Familia
Ocaso
Quinto capítulo: Familia
“Charlie se levantó a ver quién sería. Agradecí que se alejara algo, pues el olor se hizo menos intenso y el dolor fue menos intenso, también. Mi padre les dio la bienvenida a los que habían venido, aunque yo ya sabía perfectamente quiénes eran. Habían venido a buscarme. Eran Carlisle y, aunque era la persona con quien menos me esperaba encontrar, allí estaba también Edward, probablemente para alejarme de mi padre. Y también volvió el olor de la sangre que de inmediato hizo aumentar mi dolor por no poderla beber.”
Paso a paso, mientras los tres se acercaban, el olor de Charlie volvía a tentarme a beberlo. No podría soportarlo por mucho tiempo más, por mucho que estuvieran allí Edward y Carlisle, por mucho que lo intentara. Era el peor de los sufrimientos que había soportado en mi vida. Demasiado tenso e insoportable. Para hacerlo más insoportable, debía añadir que tanto padre como hijo parecían sacados de un anuncio de televisión.
Charlie les invitó a sentarse al sofá, junto a mí. Agradecí que mi padre no se sentara a mi lado, pues estaba segura de que haber sido así, lo podría haber matado sin darme casi cuenta. Mientras tanto, Edward se acercaba lentamente hacia mí, rehuyendo de mi mirada, con enfado, sentándose en el extremo del sofá más alejado posible de mí. Carlisle se sentó junto a mi padre. Me pregunté si a ellos no olían la intensidad del olor que emanaba de la sangre de Charlie.
-Sed bienvenidos -dijo Charlie mientras esbozaba una sonrisa en su rostro, mirando a Carlisle y a Edward-. Muchas gracias por lo que está haciendo por mi hija, Carlisle. Espero que no les cause muchas molestias.
-No hay por qué darlas -el contraste que se produjo en ese momento, era impresionante. La sonrisa de Carlisle hacía que mi padre, obviamente, quedara eclipsado-. Bella no nos causa problemas de ningún tipo. Además, se está haciendo muy amiga de mis hijos.
Ante esto, la reacción de Charlie hizo que el olor fuera todavía más intenso, pues giró su rostro para ver a Edward, en la otra punta del sofá. Mi estómago me invitaba a convertirme en una asesina mientras las miradas se posaban en Edward. Pero yo no iba a hacerlo. No iba a matarlo. La razón más evidente, era porque era mi padre. Pero no sólo por eso. No iba a matar a nadie. Yo no era nadie para destrozar la vida de personas tan sólo por ser vampira. No era nadie para… matar por mucho que tuviera una excusa. Jamás lo haría. Pero tenía que salir de allí en escasos minutos o acabaría merendándome a mi padre.
Miré a Edward, como hacían mi padre y el suyo. Él no parecía ser consciente de que Charlie le miraba con una mueca de enfado. Probablemente, mi padre pensaba que Edward y yo seríamos amigos, o incluso que habíamos llegado lejos. Si Charlie supiera de su raro comportamiento, ni se preocuparía.
-Es cierto, señor Swan. Mi hermana Alice está muy contenta de haber podido conocer a Bella -para mi sorpresa, fue el mismo Edward quien pronunció estas palabras. Por su parte, Charlie suavizó su expresión.
-Me alegro de que hayas hecho buenas migas, hija -con su voz relajada dejaba claro lo que había sospechado. Al menos estaba más tranquilo, pensé-. Por cierto, ¿cuánto tendrá que estar Bella en su casa?
-Siento decirle que aún no lo sé. Aun así, está avanzando increíblemente bien. Supongo que no tardará mucho en recuperarse, pero necesitará un tiempo de descanso -explicó Carlisle. Me pregunté qué enfermedad se habían inventado para explicar las consecuencias del accidente.
-Además, en el análisis que le hizo ayer mi padre, Bella parecía encontrarse mejor de la epilepsia provocada por el accidente. No se preocupe, señor Swan, le garantizo que su hija está muy bien cuidada por mi padre -Edward, que sólo había intervenido una vez, pronunció estas palabras antes de mirarme y reírse entre dientes.
Epilepsia. ¿Qué era exactamente aquella enfermedad? Intenté recordar algo de lo que me enseñaron en Phoenix, puesto que recordaba vagamente esa palabra. En efecto, si no me equivocaba, era una enfermedad que afectaba al cerebro y estaba relacionada con los desmayos. Si más no, tenía que admitir que la explicación que habían puesto era mínimamente razonable, aunque era algo embarazoso y miré al vampiro del otro extremo del sofá con mirada asesina mientras que él sonreía celebrando su victoria.
-No lo dudo, desde luego que no… -comentó Charlie.
Pero antes de poder llegar a escuchar una palabra más, algo superó a mi oída. Una corriente de aire que entró por la ventana repentinamente, hizo que el olor de la sangre se hiciera más fuerte e intenso de lo que antes había sido. Mi pecho me dolía. Mis músculos dolían por no poder moverse. Yo misma me hacía daño resistiéndome a no matar a mi padre, a pesar de saber que me dolería más matarlo y saberme su asesina. Era doloroso, pero mi instinto estaba venciéndome.
“No puedo aguantarlo mucho más“, le dije a Edward utilizando mi poder.
Inmediatamente, él se giró a mirarme, con su rostro hermosamente serio. Por un momento, pude aparcar mi lucha contra mi instinto y observarle, sin descuidarme de ningún rasgo. Asintió, antes de girarse para mirar a Carlisle, que charlaba con Charlie en el otro sofá. Eso me animó algo y me sentí algo más calmada. Incluso mis propios músculos, que obedecían a mi instinto, se calmaron un poco.
-Papá, hemos de irnos -la voz aterciopelada de Edward huyó por sus labios, recordándole a su padre que se tenían que ir. Realmente, era una excusa para ayudarme. Estaba convencida de que Carlisle lo sabía.
-¿Ya os tenéis que ir? -preguntó Charlie, al parecer algo decepcionado. Mi padre parecía estar eternamente agradecido a Carlisle. Recordé cómo defendió a los Cullen el día siguiente de mi primer día en el instituto. Ahora, sin duda alguna, los defendería aún con más ganas.
-Lo siento, Charlie. Yo he de irme a trabajar y Edward llevará a Bella a casa -se excusó Carlisle dibujando en su rostro una sonrisa de disculpa. Cómo no, su sonrisa surtió el efecto deseado, pues mi padre no puso pega alguna.
-Papá, mañana te llamaré, ¿de acuerdo? No te preocupes -dije con el poco aire que me quedaba en los pulmones de no haber respirado durante todo el rato que estuve allí.
-No me preocupo. Estás en las mejores manos. Llama también a tu madre, que está preocupada -el recuerdo de Reneé me hizo pensar en el tiempo que hacía que no hablaba con ella. Echaba de menos a mi madre, más que a nadie. De hecho, era mi mejor amiga, y sabiendo como era ella, era fácil saber lo preocupada que estaba.
Recordando esto y aquello, no me di cuenta de que mi padre se había levantado para abrazarme. Y era odiosamente insoportable. No podía abrazarlo. El olor de la sangre, comparado con los anteriores momentos, no tenía nada que ver. Olía perfectamente la sal de la sangre que corría por las venas del brazo de mi padre. Olía perfectamente lo que me estaba prohibido hacer: beber sangre humana, y casi por un momento, odié que me prohibieran hacerlo por muy razonable que fuera.
Y era que, hasta que dejó de abrazarme y se volvió hacia Carlisle, fue como un castigo, una eternidad. Mi instinto hubiese estado a punto de vencer y yo hubiese estado a punto de matar a mi padre si no hubiese sido porque se alejó enseguida. Y, a pesar de todo, esos segundos fueron largos como horas y cortos como milésimas de segundos. Era odioso no poder abrazar a mi padre por temor a matarlo.
Intenté dejar de pensar en ello y seguí a Edward, a Carlisle y a Charlie por el pasillo. Y agradecí cuando mi padre abrió la puerta, pues el olor a lluvia logró calmarme. Nunca llegué a pensar que me podía llegar a gustar el clima de Forks, pero en este caso, me encantaba. Y me impactó ver lo que yacía allí fuera aparcado: un impresionante Mercedes de cristales oscurecidos esperaba a alguien, pero, misteriosamente, no había nadie al volante. También estaba allí el Volvo de Edward. ¿Acaso todos los Cullen tenían coches tan impresionantes?
-Buenos coches -murmuró Charlie antes de despedirse de mí-. Adiós Bella. Acuérdate de llamarme mañana. Ni se te olvide.
Cerró la puerta tras de sí con un golpe suave. Respiré. Aquel olor de humedad y mojado, junto al de las plantas; el olor de Forks, era maravilloso puesto que no me torturaba. Al contrario, avancé hacia la acera, y aunque me estaba mojando, me sentía cómoda, agradecida.
Me sobresalté cuando el Mercedes aparcado arrancó con un ruido angelical, comparado con mi monovolumen. Observé a mi alrededor buscando a Edward o a Carlisle. Ninguno de los dos estaba allí, junto a mí. Mi mirada se posó inmediatamente en el Volvo plateado que mantenía una puerta abierta. Me dirigí rápidamente allí, pensando en una forma posible de disculparme por mi repentina huida.
Casi tropecé con el coche antes de poder sentarme en el asiento delantero ya que nadie lo ocupaba. Cerré la puerta y me abroché el cinturón de seguridad, recordando la forma en que Emmett conducía el Jeep. El coche arrancó con ruido suave, como el Mercedes, y presté más atención a la persona que conducía.
Con un rostro perfecto e inescrutable, Edward miraba atentamente al volante. Era frustrante. Aun estando silencioso, era hermoso. Le estaba agradecida por haberme ayudado, pero no podía perdonarle que se mantuviera callado como si nada. Y yo no iba a decir nada. Mi orgullo no me lo permitía. Por mucho esfuerzo y por mucho orgullo que en esos momentos tuviese, mi curiosidad venció. ¿Dónde había ido Carlisle? No se había quedado junto a Charlie, pero tampoco estaba allí.
-¿Dónde está Carlisle? -pregunté intentando que mi tono sonara indiferente. Miré por la ventana y eso me deprimió más: el paisaje era idéntico todo el rato. Casa, árbol. Casa, árbol. O lo que era mismo, Forks.
-Se ha marchado en el Mercedes al hospital, a trabajar -me informó con su hermosa voz que sonaba distante como días atrás. Me quedé pensando. ¿Se habría ido Carlisle corriendo? De repente, la imagen del Mercedes vino a mi mente.
-¿Ese coche era suyo? No puede ser -exclamé sobresaltada. Parecía que la perfección de los Cullen llegaba más allá de los límites insospechados.
-Por supuesto que lo es -respondió él con una sonrisa burlona que hizo que se me pusieran los nervios a flor de piel. Continuó conduciendo, sin decir nada, callado, pero parecía algo más vivo.
-¿Es que todos tenéis coches tan impresionantes? -musité, intentando que él no recordara mi huida y volviese a estar enfadado. Bajó la velocidad levemente.
-Si así es como los quieres llamar, sí -volvió a reírse un poco, con esa risa que podía confundirse con la melodía más bonita del mundo.
No añadí nada más. Me había quedado completamente confusa, además de embobada. Confusa por esos cambios de comportamiento tan raros que tenía Edward, que aunque eran raros, lo hacían más misterioso. Embobada porque no había escuchado un sonido tanto como su sonrisa. Tan ensimismada estaba, que, cuando Edward abrió la puerta, seguía mirando al conductor, inexistente y ausente.
-¿Cómo hemos podido llegar tan rápido? -pregunté, todavía sorprendida y decepcionada, a pesar de conocer perfectamente la respuesta.
-Bella, nuestra casa no está tan lejos de Forks -puso los ojos en blanco, confundido. Me pregunté si no admitiría que conducía demasiado rápido. Tan rápido, que si Charlie lo hubiese visto, estoy segura de que lo habría intentado detener pero no hubiera podido.
Asentí, por toda respuesta. Salimos del gran garaje que los Cullen tenían en una parte cercana a la casa. Seguía impresionándome esa gran casa. Desde luego era un buen, además de hermoso, escondite. Seguí a Edward, algo más lenta, por temor a hacer el ridículo y a caer, pues el suelo estaba recubierto de piedras y raíces que, amablemente, me harían caer.
Entre las grandes ramas de los árboles, pude distinguir el cielo oscuro y repleto de nubes tan típico de Forks. Probablemente, ya era el atardecer, puesto que un crepúsculo iluminaba levemente el lugar. Me apresuré un poco más para seguirle. La casa, o mansión -como lo llamaran los Cullen-, aún estaba algo lejos. Me acordé de que allí también estaban los demás vampiros, de los Cullen.
¿Se habrían enfadado? Naturalmente que sí. Me había marchado sin más, sin avisar, aunque tenía una razón mínimamente decente. Me acordé de Esme: la habría hecho sufrir. Y eso era algo que no me acababa de gustar, porque ella se había portado muy bien conmigo, haciendo todo lo que pudiese por mí. Y yo había huido, como si más. Esperé que, después de todo, me perdonara. ¿Y los demás? Quizá no estarían enfadados, aunque había una persona que siempre lo estaba: Rosalie. Recordarla me hizo estremecer. Apenas me había dirigido la palabra.
-No te preocupes. No están enfadados -prometió Edward algo más adelante, adivinando mis pensamientos. Definitivamente, ¿podía leerme la mente o no? Quizá ya era por mera práctica que sabía de las sensaciones de la gente.
-¿No dijiste que no podías leer mis pensamientos? -mi voz sonó algo más enfadada de lo que yo pretendía que sonara, pero tampoco me importó mucho.
-Pero eso no significa que no pueda suponer lo que les ocurre a los demás -se encogió de hombros, como si hablara a un discapacitado mental, como si lo que acabara de decir era la cosa más evidente del mundo.
No contesté. ¿Me tomaba acaso por tonta? A veces era algo presumido. Me pregunté cómo se sentiría una persona sabiendo de su perfección, pues seguramente Edward lo habría leído en la mente de cada persona que hubiera tenido la oportunidad de verle el rostro, o incluso sólo esos ojos topacios que podían conseguir cualquier cosa de una persona. Y topé contra algo duro, y aunque no sentí dolor, sentí que era duro.
La puerta de la casa de los Cullen, tan blanca casi como ellos, estaba cerrada frente a mí. Y yo había chocado contra ella. ¡No podía ser! A pesar de poder correr grandes distancias en tan solo unos minutos, era incapaz de evitar ser tan humanamente patosa, como antes. Cómo no, Edward estalló en carcajadas que sonarían alrededor de todo el mundo. Abrí la puerta, enfadada, para encontrarme con Esme.
-¡Bella! -Esme me abrazó, con el rostro preocupado, tenso. Y toda rabia quedó enterrada. Me sabía mal haberle hecho sufrir y haberme ido sin decir nada.
-Lo siento, no volveré a hacerlo… -o no lo volvería a hacer sin decírselo a ella. Esme puso su dedo pálido en mis labios, silenciando cualquier palabra.
-No te preocupes, no estamos enfadados. Entendemos perfectamente el motivo -su voz, sincera y amable como siempre, logró que me calmase completamente, olvidando a Edward que ya había entrado y desaparecido en la inmensa casa. Esme se apartó, tan sólo para darme la mano y conducirme hacia el interior.
Y, como el primer día, volvió a darme de beber de aquella sangre. Mi estómago lo agradeció, yo lo agradecí. Me prometí a mí misma que la próxima vez que fuese a ver a Charlie, si es que lograba ir, me alimentaría y no tentaría al peligro.
Repentinamente, me resultó extraño estar ahí, bebiendo esa sangre como si nada. Recordé que, antes, de no haber sido vampiro, me hubiese desmayado con sólo verla, olerla o sentirla. Pero no. En aquellos momentos, no. La sangre, aunque fuera de animal, disminuyó mi hambre bastante, suficiente para no matar a nadie. Me pregunté cómo sería alimentarse de sangre de humano, siendo ya tan irresistible la sangre de animales. Mi estómago tembló, hambriento con sólo pensarlo. Y yo temblé, horrorizada por las vidas que eso supondría matar.
-¿Estás mejor? -me preguntó Esme, todavía preocupada, ya no por mi huida, sino por mí.
-Sí -intenté dibujar una sonrisa convincente en mi rostro, aunque sólo lograra una mueca mal esbozada. No quería, por nada del mundo, hacer sufrir a Esme. Ella no se lo merecía-. Siento haberme ido tan repentinamente sin decir nada, pero es que… -dejé mi explicación a medio terminar.
-¿Nos escuchastes a mí y a Carlisle hablando, no? -antes de que yo pudiese responder, ella continuó-. Lo siento. Deberíamos haber hablado contigo antes de nada. Pero es que no hay otra forma. Probablemente, si volvieses a tu casa, te sería muy difícil intentar estar allí… -explicó.
-Lo es… Realmente, mientras estaba allí, me di cuenta de mi error. Lamento haberos hecho preocupar -me sinceré con ella. Era inevitable guardar un secreto a alguien como ella, que hacía todo lo podía por los demás.
-No tienes por qué disculparte. Además, ya verás que con el tiempo te será menos difícil y podrás regresar allí -intentaba animarme, y no tenía duda alguna de que sus palabras decían la verdad. Pero había algo que no me gustaba del todo en esa explicación… Ese “con el tiempo” sonaba terriblemente lejano.
-Sí, aunque tendré que hacer muchos esfuerzos, voy a volver junto a mi padre sea como sea. Pero también os vendré a ver después de todo, quizá llegaré hasta a ser pesada -me sentí algo más relajada. Esme podía hacer que mi estado de humor mejorara mientras estaba con ella. Era como hablar con una madre.
Reneé. Mi madre, tan irresponsablemente buena. ¿Cómo le irían las cosas con Phil? Me gustaría verla en ese mismo momento, pensé. Pero, si no quería arriesgar a mi madre, tendría que esperar. Seguramente, si los Cullen tuviesen ordenador, le enviaría mails. A ella la añoraba más incluso que a Charlie.
Mi reloj marcaba las nueve. Ya habrían pasado algunas horas desde que había salido al exterior de la casa, para conocer mejor el sitio entre bosques donde ésta se situaba. Había salido, por supuesto y para no preocupar a nadie, diciéndole a Esme que estaría fuera, cerca de la casa.
Las oscuras noches de Forks, eran en el lugar donde me encontraba en esos momentos, bonitas a su modo. Frente a aquel riachuelo que se oía en la casa de los Cullen, las preocupaciones corrían como el agua, olvidándolas todas por unos momentos. Y era que, en aquel lugar donde todo estaba tan silencioso, todo parecía irreal, como en sueños. Incluso podía considerarse desde mi punto de vista, como estar durmiendo siendo vampiro.
No me molesté en cerrar los ojos. El cielo oscuro, recubierto de nubes, impedía ver la luz de la luna. Apenas se distinguían las sombras. O quizá sólo se distinguía un poco por la leve luz que el agua del riachuelo provocaba en su orilla. Aquello era como estar en un lugar sin tiempo, sin situación. Un lugar irreal, puesto que no había nadie allí, sólo estaba yo. Las hojas de los árboles sólo se movían con el repentino viento que a veces soplaba y no parecía haber animal alguno cerca de allí.
Aun así, un viento repentino, hizo que las nubes dieran paso a una luna débilmente tapada por la oscuridad, una luna llena brillante que permitía distinguir más las sombras en la oscuridad. Y me sobresalté. Allí, frente a mí, al otro lado del riachuelo, una sombra humana erguida se reflejó en el agua. Una sombra cuyo contorno era perfecto, como de alguien imposible, como de algo que no podía estar allí. Pero… estaba.
-¿Qué haces aquí? -preguntó la sorprendidamente aterciopelada voz de la persona que estaba al otro lado del riachuelo. Sus ojos intensos se borraban algo en la superficie del agua, pero por nada le quitaban belleza. Me miraba a través del reflejo de la superficie.
No supe qué responder. Tampoco sabía cómo responder. Notaba mi voz atragantada en la garganta por la sorpresa, por el desconcierto. No podía creer que estuviese allí, al otro lado, mirando con sus ojos medio borrados a través del riachuelo cuya agua fluía lentamente, pero cuyo sonido ya no oía, pues esa voz se repetía en mi mente. Era cierto… ¿qué hacía ahí?
-¿Bella? -Edward me llamó desde la otra orilla. La luna volvía a oscurecerse lentamente por el paso de las nubes, pero no impedía para nada que ahora viese que esa silueta se había sentado.
-¿Qué? -contesté, de la ridícula manera que se me ocurrió contestar. Me acerqué algo más a la orilla, sentada, buscando también un acercamiento a esa mirada perdida en el movimiento del agua.
-¿Cómo es que estás aquí? -repitió. Supe que él también se había acercado a la orilla, a pesar de no hacer ningún ruido. Lo sabía, porque junto a aquellos ojos que se reflejaban, ahora había también una sonrisa burlona esbozada por unos dientes brillantes que me permitieron ver el resto de su rostro.
-Quería saber dónde me encontraba. Pero no he conseguido nada. No ayuda nada estar rodeada de árboles, desde luego que no -me quejé intentando que mi tono fuera algo más duro. Pero yo sólo prestaba atención a esos reflejos de la superficie del agua.
-Desde luego que no -repitió, mirando mi reflejo en la superficie-. Como mínimo, eso te garantiza que estás en la península de Olympic.
-Como mínimo -le imité. Cerré los ojos para guardar el sonido de su risa en mis oídos. Era como él, una risa cercana pero lejana en la oscuridad. Miré mi reflejo en el riachuelo y eso me desanimó, en parte. El contraste entre la belleza de Edward y mi pésimo rostro era increíble, pero para nada me aparté más de la orilla.
-Necesitamos un lugar donde poder estar seguros… escondidos -pronunció esta palabra en un tono inaudible, para seguir explicando-. Además de garantizarnos seguridad, este lugar es silencioso, tranquilo.
¿Había leído Edward mi definición de aquel lugar en mis pensamientos o lo había dicho por casualidad? En ese lugar silenciosamente silencioso, excepto por el movimiento del agua que para nada molestaba, volvió a hundirse todo en silencio. En el riachuelo, él se veía reflejado, con esos ojos topacios, que parecían pertenecer a una estatua. Mis impulsos me decían que debía de hablar con él, en ese momento y en ese lugar, sobre mi huida, por alguna razón que desconocía. Además de querer volver a oír su voz.
-Edward… -decir su nombre resultó extrañamente difícil- Siento haberme ido sin decir nada a ver a Charlie… Debí decirlo a alguien. Lo siento.
El reflejo de su rostro volvió a cobrar vida en la orilla. Aun a pesar de ver su rostro al revés, mi mente lo reestructuraba tal y como sería al revés del revés, es decir, tal y como era. Sus ojos cobraron más intensidad y aparté la mirada. Quizá le había vuelto a hacer enrabiar… en parte, porque él, a veces y de repente, tenía cambios de humor que no lograba entender del todo.
-No pasa nada. Después de todo, Alice lo vio en su mente. Debe ser duro para ti no poder ver a tu padre y… mentirle -su voz sonaba seria, al igual que las facciones de su rostro en la superficie del riachuelo.
-Mentirle… Cierto, jamás podré decirle qué me ha pasado. Si se lo dijese, pensaría probablemente que me di un buen golpe en la cabeza durante el accidente -reí, sin ganas. Mentir a Charlie me dolía, como mentirle también a Reneé-. Espero poder controlar pronto la… sed e ir a verle sin ponerle en peligro.
-Tendrá que pasar mucho tiempo antes de que puedas controlarlo, Bella -sus palabras sonaron en mi mente repetidas veces y yo no dejaba de preguntarme cuánto tiempo pasaría antes de poder ir a ver a mi familia.
-¿Cuánto tiempo? -pregunté con una voz casi apenas audible. Él permanecía silencioso, callado, con una expresión todavía más seria en su perfecto rostro.
-Años. Es algo que no se puede controlar de un día para otro…
Él continuaba hablando, pero no lo oí. Años, años… No era algo que se pudiese controlar de un día para otro. ¡Pero no podía estar tanto tiempo sin ver a mi madre, a mi padre! Incluso a Phil. Por supuesto que no los pondría en peligro, pero… aquello era demasiado duro, demasiado doloroso. Y, ¿con quién estaría yo de mientras? ¿Con los Cullen? No era que me disgustase la idea, pero no poder vivir junto a mi familia jamás me dolía.
-¿Y qué voy a hacer durante esos años? ¿Cómo va a soportar Reneé esto? -aunque mi furia hubiese sido provocada a raíz de lo que dijo Edward, y aunque él no tuviera la culpa de ello, dejé ir mi rabia sobre él, sobre ese reflejo borrosamente atractivo del riachuelo.
-Vas a tener que estar con nosotros… No hay otra solución. Así es como todos nosotros hemos acabado, viviendo juntos como una familia -su respuesta me confirmó mis peores predicciones. No por ir a vivir con los Cullen, si no porque durante años no podría volver a ver a mi familia.
Y esa otra expectativa de que los Cullen fuesen mi familia, me desconcertaba. Habían hecho todo por mí, pero a pesar de eso, me costaría verlos como a una familia. Los veía como… ¿Cómo los veía? Ni yo misma lo sabía, sólo sabía que les debía mucho: me habían salvado la vida y me habían ayudado a seguir adelante.
-Siento haber gritado, pero es que… en fin, no importa -intenté restarle importancia a este hecho. Me acerqué más a la orilla, casi a punto de mojarme. El rostro de Edward parecía perdido en sus pensamientos, serio. Pensé cualquier cosa que preguntarle, con que entretenerle-. ¿Cómo son tus padres, Edward?
En cuanto vi su expresión de desconcierto, supe que me había equivocado de pregunta, pero aun así, él respondió:- Murieron hace años… -me miró. Yo esperé a que continuara-. Apenas los recuerdo de hacer tanto tiempo. Los recuerdos se borran con el tiempo… Sólo recuerdo que vivía en Chicago, en algún lugar de esa ciudad. Es lo que tiene el paso del tiempo.
-No debí habértelo preguntado -miré, esta vez, no al reflejo, si no al verdadero Edward, aunque sólo una fuera una sombra en la noche al otro lado de la orilla.
-Da igual. Actualmente, mis padres, y siempre lo serán aunque no nos unan lazos de sangre, Esme y Carlisle. Carlisle fue quien me salvó, de hecho. Y Esme es la mejor madre que podía tener… -me explicó. Sentí el gran respeto que Edward tenía por Carlisle y el gran amor hacia Esme como madre. Y lo entendí. Debería llevar mucho tiempo junto a ellos.
-¿Y tus hermanos? Quiero decir, ¿volvieron a ver a sus padres cuando se convirtieron en vampiro? -le pregunté. No podía ser que yo, tan de repente, fuera la única que los había visto después de la transformación. La silueta de Edward me miró -mirando a mi silueta, también oscura-.
-No. Tampoco Esme o Carlisle -respondió con voz seria. Así que, después de todo y hasta siendo vampiro, también era un bicho raro. Me sentí culpable. Ellos no habían podido ver a sus padres, y yo, egoísta como nadie, me había permitido ese lujo, viendo a Charlie.
-Soy egoísta -se me escapó el susurro. Me sentía estúpida y frustrada. Probablemente, el resto de la familia Cullen sí que se hubiese enfadado.
-No es tu culpa, no lo sabías -murmuró Edward. Distinguí sus ojos topacios en la oscuridad. Sólo se oía el ruido del agua del riachuelo, que fluía lenta, pero a la vez, rápidamente, como el tiempo-. Bella… tendrás que ir haciéndote a la idea de que tanto Esme, Carlisle, Emmett, Alice, Rosalie, Jasper y yo somos tu familia. Será duro, pero no es tan terrible. Esme y Carlisle son unos buenos padres y los demás, en cuanto los conoces, son unos buenos hermanos.
En un primer momento, las palabras de Edward hicieron que me doliera más. No podría ver a mi familia original durante unos años… Pero después de pensarlo de nuevo, no era tan terrible a pesar de que fuese duro. Por alguna razón, poder pasar unos años como hija de los Cullen y junto a Edward, no era un abominable destino. En parte, me dolería, pero estaba segura de que con la ayuda de los Cullen podría conseguirlo. Y ser la hermana de Edward tampoco era horrible.
-Bella ¿estás ahí? -preguntó con su voz aterciopelada. No me acababa de hacer a la idea que tendría nuevos padres y tantos hermanos, después de ser hija única-. Ven. En esta otra parte, el tierra es más cómodo para sentarse -me ofreció con una risa burlona.
No respondí, porque evidentemente, no iba a rechazar esa invitación. Me puse de pie y me pregunté cuán larga sería la distancia de orilla a orilla. Si podía ver a Edward reflejado tan cerca y su voz también cercana, no sería menos de un metro. Tragué saliva. ¿Podría saltar un metro? No. Desde que me había convertido en vampiro, era más… enérgica, por llamarlo de algún modo. Salté en la misma posición, para coger potencia, y me incliné hacia delante, saltando definitivamente hacia la otra orilla.
Por supuesto, me había descuidado de mi querida capacidad de hacer el ridículo en el momento menos oportuno. La agua del riachuelo, cubría la mitad de mi cuerpo. Me estremecí. Helaba. Me cogí en la orilla donde estaba mi… hermano, y me subí con complicaciones al extremo de la orilla. Y, como en la tarde, él no pudo reprimir una intensa carcajada, que aunque maravillosa, me recordaba lo absurdamente patosa que era.
-Perdona, pero es que no puedo evitarlo -se disculpó, a mi lado, todavía entre carcajadas. Me senté y me cogí las piernas con las manos, apoyando mi cabeza en las rodillas. Él estaba allí, apenas a centímetros. No pude evitar mirarle, y me arrepentí, pues me dedicó una sonrisa arrebatadora que hizo que le perdonara de inmediato.
-Me preguntaba… -Edward me miró algo más serio, pero dejando parte de expresión burlona en su rostro- ¿Rosalie y Emmett, o Alice y Jasper, se consideran hermanos? Si están juntos…
-No se consideran hermanos, se consideran pareja. Es más, de alguna forma, nos relacionamos como hermanos para que los humanos crean que somos una familia. Cómo explicarlo… -descansó un poco de su explicación- Entre todos, nos sentimos que formamos una familia, pero eso no evita, por ejemplo, que Alice y Jasper formen una pareja al igual que Emmett y Rosalie.
-Hum -dije, por toda respuesta en un primer momento-. Así que la familia, independientemente de hermanos y padres, está constituida por tres parejas y tú.
Pensé algo más en aquella explicación. Era curioso y comprensible al mismo tiempo. Estaban juntos como una familia, pero también tenían su propia pareja dentro de esa familia. No era tan difícil de entender. Volví a mirar la superficie del riachuelo. Pude ver a Edward, mirándome a mí, no a mi reflejo.
-Eso es mentira -pronunció con un tono burlón-. Tú también formas parte, de alguna manera.
-Sí -asentí, posando mi vista sobre el Edward real, del cual sólo veía los ojos topacios que destacaban incluso en la oscuridad, brillando en las sombras.
Él también asintió. Era raro pensar que él era mi hermano de alguna manera en aquellos momentos. Mi hermano… o no. Porque, estaba segura, y a pesar de no saber lo que era, que lo que yo sentía por él no era para nada como un hermano. Era algo más intenso, más fuerte, algo más allá de amor fraternal o amistad. Al menos, tenía la oportunidad de pasar junto a él algunos años, aunque fuera como hermana. No era tan terrible.
Y el resto de los Cullen… también eran mi familia de alguna manera. Por qué no. Añoraría a mi madre y a mi padre reales, cómo no, pero por alguna extraña razón, me sentía feliz de poder estar junto a los Cullen durante años. Carlisle sería un padre responsable, un padre al que respetar. E imaginé que Esme sería una buena madre, tan cariñosa y amable. Emmett, por su parte, parecía que era el hermano mayor que no tenía. Alice, también, una hermana que no había tenido. Y Rosalie y Jasper… los tendría que conocer más.
Me tumbé en el césped del suelo, cansada de tanto pensar. Realmente empezaba a odiar el no poder dormir nunca. Era algo raro, todavía.
-Echo de menos dormir, soñar… En fin, descansar -le dije a Edward, que me miraba sorprendido. Probablemente no me entendería. Un vampiro que llevaba tanto tiempo siendo vampiro se habría acostumbrado mucho tiempo atrás.
-Estar aquí es como poder dormir, a pesar de que no se duerma. Este lugar es silencioso, sólo se oye el riachuelo. Es como estar dormido sin estarlo. Es por ello que de vez en cuando, va bien venir aquí -la sonrisa arrebatadora volvió a aparecer y se desplomó en el suelo exageradamente, también tumbado.
-Estar dormido sin estarlo -repetí en mi interior. También, pensé, soñar sin soñarlo, porque desde que Edward estaba allí, aquello parecía un sueño más que un lugar de paz.
-Exacto -asintió.
-Sí -confirmé.
Los dos nos pusimos a reír de la tontería, pero me sentía feliz, a pesar de no comprender nada. Estar allí con él, era algo con que había soñado desde el día que le vi.
-¿Dormimos sin dormir, entonces? -asentí, divertida por la tonta broma que los dos nos habíamos inventado- Queda totalmente prohibido decir nada hasta que amanezca.
Y me dio la mano. Y sentí como si un calambre recorriera mi cuerpo haciendo que una extraña pero intensa sensación que nunca había sentido me llenara totalmente. Y así, en silencio, pasaron las horas. Y aquello era un sueño silencioso, pero calmado. Era… lo que había anhelado siempre pero nunca lo había soñado. Era, como había definido tan perfectamente Edward, dormir sin estar dormido, soñar sin soñarlo.
No me di cuenta de que habían pasado horas, muchas horas hasta que una repentina luz llenó el bosque, iluminando cada rincón, cada rama y hierba que había. Después del sueño, tocaba despertar, ¿no? Pero no quería que eso acabara. Aun así, acabé abriendo los ojos lentamente porque la pesada pero desconocida luz me impedía dormir sin estar dormida. Y, cuando abrí definitivamente los ojos para despertar del sueño, Edward seguía allí, a mi lado.
Pero algo no iba bien. Miré al cielo. ¿Estaba en Forks? Las nubes se habían apartado para que un extraño sol amaneciera en ese preciso día, en ese preciso momento y en ese preciso lugar. Me senté, sin mover la mano. Y uno de mis… nuevos hermanos también se sentó, tampoco sin dejarme ir de la mano. Pero había algo más que no iba bien.
Al girarme a mirarle, vi que su piel resplandecía, como si estuviera hecha de diamantes bajo la débil luz del sol que amanecía en ese día tan raro en Forks. Volví a abrir los ojos. Sí, brillaba. Quizá, si los vampiros lo intentaban, si que dormían… o no. Porque cuando miré mi piel, vi que brillaba como la de él. Brillaba como si estuviera hecha de diamantes. Brillaba como si soñara sin soñar. Brillaba irrealmente. Y me giré a mirarle, esperando una explicación.
-Buenos días -me saludó él.
Recent Comments