Ocaso

Cuarto capítulo: La huída


“Alguien se acercaba hacia mí, lentamente. Me di la vuelta. ¿Quién estaría allí? Me había perdido, sin duda, y no sabía como volver, seguramente estaba lejos de los tres vampiros. Pero me equivocaba. Ante mí, apareció Edward, con unos intensos ojos negros que borraban el precioso topacio que antes había en ellos.”

Se acercó paso a paso a mí, sin dejarme de mirar, y se detuvo. Yo seguía acunando al cadáver, pero con menos atención. Por muy negros que estuvieran sus ojos en ese momento, no le quitaban para nada belleza a su hermoso rostro. Me pregunté cómo me habría encontrado. Cosa de vampiros, pensé. Se sentó al otro extremo de la alargada roca, lo más posiblemente alejado de mí, casi parecía que iba a caerse de un momento a otro. Me quedé mirándole fija, alejando cualquier otro pensamiento de mi mente.

-¿Por qué te fuiste tan rápidamente? -preguntó con un tono que no supe identificar, desviando la mirada hacia la nada, sin un punto fijo donde fijar la vista.

-Me sentí culpable. No es justo que se mueran sólo por mí, a pesar de lo que haya dicho Alice al respecto… -mi voz fue convirtiéndose en un débil susurro hasta que se detuvo. Algo en mi interior me seguía diciendo que no era justo, que era una asesina, que debía dejar de matar. Suspiré antes de continuar mi explicación -. Es cierto que los animales se alimentan de otros animales, y que antes de transformarme ya había matado, aunque no fuera yo, animales para comer, pero…

Él tan sólo asintió, ahora fijando esa mirada negra en mí. Me estremecí. Por alguna razón, esos ojos negros me daban temor, esos ojos negros del primer día. Me pregunté si eso tenía que ver con el hecho de ser vampiro o si realmente llevaba lentillas, como yo había supuesto desde un inicio. Dejé de acunar el cadáver en mis manos, depositándolo con extremo cuidado en el espacio entre Edward y yo. Edward seguía perdido en sus pensamientos, apenas consciente de mi presencia.

No tuve que levantarme para hacer lo que quería hacer, tan sólo me arrodillé en el suelo arenoso con pocas hierbas que allí había. Empecé a coger puñados de tierra con mis manos, dejándolos en un montón cerca. Mis manos me eran extremadamente raras, parecían más pálidas que antes, y eso que siempre había sido pálida. Probablemente, desde que era vampira, había adquirido la palidez de los Cullen. Dejé de coger la tierra marrón por un momento para mirarme las manos, ahora algo sucias por la humedad. No servían para contrastar, pero los brazos sí. Recordaba mi piel marfil, que ahora era aún más pálida. Efectivamente, no me había equivocado.

Continué excavando la tierra, intentando hacer un agujero profundo. Sin duda alguna iba a tardar en hacerlo, pero lo haría aunque tuviera que llevarme toda la tarde. Iba a enterrar al conejo, era la única cosa que podía hacer por que descansara mejor, en otra vida o lo que quiera que pasase después de la muerte. Seguía doliéndome el pecho, con gran dolor. O mejor dicho, con culpabilidad. No era justo, ni lo sería nunca para ningún ser. Continué cogiendo tierra con mis pálidas manos con prisa. No podía evitar pensar que era yo la culpable, que yo, después de todo, era quien se merecía aquel dolor que la muerte de alguien provocaba.

Edward me miró ahora con curiosidad, sin entender lo que hacía. Seguramente pensaba que estaba chalada, o como mínimo, sin juicio. Pero no me importaba lo que pensara. Ese conejo iba a tener una tumba, aunque no fuera honda, pero la tendría. E iba a ser yo quien se la construyera.

-¿Qué haces? -esta vez su tono parecía curioso, sin distancia, con esa voz tan angelical que él tenía, enfadado o alegre, aburrido o curioso.

-Una tumba -respondí brevemente, dándome prisa por hacer más hondo aquel agujero. Él frunció el cejo, sin duda alguna, no entendía por qué estaba haciendo eso.

Mentalmente le expliqué: “una tumba, para el conejo. No es justo“. Asintió y suavizó algo su expresión. Me quedé estupefacta en cuanto se levantó y ya estaba a mi lado, mirando el agujero que no llegaba los treinta centímetros. Aún más sorprendida me quedé cuando con sus blancas y duras manos, empezó a coger una gran cantidad de tierra y, rápidamente, había excavado el doble de lo que yo había hecho. Me ayudaba. Y yo, estaba allí, atontada, mirándole. Empecé de nuevo mi labor y noté el leve roce de su fría, pero sorprendentemente electrizante mano, retirando la tierra hacia un lado.

-No te sientas culpable. Es como dijo Alice, no es culpa de nadie. Además, es la vida. Nacer, alimentarse, reproducirse y morir. Dicho así, quizá suene muy simple, pero es lo que es -esbozó una sonrisa triste mientras me intentaba consolar. Por mi cuerpo empezó a recorrer una sensación que sólo había experimentado cuando estaba en casa de los Cullen, pero seguía saber qué era. Él miraba el agujero.

-Es lo que es -le cité casi sin ser consciente-. Pero es que jamás había matado a alguien, aunque sea a un animal… es triste. He intentado hacer el menor daño posible al conejo, sin embargo, sé que le ha dolido y es como si me doliera también una parte de mí -pronuncié mi pequeña explicación mirando al conejo.

El conejo, mi víctima, estaba allí, apenas a un metro. Su pelaje blanco se movía algo con el compás del débil viento del bosque. Tenía los ojos cerrados, como durmiendo, a pesar de que no se movía. Parecía estar en paz, sin expresión de dolor. Volví a cogerlo con delicadeza, entre mis brazos, acariciando el suave pelaje del conejo, que, si no se hubiera topado conmigo, seguiría vivamente alegre, saltando entre las hierbas y los árboles. Y algo me despertó de la angustia que sentía teniendo aquel animal en brazos.

-Pero, ¿acaso a nadie le ha dolido algo alguna vez? Seguramente, ese conejo se habría muerto, aunque no te hubieras alimentado de él, ¿no? No tienes la culpa de que la vida sea así, como mucho el culpable soy yo -Edward pronunciaba palabra tras palabra, todas ellas impregnadas de melancolía, mientras me acariciaba el pelo con su mano, aunque fuera con el más leve de los roces. Tenía razón, y mi dolor se alivió, en parte.

-¿De qué tienes culpa? -un leve susurro había salido de mi boca. Lo había dicho apenas sin pensar. De hecho, incluso estaba demasiado ocupada para pensar. Sólo prestaba atención a la mano que seguía acariciándome la cabeza suavemente. Estaba absolutamente embobada.

-De haberte convertido -retiró rápidamente su grande, pero hermosamente pálida mano de mi cabeza. Me dedicó una mirada triste antes de volver a excavar y mirar la tumba que tomaba forma en sus manos.

-Pues ahora seré yo quien te diga que no eres culpable. Porque, por mucho que no te lo creas, ya estaría muerta si no me hubieras convertido. Probablemente mis huesos estarían reposando en el húmedo cementerio de Forks -intenté decir estas palabras lo más humorísticamente posible, pero sabía, que podía haber sido perfectamente real.

-Probablemente… -repitió con un simple hilo de voz.

Sólo se oía de lejos el viento, demasiado lejos, quizá. Incluso aunque estuviesen gritando miles de personas, yo era incapaz en ese momento de oírlas. Porque estaba mirando al hermoso rostro inescrutable que estaba junto a mí, dándole forma con sus pálidas manos a un agujero que ya adquiría gran hondura, de un metro. Estaba perfectamente excavada, sin duda alguna. Estaba convencida de que cualquier cosa que hacían esas manos, era perfecta. Hasta una tumba.

-Será mejor que lo enterremos ya -posó su mirada en el cadáver que tenía entre brazos, con una expresión que no decía nada. Añoré, incomprensiblemente, que su mano no estuviera acariciándome la cabeza, que no rozara mi mano cuando le había ayudado a excavar.

Sin decir nada, acaricié de nuevo el pelaje del conejo. Lentamente, como si el tiempo se hubiese detenido, moví mis brazos hacia el agujero que ahora parecía un pozo sin fin. Dejé el conejo dentro, con infinita delicadeza, volviendo a sentir culpabilidad y dolor. Por su muerte, por mí, por todo. Y me quedé mirando al diminuto conejo, blanco, al que debía de despedir.

Ni siquiera las manos de Edward cuando se dispuso a enterrar el conejo me despertaron de ese dolor. Ni siquiera esas manos que, incluso ahora parecían bellas, lograron aliviar el dolor que me invadía. Ni siquiera el débil crepúsculo que empezaba a oscurecer todo lentamente lograba disipar mi culpabilidad. Y así tenía que ser. Yo tendría que sufrir como había sufrido mi víctima, mi presa, con esa sangre tan deliciosa y dulce…

Edward se levantó. Ya había acabado de enterrar el conejo, que descansaba en paz bajo la tierra marrón, a un metro debajo de donde yo me encontraba. Volví a tocar la tierra de donde se encontraba, sin desenterrar. Y acaricié la superficie de lo que era la tumba. Él se alejaba a metros, yéndose por donde había venido, como una aparición. No lo veía porque seguía posando mi mirada en la eterna tumba del conejo, pero oía el débil ruido de las hojas secas que estaba pisando.

Y volvía. Sus pasos sonaban perfectamente cerca. Vaciló antes de sentarse a mi lado de nuevo. No alcé la mirada, ni siquiera me moví, seguramente. Seguía ausente mirando la tumba.

-No te sientas culpable -se limitó a decir. Y lo miré. Y me miró. Sus ojos aunque negros, brillaban con vida en sus párpados. Fue imposible no apartar la vista de ellos. Edward continuó hablando-. Tienes que entenderlo, Bella. Seguramente ya le había dolido algo, anteriormente y hubiese muerto de una manera u otra. No es eterna, la vida. Y menos la de los animales.

-Lo sé -asentí mientras mi dolor empezaba a decrecer. Edward me miraba fijamente por lo que lo único que pude hacer era apartar la mirada, al cielo. ¡Ya era el atardecer! ¿Tan rápido había pasado el tiempo? Las nubes se iban volviendo oscuras, lentamente-. ¿Ya es de noche? -pregunté, preocupada.

Y oí el sonido que me calmó por completo. La risa de Edward. Era una risa musical, maravillosa, como pocas había. Quizá, ninguna.

-Sí, ya es de noche -respondió entre carcajadas.

Y lo siguiente fue aún más… no se podía describir con palabras lo que ocurrió en ese momento: con una rapidez no humana, Edward atrajo mi cabeza hacia él, acariciando mi cabello con sus manos. Tenía los nervios a flor de piel. Era la primera vez que le tenía tan cerca, ni siquiera en las clases de biología le había tenido tan cerca, estaba completamente segura de ello. Y, finalmente, puso sus fríos labios en mi cabeza, besando así mi frente, apartando con las manos el pelo.

Y me atonté. Su glorioso rostro estaba ni a centímetros de mí. Sus labios helados, unidos a mi frente, me besaron. Supuse que era un intento de consolarme. Y ya, su aliento, me tenía atrapada, con un olor incluso mejor que el de la sangre, diferente. No podía ver su expresión, ni sus ojos, pero no podía estar más nerviosa. De haber estado viva, mi corazón hubiera explotado. Una sensación aún más intensa de cuando había estado tocando el piano, me invadió, dejando aparte el dolor o la culpabilidad, dando paso a una placentera felicidad que no se podía medir.

Notaba su respiración, su aliento y, aunque no la viera, su mirada clavada en mí. Y también su roce. No había apartado las manos de mi pelo, acariciándolo con un cuidado infinito, como si yo fuera muy frágil, como si ante el más mínimo roce me pudiese romper o destrozar. Era un sueño, seguramente.

-¿Vamos? -definitivamente, me había atontado, aturdido, embobado, llámese como quiera. Edward estaba ya en la otra punta del diminuto claro, esperando a que me levantara de allí.

Me levanté de inmediato, sin responder. Si es que podía responder, porque estaba segura de que apenas podía decir una palabra, o como mínimo, una sílaba. Caminé como un robot. Apenas controlaba mi cuerpo. Es como si él tuviera un mando que me dijera si ir a la izquierda o a la derecha, arriba o abajo. Y me acerqué a él, sin mirarle porque seguro que eso me paralizaría y ni siquiera podría moverme.

Continué caminando paso a paso, adelantándole. Me giré para ver dónde estaba. Y allí, inmóvil, como la estatua de David de Miquel Ángel, sólo que vestido y más hermoso. Me paré y estalló en carcajadas. No entendí qué podía hacerle gracia de mí o de lo que quiera que le hiciera en ese momento. Y me dio rabia a pesar de que seguía estando embobada. Continué caminando hacia adelante, aunque no sabía dónde me dirigía. Estuvo en un santiamén delante de mí.

-¿De veras piensas ir caminando de forma tan humana? -dibujó en su rostro una sonrisa arrebatadora a la que no podía resistirme, aunque en sus ojos, ahora topacios otra vez, se veía perfectamente que se reía en su interior.

Me acerqué a él, intentando subir a su espalda. Seguramente se refería a caminar de forma vampira. Y yo no sabía, aún. Y seguramente cuando supiese, me daría miedo, sin duda alguna. Pero antes ni siquiera de que pudiera tocarle, ya estaba en su espalda, agarrada con fuerza por el espanto a su cuerpo, como un chicle. Él volvió a reírse brevemente de esa forma tan hermosa antes de advertirme-: Cierra los ojos.

Y en menos de dos minutos, ya estábamos junto al Jeep. El viaje había pasado velozmente, pero a la vez de forma maravillosa. Poder reposar mi cabeza sobre aquella espalda escultural, poder oler su ropa, con aquel aroma tan característico que él tenía, poder incluso sentir su respiración, era increíble a la vez que maravilloso. Los dos minutos se habían pasado rápidamente. Ni siquiera me daba cuenta de que corría a la velocidad que corría.

Cuando llegamos, me dio verdadera lástima tener que bajarme. Hasta llegué a maldecir el tiempo que había pasado tan rápidamente. Y ya estaba en el suelo, andando hacia el Jeep donde nos esperaban Alice y Emmett, en silencio pero seguramente alegres por haberse podido alimentar de sus presas favoritas. Cuando me dispuse a subir al gran vehículo, Edward volvió a ayudarme a subir, dándome la mano y haciendo que añorara aún más haber dejado aquel pequeño claro. Y logré abrocharme los cinturones de seguridad, después de todo.

-¿Qué te pareció el ciervo? -me preguntó Alice, que me miraba ahora con curiosidad. Las luces del coche permitían ver su rostro bastante bien en la débil oscuridad del atardecer.

-Estaba bien, sin duda -ya no sentía tanta culpabilidad y no me dolía hablar de ello, después de todo lo ocurrido.

-¿Pero a que era mejor el oso? No hay quien lo venza -Emmett dijo dibujando una sonrisa en su rostro que me hizo dudar de mi elección. El oso, tampoco sabía mal. Ni el ciervo. Pero no se podían comparar con la sangre de aquel conejo, tan dulce y tan concentrada. No había competencia.

-El caso es que me ha gustado más el conejo -respondí. No quería que nadie se enfadara conmigo, pero ya que cada uno tenía sus preferencias, pensé que yo tenía derecho a declarar las mías.

El silencio que se formó en ese momento fue incómodo. Sólo se oía el sonido del Jeep, y nada más. Miré a Edward, que apenas no había dicho nada. Por su parte, él se limitaba a mirar por la ventana del coche, con mirada y expresión ausente. ¡Cuánto me hubiera gustado que en ese momento él hubiera dicho algo! Supuse que no decían nada ya fuera por la rabia que les provocaba a Alice y a Emmett que ninguno de los dos había ganado y perdido, o porque se sorprendían ante mi declaración.

-Tienes suerte. Los conejos van en abundancia y no se extinguen -comentó Alice con una sonrisa vengativa de Emmett, aunque a la vez triste por haber perdido. Yo no sabía qué decir, si es que tenía realmente que decir algo al respecto.

-En fin, así tendré más parte de la cual comer a los osos -dijo Emmett quizá en un intento de desafiar a Alice de nuevo mientras se le hacía la boca agua y prestaba escasa atención a todo lo demás. Seguramente se estaba imaginando otra vez devorando al oso, con la sangre curando la sed, y… Debía de dejar de pensar en eso.

-Por cierto Bella, ¿dónde estuviste? -inquirió Alice a mi lado con una chispa de curiosidad en los ojos. Temblé. ¿Nos había visto a Edward y a mí en sus visiones? Miré hacia otro lado.

-Eh… no sé, me perdí. ¿Dónde estábamos Edward? -le pregunté en un intento de que la curiosidad de Alice se posara en él y no en mí.

Repentinamente, él se giró, asustado y nervioso. No entendí por qué. Él tan sólo se limitó a encogerse de hombros y mirar de nuevo por la ventana, como huyendo de la atención de los demás. Seguía sin entender por qué estaba nervioso. No tenía motivo… si había alguien que había de estar nerviosa ahí era yo, no él. No tenía derecho a estarlo. Era inaudito.

-¿Estabais juntos? -Emmett se unió al complot de curiosos que estaba formando Alice. Sonrió de manera maliciosa, girándose a mirarme mientras yo apartaba la mirada, mirando a cualquier otra cosa menos a los rostros de los dos vampiros curiosos. Era frustrante. No sabía qué responder.

-Sí, Edward me encontró. Yo me había perdido y… -dejé sin terminar la frase cuando me di cuenta de que ya habíamos llegado a la mansión de los Cullen. Los seis cedros que hacían de jardín ya habían pasado y Emmett ya había aparcado en una de las casas de alrededor, que servía de garaje. Aquella era mi oportunidad -. ¿Ya hemos llegado?
Antes de que alguien pudiera contestar, ya se había abierto la puerta. Y allí estaba él, tan hermoso y callado. Quise salir pero acabé estrellándome con el asiento del coche. Olvidé que tenía atados los cinturones de seguridad. Los desabroché con prisa, intentando ocultar nerviosismo alguno.

Edward me ofreció de nuevo la mano, sin decir nada. Pero no sé qué hice para caerme nada más intentar bajar. Aun así, no sentí dolor alguno. De hecho, no me había caído, porque él estaba allí sujetándome para que no me cayera.

-Debes ir con más cuidado -comentó riéndose entre dientes y caminando hacia donde estaban Alice y Emmett.

Me limité a seguirles, mientras hablaban entre ellos. Hubo un momento en el que mientras se dirigían al caserón, en el que Emmett y Alice me miraron de soslayo e intercambiaron una sonrisa. Edward no los había visto, sin duda. Iba delante de todo, ya abriendo la puerta y dejándola abierta tras de él.

Me apresuré un poco para no impacientarles. Yo, indudablemente, debía de representar la reencarnación de la lentitud para aquella velocidad vampírica. De hecho, yo me seguía sintiendo tan humana como siempre, en el aspecto de andar. Incluso debía aceptar que me daba verdadero temor poder correr de aquella manera.

-Bella, ¿cómo te ha ido? -una voz en el piso de abajo hizo que me detuviera en media escalera de la planta baja hacia el primer piso. Era Esme.

-Bien, he aprendido muchas cosas -expliqué, aunque realmente no sabía qué responder. Me parecía una situación curiosa. Bajé los escalones que había recorrido para reunirme con ella. En muchos aspectos, Esme era la que más me entendía en aquellos momentos, porque siempre intentaba ayudarme.

-¿Y cuál es tu favorito? -preguntó con curiosidad y nerviosismo. Realmente se preocupaba por mí.

-El conejo -tartamudeé un poco cuando respondí. Me daba vergüenza decir algo por la posible reacción de la persona que me lo preguntaba.

-Mmm… conejo. Nunca lo he probado, debe estar bien -dibujó una sonrisa amable en su rostro. No me había habituado todavía a hablar con tanta libertad de aquellos temas de conversación.

Miré al espejo que reflejaba mi cuerpo entero y que había enfrente y me espanté. Estaba completamente sucia. Mi pelo estaba alborotado y con alguna que otra hoja seca en él, mi jersey estaba sucio, al igual que el resto de ropa. Y me miré finalmente las manos, pálidas pero llenas de arena.

-Este… ¿podría ducharme? -pedí con algo de timidez. Era raro pedir una ducha a un vampiro e inmediatamente me pregunté si los vampiros se duchaban. Resultaba algo ridícula mi pregunta, pero ¿por qué no podía ser posible, después de todo?

-Por supuesto. Está detrás de la escalera -explicó señalando la puerta de madera del baño, junto a otra puerta que no sabía adónde llevaba.

-Gracias -musité antes de subir por las escaleras y despedirme.

Subí lentamente las escaleras, pero enseguida estuve en el tercer piso. Me sorprendió no ver la gran cruz de madera dándome la bienvenida a aquella planta. Quizá cambiaban la decoración, pensé.

Me dirigí lentamente al fondo del pasillo, hacia mi habitación. Miré por las gigantes ventanas. Ya era de noche, dando paso a una luna llena casi brillante entre las nubes que siempre invadían Forks.

Antes de poder llegar a mi habitación, me detuve delante de la puerta de la habitación de Edward, que estaba al lado de la mía. La madera de la puerta brillaba, como invitándome a que entrara. Acaricié suavemente la madera con el más leve de los roces. No iba a entrar. Después de todo, ¿qué le iba a decir? No tenía nada que decirle en ese momento. Suspiré y a dos pasos ya estaba entrando en mi habitación, toda oscura. Encendí la luz.

Bajé la maleta que Charlie me había traído. ¿Qué me iba a poner? Abrí la cremallera. Dentro de la gigantesca maleta había un montón de ropa, como si me hubiese de quedar una buena temporada en casa de los Cullen. Me pregunté qué le habrían dado como excusa de mi estancia allí. Seguramente se las habrían ingeniado bien. Escogí unos pantalones que eran parte de un chándal y un jersey de entretiempo negro. No tenía ganas de ponerme excesivamente informal, pero quería estar cómoda. Cogí la toalla que estaba debajo de toda la montaña de ropa y el champú de fresas que me había traído de Phoenix.

Phoenix. Desde que estaba en aquel caserón apenas había pensado en mi antigua casa. De hecho, desde que estaba en casa de los Cullen mi vida no era la de antes. ¿Cómo sería cuando volviera a mi casa, junto a Charlie?

Decidí no entretenerme más y salir de la habitación. Me notaba sucia después de la caza. Bajé las escaleras de los dos primeros pisos cuando me asombró ver la gran cruz situada en el primer piso. Podría ser una especie de cambio de decoración, supuse. Las pocas escaleras que me quedaban para bajar se hicieron pesadas.

Recorrí el vestíbulo hasta la habitación que me había señalado Esme. Abrí la puerta y encendí la luz. Era maravilloso… era como estar en otro mundo. La bañera, de mármol, era gigante. Calculé que, seguramente, podrían bañarse tres personas y caber igualmente. Y el resto también era impresionante. El lavabo, del mismo color de mármol, parecía nuevo, y el gran espejo completamente limpio y brillante, sin una mota de polvo. Realmente aquello parecía el baño de alguna persona extremadamente rica.

Decidí dejar de quedarme embobada mirando la gran maravilla de aquel baño y proceder a ducharme. Deposité la ropa limpia en el poyete del lavabo y la toalla en un gancho que había cerca de la bañera, si se admitía como bañera. El champú lo dejé en una de las esquinas de la bañera. Me quité la ropa que llevaba encima y la dejé en una pequeña cesta que parecía ser para la ropa sucia.

Entré a la bañera, todavía sorprendida. Me sentía el cuerpo raro e inestable. Abrí el agua caliente, que me recorrió el cuerpo y temblé. Estaba ardiendo. La puse fría, y entonces sí que me noté relajada. Olvidé haber cogido el gel. ¡Maldición! ¿Qué iba a hacer? En una de las esquinas, había un bote. Lo abrí y lo olí. Sin duda, era gel, pero no un gel cualquiera. Era el de Edward, aquel olor increíblemente bueno. Inspiré. Supuse que no se enfadaría, después de todo. Me sentía indudablemente relajada. El agua fría me calmaba y aquella olor, junto al champú de fresas, me encantaban. Me aclaré el cabello.

Cuando salí de la ducha, envuelta en la toalla, me miré al espejo. Ante mí apareció una Bella igual, sólo que más pálida, y con una rara marca en el cuello que anteriormente no tenía. Yo, al igual que la del espejo, conduje mi mano a la marca de media luna que tenía al final del cuello. Su tacto era algo frío. Me pregunté qué podía ser, pero sin duda ya lo sabía.

Era el mordisco de Edward. El mordisco que él había hecho para salvarme la vida. Me estremecí con los nervios a flor de piel. Sin duda, era embarazoso. Me sequé y me puse la ropa limpia lo más velozmente olvidando por completo secarme el pelo y abrí la puerta, intentando correr lo más rápido posible hacia mi habitación, pero choqué contra lago y sonó como chocar contra una piedra.

Me llevé la mano a la frente, seguramente por la costumbre que había tenido ya de humana. Alcé la cabeza. Y allí estaba la persona que menos debería estar allí. El propietario de aquellos ojos topacios me miraban. Pero yo no lo miraba. Me atraía más otra cosa: iba completamente vestido, excepto porque no llevaba jersey, dejando al descubierto su pálido pecho musculoso mejor que el de cualquier escultura romana y griega. Enmudecí por completo.

-Lo siento… -murmuró con una voz apenas audible y apartando la mirada de mí completamente. Sin duda, estaba enfadado porque ya debía haber olido su olor en mí.

-¡No, no! Lo siento yo -mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía, haciendo que cualquier persona notara que estaba nerviosa-. He olvidado mi gel y he cogido el tuyo, creo, perdón.

-No pasa nada -dijo con una voz increíblemente rápida y fría-.

Y salí por la esquina que quedaba libre, impresionada por aquella repentina voz fría y distante.

Por la ventana de mi cuarto amanecía con una luz gris, como la que siempre tenía Forks, dejando atrás la noche. Apagué la luz de la mesita que tenía en mi habitación, y moví la silla al lado de la ventana.

Me había pasado la noche leyendo el libro de Cumbres Borrascosas que Charlie me había traído. Noté mi pelo seco que había olvidado de alisar, aunque le restaba importancia. No tenía ganas ni siquiera de eso, ni de secarme el pelo. Independientemente de que leyera o de que observara el amanecer, seguía pensando en todo lo que me había ocurrido aquellos días y me parecía todo lejano e irreal. Además, añoraba a Charlie. Seguramente me quedaban pocos días de estancia en casa de los Cullen y pronto volvería a la pequeña casa del jefe Swan.

Me pregunté qué haría mi padre. Seguramente, estaría pescando en un domingo como hoy lo era. Quizá habría ido a La Push, junto a su amigo Billy. Y me imaginé como sería mi vida de vuelta a casa. Igual, sólo que tendría que alimentarme de sangre y por las noches me moriría de aburrimiento. No era tanto, el cambio. No le podía explicar a Charlie que ahora era una vampira. Me mandaría al hospital o pensaría que bromeaba. Ni siquiera yo me lo creí, en un comienzo.

La luz empezaba a entrar con algo más de intensidad. Abandoné Cumbres Borrascosas en su lugar de la estantería para leerlo más adelante. Me miré en el pequeño espejo que colgaba en la pared y no pude evitar soltar un leve chillido, aunque intenso. Mi pelo parecía el de una bruja de cuentos. O quizá se ajustaba al de Marge Simpson. Era difícil de decir a cual de los dos se acercaba más. Opté por una mezcla de los dos. Tenía terribles ondas que descontrolaban el pelo. Además, cuando acerqué una mano intentando alisármelo, me encontré con que tenía electricidad estática. Perfecto, pensé.

Desesperada, me peiné el pelo, pero se quedo igual. La única forma que conocía de arreglo a parte de rapármelo, era recogiéndolo en una coleta. Al menos no se notaba tanto, desde luego. Mi estómago gruñó. Aun así, ni yo tenía ganas de comer, pero en aquellos momentos mi estómago mandaba.

Cerré la puerta y bajé la gran escalera que tanto quería. Noté voces en la planta baja, la de dos personas. Sin motivo alguno, me detuve antes de posar mi pie en el primer escalón que descendía de la primera planta a la planta baja. Oí la conversación perfectamente, a pesar de estar tan abajo. Las voces pertenecían a Esme y a Carlisle. Parecían decidir algo sobre algo importante.

-Hoy ha llamado su padre preguntando por ella. Le he dicho que estaba bien, pero que no se podía poner en ese momento. No podemos seguir mintiendo -le explicó a Esme. No entendí de quién hablaban, pero escuché con más atención.

-Quizá aguantemos algún tiempo más… -suspiró Esme, preocupada.

-No por mucho más de una semana. He inventado tantas enfermedades que ya no se qué más decir. Se lo tenemos que explicar, que tendrá que estar con nosotros para siempre, no veo otra salida a esto -a pesar de lo calmado que solía estar Carlisle, se le notaba nervioso.

-No podemos hacerle eso, acaba de transformarse… le es demasiado difícil -insistió Esme, también algo nerviosa pero calmando su voz.

-No hay otro remedio. Los demás también tuvieron que abandonar a sus familias y no verlas más, tendrá que aceptarlo por más que le cueste -su voz sonaba preocupada y aún más nerviosa.

Pero yo ya no me quedé más a escuchar y subí rápidamente las escaleras que me quedaban por subir.

Llegué a mi habitación hiperventilando y jadeando. Aquello no era posible, no podía serlo. Sonaba como en pesadillas. Ese alguien que no podría ver más a su familia, que era recíen transformado y a quien le sería difícil aceptarlo, sin duda era Bella Swan, yo. Charlie, Reneé, hasta Phil.

No hay otro remedio“, sonó la voz en mi mente. No había otro remedio ni solución. No lo había. Tenía que aceptar no volver a ver a Charlie, a mi madre y a todos. Añoré hasta al pesado de Mike, añoré hasta a Lauren, que me ignoraba. No les iba a volver a ver jamás. Tendría que estar siempre con los Cullen. No podría enviar más e-mails a Reneé. No podría cocinar más para Charlie. No podría cuidar más ni de mi madre ni de mi padre. No podría hacer… nada. Parecía el fin.

No volvería a casa después del instituto con mi monovolumen gruñendo, no volvería a casa, directamente; ni a la de Phoenix ni a la de Forks. Y jamás volvería a oír la voz despreocupada de mi madre desde el teléfono. Y tampoco volvería a ver a Charlie ver sus partidos. No volvería a ninguna parte.

No. Aquello no podía ser. Tenía que haber una solución. La más remota solución aunque fuera difícil de encontrar. Tenía que encontrar el modo de volver a verles, aunque mi vida no fuera tan normal como antes. Pensé en Charlie y en mi madre y un sufrimiento fuera de lugar empezó a invadir mi cuerpo. Les haría sufrir, aunque consiguieran superarlo. Quería verles, abrazarles y decirles cuanto les añoraba. Incluso volver a ser pequeña, después de todo.

Iba a verles aunque fuera por última vez. Lo haría. Quería ver la sonrisa infantil de mi madre mientras me explicaba lo feliz que era junto a Phil en Phoenix. Quería oír los partidos de baloncesto junto a Charlie mientras se comía lo que yo le hiciera, cansado de un día de trabajo. Quería hasta ir con Mike y los demás a la salida que harían en unos días a La Push. Quería… estar con todos y cada uno de ellos aunque fuera por menos de un minuto.

Por supuesto que admitía que los últimos días de mi vida habían sido una maravilla, hasta un sueño. Los Cullen me habían salvado la vida y habían hecho todo lo que podían por mí, y les estaba agradecida por ello. Pero no podía permitir que no me dejaran volver a ver a mi familia, aunque sólo fuera de vez en cuando, una vez a la semana o al mes. No me importaba, pero quería ver con urgencia a mi familia.

Y lo haría por más que me costase. Por más veces que tropezara o sufriera, por más veces que no lo lograra, los volvería a abrazar, a hablar y a ver.

De inmediato decidí que tenía que escabullirme de esa casa sin que ninguno de los siete vampiros se enterasen de que me marchaba aunque fuera por un momento. En efecto, no sería fácil. Estaba segura de que con el silencio que había en esa casa se enterarían hasta de si respiraba. Pero haría cuanto hiciera falta, sin duda. Y lo haría ahora. Si dejaba correr más el tiempo, probablemente fuera a peor y sólo lograra empeorar las cosas.

Me quité la ropa que llevaba tan deprisa como pude y me puse unos tejanos, un jersey blanco, las botas de agua y una chaqueta negra que más bien era un chubasquero, por si llovía. No me moleste ni siquiera en peinarme mucho el pelo. Acabaría despeinada igual, de todos modos. Cogí aire y expiré.

Abrí lentamente la puerta y la cerré tan silenciosamente como pude. Todo estaba despejado, sin nadie al hacecho. Miré por la ventana una vez más. Tendría que ir hacia el sur para llegar a Forks. Una vez allí, ya podría encontrar mi casa, junto a la carretera, como estaba todo Forks.

Bajé las tres plantas sin que nadie apareciera. Al igual que en la planta baja. Parecía una casa encantada. No había absolutamente nadie. Lo que hacía parecer a aquella casa, una casa recíen abandonada, pero a la vez era bueno. Me dirigí hacia la gran puerta y me giré una vez más para asegurarme de que allí no había un vampiro, o un alma. Nada de nada, ni vampiros ni almas. Y me escabullí de allí, saliendo por la puerta y sin hacer ruido.

Fuera chispeaba. E inmediatamente me di cuenta de mi gran error. No tenía coche ni manera de la que ir. Antes de planear nada, anduve hacia el bosque, al menos para ocultarme.

Por más vueltas que daba, la única solución era ir a pie. Pero si iba tan lenta, probablemente los Cullen me descubriesen. La única manera que era posible era correr como lo había hecho Edward en el bosque: como un vampiro. Y eso hacía imposible cualquier huida además de destrozar cualquier posibilidad de huir.

Pero tenía que hacerlo y lo haría. Si no lo intentaba, jamás lograría nada. E intenté correr como si fuera humana y con todas mis fuerzas. Choqué con un árbol. Lo único que había conseguido era estrellarme contra un árbol… o no. Porque los árboles que tenía alrededor eran diferentes. Porque notaba que ya no chispeaba con tanta fuerza. Porque, ya, notaba en mi interior una fuerza capaz de cualquier otra cosa.

Y lo intenté. Y me caí. Y lo intenté. Y me caí. Y choqué. Y así, sucesivamente, pero iba avanzando, sin duda. Creía haber cruzado un río por el ruido alejado que se oía y, maravillada, tenía ante mí la carretera. Era como un regalo después de tantos golpes y caídas. Al menos sabría por dónde iba. Sólo tenía que dirigirme hacia el sur y correr tan deprisa como pudiese, evitando que me viera la gente. Y lo haría fácilmente puesto que allí no pasaba ningún coche y por Forks rara vez te encontrabas a alguien andando por plena calle.

Con más energías y caídas, llegué pronto a las primeras casas del pueblo. La casa de Charlie caía al otro extremo del pueblo, pero llegaría. Mis músculos se contrajeron y corrí, corrí tan velozmente como nunca había corrido. Notaba como yo misma lo disfrutaba. Debajo de la lluvia, un mechón se me escapó de la coleta, por la gran velocidad a la que corría. Pero también notaba libertad, como si pudiese hacer cuanto quisiera. No era tan terrible, de como había imaginado.

En menos de tres minutos, ya tenía la casa de Charlie a una manzana y aflojé, haciendo que yo misma andara a un ritmo humano. Inspiré. El aire húmedo de la tierra, por muy odioso que me hubiese resultado en un principio, ahora me encantaba. Incluso el odioso verde que tanto me había llegado a disgustar.

Y frente a mí tenía mi pequeña casa de dos pisos, que por muy pequeña que fuese, ahora parecía un palacio. Cogí las llaves de debajo del felpudo. Le daría una sorpresa a Charlie, que volvería por la tarde de pescar, seguramente. Abrí la puerta con todo el entusiasmo que sentía y oí a lo lejos el ruido del televisor encendido y experimenté una gran felicidad.

-¿Bella? -me llamó una voz a lo lejos. Era la de Charlie, estaba allí, apenas a metros. No podía estar más feliz ni más aliviada. Mi padre estaba allí, no de pesca.

Recorrí todo el salón a la manera de correr humana, antes de cerrar la puerta, y abracé a mi padre suavemente, por lo mucho que le había echado de menos, respondiéndole:- ¡Papá!

No me había sentido tan feliz desde… ayer, cuando estuve de caza. Recordar esto me hizo pensar en los Cullen. Probablemente, ya sabían de mi huída, por eso tenía que aprovechar el tiempo al máximo y no perder ni un segundo. Mi padre también me abrazó con todas sus fuerzas.

-¿Qué haces aquí? -preguntó sorprendido al verme, todavía abrazándome con fuerzas. Me dejó ir para mirarme.

Y entonces sentí un gran dolor que ganaba claramente a la felicidad.

Olí la sangre. La sangre de mi padre. Olí el líquido que corría por sus venas y que olía fuertemente, llamándome a que lo bebiera con toda su fuerza. No tenía nada que ver con el olor de la sangre animal. Atraía con cien veces más de fuerza. Era sangre humana. Una sangre que era cien veces aún más apetecible y deliciosa. Pero resistí. No podía matar a mi padre. No lo haría por más dolor que me hiciera no hacerlo.

-El doctor me ha dejado venir -respondí buscando alguna excusa. Era increíblemente difícil. Me dolía el pecho, me dolía todo. Quería beber esa sangre, y la de todos los humanos.

-Te he echado de menos, siéntate -me condujo hacia el sofá donde me senté. Parecía feliz de que hubiese venido.

Pero yo estaba al borde de mi arrepentimiento. Sabía que estaba poniendo en peligro la vida de mi padre. Y sería yo su asesina, la culpable de su muerte. Era horrible. Mi estómago me mandaba matarle y beber su sangre, y alimentarme. Pero no quería matar a nadie. Tenía que vencer a mi hambre. Y no me iba a arrepentir de haber venido, porque había podido ver a mi padre, después de casi no poderlo ver. Aun así, cada vez se hacía más insoportable. Me dolía no poderme alimentar.

-¿Te encuentras bien? Te noto muy palida -me preguntó, dibujando la plena alegría en su cara, aunque también podía ver la preocupación por mi accidente.

Y me obligué a mí misma a no respirar aquel olor, porque si no, ya estaría abalanzándome sobre mi padre y alimentándome de su sangre. Increíblemente, lo logré y recordé que los vampiros podían no respirar. Aun asi, seguí notando el dolor aún más intenso. Pero podía controlar el monstruo de mi estómago y salvar a mi padre de su muerte.

-Sí, me encuentro bien papá. Es sólo que después del accidente… -no supe qué decir, qué excusa poner.

Logré recuperar mis ánimos gracias a lo feliz que estaba haciendo a mi padre, y a mí misma, a pesar del dolor. Agradecía haberme podido escapar y poder ver a mi padre, aunque sólo fuera por unos instantes, y aunque fuera seguramente la última vez que le vería. Pero le había visto, y le había hecho feliz. El dolor no se podía comparar con eso. Ahora ya podía irme, pero ya me sentía aliviada de que estuviese bien, además de alegre.

-Oh, no te preocupes. Ya verás que te curarás. El doctor me dijo que… -fue interrumpido por el timbre.

Charlie se levantó a ver quién sería. Agradecí que se alejara algo, pues el olor se hizo menos intenso y el dolor fue menos intenso, también. Mi padre les dio la bienvenida a los que habían venido, aunque yo ya sabía perfectamente quiénes eran. Habían venido a buscarme. Eran Carlisle y, aunque era la persona con quien menos me esperaba encontrar, allí estaba también Edward, probablemente para alejarme de mi padre. Y también volvió el olor de la sangre que de inmediato hizo aumentar mi dolor por no poderla beber.