Ansiedad

Eran rosadas. Rosadas y suaves, como la nieve de fresa. Tenían un diseño encima, un bordado color crema. Unas flores, flores con pétalos que parecían hojas o un montón de hojas que parecían flores. Podría haber apostado a que el diseñador ni siquiera se molestó en definirlo para sí, y que ni siquiera se imaginó que alguna vez alguien se lo preguntaría. Por lo demás, eran finas, demasiado, como si hubieran sido hechas especialmente para mis delgados pies. Parecían, más bien, zapatos de gala en vez de zapatillas de levantar. Debí suponerlo en cuanto las vi llegar en una cajita, en lugar de en un colgador de multitienda…

-Señorita- la voz de Martha llegó desde el pasillos. Lo único que deseaba en esos momentos era seguir observando mi calzado. Era estúpido, y lo sabía, pero necesitaba hacerlo. Necesitaba hacerlo para no pensar.

-Señorita Elizabeth- esta vez el llamado vino acompañado de unos golpecitos en la puerta. Un sentimiento de rabia se encendió en mi pecho, uno que yo conocía muy bien. Me lo imaginaba con forma de dragón, como una criatura maligna que se desbocaba y me recorría el cuerpo, intentando apoderarse de él. Hace tantos años que había aprendido a lidiar con él, que me resultaba fácil domarlo y retenerlo, pues sabía que no era un sentimiento racional.

Supongo que no tenía opción, asi que me puse de pie, con lentitud y abrí la puerta, a penas. Sólo dejé entrever la mitad de mi cara. No quería que Martha- ni nadie- me viera en ese estado.

-¿Qué sucede, Martha?- pregunté. Mi voz sonaba bastante peor que como la recordaba, y apenas había pasado unas cuantas horas sin escucharla.

-El señor Carsons llamó

-¿Está al teléfono?- me invadió una repentina oleada de emoción. Lo quisiera o no, ese era el motivo por el que había pasado casi toda la noche en vela, llena de ansiedad. Martha notó mi repentino entusiasmo y se apresuró a aclararme la situación.

-No, no, no,…, me dijo que le dijera que viene en camino. Tardará por lo menos unas dos horas más

Genial. Dos horas más de angustiosa ansiedad, de impaciencia por saber que habría sido lo que la abuela le había encargado a Richard. Detestaba que especularan a mis espaldas.

Richard Carsons era, además de confidente y amigo, el abogado de la abuela. Le conocía prácticamente desde que tenía uso de razón. Era parte de la familia., si es que lo que yo y mi abuela conformábamos se podía llamar de ese modo. Desde que ella enfermara, Richard y Martha habían sido mi unico apoyo. Mejor dicho, se habían hecho cargo de mí.

-Bien, Avísame si vuelve a llamar- respondí, haciéndo ademán de cerrar la puerta.

-¿No quiere algo de comer?- me detuvo- ¿Desayuno, tal vez?

-No tengo hambre- respondí. Juro que lo hice con toda sinceridad.

-Lizzy…,- uso ese tono de “esto no es en lo que habíamos quedado” y yo entendí perfectamente a lo que se refería. Accedí de mala gana que me trajera el desayuno al cuarto y luego volví a encerrarme.

No es que yo fuera una hermitaña, no. Creo que esta era la primera vez que lo hacía desde que el psiquiatra me había dado de alta, hace seis meses. Durante mi escasos quince años, había tenido varias visitas al psiquiátrico y ahora reconozco que daba motivos para que me llevaran allí. Las primeras veces las recordaba difusas, yo debería haber tenido unos seis años en ese entonces y con o sin el efecto de los sedantes me hubiera resultado difícil enterarme de no ser por los relatos de la abuela. El motivo: mis amistades. Mis amistades “imaginarias”-como decía el psiquiatra- o “espíritus”, como me empecinaba en llamarlos yo. Puedo decir a mi favor que ignoraba completamente la connotación que se le daba a esa palabra. Luego de que lograron separarme de mis amigos, ya no pude verlos más…,literalmente.

Después de eso vinieron otros problemas. Sin duda, el más reciente, y al que se refería Martha, era el de mi supuesta anorexia. Digo “supuesta” porque la mayoría de las personas que la padecen dejan de comer para verse más delgadas y perder peso, y a mí sinceramente aquello me importaba un bledo. No tenía hambre. Es más, ni siquiera me gustaba la comida, pero era un hecho de que comencé a perder kilos estrepitosamente. Fueron veinte, aproximadamente, y eso que en un comienzo ni siquiera contaba con sobrepeso. Al final, decidí que si el hecho de que yo comiera dejaba tranquila a la abuela, lo haría sin chistar.

Tenía los dedos posados sobre el ventanal. Desde allí, podía ver casi toda la zona oeste de Vancouver. Incluso se veía el mar. Eran cerca de las nueve y media de la mañana, y los autos corrían presurosos por las calles. El vidrio, tan meticulosamente limpio, me devolvía mi propio reflejo. Había un sonido metálico en el aire, un sonido vacío, que venía escuchando desde la noche anterior. La sensación de mal augurio invadía mi mente…,y yo trataba una y otra vez de disiparla. Hacían más de diez años que a la abuela le habían descubierto el mal de Lupus, y hasta hace casi un año, lo había sabido sobrellevar por medio de fármacos. Sus expectativas eran favorables, hasta que vino el periódo de crisis. La enfermedad comenzó a afectarle los huesos, el corazón, la piel y la mente…

Incluso ella tuvo que ir a terapia, mejor dicho, el psiquiátra tuvo que venir hasta nuestro apartamento, porque cuanto el Lupus comenzó a causar estragos sobre la frágil piel de mi abuela, ella ya no pudo salir más de su cuarto,pues el médico le prohibió exponerse a la luz solar. Aún así, acabada y postrada en esa cama como yo la veía, no había dejado de ser la misma persona, optimista, alegre y espontánea. Siempre buscaba algo que hacer, cualquier cosa que no significara un riesgo para ella. Recuerdo cuando hace unos meses, decidió aprender a tejer. Me parecía gracioso, porque ella siempre decía que eso no iba con su perfil de abuela. Tejió tanto, que saturó mis cajones de caltines y bufandas, y Martha se hizo de una colección completa de gorras. Cómo todas las revistas que tenía eran de diseños femeninos, no pudo tejer algo para Richard, pero le prometió que buscaría algo para él. Nunca pudo hacerlo…, la enfermedad también se adueñó de sus manos. No volvió a tejer más.

-El desayuno- anunció Martha, como si cantara una canción. Tenía esa costumbre desde que podía recordar. Había golpeado la puerta, mas había entrado-bandeja en mano- sin esperar mi respuesta. Le había repetido hasta el cansancio que golpeara antes de entrar a mi cuarto, pero no le reclamé nada, pues no estaba de ánimos y, para fines prácticos, ella sí había cumplido con lo acordado.

Dejó la bandeja sobre mi cama estirada.

-Veo que no has dormido…-comentó

-No pude- contesté sin mirarla, mi vista estaba fija en la lejana Oak Street. Tenía la esperanza de distinguir el coche de Richard, aunque sabía que a aquella distancia y en medio de aquella masa de tráfico era imposible. ¡Ahora todo el mundo tenía coches grises!…

Me volví al escuchar el ruido de los pasos de Martha alejándose. Sobre la estirada colcha de mi cama estaba la bandeja que había dejado. Me senté junto a ella. Resultaba gracioso lo mucho que se esforzaba. Siempre se las ingeniaba para buscar nuevas recetas, pero no había mucho que hacer con rebanadas de pan. Esta vez, las había cortado y dispuesto de forma que simularan ser flores…, se le estaban acabando las ideas. Comí lento, así me ocuparía en algo y no tendría tanto tiempo para desesperarme por la llegada de Richard; bebí hasta el último sorbo de infusión.

Miré la hora, eran las diez y media. Me maravillé con la lentitud que era capaz de comer si me lo proponía, aunque debe haber influido el hecho de que la cantidad de comida era exorbitante. Disponía más o menos de una hora antes de que llegara, así que dejé la bandeja a un lado y saque lo primero que encontré en el clóset. Después de ducharme y cepillarme los dientes, me vestí y me recogí el cabello con un prendedor. Nada más, sólo eso. No lo peinaba, ya me había hartado de desenredar aquella maraña cada mañana, así que había decidido aprender a vivir a con ella.

Ahora faltaban ocho minutos para las once. Salí del cuarto, llevando la bandeja vacía, luego iría a darle los buenos dias a la abuela. Me extrañó no encontrar a Martha en la cocina. dejé la loza en el fregadero y me asomé al pasillo…, sobre el sofá, en la salita de estar, descansaba el pesado maletín de cuero negro que hace tanto conocía.!Richard había llegado!¿dónde estaba?

-¿Martha?…- llamé, avanzando por el pasillo- ¿Martha?…

La sorprendí saliendo del cuarto de la abuela, mientras alguien corría pestillo de el otro lado. Seguramente era Richard.

-¿Llegó ? – pregunté

-Sí, esta hablando con la señora…

-Se adelanto un poco- comenté. Ella hizo una mueca torciendo la boca, después, volvió a su refugio; la cocina. Siempre que la abuela necesitaba hablar de algo importante con su médico o con Richard cerraba la puerta con llave, por dentro. Aquello no me gustaba en lo absoluto, pues creía que ya era lo bastante grande para enterarme- y comprender- de cualquiera de sus asuntos.

Tenía la esperanza de hablar con Richard antes de que él lo hiciera con la abuela, esas largas sesiones en su cuarto solían durar horas. Me resigné y decidí hacer algo para matar el tiempo. Una de las ventajas- o desventajas- de estudiar en casa, era que si aprobabas y entregabas todos tus informes a tiempo, no tenías que preocuparte de nada más. Disponías de todo el tiempo del mundo. Gracias a eso, me había quedado un pequeño espacio los días sábados, espacio suficiente para que la abuela me contratara un profesor de piano. Me había regalado uno compacto la última navidad y comenzó inmediatamente con mi instrucción. Creo que esta es la primera cosa relevante que hago por que me guste a mí y no sólo porque ella lo quiera. Así que me senté en el cuarto y comencé a tocar. Era una canción simple, una de las que me habían enseñado en mis primeras clases y me gustaba exactamente por eso. Eran tan simple, que cada vez podía improvisarla y complicarla un poco más y era en eso precisamente en donde encontraba la diversión.

No pude precisar cuánto tiempo estuve allí, ni cuántas veces toqué la misma pieza, pero la ansiedad se apoderó nuevamente de mí y me levanté impaciente. Suspiré cuando me asomé al pasillo. La puerta de la abuela, al final del corredor, continuaba cerrada- podía ver la manecilla dispuesta de forma horizontal- y el maletín aún se encontraba sobre el sofá. Entonces, me percaté del sonido que provenía del cuarto de baño. Era agua corriendo del grifo. Luego el sonido cesó, alguien giró la manecilla y abrió la puerta.

-¡Richard!- exclamé, dirigiéndome hacia él. No era una expresión de afecto, ni de temor, ni siquiera de alegría. Alivio, era lo único que lo podía describir…,

Tenía que reconocer que el verdadero motivo de mi impaciencia- más allá de enterarme en lo que había consistido el ecargo-era el temor que sentía a que a la abuela le ocurriera algo si es que Richard estaba fuera. Yo no sabría qué hacer, cómo actuar, ni siquiera estaba segura de si lograría reaccionar. Yo tenía una mente frágil, y era consciente de ello.

Corrí hasta él y le saludé con un abrazo. Para tener quince años, yo era bastante alta- por lo menos más que Martha- pero aún me faltaban un par de pulgadas para alcanzar a Richard.

-¡Lizzy! ¡vaya bienvenida!- exclamó entre risas. Algo no me gusto en su voz…, estaba apagada.

-Estaba impaciente- admití- pero…, creí que estabas con la…

En el preciso instante en que iba a señalar hacia el cuarto de la abuela, el pomo de la puerta de este giró y la puerta se abrió.