Orgullo y prejuicio
Ocaso
Capítulo once: Orgullo y prejuicio
“-¡Di que sí, hermanito! -Emmett se rió entre dientes, divertido ante la escena. Seguramente, me lo imaginaba. No podían tardar tan poco. No podían. ¿… O sí…?
-Ya era hora, Edward -exclamó divertido Jasper, provocando quizá, con su poder o no, que todos se rieran.
Tanto yo como él estábamos congelados. Congelados, literalmente. Paralizados era un adjetivo que también valdría. Todos nos miraban, sonrientes -incluso Rosalie-, como si esperaran a que siguiéramos. Entonces, me tapé el rostro bajo las sábanas, por la vergüenza y el pudor que sentía en ese momento. Como diría una adolescente: “nos habían pillado”.”
Volvió a amanecer por segunda vez consecutiva y el sol avanzaba lentamente, paso a paso, hacia mí, bajo las sábanas. Cansada de estar allí, asomé mi cabeza de debajo las sábanas, tan sólo para ver que amanecía y enseguida volví a enterrarla. Ya habían pasado dos días de aquella especie de sueño y pesadilla. Sueño, porque Edward estaba junto a mí. Pesadilla, porque Emmett, Rosalie, Jasper, Alice, Carlisle y Esme; todos, ni uno más ni uno menos nos vieron. Y ahora, tras dos días de no dejar de pensar en ello y repensármelo, había sido capaz de dejar al descubierto mi cabeza durante un segundo.
Tras aquello, Edward, aunque había estado paralizado por un segundo, no dudó en salir corriendo a una velocidad que ni yo misma podría alcanzar siendo vampiro. Todos se giraron hacia él, o más bien al viento revuelto que él había provocado, pues se había oído el cierre de una puerta. E inmediatamente, Alice tuvo la cortesía de cerrar la puerta de mi habitación con todos detrás. Tan simple, tan rápido. Como si no hubiera ocurrido.
Dos días pensando en ello, pensando qué pensarían todos de aquello, cómo reaccionarían cuando me volvieran a hablar. Aquello ya hastiaba. Una parte de mí, quería estarse allí durante días, avergonzada y dudosa; otra, quería salir, caminar por la casa. ¡La casa! ¡Me había olvidado de la mudanza! Seguramente, todos estarían allí fuera, trayendo y quitando muebles, instalando el agua, la electricidad. Y yo estaba allí, tan comodona, desde que llegaron. Incluso Edward estaría allí.
Pensar en él hizo que me levantara automáticamente de la cama. En aquellas cuarenta y ocho horas, sólo había pensado en lo que hubiéramos hecho si no nos hubieran interrumpido, y en lo que pensaban los demás de aquello. ¡Pero no en cuánto le estaba añorando! No lo entendía, ¿acaso me estaba volviendo una pervertida; una vieja verde? Quería volver a ver aquellos ojos topacios, aquel rostro perfecto. ¿Cómo podía haber perdido el tiempo de esa manera tan estúpida, sin él?
Sin que apenas yo misma fuera consciente, me cambié, poniéndome lo primero que encontré en el armario. Era como si yo fuera un mísero hierro y Edward mi imán. Salí con precaución a fuera, sin olvidar tampoco mis temores de lo que pensarían los demás y me pegué a la pared, como en una película de samuráis, cerrando con suavidad la puerta tras de mí. Aquello era una absoluta estupidez teniendo en cuenta que su habitación estaba a dos metros de la mía, pero siendo tonta como era, prefería no arriesgarme.
Y abrí su puerta, lentamente, sabiendo que a pesar de ello, él lo oiría. Al ver que nadie me llamaba, abrí definitivamente para darme cuenta de algo: allí no había nadie, sólo los muebles viejos o nuevos esperando el regreso de su dueño que los había abandonado a su suerte años atrás. Suspiré, decepcionada. Mi mente ya lo había imaginado sentado en el piano, con la piel brillando débilmente por la luz del amanecer, y, al verme, sonriendo aquella sonrisa que sólo él sabía sonreír, en parte burlona, me hablaba.
-Tonta, Bella, ven, no tienes por qué imitar a un gato que se esconde del perro -me dijo la voz imaginaria del Edward imaginario que yo había imaginado, haciendo un gesto con la mano para que me acercara a él. Enseguida, pero, se desvaneció.
El portazo que di entonces tuvo que oírse en toda la casa. Enfadada conmigo misma por mi aislamiento de dos días, enfadada con él por no estar allí, empecé a bajar las escaleras, en busca de alguna cara conocida con la que hablar. Fue entonces, cuando casi al tropezar con una de las escaleras, me di cuenta de que las luces estaban reinstaladas, después de años de que la casa no estuviera iluminada. Bien, ya estaba toda la mudanza hecha probablemente. Quizá me hubiera ganado algo de rencor por parte de la familia, pero al menos no tenía que volver a soportar el calvario de las cajas y paquetes, maletas y maletines.
Y al llegar a la planta baja, me quedé más maravillada aún. La puerta había estado pintada de blanco inmaculado, como las paredes. La lámpara había estado sustituida por otra más iluminada aún. Me paseé por el vestíbulo, observando como no había ni una pequeña mota de polvo en el suelo como tampoco lo había en los muebles nuevos: dos armarios de donde arriba colgaban fotos y una pequeña caja para las llaves.
-¿Bella? -llamó una voz femenina a mis espaldas. Me giré, algo asustada, para encontrarme a Esme, que estaba en el otro extremo de la habitación, ofreciéndome una sonrisa amable, de bienvenida. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, ella me tenía entre sus brazos, abrazándome como una madre abrazaría a su hija tras largo tiempo de no verla-. Me alegro de verte de nuevo.
-Lo mismo digo -no tenía otra respuesta. Y era cierto, había echado de menos a Esme, aunque debía reconocerlo, no había pensado tanto como hubiera pensado de no ser por una persona. Ella se apartó, todavía con la sonrisa en los labios. Quizá esperando a que le dijera algo respecto a la escenita, quizá examinándome.
-Ven, vayamos al salón. Ha quedado muy bien con las pequeñas reformas que hemos hecho -me cogió de la mano y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en el salón.
Y era verdad, había quedado muy bien, mucho más limpio de cuando yo y Edward lo habíamos limpiado. El piano brillaba, radiante de la felicidad que le provocaban los rayos del sol que entraban por la ventana. Y los muebles… Todo estaba mucho más moderno, incluso las paredes, que se habían vuelto a pintar tras un siglo. También, después de volverlo a mirar todo una segunda vez, me di cuenta de que allí estaba Carlisle, mirando una nueva televisión que no parecía precisamente barata. Al sonreírme él como saludo, no pude más que devolvérselo. Y ya, al acercarse Esme a él, los dos empezaron a brillar como en la escena de un cuadro.
-Ha quedado… perfecto -no había otra palabra como para describir aquello-. Siento no haber hecho demasiado por la casa desde el día en que llegué; tan sólo pude limpiarlo un poco y… -¿qué excusa se supone que debía dar? ¿Que había estado tanto tiempo junto a Edward que no podía hacer otra cosa? ¿Que había perdido la cabeza desde el día en que llegué allí?
-No pasa nada. De hecho, vinimos pronto para ayudaros. Seis vampiros pueden hacerlo todo mucho más rápido que dos -dijo Carlisle con la voz amable, a la vez que algo burlona. Oh, claro. Seis vampiros. Pero en ese momento, allí sólo había tres. Y dos de ellos, con toda seguridad, estarían muy pero que muy curiosos sobre cierto asunto que todos sabían. Esme se sentó junto a él.
-¿Pero dónde están todos? -la impaciencia que había intentado ocultar tras mi voz se escapó. Antes de responder, intercambiaron una sonrisa entre ellos, quizá sin darse cuenta de que yo los había visto.
-Se fueron de caza ayer. No tardarán en volver -la sonrisa tan cariñosa que Esme me dedicó me alertó de que sabían todo. Todo. O al menos, de que lo sospechaban. Y lo supe. Supe que tenía que huir de allí antes de que tuvieran tiempo de abrir la boca y dejar que su voz fluyera para formular una pregunta.
-Oh, bueno -fue cuanto se me ocurrió decir en un primer momento-. En ese caso, voy a buscar una película para ver. Tengo ganas de ver algo en ese nuevo televisor.
Inmediatamente me giré, después de dedicar una sonrisa que, seguramente no habría parecido convincente, subiendo las escaleras hacia mi habitación. En parte, era cierto. Era cierto que quería ver alguna cosa esa nueva televisión. Sobre todo, porque era de pantalla plana; grande y brillante como las de los anuncios. Casi me lancé contra la caja que había en un rincón de mi habitación, cuando entré.
¿Con que de caza, eh? Y todos, exceptuando a Esme y Carlisle. Pero no exceptuándole a él. Estúpido vampiro pervertido, me dije para mis adentros, aunque sabía de sobras que el pervertido no era sólo él, allí. De entre las carátulas de las películas que estaba revolviendo, vi a Orgullo y Prejuicio, la versión del 2005, una de mis películas favoritas, aparte de novelas. Mientras salía de mi habitación y bajaba por las escaleras, observé la carátula; los actores que representaban a Lizzy y al señor Darcy, Keira Knightley y Matthew Macfayden estaban quietos, tal y como correspondía a una foto
Repentinamente, al llegar al salón y observar que Carlisle y Esme no estaban allí, mi imaginación me castigó por algún pecado mío que yo desconocía. En la portada, estaba el que podía llamarse “mi señor Darcy”, y mi rostro estaba haciendo allí, de Elizabeth. Me froté los ojos antes de pulsar “play”.
Y cuando ya estaba hacia el final de la película, hacia las doce de la mañana, cuando Elizabeth recibía la visita de Catherine de Bourgh, los desaparecidos aparecieron como si se tratara de fantasmas que cruzasen las paredes. Y los cinco, sin exceptuar a nadie. Alice, Jasper, Rosalie, Emmett… y él. Fijé la mirada en la película, sin saber qué demonios decir. Alice me saludó espontáneamente, rompiendo el silencio, mientras los otros se dispersaban, yéndose o quedándose. Yo le devolví el saludo cuando se sentaron ella y Jasper a mi lado. Al otro lado, sin embargo, lo ocupó un vampiro bien distinto.
-Este… hola -le saludé, sin mirarle apenas a la cara, como si no saludara a nadie en particular. Su olor, tan dulce y fresco como siempre, me hizo olvidar por un momento mi enfado con él.
-Ya estamos aquí -dijo él, por toda respuesta. Y en ese momento, no pude evitar mirarle a los ojos, dándome cuenta así de cuán lejos estaba él, casi en la otra punta del sofá. Y sus ojos, de ese hermoso topacio, me miraron por un momento con intensidad a la vez que distancia. Como si una parte de él quisiera estar junto a mí, pero al mismo tiempo, él se lo impidiera a él mismo.
-Señora Darcy, señora Darcy… -repetía Matthew Macfayden mientras besaba en el cuello a la actriz. Ése era el final alternativo. Anteriormente, los dos habían estado discutido sobre cómo él debía llamarla a ella. Si cariño, si Lizzy… Y acordaron que él sólo la llamaría señora Darcy cuando estuviera realmente, perfectamente, intensamente feliz. Y entonces, llegó el momento del fin: el señor Darcy y Elizabeth permanecieron en silencio cuando sus labios se encontraron.
Y los créditos salieron, con la música de fondo. Estaba yo tan nerviosa y enfadada a la vez que apenas podía decir algo, o moverme. Pero no. Ni una palabra, ni su tacto, ni su olor, ni sus labios. Ni siquiera él vino a mí. Estúpido vampiro viejo verde. Y al parecer, incluso Alice y Jasper se habían ido. Me levanté a quitar el CD y a ponerlo en su correspondiente cajita. Antes de irme, de salir furiosa de allí, le hablé mentalmente, utilizando mi poder:
“Al menos el protagonista acaba reconociendo su orgullo, mi queridísimo señor Darcy”. Y le dediqué una mueca, como haría una niña pequeña.
Miré el reloj, aburrida: las dos del mediodía. Sólo dos horas. Y mi enfado aumentaba por segundos. Aquel vampiro tan orgulloso o más que el señor Darcy, Edward Masen, me había ignorado totalmente. Nada más pensar en ello, me enfurecía más. Había ido de caza, sin decírmelo. Había llegado allí, apenas pronunciando tres palabras y dedicándome una mirada. ¿Qué pasaba? ¿Se había comido alguna serpiente venenosa? ¿Se había estrellado contra un árbol mientras corría, como bien podía pasar yendo a tanta velocidad? ¿O algo semejante le podría haber provocado aquel repentino cambio de actitud?
Una y otra vez, a la vez que estaba furiosa, me preguntaba dónde había ido a parar aquel Edward tan cercano, tan amable conmigo. Aquel Edward que había huido como si pudiera ir a la velocidad de la luz la noche de hacía dos días. Tenía que haber alguna razón para ello, algo que le hiciera actuar de una manera tan extraña. Aburrida de darle vueltas a aquello, decidí ducharme, pues desde de que había llegado, no lo había hecho.
La puerta gruñó al cerrarla, pero no le presté atención, y me quedé mirando la puerta de la habitación de él. No, no cederé a la tentación. Si quiere ser un señor Darcy, que lo sea, pensé, encaminándome al baño que estaba en aquella misma planta. E incluso aquello estaba reformado. Incluso aquello estaba cambiado, como él. De repente, una sombra surgió en el baño, apenas cubierta con una toalla en la cintura. ¡No! ¡No! ¡No! Esto no puede estar pasando. Mi imaginación se vuelve a desbordar, me repetí. Y la toalla cayó.
-¿Be… Bella? -el orgulloso señor Darcy, también llamado Edward Cullen, tan sólo pudo tartamudear, atónito, sin darse cuenta de lo que ocurría, como yo. Pero yo no estaba lo suficiente concentrada en contestar. Ni siquiera era dueña de mí misma. Ni siquiera podía apartar la vista de aquel cuerpo perfecto que tenía delante mío. Aquel cuerpo que era mejor que cualquier escultura griega o romana. Aquel cuerpo que…
-Lo… lo… si… siento - tartamudeé antes de salir corriendo mucho más rápido que nunca con aquella estúpida pero magnífica imagen gravada en la cabeza. Sin tener yo misma conciencia de adónde dirigirme, acabé llegando a otro baño.
Pero yo no prestaba atención a eso. Veía con toda perfección su cuerpo: su pecho níveo, con los músculos que no resaltaban demasiado, pero que le favorecían; sus brazos, masculinos y fuertes; sus piernas, también de piel pálida, largas y perfectas; y entonces, llegaba una parte de la visión que prefería no recordar. Una parte que prefería censurarme. Poco a poco me fui dando cuenta y siendo consciente de que aquello no había sido definitivamente mi imaginación. Edward se había estado duchando. Edward se había estado duchando desnudo. Desnudo. Por un momento me pareció absurdo que la gente se duchara desnuda. ¿Por qué no con bañador? Así no le habría visto.
Ah, claro. Desnudo. Completamente normal… Y yo lo había visto. Sin censura alguna. A él. No, no era sueño alguno. Ni tampoco mi imaginación. Desde luego. Había visto todo su cuerpo. Estaba despertando del estado de shock cuando me di cuenta de que me había desnudado para bañarme. Y miré mi cuerpo, o el cuerpo de la Isabella del espejo. No. Yo no tenía curvas. Ni era guapa. No tenía demasiado pecho ni cualquier cosa que resaltara en mi físico. Maldición… ¡incluso él era mejor que yo en eso!
En ese estado tan extraño de enfado y fascinación, entré en el baño y el agua comenzó a caerme. Mi cuerpo se duchaba automáticamente. Aun así, la imagen volvía a aparecerme, una y otra vez. Y el agua dejo de caer, advirtiéndome que me había duchado y lavado el pelo. Quizá me había lavado el pelo con gel, por lo que sabía. Pero estaba incluso demasiado embobada para que eso me importara. Cogí una toalla inconscientemente para secarme, y me la puse de manera que tapara mis pechos y mis piernas hasta las rodillas.
Y ahí estaba él, abrazando a la Isabella acabada de duchar del espejo. La abrazaba por detrás, con una toalla que aún no se había caído. Y besaba tiernamente su cuello.
-Bella -susurró el reflejo en mis orejas y volvió a besarme el cuello. Y al siguiente instante, cuando cerré y abrí los ojos, ya no estaba allí. En su lugar estaba el vapor, una niebla traicionera.
Me vestí rápidamente, segura de que de aquella manera, no volvía a aparecérseme la imagen. Y no, no se me apareció ni cuando me vestía ni cuando me sequé el pelo. Pero siempre que cerraba los párpados seguía teniendo esa imagen allí, como si no pudiera borrarla jamás. Harta de todo, salí del baño y me sorprendí viendo que estaba en la planta baja. Y no sólo eso, Alice me miraba con una sonrisa burlona.
-Bella, ¿cómo ha ido todo desde que llegaste? -me preguntó con su voz musical a la vez divertida. ¿Cómo ha ido todo desde que llegué?, me pregunté. Fascinante. Mejor que nunca. Pero no podía contestar aquello.
-Todo bien -respondí, intentando que mi cara no me delatara. Aunque Alice sabía que yo sabía que ella lo sabía. De sobras, como todos los Cullen.
-Recuerda que tenemos pendiente ir de compras -me recordó ella, alegre, como si aquello fuera tan bueno para ella como para mí. Y mi mente volvía a pensar mal. A darle vueltas y más vueltas.
-Sí, bueno… me voy a leer un rato, ¡nos vemos! -subí las escaleras a la velocidad que pude, antes de que también ella pudiera pronunciar una palabra para preguntarme más.
A leer, había dicho. ¿Por qué no?. Quizá si leyera un libro de matemáticas, aunque dudaba que yo tuviera un libro de esa temática, parara de pensar en ello. Y cuando me di cuenta, me encontraba junto a su puerta. Si la abría, quizá estuviera él dentro. Si no la abría, no podría ni echarle una bronca. Decidí abrirla lentamente, silenciosamente, sigilosamente. Probablemente, no estuviera allí. Imité el estilo de los samuráis japoneses que había visto en un documental, pero mis nervios ganaron y abrí la puerta rápidamente…
…y allí no había nadie. Avancé lentamente dentro de la habitación, observando su habitación, oliendo un olor que había perdido a su dueño. Los rayos del sol eran débiles, pero bastaban para iluminar la gran habitación. Sin ser consciente, me dirigí al piano y toqué unas cuantas notas al azar. Y entonces, oí el cierre de una puerta tras de mí. Y me giré, pero al intentar ver si él había llegado, todo se volvió negro. Parpadeé, pero seguía negro. Y ese delicioso olor se volvió más concentrado, más cercano… Me di cuenta de que alguien, que sabía muy bien quién era, me tapaba los ojos.
-¿Quién soy? -preguntó una voz burlona detrás de mí. Mi mente me respondió enviando la imagen anterior. Pero esta vez, el enfado superó el deseo. Sí, era el momento de castigarlo.
-No lo sé. No sé quién eres. Un ladrón, probablemente -respondí. Él se rió y a pesar de estar de pie, al siguiente instante estaba sentada. Sobre una cama. Sobre su cama. No, otra vez, no. No quería volver a pensar en él acabado de duchar, tal y como le trajeron al mundo.
-Un ladrón, sobre todo. En todo caso, serías tú, la ladrona, que abre la puerta sin siquiera dar unos golpes y avisar de su llegada -y al intentar abrir los ojos, tenía su hermoso rostro a mi lado, y volvía a ser él mismo. Como quien no quería la cosa, cogió mi mano, y no pude evitar ir al otro lado de la habitación.
-¡Pervertido! ¿Qué querías hacerme, eh? Te advierto de que tengo un… -miré a mi alrededor, buscando algo con que amenazarle- piano a mi lado. Si te acercas, te lo tiro -sabía que la amenaza en sí era absurda.
-¿Yo? ¿Acaso me dedico a entrar en los baños mientras la gente se ducha y espiarles durante unos segundos para disculparse y salir corriendo? -me miraba con una especie de diversión y reproche en sus ojos y se acercó hacia mí, lentamente.
-Oh, por supuesto, al señor Darcy no se le pasa por la cabeza que pueda tratarse de una equivocación. En todo caso, al menos yo no voy ignorando a la gente y luego aparezco desnuda en el baño -supe que no tenía ni pies ni cabeza. Y al siguiente instante, unas manos aunque amables, fuertes, me acorralaban contra la pared.
-¿Y no se le ha pasado por la cabeza a Elizabeth que también pueda haber un motivo tras ello? -su voz no lo delataba, pero sí sus ojos, que me miraban divertidos-. ¿Bella, de veras crees que te ignoré porque sí, sin motivo alguno?
-Siempre hay un motivo -respondí, embobada de nuevo al sentir el tacto de sus labios en mi cuello, como en la visión que me había imaginado. No, no, no. Tenía que ganarle por una vez. Él dibujó aquella sonrisa arrebatadora que tanto me gustaba.
-¿Te importaría escuchar ese motivo, saber el patético motivo pero aún importante por el que me porté así? -maldito fuera el momento en que sus labios fueron avanzando por el cuello y tocaron por un momento mis labios para apartarlos de seguida, sin esperar a ser correspondidos. Y maldito él por saber que yo no podía resistir a aquello-. A menos, que quieras marcharte porque soy demasiado… pervertido -rió su propio chiste, algo pagado de sí mismo.
-No, no me importaría, pero… -y antes de que pudiera decir una palabra más, él me había cogido de la mano y nos habíamos sentado en la cama de nuevo. Oh, claro, no era ningún pervertido. O quizá yo era demasiado malpensada.
-Ahora te toca escuchar, Bella, demasiado tarde: ya me has cedido el turno -me hubiera enfadado de no ser porque no soltó mi mano y me miró con sinceridad, sin mueca alguna de burla-. No voy a poder evitar que me consideres un tonto tras esto, pero no te voy a mentir. Es absurdo, pero, estos dos días, mientras tú estabas en tu habitación, yo no he podido dejar de pensar en ello, ni una sola vez, quizá porque nunca me he sentido nunca así desde que existo, quizá porque soy demasiado cabezota con todo.
Es ridículo, ¡cuánto lo sé, pero no he podido dejar de pensar en ello, y sentía vergüenza cada vez que pensaba en que ellos nos habían visto. Y al hablar con ellos, no quería responderles. Al ir de caza, conseguí algo de tranquilidad para estar solo y que Alice y Emmett no bromearan sobre tú y yo. Pero esta mañana, al verte, no sabía qué decirte. Por lo que yo sabía, podías estar enfadada. Pero no lo estabas. Y maldita sea, pero no podía dejar de darle vueltas, de pensar en tu cuerpo, en ti… y no sabía cómo reaccionar. Pero, por supuesto, esta tontería mía, queda recompensada al verme mientras me estaba duchando. Ninguno de los dos puede decir nada: yo, por reaccionar de esta manera; tú, por sorprenderme.
Resumiendo, que siento haberte tratado así. Pero ha sido la primera vez en mi vida que me sentía así, la primera vez que he deseado a alguien de esta manera. Y como primera vez, no sabía cómo reaccionar.
Me besó la mano que tenía cogida. Vaya, así que él se había sentido como yo, sin saber qué hacer, sintiendo algo de vergüenza al hablar con los demás. Estúpido vampiro pervertido, me repetí. Suspiré, entre aliviada y avergonzada conmigo misma, por haberle yo dado tantas vueltas a aquello… también. Al menos, los pervertidos, dijera él o no, éramos los dos.
-Yo también me he comido el coco con eso y este mediodía cuando… cuando sin querer, porque no lo he hecho a propósito, te he visto duchado… No he podido parar de darle vueltas. No he podido parar de pensar en ti. No he podido parar de pensar en qué pensarías de mí tras aquello y me sentía avergonzada. Maldito seas, Edward, por tu culpa me he vuelto una pervertida. Sólo por ti -le empujé suavemente, aunque no le miraba a él, miraba al piano, porque me sentía incapaz totalmente de decir alguna otra cosa.
-Y tú también me has vuelto un pervertido, Bella. No te preocupes, no eres la única de esta especie -me empujó hacia él con la mano que tenía en la mía mientras se reía y se acercó para besarme brevemente-. Y bueno, más vale que vayamos yendo junto a los demás, al bosque. Tendremos que decirles la verdad, aunque ya la sepan.
-¿Cómo? ¿Al bosque? -pregunté extrañada, cogiendo con fuerza su mano. Lo de decirles la verdad, me incomodaba por una parte: no me gustaba ser el centro de atención. Aunque más valía decir la verdad que nada.
-¿No te lo han dicho? Vamos a esquiar, o con los trineos. O simplemente, estar en el bosque un rato -yo negué, entre respondiendo y negándome a esquiar o a hacer algo parecido y él suspiró y se levantó al tiempo que me cogía y ya estaba yo en su espalda-. Vamos.
-Te lo dije, eras un pervertido -le reproché, riéndome. Él tan sólo se rió también y se echó a correr. Tuve, al menos, tiempo de cerrar los ojos para no marearme. Allí se iba increíblemente bien, pues apenas se notaba el movimiento. Y como la malpensada que era, no pude pensar en otra cosa, pero pronto llegamos y Edward me puso de nuevo de pie.
Y allí estaban todos, esquiando, con el trineo, o simplemente, tirándose bolas de nieve. Esme y Carlisle esquiaban, con el perfil de profesionales, y sus siluetas contrastaban con el atardecer. En cambio, Alice y Jasper se tiraban bolas de nieve. Por su parte, Rosalie y Emmett, estaban en un trineo. Y en medio de todo aquello, Edward me cogió la mano y asintió, intentando darme valor. Yo asentí, aunque no tan convencida como él. En el momento en que dimos un paso, ya estaban todos mirándonos, más cerca de nosotros de lo que yo había previsto.
-Bella y yo queríamos deciros algo -comenzó Edward antes de mirarme un momento y apretar mi mano más contra la suya-. Desde que vinimos aquí, a Chicago, desde el segundo día más o menos… estamos juntos. Queríamos que vosotros también lo supierais y aceptarais nuestra relación -y todo se quedó en silencio, como si las palabras les hubieran impactado. Pero no, todos nos miraban con indiferencia como si lo sospechaban. No lo sospechaban; lo sabían.
-Eso ya lo sabíamos por Alice, Edward -declaró Jasper, contagiando con su poder, o quizá porque todos estaban confabulados, la carcajada general.
-De todas formas, aunque Alice nos previniera de esto, estamos muy contentos de que estéis juntos -la voz amable de Carlisle no podía sonar más sincera. Nos dedicó una sonrisa, al igual que Esme, que se acercó para abrazar primero a Edward y después a mí.
-Mi querida Bella -fue todo cuanto dijo Esme, con voz agradecida.
Tras aquello, todos volvieron a hacer lo que estaban haciendo antes. Alice y Jasper corrían tirándose grandes bolas de nieve, a una velocidad que apenas permitía ver sus figuras. A pesar de ello, Alice parecía estar algo preocupada por algo. Edward y yo tan sólo nos sentamos, apenas hablando, disfrutando de la compañía del otro. Aun así, había algo en su mirada que parecía lejano, como si estuviera pensando también en otra cosa. Fue entonces cuando Alice chilló y se puso las manos en la cabeza, como si le doliera. Jasper la calmó. Le pregunté a Edward qué estaba pasando, y tan sólo suspiró, pero enseguida me contestó.
-Se acercan dos vampiros, Bella. Un hombre y una mujer. Según las visiones de Alice, parecen pacíficos, pero a veces, más vale no fiarse. No te preocupes, no pasará nada -me besó la frente. Su voz sonaba segura, calmada. Tenía yo cierta curiosidad por conocer a vampiros. Aparte de los Cullen, no había conocido a más vampiros.
Repentinamente, dos sombras salieron en el otro extremo del bosque, acercándose a nosotros. Una de las sombras era una mujer de la que pude distinguir el pelo pelirrojo. El hombre, sin embargo, tenía un pelo negro y ambos tenían los ojos borgoña. Unos inquietantes ojos borgoña que parecían anunciar algo. Algo por venir… y no desde luego bueno. No, me dije a mí misma. ¿Por qué tendría que pasar algo malo? Pero al ver el recelo con que se acercaban, tuve ciertas dudas. ¿Y si no eran tan pacíficos como Alice creía?
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