La eternidad en la noche, por Marieta
La eternidad en la noche
Capítulo único
-Bella -me llamó la voz aterciopelada de él a mi lado, en el pequeño banco de la cabina de la noria donde estábamos. Dejé de mirar el extenso paisaje que se veía desde allí arriba para mirarle a él. Él tan sólo acarició lentamente mi pelo, con delicadeza.
Y suspiré, atontada por la intensidad de sus ojos. Después de estar dos semanas castigada, Charlie me había dejado ir una noche a la feria de Seattle con Alice. Sólo que no era con Alice con quien estaba, sino con Edward. Afortunadamente, Alice sabía perfectamente cómo convencer a mi padre. Y ahora estábamos en aquel pequeño espacio suspendido en el cielo porque la noria se había parado allí, arriba del todo, en medio de la oscuridad del cielo nocturno.
-Charlie se va a enfadar como tardemos mucho más. Y este trasto no parece querer moverse -musité algo preocupada. Pero en aquellos instantes, ni siquiera aquello podía preocuparme. No mientras él estaba tan cerca de mí, no mientras el corazón me latiera con tanta fuerza y la adrenalina corriera por mis venas.
-Bueno, no es algo que me preocupe ahora mismo. Quizás vuelva a funcionar dentro de poco… o no -dibujó una de aquellas sonrisas traviesas suyas, muy pagado de sí mismo. Inevitablemente, empecé a sospechar que él sabía algo de todo aquello. Que él sabía perfectamente desde que habíamos entrado que nos quedaríamos allí arriba esperando a algo. No pude evitar empezar a enfadarme.
-Edward, ¿se puede saber qué diablos…? -comencé, pero él puso uno de sus fríos dedos en mis labios, silenciándome. ¡Vaya si lo sabía! ¿Cómo podía haber sido tan tonta como para no darme cuenta?
-Si ibas a preguntarme sobre si sabía algo de todo esto, no te equivocas, Bella. Después de todo, no ha sido muy difícil sobornar al propietario de la noria -se rio entre dientes. Por supuesto, a él le sobraba el dinero como para hacer aquellas cosas-. Pero antes de que me regañes o de que te enfades, quiero que escuches lo que te quiero decir.
Volví a mirar por la pequeña ventana abierta. A pesar de ser abril, el aire fresco de la noche entraba y no pude evitar estremecerme débilmente. Desde allí, se observaban las luces eternas de Seattle, sin fin. Pero más que aquello, lo que destacaba era el cielo. Por una vez, había un cielo sin nubes, y se veían pequeños puntos brillantes. Aun así, lo que más destacaba de allí, de entre aquel magnífico paisaje de una noche de primavera, era la luna menguante que relucía en el cielo. Y lentamente giré mi rostro cuando un tacto duro cogió mi mano derecha como si fuera una copa de cristal valiosa.
-¿Pero qué…? -las palabras empezaron a surgir en mi garganta al ver en la posición en que él estaba. Como en toda típica película, cuando el hombre le pide matrimonio a la mujer, Edward estaba arrodillado frente a mí, apenas en aquella claustrofóbica cabina colgada en la oscuridad de la noche.
-Te dije que me dejaras hablar antes, ¿recuerdas? -volvió a reírse entre dientes. Y yo clavé mi mirada en el paisaje, sin estar del todo convencida de qué hacer. Sabía perfectamente qué diría él al final de todo esto. Lo sabía con creces, con una certeza absoluta: volvería a pedirme matrimonio. Sin poderlo evitar, miré su bello rostro mientras él empezaba a hablar.
-Si hay algo de lo que esté convencido totalmente, que sepa con toda seguridad es de que te quiero. Con locura, con intensidad -mi corazón empezó a latir como un loco nada más empezar a oír su voz y sentir sus labios en mi mano-. Y todos estos meses en que he estado sin ti, sólo me han convencido aún más de ello. Y me han hecho pensar. Pensar en el vacío que sentía cada vez que cerraba los ojos y veía tu rostro sonriente detrás de mis párpados. Pensar en cómo soportaría todo aquello. Pensar en que tu seguridad era más importante que lo que siento por ti, poniéndote en peligro. Pero después de todo estaba equivocado en un punto.
-Por supuesto que tu seguridad es importante. Muy importante. Pero ahora me doy cuenta de lo que me importa más que todo. Tu amor, mi amor. Nuestra felicidad. Y mi felicidad depende de ti como la tuya depende de mí. Y lo que me haría más feliz en este mundo, más feliz que saber de tu seguridad, más feliz que cualquier otra cosa, es estar junto a ti. Para siempre. ¿A qué se debe este cambio de opinión? Por supuesto, quiero que sigas siendo humana, pero… cuando Rosalie me dijo de tu supuesta muerte, cuando sentí como si nada tuviera sentido, cuando sentí cómo el dolor de no verte se intensificaba hasta límites insospechados… sé que no podría volver a pasar por lo mismo. Ni aunque fuera por tu bien. No podría soportarlo. No podría soportar perderte. No otra vez.
-Y por muchos problemas que esto pueda causar, estando junto a mí, tendré el valor de afrontarlos, de solucionarlos. Desde luego que puedes aceptar o rechazar; es tu decisión, tu deseo. Puedes aceptarme y que yo te cambie, o puedes rechazarme y que lo haga Carlisle. Como tú quieras. Pero quiero que sepas que decidas lo que decidas, no estoy dispuesto a perderte por nada del mundo. No estoy dispuesto a perder lo que más me importa en este mundo -me miró con sus bellos ojos topacios, tan intensos que hacía daño verlos y besó mi mano de nuevo, acariciándola, como si tratara de memorizarla. Estaba segura de que oía los latidos de mi corazón, tan odiosamente ruidosos, delatando la alegría que sentía mezclada con una incertidumbre molestosa.
-”Si sus sentimientos siguen siendo los mismos que el pasado abril, dímelo inmediatamente. Mi afecto y mis deseos no han cambiado; pero una sola palabra suya me silenciará para siempre” -sonrió su sonrisa arrebatadora y reconocí el fragmento de la declaración del señor Darcy a Elizabeth Bennet, de Orgullo y Prejuicio-. Así que ya sabes, una sola palabra tuya me silenciará para siempre -inspiró y aspiró, con una gracia que nadie podía tener-. Bella, cásate conmigo.
Bella, cásate conmigo. Bella, cásate conmigo. Esas simples tres palabras se repitieron una y otra vez en mi mente, como si de un disco rayado se tratara. Y si a eso le sumaba los latidos de mi corazón, tan ruidosos e imparables, era imposible pensar con claridad. Una sola palabra mía le silenciaría para siempre. Si decía “no”, me tendría que conformar con que Carlisle me cambiaría. Si decía “sí”, conseguiría lo que quería.
-Eres un tramposo -fue toda mi respuesta por un momento, con un tono más enfadado del que pretendía. Intenté sonreír, quitándole importancia al asunto, pero aquella sonrisa se transformó, estoy segura, en una extraña mueca en mi extraño rostro. Edward acarició mi mejilla con la mano que tenía libre. Al toque de su mano, mi corazón latió con más fuerza. Quizás me moría algún día por su culpa, por hacer latir mi corazón de aquella manera… ¿quién sabía?
-¿No te quieres casar conmigo porque soy un tramposo? -se rio entre dientes, orgulloso de sí mismo, pero esta vez su rostro se puso más serio, como una estatua y me miró con aquellos ojos topacios que parecían hechos de oro-. Por favor, contéstame, Bella. Lo que sea. Pero contéstame.
Y miré de nuevo el paisaje que se extendía en aquella altura. Las luces de la ciudad, que antes permanecían encendidas bajo la oscuridad de aquella noche, se habían apagado. En realidad, sólo la mitad de ellas habían desaparecido. Y luego estaba el paisaje de abajo, más iluminado, más cercano. El de la feria de aquella noche. No se oía nada a aquella altura, pero estaba segura de poder imaginarme los gritos divertidos de los niños pequeños, los gritos de los trabajadores, intentando que todos los niños se subieran a sus atracciones. Pero moví lentamente la cabeza para mirar al cielo. Y la luna que me había parecido que estaba en cuarto menguante, era ahora llena. Como si quisiera contradecirme. Como si me avisara de que me equivocaba.
Y en mi ser estaba la decisión de decir “sí” o “no”. De aceptar o de rechazar. Y cualquiera de las dos opciones, decidiera lo que decidiera, cambiaría mi destino. Si decía que sí, podría obtener lo que deseaba de un modo grato. Si decía que no, podría obtener lo que deseaba de una forma no tan agradable aunque no desagradable. Y una sola palabra de mi boca bastaría para decidirlo. Miré a Edward, a sus ojos topacios eternos, a su piel nívea, a su cabello cobrizo. Estaba impaciente por escuchar mi respuesta. Y volví a mirar a sus ojos.
¿De qué diablos había estado dudando todo aquel tiempo como una tonta? ¿Qué importaba la edad que yo tuviera? ¿Qué importaba si mis padres habían fracasado en su matrimonio? ¿Qué importaba todo aquello y más si podía estar junto a él para la eternidad, la eternidad en la noche? Mi decisión cambió como la comparación entre el día y la noche. Entre el sol y la luna. Si antes había dicho no estaba convencida, ahora era al contrario. Él me amaba, con todo su ser, como él mismo me había dicho. Comparado con aquello, ¿qué importaba todo lo demás?
-Contéstame, por favor, Bella -me dio un suave apretón a mi mano mientras me miraba con una inseguridad exquisita en sus ojos.
Jacob, Renée, Charlie… Como Edward había dicho, todo aquello se podría solucionar si permanecíamos juntos. Aquella también era la fuente de mi energía, de las ganas de seguir viviendo. Yo lo amaba, él me amaba. Yo le quería, él me quería. No había verdad más grande que esa. ¿Cómo era posible haber estado dudando de aquella manera tan absurda? Y tragué saliva, mientras abría la boca para intentar vocalizar las palabras que cambiarían mi destino, que me darían lo que deseaba: la eternidad en la noche, estar junto a Edward para siempre. Y abrí la boca.
Pero no salió nada.
Y la volví a cerrar, tragando nuevamente saliva. Cogí fuertemente la mano que él tenía en la mía y me la acerqué al rostro mientras los latidos de mi corazón aumentaban. Era como una especie de ayuda, tener su mano en la mía, su tacto frío, duro y suave en mi mejilla. Acaricié sus dedos lentamente, su mano, disfrutando de aquel olor que desprendían tan dulce, tan intenso. E intenté hablar de nuevo.
-S-s-sí. Sí. Sí -repetí una y otra vez, mirando sus ojos, su rostro, atontada, embobada. Dejé caer su mano, sin soltarla y tragué saliva para continuar hablando, aunque sólo salieran míseras palabras de mi boca. Míseros sonidos-. Me… casa…ré… contig…o, Ed…ward.
-Eso es cuanto necesitaba oír -musitó él con la felicidad reencarnada en su rostro, con la sonrisa más bella, más feliz, más hermosa y más humana que había visto en su rostro hasta entonces. Ni la sonrisa arrebatadora era tan bella como esta. Y su rostro se acercó al mío.
Y me besó allí, en medio de la eternidad en la noche, en medio de la nada y del todo. Sus labios se pusieron sobre los mío como se habían puesto en aquella noche inolvidable en que me dijo la verdad. Y mi corazón latía, enloquecido. Y el suyo, de haber podido latir, también habría latido, con fuerza, con intensidad. Podía sentir mi cuerpo pegado al suyo, el suyo pegado al mío. Y mis labios junto a los suyos, y los suyos junto a los míos, en un beso para sellar una promesa. Fue entonces cuando la noria pareció volver a funcionar y descendíamos lentamente en la oscuridad de una noche de primavera.
Agosto 16th, 2008 at 2:16
mm no me gusto…next!!!!