Tristesse
Ocaso
Sexto capítulo: Tristesse
“Al girarme a mirarle, vi que su piel resplandecía, como si estuviera hecha de diamantes bajo la débil luz del sol que amanecía en ese día tan raro en Forks. Volví a abrir los ojos. Sí, brillaba. Quizá, si los vampiros lo intentaban, si que dormían… o no. Porque cuando miré mi piel, vi que brillaba como la de él. Brillaba como si estuviera hecha de diamantes. Brillaba como si soñara sin soñar. Brillaba irrealmente. Y me giré a mirarle, esperando una explicación.
-Buenos días -me saludó él.”
Y sus manos, nuestras manos, brillaban bajo la luz del sol amanecido. No me lo podía creer… ¿por qué brillábamos? Miré mi mano izquierda. Parecía como si la luz del sol le diese vida, como si quisiera decir algo. Sólo brillaba mi mano. El resto de mi cuerpo se mantenía igual, apagado, bajo la ropa. Pensé que sería por la ropa, que sólo brillaba la piel. Y que, probablemente y después de todo, eso guardaba alguna relación con el hecho de ser vampiro.
-¿Qué es esto? -grité esperando una explicación. Edward, por su parte, permanecía callado… expresamente. Lo hacía a propósito y lo sabía, puesto que, por mucho que lo intentara reprimir, vi la burla en sus ojos topacios.
Miré de nuevo a nuestras manos. Y solté la mía por mucho que no quisiera. Además de mi enfado, de mi irritación por no tener respuestas, quería ver la luz del sol en la suya. Y la vi, por supuesto que la vi: su mano perfectamente pálida brillaba como si fuesen diamantes, como si su piel estuviera hecha de luz. Allí estaba él, también, con su rostro brillando, no por eso menos bello. Era como si todo él fuera una estatua dedicada a un dios pagano, hecha de puro diamante y de pura perfección. Una magnífica belleza que, seguramente, no se acabaría nunca.
-Nosotros… -a pesar de sorprenderme la repentina explicación, supe la palabra que había evitado decir: los vampiros- tenemos la piel hecha de algo parecido al diamante. Es por eso que, cuando hace sol, brillamos o por lo que también es difícil herirnos, por la dureza de la piel.
No pude evitarlo: me quedé fascinada y aparqué mi enfado. Me lo había explicado, con un rostro serio, sin ninguna muestra de broma. Esos cambios de humor suyos eran raros, pero, al mismo tiempo, fascinantes. Volví a mirar hacia al río, sin saber qué decir o qué hacer, y me arrepentí. Me arrepentí porque allí estaba más hermoso: los rayos de sol hacían brillar todavía más la superficie del agua, como si el agua me quisiese culpar por mi enfado haciendo al reflejo de Edward aún más brillante de lo que era en realidad.
Una repentina brisa movía los cabellos de Edward, dándoles la vida que no tenían. Y, antes de que la brisa hiciera borrosa la vista de la superficie del río, pude ver una última imagen, algo que parecía sacado de sueños, de lo imposible. Edward me miraba, fijo e inmóvil excepto por la brisa que movía sus cabellos. Y también se acercaba más a mí, con un movimiento lento… y humano. Estaba soñando. Aquello no era real, era ficción, por lo que me giré a verle, pensando que, probablemente, estaría mirando al suelo. Pero me equivocaba.
Aquello era real. Sus ojos topacios, fijos en mí, captaban cada movimiento que hacía yo, ya fuera para cerrar los ojos y abrirlos, o para suspirar. Él me había hechizado con sus ojos, como una serpiente encantada por la música de una flauta, como si yo fuese un simple hierro que no puede evitar al imán más atrayente de todos… me había hecho su prisionera de su belleza. Y, en ese momento, no podía evitar no apartar la vista del pequeño regalo que me ofrecía la vida.
Sus dedos rozaron mi mejilla, débilmente, como si tuviera miedo de que me fuera a ocurrir algo malo. Yo estaba paralizada por una felicidad momentánea sin límites. Sentía, aunque fuera en el fondo de mi ser, que algo ardía con fuerza. Mientras tanto, su piel seguía brillando bajo la luz del sol, para hechizarme aún más… pero inmediatamente se apartó, con su velocidad habitual, sobrenatural. No entendí nada, hasta que vi una sombra escultural que se acercaba en la otra orilla del río, siguiendo las paredes de la casa.
-Carlisle os llama -se limitó a decir con una voz repentinamente fría. Pero aún tardé un rato en comprender esas palabras, porque Rosalie, también brillaba. Era increíble. Parecía salida de una revista, sólo que aún más guapa que cualquier chica que se pudiera ver. Y me deprimía, porque, seguramente; el contraste entre ella y yo, era como el del día y la noche.
Antes de que yo hubiese podido darme cuenta de algo, él ya estaba en la otra orilla, esperándome. ¿A qué se debía ese cambio repentino? Intenté no pensar en ello y crucé el riachuelo, apoyándome en una piedra que por la noche no había localizado, probablemente por la oscuridad. Aun a pesar de ya estar en la otra orilla, donde me había sentado anoche, me sorprendió no haberme caído ni nada por el estilo.
Seguí a Rosalie y Edward, que caminaban en silencio, delante mío. Me pregunté, si durante esos años, podría llegar realmente a considerar a los Cullen como mi familia. Podría, por supuesto, pues consideraba a Esme como una especie de madre. Pero, aun así, no estaba segura respecto a los demás. Por ejemplo, Rosalie parecía aborrecerme con toda su alma. No entendía qué le había hecho yo. Dudé que me consideraría una hermana en aquel futuro que ahora se me presentaba.
No pude evitar sobresaltarme cuando escuché el crujido de la apertura de la inmensa puerta de la inmensa mansión de los Cullen. Rosalie parecía haberse esfumado en el caserón, seguramente, buscando a Emmett. Y Edward estaba allí, abriendo la puerta para mí, con una expresión seria, inescrutable. Subimos la escalera hasta el primer piso. El sol entraba por las ventanas del pasillo, creando un efecto hermoso, pero Edward parecía no darse cuenta de ello. Se detuvo frente a una puerta y, antes de abrirla, me dirigió una mirada de dolor, triste, anunciándome que algo no iba bien.
-Pasar -se escuchó la voz de Carlisle desde dentro de la habitación. Y entramos. Recordé aquella habitación. Era a la que había ido semanas antes, al poco de llegar a casa de los Cullen.
Para mi gran decepción, las cortinas tapaban las ventanas, pero aún iluminaban el despacho, mostrando también los cuadros que había en la pared que parecían contar algo. Allí estaban Esme y Carlisle, nadie más. Pero noté la rara tensión que había allí, pues el rostro de Esme estaba serio y el de Carlisle más de lo mismo. Como Edward. Nos sentamos en las sillas, como ellos estaban sentados. Algo ocurriría, y no precisamente bueno, pensé.
“Pasa algo…”, le dije a Edward mentalmente. Si tenía que usar mi poder, debía de ser en ese momento. Él movió sus ojos, mirando al techo y luego al suelo, como asintiendo con la mirada. Efectivamente, tomé eso como una constatación del hecho. No pude evitar estremecerme como preguntarme qué iba mal…
-Hay algo que deberíamos hablar, Bella -comenzó mi… padre. Era raro pensar en Carlisle como padre, conociéndole apenas de unos días. Tan sólo asentí y él continuó-. Es algo complicado. Acabas de reunirte recientemente a nosotros y no te habrás acostumbrado todavía a estar aquí, junto a mi familia. Como habrás experimentado al ir a ver a tu padre, te es muy difícil controlarte frente a la sangre humana, por lo que deberás estar un tiempo sin poder verlo.
-No ocurre nada. Sé que con vosotros estoy en buenas manos, que no hay peligro para nada -más que un intento de agradecimiento, era un intento de calmarme a mí misma. Sabía que tendría que estar alejada un tiempo de mi familia para no ponerlos en peligro, pero había algo que no encajaba.
-Respecto a eso es a lo que te hablaremos. Como Edward te habrá contado, formamos una especie de familia. Espero que no te importe estar con nosotros, considerarnos tu familia. Puedes confiar en ello. Pero hay algo que no sé cómo hacer. Tu padre se preocupa mucho por ti, llama cada día. No podremos estar por mucho más tiempo así, inventándonos tu enfermedad -su tono era solemne, serio. Sabía que las siguientes palabras que pronunciara no serían en absoluto anunciación de algo bueno-. Además, nosotros no podemos permanecer en un lugar por muchos años, puesto que yo aparento treinta y tres años en el hospital.
Como ya había sospechado, allí había algo que no encajaba. No entendía por qué Carlisle aparentaba treinta y tres años. ¿Acaso los vampiros no envejecían? Eso era demasiado imposible, fantasioso. La vida eterna era algo que nadie tenía, era algo que durante toda la historia nadie había conseguido tener. Cuando iba a preguntar, Esme adivinó mi duda y me respondió.
-Supongo que no lo sabías, Bella, pero debes saberlo ahora que eres como nosotros. Nosotros -parecía no querer pronunciar la palabra vampiro/s-, no envejecemos. Siempre tenemos la edad con la que morimos de humanos. Vivimos eternamente, aunque cueste de entender. Es por ello, que pasados unos años en un sitio, tenemos que irnos a otro, para no levantar sospechas y que nos descubran.
Vida eterna. Algo tan deseado que parecía no ser posible. Algo tan anhelado pero que nadie tenía… excepto los vampiros, por lo que yo sabía. Algo extraño, imposible. Algo que ahora yo tenía. Tenía toda la eternidad por delante… toda una vida sin fin. Estaba segura de no haber escuchado mal ninguna palabra. El tiempo podía pasar, pero no me afectaría. Yo seguiría teniendo diecisiete años eternos que no cambiarían por mucho tiempo que pasara. Podría hacer lo que quería, sin preocuparme por el tiempo. Era inconcebible.
-¿Realmente voy a tener diecisiete años para siempre? -pregunté, todavía estupefacta. Mucha gente hubiera matado por vivir eternamente. Miré a Edward. Él tan sólo asintió, dibujando una extraña sonrisa triste en su rostro. Parecía que no quería vivir siempre.
-Vas a tener siempre diecisiete años, Bella. Es eso lo que quería decir. No vas a poder ver a tu familia y vas a sobrevivirles. Vas a verles morir. Ellos envejecerán, pero tú no… Lo cierto es que yo fui transformado con veintitrés años, y no puedo aparentar durante mucho tiempo más tener treinta y tres. Para la gente, yo soy humano, y los humanos envejecen. Pero yo sólo lo aparento. Es por eso que nos mudamos cada cierto tiempo de lugar.
Sabía lo que iban a decir a continuación pero no quería ni pensarlo. Vería morir a Charlie y a Renée y no los vería durante años. Eso era injusto, pero que muy injusto. Yo viviría siempre, ellos no. ¿Por qué no podían ser ellos también eternos? Por lo general, así solía ser la vida, pensé. Pero aquello me seguía atemorizando. ¿Cómo podría seguir viendo a mis padres en un futuro, si yo jamás envejecería, como se suponía que haría? Y yo me respondí, y me dolió.
-No puede ser… -susurré para mí misma, a pesar de que estaba segura de que ellos lo habían oído. Vería morir a mis padres, como quizá hubiese pasado también de humana, pero les haría sufrir si no les podía ver durante años. Y, probablemente, sufrirían más sabiéndome viva y no pudiéndome ver que de cualquier otra manera.
-Después de pensarlo mucho, hemos decidido que deberíamos irnos de Forks. No podemos estar más de un año aquí. Como máximo dos. No tenemos planeado ningún lugar adónde ir -siguió explicando Carlisle-. Bella, si quieres ver a tu padre una vez más… Nosotros nos estaremos aquí un tiempo más.
Carlisle seguía hablando, pero yo seguía sin escuchar absolutamente nada. Podía ver a Charlie, de nuevo, por última vez en unos años. Por última vez en unos años que no sabía si eran cinco, seis… Años en los que mi padre sufriría, como mi madre, Renée. Aquello no podía estar pasando. A pesar de que yo también sufriría, me importaba más que ellos pudieran estar tranquilos. Como había hecho viniendo a Forks por mi madre.
-¿Bella? -me llamó Esme, junto a mí, preocupada. Intenté adaptar una expresión indiferente, aunque jamás se me había dado bien eso de mentir. Quizá, si lo intentaba, podía conseguirlo.
-No pasa nada. Es cierto, lo mejor es ir a otro lugar. Charlie volverá a su rutina habitual, no ocurre nada… -me habían descubierto en el preciso instante en el que había pronunciado todo. Mi voz había sonado pastosa, triste. Incluso yo me había dado cuenta de ello. Nunca conseguiría mentir bien. Y no quería estar allí ni un minuto más. Tenía que encontrar cualquier excusa para no estar allí-. Bueno, vuelvo a mi habitación. Estaba leyendo… Drácula, que se ha quedado muy interesante.
No hacía falta decir que todos se quedaron sorprendidos, incrédulos. Como yo. No había pretendido decir el nombre de ese libro, precisamente en ese instante y en ese lugar. Pero no desaproveché el desconcierto de los demás y, en menos que canta un gallo, salí a paso inhumano de la habitación, cerrando la puerta tras de mí. Tampoco dudé en correr hasta mi habitación, aunque durante el trayecto me caí una vez, cómo no.
Y ya habían pasado cuatro días, de eso. Cuatro días en los que nadie me llamó. Cuatro días en los que yo tampoco dije nada a nadie. Cuatro días, pensando en… qué hacer. Aunque no del todo, puesto que, para dejar de pensar, el primer de esos cuatro días de clausura me leí Drácula, que encontré en la estantería. Resultaba irónico. Hacía precisamente lo que los demás creían que hacía, aunque no resultó malo releerme ese libro, puesto que pude comparar la realidad de la ficción.
Drácula se parecía a los vampiros de la realidad en que bebía sangre, en que vivía eternamente y en que, de alguna manera, le afectaba el sol. Pero, aparte de eso, no tenía nada que ver. Mientras que en el libro de Bram Stoker, los vampiros dormían en ataúdes, se despertaban durante la noche, no aguantaban los crucifijos y las cebollas y se transformaban en murciélago, en la realidad, los vampiros no podían dormir, aguantaban crucifijos y cebollas, y por lo que yo sabía, no podían transformarse en murciélago.
Pero después de leer Drácula, mi mente volvió a recordar toda y cada una de las palabras que se habían dicho en el despacho de Carlisle. Y no pude evitar sentirme triste, frustrada y mentirosa.
Primeramente, pensé en la vida eterna. No importaba lo que hiciera, puesto que tenía tiempo por delante de sobras. Tenía, si es que realmente era inmortal, miles de años de vida. La expectativa me fascinaba y me entristecía. Me fascinaba poder tener lo que tan pocos… seres poseían y también no envejecer. Pero, en su mayor parte, me entristecía. Me entristecía porque haría sufrir a mi familia. No les podría ver durante años, y además, les mentiría. Menuda hija estaba hecha yo, pensé.
Y en mi familia humana fue en lo que más pensé. Porque era inevitable no pensar en ello. Si los Cullen se iban de Forks, yo me tendría que ir con ellos. Y, entonces, durante unos años, no podría ver ni a Charlie ni a Renée. Pero entonces, me paré a preguntar qué pasaría en nuestro reencuentro. Si no envejecía, estaba segura de que llegaría un punto donde no les podría volver a ver si no quería que sospecharan. En ese momento, cuando ya no les pudiera ver más, sería cuando les haría más daño.
Y no iba a permitirlo. De alguna manera, ya les estaba haciendo daño en ese momento. Les dolía más saberme viva sin poderme ver… que incluso muerta. Porque estaba segura de que mis padres sufrían con aquello. Y les provocaría un dolor y una preocupación superior en los años venideros. Pensé en una forma de no hacerles sufrir y sólo encontré una: hacerme pasar por muerta.
Era la única manera de no hacerles preocupar y de no seguirles mintiendo. Y es que me dolía tener que mentirles, y mentirles durante años. Aquello sí que era cruel. Porque, además de hacerles sufrir, les mentiría. No lo haría. Si me consideraban muerta, estaba segura que también sufrirían… pero no del mismo modo. Estarían tristes, pero calmados. Sabrían que yo no estaría más allí y no tendrían de qué preocuparse. Y no les mentiría. Porque, de hecho, ya había muerto como humana.
También pensé en ello. Los Cullen, yo, mi transformación. El destino, si es que existía, parecía haber decidido para mí una vida nueva, totalmente diferente de la que yo tenía planeada. Estaba segura de que aquello no ocurriría de no haber ido a Forks. Pero era inevitable. Tendría que pasar la eternidad junto a los Cullen… no era aterrador. Con el tiempo, podría llegarles a considerar mi familia. Habían hecho todo lo que podían por mí. Yo no les podía decepcionar. Iría adónde ellos fueran y sería una buena vampira. Y quizá, quién sabía, podía llegar a ser especial… para Edward.
Con todo decidido, finalmente, decidí salir con mi tristeza al pasillo, a dar una vuelta por la casa. Me entristecía profundamente tener que no ver a mis padres. No poder hacer más cenas para Charlie. No poder volver a abrazar a Renée. Pero estaba segura de que estarían más tristes que yo si tuvieran que sufrir durante años. Intenté borrar eso de mi mente y salí de mi habitación.
Bajé la majestuosa escalera de la casa, hasta la planta baja, en busca de alguien. Incluso aunque fuera Rosalie, que me odiaba. Pero allí no había nadie. Me dirigí hacia la cocina, buscando a Esme. Pero sólo encontré la calma de mi hambre por no haber… haberme alimentado de nada en tres días. La sangre me consoló un poco, pero el silencio me entristeció de nuevo. Parecía una casa muerta, sin vida. De nuevo Forks estaba entre nubes. Sólo se oía el tic-tac del reloj que había colgado en la pared de la pequeña cocina. Marcaba las diez de la mañana.
Volví a mi habitación, deprimida y sin ganas de hacer nada. De nuevo, el dolor por no poder ver de nuevo a mis padres, volvía a consumirme. Renée seguiría su vida con Phil, aunque triste, conseguiría superarlo. Charlie… volvería a estar solo. Pero se acostumbraría, como se había acostumbrado cuando se fue mi madre. Ya se habían acabado las escaleras que subir. Mis pies me arrastraban hacia mi habitación. La melancolía dio paso al asombro. ¡Aquella no era mi habitación!
Efectivamente, de tan distraída que estaba, había entrado en otra habitación. Miré de nuevo hacia el pasillo. Era la habitación anterior a la mía, lo que significaba que estaba en la habitación de… Edward. Maldije a mis pies. ¿No podían haberme llevado a otro sitio? Pero me quedé embobada de nuevo por la habitación en la que me encontraba. Ahí era donde estaba el primer día de mi llegada a la casa de los Cullen… su habitación.
A pesar de no poder admirarla en aquel momento, en ese momento sí podía, puesto que no había rastro de vampiros. Cerré la puerta tras de mí. Olisqueé de nuevo el aroma de la gran habitación. Olía a él. Ese olor exquisito y atrayente que ni las colonias caras tenían. Miré de nuevo la habitación.
Era increíble, parecía pertenecer a otra casa. Allí sólo había un sofá negro de piel, cerca del cual yacía una alfombra de color dorado que contrastaban con las paredes oscuras. Además de aquello, sólo había un equipo de sonido que parecía caro y una estantería llena de discos de música. Supuse que era para conseguir una buena acústica. Pero otra belleza de la habitación estaba en las vistas de la ventana a la cual me acerqué. Se veía el riachuelo junto a todo el bosque extendiéndose. Y justo se veía el punto en la orilla del riachuelo donde habíamos estado.
Cuando, me acerqué a las estanterías llenas de discos para ver cuáles tenía, sentí pasos. Al otro extremo del pasillo parecía haber alguien. Será Edward, pensé. ¿Qué pensaría si me descubría en su habitación? Probablemente, se enfadaría. Miré a lo largo de la habitación y vi algo en lo que no había parado atención: un armario empotrado y otra habitación. Sentí los pasos más cerca, y me lancé hacia el interior del armario, cerrándolo inmediatamente. Con todo, se abrió la puerta. No me había equivocado, Edward estaba allí. Pero no parecía haberme descubierto, puesto que oí el ruido de la puerta del lado del armario, la que no sabía adónde llevaba.
Y se cerró. Y oí sonido de agua. Probablemente, aquello fuera un cuarto de baño. Aquella era mi oportunidad para huir. Olisqueé de nuevo el interior del armario antes de salir. Olía a él. Abrí lentamente la puerta del armario, intentando hacer el menor silencio posible… pero choqué contra algo duro y no era una puerta ni una pared.
-¿Puedes explicarme qué estabas haciendo dentro de mi armario? -su voz aterciopelada me habló. Miré enfrente. Allí estaba él, cavándome mi propia tumba. Yo estaba entre la espada y la pared. ¿Qué le iba a decir?
-¿Bella? -insistió. Me miraba con un gesto de desaprobación, con enfado. Aparté la mirada de su bello rostro para decir una respuesta con palabras que se pudieran entender.
-Buscaba a Carlisle, y como había nadie, pensaba que quizá tú sabrías dónde estaría. Pero me he quedado sorprendida al ver esos cientos de discos y me preguntaba cuáles tendrías -mi voz sonaba sincera, por primera vez. Al menos, no había mentido del todo, en una parte.
-Siéntate -parecía una orden, pero lo hubiese hecho fuera o no lo fuera.
Mientras me sentaba, él había apagado la ducha y estaba mirando a los cientos de discos y CDS que tenía. Me pregunté sino tendría toda la música del mundo. Todo estaba en silencio, hasta que una melodía empezó a sonar en la habitación. La reconocí de inmediato, como había hecho con Arabesque. Era un nocturno de Chopin.
-Chopin -nombré a mi compositor favorito para piano junto a Debussy… y a Edward, porque se le podía considerar realmente un compositor. La melodía fluía en la habitación, mientras Edward se sentó en el sofá, algo alejado de mí.
-¿También conoces a Chopin? -me preguntó él, ahora con asombro. Parecía una casualidad, tanto por Chopin como por Debussy, aunque no nos gustara exactamente toda la misma música, supuse.
-Mi madre me regaló cds cuando cumplí quince años con todas sus composiciones. Desde entonces, que escucho de vez en cuando a Chopin -le expliqué. Pero enseguida me maldije por el error cometido. Enseguida, aquel dolor de no poder ver a mis padres de nuevo, volvió a mí, reprochándome lo que iba a hacer.
Él tan sólo asintió, en silencio. Mi dolor se calmó un poco mientras miraba su bello rostro. La música, sin embargo, intentaba dañarme con sus corcheras y blancas. Parecía que quería dañarme a propósito. Mi… hermano, por llamarlo como lo tendría que llamar, me miraba con sus ojos topacios ausentes, perdidos en sus pensamientos. El primer nocturno acabó, advirtiendo del paso del tiempo que no nos afectaba.
-Bella… ¿qué piensas hacer exactamente con tu familia? -su tono sonaba como una música propia, con tristeza y melancolía. Sus ojos se revivieron, calmando el dolor que la música de Chopin me provocaba.
-Es de eso precisamente de lo que quería hablar con Carlisle… -empecé a explicarle. Mi voz sonaba como un hilo a punto de romperse-. He decidido no volverles a ver más. Es lo mejor para todos, ¿sabes? Les hago sufrir más estando viva, preocupándoles que no si me suponen muerta. Si me suponen muerta… no tendrían de qué preocuparse por mucho que sufrieran. Además, no me gusta mentirles.
La reacción de Edward ante mis palabras, me sorprendió. Se acercó a mí, con uno de esos movimientos rápidos y puso sus manos en mis hombros, como intentando hacerme reaccionar, como si no comprendiera lo que acabara de decir. La melodía seguía rompiendo el silencio, seguía haciéndome daño.
-¿Estás segura de que es eso lo que quieres? -me preguntó, con voz insegura pero solemne. Me recordó débilmente a Carlisle. Seguramente, con los años que había permanecido junto a él, aunque yo no supiera cuantos eran, había acabado heredando algo de su padre adoptivo, ahora también el mío.
Pero antes de que pudiera contestar a eso, y a pesar de que me sentía hechizada por tener a Edward tan cerca, no respondí. Al acabar el segundo nocturno, sonó otro: mi favorita composición de Chopin. Desde luego, no pude evitar escuchar esa canción, que aún me hacía más daño y me llamaba.
-Tristesse -respondí a la melodía. Las notas del piano sonaban en la habitación. Aquella melodía era capaz de hacerme más daño que cualquier otra pieza. Porque aquella era también la favorita de Renée.
-Bella, escúchame -pero mi sonido favorito, la voz de Edward, me rescató por un momento de la espiral de dolor que me dominaba en esos momentos. Y le escuché-. Viniste a Forks para hacer feliz a tu madre. Ahora estás haciendo lo mismo. Te provocarás dolor a ti misma con tal de que tus padres no sufran tanto como sufrirían si les vieras. ¿Estás segura de que eso es lo que quieres? ¿No encuentras eso un poco injusto?
-¿No es injusto el hecho de que ellos no puedan vivir eternamente? ¿No es injusto que ellos también tengan que sufrir? -Tristesse seguía sonando. Su dulce, pero tristemente melancólica melodía, me provocaba los mismos sentimientos. El cambio de tonalidad me dejó más triste y seguí mi explicación a Edward-. Además, estoy segura de que con el tiempo, yo conseguiré ser feliz. Como ellos. Charlie volverá a su rutina diaria y Renée acabará seguramente siendo feliz con Phil. No tengo por qué preocuparme por ellos.
-Eres ridícula -apartó sus manos de mis hombros, huyendo también con la mirada. Su voz era de frustración, de desaprobación-. ¿Cómo puedes garantizarte tu propia felicidad sin saber aún lo que vas a tener que soportar?
-Porque, estos días que he pasado aquí, Edward, no han sido para nada terribles. Al contrario. He tenido la oportunidad de descubrir cosas nuevas, aparte de la existencia de los vampiros -vacilé al decir esa última frase. Si Edward la interpretaba en otro sentido, no se equivocaba. Esos momentos en el riachuelo, cuando tocó el piano… había sentido una verdadera felicidad-. Aparte de todo lo que vaya a sufrir, porque sufriría igualmente de humana, me ha tocado vivir otra vida distinta. No hay otro remedio.
Tristesse se acercaba a su fin. Calculé a lo sumo que le quedaba minuto y medio. Aquella melodía me deprimía pero me hacía confiar a la vez en un futuro con Edward, con los Cullen. Un futuro para nada terrible. Un futuro eterno que ya estaba viviendo en un presente inmediato.
-Desde luego que no lo hay. Si no te hubiera salvado, no tendrías que estar sufriendo de esta manera -sus ojos volvieron a hundirse en los míos. Y su voz sonaba más culpable que nunca.
-Deja de decir esas tonterías. Hubiese acabado muerta. Sólo que ahora soy una… no muerta, como dicen en Drácula -recordé citando al libro de Bram Stoker, un gran clásico. Mientras que yo seguiría viviendo, a Tristesse le quedaba sólo un minuto de vida. Continué viendo que la expresión de Edward no se suavizaba-. Incluso, transformándome, me has dado una nueva vida.
Nuevamente, reaccionó por sus… impulsos. Por imposible que pareciera. Por imposible que pareciera… me abrazó, estrechándome fuerte contra él. ¿Pensaba que iba a llorar? Edward, a veces, era tonto. No podía entender por qué le agradecía que me transformase. No entendía nada. Las últimas notas del piano sonaron y Tristesse murió, en aquel momento, en aquel lugar, para dar paso a otra melodía, como lo había sido mi vida. Pero esa melodía no llegó, puesto que el CD se había parado.
-Eres ridícula -repitió Edward, susurrando en mi oido-. Tus padres sufrirán, pero tú también sufrirás. ¿Acaso no eres consciente de ello? ¿Acaso no entiendes que tú acabarás entristeciéndote también? Sé lo que es vivir eternamente Bella. Cansa cuando no encuentras sentido a esa eternidad, que se hace monótona, por muchos sitios que visites, por muchos lugares a los que vayas. Aunque en los últimos días, mi vida no parece ser tan repetitiva…
No pude evitar controlar el impulso de abrazar a Edward, acercándome más a él. Y sollocé sin lágrimas. Era cierto: yo también estaba triste. Y aunque él, no lo sabía, era consciente de ello. Pero había intentado enterrar ese dolor lo más profundamente posible, temiendo que me doliera más que cualquier otra cosa. Sí, yo también sufría y sufriría. No podría jamás ver a Charlie comiéndose mis platos ni oír la voz preocupaba de Renée.
Tampoco podría abrazarles. Ni estar con ellos. No en lo que era mi vida eterna. Sus palabras me habían desencadenado de las cadenas que yo misma me había puesto. Tenía que aceptarlo… aquello era doloroso y también haría sufrir a mis padres. Si más no, yo tenía razón en que sufrirían más si no me consideraran muerta. Pero… eso no quitaba el hecho de que sufrirían, como yo, como todos. Debía aceptar la palabra que Edward había utilizado para describir aquello: ridículo. De hecho, no se equivocaba, yo era ridícula. Pero iba a cumplir mi propósito. Iba a hacer sufrir, aunque fuera menos, a mis padres.
-Responde ahora, Bella. ¿Estás segura de lo que quieres, de lo que vas a hacer? -alzó mi mentón apartándolo lo suficiente para verme, pero sin dejar de abrazarme. No podía estar jamás así: feliz pero triste. Feliz por estar así con él. Triste por el dolor que causaba lo que iba a hacer. Y ya estaba más que segura de mi respuesta. Más que antes.
-Sí. Quiero ver a Carlisle -contesté. Nunca había estado más segura de cualquier cosa en mi vida. Miré aquellos ojos topacios que posaban su mirada en mí fijamente. Sabía que podía confiar en él, a pesar de sus cambios de actitud repentinos o de sus burlas cuando me caía.
Y, antes de que pudiera soltarme, e incluso para sorpresa mía, le besé la frente. En señal de agradecimiento, aunque una parte de mí también aprovechó la situación para regocijarse de felicidad. Le dije, con mi voz y lo más significativamente que pude, mentalmente: “Gracias por todo”.
-Vamos a ver a Carlisle, mejor -y me soltó. Pero, aun así, me dio la mano. Aquella fría y pálida mano que parecía la única esperanza entre sufrimiento.
De aquella manera, y en silencio, dejé que Edward me condujera a la planta baja. Seguramente ya sabía dónde se encontraba Carlisle por poder leer su mente. No me miraba, pero seguía sosteniendo mi mano. Y, aunque enseguida quité aquella posibilidad de mi mente, pensé que estaba así por haberle besado la frente. Eso también sonaba ridículo, como todo, viniendo de mí.
Ahora, la planta baja, iluminada por la luz de los ventanales, y con algún vampiro de los Cullen por allí, no se veía tan terrible como cuando yo había bajado. Edward parecía un pelín fastidiado por mi paso, que aún no se había acostumbrado del todo al paso sobrenatural de los Cullen. Cruzamos el vestidor y fuimos a parar al comedor, donde estaba la tele y los sofás. Carlisle estaba allí, junto a Esme, con las manos juntas, como las nuestras, la de Edward y mía. Intenté no pensar en la ironía del hecho.
-Bella, Edward -nos saludó Esme con una sonrisa resplandeciente que se hizo más ancha al ver nuestras manos, cogidas fuertemente. Carlisle se giró y también sonrió, incluso con algo de picardía.
Al sentarnos, Edward me soltó la mano, pero no apartó la mirada de mí. Por una razón incomprensible, aquel día estaba más… cercano a mí, aunque no por eso lo notaba lejano, como siempre. Siempre lo notaba como un ser inalcanzable que jamás podría tener, pero yo ya había encontrado el sentido a esa eternidad que estaba viviendo. Y el dolor de recordar lo que iba a pedir volvió a mí.
-Carlisle… He decidido que lo mejor que puedo hacer con todo, es que Charlie y mi madre crean que he muerto de esa enfermedad, de epilepsia. Suena irracional, pero es lo mejor. Si me supusieran viva y no pudiesen estar conmigo, estoy segura de que eso les dolería más que otra cosa, porque, si los reencontrara, habría una vez que no podría volver a verlos… porque sospecharían. Además, no quiero mentirles. Si me consideran muerta… en ese caso sufrirán, pero podrán estar calmados -al finalizar mi pequeño discurso, todos me miraron, serios. Incluso Edward que ya había sabido de todo.
-¿Estás segura, Bella? -repitió la pregunta que ya se me había hecho anteriormente Carlisle. Me lo volví a preguntar. Sí, estaba segura. Me dolía hacer lo que iba a hacer, pero era lo mejor para todos… sí. Haría que mis padres sufrieran, incluida yo, pero podía evitar al menos que ellos sufrieran menos.
-Sí. Me lo he pensado mucho y… sí. Estoy segura de que podré estar junto a vosotros. Me habéis ayudado en todo… y ya sois como mi familia -incluso a mí me sorprendieron mis propias palabras. Sí, ya eran como una familia, una esperanza. Aunque yo seguía sufriendo por mi familia… humana.
Carlisle tan sólo asintió, con una sonrisa alegre, pero triste. Antes de que pudiera siquiera parpadear, Esme me abrazaba con todas sus fuerzas, como una madre-: Gracias, Bella- dijo. También la abracé. Esme era una de las mejores personas que podía haber conocido en la vida.
Cuando me soltó, me alerté de que Carlisle había cogido el teléfono, y me miró, preguntándome con sus gestos si estaba totalmente segura de lo que quería. Tan sólo asentí. No había palabras que pudieran salir de mi boca en aquellos momentos. Sólo me consolaba que Edward volvió a cogerme la mano mientras Carlisle tecleaba los números de mi antigua casa. Miré a Edward un breve instante. Su mirada intensa me hizo entristecerme, como mínimo, menos de lo que me hubiera deprimido al oír las palabras de Carlisle.
-¿Señor Swan? -su voz, sonaba real, triste, melancólica. Probablemente, intentaba con todas sus fuerzas que aquello sonara a verdad, y sonaba a verdad, a verdad triste y destruidora de toda alegría posible en Charlie. No escuché todas las palabras de la conversación, sólo las que mi oído me pudo permitir oír-. Lamento decirle… que Bella ha muerto…
Carlisle seguía hablando, pero yo me había quedado paralizada, aunque no me arrepentía. La mano de Edward apretó la mía con más fuerza… En ese momento había hecho pedazos mi antigua vida para comenzar una nueva.
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