Ocaso

Capítulo trece: A tientas


“-Me alegro de que seas tan sensata. A cambio, te prometo yo no hacerles daño… siempre que no vengan tras de mí buscando venganza, por supuesto -se alejó de mí y cogió la mano de Victoria-. Desde vuestra casa se ve las ruinas de un castillo cercano. Ven allí al mediodía. Haz lo que sea para librarte de Edward si no quieres que le ocurra nada. Y no me hagas esperar, Bella, por favor, no tengo todo el día y dudo que no vengan buscando venganza después. Y si no vienes, sabes lo que haremos y nadie quiere que les ocurra nada malo a los Cullen, ¿o sí?

Con eso, los dos se alejaron caminando lentamente, como en el final de un cuento de hadas, como si estuviera todo solucionado. Al cabo de cinco minutos de luchar contra mí misma para moverme, pude caminar. Y caminé lentamente, como si mis pies fueran plomo y la nieve roca. Sin duda, no haría esperar a James. No quería que les ocurriera nada malo por mi culpa, como tampoco quería hacer realidad la única idea que se me ocurría para apartarme de Edward. No quería decir aquella mentira cruel y despiadada, que le haría daño, que le destrozaría. Y a la vez me destrozaría a mí misma. Pero en aquellos momentos, su vida me importaba más que cualquier otra cosa en el mundo.”

Corriendo. Así fue como avancé en el camino de abetos y nieve, que se extendía delante de mí, como si se hiciera eterno, como si yo nunca fuese a salir de allí. Y pese a que llegué en menos de cinco minutos, parecía una eternidad a la vez que un instante. Una eternidad porque quería salvar a lo que más me importaba en el mundo. Un instante porque el tiempo transcurría, cruel y sin pararse, haciendo que cada vez se acercase más el momento en que no le vería más.

Y caí otra vez, como anteriormente cinco veces antes mientras recorría el bosque. Pero ya ni eso me importaba. No me importaba que la nieve y el barro me ensuciaran. No me importaba ser tan torpe. No me importaban los esfuerzos que me costara pronunciar las palabras que tenía planeadas decir. Ni siquiera me importaba yo misma. Por primera vez en mi vida, quería proteger a alguien, aunque ello comportase hacerle daño y herirle. Pero, mientras él siguiera existiendo, ¿qué importaba todo lo demás? Alcé la vista al ver la sombra que me cubría, la sombra de la casa. Suspiré, entre aliviada e insegura, comenzando a caminar hacia la puerta, comenzando a acercarme más y más hacia el fin de todo.

La puerta crujió al abrirla, advirtiéndome de que sería mejor no hacerlo. De que quizá hubiera una última posibilidad… de que quizá no ocurriera nada si los Cullen lucharan contra James. Pero ¿y si James los inmovilizaba? ¿Y si no pudieran luchar contra aquello? Calma, Bella, me dije, si haces lo que debes hacer, no les ocurrirá nada. Cerré la puerta tras de mí, moviéndome como si fuera más vieja. No quería ponerlos en peligro, pero aún me quedaban algunas horas por delante. Eran las nueve… todavía. Con cuatro horas habría suficiente, sin duda. O eso esperaba yo.

Subí escalón tras escalón, y me resultó algo tan interminable como el mismo bosque. Incluso más pesado, más eterno. Más… aborrecible. Era como si estuviera criando raíces a cada escalón que subía. Como si no quisiera moverme a la vez que me ordenaba a mí misma hacerlo, contradiciéndome así a mí misma. Entre esa mezcla de angustia y aborrecimiento llegué a la primera planta. Y me di cuenta que nada me había costado tanto en la vida. Y en las siguientes horas, ciertas cosas me iban a costar incluso más que eso.

Por un momento, mientras veía la puerta de su habitación quise entrar, disculparme por mi tontería y abrazarle, besarle… pero eso eran deseos prohibidos. Primero tenía que hacer algo. Primero tenía que saber la verdad para luego decir la mentira. A mi pesar, abrí mi habitación, iluminada por los primeros rayos de una mañana soleada donde el sol ocupaba un puesto equivocado en el cielo. Para mi gusto, en esos momentos, hubiera preferido una noche oscura como la boca de un lobo, pero no podía luchar contra el paso del tiempo. Nadie podía hacer eso. Desgraciadamente.

Como si estuviera coja de una pierna, avancé lentamente hacia el escritorio. Sabía que lo que iba a hacer podía arruinarlo todo, pero no podía evitarlo. No podía evitar contar la verdad, llegara a leer mi explicación o no. Me senté en la silla, que me parecía dura como una roca, pero no protesté y saqué un papel y un bolígrafo. ¿Cómo empezar? ¿Qué decir sino la verdad? Mi mano acarició el papel por un momento y empecé a escribir con una letra ilegible, apenas escribía en recto. Y las manos me temblaban, incontrolables. Pero escribí, escribí hasta acabar, se pudiera leer o no.

Edward:

Te quiero. Te quiero. Te quiero. Y no puedo dejar de quererte ni de repetirlo una y otra vez. Y también lo siento. Lo siento mucho, muchísimo, pero no podía hacer otra cosa. Y siento haberte mentido de esta manera, siento haber dicho la mentira más grande que jamás he dicho… y a pesar de ello, escribo la verdad aquí.

Te preguntarás por qué mentí, por qué me escapé. La respuesta es para salvaros, a ti y a Alice, Emmett, Jasper, Rosalie, Carlisle y Esme. Y especialmente a ti. Y el odioso causante de todo esto es, nada más ni nada menos, que James. Y Victoria. Pero él, más que nada. Tiene un poder devastador, Edward. Puede paralizar a las personas y al mismo tiempo puede evitar que los demás vampiros puedan afectarle. Es por ello que tú no le has podido leer el pensamiento y Alice no ha podido ver sus intenciones en el porvenir. Pero no es eso sólo. Parece que para él, la vida es un juego. Y cuanto más riesgo haya en su camino, mejor. Quizá es por eso por lo que le atrae mi sangre, la que queda en mi cuerpo. Y como no acceda a ir con él, vosotros estaréis en peligro, y eso, no puedo permitírselo, como no puedo permitirme a mí misma poneros en peligro.

Y por favor, no vayas detrás de él cuando todo esto acabe. No me vengues. Eso es lo que él quiere que hagas, quiere que vayas tras él para matarte a ti también. Y eso no puede ocurrir. No tendría que ocurrir. Por favor, si tras esto, de alguna forma ya no estoy aquí, quiero que tú sigas existiendo. Por todos. Por mí. Por tu familia. Y sobre todo, sé feliz. Quizá estoy siendo feliz, pero sé ante todo feliz, por favor. No puedo dejar de existir (si es que eso me ocurre finalmente) sabiendo que tú serás infeliz. Así que, sea como sea, tienes que ser feliz. Por favor, te lo ruego, Edward. Sigue adelante y no dejes que todo esto te venza. No lo dejes todo por mí. Por favor.

Y ya, para acabar, aunque sea muy largo lo que te voy a decir, tengo que decirlo, sino, una parte de mí estaría incompleta. Y quiero que lo sepas: eres lo más importante del mundo para mí. Y para siempre. Nunca, jamás, en mi vida nada me había importado tanto como me importas tú ahora. Y precisamente por ello hago esto: porque no quiero que te pase nada malo, no quiero ponerte en peligro. Es la única solución. Creo. O al menos la única solución hasta que un nuevo peligro os aceche. Pero por el momento, estaréis a salvo. Y te lo vuelvo a repetir: te quiero, te amo Edward. No lo olvides, nunca, en la eternidad, si puedes, por favor. Ojalá hubiéramos tenido más tiempo por delante para nosotros dos. Ojalá. Lo siento.

Isabella.

P.D.: Un último favor sería que me disculparas por todo el sufrimiento que voy a causar. Díles cuánto lo siento a Carlisle, Esme, Jasper, Alice, Emmett e incluso a Rosalie.

Me quedé un largo rato mirando el papel, mirando mis palabras. Aunque no las leía. Aparte de porque no podía leer ni yo misma lo que decían, no quería leerlas. Mi mente estaba en otro lugar, pensando en qué haría con aquella carta. En parte, la había escrito casi para mí misma, como una confesión de una verdad que nadie llegaría a saber nunca. Pero… ¿y si se la hacía llegar? Por supuesto, no de inmediato, si no con el tiempo suficiente para que James se fuera de Chicago y los Cullen estuvieran a salvo. Aquella idea me persuadía, me tentaba. Después de lo que iba a decir, del dolor que le iba a causar, de todo el sufrimiento que pudiera causarle, quería que al menos supiera la verdad. Aunque quizá aquello arruinara todo. O no.

Sin saber qué hacer, doblé la carta y me la guardé en el bolsillo del pantalón, donde pudiera estar a salvo. Y me quedé pensando por un momento. Había escrito aquello como si yo fuera a morir sin tener la certeza absoluta de que iba a morir. Pero no la tenía. De hecho, no sabía qué era lo que planeaba exactamente James, aparte de beber mi sangre. ¿Porque podía seguir viviendo después de que bebiera mi sangre, no? Pero había algo que me decía que me mataría, que aquel par de ojos rojos jamás quedaban saciados. Y quise equivocarme.

Y miré a mi alrededor, recordando lo feliz que había sido allí, con Edward. Había sido más feliz en aquella corta semana que en toda mi vida. Y ahora, repentinamente, todo aquello acabaría. No podría mirar a sus ojos topacios nunca más. No podría acariciar su hermoso rostro. No podría bromear con él. No podría besar aquellos labios. No podría abrazarle. Nunca. Jamás. No se volverían a repetir aquellos momentos. Empecé a sollozar, sin lágrimas. En aquel momento, me hubiera gustado poder llorar, pero no importaba.

Calma, me recordé, aún no ha sucedido lo peor. Pero está por suceder. Y aun así, recordando todos aquellos momentos, recordando mi infancia, recordando mi llegada a Forks o lo sola que estaba en Phoenix durante mi adolescencia que aún duraba. Ninguna de esas cosas podría valer tanto jamás como la vida de Edward. Él era lo más importante. Su vida era lo más importante. Pasase lo que pasase. Por siempre y para siempre. Y por una vez, sería yo quien le salvaría a él.

De repente, algo detrás de mí gruñó, y con toda seguridad era la puerta. Y a pesar de que me hubiera girado con todas mis ganas, hubiera mirado el rostro hermoso de quien había abierto y hubiera corrido hasta abrazarlo, no lo hice. Y sabía con toda la certeza quién era. Si me hubiera girado, aquello me habría herido mucho. Quizá, demasiado. Pero pese a ello, mi mente me traicionó y me imaginé su perfecta silueta aún en la puerta, viendo frustrada, cómo yo no me giraba. Luché con todas mis fuerzas, es más, luché conmigo misma. Y no pude evitarlo. Me levanté y le miré, apenas siendo consciente de ello. Y aunque dolía, también me alegraba. ¿Cómo no podía alegrarme de verle, aunque eso incluyera dolor?

-¿Bella? -me llamó con su voz aterciopelada al mismo tiempo que caminaba hacia mí y cerraba la puerta. Y antes de que pudiera abrir y cerrar los ojos de nuevo, yo ya estaba en los brazos de Edward. Tan ajeno a lo que iba a hacer yo, tan inconsciente del peligro que corría-. ¿Cómo te ha ido la caza? ¿Has cazado muchos conejos?

Y se rió, despreocupado, tranquilo, calmado, como si nada malo estuviera pasado, como si por arte de magia todo se pudiera solucionar. Y tenía que contestar. ¿Pero cómo se suponía que iba a decirle algo? ¿Cómo se suponía que iba a contestar sin que la voz se me quebrara y sonara a mentira? Jamás se me había dado bien mentir. Pero me di cuenta. Por él lo daría todo. Incluso mi vida. ¿Comparado con eso, qué era una simple mentira?

-Sólo he cazado un conejo -mi voz era fría, distante, indiferente. Era la única forma de hablar que no me delatara. Y apenas quedaban minutos, o segundos para la despedida definitiva, para hacerle pedazos. Sin ser consciente de mis actos, lo abracé con todas mis fuerzas, con todo mi sentimiento e inhalé su olor. Sin suda, era mejor que nada en esos momentos. Y por eso mismo, él tenía que seguir existiendo. Por nada y por todo. Y aunque en eso me vencí a mí misma, le empujé suavemente hacia atrás, apartándole de mí.

-¿Bella? -volvió a llamarme, esta vez con una voz extrañada. Y era imposible mirarle a la cara. Sobre todo, a los ojos. A esos ojos topacios a los que habría mirado eternamente de no ser por lo que se avecinaba. Dolía tanto saber el daño que le iba a causar. Y más viendo su actitud alegre-. Bella, si sigues enfadada por lo de anoche, lo siento mucho, de verdad, yo no quería que…

-Edward -le corté. Y su nombre. Ah, sí, pronunciar su nombre era tan doloroso como mirarle a los ojos en ese momento. Pero no cedí y seguí hablando, arrepintiéndome de las palabras que decía, sabiendo palabra tras palabra que el momento se acercaba cada vez más-. Yo me lo he pensado mejor y… sería mejor que todo esto acabase. Y lo siento. Lo siento muchísimo. Si lo hubiese pensado mejor antes, ahora esto no estaría ocurriendo.

-¿De qué estás hablando, Bella? -bajé la vista, mirando fijamente al suelo, intentando tener un rostro inexpresivo, frío y distante. Pero en su musical voz había una chispa de intuición, pero también de dudas. Tragué saliva. Aquello que iba a hacer era como negarme a mí misma, pero tenía que hacerlo si quería que él estuviera a salvo. Y lo haría por mucho que costase.

-De nuestra relación, evidentemente -mascullé, con una rabia oculta en la garganta. Y seguía siendo incapaz de mirarle a los ojos, porque sabía que si lo hacía, sería capaz de contarle toda la verdad. Pero me recordé que si daba la vida por él, mentirle no era nada-. Sería mejor que nos separáramos.

Le miré de reojo, viendo mínimamente su expresión atónita. Y me arrepentí al tiempo que me felicitaba. Me arrepentía por apartarlo de mí. Me felicitaba por ser capaz de decirlo sin que sonara irreal. Y entonces, Edward me abrazó fuertemente, como si tuviera miedo de que me escapara, de que saliera corriendo. -¿Qué estás diciendo, Bella? ¿Qué he hecho mal? ¿Acaso es por lo de ayer? No lo hagas, por favor. No.

Y le volví apartar, como antes, empujándole. Era tan difícil, oyendo su voz, estando tan cerca de él. Y aun así, tenía que hacerlo. Tenía que negar lo que sentía para salvarle. Tenía que salvarle fuera como fuera, costara lo que costara. Y para que sonara más convincente, miré a su rostro confuso y hermoso. Miré a sus ojos topacios, que parecían oscurecerse pero intensificarse a la vez. Y aquello era un pecado. Pero lo cometería.

-No estoy enfadada por lo de ayer, ni has hecho nada mal, Edward, de veras, es sólo que… -hice una pausa. Tenía que hacerle pedazos, que hacerle daño. Y tenía que hacerlo más profundamente de lo que había pensado, de lo que habría querido. Y así, él no me seguiría-. Yo lo siento, pero… tendría que haberme pensado mejor mis sentimientos cuando tú me dijiste los tuyos. Siento tantísimo esto, de verdad, pero es que no podemos continuar así. Lo he estado pensando y meditando y me he dado cuenta. Lo siento Edward, pero yo… tú sólo me atraías físicamente, nunca he sentido otra cosa por ti aparte de eso. Sé que he sido irresponsable y lo siento, pero es lo mejor para los dos, ¿no crees? No podemos estar juntos. No de la manera que tú crees. Será mejor que tan sólo seamos amigos, créeme. Perdóname.

La tristeza, el sufrimiento, el dolor y la sorpresa y el asombro mezclados en su cara casi hicieron rendirme. Casi estuve a punto de decirle que aquello era mentira. Casi. Pero él habló a tiempo. -¿Lo dices de verdad, Bella? ¿Tanto te disgusta la idea de permanecer a mi lado? ¿Nunca me has…

-Nunca te he querido -terminé yo la frase al tiempo que un agujero de dolor empezó a crecer en mi pecho. ¡Cómo me hubiera gustado decir “siempre te he querido”! Decir la verdad y no la mentira. No causarle daño. No hacerle pedazos. Estar junto a él para siempre. Besarle. Abrazarle. Incluso llegar más lejos. Pero si él corría peligro, yo daría mi vida para salvarle. Y él parecía no convencerse. Tendría que herirlo más profundamente. Tendría que dañarle más. Volví a mirar a sus ojos-. Tú… tú no me convienes, Edward, no eres bueno para mí. Lo siento.

-Lo sé, siempre lo he sabido -susurró. Si no hubiera sido vampira, no le hubiera podido oír. Sus ojos se oscurecían, su rostro carecía de vida. Y pese a ello, llegaría a ser egoísta un último momento. Llegaría a pedirle una última cosa.

-Prométeme una cosa, Edward, por favor, la última -esta vez mi voz sonó triste, amargada. Demasiado, quizá-. Prométeme que serás feliz. Prométeme que me olvidarás.

Ódiame. Detéstame. Es más, hazlo, pero sé feliz, le hablé para mí misma. Que me odiara, que me detestara por decirle aquello. Pero me daba igual mientras él estuviera a salvo, mientras él fuera feliz. Mientras él… siguiera adelante. Mi vida no era nada en comparación con su felicidad. Si muriendo podía contribuir a su felicidad, moriría. Si dañándole también contribuiría a su futura felicidad, le dañaría. Era tan simple y tan difícil a la vez…

-Eso es algo que no te puedo prometer, y lo sabes -su voz era carente de sentimiento, muerta y aún sorprendida. Daba igual que no lo prometiera porque yo lo sabía. Sabía que tendría que seguir adelante como pudiera y en algún momento de su vida, encontraría a alguien que le hiciera más feliz. Que le hiciera más feliz que yo. La sola idea me dolió más que cualquier otra cosa, pero cogí su mano entre las mías. Por última vez.

-De veras, lo siento, es mi culpa. Jamás debí dejar que todo esto llegara tan lejos. Debería haberlo dicho antes -me acerqué su mano a mis labios y le di un beso breve y la solté. Y también por última vez vi sus ojos eternos, ahora apagados. Como si su sonrisa no volviera a aparecer jamás. Caminé hacia atrás, alejándome, oyendo el ruido de la campana del reloj de abajo que ya marcaba las 12 del mediodía-. Lo siento Edward. Lo siento muchísimo. Adiós.

Y después de aquello fue como una parte de mí muriese. A pesar de que corría con todas mis fuerzas hacia cualquier lugar. A pesar de que no tenía aire en los pulmones. Era como si hubiera muerto. ¡Qué irónico resultaba!, sabiendo que eso sería lo que me pasaría en unos minutos. No. No estaba muerta. Lo que sentía era algo peor que la muerte. Y me pregunté cuánto dolor le estaba causando a él. Saber que aquello le destrozaría. Saber que le había decepcionado. El mero hecho de saberlo sólo me hería más. Antes de que me diera cuenta, había vuelto a la primera planta, acercándome a la puerta de mi habitación, cerrada.

Sin pensar, sin ser consciente de ello y sin quererlo, abrí lentamente. Pero allí no había nadie. Tan sólo el sol alzándose en un punto equivocado del cielo. Apenas me molesté en cerrar la puerta, sino que miré la puerta de al lado, la de Edward. Un impulso me decía que abriera, que le dijera la verdad, gritándole “te quiero” y que volviera a estar entre sus brazos. Y sus ojos, esos hermosos ojos, volverían a iluminarse. Y sus labios se curvarían en su sonrisa arrebatadora. Pero no lo hice. Me lo prohibí a mí misma. En lugar de ello, saqué el papel doblado de mi bolsillo.

¿Y si se lo dejaba allí y salía corriendo? Quizá aún me daría tiempo mientras él leyera la carta. Y al menos, no le mentiría. Era una idea tan tranquilizante. Pero aquello también podría comportar riesgos. Quizá él me alcanzara, y le pondría en peligro. Sólo quizá. Pero seguía estando ahí la posibilidad. Aun así, antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía, antes de que pudiera siquiera pensarlo, deslicé el papel por debajo la puerta, sabiendo que a pesar del silencio, él se enteraría de que estaba allí.

Y salí corriendo, tan rápido que ni yo misma me había dado cuenta de lo que hacía. Saltando escaleras, abriendo la puerta, y dirigiéndome hacia aquel castillo en ruinas, dirigiéndome hacia mi muerte. Veía transcurrir abetos nevados y más abetos con nieve a una velocidad impresionante, pero ni eso me detenía. Ni las constantes caídas que sufría. Ni siquiera el impulso que sentía de volver atrás y estar con Edward. No. Nada me lo impedía.

No sabía cuánto estaba tardando en llegar, pero no sería mucho rato. No haría esperar por mucho a James. Y era increíble que, acercándome a la muerte, acercándome al final de mi vida, pudiera ser todavía feliz. De alguna manera, a pesar del dolor que me causaba haberle mentido y haberle hecho daño, había algo que me seguía haciendo feliz. La certeza de que él me quería. Aquello era suficiente motivo para enfrentarme a la muerte sin miedo. Aquello era suficiente motivo para todo. O al menos, eso me parecía a mí.

Pronto llegué a ese castillo en ruinas. El sol brillaba en el cielo y yo brillaba, pero ni eso logró despistarme. Era un pequeño edificio sin techo, con algunas partes de las paredes derrumbadas. Y pese a ello, cubierto de nieve, dando al lugar un extraño aspecto. Suspiré y aspiré. Me acerqué lentamente hacia la puerta, algo deformada también por el tiempo. Y entré. No sentía miedo, no sentía terror. Tan sólo sentía que la muerte se me acercaba. O yo me acercaba a ella. Como fuera, daba igual. Sabiendo que él sabía la verdad, sentía un alivio increíble.

Dentro había apenas una habitación que habría sido más pequeña de no ser porque el espacio se extendía por otras habitaciones cuyas paredes estaban apenas alzadas. Algunas paredes aún resistían, pero no cabía duda de que pronto caerían por las grandes grietas que había en ellas. Miré al suelo, cubierto de hierbajos y flores silvestres. Un lugar un tanto raro para que acabara todo, pensé, pero no importaba. Me adentré en aquella sala grande sin ver a James. Tampoco estaba Victoria. Fue entrar en un espacio que aún conservaba las paredes cuando los vi.

-Vaya, Bella, no esperábamos que vinieses tan pronto -me saludó James, con una sonrisa amable en los labios. Ambos reposaban en una pared, brillando tranquilamente a la luz del sol. No dije nada. ¿Qué podía decirles? ¿Qué tal, compañeros de especie, tomando el sol para poneros morenos?

-Ha sido bastante puntual -añadió Victoria con aquella sonrisa del diablo en su rostro. No pude evitar estremecerme al mirar a los ojos oscuros de los dos. Estaban hambrientos. No, mejor dicho, estaban terriblemente hambrientos. Y yo era su presa. Traté de calmarme, pero no dije nada.

-Sí que te has deshecho pronto de Edward y de los Cullen, creía que tardarías algo más, Bella -dijo James acercándose a mí. Al pronunciar su nombre en voz alta, no pude evitar que me hiciera daño. Por favor, dije en mi interior, por favor, no vengas Edward, por lo que más quieras-. Bueno, sería mejor que comenzáramos, ¿no te parece? Seguramente vendrán detrás nuestro y será mejor que nos demos prisa si no queremos acabar muertos.

Se rió de su propio chiste, satisfecho. -No van a venir -no pude evitar no decirlo, aunque una parte de mí no estaba tan segura de que no vinieran. Cerré los ojos, esforzándome por no pensar en ello, convenciéndome de que estarían bien y me habrían hecho caso. Convenciéndome de que ni Edward ni nadie estaría corriendo hacia aquí en estos momentos. Al abrir los ojos e intentar mover una mano, no pude. Y los ojos de James me miraban fijamente: me había paralizado.

-En cualquier caso, vengan o no vengan, creo que es advertirte mejor de algo que quizá no sepas, Bella -cogió un mechón de mi pelo y lo olió con gentileza-. Bueno, por si no te lo han explicado los Cullen, Bella, debes saber algo: los vampiros sentimos mucho más intensamente las cosas que los humanos. Amor, tristeza, enfado, amistad, alegría, felicidad, infelicidad, melancolía, placer, indiferencia, odio… y dolor. Lamento decírtelo, pero lo que vamos a hacer te va a doler, Bella, después de haberte transformado en vampiro. Y mucho. Lo siento, pero es así.

Tragué saliva. ¿Qué había de la muerte rápida que yo había imaginado? ¿Qué había del poco sufrimiento que yo había pensado que tendría? Y los ojos de James me lo decían: aquello iba a doler. Y mucho. Pero más que dolerme aquello, me dolía más otra cosa: la tristeza que le habría provocado a Edward. Si tal como decía James, los sentidos y sentimientos de una persona se intensificaban al transformarse… ¿cuánto le habría hecho sufrir a él? ¿Cuánto? ¿Cómo había podido ser tan estúpida, tan inmadura? Y pese a ello, él estaría a salvo… si no venía.

-Empieza ya, James. Será lo mejor. Para todos -me costó pronunciar esas palabras. Terriblemente. Pero lo hice. Cuanto antes muriera yo, antes estarían a salvo los Cullen. Era una actitud suicida, pero prefería morirme a que ellos resultaran heridos. Especialmente, Edward.

-Como quieras -su voz amable sonó amenazante y asintió. Noté cómo sus ojos me paralizaban esta vez completamente, sin dejarme apenas hablar. Esos ojos negros con tonalidad rubí me daban escalofríos. Pero cerré los ojos, esperando impacientemente que el momento se acercara.

Y al menos, para mi desdicha en ese momento, logré evocar la imagen de Edward. Y era un Edward sonriente, feliz. Un Edward que me miraba con unos ojos topacios intensos. Esos ojos que yo tanto amaba. Pero había más. Una sonrisa yacía esbozada en su bello rostro. Y era aquella sonrisa que tanto me gustaba; su sonrisa arrebatadora, pícara. La que siempre sonreía estando a mi lado, cuando bromeábamos. Y me extendía sus brazos, esperando a que yo corriera hacia él y me quedara allí para siempre. Para acabar, su voz me llamaba diciendo: “Bella, ven”.

Pero era consciente de que eso no sería realidad. Al menos, nunca más. En el pasado hubiera sido real. Y mientras esperaba el dolor intenso que me produciría una muerte lenta y dolorosa, algo me dolió mucho más. Me dolió más que cualquier cosa. Pensar en las mentiras que había dicho, pensar en su rostro apagado de toda emoción, pensar en que con aquella carta había arriesgado todo… Y al mismo tiempo estaba aliviada. Aliviada porque él sabría la verdad. Finalmente, a pesar de saber que no surtiría efecto porque James tenía mis poderes bloqueados, envié un mensaje mental a Edward, que si funcionaba, lo recibiría, estuviese donde estuviese: “te quiero”.

Y al abrir los ojos, impaciente porque James comenzase y bebiera mi sangre y me matara, vi algo que no parecía real. Edward estaba allí, en aquel lugar. Pero no era sonriente, si no que se abalanzaba sobre James, apartándolo de mí. Y no era tan sólo eso. Si no que, además, allí estaban Alice, Jasper, Rosalie, Esme, Carlisle y Emmett con una mueca satisfactoria en la boca. Era mi imaginación… tenía que serlo. Pero al abrir los ojos de nuevo, seguían allí, moviéndose rápidos como el viento, luchando contra James y Victoria.