Ocaso

Séptimo capítulo: La última carta


“-¿Señor Swan? -su voz, sonaba real, triste, melancólica. Probablemente, intentaba con todas sus fuerzas que aquello sonara a verdad, y sonaba a verdad, a verdad triste y destruidora de toda alegría posible en Charlie. No escuché todas las palabras de la conversación, sólo las que mi oído me pudo permitir oír-. Lamento decirle… que Bella ha muerto…

Carlisle seguía hablando, pero yo me había quedado paralizada, aunque no me arrepentía. La mano de Edward apretó la mía con más fuerza… En ese momento había hecho pedazos mi antigua vida para comenzar una nueva.”

-Hice todo lo que pude, Señor Swan, se lo prometo. Pero la enfermedad no tenía cura. Avanzaba demasiado deprisa… -explicaba Carlisle a Charlie. No se podía oír la voz de Charlie. El auricular estaba en silencio, la habitación estaba en silencio.

Enseguida me arrepentí de mi absurdo plan de aparentarme muerta. No porque no quisiera vivir con los Cullen, ni porque aquello fuera verdaderamente cruel, sino porque oía el vacío de Charlie, su dolor. Él lo manifestaba en el auricular, sin contestar, con ese silencio, sin decir nada. Así era como también había soportado él el dolor de perder a mi madre: callado, sin decir nada, sufriéndolo él solo, sin decir nada a nadie. Sufriendo en silencio, para ser más exactos. Supe que Carlisle volvía a hablar, y que mi padre seguía sin responder… todavía.

Oí algo. Una voz rota y lenta, que tartamudeaba, al otro lado del teléfono.

-Hace poco… apenas unos minutos -respondió Carlisle, con voz calmada pero también triste. Quizá porque lo tenía que aparentar y seguramente porque no le gustaba comunicar aquello. Supuse que le había preguntado cuándo había muerto.

No, no había muerto del todo. Pero sí que sentía un gran resentimiento contra mí misma que podría matarme si no fuera vampiro, pensé. Aun así, aún seguía viva. Seguramente, porque la mano de Edward me permitía no deprimirme y no sentirme más culpable. Miré su rostro. Me miraba con una expresión indiferente, inescrutable, pero en sus ojos pude localizar lo que era la culpabilidad y la tristeza. Por mi culpa él estaba así. Aunque la única culpable allí era yo.

Carlisle seguía hablando, y la voz de mi padre empezaba a responder, a pesar de estar tan dolido como yo me imaginaba que estaría. Decidí hacer una última cosa. Una última cosa que se me debería haber ocurrido antes de que Carlisle llamara. Una última cosa que podría aliviar vagamente a Charlie. Una última cosa que quería y debía de hacer. Escribirle una carta, a él y también a Renée.

En esos momentos, parecía un poco absurdo, pero quería hacerlo. Quería decirles que lo sentía mucho, que lamentaba causarles todo aquello, sin revelar del todo la verdad. Y quizá así, Charlie podría hablar sin tartamudear, a pesar de estar triste y roto. Como mi madre. Imaginé involuntariamente el rostro de mi madre, dolido. ¿Cómo podía hacerle aquello a ella y a mi padre? Pero no había otro remedio a todo aquello, me recordé. No un remedio razonable que no incluyera contarles que me había transformado en vampiro y que los Cullen lo eran. Carlisle seguía hablando.

“Voy a escribir una carta”, le dije a Edward. Él me miró extrañado, sin comprender por un momento. Solté su mano muy a mi pesar y salí de la habitación con la mirada de tres vampiros clavadas en mi espalda.

Las escaleras parecían querer torturarme, también. Mis pies parecían clavarse en cada escalón que lograba subir. La escalera me torturaba siendo tan alta y pareciendo interminable. Por fin, cuando llegué al tercer piso, pude suspirar de alivio. Me encaminé hacia mi habitación, mirando por la ventana. Nubes amenazadoramente negras se acercaban ayudadas por el viento hacia Forks. No debería extrañarme, pues en Forks siempre llovía, pero me pareció un mal presagio más que cualquier otra cosa.

Entré en mi habitación, iluminada tan sólo por la luz de un día nublado gris. Me dirigí al escritorio por primera vez. Registré todos los cajones hasta encontrar algo con qué escribir y un papel donde escribir. Sólo encontré una pluma y una libreta de la cual arranqué un papel. No era nada extraordinario, pero no había nada mejor y sentía que tenía que escribir la carta ya o no escribirla nunca. Destapé el tapón de la pluma que produjo un débil chasquido, como si llevaran mucho tiempo sin hacerla servir.

-Papá, mamá -garabateé con una letra casi ilegible. Pequeños sollozos empezaban a salir de mi boca como gritos ahogados mientras escribía una mezcla de verdades, sentimientos y mentiras.

“Papá, mamá:

Sé definitivamente que esto no tiene cura. En un principio, pensé que podía curarse, que podría sobrevivir, pero ahora ya veo que no, que ya he enfermado demasiado como para poder curarme. Desde un comienzo no tenía cura, no tenía solución alguna… nada que me ayudase en contra de la muerte.

Aun así, ha valido la pena poder sobrevivir estas semanas, por muchos motivos. El doctor Cullen y su familia han hecho cuanto han podido por mí. No hay palabras suficientes para expresar el agradecimiento que siento hacia ellos. El doctor me visitaba cada día e intentaba encontrar solución y su mujer Esme ha hecho otro tanto. Incluso sus hijos me han acompañado y me han ayudado cuando me mareaba y me sentía mal. Quiero que se lo agradezcáis de mi parte, a pesar de que yo ya se lo haya dicho a ellos muchas veces.

También, quiero que sepáis que siento causaros tantos sufrimientos y tanta tristeza. Definitivamente, os provocaré mucha más en cuanto leáis esta carta. Pero no quiero que sufráis por esto, aunque sé que no lo podréis evitar… no quiero que os preocupéis más por ello. Si tenéis que ser tristes, sedlo, pero no os preocupéis por mí. Tan sólo quiero pediros un último capricho que no tendría que pedir después de todos los problemas que causo: quiero que seáis felices, estéis donde estéis y pase lo que pase. Que me recordéis, no puedo pedir que no lo hagáis, porque es inevitable, pero no quiero que os sintáis responsables de lo que va a ocurrirme, porque cuando uno comienza a sentir responsabilidad y remordimientos, piensa más en ello y no se lo saca de la cabeza nunca. Y no quiero eso para vosotros. Quiero que viváis felizmente, recordando a veces, pero no viviendo del recuerdo.

Finalmente, deciros el por qué de esto, el por qué de esta carta. Tan sólo quería despedirme de vosotros, y pediros que seáis felices. En los últimos días, me he estado desmayando con mayor frecuencia. Era consciente de que no podría veros más y no tenía otro remedio que reservarme energías para escribiros, para despedirme de alguna manera de vosotros y deciros todo lo que quería deciros, pues quizá no hubiera podido de otra manera.

Os quiero muchísimo, y aunque no sé qué me ocurrirá después de lo seguro, prometo no olvidaros nunca, donde quiera que vaya y donde quiera que esté. Sólo recordaros también, de nuevo, que quiero que seáis felices.

Vuestra hija,

Isabella.”

Releí y releí la carta hasta cansarme de lo que había escrito. Mi letra era inevitablemente ilegible, y apenas se podía leer la letra, por los nervios. Pero ahí estaba, la despedida, mi última carta a mis padres. Doblé el papel con torpeza, intentando que quedara igual, aunque no lo conseguí y la carta quedo desigual, balanceándose entre verdades y mentiras, entre vida y muerte, entre felicidad y desdicha. Y ya, entre sinceridad y despedida.

De repente, la carta se cayó al suelo, mal doblada y blanca. Y lo noté. Lo noté en mi cuerpo y en mi oído. Me temblaban las manos como me temblaban los sollozos que quisiera o no salían de mi garganta. Quería llorar, llorar y no pensar en ello. Llorar y desahogarme de todo lo que me estaba pensando. Pero no podía llorar por más que quisiera. Me levanté de la silla, pensando por qué me ocurría aquello, por qué no podía llorar.

Y lo descubrí, mirándome frente al espejo. Vi el rostro de una Bella, porque era yo de algún modo. Una Bella que en ese momento tenía unos ojos topacios, como todos los Cullen. Una Bella, que además, tenía una palidez mucho más intensa que la de cuando era humana. Frente a mí, tenía la Bella que no era humana, sino un ser sobrenatural. Una vampira. La vampira me miraba con igual sorpresa que con la que yo la miraba, con curiosidad. Mi mente, inconscientemente, imaginó a ese ser advirtiéndome de todo lo que me había pasado era real.

Lo era, ya lo sabía. Pero no me advertía exactamente de que me había convertido en vampiro y de que aquello era real. Me advertía de que era real el sufrimiento y la preocupación de Renée y Charlie. Aparté la mirada del espejo, horrorizada. Aquella era yo, una persona que sólo sabía herir a aquellas personas que quería. Cerré los ojos con fuerza, intentándome decir que aquello no era real. Sin embargo, al abrir los ojos volví a verme allí. Era real. Pero había algo que no había antes allí: el reflejo de otra persona, Alice. Me giré a verla, espantada.

-Bella -me saludó ella con esa voz tan aguda que tenía antes de recoger la carta que yo había escrito apenas unos segundos antes de su llegada.

-¿Cómo has entrado? -pregunté, aún sorprendida de no haberla oído o haberla visto.

-Por la puerta, obviamente -puso los ojos en blanco ante mi pregunta estúpida. Se movió con aquellos movimientos de bailarina que ella tenía hasta el borde de mi cama. Me senté a su lado, ni muy cerca ni muy lejos. ¿Qué habría venido a hacer allí?

-¿Ha ocurrido algo, Alice? -le pregunté de nuevo, pensando en que me estaba volviendo realmente estúpida. Observé aquellos ojos topacios suyos, igual que los míos.

-Bueno, he pensado que, después de tantos días sin hablar contigo, tenía que venir a hacerte una visita -y era cierto. ¿Cuánto tiempo hacía que no hablaba con ella? Ni siquiera yo supe contar los días. Ella miró a la carta que tenía entre manos. La carta que yo había escrito-. ¿Te arrepientes de tu idea, verdad?

-No es eso -inmediatamente supuse que ella me habría visto escribir esa carta en su mente y que probablemente, estaba a la corriente de todas mis decisiones-. No me arrepiento en absoluto. Es la solución menos dolorosa y razonable que hay. Lo único es que sigue siendo dolorosa. Esta carta es para mis padres, simplemente porque quería despedirme de ellos de alguna manera, sin ponerlos en peligro.

-Tienes razón. Y bueno, ¿te gusta estar entre nosotros, Bella? Lo has escogido siguiendo tu decisión, pero ¿realmente crees que estarás bien entre nosotros, que serás feliz? -me preguntó Alice. Y me sentí bien. No la conocía mucho, aun así, creía que ella me entendía en parte

-Sí que seré feliz. En caso de no serlo, no sería por vosotros, sino por mí. Sé que no voy a olvidar tan fácilmente el dolor de mis padres, y que voy a estar triste, incluso sé que el futuro no será de color de rosas, pero vosotros hacéis todo lo que podéis y estoy segura de que voy al menos a estar alegre -al pronunciar la palabra feliz, había recordado sin querer a Edward, a su hermoso rostro centelleando bajo el sol.

-Me alegro de tu respuesta -esbozó una sonrisa traviesa en su rostro, aunque no entendí del todo a qué venía exactamente-. Creo que te va a gustar lo que te espera en el futuro si todo sigue como ha de seguir.

-¿Qué has visto? -pregunté, recordando su poder. ¿Qué había visto exactamente Alice sobre mi futuro? Una intriga empezó a recorrer mi cuerpo mientras esperaba su respuesta.

-No te lo puedo revelar ahora, porque eso podría cambiarlo todo -su sonrisa burlona se volvió más ancha y por un momento la odié, por no decirme lo que depararía el futuro-. Sólo te puedo adelantar que es algo próximo, más que días pero menos que meses. Quería decirte que serás feliz, al menos para animarte un poco. ¿Vamos abajo, antes de que Carlisle se vaya? -me preguntó mirando la carta de sus manos y me la devolvió.

Tan sólo asentí y sonreí tristemente. La pequeña visita de Alice me había hecho olvidar por un momento el sufrimiento que sentía, pero enseguida reapareció. Pero antes de que pudiera levantarme, la pálida mano de Alice cogió la mía entre sus manos y salimos corriendo a velocidad vampírica, casi a la velocidad de la luz.

Ya estábamos en el último piso, antes de que pudiera sentir un débil mareo por la velocidad a la que habíamos bajado. Me apoyé en la pared, recordando el hermoso viaje por las escaleras. Alice, suspiró, desesperada. Posé mi vista en otro lugar y vi que mis manos aguantaban fuertemente la carta mal doblada e ilegible que yo había escrito antes. De nuevo, volví a sentir aquella culpabilidad mezclada con tristeza que empezaba a deprimirme de nuevo cuando Carlisle salió de una pequeña habitación en el otro extremo del vestidor.

-Bella, Alice -nos saludó con simpatía. A mí me dedicó una sonrisa triste, pero sincera. Yo le tendí la carta, un papel de libreta arrancado y mal escrito pero con tanta potencia para deprimirme.

-Me gustaría que se la dieses a Charlie. La he escrito para él y para Renée. Es la única forma de despedirme sin que sospechen y sin ponerlos en peligro -expliqué con una voz pastosa y débil, que se parecía más a un susurro que a cualquier otra cosa. Él la cogió con cuidado.

-No te preocupes. Tu padre está triste pero… lo superarán, ¿de acuerdo? -dijo mientras me acariciaba brevemente la cabeza, intentándome consolar.

-Gracias -realmente le estaba agradecida por todo. Me había acogido con su familia, me había ayudado en mi irónicamente estupendo plan y había hecho todo lo posible por mí.

-Bueno, yo me tengo que ir a arreglar unos asuntos -yo ya sabía a qué clase de asuntos se referiría. Seguramente, tendrían que falsificar documentos sobre mi muerte-. Adiós, Bella, Alice.

Salió por la puerta, como si le estuvieran filmando para un anuncio de puertas y él hiciera de modelo mientras se guardaba la carta en el bolsillo del pantalón. Me despedí con la mirada de la carta. Se me antojaron minutos los segundos en los que se cerró la puerta y dejé de ver aquel papel blanco guardado en el bolsillo de Carlisle. Entonces, me di cuenta de que Alice me miraba con expresión ausente, quizá tenía una visión o quizá sólo analizaba el cambio de expresión de mi cara.

-No te preocupes -repitió las palabras de Carlisle, pero con su voz aguda y musical. Su sonrisa traviesa volvió a aparecer y supe que había tenido una visión. No le pregunté al respecto porque sabía que no me lo iba a decir-. ¿Vamos a ver la tele? Creo que hoy emitían la película de Emma.

Ante la mención de esa película, no pude evitar asentir y seguir a Alice hasta el salón, donde estaba la tele encendida y Frank Churchill estaba enfrente de Emma, mientras su antigua institutriz se lo presentaba y Emma imaginaba una de sus alucinaciones, viendo a su amiga Harriet y a Frank casarse. No pude evitar sorprenderme al ver a dos cuerpos sentados en el sofá, enfrente de la tele. Se trataba de Edward y de Jasper, que miraban la película.

Alice se sentó al lado de Jasper, en un extremo del sofá. Él cobró vida al verla a su lado y la sonrió. No me quedó más remedio que sentarme junto a Edward, en el sitio más alejado de Alice. A mi lado tenía una pared y una estatua que ni siquiera se dignó a mirarme. Delante mío, una tele donde emitían una de mis películas favoritas basada en un libro que también me gustaba. Miré la tele. Al parecer Edward no era consciente de mi presencia… o me ignoraba.

Ya habían pasado minutos desde que estaba allí y Emma bailaba alegremente con Frank, creyéndose enamorada de él. Entonces, al ver al señor Knightley y a su amiga Harriet bailando, volvió a imaginarse una boda. La actriz sonreía, orgullosa de sus logros. Pero yo ya no le prestaba atención. Una parte de mí pensaba en mi padre, en mi madre. La otra pensaba en la inmovilidad de Edward que sólo rompía para parpadear.

“¿Edward?”, le llamé la atención mentalmente, cansada de aquella situación y silencio tan estúpidos. Él me miró un momento. Sus ojos eran una mezcla de asombro, por haber llamado su atención y de rabia a mí, por algún motivo que me era totalmente desconocido. Y lo miré un instante. En ese momento, yo tenía el mismo color de ojos que él, como todos los Cullen. Pero los suyos, por alguna razón incomprensible, me eran desconocidos y me fascinaban.

Él asintió y volvió su mirada a la película, a pesar de que yo sabía que no la estaba mirando. Emma estaba celosa de Jane Fairfax. O quizá de que nadie le prestaba atención. Volví a mirar a la pantalla, enfadada conmigo, pero también con Edward. No tenía razón alguna por enfadarse de aquella manera. Y si la tenía, al menos esperaba que me la dijera para saber qué le había hecho. Y yo, no lo entendía. Anteriormente, apenas unas horas antes, me había dado la mano y me había consolado. En ese momento, me trataba como si yo no existiera.

“Idiota”, le dije, usando mi poder. Aquel era el mejor concepto que yo conocía para definirlo en ese momento. Él tan sólo me miró de reojo, dibujando una mueca de enfado en su rostro. Bueno, ahora al menos sí que tiene motivo para enfadarse conmigo, pensé. Pero no era por aquello, y yo lo sabía.

En la televisión, Emma lanzaba una indirecta bastante directa a la señora Bates. Enseguida, el señor Knightley se lo reprochó y ella echó a llorar sin mirarlo, arrepintiéndose de lo que había dicho comprendiendo que lo quería. Cansada incluso de la película, miré a mi alrededor. Más allá del idiota, Jasper y Alice me miraban con picardía y con unas sonrisas insinuantes en sus rostros. Probablemente, Alice le había explicado su visión. Pero no sólo me miraban a mí, sino también a la estatua de mi lado.

Hastiada y enfada conmigo misma, salí de allí, dejando a una Emma que se espantaba porque su amiga le declaraba que creía estar enamorada del señor Knightley. Emma se arrepintió de haberle dicho aquello a la señora Bates. Yo no.

Después de aquello, pasaron dos días que se hicieron a la vez largos y cortos. Dos días en los que Edward no me dirigió la palabra. Dos días en los que Carlisle había tenido que ir a ayudar a Charlie con el entierro. Dos días que parecían minutos y semanas a la vez. Dos días que anunciaban mi funeral.

En esas cuarenta y ocho horas no pude evitar pensar de nuevo en mi padre y en mi madre y en cómo se deberían estar sintiendo por mi culpa. Me dolió el pecho al imaginármelos. La cara dolida de Renée, culpándose por haberme llevado a Forks. Y el rostro de Charlie roto, por haber permitido que aquello me ocurriera. Y es que sabía que mi madre estaba en Forks, porque Esme había hablado con ella cuando fue junto a Carlisle a casa de Charlie.

Me enfadé conmigo misma y me sentí culpable de nuevo. Empezaba a estar hastiada de tener tanta autocompasión, pero si mis padres lo pasaban mal, yo también. Por la ventana de mi cuarto, veía las oscuras nubes y la lluvia que caía, fuerte sobre Forks. Así era un día de funeral en Forks, como de película. Sólo que ese era el día de mi propio funeral.

Suspiré, deprimida incluso por el tiempo. Nadie estaba ahora en aquella mansión. Nadie de los Cullen. Ni siquiera una araña que se pasease por allí. Nadie. Tan sólo estaba yo, terriblemente viva y desanimada, cansada de todo. Me pregunté qué veía Alice de feliz en mi futuro, porque desde luego, no me sentía feliz. En ese momento, ni siquiera Alice estaba allí. Todos los miembros de la familia, incluso Rosalie, se habían ido a mi funeral. Un funeral donde llovía y donde mis padres eran, con toda la seguridad, infelices. Y todo por mi culpa. Me maldije por ello. Volví a mirarme en el espejo.

-Soy Bella Swan -me presenté a la chica del espejo, que me imitó.

¿Y quién es Bella Swan?, me pregunté. Para mis padres, era una hija fallecida por epilepsia. Para los Cullen, era una nueva persona en su familia. Para las visiones de Alice, era una persona que iba a tener un futuro extrañamente feliz. Para Edward, una molestia que tendría que sufrir. Para mí… ¿quién era yo?, ¿yo misma sabía quién era?

-No lo sé -susurró la chica del espejo, por toda respuesta, imitándome de nuevo.

Aburrida de estar en aquella habitación, decidí ir a pasear por la vacía casa de mi… familia. Una casa vacía y silenciosa, donde sólo se oía en esos momentos el ruido del chapoteo de la lluvia al caer sobre un río. Dejé solo en mi habitación a mi querido amigo reflejo del espejo. Salí de la habitación, andando hacia las escaleras y mirando por la ventana del recibidor. Un precioso bosque verde se extendía más allá, por tierra verde. Aquel día, incluso creí ver el cielo verde. Todo verde.

Las escaleras de la casa, pero, me alertaron de que al menos, en el interior de aquella casa, no era todo verde. Al menos. Bajé los escalones, lentamente. De nuevo, mis pies se me antojaron pesados, como si estuvieran hechos de plomo. Como si pesaran kilos o como si quisieran criar raíces en un escalón cualquiera y dejarme allí inmóvil.

Repentinamente, entre el silencio profundo de la escalera de la segunda planta, creí distinguir una melodía que me era conocida. Se parecía a la melodía favorita de Esme. Sabía que no era posible, pero por un momento, mis pies eran alas, y veloces como un conejo, me condujeron a la primera planta.

Efectivamente, la preciosa melodía estaba siendo tocada en el piano de la primera planta. Por alguien que tocaba muy bien, quizá hasta demasiado bien. Sabía perfectamente quién era que tocaba pese a no verlo. Lo sabía por mi instinto y por la manera de tocar inconfundible. Seguramente, mi cerebro me ofrecía una ilusión provocada por mi desesperación de escuchar algo que no fuera ese silencio tan ruidoso de aquella casa.

También me ofreció la imagen del compositor tocando el piano que vi al bajar silenciosamente las escaleras a la planta baja. Decidí quedarme sentada en la mitad, para no parar aquella dulce melodía que rompía el silencio. No entendí qué hacía Edward o si realmente aquello era una visión, pero no quería que la canción parara. Me espanté débilmente cuando escuché la melodía parar. Enseguida, para mi alivio, comenzó otra.

Recordé no haberla escuchado con anterioridad. En ningún lugar. Era una melodía infinitamente más preciosa, para mi gusto, que la anterior. Una melodía que expresaba sentimientos y que hizo recordarme por razón desconocida las palabras de Alice: “creo que te va a gustar lo que te espera en el futuro si todo sigue como ha de seguir.” No entendí por qué recordaba aquello ahora, pero me hizo sentir algo mejor. Si todo sigue como ha de seguir… Me desperté de mis pensamientos cuando, sin aviso previo, la melodía paró y Edward, imaginario o no, dejó de tocar.

-¿No crees que lo oirás mejor si bajas en vez de estar en media escalera, Bella? -su voz aterciopelada se escuchó por toda la primera planta. Una voz… terriblemente fría y distante.

Si aquello fuese una ilusión, Edward no me hubiera descubierto. Era tan real como el piano y como el dolor que yo había provocado a mis padres. Bajé, resoplando y me dirigí al banco, sentándome en el otro extremo. Si él estaba aún enfadado, yo también podía aparentarlo. La melodía no volvió a sonar y Edward se quedó inmóvil.

-¿Vuelves a hablarme o sólo quieres un público que te aplauda por tu inmenso talento? -pregunté sarcásticamente. Mi voz había salido más dura de lo que pretendía, pero no me importó.

El silencio volvió por doquier y a él se le podría haber declarado estatua de un dios pagano de belleza. Sus manos, sobre las teclas, su rostro, inescrutable. Nada se movía. Excepto yo, que parpadeaba y respiraba, viva, esperando que se reanudase aquella bella melodía. Edward cobró vida de nuevo, mirándome con desaprobación. Por un momento, el enfado desapareció y sólo pude contemplar aquellos ojos topacios.

-Eres ridícula. No entiendes absolutamente nada -se quejó. Quise echarle un mal de ojo, pero su expresión se volvió triste, culpable. Todo enfado se había pasado. Aquella voz rota, triste por un motivo que yo desconocía, me dolió más que cualquier otra cosa durante tres días.

-Lo siento… -me disculpé, aun sin saber por qué me llamaba ridícula ni por qué no entendía nada. Me sentí nuevamente culpable por hacerle daño. Su expresión no se suavizó, pero volvió a tocar el piano, aunque no reanudó aquella melodía de antes. Pero no me importó, pues identifiqué en ella una de mis melodías favoritas-. Claro de Luna, de Bethoven.

Él asintió, dibujando una sonrisa tristemente alegre en su rostro. Volvía a cambiar de humor tan pronto como podía. Aunque no me importaba. Al menos, cuando pronunció las siguientes palabras, su voz no sonaba fría, pero era triste-: La única persona que tendría que disculparse soy yo, Bella. Aquí no hay ningún culpable más aparte de mí.

-Si es por lo del otro día, no importa… -no pude continuar. Me miró con unos ojos en los que se notaba el sufrimiento, el enfado, la tristeza y la culpabilidad. No entendí por qué tenía que perdonarle.

-¡Cómo si eso fuese lo más grave que te he hecho! -exclamó, como si fuese la cosa más obvia del mundo. Y entendí que no entendía nada. Él siguió, con una voz angustiada y culpable-. Deberías saberlo. Deberías saber que todo esto sucede por mi culpa: que te sientas tan desdichada, que tus padres sufran, que tengas que sufrir todo esto cuando no es por tu culpa. Deberías saber que todo esto no hubiera sucedido si yo no te hubiera transformado. Tus padres no sufrirían, no tendrías que estar así, aguantar todo ese sufrimiento y dolor…

-Creí que ya habíamos hablado de eso -él seguía tocando Claro de Luna, algo más deprisa. ¡Cómo si eso fuese su culpa!, ¡cómo si mi sufrimiento no hubiese existido de no ser por haberme transformado!-. Eres ridículo.

Él se quedó en silencio hasta que acabó la pieza. Tan sólo sus manos se habían movido. Yo tenía razón: podía ser yo ridícula, pero él también lo era a su manera. Sus dedos se deslizaron por las teclas, sin tocarlas, y se acercó a mí, mirándome como si yo fuera lo único del mundo. Su mano pálida recorrió mi mejilla, de ese mismo color pálido. Por un momento, se desvanecieron toda y cada una de mis preocupaciones y sufrimientos.

-Eres ridícula -una sonrisa culpable apareció en su rostro hermoso. Sus dedos acariciaban levemente mi mejilla-. Lo siento de nuevo. Debería pedirte disculpas muchas veces más por todo. Por ignorarte, por transformarte. Si te ignoré, fue porque me sentía culpable y enfadado conmigo mismo. Cuando me soltaste la mano y te fuiste de allí a escribir la carta… lo supe. Aquella expresión de tu rostro, como si fueras a llorar de un momento a otro, aquel sufrimiento y aquel dolor… no hubieses sufrido tanto de no ser por mi culpa, por transformarte. Tenías razón cuando me llamaste idiota, lo soy.

Sus palabras eran preciosas al tiempo que ridículas. Preciosas porque no me había ignorado por un motivo cualquiera y porque se había dado cuenta de cada detalle. Ridículas porque aquello no tenía ni pies ni cabeza. ¿Cómo podía sacarle aquella culpa de la cabeza que él sentía y a su vez me hacía sentir triste a mí por ser mi culpa? Se lo había repetido mil y una veces, pero él parecía no enterarse de que le estaba profundamente agradecida por salvarme.

-Tenía razón cuando te llamé idiota, pero no por ese motivo que tu crees, Edward -pronunciar su nombre me puso nerviosa. Él me miró sin entenderme, con su mano aún acariciando mi cara-. ¿Crees que habría sido mejor que hubiese muerto en aquel estúpido accidente? ¿Crees que, si no fuera por ti, yo estaría aquí, con una vida nueva? ¿Crees realmente… que todo sería mejor si yo no estuviese aquí…?

Él iba a decir algo, pero yo le silencié poniendo sobre sus labios el dedo índice. Tocar aquellos labios perfectos era algo que había deseado desde hacía tiempo, pero en ese momento tendría que conformarme con concentrarme en mi discurso. Ya disfrutaría de la felicidad de poder hacer eso una vez habiendo evaporado esa estúpida culpabilidad de él. Aparté el dedo de sus labios, algo avergonzada.

-Te lo dije ya. La vida no es justa. Mis padres estarían sufriendo igual de ser por mí, porque ya estaría muerta. Y mi esqueleto se estaría pudriendo en el cementerio de Forks -no pude evitar un estremecimiento al decir eso-. Pero, mira ahora. Puedo sentir. Si estuviera muerta, no sentiría nada. Ahora, puedo reír, puedo sentirme culpable triste, o enfadarme. ¿No te das cuenta de que sufriría igual? ¿No te das cuenta de que al menos puedo sentir cosas? Y ya, en una palabra: gracias. Te agradezco que me salvaras aunque tú no lo consideres así. Gracias por permitirme sentir.

Antes de que pudiera parpadear, tenía sus manos en mi cara y su rostro más cerca del mío de lo que nunca había estado. Me aturdí de inmediato. Era un rostro hermoso. Y podía oler de nuevo aquel olor que él desprendía al que no se parecía ninguna colonia. Era un olor tan magnífico como él. Me acarició el pelo con su mano izquierda. Es una visión, pensé. Pero al parecer, no lo era. Sino, no podría oír con tanta claridad sus palabras ni oler aquel olor tan aturdidor.

-No creo que hubiese sido mejor que murieras -su voz sonaba solemne, como si declarara la verdad más verdadera que jamás había dicho-. No he querido jamás que murieses. Por eso te salvé, por eso te transformé. Sé que la vida no es justa. Sólo me siento culpable porque tengas que pasar por esto porque yo te haya transformado. Pero nunca, repito: nunca quiero que mueras. Y debo darte la razón en que ahora puedes sentir, puedes reír y sentirte triste. Y por eso es por lo que me siento culpable. Porque desde que llegaste aquí que nunca has dejado de sentirte triste. ¿Cómo puedes creer que hubiese preferido tu muerte? Tan sólo me siento culpable porque pases por esto por transformarte. Bella… tonta.

Si mi corazón hubiese podido latir, hubiese explotado. En mi interior sentía algo arder con fuerza. Me sentía contenta, aunque siguiera sufriendo en una pequeña parte. Pero me sentía contenta. Contenta de estar allí, con él, a su lado. Le imité: cogí su rostro en mis manos. Era algo con que había soñado desde el día en que lo conocí, por lo que me esperé un poco antes de empezar a decir algo. Tenía ese rostro de ángel destructor en mis manos, mirándome con intensidad.

-¿Crees que desde el primer momento de estar aquí, lo he pasado tan mal? -él cogió mis manos de su rostro y tuve que mirar a otra parte para concentrarme-. Te equivocas. Aquí, puede que me haya sentido triste y lo haya pasado mal, pero también he sido feliz, he estado enfadada, sorprendida… muchas cosas. No me he sentido triste en absoluto. Quiero que lo sepas. Que sepas que estar aquí no es tan terrible. De alguna manera… soy feliz aunque me sienta un poco triste. Pero soy feliz -dibujé en mi rostro una sonrisa radiante. No para convencerle, sino porque me sentía feliz de verdad. Antes de acabar, añadí-: Edward… tonto.

-En ese caso, no debo sentirme tan culpable -esta vez, apareció una sonrisa traviesa, con una alegría que le llegó a los ojos. Apartó mis manos hacia los lados para cogérmelas suavemente. Sentía las llamas arder con más fuerza en mi interior, una especie de calor que nunca había sentido empezó a surgir de mi cuerpo-. A propósito, te preguntarás por qué estoy aquí. No es otra cosa de que allí nadie me necesitaba.

Asentí, sin poder evitar sonreír. Porque era feliz. De alguna manera, Edward era capaz de hacerme feliz. Por lo que parecía, yo también le hacía feliz a él. Y aunque no estaba segura de ello, eso me ayudó a sentirme algo mejor. Recordé dónde debería estar él. En mi funeral, donde mis padres sufrían. Aquello me desanimó, pero me prometí por el bien de mis padres ser feliz, ser feliz con todas mis fuerzas. Era lo que ellos me hubieran pedido en esa última carta. Si yo les había pedido ser feliz, yo también quería y me veía obligada a serlo. Y la provisión de Alice no lo negaba.

-Por cierto, aquella pieza que tocabas después de la de Esme, ¿es nueva, no? -dije, todavía con ganas de quererla oír. Era la canción más preciosa que jamás hubiera oído y quería oírla.

-Sí. Últimamente, la había estado pensando y me he decidido a tocarla. Después de todo, creo que también quiero que estés aquí como público para que me aplaudas mi inmenso talento -rió entre dientes. Bueno. De hecho, no me importaba hacer de esa especie de público. Me soltó las manos para poner los dedos en las teclas. Como mínimo, estaba más cerca de mí que anteriormente.

-Pues tócala y aplaudiré tu inmenso talento -musité, con la voz sarcástica. Aunque era verdad y tenía que reconocerlo.

Entonces, la misma melodía empezó a sonar. Una melodía que apagaba las demás. Una melodía compuesta por, mi ahora, compositor favorito: Edward Cullen. Mientras yo oía en silencio, callada, él deslizaba sus dedos por el piano, creando aquella melodía harmónica y musical. La melodía de melodías, pensé. Una composición equilibrada, hermosa y que parecía desprender sentimientos. Unos sentimientos… los míos, supuse.

Y entonces finalizó, y aplaudí como el público que aplaude al inmenso talento del interpretante, en ese caso, el autor. Y, sorprendentemente, haciendo que dejase de aplaudir, Edward besó mi frente y acarició mi rostro para alejarse un poco de mí, no sin dedicarme antes una sonrisa torcida que me hacía poner los nervios a flor de piel. La puerta principal se abrió, dando paso a la luz de un día nubloso y de lluvia a la vez que a seis vampiros vestidos de negro.

Por alguna razón, nada más entrar, Carlisle pidió que nos reuniéramos en el comedor, en una mesa que, con toda seguridad, los Cullen nunca usaban excepto para eso, reuniones. No pude evitar sentirme triste por mi… funeral. Aun así, iba a cumplir la promesa que me había impuesto a mí misma: ser feliz, como mis padres iban a hacerlo. Una media sonrisa de Edward me ayudó en esa pequeña promesa.

En cuestión de segundos, todos estuvieron reunidos en la mesa. Carlisle estaba sentado en la silla de quien manda, la silla principal. A su lado estaba Esme, que me dedicó una sonrisa de compasión. Y ya, por orden en la redonda mesa, estaban Emmett, Rosalie, Alice, Jasper, Edward y yo, al otro lado de Carlisle. Todos estábamos esperando a que él empezara. Para darle un poco de gracia al asunto, Carlisle tosió de forma de llamar atención, aunque ya la tenía llamada.

-Bien, como sabréis, tenemos que mudarnos de lugar, como toca después de unos años -supe que esa especie de explicación era para mí-. He estado mirando lugares y lugares y he encontrado empleo en Chicago, como doctor. Hay un pequeño detalle sobre esto. Tendremos que cambiar nuestro apellido. Los documentos ya están listos, por supuesto. El caso es que vamos a utilizar el antiguo apellido de Edward, Masen.

Todos nos giramos a ver a Edward, que asintió, de acuerdo con las palabras de Carlisle. Así que su nombre anterior era Edward Masen. Y yo ahora pasaría a llamarme Isabella Masen. Me estremecí ante el cambio de Isabella Swan a Isabella Masen. Por alguna razón, aquello me hacía sentir especial. Intenté recordarme, que me llamaba así por las necesidades de los Cullen y porque fingiría ser su hermana, nada más.

-También tenemos lista una casa, herencia de Edward -en ese momento, la voz de Carlisle se volvió algo más grave, dándole importancia al asunto-. El único problema que hay en esto, es que en los documentos hemos podido falsificar tan sólo a Edward como propietario de la casa y será él quien primero vaya allí para el traslado porque el director del hospital de Forks, me ha pedido que esté al menos una semana y media más trabajando aquí. También se ha de organizar la mudanza y Edward no va a poder encargarse de todo, por lo que tendrá que haber alguien más junto a él mientras los demás nos encargamos de organizarlo todo…

Edward se iba una semana y media junto a alguien a Chicago. No verle durante una semana y media, por alguna razón, me causó un gran dolor. ¿Qué haría yo de mientras? ¿Ayudar a organizar una mudanza? Nada más pensar en ello, lo temí, recordando la mudanza de mi madre cuando me envió a Forks. Aquello sería un auténtico caos, pensé.

-¿Y quién irá con él? -preguntó Alice, con una sonrisa traviesa en los labios. Detecté que algo tramaba. Algo relacionado con su visión de cara a mi futuro que estaba relacionado con aquello. Y Carlisle tenía que ver algo por lo que dijo a continuación.

-He pensado mucho en eso, y después de pensarlo, he decidido que sea Bella quien vaya -ante la mención de mi nombre no pude evitar sentirme nerviosa y con suerte. Al menos no tendría que sufrir otra mudanza y… estaría con Edward, pensé-. Más que nada, porque es lo mejor que podemos hacer ahora. Estaremos más seguros si te vas ahora, Bella. Creo que es lo mejor que se puede hacer -dijo mientras sonreía con tristeza

-Como quieras, aunque supongo que es lo mejor… -reconocí. Una mota de tristeza había en mi voz. Dejar ya Forks. Lo había detestado desde el primer momento en que llegué, pero en ese momento, la idea de abandonarlo, me resultaba algo dolorosa. No habría tanto verde.

En la reunión, nadie dijo nada más y cada uno se dedicó exclusivamente a su trabajo. El mío tan sólo consistía en hacer mi maleta. De nuevo. No me importó. Quizá en Chicago volviera a ver el sol. Algo era algo.

Mientras doblaba la ropa que allí tenía, escasa y la ponía en la correspondiente maleta, alguien abrió la puerta de mi habitación. Me giré inmediatamente haciéndome ilusiones. Era Alice. No es que me deprimía que fuese ella, pero mi mente ya había imaginado la entrada de otra persona. Aun así, quería hablar con ella. Entre sus manos, llevaba un montón de ropa. No entendí qué quería que hiciese con esa ropa. Cerró la puerta.

-Es para ti, Bella. Ayer fui de compras, pensando en qué te iría bien y encontré todo esto en Port Angeles. Ya verás que te sentará bien -miré de nuevo la ropa. Debería haber allí cinco jerséis y dos chaquetas. O quizá más. Ella se dirigió al escritorio, donde dejó aquel montón de ropa nueva.

-No puedo aceptarlo, Alice… -empecé sin acabar. No podía aceptarlo. No me gustaba que la gente se gastase dinero en mí y para mí. Suspiré.

-Es mi regalo de despedida. Si no la aceptas, te advierto que te la acabarás llevando de todas maneras contigo, Bella -su voz sonaba amenazante. Era buena en eso de las amenazas. Me tenía que llevar aquella ropa quisiera o no.

-Está bien -acepté, rendida. Alice dibujó una sonrisa petulante en su rostro.

A cambio de aquello, me ayudó a ordenar y a poner en la maleta toda la ropa. Y se lo agradecí, porque aparte de ropa, quería llevarme conmigo algún libro y algún CD de música que tuviera por allí, aunque sabía de sobras que no me iba a aburrir mientras estuviera con él. Gracias a la fuerza de Alice, todo aquello cupo en mi maleta. Sin ella, hubiera sido imposible, aunque en parte fuera su culpa.

-Creo que ya sabes lo que te espera en unos días, ¿no, Bella? -se despidió de mí, dándome un beso en la mejilla y diciéndome aquello. No la pude responder, puesto que encerró la puerta detrás de ella. Aquella insinuación contaba algo. Que a partir de allí, su visión se cumpliría. Esperé que no se equivocaba.

Después de unas horas encerrada, memorizando aquella habitación que añoraría, Esme llamó a la puerta. Memoricé de nuevo cada uno de los objetos que allí había antes de cerrar la puerta y seguirla por las escaleras. Tenía que irme, ni siquiera podía esperarme a la mañana siguiente. Pensé en cuánto añoraría aquella casa inmensa, aquel paisaje de bosques que se extendía tras las ventanas y, más que ninguna otra cosa en el paisaje, añoraría aquel río.

Incluso mis queridas escaleras. Mientras las pisaba, me daba cuenta de ello. De que echaría de menos todo. Incluso las nubes de Forks. Y a los Cullen. Añoraría las miradas de desdén de Rosalie, a Emmett y a Jasper, a las insinuaciones de Alice, a Esme y a Carlisle. Echaría de menos absolutamente todo. Ya estábamos en la planta baja, donde nos esperaban todos. Todos menos Edward.

-Te echaré de menos, Bella. Espero que estés bien. Seguro que Edward te cuidará -Esme me abrazó con fuerza y yo hice lo mismo. Echaría de menos a Esme, que tanto me había apoyado

-Bueno, Bella, si vas de caza y ves un oso, dale recuerdos de mi parte al oso -dijo Emmett, con una sonrisa ancha y me pasó su brazo por la espalda, empujándome suavemente hacia Alice. Sí, me prometí a mis adentros. Si veía un oso, me acordaría de Emmett, sin duda.

-Ya lo sabes, ¿verdad? -volvió a tener aquella sonrisa traviesa en su rostro y me pellizcó cariñosamente la mejilla, a modo de despedida. Alice… y sus visiones. Esperé que no se equivocaran.

Rosalie, con todo su esfuerzo, dejó de mirarme con desdén como despedida. No me miraba con cariño pero tampoco con desdén. Tan sólo me miraba con indiferencia y me dedicó una fría sonrisa. Yo hice lo mismo.

-Que caces cuanto puedas -Jasper, con quien no había tenido yo mucha conversación, supuse que utilizo parte de su poder porque me sentí más segura de mí misma y más tranquila.

-Nos veremos en semana y media, Bella -se despidió Carlisle, despeinándome el pelo y dedicándome una sonrisa amable. También le echaría de menos a él. A todos.

Y me dirigí a la puerta. No tenía nadie más de quien despedirme. No me iba a despedir de Edward, pensé con alivio, aunque me pregunté dónde estaba él, puesto que no estaba dentro de la casa. Sino, estaba completamente segura de que lo hubiese visto. Lo hubiera visto en cualquier sitio.

Bajando los escalones, lo vi. Su pálida piel contrastaba con el crepúsculo del atardecer. Me esperaba con aquella misma sonrisa torcida que me hacía poner los nervios de piel y con la puerta del coche abierta. Cogió con amabilidad la maleta que llevaba en mi mano para ponerla en la parte trasera del coche. E, inmediatamente, cogió mis manos para conducirme hasta el asiento delantero, con prisa.

¿Quién es Bella Swan?, me volví a preguntar inconscientemente. Ahora tenía una respuesta: Una persona que ha prometido ser feliz y lo será.