La caza
Ocaso
Tercer capítulo: La caza
“Entonces, recordé lo que Edward había dicho en su habitación y yo no había entendido. “Tienes un poder”, dijo. Y luego, en la escalera, ese susurro que susurró: “Telepatía…”. ¿Tenía yo el poder de la telepatía? ¿Era eso posible? Seguramente, sí. Porque eso era como soñar un sueño agradable. Decidí que se lo preguntaría al día siguiente, porque parecía haber tiempo de sobras y para todo. Tan sólo me dejé conducir escaleras abajo en la medianoche.”
Intuí que quedaban ya pocos escalones por los que bajar porque el vestíbulo se veía iluminado por la tenue luz que entraba desde los cristales y que formaba una débil claridad, formando sombras algo más claras en la oscuridad. Y, atontada intentando ver dónde me conducía Edward, caí. Y él también cayó por haberme cogido de la mano.
Rodé por los escalones. Apenas eran unos diez, pero no sentí dolor alguno. Sólo que me daba vueltas la cabeza. E intenté levantarme, pero algo aún me tenía agarrada al suelo, la mano de Edward. Él estaba tratando de incorporarse apenas lejos. Se levantó y me ayudó a levantarme con un estirón y un gruñido que interpreté como un posible enfado por la caída de las escaleras. Con la otra mano, intenté ver si me había hecho algún rasguño, pero el estirón que Edward hacía me lo impedía totalmente.
-Lo siento, yo… -musité intentando explicar una posible excusa a mi problema: no poder andar sobre una superficie plana sin tropezar con algo. Pero lo que no me esperaba era su reacción.
Una sarta de carcajadas rompió el silencio. Ese gruñido había sido posiblemente un intento de esconder la risa. No paraba de reír, aún cogido de mi mano. Y me enfadé, tanto con él como conmigo. El hecho de ser vampira no había cambiado para nada mi problema. Y Edward no paraba de reírse. Me sentí ridícula. Estaba segura, que, de tener sangre, hubiera enrojecido de ira y de vergüenza. Solté su mano con toda mi fuerza y me dirigí a otra dirección, a pesar de no saber dónde iría a parar en la oscuridad. Decidí volver a mi habitación de donde no debería haber salido.
-¿Dónde vas? -el cambio de su voz me sorprendió. Estaba serio, sin motivo alguno tras reír tanto. Y volvió a cogerme la mano, guiándome de nuevo hacia el piano.
Antes de poder responderle, ya me había arrastrado en la oscuridad. Recordé lo grande que era el vestíbulo y la distancia que separaba las escaleras del piano. Probablemente había hecho lo que había hecho el día de mi accidente, algo que tenía que ver seguramente con los vampiros. Con un suave empujón me sentó en el banquillo y él se sentó cerca, a treinta centímetros. Yo seguía enfadada y me senté algo más lejos. ¡Qué morro podía llegar a tener!
Pero el enfado desapareció enseguida. Las hermosas notas de Arabesque empezaron a hundir el vestíbulo en un sonido agradable y pacífico. Cerré los ojos e inspiré aire. Era como estar en un lugar donde soplase una suave brisa y poder estar relajada. Aquella melodía me calmó definitivamente, y me dejé conducir por la música. Ni siquiera recordaba que Edward estaba allí, ni mi enfado, nada, sólo tenía conciencia de la melodía que rompía el silencio de la mansión para substituirlo con sus notas igualmente calmadas. Y entonces me acordé.
Era Edward quien estaba tocando aquella melodía. En un principio pensé que me había tomado el pelo. O, por lo menos, pensé que no la interpretaría tan bien, pero me equivocaba, desde luego que me equivocaba. Era como escuchar la melodía de un pianista famoso. ¿Habría algo en que no era bueno?
-¿Tocas a menudo? -le pregunté. Él estaba a cincuenta centímetros de mí, con las manos todavía en el piano, pero inmóviles y perdido en sus pensamientos.
-Sí, cada día toco un rato -admitió, y lo que dijo a continuación parecía tener un doble sentido-: Me calma.
Volvió a interpretar la melodía, algo más deprisa, pero, inexplicablemente, dejó de tocar cuando iba por la mitad y todo volvió al silencio profundo y a veces incómodo en que solía estar. Aunque detestara reconocerlo, era un buen pianista. Me sorprendía, y en ese sentido, le admiraba. Hacía años mi madre había intentado apuntarme a clases de piano, pero me las arreglé para dejarlas porque siempre me equivocaba de nota debido a mi torpeza.
Una nueva melodía me despertó de mi ensimismamiento. Edward tocaba ágilmente la pieza, moviendo las manos por el teclado con rapidez y habilidad.
-Schubert -musité al reconocer aquella pieza-. Creo recordar que no sonaba ningún piano…
-Es una adaptación para piano. No suena quizá tan bien como la original, pero las notas claves sí que se pueden tocar -explicó para mi asombro y se encogió de hombros. No quise añadir nada más, se le veía demasiado concentrado tocando la pieza de Schubert.
La octava sinfonía de Schubert sonaba a piano, y se me antojaba tan perfecta como si la hubiera tocado una orquestra. Debía admitir, sin embargo, que prefería Arabesque. No es que la composición de Schubert me desagradase, pero tenía un tono muy diferente que a la de Debussy. La sinfonía expresaba sentimientos de angustia y sufrimiento. Precisamente, en ese instante, iba por la mitad de la pieza, donde se suavizaba algo pero volvía a tener tono grave a los escasos segundos. Se me contagió algo del sufrimiento, como siempre que oía aquella melodía.
Los minutos pasaron y la sinfonía acabó, y todo se hundió en un nuevo silencio. Edward, perdido en sus pensamientos, suspiró. Me pregunté en qué estaría pensando. A pesar de habernos dirigido la palabra esos días, apenas habíamos conversado nada y sobre todo sobre el tema de los vampiros, porque yo aún no lo acababa de aceptar, y muchas dudas me inquietaban. Pero algo interrumpió lo que pensaba: una nueva canción que jamás había oído y que sonaba suave y tranquila.
-¿Qué canción es? -susurré intentando memorizar esa melodía. Era agradable de oír.
-Es la favorita de Esme -explicó riendo entre dientes.
-¿Quién es el autor? Me gusta mucho, es una melodía preciosa y relajante -probablemente, cuando saliera a fuera, iría a comprarme el CD de esa canción, aunque dudé que en Forks lo tuvieran, por lo que tendría que ir a Port Angeles o a Seattle.
Ante lo que había dicho, Edward sonrió, orgulloso y petulante, como si le hubiese aplaudido o felicitado por su odiosamente magnífica interpretación. No entendí nada, hasta que dijo-: Edward Anthony Cullen.
-¡¿Qué?! -el grito de sorpresa que pronuncié en aquel momento se debió oír desde kilómetros a la redonda. Por su parte, Edward, desde la oscuridad a cincuenta centímetros, se rió entre dientes.
-Soy yo -se limitó a decir, todavía riendo, quizá tomándome por tonta.
Independientemente del asombro que sentí en ese momento, no pude si no avergonzarme. Él, un vampiro perfecto, guapo y sin apenas error alguno; yo, una simple vampira recientemente convertida y torpe. Por lo general, la vida no era justa, pero aquello era un gran contraste. Me sentí increíblemente insignificante mientras él continuaba tocando la hermosa melodía con algo más de lentitud, pero no logré calmarme del todo.
A pesar de ello, había de reconocer que era un gran músico. Aquella melodía era preciosa, como cada una de sus notas y estaba perfectamente compuesta. La melodía estaba finalizando. Intenté superar mi avergonzamiento, pensando en la melodía, sin recordar su terriblemente perfecto autor, que estaba a mi lado tocando las últimas notas. En mis pensamientos, definí la melodía con una palabra: “magnífica“.
-Gracias -respondió Edward, con tono orgulloso pero a la vez frío. ¿Cómo había podido oír lo que había pensado si no lo había pronunciado? Y de repente, lo recordé.
Telepatía.
O lo que era lo mismo, hablar a la gente en pensamientos. Según Edward, yo tenía ese, si así se le podía llamar, poder. Pero era confuso. ¿De dónde podía venir ese poder? Que yo supiera, no se podían tener poderes. Pero, me dije, tanto había cambiado mi vida en los últimos días, y tan irreal se había vuelto, que quizá sí que fuese hasta posible… y real. Me pregunté también el por qué, ¿por qué yo tenía aquel poder? ¿Tendrían los demás vampiros otros poderes? Mi impaciencia buscó una solución rápida, y allí estaba: Edward.
-¿Tengo el poder de la telepatía? -me limité a preguntar.
Aun en la oscuridad, vi perfectamente que evitaba mirarme y posaba su mirada intensa sobre las teclas del piano, quizá intentando cambiar de tema o ponerse a tocar. Me enrabió. Ya me había ocultado anteriormente el ser un vampiro, ya no tenía por qué ocultar nada. Intenté aprovechar el poder que tenía y le envié un mensaje mental, si así podía llamársele: “Edward“. Mi voz interior sonó reprochante, por lo que acabé añadiendo: “por favor…”.
-Sí -la respuesta me impresionó más de lo que había pretendido a pesar de ser un susurro. Ahora que lo había confirmado, necesitaba respuestas a mis otras dudas.
-¿Por qué a mí? ¿Tienen los demás poderes también? -básicamente, esperé a que respondiese, aunque no podría contener por mucho tiempo la gran impaciencia que estaba sufriendo en aquellos momentos.
-Eso es largo de explicar -frunció el entrecejo mientras decía esas palabras y antes de continuar suspiró-. Quizá sea esté relacionado con el hecho de que no te puedo leer el pensamiento…
Ante esto sonrió. Parecía ser muy consciente de lo inquieta que estaba e intentaba ponerme aún más. Edward. Leer el pensamiento. Yo. Intenté reunir estos factores. Eso respondía afirmativamente a que los demás vampiros tuviesen poderes y que yo no fuera la única con poderes extrasensoriales. Una carcajada proveniente del perfecto compositor rompió el silencio, probablemente porque le divertía mantenerme en esa especie de impaciencia.
-Puedo leer el pensamiento… -confirmó, como si me hubiese leído el pensamiento y su tono seguía siendo frío- pero hay una excepción, y quizá eso explique todo. No puedo leerte el pensamiento, sólo a ti. Quizá es…
-¿Por qué no me lo puedes leer? -me estaba fascinando aquel relato que parecía irreal, pero que lo era y la curiosidad me venció e interrumpió la explicación.
-Eso estaba intentando explicarte -comentó molesto para retomar enseguida su explicación-. He pensado que quizá sea porque no tienes una mente como la de los demás. Puede que reserves demasiado tus pensamientos y eso es lo que lleva a que hayas desarrollado ese poder. Porque, telepáticamente, sólo cuando tú quieres puedes permitir que los demás escuchen tus pensamientos, aunque los demás no tengan poder para leer mentes. Porque, posiblemente, intentas que nadie se entere de lo que piensas y sólo cuando tú quieres puedes permitir decírselo mentalmente a los demás.
Me quedé fascinada por su pequeña teoría. ¿Cómo debía interpretar aquello? Él, quien supuestamente podía leer mentes, no podía leerme la mente ni siquiera una palabra. Y yo, supuestamente podía hablar mentalmente. Era algo difícil de creer, pero esa explicación sonaba convincente y coherente. Y me di cuenta. Aquello me enrabió de nuevo. Mi mente no funcionaba como la de los demás. Entre las sombras, Edward estaba inescrutable, apenas respirando. Lo entendí. Él no podía leerme la mente como hacía con todo el mundo, y eso era porque yo intentaba que mis pensamientos no se descubriesen, y que sólo se descubrían cuando yo quería y con quien quería… quizá era eso por lo que tenía poder telepático.
-Así que mi cabeza no funciona como la de los demás… -repetí, esta vez, en voz alta.
-Exacto -volvió a reírse de aquella manera tan musical que hizo desaparecer parte de mi rabia. Y me di cuenta que todavía él no me había explicado exactamente cómo funcionaba su poder y el porqué.
-Y tu poder… ¿Cómo funciona? -parecía volver a estar distante de nuevo. Apenas se oía nada, pero empezó a tocar otra vez la melodía preferida de Esme, con un tono mucho más bajo, tan sólo como melodía de fondo.
-Nuevamente difícil de explicar. Es como si una sala estuviera llena de personas y todas hablando. Se oyen todos los pensamientos como conversaciones y cuando localizas uno en concreto, se oye como un susurro. En cambio, cuando intento leerte la mente, no oigo nada, es todo silencio -explicó con tono melancólico y frustrado-.
-¿Por qué deberías tener ese poder? ¿Y tus hermanos, también tienen poderes? Se me hace aún raro creer que se pueden hacer cosas así, aun habiendo sabido que son reales… parecen cosas de fantasía, alejadas del mundo real -comenté. Aún pensé en lo que había dicho sobre su poder y comprendí que, aunque fuese muy útil, debería ser algo incómodo oír voces todo el rato y no poder hacer nada.
-Cuando era humano -en decir esta palabra, y en la oscuridad, me di cuenta que le daba un tono de vital importancia- se me daba bien adivinar lo que podían pensar los demás, seguramente sea por eso. En cuanto a mis hermanos y a Carlisle y a Esme, tan sólo Alice y Jasper tienen poderes.
Volvió a hacerme la misma jugarreta que anteriormente, parando la explicación en la mitad para impacientarme, y sabía que lo hacía expresamente por el sonido que hacía al esconder una carcajada. Y yo, también como anteriormente, hice uso de mi poder: “di”. Me era imposible controlar el tono de mi voz interior, por el momento, y sonó más con impaciencia que con la amenaza que había intentado poner. Me preguntaba qué clase de poder podían tener sus dos hermanos.
-Alice puede ver el porvenir, no lo que ha de pasar, si no lo que puede pasar. Jasper puede controlar las emociones de los que están a su alrededor -Edward pronunciaba estas palabras con un tono que no supe reconocer, pero que interpreté como con similitud con sus dos hermanos.
La melodía de Esme había acabado. Estaba estupefacta. Por muchas expectativas que hubiese supuesto, jamás habría acertado. Ver el futuro, controlar las emociones de los de su alrededor. Jamás lo habría imaginado, de hecho, no tenía gran imaginación si no era para encabezarme por cosas sin vital importancia.
-Siento que mi poder es algo tonto -musité. En comparación a los otros poderes, el mío me parecía algo inútil, aunque agradecía haber tenido un poder de no tener nada.
-Es porque no estás acostumbrada. A mí se me hizo insoportable al principio de transformarme escuchar los aburridos pensamientos de la gente y tener que oírlos todo el rato. Simplemente, con el tiempo, ganarás experiencia. Dale tiempo al tiempo -respondió con tono de mofa en las últimas palabras.
Dale tiempo al tiempo, me repetí interiormente. A Edward también le había resultado duro, al principio. Al principio. Esas dos palabras me inquietaban. Yo estaba en ese comienzo, como vampira. El comienzo del comienzo. ¿Cómo me debería haber transformado? ¿Y quién?
Según las leyendas, una víctima de un vampiro se transformaba en vampiro cuando alguno de estos magníficos seres, en el que yo me encontraba convertida, mordía. Morder. Todos los Cullen tenían unos magníficos dientes, como me había mostrado Edward el primer día que me habló. Unos dientes blancos y brillantes, como los de los anuncios de pasta de dientes. El método estaba claro. Me había mordido alguno de ellos. ¿Pero cuál?
Edward estaba ahora perdido en sus pensamientos, con las manos todavía en las teclas del piano, inmóvil como una estatua, apenas parpadeando. Por los cristales que rodeaban el vestíbulo, empezaba a entrar una débil luz que permitía distinguir algo más entre las sombras de aquel caserón. Podía distinguir algunos rasgos de Edward. Toda su expresión era inescrutable, sin mostrar emoción alguna. Y sentí como una corriente eléctrica que emanaba de él. Tenía ganas de tocar aquel rostro, pálido y perfecto, más parecido a alguien de sueños que real.
Alcé las manos, inconscientemente, de forma lenta hacia él, que todavía estaba ensimismado. En ese momento, mis manos me parecieron algo más pálidas que de costumbre, pero no me importaba. Edward, repentinamente, me miró con una mirada que no supe interpretar. Reposé mis manos sobre mis piernas y sentí que tenía que decir algo, pues si no él interpretaría que le estaba mirando, lo que era vergonzoso.
-¿Quién me mordió cuando me transformé? -dije lo primero que se me pasó por la cabeza, y lo que seguramente no debía haber dicho en ese preciso momento.
En un primer momento, su expresión era de sorpresa, pues podía verlo con la débil luz que entraba por el cristal aunque no era muy intensa. Luego, furia. Una inexplicable e intensa furia dominaba su expresión. Sus ojos, no sabía yo si era por la poca luz o por otro motivo, se oscurecieron. ¿Tan mala era mi pregunta? Me miró con desdén y apartó la mirada, tomando como punto de vista la pared de enfrente suyo. Era frustrante y a la vez magnífico. Frustrante por no querer contestarme y cambiar su expresión con ese rostro tan perfecto, que hasta enfadado, era magnífico.
Empecé a barajar mis propias hipótesis con el repentino silencio. Seguramente, me habría cambiado Carlisle, pues parecía ser quien mandaba de los Cullen y quien tomaba decisiones más acertadas. Pero algo me decía que no: que no era Carlisle quien me había cambiado, si no otro de los vampiros. Intenté hablar mentalmente con Edward, con un tono que intenté que fuera agradable o al menos convincente: “es sólo que lo quiero saber…”. Me miró de nuevo, igualmente impresionado ya fuera porque utilizaba mi poder o porque insistiera. Su expresión se suavizó algo, pero volvió a apartar la mirada.
-Fui yo -apenas fue un susurro, casi inaudible, con un tono de culpabilidad. Edward miró hacia otra dirección, como había hecho, con expresión de dolor, visible ante la débil luz que entraba por el cristal.
Fui yo. Fui yo. Fui yo. Fui yo. Fui yo. Las dos palabras se repetían en mi mente, queriendo o no. Fue él, Edward Cullen. Mi juicio, por una vez, había acertado. Algo me había dicho que no era Carlisle, y había sido la expresión de Edward, de él. Una extraña pero intensa emoción invadió mi cuerpo. Una sensación intensa y sin duda alguna, de relajamiento… Quizá felicidad. No sabía qué era, pero me daba igual, pues me sentía satisfecha y infinitamente agradecida.
-Gracias por haberme salvado la vida -le agradecí con un tono todavía más intensamente agradecido de lo que habría pretendido.
Edward, sorprendido, me miró. La luz que entraba por el cristal se iluminó con un poco más de fuerza, permitiéndome ver al hermoso vampiro que me sonreía levemente a mi lado. Volví a querer tocar ese rostro, tan perfecto, que me sonreía, aunque poco, me sonreía. Pero eso sólo duró unos segundos. Enseguida volvió a su estado raramente culpable, como si salvarme hubiese sido un error. No entendí nada.
-No deberías agradecerme por haberte matado -parecía sentirse culpable, odiosamente culpable de haberme salvado, o como el había definido, matado. No entendí nada.
-¿Matado? Edward, ¡me has salvado la vida!, tanto como por salvarme del accidente como por convertirme en vampiro. No digas eso -el sufrimiento provocado por sus palabras me hacía daño. No me había matado, si no que me había salvado. ¿Por qué diría aquello?
-No lo entiendes… Condenarte a ser una vampira, es el peor de los castigos, y yo soy el culpable. No puedo permitir que me agradezcas eso, no puedo permitir que me agradezcas que te haya matado -parecía que sufría, tanto interiormente como exteriormente. El dolor que destilaban aquellas palabras me encogió el corazón, y todavía más cuando miré a su rostro, inescrutable, hermoso, pero con expresión de culpabilidad.
-Quizá sí que me hayas matado… pero no es lo mismo. Me has matado de forma que puedo seguir viva -no supe si entendía lo que le estaba diciendo, pero continué hablando-. Estoy aquí, Edward. Si hubieses dejado que el coche de Tyler me atropellara, hubiera muerto igual, pero no estaría aquí y probablemente…
Su reacción fue inesperada. Puso un dedo sobre mis labios, callándome. Estaría amaneciendo, pues la débil luz se hacía más fuerte, permitiéndome ver la intensidad de su mirada topacia. Su dedo, frío y pálido se apartó de mis labios. Me hubiera gustado que ese momento jamás hubiese terminado. Entonces, añadió-: Dejemos de hablar de esto, es algo deprimente.
Se rió de esa forma tan musical y me uní a su risa. Me di cuenta, en ese momento, que estaba apenas a diez centímetros de mí. Estaba segura de no haberme movido un centímetro. Tenía los nervios a flor de piel, cuando me quedé aún más estupefacta. Su mano pálida acariciaba lentamente mi pelo, poniendo un mechón detrás la oreja. De haber sido humana, hubiese enrojecido, pero notaba perfectamente una sensación aún más intensa que la anterior, dominando mi cuerpo. El rostro de Edward me aturdía tanto como su mano.
-Eh, parejita, ¿os venís de caza? -una voz divertida estaba en el otro extremo del vestíbulo, observándonos.
Si no hubiese sido alguien conocido, lo habría mandado al infierno. Era Emmett, el hermano de Edward. Este ya estaba junto a su hermano, al otro extremo.
Ya eran las cuatro de la tarde. Aquel día se había iniciado oficialmente mi iniciación en la caza, o así lo había anunciado el hermano de Edward. Él, Emmett, Jasper, Alice y Rosalie se habían ido al instituto. Habían dicho que, en cuanto volvieran, iríamos a cazar. Seguramente estarían a punto de llegar. Sin embargo, apenas había pensado en la caza. Sonaba absurdo, pero me había pasado toda la mañana pensando en él.
Estaba viendo junto a Esme la recién versión estrenada de Orgullo y prejuicio. La película conseguía distraerme y evitar pensar en cosas. Me la había traído Charlie.
Esme nunca la había visto y tenía curiosidad por verla. Sentí que, además de querer ver la película, quería conocerme algo mejor. Y no me oponía. Me sentía muy bien junto a la madre de Edward. Era una persona muy atenta y cariñosa, además de sincera. Era fácil conversar con ella de cualquier cosa.
En ese momento, la puerta del vestíbulo se abrió. Lo oí, aunque estuviera en el salón. Edward junto a Emmett se acercaron a donde estábamos Esme y yo, cruzando la cocina y apoyándose en el sofá donde estábamos sentadas de cara a la televisión que reproducía la película.
-¿Vamos de caza? -preguntó Emmett, excitado. Parecía realmente contento con el hecho de ir a alimentarse. En ese momento, se me antojó con un niño que quiere un helado e intentase convencer a su madre para que se lo comprara. No pude evitar reírme levemente, pero enseguida me decepcionó.
-¿Eh? Precisamente ahora va la parte más interesante de la película -me quejé. Elizabeth estaba tocando el piano en casa de la tía del señor Darcy, y era uno de los momentos que más me gustaban de la película, sobre todo por la música del piano y por lo que iba a continuación. Aunque sabía que iba a pasar porque ya había leído el libro más de diez veces, era la primera vez que veía aquella adaptación.
Pero mi estómago habló por mí, y ya me encontraba saliendo por la puerta del vestíbulo. Y entonces sí que me impresioné. Porque, ahí fuera, a pocos metros de la puerta, había un gran Jeep que hubiese podido seguramente con mi monovolumen. Ahí, tan alto y gigantesco, se encontraba el rojo Jeep que supuse que era de Emmett. Establecí cierta relación entre su propietario y él: ambos eran grandes y tenían aspecto fuerte.
Sólo había una cosa que no me gustara de ese coche: tropezaría probablemente al entrar y eso suponía un gran peligro, aun asi, los tres ya estábamos dirigiéndonos al monstruoso vehículo. Me dispuse a abrir la puerta de los asientos traseros, suspirando. Me sorprendí cuando vi que allí también estaba Alice, la hermana de Edward, recibiéndome con una sonrisa. Al menos no parecía odiarme como Rosalie. Me pregunté cómo diablos iba a subir al asiento que llevaba arnés sin caerme o darme algún buen golpe.
-¿Qué pasa? -a mi lado, ya estaba Edward, intentando esconder la risa que probablemente riese de un momento a otro ante mi temor a subir.
Decidí ignorarle y me dispuse a subir al alto Jeep, pasara lo que pasase, cayese o no cayese. Me sujeté en un borde de la entrada, pero sentí una electricidad recorriendo mi cuerpo cuando Edward me ayudó a subir dándome la mano que tenía suelta e impulsándome hacia dentro. Apartó la mirada enseguida y se sentó en menos de cinco segundos en el asiento de enfrente. Me recordó vagamente a una escena de Orgullo y prejuicio.
Después de cerrar las puertas y salir a la carretera cruzando un montón de kilómetros de bosque, me di cuenta de lo que pasaba. ¡Llevaban una velocidad de más de cien kilómetros por hora! ¿Cómo podían conducir con tanta rapidez? Me sorprendió aún más cuando vi que Alice, la hermana de Edward, miraba tranquilamente por la ventana y que éste miraba hacia adelante, perdido también en sus pensamientos. Supuse que ya estarían acostumbrados.
-¿No vamos un poco rápido? -pregunté. Todos se giraron hacia mí, impresionados por mis palabras, como si hubiese dicho algo raro.
-Es que si no, pillaremos a los osos durmiendo, y eso no tiene ninguna gracia -respondió Emmett con un tono de decepción mientras se le hacía agua la boca.
Volví a hacer uso de mi poder: “¿osos?”. Todos los que estaban allí, incluso Alice se pusieron a reír. No me pareció que fuese un hecho tan gracioso.
-Ya verás, es el preferido de Emmett, aunque, personalmente, te recomiendo los ciervos -respondió Alice también con la boca hecha agua y con alegría.
Osos, ciervos. ¿Qué estaba pasando? Me di cuenta. Me estaba recomendando beber sangre de ciervo durante la caza. Intenté imaginarme cazando osos o ciervos, pero no conseguí nada, tan sólo que el estómago me gruñera durante el intento de imaginación.
-No la malacostumbres Alice, los osos no hay quien los venza -le reprochó Emmett a Alice, atento todavía en la conducción pero ofendido por la recomendación que Alice me había hecho.
Así fue como ambos provocaron una discusión sobre qué era mejor, los ciervos o los osos. Emmett defensaba a sus presas diciendo que su sangre era revitalizante y que producía una gran satisfacción cuando se cazaba a un oso por lo mucho que costaba y que se obtenía luego sabía mejor su sangre tras tanto esfuerzo. Por su parte, Alice contraatacaba alegando que los ciervos eran muy rápidos y difíciles de alcanzar y que su sangre era más dulce que la de ningún otro animal, y por lo tanto, más apetitosa. Los dos me preguntaron cuál creía que era mejor. Yo no respondí, respondió mi estómago, gruñiendo ante ambas expectativas y todos se echaron a reír.
-Lo mejor son los pumas, son unos grandes animales, elegantes, veloces y fuertes, además de que son difíciles de encontrar- Edward, que durante todo el rato había permanecido callado, expuso su opinión defensando a los pumas. Yo no podía decir nada. No tenía experiencia. Sin embargo pensé que las presas se parecían mucho a sus cazadores.
Emmett, era musculoso y grande como un oso. Alice se movía con tanta gracia con la que se movía un ciervo cuando corría, y Edward era tan misterioso y elegante como un puma. Me pregunté qué me iba a gustar a mí. No conocía animal alguno al que se atribuyeran mis escasas cualidades y mis grandes defectos.
En ese instante, mis pensamientos se vieron interrumpidos. Emmett había aparcado y todos habían salido del coche, excepto yo, que aún seguía comparando las semejanzas y diferencias en cada animal. Alice me llamaba por mi nombre, fuera, con su voz suave y musical. Salí inmediatamente cerrando la puerta y, gracias a que me sostuve al coche, no caí. Suspiré. Hubiera sido ridículo a la vez que gracioso.
Nos encontrábamos en un bosque. Sin duda alguna, yo había permanecido perdida en mis pensamientos al darme cuenta que el coche estaba posicionado en medio de la nada, rodeado de árboles. Miré hacia arriba. Era un descampado y se veían las nubes que impedían ver el sol. Por lo menos, podía asegurarme que me encontraba en la península de Olympic.
Comenzamos a andar siguiendo una senda inexistente en el bosque mientras los tres todavía se debatían sobre sus preferencias. Inspiré aire. Olía mayormente a humedad y al aroma de alguna planta, pero me gustó. En los días que llevaba en la casa de los Cullen, no había salido para nada al exterior y ya echaba de menos el nublado cielo y el verde de Forks. Aunque me hubiera gustado todavía más el sol, agradecí poder salir ni que fuera a ver las nubes tan aborrecibles que ahora se antojaban una gran maravilla. Se pararon.
-¿Y si vamos algo más deprisa? Los osos se dormirán, a este paso -comentó impaciente Emmett. Miré el reloj. Apenas eran casi las cinco. ¿A qué venía tanta impaciencia cuando habíamos tardado menos de una hora en llegar al destino que me era tan desconocido?
-Cierto -Alice se mostró de acuerdo en esa decisión. No entendí nada.
¿Pretendían acaso correr? Desde luego, no me convenía. Habría miles de raíces de árboles y piedras traicioneras a lo largo del camino y me caería seguramente todo el rato. Me estremecí ante esta expectativa. Además, el camino no era precisamente bueno, ni siquiera plano, como para correr, lo que empeoraba más todo.
-Bella todavía no sabe cómo, ¿qué hacemos? -quien menos esperaba que se diese cuenta de mi existencia, Edward preguntó algo que tenía significado desconocido para mí.
-¿Qué no sé hacer? -la rabia me invadía. Probablemente, consideraba que era demasiado patosa como para correr por ahí sin matarme, por muy muerta que estuviese ya.
-Ya verás. Edward, llévala tú -no entendí una palabra de lo que decía Alice, que parecía petulante en ese momento. Emmett asintió a su lado. Al parecer estaban sólo en desacuerdo sobre los animales.
Edward suspiró y se dirigió a mí, agachándose. ¿Por qué hacía aquello? ¿Qué tramaba Alice? Seguramente él se estaba maldiciendo a sí mismo por haber dicho palabra alguna sobre mí. Utilicé nuevamente mi poder haciendo que sólo Edward me escuchase: “¿Qué se supone que de hacer?” Él se limitó a mover la cara, señalando que me acercara y se levantó. Me acerqué, lentamente, sin saber todavía lo que me esperaba.
Me impresionó lo que ocurrió a continuación: Edward me cogió en sus brazos como si de una pluma se tratase y sin esfuerzo alguno me montó a sus espaldas. Me agarré lo más fuerte posible, intentando no caer. Y volvía a tener los nervios a flor de piel. Estaba agarrada completamente a él para no caerme y entendí que era eso a lo que se refería Alice, pero aún no entendí lo que yo no sabía hacer.
Repentinamente, olisqueé un olor que no había olido jamás. Era el olor de Edward. Era una aroma mejor que una colonia, que nunca antes había olido. Respiré aquella olor que era concentrada, de una fragancia deliciosamente atractiva. No era colonia, desde luego, ni perfume. Era un olor que me hacía estremecer de tan bien que olía. Alice dirigió una mirada a Emett y ambos asintieron, mirándonos, aunque no entendí mucho.
-¡Vamos! -Emmett dio la señal de salida de lo que se avecinaba.
Algo me dijo que me agarrara más fuerte a Edward. Y no me equivocaba, en absoluto. Los tres vampiros, uno de ellos cargando conmigo, partieron a gran velocidad como si de una carrera se tratara. Me pareció como si diera vueltas mi cabeza, o como si corriera a gran velocidad. Tan sólo veía árboles, y más arboles, pero a gran velocidad. La aroma me aturdía aún más y no era muy consciente de lo que estaba pasando.
Me cogí con más fuerza. Era como estar viendo un vídeo donde, en vez de ir a cámara lenta, va a cámara pero extremadamente rápida. Intenté cerrar los ojos pero la sensación de que algo se movía a mi alrededor, permaneció.
Y, en un momento, los vampiros se pararon, porque Edward se detuvo para mi gran alivio. Yo seguía agarrada, y por el momento no me iba a soltar. Me daba vueltas la conciencia de lo que había visto.A pesar de no ser humana, me seguía sintiendo a veces como humana. Parecía que me iba calmando, pero la sensación de estar corriendo a alta velocidad, persistía. Aun así, su olor me calmó algo.
-Ya te puedes bajar… -murmuró Edward algo molesto.
No tenía fuerzas para pronunciar palabra, por lo que opté por hablarle mentalmente: “me encuentro mal“, dije. Emett y Alice se estaban acercando lentamente para ver qué me pasaba. Edward me dejó ir junto al pie de un árbol con suavidad, con cautela. Me dolió separarme del olor. Intenté levantarme, en un intento de olvidar cuanto había ocurrido. Lo conseguí. Después de todo, no quería causar mucha molestia.
-Me encuentro mejor, es sólo que no esperaba… -murmuré intentando encontrar excusa posible para que no se descubriese tan pronto mi torpeza. Edward tan sólo suspiró.
-Te encontrarás mejor en cuanto bebas de un oso, ya verás. ¿Hay alguno cercano, Alice? -Emmett decía estas palabras con un entusiasmo desbordado. Recordé que Alice podía ver el porvenir
Se concentró buscando la respuesta en el futuro, mientras, entre las sombras de los árboles de atrás. Oí un gruñido. Edward y Emmett parecían estar demasiado atentos en Alice como para darse cuenta. ¿Qué sería? ¿Un ciervo? ¿Un pájaro? Me recordé a mí misma no asustarme, pero el sonido en las hojas secas del suelo de las pisadas del animal me aterraba. Efectivamente, debería ser un animal gigantesco y que avanzaba con rapidez entre los arbustos.
-¡Aquí hay algo! -salí corriendo disparada hacia donde ellos se encontraban. El chillido hizo que el animal se percatara que me había dado cuenta de que allí se encontraba y retrocedió lentamente.
-¡Es un oso! -comentó Emmett sin escuchar apenas lo que había dicho, y salió corriendo detrás del animal mientras yo me incorporaba.
Y fue alucinante ver lo que pasaba. El oso intentaba defensarse de Emmett, esquivando cualquiera de los intentos de atraparle. El entusiasmo y la alegría se veían la cara del propietario del Jeep, mientras que el oso de espanto adivinando probablemente su futuro. Emmett, lo tiró a tierra con toda la fuerza de sus músculos que se notaban más que nunca sobre la chaqueta que llevaba. Nos indicó que fuéramos con un gesto de confianza, compartiendo su manjar con todos. Y, en ese instante, identifiqué una terrible aroma que me atraía con gran fuerza: sangre. Tuve que hacer grandes esfuerzos para contenerme y no saltar encima del oso.
Edward y Alice se acercaron con rapidez al lugar. Yo les seguía pasos detrás, todavía impresionada y estupefacta. No podía creer lo que mis ojos veían. Y recordé cómo bebían la sangre los vampiros. Mordiendo a sus presas, víctimas, como quisiera que se llamasen. Y ante mí, los tres vampiros hundieron sus dentaduras en el animal, que enseguida se paralizó en un último esfuerzo de luchar.
-Vamos Bella, tienes que probarlo. Lo has detectado tú, te dejaremos una parte extra -Emmett me invitó a probar la tentadora sangre del oso a la que me resistía pero me aterraba a la vez.
Parecía la escena sacada de un cuadro. Tres ángeles devorando a su presa con todo el cuidado del mundo. Y no pude detenerme por más tiempo. Era algo superior a mí. Necesitaba sangre, sin duda. Hundí, instintivamente, pero no conscientemente, mi dentadura en el pelaje del animal, lentamente, intentando no hacerle daño. Aquella rara saliva que tenía ahora, iba en aumento y noté como si algo me dominara, como si el hambre tomara forma en mi cuerpo. Y probé la deliciosa sangre que tanto me atraía.
Sin ser consciente, aquel líquido parecía sanar mi interior. Pero quería más, y no podía detenerme allí, sin embargo, lo hice cuando el trivial pensamiento de que estaba matando a alguien tomó fuerza en mi conciencia. Me dolía algo. Había ayudado a matar a algo. Me parecía algo terrible. Los demás vampiros seguían absorbiendo la sangre del, ya, muerto oso. Me estremecí. Había dejado llevarme por los instintos. Poco a poco, quitaron las bocas del animal con tal elegancia que parecía no importarles. Todo cuanto logré decir fue: “¡no!”
Los tres me miraron, sorprendidos. Yo tan sólo me tapé las orejas. Sentí que yo misma me reprochaba haber matado a ese oso que había tenido la poca fortuna de tropezarse conmigo. Además, yo le delaté. Mi culpabilidad aumentó. No pude evitar pensar, a pesar de todo, que la sangre había sabido como un manjar, quizá algo salado para mi gusto. Edward me miraba de soslayo, con expresión inescrutable.
-¿Vamos a dar un paseo? -Alice me ofreció. Pensé que era eso mejor que nada. Era mejor que permanecer junto al cadáver del animal y recordar lo que había sucedido.
Nos habíamos alejado algo de donde permanecía el oso y fui recuperando poco a poco la conciencia respirando el aire que olía a plantas. Eso calmó algo mi culpabilidad. Seguía a Alice entre los árboles, hasta que llegamos a un claro. Se sentó en un tronco que había caído ahí y yo la imité. No sabía apenas qué decirle.
-Debe resultarte difícil, ¿verdad? -murmuró mirándome con gran intensidad. Descubrí en esa expresión, que ella me entendía perfectamente.
-Me siento culpable… He matado, aunque sólo sea a un animal. Me parece terrible -expliqué impregnando palabra por palabra de la culpabilidad que sentía. Era difícil haberme abstenido de beber toda la sangre hasta que no quedara más.
-Terrible… Piensa que tan sólo has matado a uno. ¿Qué hay entonces de los humanos? Matan gallinas, vacas, ovejas, por alimentarse. Si lo piensas de esa manera, no es tan terrible. Estás haciendo lo mismo que ellos, después de todo y tampoco haces daño alguno. Es más o menos lo mismo.
Las palabras de Alice lograron calmar mi culpabilidad. Desde luego, visto desde ese punto de vista, no era tan terrible. De hecho, tenía razón. Era la cadena de las especies. Todos tenían que comer a otros para vivir, para alimentarse, nadie era excepción alguna, ningún animal se libraba de ello.
-A propósito, ¿qué te ha parecido la sangre de oso? -me preguntó Alice, intentando cambiar de tema. Supe que era para que yo evitara sentirme más culpable y sonreí.
-Algo salada, para mi gusto… -expresé mi opinión. Sabía que Alice ya habría adivinado qué me parecía en sus visiones del futuro, pero seguramente quería asegurarse de vencer en ese punto a Emmett.
-Cierto. Es lo mismo que me pasa a mí. ¿Te animas a probar un ciervo? -sonrió dejando entrever sus dientes blancos, para nada tacados de sangre y brillantes, centelleantes.
Asentí. Pero no hizo falta buscar mucho. Enseguida olí la sangre de un animal y mi estómago volvió a gruñir. El extraño líquido que tenía en la boca emergía de nuevo con intensidad. Y el animal se dejó ver, comiendo hojas de los arbustos. Era un ciervo, que apenas se había percatado de nuestra presencia y comía tranquilamente. Recordé la explicación de Alice. Seguía pareciéndome injusto, pero tenía que aceptarlo. Sólo me estaba alimentando, no había otro camino.
Justo antes de que las dos nos lanzáramos encima del ciervo, ella me sonrió, dándome ánimos. Y ya estaba yo dejándome llevar por los instintos vampíricos sin control alguno, pensando en cuánto iba a disfrutar cuando la deliciosa sangre fluyera por mi boca. Seguía sin querer hacer daño al animal, por lo que mordí suavemente intentando controlar algo mis instintos. Y enseguida lo sentí. Sentí mi boca pegada al animal, mordiendo, entrando en contacto con las venas. El olor se hizo más agudo y de mayor intensidad. Y mi lengua entro en contacto con la que era, en ese momento, sangre. El pulso del ciervo era acelerado y hacía más apetecible beber su sangre.
Alice, en el otro lado del animal, seguía absorbiendo sangre, totalmente dada a sus instintos, inconsciente de mi presencia. Y volví a pensar que me había pasado, que me había equivocado, que había vuelto a matar a un animal inocente. Y me controlé de nuevo por mucho dolor que eso me produjese.
Me alejé de allí intentando no oler el olor de la sangre del ciervo en el ambiente. Caí algunas veces, y me perdí, pero al menos estaba en paz conmigo misma. Ya no olía la odiosamente deliciosa sangre del ciervo que era dulce, quizá algo demasiado ligera. Me senté en una roca. No sabía donde me encontraba pero al menos no olía a sangre.
Alice había dicho que eso era lo mismo que lo que había hecho siendo humana. Humana. Pero ahora ya no lo era. Y me sentía más culpable que nunca. Pero tenía razón, me tenía que alimentar, y los osos también mataban a peces para alimentarse, y los ciervos, cuando comían plantas… Y así sucesivamente. Era cierto, y tenía que asumirlo. Seguramente no me sentiría tan culpable si me alimentaba de algo más… humano.
Y en mi ensimismamiento, no localicé la débil pero atrayente olor de un conejo que saltaba a escasos metros de mí. Conejo. Había comido conejo siendo humana. Aquello era, para llamarlo de algún modo, más normal, más humano. Me iba a alimentar, como hacía el conejo, como hacía el oso, como hacía el ciervo. Y no había nada malo. No era la única.
Me levanté sigilosamente y cogí al conejo, dejándome llevar por mi estómago y no por mi cabeza. Aun así, no quería hacerle daño y le mordí lentamente, intentando que no sufriera. Y sentí la sangre nuevamente en mi boca, aliviando el estúpido líquido que era como saliva, y calmándome a la vez también a mí. Aquella era la sangre que más apetitosa me había parecido de las que había probado aquel día. Era dulce, pero no lo suficiente para resultar empalagoso. Y a la vez suave, no muy concentrada. Era el tipo de sangre que más me gustaba. Y sentí que la sangre se acababa. Aparté mi boca del cuerpo del conejo. Y lo miré.
Pedí perdón, en silencio, acunando el cadáver en mis brazos. No era justo para ese conejo que yo lo hubiese matado. Pero después de todo, nada era justo. De haber podido llorar, lo hubiese hecho. Me sentía culpable a pesar de admitir que lo había hecho por alimentarme. Oí crujidos en las hojas secas del suelo.
Alguien se acercaba hacia mí, lentamente. Me di la vuelta. ¿Quién estaría allí? Me había perdido, sin duda, y no sabía como volver, seguramente estaba lejos de los tres vampiros. Pero me equivocaba. Ante mí, apareció Edward, con unos intensos ojos negros que borraban el precioso topacio que antes había en ellos.
Septiembre 1st, 2008 at 3:11
Exelente* Me encanta..