Arabesque
Ocaso
Segundo capítulo: Arabesque
“De repente, nada tenía sentido. Yo no podía ser una vampira. Es más, los vampiros son sólo leyendas urbanas, me dije. Pero no me servía mi propio convencimiento. Ellos lo habían dicho con tal naturalidad que sólo podía ser verdad. Y aún seguía recordando esas terribles palabras mientras alguien golpeaba la puerta y gritaba mi nombre.”
La persona, o lo que fuese, de las siete que estaban allí, seguía golpeando la puerta, con fuerza. Era como estar encerrada en un tambor al cual daban golpes. La cabeza me daba vueltas de tanto pensar. No podía ser una vampira, era imposible… inaudito. Sería una broma, quise pensar; habrían escuchado mis pasos por la escalera y decidieron hacerme una broma, que, por cierto, era algo pesada.
No. No era una broma. Porque si no ya lo habrían dicho, y dudé de que tuviesen tan mal gusto para bromas, además de haberlas dejado llevar tan lejos. Porque si no, no habría sonado tan cierto, aunque yo fuese el tipo de persona que se lo cree todo. Porque si no nadie seguiría golpeando la puerta con la desesperación y frustración que lo hacía. Porque si no nadie gritaría mi nombre con tanta fuerza. Porque si no yo no seguiría viva, supuse.
De repente, todo encajo en mi mente. Era como solucionar un puzzle de 5000 piezas que se lleva mucho tiempo intentando resolver. Finalmente, empezaba a entenderlo todo. Aquella sopa roja que Esme había bautizado con el nombre de gazpacho no era otra cosa que sangre. Sangre de… ¿humano? Temblé ante esta expectativa. Según las leyendas, los vampiros tienden a beber sangre… y si yo no fuese una vampira, no me habría atraído aquel líquido como me había atraído. No podía ser que diese la maldita casualidad de que, yo, Bella Swan, aunque tuviese toda la mala suerte del mundo, tuviese un colapso en el cerebro por un accidente, del que increíblemente había salido sin ningún rasguño. También entendí por qué me había sentido tan rara durante aquel tiempo.
Aún así, había algo que no acabé de entender. ¿El hecho de haberme convertido en vampira implicaba no poder dormir o no tener ganas de ir al lavabo? O, incluso¿dejar de respirar como me había sucedido y no haberme pasado nada? Había más dudas que verdades. Ciertamente, la única respuesta que encontré al asunto fue el hecho de haberme vuelto un ser que aparece en las películas de miedo, a veces.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando una silueta entró en mi habitación, si es que se podía considerar mía. A pesar de que yo estaba en la otra punta de la habitación, sentada en un rincón, y, a pesar de que las luces estuviesen apagadas y estaba atardeciendo, reconocí aquella silueta. De hecho, estaba segura de que la podría reconocer en cualquier parte. Era la silueta de la persona con quien había discutido dos días atrás y que no había dado más muestras de vida que entregando los deberes del instituto a través de otra persona: Edward Cullen.
No parecía nada cansado después de haber estado todo el rato golpeando la puerta. Su expresión parecía preocupada, y misteriosamente a la vez, enrabiada. Los ojos negros con que me había mirado hacía apenas más de una semana, eran ahora de un topacio oscuro, aunque dominaba más el negro. Y nadie dijo nada. Por su parte, seguía inmóvil frente a la puerta, como una estatua. Y de mí se podía decir quizá lo mismo. No me movía ni un centímetro: tan solo le miraba y parpadeaba.
-Este… -me sobresaltó que dijese tan solo una palabra, y las siguientes resultaron aún más sorprendentes.- lo siento. Hace dos días fui muy descortés. No tenía que haberme comportado así. Me pasé.
Mi cara debía de mostrar perfectamente la expresión de mis sentimientos: perplejidad, asombro. Edward se echó a reír con la risa que tanto me gustaba oír. Desgraciadamente, enseguida paró de reír y todo volvió a estar en silencio. En ese silencio incómodo y profundo con el día que había despertado en la casa de los Cullen. Había sido muy amable, disculparse, mas yo seguía enfadada. ¿Pretendía, ahora, hacer ver que yo no había oído la conversación de toda la familia reunida¿Pretendía volver a intentar no responder mis preguntas? Intenté no fijarme más en su rostro, pues si no balbucearía al decirle lo que le iba a decir y sonaría ridículo, pero fue imposible no echarle una mirada más.
-Ya… -hice una pausa antes de continuar a pesar de no haber dicho nada más que una simple palabra.- Edward¿puedes explicarme todo de una maldita vez? -su rostro se enfureció. Parecía recobrar aquel odioso enfado que le había resurgido dos días atrás. ¿Por qué se resistía a explicármelo, si ya se había desvelado el secreto? Intenté suavizar mis palabras añadiendo otras dos:- Por favor.
A esto le siguió otra risa, corta. Y volvió a poner la expresión tan seria que tenía anteriormente. Sin embargo, se movió hacia la puerta. ¡Pretendía irse sin siquiera haberme dado la más mínima explicación! Era frustrante. Me sentí estúpida por haber pensado cómo reconciliarme con él durante dos días. Las palabras que pronunció cuando se dirigía a la puerta sonaban distantes, frías, pero me conducían a la explicación. Se limitó a decir:- Vamos abajo.
La incredibilidad que provocaron esas dos palabras, tan frías y distantes, me dejaron inmovilizada durante unos segundos. Enseguida me levanté para seguirle, él ya había salido. Era la segunda vez que salía en dos días de esa habitación. Se me antojaron dos días cortos por todo lo que estaba sucediendo. Cerré la puerta suavemente, tratando de no hacer ruido. Parecía que en aquella casa todo estaba envuelto en el silencio, casi siempre, y yo no quería perturbar el silencio.
Me apresuré y anduve algo más rápido: Edward ya estaba en la otra parte del pasillo a pesar de su lento paso. Nuevamente me pregunté el por qué permanecía aquella cruz allí y también me maravillé con la majestuosa escalera, que, aunque increíblemente sorprendente, podía hacer que cayese por ella en cualquier momento.
Llegamos enseguida a la planta baja. Para mi sorpresa, allí estaban todos los Cullen: los padres y los hermanos de Edward sentados alrededor de la mesa que estaba cerca de una puerta. Me estremecí. En los pocos días que allí llevaba no había hablado con ninguno de ellos y no sabría qué decirles en caso de que me hablaran. Me reproché haber bajado apenas unos minutos antes, si es que sólo habían pasado minutos. No sabía cómo iban a reaccionar ni el doctor, ni su mujer, ni sus hermanos. Incluso tampoco sabía cómo reaccionaría el mismo Edward.
-Venid, Bella, Edward. -dijo Carlisle. Obviamente, yo estaba carcomida por la impaciencia y las dudas, además de por la vergüenza.- Sentaos.
Había dos sillas vacías. Tomé asiento sin pensarlo demasiado. Era lo único que podía hacer en ese momento, en parte. Edward tardó un poco más en sentarse, pensando a saber qué. Me dirigió una mirada, corta, pero fulminante. Inescrutable. No tenía expresión alguna. Lo único que identifiqué fue arrepentimiento, y, tal vez, culpabilidad. Asombrada me quedé. Aparté la mirada y vi que sus hermanos estaban igual, perdidos en sus propios mundos, apenas respirando.
-Te presento a mis hijos. -a continuación los nombró a cada uno por el orden en que estaban sentados.- Alice, Jasper, Emmett y Rosalie. Supongo que ya les habrás visto en el instituto.
En cuanto los presentó, todos volvieron su mirada a mí, dejando aparte sus pensamientos. Odiaba ser el centro de atención, sobre todo cuando te miran cuatro personas de tal belleza. Miré uno a uno. Cada mirada reflejaba pensamientos distintos. La primera, Alice, me miraba con curiosidad mientras que Jasper parecía mirarme con indiferencia y algo de compasión. En la mirada de Emmett, el más corpulento de los Cullen, desconocimiento. Todo aquello ya me decía bastante, pero mi mayor sorpresa (y espanto) fue la mirada de la impresionante Rosalie: desdén, odio. Si las miradas matasen, en este caso yo ya estaría muerta. No entendía que podía haberle hecho como para me odiase tan pronto.
-Sí, aún así, encantada de conocerlos. -musité apartando la mirada para concentrarme en decir algo razonable. La mirada de la hermana de Edward me inquietaba. Miré a éste, esta vez. Edward permanecía quieto de manera que hubiese pasado por estatua de no tener esos ojos que con tanta intensidad clavaban su mirada en mí.
Nuevamente, el silencio invadió el recibidor. Todos callaban, pero ahora parecían comunicarse unos entre otros, mirándose fijamente entre ellos, incluso moviendo algún dedo. Cada vez estaba más inquieta, independientemente de la mirada de la hermana de Edward. Tenía ganas de saber la verdad que no se me había contado desde un principio y qué era eso de los vampiros. Aguardé a que dijesen algo, pero seguían igual. Ya estaba empezando a impacientarme de estar allí. Parecían inconscientes de mi existencia o de mi presencia. Y Edward me irritaba más. Se había disculpado, sí, pero me había tratado de una manera tan fría que parecía que lo hubiese dicho más por obligación que por cualquier otra cosa.
De repente, sentí algo raro en mi mente. Era como si pudiese decir algo a alguien y que nadie más se enterase. “¡Edward!”, llamándole desde algún lugar de mi mente. Lo que no me esperaba, era lo que iba a ocurrir. Él se giró hacia mí, estúpidamente sorprendido, como si hubiese escuchado que le llamaba interiormente.
-¿Qué? -sólo preguntó eso, pero la reacción de los que estaban allí fue automática. Todos posaron su mirada en mí, de nuevo, pero esta vez lo que su mirada transmitía, también lo expresaba su cara: sorpresa, temor. Edward… ¿Cómo podía haber escuchado nombrarle, si tan sólo era un pensamiento que requería su atención?
-Cómo… -por primera vez desde que estaba allí, Alice Cullen pronunció una palabra, aunque sólo fuese una, con una voz musical, agradable y suave. Pero eso no quitaba el hecho de que yo quisiese saber lo del vampirismo. Si yo me había convertido en vampiro, si estos seres existían, si por eso me atraía por ese gazpacho… ¡Tantas preguntas y ninguna respuesta! No lo soportaba más, no podía. Llevaba dándole vueltas toda la tarde y no había conseguido sacar conclusión alguna.
-¿Podríais explicarme la verdad, por favor? No entiendo nada. Llevo aquí dos días, pero apenas sé nada. ¿Es cierto que me he transformado en una vampira¿Es éso real? -tomé aire. Había hecho mi corto monólogo pronunciándolo deprisa. Estaba segura de que no responderían. Suspiré. Decir todo aquello sólo había servido para calmar algo mis nervios.
Y no entendí nada. Una sensación de tranquilidad inundó el ambiente, como si alguien intentase calmarme. Parecía otro mundo, a pesar de que todo me era conocido… en parte. Parecía que una especie de aura lograba disminuir mis nervios y mi impaciencia. Me sentía más relajada, sin motivo alguno. Miré esta vez a Carlisle. Supuse que sería él el primero de hablar, como había hecho en mi llegada a la mansión.
-Es algo difícil de explicar. -para mi sorpresa, fue Edward quien habló. Como anteriormente. Con una voz fría y distante, que a pesar de todo, sonaba agradablemente. Parecía impasible, como si no le importase absolutamente nada lo que estaba ocurriendo en ese lugar, en esa situación, en ese tiempo. Pero prosiguió:- Se tiene que ir asimilando con el tiempo.
-Edward… -tan sólo Esme pareció reprocharle sus palabras. El resto de vampiros, porque así debían ser llamados, habían asentido sin añadir nada más.
¿Estaba confirmando que la existencia de los vampiros era real¿Era más, que yo había sido transformada en una? Me quedé en estado de shock. Aparentemente lo había asimilado mientras lo había pensado. Aparentemente, porque aquellas palabras me atravesaron como un rayo: “Se tiene que ir asimilando con el tiempo.”…
Sí, con el tiempo. Porque en ese mismo instante y en ese mismo lugar yo no era capaz de aceptar algo tan sublime, que había creído fantasía. Porque parecía algo imposible pero a la vez cierto. Porque era como estar afirmando algo de lo que se es consciente pero no se acepta fácilmente… la existencia de los vampiros. No resultaba algo fácil de asimilar y menos de ser consciente de que eso estaba ocurriendo en la realidad, porque no podía haber estado soñando con algo tan real y ficticio a la vez. Si algún hecho me había sido difícil de aceptar, había sido ese, sin duda alguna. Y es que, por muchas expectativas que hubiese tenido, sabía que hasta que no me lo confirmasen, no llegaría a creérmelo.
-Sentimos no haber dicho la verdad desde un principio… Era demasiado difícil. No podíamos decirte así como así casi sin apenas saber algo de ti, por eso nos inventamos aquello. Queríamos decírtelo de alguna manera, pero no sabíamos cómo. -Esme, que sólo había pronunciado una palabra, fue capaz con aquellas palabras de sacarme del shock e incluso de emocionarme. Había dicho todo cuánto sentía en pocas palabras y ser capaz de provocar tantos sentimientos. Y lo decía con sinceridad, porque, siempre de alguna manera, había sido sincera.
-Durante aquel accidente, Edward te salvó la vida, pero aún así te diste un grave golpe en la zona del cráneo chocando contra la acera. Aparte de perder mucha sangre, tenías también una hemorragia interna cerebral. Llegaron enseguida las ambulancias y cuando llegaste al hospital ya estabas a punto de morir… Cada segundo derramabas más sangre. No había posibilidad alguna de que siguieses viviendo a menos que te convirtiésemos en vampiro. Y así fue como pasó, porque si no, no habríamos podido salvarte de ninguna otra manera. -Carlisle concluyó así su explicación.
Me quedé asombrada. Asombrada y embobada. ¿Realmente podía haberme sucedido todo aquello? Me toqué la cabeza con las manos, en busca de alguna muestra de sangre tal y como había hecho el día de mi llegada a esa mansión. Me miré las manos de nuevo. No había rastro alguno de sangre. Todos los que estaban allí estallaron en carcajadas al verme mis gestos. ¿Realmente tenía gracia¡No podía haber salido tan bien de un accidente como ése! Había tenido una hemorragia en el cerebro… Era imposible. Pero esta vez, la explicación sonaba convincente y… creíble hasta lo que había sucedido desde mi llegada. Me fijé en Edward. Él tan sólo había soltado una pequeña carcajada… Parecía algo menos frío.
-No tienes nada, tranquila. -Emmett pronunció estas cuatro palabras como pudo, pues aún estallaba en carcajadas. Me sentí algo ridícula, aun sin entender por qué había hecho tanta gracia que me hubiese mirado si tenía alguna herida. Aunque me sentía ridícula también me sentía bien: nunca había hablado con él y no sabía qué reacción podía tener ante mí.
Estuvieron entre todos explicándome cosas sobre los vampiros. Tenían que haber pasado más de dos horas, pues ya estaba todo oscurecido. Todas mis preguntas fueron respondidas a lo largo de esa tarde. Me explicaron que los vampiros no podían dormir, pues era como un estado entre la vida y la muerte: se podía vivir, pero como con un cuerpo congelado. También me comentaron que un vampiro no tiene por qué respirar, pues si no lo hace, no ocurre nada. Finalmente me relataron el hecho de que no se tenía que ir al lavabo ni se tenía que comer.
En este punto, me estremecí. Recordé la odiosamente deliciosa sangre que había bebido dos días atrás. ¿Me habría alimentado, sin saberlo, de sangre humana? El miedo recorría mi cuerpo. Aunque en ese momento fuese una vampira, me seguía sintiendo casi tan humana como antes. Y me daba miedo y a la vez odio. Miedo porque imaginé qué podía haberle pasado a la persona propietaria de la sangre, en el caso de que la sangre fuese humana. Y odio… a mí misma, por haber bebido aquella apetitosa sangre sin haberme enterado.
-¿La sangre que bebí el otro día, era humana? -me limité a preguntar. Todos los Cullen se callaron.
Miré a Edward, que clavaba su mirada en mí. Nuevamente frío y distante, apartó la mirada. ¿Tan malo era lo que acababa de preguntar¿Acaso mi pregunta molestaba tanto? Creí tener derecho a saberlo, pensé. Tanto Esme como Carlisle y sus hijos enmudecieron ante la palabra humana. Se volvieron estatuas mientras la curiosidad y el terror invadían mi conciencia. Dudé de que pudiesen evitar esa pregunta.
-No era humana… -la persona que más dudaba que contestase, quien estaba a mi lado sentado, respondió a mi pregunta. Edward. No sabía si enfadarme o estar agradecida. El tono de su voz seguía siendo tan distante que me entraron escalofríos, aunque me tranquilizó saber que no era sangre humana.
Entonces dudé más. ¿Si no era sangre humana, de qué podía ser¿De animales? Según los mitos y leyendas que yo había leído, los vampiros siempre se habían alimentado de sangre, sangre humana. No mentían. No habían mentido en todo en cuanto me habían dicho aquella tarde¿por qué iban a hacerlo ahora? Suspiré.
-Era de animales. -quieta pero impactante, Rosalie, sentada al otro lado de la mesa contestó. Pero, en vez de tranquilizarme todavía más, ese tono que había usado, me inquietó. Aunque Edward se hubiese mantenido distante, lo de Rosalie era peor. Había tanto en su voz como en sus ojos un desdén intenso hacia mí.
“Era de animales“, había dicho. Reflexioné un momento. Sangre de animales. Yo, convertida en vampira, bebiéndola. Por mucho que intentase relacionar aquellos conceptos entre sí, no los entendía. Animales. ¿Por qué beberían sangre de animales y no sangre de humanos? No tenía mucho sentido. Sentí como si quisiera definir en dos palabras mi duda. “¿Por qué?”,fue todo lo que pensé. Los rostros de los, en ese momento, sorprendidos vampiros se giraron para observarme con sorpresa y asombro. ¿Acaso habían oído lo que había pensado?
-No queremos beber sangre de humanos. Queremos ser todo lo más normales posible. Si bebemos sangre de humanos, somos como monstruos… Con sangre de animales, podemos al menos calmar la sed y así evitamos matar a gente inocente. -Jasper, que no me había dirigido mucho la palabra, pronunció la respuesta con un deje de tristeza en estas palabras, aunque no logré entender por qué.
Así que era eso. Después de todo, había un buen motivo. Pensé que los Cullen eran un tanto distintos a los vampiros de los mitos. Por la casa no había visto ataúdes donde se supone que duermen por el día los auténticos vampiros, ni siquiera ellos mismos tenían colmillos como los vampiros de los cuentos. Incluso yo tampoco tenía colmillos ni dientes que sobresalieran. Me pregunté como sabría la sangre de humano cuando la de los animales me había atraído con tanta fuerza. Tragué saliva, si es que a eso se le podía llamar al gusto raro que desde dos días atrás tenía en la boca.
También pensé en cómo podían extraer la sangre de los animales. Quizá Carlisle utilizara alguno de sus instrumentos para ejercer su oficio, algo como una jeringa. ¿Y qué tipo de animales eran los dueños de la sangre¿Perros¿Gatos¿Incluso conejos? Por ese día, decidí, bastaba de preguntas. Ya estarían hartos de contestar mis dudas, supuse.
-Ya te llevaremos algún día para que aprendas, sobre todo con los osos. -Emmett comentó con la boca hecha agua. Los demás rieron. ¿Osos? Me pregunté a qué sabría un oso… Quizá la compraban en Internet, en alguna web ilegal, pensé, aunque poco probable era.
-Cierto, dentro de poco toca ir de acampada. -Alice respondió con un entusiasmo inferior, pero más expresivo. No entendí qué tenía que ver ir de acampada con los osos.
Observé el comportamiento del resto de los Cullen. Los ojos les brillaban, negros. ¡Eso había pasado con Edward hacía relativamente poco…! Tenía que ver con el hecho de ser un vampiro, seguramente, como todo. Me pregunté si incluso yo podía cambiar el color de mis ojos.
Un terrible gruñido interrumpió cualquier posibilidad de que alguien continuara hablando. Un terrible gruñido que procedía de mi estómago. Todos se giraron, sorprendidos. Estallaron en carcajadas y yo me hubiese puesto roja de no haber sido vampira. Tenía hambre. No sabía si mi estómago tenía más hambre que yo misma. Esa conversación me había hecho entrar hambre. Ese día no había bebido, o comido, como se entendiese en términos vampíricos.
-Tranquila, ahora te traigo un poco. -Esme se levantó en dirección a la cocina a gran velocidad, mientras yo me quedaba perpleja, además de estar avergonzada… Enseguida, pero, me invadió el olor de la exquisita cena que se presentaba desde una distancia de doce metros. Una deliciosa… ¿sopa? de sangre.
Ya era medianoche. Habrían pasado tres horas desde que había cenado y estaba en mi habitación. Mi hambre o sed estaba calmada. Después de haber cenado yo, nos quedamos un rato hablando y luego unos se fueron sus habitaciones, otros a ver la tele, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Recordaba el malditamente delicioso líquido que había bebido y cómo mi estómago se calmaba. Era una sensación extraña. El raro gusto en la boca que había tenido desde dos días había aumentado mientras olía el manjar, pero después había disminuido. Totalmente extraño.
En realidad, todo se me antojaba raro. Era como un sueño, porque tampoco era una pesadilla. Vampiros, sangre de animal, incapacidad para dormir… Todo me era raro. Aún no había aceptado el hecho de ser vampira puesto que parecía irreal, pero cada vez se volvía más real. En esos momentos, pensando, me volvió la angustia de cuando me enteré. Seguía sin poderlo creer, pero poco a poco lo iba asimilando, como había dicho Edward tan distante y frío. El mero hecho de ser algo que existe en fantasías resultaba difícil de describir. Por un lado, me fascinaba descubrir los vampiros. Por otro, no entendía casi nada.
Me acordé, repentinamente, de mi padre. Habían pasado dos días del accidente. ¿Cómo estaría¿Qué sentiría? Seguramente, estaba preocupado. Tenía ganas de volver a verle. A él y a mi madre. Al menos, quería hablarles, oír sus voces. Les echaba de menos, para ser sincera. Eran las únicas personas que me apoyaban en todo momento. Especialmente, mi madre, aunque cuando llegué a Forks, fue mi padre. Charlie, tímido pero buena persona, le añoraba. Me gustaría prepararle la cena, seguramente él se estaría haciendo un huevo frito, como antes de mi llegada… ¿Cuándo podría verles?
Me aburría. Observé la estantería, en la otra punta de la habitación. Era como un oasis en un desierto. Antes de haberme enterado de lo que era, había casi terminado de leer El perfume. Entonces, entendí bien las sensaciones del protagonista respecto a los olores. Me recordaba algo a mí. Al protagonista le había atraído mucho el olor de una muchacha y lo quería poseer. Era semejante a mí con la sangre. Era un aroma delicioso, que cuanto más se acercaba, mayor era su intensidad. Me pregunté cómo sería un perfume de sangre.
No, no tenía ganas tampoco de terminar el libro, no aquella noche. Realmente no tenía ganas de nada. Salí de la habitación, aburrida y me acerqué a la impresionante ventana del pasillo, que se extendía a lo largo de éste. El cristal, claro, permitía el paso de la luz de la luna llena. Era un paisaje hermoso. La luna llena era la luz en la noche, y gracias a esa luz, entre los árboles se reflejaban sombras. Algo tenebroso, después de todo. También esa luz permitía ver la forma de las puertas en ese pasillo donde estaba, amplio, justo enfrente de la puerta de la que ahora quizá se podía considerar, mi habitación.
Miré a la habitación de al lado. Allí estaba Edward, seguramente. No le había dicho nada después de sus duras explicaciones durante la reunión de la tarde. ¿Seguiría enfadado, si tenía motivo para estarlo? Aunque, de hecho, yo tampoco tenía motivo para estar enfadada. Me había salvado la vida… Y yo no se lo había agradecido. Sentí ganas de entrar y hablar con él. Pero no podía, estaría durmiendo. ¡No! Olvidé que los vampiros no podían dormir.
En mi mente, parecía que algo daba vía libre al paso de pensamientos, y a que a través de estos, pudiese llamar a alguien en silencio. Me situé enfrente de la puerta. ¿Debía picar para entrar? Quizá no debía entrar. Ensayé interiormente lo que podía decir: “¿puedo entrar?”
-Sí. Entra. -una voz contestó detrás de la puerta, distante y fría. Esa voz la reconocía en cualquier parte. Era de Edward… ¿Cómo podía haber escuchado lo que había tratado de decir en voz alta, pero sólo me salió en pensamientos?
De cualquier manera, entré, tratando de no ser muy ruidosa. Y me quedé fascinada. Entre las sombras, sonaba una melodía que yo conocía bien. La había escuchado en casa de mi madre. Arabesque. La dulce melodía de piano transmitía tranquilidad pero melancolía. Era de mis composiciones favoritas de Debussy junto a Claro de luna. Iba por el comienzo de la pieza. No veía nada. Estaba a oscuras y la melodía le daba un toque todavía más misterioso. Edward estaría, seguramente, entre la oscuridad. Apenas pude andar por miedo con tropezar con algo. No sabía qué hacer, por lo que me dejé conducir por la melodía que invadía en esos momentos la alcoba. Y traté de tararearla.
-¿Conoces a Debussy? -musitó Edward, sorprendido. La voz perdida en las sombras, estaba lejos de mí, pero a la vez cerca. No supe situarla en un punto exacto. En cuanto al tono, era amable. Pocas veces me había hablado con un tono amable desde mi llegada allí.
-Sí. Mi madre solía ponerlos y recuerdo alguna melodía. Me gustan bastante. -me hallaba cerca de una pared pues extendí las manos y toqué algo semejante a un muro que sería una pared. La melodía estaba ya por la mitad, y seguí tarareándola mientras Edward no decía nada.
Era un silencio melodioso. Silencio, aunque sonara la melodía porque nadie decía nada. Melodioso por la hermosa melodía de Debussy que impregnaba la habitación. Edward suspiró, lejos o cerca, donde quiera que estuviese en ese momento. Intenté localizarle. Me pareció ver una silueta en medio de la sala, entre las sombras.
-Tienes un poder. -a lo lejos, su voz sonó distante, pero cercana. Me pregunté cómo sería aquella habitación, en ese momento invadida por las sombras. ¿Habría muchos muebles¿De qué color serían las paredes? Tenía que estar bastante vacía, pues la melodía se oía perfectamente.
-¿Qué? -pregunté cuando me di cuenta que había hablado. La melodía había finalizado. Me sentí triste. Hubiera deseado que esa melodía siguiera sonando. Al igual que la voz de Edward.
-Nada. Ha acabado… -parecía alertarse en ese momento de que Arabesque había acabado. Tan sólo añadió desde donde quisiera que se encontraba en las sombras de su habitación:- Ojalá jamás acabara de sonar.
-Cierto. -respondí, decepcionada. Esa melodía, en ese momento y en ese sitio, me calmaba y me fascinaba. De repente, noté que alguien se me acercaba. La única persona podía ser Edward, puesto que no había nadie más allí.
-Vamos abajo. La tocaré en el piano. -su voz se me antojó como la melodía. Un dulce sonido que no quería que jamás acabase. Y sonaba amable. Amable y contenta.
Me limité a asentir. No pude añadir más. Edward había cogido mi mano para guiarme por la oscuridad. Una sensación que jamás había experimentado me dominó en ese momento. Notaba su tacto y su temperatura. Una mano suave, a la vez fuerte y grande. Y fría pero cercana. Él abrió la puerta y salimos de la habitación. En ese momento, no me importó ni siquiera molestar a los demás Cullen. Tan sólo estaba concentrada en ese tacto que me guiaba por un camino.
-Telepatía… -un suave susurro casi apenas audible. Edward me guiaba entre las escaleras cogiéndome más fuerte de la mano. Descendíamos poco a poco, como con temor a caer.
Entonces, recordé lo que Edward había dicho en su habitación y yo no había entendido. “Tienes un poder“, dijo. Y luego, en la escalera, ese susurro que susurró: “Telepatía…”. ¿Tenía yo el poder de la telepatía¿Era eso posible? Seguramente, sí. Porque eso era como soñar un sueño agradable. Decidí que se lo preguntaría al día siguiente, porque parecía haber tiempo de sobras y para todo. Tan sólo me dejé conducir escaleras abajo en la medianoche.
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