Precauciones

-Quiere hablar con usted – anunció el desconocido que acaba del cuarto de la abuela.

-¿Quién es él?- pregunté, intentando que la turbación no se manifestara en mi voz. Y lo logré…, a medias. Algo se había removido en mi interior…,era la representación de la belleza en persona. Podía decir que una mujer era hermosa, y sonaba coherente, pero decirlo de un hombre era diferente. Era extraño. ¿Pero cómo podía decirlo de otra manera? No podía. Este hombre era hermoso. Nunca había visto a un hombre así en mi vida. Ni siquiera en la televisión. Es más, los galanes de moda en Hollywood le envidiarían y las actrices quedarían deslumbradas por su mirada, tal y como yo lo estaba ahora. Y su voz…

-Ah, este…- por el tono de la voz de Richard, supuse que hubiera preferido que no preguntara- un conocido de Lilian, un antiguo conocido…

Avanzó hacia él, tirándome del brazo. Eso significaba que debería ser cortés con aquel extraño.!Y cómo no! No podría imaginarme no ser gentil con un persona tan agradable.

-El doctor Cullen- le presentó al fin Richard

-Carlisle- corrigió el desconocido, al tiempo que esbozaba una sonrisa acompañada de un pequeño gesto de inclinación. Sólo tendí a asentir, mientras notaba cómo escondía disimuladamente las manos tras de sí.

Será mejor que hable con ella- intervino Richard y luego agregó en voz alta- ¡Martha!

Ella se asomó casi al instante por el pasillo.

-¿Sí?

-Sirve un café para el doctor Cullen

-¡Oh, no! No es necesario…- se apresuró a intervenir el doctor. Aunque era ovbiamente un rechazo, ha de haber sido el más sutil y complaciente que había oído en mi vida.

-Por favor, doctor. No es ninguna molestia…

-De verdad, no es necesario…

-¿Tal vez alguna otra cosa? Algo para beber …¿Jugo, licor, agua?- en este tipo de cosas, Richard era duro de vencer. No conocía a nadie más apegado a las reglas y maneras de cortesía. Detestaba aquello. Creo que era lo único que detestaba de él. Eso, y su adicción cigarrillo. Me percaté de un leve cambio en la expresión de su invitado cuándo Richard dijo esto último. Era como si riera para sus adentros, como si Richard hubiera dicho algo gracioso. A lo mejor fue sólo mi impresión, puesto que el tono de su voz se mantuvo igual de sereno, persuasivo y encantador de antes…

-No, pero agradezco la intención, señor Carsons

Miré a Richard. No insistiría. Nadie podría ir en contra del dueño de aquella voz.

-Como quiera…-sentenció – puede esperarme en la salita…

Señaló hacia ésta y luego entró en el cuarto de la abuela. En el momento que le había tomado decir esa frase, yo había estado pensando a full time donde quedaba yo en todo esto. Richard me dejaba sola con aquel extraño, cuya presencia me turbaba, sin decirme qué hacer. Obviamente, lo más lógico era hacer como si nada e ir a mi cuarto y…pensar en algo qué hacer. Pero la curiosidad me mataría. Probablemente estaría espiando a cada minuto por la puerta hacia la salita…

-¿Eres su nieta?- la voz melodiosa quebró de pronto el silencio y mi rumia de pensamientos.

-Sí- contesté, algo insegura. Él asintió.

-¿Vives aquí?

-Sí- noté que me estaba moviendo. De alguna manera u otra, él había conseguido que ahora yo caminara junto a él, hacia la salita. Una vez que hubimos llegado, tomó lugar en el gran sillón de cuerina blanca. Sin duda alguna, le gustaban las cosas ostentosas. Yo me acomodé en el sillón rojo de enfrente, con las manos juntas sobre el regazo, sin saber muy bien qué estaba haciendo allí. Pensé que era justo que yo preguntara…¿por dónde comenzar? ¡Tenía tantas preguntas! ¿cómo protegía su piel del sol? ¿de qué dinastía de belleza sobrehumana descendía? ¿el color de sus ojos dorados era natural o eran lentillas? Jamás había visto a alguien con semejante tonalidad…

Me avergonzaba de algunas preguntas que formulaba en mi mente, de forma tan acelerada. Noté que jugueteaba con mis dedos. Él, por su parte, observaba todo con ojos crítico. Las paredes, los cuadros, las cortinas, el comedor, los retratos…, todo. Su mirada se detuvo en un cuadro sobre la pared. Lo conocía bien, yo misma lo había dibujado. Era un croquis que la abuela había mandado a enmarcar, a pesar de que yo había protestado, pues lo encontraba horrible. Todavía lo consideraba así y me molestó que el doctor Cullen se fijara precisamente en él. Se puso de pie y se acercó, hasta quedar justo enfrente del cuadro. Ladeo la cabeza, mirándolo con detenimiento.

-¿Le gusta mi dibujo?- pregunté. ¿Por qué diablos tenía que sonar tan insegura?

-Sí- admitió él. Luego se volvió para mirarme.- ¿tu lo hiciste?

-Lo dibujé hace dos años, cuando tomé clases de pintura. El primer paso siempre es el croquis, asi que tuve que hacerlo y a la abuela le gusto tanto que quiso colgarlo en la pared.

-¿Quiénes son ellas?- su vista había vuelto nuevamente al dibujo.

-No lo sé. Use una fotografía antigua como modelo- había usado una foto que encontré en uno de los baúles de la abuela. Los centros de interés eran dos niñas, que peleaban por algún motivo. Estaban sobre un banquito de plaza. Abajo, habían un par de palomas. La había escogido, porque me llamó la tención la expresión del rostro de una de las niñas. Tenía un ne sé qué, algo curioso…

-Dibujas bien- dijo al cabo de unos segundo, los cuales a mí me parecieron horas.

-Gracias- mi voz contesto casi mecánicamente. Luego, el doctor volvió a su asiento. Decidí que había llegado mi hora de preguntar.

-¿Es amigo de Richard?

Me miró algo soprendido y parpadeó.

-No precisamente- contestó. No dijo nada más, así que continué.

-¿Por qué fue a buscarlo?

-Aún no lo sé- aunque sus palabras deberías haber sonaba duras y exasperadas, no fue así. Todo lo contrario.

Martha tenía puesto el radio, que se oía desde la cocina. En ese momento, sonaba See You, de Depeche Mode…

El doctor Cullen empezó a tararear, mientras tamborileaba con los dedos.

-¿Le gusta Depeche Mode?—me aventuré a preguntarle. Para mi gusto personal, el grupo era horrendo, peor –extrañamente- descubría que estaba dispuesta a decir que eran buenos si el así lo consideraba.

-No,no, para nada- comentó soriendo levemente- los detesto…, pero mi hijo los oye todo el dia

Agregó, volvió a adoptar esa impresión que yo interpretara como sise riera de alguna cosa graciosa que sólo él supiera.

-Ah- fue todo lo que pude articular. ¡Tenía hijos! ¡hijos que ya oían música! No es que no me imaginara que no tuviera hijos. Es decir, ahora todos los tienen, pero no tan mayores. Inmediatamente intenté visualizar al hijo del doctor Cullen. Lo vi exactamente igual que él, algo más bajo y con el cabello alborotado, llevando un par de audífonos y oyendo a todo volumen See You. También me pregunte a qué edad se habría casado el doctor – si es que lo había hecho- y a que edad había sido padre…

-Doctor- la voz de Richard sonó más grave de lo normal- ¿podría venir un segundo?

Él no se molestó en contestar. Simplemente se puso de pie y le siguió hasta el cuarto de la abuela. Una vez que hubieran entrado, la puerta se cerró, de nuevo. Qué decepción. ¿Hasta cuando pensaban dejarme fuera de todo? ¿traen a un extraño a mi casa sin ninguna explicación? No, no lo toleraría más. En cuanto Richard saliera, exigiría una explicación. Así que esperé. Paso un rato yo comencé a impacientarme y mi pie comenzó a moverse por cuenta propia, sacudiéndose una y otra- y otra- vez.

-Toma- estaba tan pendiente del correr del tiempo que ni siquiera me había percatado de la presencia de Martha.

-Para que haga algo por la vida.- dijo con ironía mientras prácticamente me arrojaba un montón de revistas sobre el regazo. Odiaba que dijera eso, pues yo sí tenía mucho que hacer…, a veces, pero fuera como fuera siempre había algo que mereciera alguna reflexión.

-¿y qué se supone que haga con esto?- pregunte. No pude evitar ser un poco hosca.

-Ordénalas- Martha se encogió de hombros y como yo no tenía nada que hacer, obedecí y me puse a ordenar las revistas. Todas eran de diseños para tejer, asi que decidí ordenarlas por semanas y por meses…

Cinco minutos después de que terminara con el encargo, la voz de Richard, difusa, me llegó desde el corredor.

-¿Aceptará?- oí que decía

-Es mi responsabilidad, señor Carsons- como si fuera por arte de magia, la encantadora voz del doctor Cullen llegó hasta mis oídos, hasta mi mente…, y disipo cualquier malestar. Pero no pude dejar de preocuparme porque sonara mucho más sombría que antes y por el hecho de que pasara junto a mí, hacia la puerta sin decir absolutamente nada. Ni siquiera adiós.

Richard venía tras él, exasperado. M levanté para detenerle y pedirle la explicación que tanto anhelaba.

-Quiero un explicación, ¿qué esta sucediendo?- inquirí y sonó más formal de lo que pretendía.

-Ahora no, debo irme- me dijo mientras me esquivaba.

-Tengo derecho a saberlo- exclamé y él pareció reaccionar. Fue sólo por una milésima de segundo.

-Lizzy, cariño, realmente debo irme ahora…- y al ver mi expresión de disconformidad agregó- pero rergesaré y cuando regrese te explicaré todo lo que quieras…

-Tendrás que hacerlo- procuré añadir un nota amenazante. Después de eso, Richard tomó el abrigo que colgaba tras la puerta, cogió el maletín del sofá, me besó en la frente y se marchó.

Aguanté su regreso hasta las seis de la tarde. Fue cuando entonces no pude más y me metí a la cama, con el pretexto de me dolía la cabeza y tenía frío. Ninguna de las dos eran ciertas, pero Martha las creyó. Por la tarde, había pasado la mayor parte del tiempo trabajando en un espejo de cerámicas. Las manualidades, al igual que la música, tenían un efecto relajante en mí. Usualmente, paso las tardes con la abuela, pero Martha me dijo que esta tarde no deseaba verme, pues estaba cansada y prefería dormir.

No pude evitar relacionar lo acontecido en la mañana con el supuesto malestar de la abuela. Eso sólo sirvió para alimentar más mi loca imaginación. ¡Incluso creí que la abuela podía llegar a estar enamorada del doctor Cullen o algo por el estilo!…, pero si lo pensaba bien, no era tan difícil, puesto que él era realmente atractivo- nunca había pensado así de una persona- pero topábamos con el tema de la evidente diferencia de edad. Es decir, la abuela tenía ya 56 años- cumpliría 58 el 30 de abril- y el doctor debería tener unos veintitantos. Debo confesar que creía sentirme celosa, sin saber muy bien por qué. No podía alejar la imagen del doctor Cullen de mi mente, ¿sería caso que…?

Mientras estuve en la cama intenté ver un poco de tele, estaban pasando la cien mil veces trillada volver al futuro, pero serviría de distracción. Richard llegó antes de que terminara la película. Lo supe porque escuché cuando saludaba a Martha y sus pasos por el pasillo, hasta que abrió mi puerta, asomando su cabeza cana…

-Pensé que estabas dormida- dijo, no pude encontrar algo que lo delatara en la voz. Me incorporé y bajé el volumen del tele con el mando a distancia.

-¿Y esperar hasta mañana por mi explicación? Ni soñarlo. Además son las ocho, aún es temprano…

Richard ya se encontraba a mi lado.

En ese caso- murmuró, sentándose a los pies de la cama- soy todo oídos…

No- corregí- yo soy toda oídos. Quiero una explicación

Esta bien- su voz volvió a ser apagada, como en la mañana, pero vi su esfuerzo por forzar una sonrisa- soy un libro abierto, entonces…

¿A dónde fuiste anoche?- comencé con algo fácil, el inicio de todo el asunto.

A Estados Unidos

Me le quedé mirando unos segundos, quería saber si bromeaba conmigo y decidí demostrar escepticismo antes todas sus respuestas.

-¿Y hoy?

-También

¿Por qué?

-Lilian me lo pidió…

-¿Quién era ese hombre?- claramente, había llegado a la única pregunta que realmente demandaba mi atención y Richard pareció notarlo.

-El doctor Cullen es un antiguo conocido de la familia.

-¿Es amigo de la abuela?

-No precisamente, pero le debe unos favores, si así se les puede llamar…

-¿Y por su causa fuiste a Estados Unidos?

Richard asintió con pesar.

-Fui a buscarle- respondió, luego hizo una pausa, continuando con ovz profunda- tu abuela quería…, bueno, Lilian quería aclarar algunas cosas antes de…

Supe inmediatamente lo que venía después y me tembló la voz al preguntar.

-¿Por qué? ¿Tan pronto será?

Richard volvió a asentir apesumbrado, los surcos bajo sus ojos se acentuaron con fuerza. Un escalofrío me recorrió la nariz, estaba a punto de ponerme a llorar.

Tú y yo sabíamos que esto tenía que pasar, en algún momento tenía que pasar. Lilian también lo sabía…, dice que lo presiente, que siente a la muerte rondando su cama y no quiere marcharse con asuntos pendientes y dejar las cosas a la deriva. Ya tiene pensado lo que va a hacer con los libros, las joyas, el apartamento, la empresa…, y contigo.

El sonido metálico que me perseguía resonó en mi oído. De alguna manera u otra, me había estado advirtiendo que algo no andaba bien y yo de alguna manera sabía que todo ese asunto tenía que ver directamente conmigo, sino, no me habrían excluido…

-¿Me quedaré contigo, no Richard?- no sé cómo me entendió, pues prácticamente sollozaba cuando lo dije.

-Soy un hombre ocupado, Lizzy…, además, son sólo precauciones, no sabemos si va a ocurrir pronto o no …

-No importa, de verdad no importa- casi sonaba desesperada, porque mi mente ya se había imaginado lo que la abuela había planeado para mí- me conformo con poco…, no necesito mucho. Nuestra relación no cambiaría…

-No pido que comprendas mis razones ahora, sé que es difícil, pero también soy viejo y pronto tampoco podré estar aquí contigo. Soy un viejo lleno de mañas y tu tienes la vida por delante…

-No, no,no –intenté controlarme. No importaba, ya estaba llorando sobre la almohada. Sentí la mano indecisa de Richard sobre mi cabeza.

-Debes estar con tu familia, cariño

-¡Pero, tú eres mi familia!- sollocé

-Hablo sobre tu otra familia…-hizo un pausa, seguramente para que yo dedujera el resto- la familia de tu padre.

La frase resonó en mi cabeza y recorrió mi mente, repasando momentos, recordando, uniendo cabos, haciendo conjeturas…

-¿Con en el doctor Cullen?- realmente, no supe como pude contestar. Era tal la sensación de aturdimiento y de rechazo y repulsión hacia mí misma que por un momento creí que no podría hablar. La revelación me había shockeado, como si se tratara de una descarga eléctrica.

-No tienes por qué alarmarte, Lizzy. Tal vez ni siquiera sea necesario…, son sólo precauciones

-¿Es él?- necesitaba asegurarme…, la frase salió como si la escupiera.

Richard asintió, sin dejar de acariciarme la cabeza para consolarme mientras yo lloraba, porque descubrí que por un tiempo, me había creído enamorada del que era mi padre.