacerdote y toda esa gente…sí, sin duda habría mucha gente. Durante su vida activa, la abuela había sido una persona muy sociable y activa, así que conocía a mucha gente. Prácticamente, toda la ciudadsabía quién era Lilian Niles, mas nadie se digno a presentarse cuando ella paso por sus peores momentos. Ni una llamada, ni una visita…, claramente todo quién se había hecho llamar su amigo había desaparecido mágicamente. Sólo había quedado Richard.

El sólo hecho de imaginarme todos esos falsos rostros apesumbrados en medio de la tenue luz de las velas me produjo un rechazo. Incluso me compadecí de la pobre buela, que no podría hacer nada para escapar. Para mi fortuna, Richard no puso problemas, siempre y cuando asistiera alfuneral, y yo acepté de mala gana…

Seguramente ahora pensaría que había roto mi parte del trato, porque, a fin de cuentas, no había estado en el funeral. Yo tenía la vista fija en el césped, asi que no estaba segura de si seguía ahí, hasta que volvió a hablar.

-Supongo que sabes lo que esto significa- la alarma se encendió de pronto en mi cabeza. Sabía a lo que se refería ¡lo sabía! Y sabía también que el tema saldría a la superficie en un momento u otro, ¿por qué me pillaba tan guardia baja, entonces?…, Intenté calmarme antes de contestar, mientras decidía qué postura tomar…, mi tiempo se había acabado- ¡Dios, había tenido meses!- y ahora lo único que me quedaba por hacer era decidir precipitadamente.

-Lo sé- contesté. Había decidido alargar el tema lo más posible. Aún en el peor de los casos, quería prolongar los segundos que pasara juntoa Richard, en mi hogar, mi país…

-Mientras menos lo dilatemos mejor, así que él vendrá mañana…

¡¿Mañana?! Sabía queRichard no dejaría pasar mucho tiempo, pero ¿mañana? Eso era demasiado pronto…, no podría asimilarlo. No con normalidad.

Me limité a asentir y a emitir un sonido parecido a un “sí”. Aunque estaba completamente en desacuerdo, no iba a protestar frente a eso, no quería causarle más problemas a ese pobre hombre. Sin duda, la muerte de la abuela no sólo me afectaba a mí.

-Sería bueno que vieras lo que te vas a llevar. La casa del doctor es grande, pero no debes abusar para llenarla de cachibaches…- Richard seguía parloteando, con tono ausente. Probablemente, él tampoco me miraba.

-Descuida, sólo llevaré lo necesario…

-¿No pondrás resistencia?- imaginé su casa de sorpresa. Ha de haberse parecido a la mía cuando decidí decirlo. La cosa era que le había estado dando vueltas al tema y pensé que alguna razón había de existir para que la abuela decidiera dejarme al cuidado de aquel desconocido. Si ella me confiaba a él, debería ser por algo más que una simple relación sanguínea y caí en la conclusión de que ella tenía una buena opinión de él. ¿Por qué no iba a tenerla yo?…, supongo que todavía recordaba la primera impresión que me había causado y mi supuesto enamoramiento. Se me revolvió el estómago de tan sólo pensar en ello.

-No- respondí al fin, con decisión- ella así lo quiso…

Le observé por el rabillo del ojo. Asentía lentamente…

-Has tomado la decisión correcta- me dijo y supe que de alguna extraña manera se enorgullecía de mí. Luego se puso de pie, se sacudió la hierba de los pantalones y me tendió la mano.

-Vamos a casa- me dijo y supe que probablemente esa sería la única vez que le oíría decirme aquello. Me puse de pie con su ayuda y nos encaminamos hacia el auto, donde Martha ya nos esperaba.

Me costó un mundo decidir de qué deshacerme. Es que todo tenía un significado especial para mí, desde el más mísero trozo de cerámica hasta mi computadora. Suerte que había logrado convencer a la abuela para que me comprara unaportátil. Al final, terminé saturándo las veinte cajas que Richard había puesto a mi dispocisión. Me pareció divertido e ilógico que llevara más cajas en vez de maletas, las que solo eran tres. No es que yo tuviera mucha ropa que digamos, pero tampoco necesitaba más. Una vez que hube guardado todo, embalé las cajas y la sellé con cinta. Lo único que lamente, fue no poder llevarme el piano…

-No abuses de la generosidad del doctor- me había dicho Martha. Y tenía razón, aún no sabía qué grado de confianza iba a tener con él, así que era mejor no arriesgarse y mantenerse dentro de lo razonable. Cuando terminé, ya no quedaba nada en mi habitación y faltaban cosas en otras partes de la casa. Eran recuerdos, recuerdos que quería llevar conmigo a mi nueva vida para no olvidarlos.

Me pregunté si llevarme o no el joyero y los espejos que le había obsequiado a la abuela. Dpués de que yo partiera, Richard se iba a encargar de tramitar la venta del departamento, como ella lo había ordenado, así que a menos que él quisiera quedárselos, terminarían olvidados en alguna caja quien sabe dónde, por lo que decidí llevármelos. No dejarían de ser de ella por eso.

Lo único que había dejado fuera era mi pijamas, mis útiles de aseo y la ropa que me pondría al día siguiente. En la tele habían dicho que abría sol, por lo que elegí una muda ligera. Contemplé el cuarto, vacío, a excepción del escritorio y la cama- Martha y yo habíamos movido las cajas hasta la sala- y me invadieron un sin fin de recuerdos. Por un instante, me alegré de dejar todo aquello atrás, pues la mayoría no eran recuerdos gratos. No dejaría que aquello me ocurriera otra vez. Había decidido que mi nueva vida sería mejor que la anterior. No iba a ser nada fácil, pero estaba dispuesta a intentarlo. Aquí se establecía mi punto final y mi punto de inicio… ¿acaso tenía otra opción?

Me acosté y me arropé como siempre sólo con la sábana. No importaba el frío que hiciera, nunca lo percibía. Suspiré, era la última vez que dormiría ahí. Cuando la ansiedad me invadió, supe que sería una noche muy larga…