Histeria

Capítulo único


“-¡Tienes que observar! -ordenó Johnnie Walker-. Esa es otra de nuestras reglas. Cerrar tus ojos no va a hacer que nada cambie. Nada va a desaparecer tan sólo porque no puedas ver lo que está pasando. De hecho, las cosas serán incluso peores la próxima vez que abras los ojos. Ése es el tipo de mundo en el que vivimos, señor Nakata. Mantén tus ojos muy abiertos. Sólo un cobarde cierra sus ojos. Cerrar tus ojos y taparte las orejas con las manos no hará que el tiempo se pare.”

Johnnie Walker; Kafka en la Orilla, de Haruki Murakami

“Ya es lo bastante malo que Emily tenga que soportar tu fijación. Tampoco ella necesita que los chicos andemos jadeando detrás de él.” Esas palabras me resonaban una y otra vez en la mente, fruto de la culpabilidad y el dolor que sentía, como si alguna parte de mí no acabara de funcionar correctamente. Pero al fin y al cabo, yo no tenía la culpa de que Jacob se hubiera marchado, huyendo de todo, como el cobarde en que se había convertido. ¿O sí? ¿O mis palabras habían sido el colmo de todo? ¿Y si me había pasado, encima debiéndole la vida ya que él me la había salvado?

¡Al cuerno con Jacob Black! Si había huido de esa manera, no era mi culpa, sino la de Bella Swan. ¿Acaso sabía ese gallina qué era el sufrimiento, el verdadero sufrimiento? ¿Acaso le había su amante por otra, de manera tan repentina como una lluvia torrencial? No, Jacob había sabido desde el primer momento que esa chica se marcharía con la sanguijuela. ¿Acaso su mejor amigo era la nueva pareja de su amante? ¿O su padre se le había muerto al ver la inesperada transformación? ¿Y su madre ya no mostraba cariño a nadie, volviéndose de piedra, culpando en secreto a sus hijos por haber matado a su marido?

¡No, por supuesto que no! Jacob había tenido mucha más suerte que yo, y aun así, había huido. Pero yo no había huido, ni huiría. La persona a la que amaba me había dejado por la que era mi mejor amiga y prima. Mi mejor amiga se había convertido en mi enemiga. Mi padre se había muerto al vernos a mi hermano y a mí transformarnos. Mi madre ya no mostraba cariño ni por mí ni por Seth, y seguramente nos culpara en parte por haber matado a nuestro padre. Y a pesar de todo, yo no había huido, ni huiría. Me habría convertido en una arpía, como Jacob me había llamado muchas veces, pero no tenía el derecho de irme. Como tampoco lo tenía él. Al menos, luchaba por seguir adelante, porque siempre había que intentarlo.

Era por ello que ahora me dirigía hacia la casa de Emily. De haber sido por otra cosa, nunca, nunca me habría acercado aquí, pues los celos, la amargura que me invadían cuando venía, me volvían más y más inhumana. Más avinagrada, como Jacob me describía. Pero ésa era mi protección. Si no me hubiera vuelto como era ahora, indiferente hacia la mayoría de cosas, ya estaría destrozada, y me hubiera marchado, como él.

-¿Leah? -la puerta se abrió, y obviamente, fue Sam quien apareció. Me miraba con el entrecejo fruncido, perdiendo su habitual expresión de calma. Si había dos personas que podían quitarle esa expresión de calma a Sam, éramos Emily y yo. Emily le arrancaba una expresión dulce, con una sonrisa feliz y unos ojos brillantes. Yo le arrancaba una expresión de inestabilidad, con la mirada culpable, con los labios apretados, formando una línea. Como el día y la noche.

-Necesito hablar contigo, sobre Jacob, de inmediato -ni siquiera le saludé. Intenté esbozar una expresión más agradable en mi rostro, en vano. Si ya no podía esbozarla para nadie, tampoco para él. Y él era quien menos se merecía que sonriera, o incluso que me esforzara.

-Pero es demasiado tarde, Leah, sería mejor que volvieras junto a Seth -se negó, mirando el cielo del crepúsculo, y la desaparición lenta de la luz. ¡Ni mirarme podía! Pero yo le conocía mejor que eso, y sabía que su culpabilidad era mi mejor aliada.

-Si no es ahora, ¿cuándo será, Sam? Mañana probablemente estés con Jared y los demás, u ocupado como ahora, ¿verdad? -mi tono frío se volvió más distante todavía, con reproche. Y como yo sabía que pasaría, Sam asintió, mirándome fijamente mientras me abría paso hacia el interior de la pequeña casita.

Por un momento, dentro de aquel lugar, me invadió la nostalgia y recordé inevitablemente momentos de aquí y de allí, todos ellos de un pasado que no volvería a mí. Recordé cómo Emily y yo habíamos cocinado juntas. Recordé cómo nos habíamos reído, lo buenas amigas que habíamos sido, contándonos todos los secretos, compartiendo alegrías y tristezas. Y también recordé el momento en que le presenté a Sam a Emily, y la extraña intensidad de su mirada al observarla por primera vez, encontrando su imprimación. Inevitablemente, sentí un espasmo de dolor, y cómo empezaba a temblar por el dolor, pero no iba a transformarme de aquella manera. Y menos en aquel preciso instante.

-Leah, ¡bienvenida! -me saludó mi antigua mejor amiga, con una sonrisa amable en el rostro. Incluso por eso la odiaba: por sonreír. Porque yo era incapaz. Y ella me lo había quitado todo sin quererlo: su amistad, a Sam, mi confianza en las personas. E incluso tenía padre. Sólo tenía unas cicatrices en su hermoso rostro. Pero incluso éso la unía más a Sam. ¿Dónde quedaba la justicia en este mundo?

Sin saludarla siquiera, tan sólo asintiendo brevemente, me senté en la primera silla que pillé, incapaz de mirar a Sam y a Emily, sentados el uno junto al otro. Era tan insoportable, tan vomitivo, tan empalagoso el modo en que se miraban, en que se sonreían. Como si estuvieran hechos el uno para el otro. Por la imprimación. Por la sangre de los antepasados. Por la existencia de seres sobrenaturales. ¿Por qué no podía ser el mundo el lugar normal que se suponía que era, sin criaturas mitológicas?

-Bien, pues hablemos de lo que hay que hablar -comencé yo, apartando lo más posible la vista de Sam y Emily porque, a pesar de estar escuchándome a mí, sabía que perdería los papeles si les observaba demasiado-. Sam, tienes que ordenarle a Jacob que vuelva de inmediato. ¿Por qué diablos debe marcharse, como un gallina, cuando se supone que es un lobo? Que huya y cierre los ojos no va a solucionar ninguno de sus problemas. Sería mejor que afrontara la situación y se olvidara de esa amante de chupasangres a la que no va a ver más.

-No puedo hacer éso, Leah, lo siento. Es su decisión, no la mía. Volverá cuando se sienta mejor, cuando se haya encontrado a sí mismo -ahora fue él el que utilizó aquel tono autoritario, con una expresión calmada, de autocontrol. Odiaba aquella expresión. Odiaba aquel Sam en que se había convertido. No era la persona de quien me había enamorado, sino su sombra, sus cenizas. Como yo ya no era la misma Leah. Me había convertido en un ser indiferente ante todo, como si nada me importara ya.

-¿Y cuánto va a tardar en sentirse mejor, si no lo afronta, Sam, si sigue huyendo de la realidad una y otra vez? Que la acepte, por mucho que le duela, que lo odie. ¿Qué derecho tiene él a marcharse por las buenas, abandonando a su padre y a la manada? Tiene unas obligaciones que cumplir, además. ¿No es el beta? ¿No debería de estar aquí, por si acaso? Quizá vuelva aquella niñita adorable de ojos rojos y nos de una buena lección de dolor. Y perderíamos. ¡Y entonces sufriría más, sintiéndose culpable por no haber estado aquí y sabiendo que con él hubiéramos podido ganar! -sonreí amargamente, recordando a aquella sombra oculta bajo una capa negra. En cierto modo, debía admitir que era como yo. Podía provocar a los demás dolor, como yo hacía con la manada-. Es más, las sanguijuelas vegetarianas estarían quizá alegres.

-Eso no va a ocurrir. Quil ya se está ocupando de sustituir a Jacob en caso de que ocurriera algo de demasiado peligro. Y si vinieran los otros, perderíamos de cualquier forma, teniendo a Jacob con nosotros o sin él. El poder de aquella chupasangre es demasiado fuerte para cualquiera -explicó con calma, con indiferencia. Pero sus ojos me torturaron. Por enésima vez. Cada vez que me miraba, veía en sus ojos la culpabilidad, la compasión, la pena y la lástima al ver el ser amargo en que me había convertido por su culpa. Y volví a notar cómo mi columna empezaba a arder.

-Muy pesimista te has vuelto, Sam. ¿O debería decir realista? Deberías hacer feliz a Emily, en vez de meterle más miedos de los que ya tiene -empezaba a ponerme histérica, a perder los papeles, como con Jacob, pero disfrutaba del dolor que estaba causando-. ¿Pero es que no te das cuenta que Jacob tan sólo pretende ser el centro de atención? ¡Hace de una mísera perdida una tragedia! No tiene derecho a marcharse, no sólo por lo de Bella Swan. ¿Acaso se cree que es él el único que sufre, el más mártir de todos?

-Pero Leah, Jacob ha perdido totalmente a Bella. No la volverá a ver nunca más. No es como… -Emily dejó sin acabar la frase, pero yo ya sabía que continuaba “…tú”. Como yo. Como conmigo. Aquellas palabras fueron las gotas que colmaron el vaso. Y aun más, por ser pronunciadas por ella que lo tenía todo, todo cuanto ella necesitaba y quería. Todo cuanto yo necesitaba y quería.

-¿No es como yo, verdad, Emily? No, Jacob no es como yo. Yo no soy una gallina, yo no he salido corriendo. Me habré vuelto insoportable como una mosca, amarga como el ácido, pero sigo aquí, por Seth y por mi madre -mi columna empezó a arder y mi cuerpo a temblar-. Le odio, ¡os odio! ¿Por qué diablos nadie entiende que él no tiene derecho para marcharse, para comportarse de esa manera! ¡Y encima, tienes razón, Emily! Jacob no es como yo. Él no lo ha perdido todo. No ha matado a su padre, no ha perdido a sus mejores amigos. Ha perdido a la persona a la que ama, y aun así, ¡esa amante de sanguijuelas le quiere, aunque no lo suficiente, pero le quiere! ¿De qué se queja?

-Leah, contrólate -Sam se puso delante de Emily, protegiéndola por si acaso, con la furia en el rostro. Y sabía que no estaba furioso conmigo, sino con él mismo. Y me gustó que sufriera, a la vez que lo odiaba. Me gustaba que sufriera porque era como si estuviéramos más cerca, como si pudiera entenderme, pero lo odiaba porque él seguía importándome.

-Tú lo sabes verdad, ¿Sam? Y te odias por ello. Pero no es tu culpa, en absoluto. Es culpa de esos chupasangres -sabía que lo que iba a decir era cruel, pero más potente que mis remordimientos era mi histeria, mi furia, mi sufrimiento-. Es culpa de ellos porque, si no hubieran aparecido, todos hubiéramos creído que todo esto eran leyendas, mitos. Y Jacob no se hubiera portado como un gallina. Ni tú ni yo estaríamos separados, sino juntos. ¡Y Emily siempre hubiera sido “la prima de tu novia”! Mi padre no se habría muerto y mi madre no nos odiaría a mí o a Seth por ser lo que somos. Pero pese a ello, yo he abierto los ojos a la realidad, lo he aceptado porque no queda otro remedio. Y ese idiota va, ¡y huye! Quien tendría que huir aquí, ¡soy yo! ¿Me oís? ¡Yo! ¡Perdeos!

Tan pronto como pronuncie aquellas palabras, salí de allí, con el cuerpo temblando, corriendo hacia el bosque, ocultándome en la oscuridad de la noche. Me odiaba. Odiaba a Sam. Odiaba a Emily. Odiaba a Jacob. ¡Odiaba a todos y a cada uno de los seres de este planeta! ¿Por qué tenía que haberme vuelto tan pasiva, tan amarga, tan indiferente a los sentimientos de los demás y a todo? ¿Por qué tenían que ser así las cosas? ¿Por qué tenían que existir los vampiros? ¿Por qué existía la imprimación? ¿Por qué existía yo? ¿O por qué existía, simplemente, la vida?

Y por un momento, mientras los calambrazos de mi cuerpo fueron demasiado fuertes y me transformaba, entendí por qué Jacob se había ido. Porque prefería renegar de todo antes que aceptar la verdad. Porque prefería no saber de nada a saberlo todo. Prefería huir a comprender que había sentimientos y hechos inevitables, que existía la irracionalidad. Y le maldije de nuevo. Tenía que abrir los ojos, tenía que aceptar que éste era el tipo de mundo donde vivíamos, y que nada se podía hacer para cambiarlo. Que el tiempo no se detendría ni había vuelta atrás.

-Jacob, haz el favor de volver ahora mismo -en cuanto abandoné mi apariencia humana y me convertí, pude comunicar con él, y en consecuencia, leer sus pensamientos.

-¿No te ha quedado claro lo que te he dicho esta mañana, arpía? Déjame. En paz. Y haz el favor de no volver a transformarte. Odio que me lean los pensamientos -gruñó como un lobo al contestarme. ¿Acaso se creía que me dañaba, por llamarme arpía? ¿Acaso creía que le iba a hacer caso tan sólo porque me amenazara?

-Al menos no soy una gallina, chaval. ¿Crees que por huir las cosas van a mejorar? Eso no va a servirte de nada, Jacob. Taparte las orejas y cerrar los ojos sólo hará que, al tardar más en aceptar la realidad, te duela más el saber de cómo es el mundo. Nada va a cambiar por mucho que te vayas. Nada va a desaparecer por mucho que lo desees así. Deberías aceptarlo, y encontrar una forma de vivir con ello -le expliqué, con un extraño matiz en la voz de mi pensamiento. No es que me cayera bien Jacob, sino que podía entender lo que sentía, y me sentía inevitablemente obligada a explicarle aquello. A darle una solución más fácil con la que no tuviera que dejar a su padre atrás. Porque, ¡maldito fuera!, debería estar contento de conservar a su padre.

-Brillante deducción, Leah, era algo que, probablemente, no hubiera descubierto por mí solo. ¿Deseas algo más, o puedo estar solo de una vez por todas? -comentó irónicamente.

-Sí. Sólo una cosa más. Tu padre necesitará que alguien le cuide. A esa amante de sanguijuelas no le hará muy feliz que te hayas ido. Quil tiene que substituirte en lo de beta, y no puede estar tanto con Claire. Y él y Embry te añoran. Por no decir más. Y no me digas que no te lo he advertido: sería mejor que lo aceptaras y que vivas con ello a no creerlo y vivir con mentiras. Gallina -me despedí de él, y me transformé en humana, sin querer saber si mis palabras habían influido y volvería, o si se las tomaría a la ligera.

Y miré el cielo nublado oscuro de la noche. No había luna, no había estrellas. Todo estaba tapado por nubarrones grises y compactos, mientras la oscuridad lo invadía todo. Y a pesar de todo, se sentía terriblemente bien el abrir los ojos, por mucho que doliera y ver lo oscuro, lo malo. No había mentiras, no había ilusiones inútiles. Sólo la verdad, la realidad cruel con la que se tenía que aprender a vivir. No quedaba más remedio. Y aun así, si había una parte oscura, debería haber una cara más brillante, más feliz. Y ambas caras serían ciertas, reales, palpables, verdaderas como la vida misma.