Impasse, por Marieta
Impasse
Capítulo único
Todos los personajes, así como la historia principal pertenecen a Stephenie Meyer. El pequeño fragmento de Cumbres Borrascosas, pertenece además, a Emily Brönte.
Deslicé mis dedos por la página sin poder evitar que el agujero del pecho volviera a herirme. Odiaba tener que leerme aquel libro, especialmente por la temática que era. Especialmente porque lo leí nada más venir a Forks, el día de conocerle. Me puse el brazo alrededor del pecho, como si aquello pudiera calmar el dolor que sentía e hice un esfuerzo por seguir leyendo para el trabajo del instituto.
“¿Por qué me despreciaste? ¿Por qué traicionaste, Cathy, a tu propio corazón? No puedo tener una sola palabra de consuelo para ti; te mereces lo que te pasa. Eres tú quien se ha matado a sí misma. Sí, puedes abrazarme y llorar cuanto quieras, puedes provocar mis lágrimas y mis besos, pero ellos mismos serán tu ruina y tu perdición. Si me amabas, ¿en nombre de qué ley me abandonaste? ¿En nombre de la mezquina ilusión que despertó en ti Linton? Dímelo. Porque tú misma, por voluntad propia, hiciste lo que ni la desgracia ni el envilecimiento, ni la muerte, ni nada de lo que Dios o el diablo no pudieran infligir había logrado en su empeño de separarnos. No he sido yo quien ha roto tu corazón, te lo has roto tú misma, y al hacerlo has destrozado, de paso, el mío. Y peor parte me toca a mí, porque aún tengo fortaleza. ¿Crees que me apetece vivir? ¿Qué clase de vida podrá ser la mía cuando tú…? ¡Oh, Dios mío! ¿Acaso te gustaría a ti vivir si te encerraran el alma en una tumba?”
No pude leer más por mucho que lo intentara ni por mucho que me esforzara. Cerré Cumbres Borrascosas y lo aparté en la mesilla de noche. ¿Por qué diablos hacían leer aquello? ¿No había otros libros? ¿Por qué a mí? Mi situación me recordaba terriblemente a la de Heathcliff. Desesperadamente. Amaba a una persona que me abandonó. Amaba a una persona cuyo interés por mí se había desvanecido. Amaba a una persona que había roto mi corazón, de paso. Y también me tocaba a mí la peor parte, porque tenía que seguir viviendo, aunque fuera por Renée y por Charlie. Incluso por Jacob. Incluso a mí también me habían encerrado el alma en una tumba.
Pero no, después de todo, mi situación tampoco se parecía tanto a la de Heathcliff. El protagonista de Cumbres Borrascosas tenía, como mínimo, alguien que le amaba. Sí, quizá fuera un amor obsesionado, enfermizo y desesperante, además de egoísta, pero era amor. Y real en la ficción del libro. No como mi historia. Catherine nunca había dejado de amar a Heathcliff aunque eso supusiera perder toda cordura. Aunque eso la llevara al extremo de casarse con otro hombre por el bien de él. Pero él me había dejado de querer demasiado tiempo atrás.
Noté cómo las lágrimas empezaban a caer por mis mejillas, cómo el agujero del pecho aumentaba a medida que pensaba más en ello. Desesperada, me levanté de la cama y empecé a dar vueltas por la habitación, por hacer algo. ¿Por qué, después de tantos meses, me resultaba tan difícil aceptar que él había dejado de amarme? ¿Por qué seguía provocándome tanto dolor? Y repentinamente, el pantalón de mi pijama se enganchó con una parte del suelo y me arrodillé, para desengancharlo. Y fue entonces, al desengancharme la punta del pantalón, cuando el tablón de madera se movió. Y fue entonces al coger el tablón para ponerlo bien, cuando algo apareció. Algo que yo consideraba una reliquia desaparecida.
Fotos. Dos, concretamente.
Dos fotos que yo había dado por desaparecidas tiempo atrás. Dos fotos que pertenecían a los últimos días felices de mi vida. Sin pensarlo, y a pesar de que sentí en mis huesos el dolor por la pérdida de él, cogí las fotos y me las acerqué a los ojos para demostrar que eran reales, que realmente estaban allí.
La primera, era la foto de él. La foto de aquella noche espantosa en que empezó todo. Era la foto de prueba que le había hecho yo. Y desde la foto un par de ojos topacios eternamente hermosos me miraban. Él me miraba. Y una sonrisa, aquella sonrisa pícara y arrebatadora suya, se esbozaba a lo largo de su rostro. Una imagen suya congelada en el tiempo. Una imagen bien distinta en que él parecía mirarme como si me amara. Como si él fuera feliz estando conmigo. Y aquella imagen hería, pero también curaba: había encontrado dos pequeños tesoros que creía que él se había llevado.
Y la segunda fotografía. El agujero sólo hacía que extenderse por mi pecho. En aquella otra, salíamos los dos. Yo, con una sonrisa fingida en los labios y mi mano alrededor de su cintura. Él, con una mano desganada en mi hombro y también con una fría sonrisa. Y sus ojos eran tan diferentes de la otra foto: algo más oscurecidos, como casi muertos, pero igualmente hermosos. E incluso su expresión, o mejor dicho, nuestra expresión era diferente. Tan distante de la otra foto que cualquier persona que las viera hubiera dicho que había transcurrido mucho tiempo desde la primera hasta la segunda.
-Edward -susurré, con una voz pastosa que casi se me quedaba encallada en la garganta-. Edward -repetí. Que dijera su nombre me provocó un gran pesar. Pero aquello pareció aliviarse apenas cuando apreté ambas fotografías en mi pecho, con miedo a que desaparecieran repentinamente.
Cuando quise darme cuenta, ya lo había hecho. Mi impulso me había vencido y había apartado otra tabla de madera, teniendo la extraña certeza de que allí encontraría algo. Algo que también había sido mío y él se había llevado. O supuestamente se había llevado. ¿Por qué no? Era una simple corazonada que hasta a mí me parecía absurda: quizá yo estaba enloqueciendo de amor como Catherine Earnshaw y veía fotos donde no las había. Quizá. O quizá no. Porque cuando aparté la tabla, allí estaban otros dos objetos, aparecidos por arte de magia.
El CD con las canciones de piano. Los billetes para viajar a Jacksonville.
Sin dejar las fotos aparte, y añadiendo a mi abrazo los billetes, cogí el CD y lo puse en el reproductor que apenas había sido utilizado durante aquellos meses. La música de su piano, dulce, hermosa, musical, empezó a sonar. Aquella pieza olvidada que él había compuesto para mí revivía. Aquellos sentimientos que él había tenido por mí, si es que alguna vez los había tenido, parecían revivirse por unos instantes. Todo pareció curarse por instantes. Y la escuché. La escuché y la volví a escuchar tantas veces que temí rayar el CD. Mi canción y la canción de Esme. Las dos.
Repentinamente, escuchando aquello, fue como si el agujero de mi pecho desapareciera, como si todos aquellos meses hubieran sido irreales. Como si pudiera volver al pasado. Como si él volviera a estar junto a mí. Como si él me quisiera… y la sola idea de aquello hizo que el dolor volviera a mí. No. Yo sabía que aquello era imposible, irreal. Sabía que si él me hubiera querido alguna vez, no habría pasado aquello. La verdad tan cruel, despiadada e insensible a la ilusión volvía a dañarme como lo había hecho el primer día.
Aun así, volví a mirar las fotos otra vez, volviendo así a pensar en el contraste de su expresión, de su actitud. Era tan distinta, tan diferente. Tan extraña su sonrisa en la segunda foto, como si hubiera sabido lo que iba a pasar. Como si aquella última noche se hubiera detenido a pensar en algo y todo hubiese cambiado por la decisión que había tomado. Como si realmente me quisiera pero algo le hubiera dicho que lo mejor era irse.
-Bueno, no estaba dispuesto a vivir sin ti.
Aquella repentina voz en mi mente me sorprendió: no estaba en peligro, no estaba haciendo ninguna tontería. Y era como si una parte de mí intentara convencerme de que aquellas palabras eran verdad, como si él me amara. Y recordé cómo había pronunciado aquello: con una evidencia, con una solemnidad… como si aquello fuera una ley vital. Como si su vida dependiera de mí. El dolor volvió a surgir, incansable y eterno. No. Era mi vida la que dependía de él. Eran, antes, mi futuro, mi vida y mis sentimientos suyos. Y ahora lo había perdido. Todo.
-Siempre que fuera bueno para ti.
Surgió la voz de nuevo, como si yo estuviera discutiendo con mi yo de meses atrás. Siempre que fuera bueno para mí, me repetí. Cuando fuera bueno. No cuando fuera malo. O lo que él consideraba malo. Sonó un “clic” en mi interior. Y el mundo, el espacio y el tiempo se desvanecieron durante unos cuantos segundos mientras miraba sus fotos, escuchaba su canción y pensaba en sus palabras.
Todas las piezas del puzzle encajaron de repente.
El agujero del pecho se desvaneció de repente.
Y todos mis tormentos desaparecieron de repente.
¿Cómo había podido estar tan ciega? ¿Cómo había podido vivir de aquella manera sin pensar en ello tan sólo porque me provocaba dolor? ¿Cómo? Y lo sabía. Vaya si lo sabía. Él me quería. Fue tal la felicidad que recorrió mi cuerpo en ese momento que quizá era un exceso, pero la certeza de aquello no era para menos. Me quería. Edward -pude pensar su nombre sin complicaciones- me quería. Me lo repetí una y otra vez, sin cansarme.
¿Y si se hubiera dado la casualidad de que él no pensaba que fuera bueno para mí, tal y como me dijo? ¿Y si hubiera hecho todo aquello pensando en mí, en mi bienestar y en mi futuro? ¿Y si hubiera sido capaz de hacer aquello… tan sólo por mí? ¡Estúpido vampiro! ¡Como si desaparecer de mi vida fuera la mejor cosa que podría haber hecho! ¡Como si aquello solucionara mi vida! ¡Como si le fuera a olvidar! Miré a Cumbres Borrascosas en la mesita de noche.
¿Por qué me despreció? ¿Por qué traiciono Edward a su propio corazón? Se había matado a sí mismo. Sí, podía provocar mis lágrimas y mis besos, pero ellos mismos eran su ruina y su perdición. Si me amaba, ¿en nombre de qué ley me abandono? ¿En nombre de su intención de que permaneciera humana? Porque él mismo, por voluntad propia, hizo lo que ni la desgracia ni el envelecimiento, ni la muerte, ni nada de lo que Dios o el diablo no pudieran infligir había logrado en su empeño de separarnos. No había sido yo quien había roto su corazón, se lo había roto el mismo, y al hacerlo destrozó, de paso, el mío.
Aquello me parecía más real que nada en aquel momento. Él se había cavado su propia tumba, y al hacerlo, de paso, me hundió a mí también. Y una parte de mí, el zombi de aquellos cuatro meses, me decía que era improbable, irreal. Pero yo, cabezota hasta la muerte, insistí. Si aquel impulso, presentimiento mío o lo que fuera era real o no, era algo que debía decirme el mismo de Edward. Y sabía que tenía que ir a verle. Y pronto.
Con la adrenalina en las venas, hice una maleta. Cogí algo de ropa en la que ni siquiera me fijé. Cogí las fotos, el CD y los billetes de viaje con extremo cuidado, sabiendo que no me perdonaría a mí misma si alguna de aquellas reliquias se estropeaba. Cogí Cumbres Borrascosas para continuar leyendoY finalmente, cogí todo el dinero que tenía, porque me haría falta. Oh, ya lo creía que me haría falta. Y me pregunté adónde me dirigía, cosa que no había pensado antes.
Los Cullen no estaban en Forks. Y ni yo misma sabía dónde estaban porque, desde luego, que en Los Ángeles no estarían. Una simple palabra se me cruzó cuando miré el pequeño mapa de América colgado en la pared. Alaska. Denalí. Iría allí. Iría al único lugar donde alguien sabía de los Cullen aparte de mí. Iría a reunirme con vampiros, ya que hacía demasiado tiempo que no veía a ninguno. No, no conocía de nada a los vampiros de allí, pero sabía que eran mi única posibilidad de encontrar a Edward. Y estuviera donde estuviera, cruzaría mar, tierra o cielo con tal de verle. Con tal de que él me dijera la verdad.
Y no me olvidé de Charlie, desde luego que no. Sabía que aquello le heriría, sabía que aquello le inquietaría, pero tenía que hacerlo por lo que más me importaba del mundo. Cogí papel y bolígrafo y escribí:
Papá,
Me marcho a Alaska. Espero no tardar, aunque no sé cuánto tardaré ni cuándo volveré. Pero te lo prometo, te lo juro: volveré. Siento no podértelo decir en persona, de verdad, pero es algo muy pero que muy urgente. Díles a mamá y a Jacob que les echaré de menos. Te quiere,
Bella.
No podía entretenerme más de aquella manera, escribiendo y dando excusas y partí con aquella maleta. De repente, la vida me parecía magnífica y el destino incierto. Todo dependía de si le encontraba, de qué dijera él entonces. Todo dependía de sus sentimientos. Y precisamente por ello, al estar Charlie en el trabajo, me marché con más prisa, con más inquietud y con más adrenalina en mis venas. Al estar en el coche, quise darle la razón a Edward: aquel coche era muy lento. Sin duda, debía decírselo cuando le viera.
Fin del capítulo único
Comentarios de la autora:
Espero que os haya gustado mucho el one-shoot. Pensé: ¿y si Bella hubiera descubierto las fotos, el CD y los billetes de viaje? Además, llevaba tiempo sin hacer one-shoots y bueno, me he decidido a hacerlo. Por cierto, esto ocurre antes de que Bella sepa lo de Jake y que vayan al cine con Mike.
Respecto al pequeño fragmento de Cumbres Borrascosas, bueno, me acordé de esa situación y creí que daría más “credibilidad” al momentáneo impulso de Bella. La verdad es que me encanta esa novela y esa parte en concreto es de mis favoritas.
En fin, gracias a todos por leerlo. Me gusta saber las opiniones de la gente.
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