Al acecho
Ocaso
Capítulo doce: Al acecho
“-Se acercan dos vampiros, Bella. Un hombre y una mujer. Según las visiones de Alice, parecen pacíficos, pero a veces, más vale no fiarse. No te preocupes, no pasará nada -me besó la frente. Su voz sonaba segura, calmada. Tenía yo cierta curiosidad por conocer a vampiros. Aparte de los Cullen, no había conocido a más vampiros.
Repentinamente, dos sombras salieron en el otro extremo del bosque, acercándose a nosotros. Una de las sombras era una mujer de la que pude distinguir el pelo pelirrojo. El hombre, sin embargo, tenía un pelo negro y ambos tenían los ojos borgoña. Unos inquietantes ojos borgoña que parecían anunciar algo. Algo por venir… y no desde luego bueno. No, me dije a mí misma. ¿Por qué tendría que pasar algo malo? Pero al ver el recelo con que se acercaban, tuve ciertas dudas. ¿Y si no eran tan pacíficos como Alice creía?”
Se acercaban lentamente, con pasos felinos, cautelosos a la vez que con recelo. Ninguno de nosotros dijo nada por un momento, ni siquiera un hola, sino que nos quedamos esperando a que avanzaran y el ambiente se tranquilizara. Porque sí, había una rara tensión allí, una tensión como la que hay cuando un grupo de animales encuentra a otra manada de su misma especie con mayor número de integrantes. Y entonces, mientras observaba su llegada, los ojos del vampiro, esos terribles ojos borgoña, amenazantes e inquietantes, se fijaron en mí en una mirada extraña, sobrenatural.
En ese preciso instante, sentí como si se me inmovilizara el cuerpo, como si aquella mirada pudiera controlar mi cuerpo. Intenté mover la mano, apartar la mirada, parpadear, respirar, levantarme; todo en vano. Era como si mi cuerpo fuera un cadáver, y mi voluntad el alma atormentada que quería volver a la vida. Pero eso tan sólo fue un segundo; un segundo escaso y a la vez largo como un minuto. Me sentí con libertad suficiente como para apretar la mano de Edward mientras los labios de la vampira se abrieron para hablar.
-Creíamos haber oído a alguien estar por aquí y hemos decidido acercarnos -su voz era algo fría, pero amable. La sonrisa que apareció en aquel momento era algo tímida, temerosa-. Yo soy Victoria, y él es mi pareja, James. Estamos encantados de conoceros.
-Igualmente -respondió Carlisle, igualmente amable, haciendo de portavoz del grupo-. Os presento a mi familia: Esme, Emmett y Rosalie. Jasper y Alice, y Edward y Bella. Yo soy Carlisle. ¿Hacia dónde os dirigís? En esta zona no suelen pasar muchos de nuestra especie.
-Nos dirigimos hacia el norte, hacia Canadá, probablemente -esta vez, la voz pertenecía al que creía recordar que se llamaba James y no pude evitar un escalofrío, recordando aquel pequeño segundo en que mis músculos y mi voluntad parecían haberse congelado. No, no, me repetí, son imaginaciones tuyas-. A propósito, ¿hay lugar para dos vampiros más?
-Bueno, ahora mismo nos íbamos a ir, puesto que ya anochece y probablemente nieve de nuevo -Carlisle esbozó una sonrisa amable y siguió hablando-. Pero nos encantaría que estuvieseis con nosotros unos días. Seguro que habéis tenido un largo viaje, más el que os queda hasta llegar a Canadá. ¿Os gustaría quedaros unos días en nuestro hogar? -al decir la palabra hogar, James y Victoria intercambiaron una mirada extrañada, como si el concepto les sonara raro.
-Os lo agradecemos. La verdad es que venimos desde Texas, desde Houston. Nos gustaría mucho tener unos días de reposo. Aceptamos encantados, aunque no queremos ser una molestia, tampoco -parecían responderse por turnos, una vez Victoria, otra vez James.
Después de que Carlisle les respondiera, asegurando que no eran molestia alguna, que estaríamos encantados de estar con ellos unos días más, todos nos levantamos, dispuestos a marcharnos. Y fue en ese momento, en ese instante y en ese lugar, cuando volví a sentir aquella incapacidad de moverme, como si no fuera responsable de mis movimientos. Sin embargo, en menos de un segundo volvía a poder moverme, como anteriormente. Aun así, Victoria se giró a mirarme un momento, con una sonrisa malévola y cruel. Me froté los ojos, repitiéndome una y otra vez que eran imaginaciones mías. Y al abrir los ojos, allí no quedaba nadie, tan sólo una débil corriente de aire.
-¿Bella? -me llamó una voz aterciopelada a mis espaldas. Por un instante, aquella preocupación y aquel presentimiento que sentía se desvanecieron-. Vamos, los demás ya se han ido -se acercó a mí, y como si yo fuera la pluma de un pájaro, me puso en su espalda, dispuesto a correr.
-Espera… -susurré, sin tener la certeza absoluta de si estaba hablando o me lo decía a mí misma. Mis estúpidos temores me amenazaban, advirtiéndome de que la llegada de aquel par de vampiros me quitarían lo que más me importaba en esos momentos, en esos momentos y en lo que quedara de mi existencia: me quitarían a Edward. Un presentimiento estúpido y ridículo, por supuesto, pero cuando él se giró con una sonrisa en los labios, le besé brevemente sin pensarlo un momento más.
-Estás muy cariñosa, ¿eh? -cogió mi mano entre risas juguetonas para besarla y dejarla en la suya. De nuevo, le resté a todo importancia. Sólo importábamos él y yo, sus besos y mis besos. Pero tan sólo por un momento. Porque había algo que volvía a inquietarme.
Mientras Edward recorría los bosques, rápido como un rayo, casi tan veloz como la luz, y mientras yo mantenía los ojos cerrados, volví a darle vueltas a aquello. ¿Acaso Edward no había visto la sonrisa convencida de Victoria? ¿Acaso no había leído los pensamientos de James cuando, según yo creía haber visto, me inmovilizaba con la mirada? ¿Acaso todo aquello no eran más que imaginaciones mías? No tenía respuesta a aquello. Ninguna. Pero la despreocupación de Edward sólo hacía que me obsesionara más y más con aquello. Como si yo fuera la única persona capaz de percibir lo que el porvenir nos ofrecía. Inquietud. Angustia.
Antes de que pudiera darle más vueltas a aquel estúpido presentimiento mío, nos encontrábamos en una habitación a oscuras de la casa, como por arte de magia, como si hubiésemos estado allí durante un largo rato. Me bajé torpemente de Edward, aunque no llegué a caerme para mi suerte. Intenté que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad de la habitación, pues no estaba totalmente segura de si era la mía o la de Edward. Busqué a tientas un objeto, una prueba, y precisamente, al encontrar algo que tocar, un misterioso sonido emergió. Y grité, grité como jamás había gritado. Allí había alguien. Repentinamente, las cortinas se movieron sin ton ni son, como si alguien acabara de entrar. E intenté gritar de nuevo, pero algo me lo impidió.
-Tranquilízate, Bella, tan sólo ha sido el piano -volvió a reírse, tranquilo, despreocupado, ajeno a mis temores, a mis tormentos. O quizá era yo quien estaba demasiado obsesionada por aquello.
-Pero… ¿y las cortinas? -pregunté como una idiota a pesar de saber la respuesta. Me quedé observando sus ojos infinitos, que me miraban divertidos y extrañados.
-Ha sido el viento -era increíble; Edward encontraba una respuesta para todo. Para lo evidente y para lo inexplicable. Para lo explicable y para lo desconocido. Suspiré, algo más relajada, intentando olvidar el absurdo asunto en el que no dejaba de pensar. Y Edward ayudaba, siendo consciente o no. Mientras aquel par de ojos estuvieran mirándome, mientras aquella mano me acariciara lentamente la cara, era imposible pensar en otra cosa.
Y mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Distinguí el contorno del piano, de la estantería, del escritorio, del dormitorio. Me senté al borde de la cama, calmada. Allí no había amenaza o peligro posible. Allí tan sólo había paz, calma… felicidad. Y casi todo parecía detenerse en el tiempo. Pronto, antes de que pudiera parpadear dos veces más, él ya estaba allí, a mi lado, abrazándome despreocupadamente, revolviéndome el pelo entre risas.
-¿No crees que te sentaría mejor dormir un poco y soñar? -aquella propuesta era irresistible. Me sentía tan bien en las noches en que estábamos juntos, abrazados, haciendo ver que dormíamos, que por toda respuesta de mi parte me desplomé en la cama. Y como siempre, antes de que me girara, él ya estaba allí, como si llevara rato tumbado.
-¿Por qué dormir? ¿Por qué no hablar? -le pregunté, aunque no me importaba lo que hiciéramos. En realidad, una parte de mí, quería que hablara, que me explicara mitos, leyendas, cuentos, como si fuera una niña pequeña, como antes de irme a dormir a veces hacía Renée.
-A sus órdenes, princesa. Supongo que, tras mi rudo comportamiento del otro día, mi señora querrá vengarse -me besó la mano, como haría todo buen caballero en la edad media. Y maldito fuera él, porque sabía de sobras que no me gustaba que me tratasen de un modo especial y con distinciones. Gruñí brevemente, pero él siguió-. Y bien, ¿qué le apetece hacer esta noche, mi señora?
No pude evitar mal pensar en ese momento y miré hacia otra parte, avergonzada. Aparte de aquello, si le decía que me apetecía que me contara un cuento o algo así, se reiría de mí, seguro. -Pues… nada especial.
-Mmm… si mi señora no me lo dice, no podré evitar pensar que es algo peor de lo que es -con la mano que me tenía cogida, me acarició la mejilla. No se lo permitiré, pensé. Y fijé mi mirada en las cortinas ondulantes, que parecían querer espantarme sin motivo alguno que diversión.
-No me llames así, mi señor -protesté, intentando imitar su voz, aunque aquello fue más penoso que cualquier otro sonido. Edward se rió, divertido ante mi penosa imitación y me rodeó las manos con las suyas, como si fuera a marcharme yo de un momento a otro y él lo quisiera impedir.
-Oh, claro, mi señora, ¿entonces, cómo quiere que le llame? -en ese momento pensé si su pensamientos serían los mismos que los míos. Y supe sus propósitos. Aquello se parecía terriblemente al final alternativo de Orgullo y Prejuicio, cuando el señor Darcy y Elizabeth discuten sobre cómo la llamaría él. Alzó mi mentón para obligarme a mirarle, para hacer que me rindiera mirando a sus ojos-. Y bien, ¿qué te parece si te llamo cariño?
-Cariño -repetí, intentándome concentrar. Cariño, volví a repetir en mi fuero interno. ¡Me estaba tomando el pelo!-. No, desde luego que no. Es como me llamaba mi padre cuando era pequeña.
No tuve más remedio que imitar a la actriz, aunque en parte también era cierto. Él, travieso hasta en eso, sonrió aquella sonrisa arrebatadora que tanto me gustaba. -¿Y mi amor? ¿Qué te parece si te llamo así, mi amor?
-No seas ridículo -pese a que me costaba pensar, no estaba tan distraída como para permitirle que me llamara así. Mi amor. Puaj. Tan sólo se me ocurrió seguir imitando a Keira Knightley, que a la vez, imitaba a Elizabeth Bennet.- Bella. Bella para todos los días. Y ni se te ocurra llamarme de otra manera, Edward.
Él sonrió, sabiendo que le seguía la corriente y empezó a acariciarme el pelo. Su olor, dulce y refrescante, mejor aún que la menta, volvió a atontarme. -¿Qué me dices de Isabella? ¿O vas a matarme si te llamo así, Bella?
-Isabella -repetí como la atontada que era en esos momentos. Isabella. Bueno, ¿por qué no seguir imitando, ya que se acercaba el final y sabía de sus propósitos?-. Isabella. Tan sólo me llamarás así cuando estés completamente, radiantemente y ardientemente feliz.
La situación y las palabras quizá eran algo ridículas. O muy ridículas, pero no importaba. Sin dejar de sonreír y sin dejar de superar al actor, Edward empezó a pronunciar mi nombre mientras empezó a besar mi frente, descendiendo lentamente hacia las mejillas, pasando por detrás de las orejas, y avanzando hacia el cuello sin dejar de murmurar “Isabella”. Siguió hacia los hombros, para volver a subir por el otro lado del cuello y acabar besándome los labios. Y no pude evitar corresponderle, acercarle más a mí, jugar con sus labios mientras tenía los nervios a flor de piel. Pero algo me tocó el pecho, estropeándolo todo.
-¿Se puede saber qué estás haciendo? -le grité, apartando su mano, muy a mi pesar en parte. Me puse lo más alejada de él posible, mirándole con desconfianza-. No me seas pulpo.
-No soy un pulpo, es sólo que… había pensado que era eso lo que querías hacer -me respondió con una expresión avergonzada. Parecía un niño pequeño y no pude evitar que me entrara la risa. Alargué la mano para ser yo, quien esta vez, le revolviera el pelo, divertida.
-Pues yo creía que eras tú quien quería saber qué pensaba antes. Y aunque se me había pasado esa posibilidad, era algo muy distinto… -me daba vergüenza pronunciar aquellas palabras. El contraste de la idea de lo que él quería hacer y lo que yo quería que hiciera resultaba un tanto peculiar.
-¿Y bien? -me preguntó con una voz molesta a la vez que curiosa mientras se situaba más cerca de mí. Si no me equivocaba, se estaría maldiciendo a sí mismo por haberme preguntado aquello antes.
-Prométeme que no te reirás -le dije, aún sin saber qué cara poner. Él asintió y esperó, paciente. Aun así, yo sabía que se reiría en cuanto escuchara lo que quería decirle. Se reiría y me tomaría por una niña, que es lo que a veces era aún-. Lo que estaba pensando en antes era que… bueno, a veces sigo añorando a Renée, y me he acordado de cuando era pequeña, cuando ella me explicaba algún cuento o me leía algún poema, cualquier cosa para dormirme. Y me preguntaba si tú… me podrías explicar alguna leyenda, recitarme algún poema o algo.
Alcé la mirada y vi que estaba sorprendido. Pero no se reía de mí, tan sólo esbozó aquella sonrisa arrebatadora y me besó el cabello. -Si te recito un poema, ¿prometes descansar? -yo tan sólo asentí, aguardando que recitara algún poema que me sorprendiera y me permitiera descansar.
-Despierta tiemblo al mirarte,
dormida me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma,
yo velo mientras tú duermes.
Despierta ríes y al reír tus labios
inquietos me parecen
relámpagos de gana que serpean
sobre un cielo de nieve.
Dormida los extremos de tu boca
pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
que deja un sol que muere.
¡Duerme!
-¿De qué autor es? -le interrumpí, sintiéndolo mucho, pues su voz era aún más hermosa al recitar poemas. Una voz mucho más aterciopelada que de costumbre.
-Un poeta español: Bécquer. Y a propósito, por interrumpirme, hoy te quedas sin más poesía, por lo que tendrás que venir mañana también a que alguien te sacie el hambre de poesía para poder dormir -se rió, acariciándome el pelo, juguetón y despreocupado. Con que me iba a dejar así, eh. Pues hoy se quedaba sin besarme mientras hacía ver que dormía. Total, seguía teniendo días por delante.
-Pues buenas noches, querido juglar. Por esta noche, te quedas sin beso de buenas noches. Y ya veremos mañana si recitas con tanta perversión -me giré para no verle, como aquella noche en que quise vengarme de él también. Él suspiró, frustrado, pero se acercó a mí y me abrazó por atrás, asegurándose de que no me iba.
-Buenas noches, mi señora Bella -respondió, riéndose entre dientes y acercándome más a él.
Y la noche pasó, calmada y lenta al lado de él. Antes del amanecer y de que saliera el sol, sin embargo, mi estómago rugió, reclamando comida. Él se rió, divertido y despreocupado como anteriormente. Aunque aquello no estaba planeado, no tuve otro remedio que aprovecharme de la situación y torturarle un poco más. Me levanté, explicándole que me iba de caza y cerré la puerta tras de mí.
Mi estómago rugió de nuevo al salir y agradecí que nadie estuviera allí en esos momentos para verme. Empecé a bajar las escaleras, pensando en cómo sabrían los conejos de Chicago, en como sabría su sangre en mi boca. Repentinamente, al encontrarme cerrando la puerta de la planta baja, sentí un pequeño escalofrío. Quizá no había sido tan buena idea apartarme de Edward.
No, me repetí a mí misma. Por muy tentadora que resultara la idea, tenía que demostrarle que yo también podía bromear. Caminé entre los pinos eternos, nevados por la nieve antigua y la que caía en esos momentos. Aspiré el aire, natural y frío. Un aire puro, sin duda. Y abrí los ojos, mirando a mi alrededor. Sólo habían abetos, pinos y nieve. Allá donde mirara, habían abetos, pinos y nieve. Nada más. Mientras avanzaba, todo seguía siendo una constante prolongación de la repetición anterior. Cansada, intenté pensar en otra cosa…
… y un par de ojos borgoña aparecieron en mis pensamientos.
Esta vez me quedé paralizada literalmente. Y no, esos ojos no estaban frente a mí, pero el mero hecho de imaginármelos me provocaba escalofríos y retortijones en el estómago. Y además, se le sumó la sonrisa malévola y diabólica de Victoria. Como si me advirtieran de algo, como si las miradas de él y las sonrisas de ella fueran un cruel presagio de lo que estaba por ocurrir. No, Bella, no, me dije, sólo son dos vampiros y seguramente tienen diferentes costumbres a las de los Cullen, pero no son malos. No te ocurrirá nada.
Y seguí avanzando, alejándome a la vez de Edward. Y al alejarme de la tranquilidad, me acercaba al nerviosismo. O eso parecía. De repente, olí un aroma de sangre, delicioso, atrayente. O al menos para mí. Como si alguien me quisiera calmar, un conejo apareció ante mí, blanco como la nieve. Me acerqué a él lentamente, intentando no espantarlo. Parecía no darse cuenta de mi presencia, y pude cogerlo entre los brazos.
Noté cómo la boca se me hacía agua, noté cómo los músculos se agarrotaban… y cómo mi estómago parecía un pozo sin fondo, exigiendo comida. Olí el olor una vez más. Y entonces fue cuando el animalito se giró a mirarme. A mirarme con unos ojos borgoña, esta vez, se me antojaron suplicantes. Parpadeé varias veces, pero esos ojos rojos no dejaban de mirarme una y otra vez, hechizándome y torturándome. De nuevo, volví a pensar en James, en cómo me había quedado inmóvil, en cómo mi voluntad había quedado reducida a cero y no había podido moverme. En las consecuencias que aquello podría provocar.
¡No!, me repetí. Voy a demostrarme a mí misma que eso sólo fueron mis imaginaciones, que James y Victoria deben de ser unos vampiros justos. E hice lo que tenía que hacer: alimentarme, aparte de por el hambre intenso que sentía, lo hice por convencerme a mí misma. Intenté no hacerle daño al conejo y pronto sentí la sangre en mi boca, sentí su suave sabor en mi boca y cómo el estómago me dejaba de rugir.
Como las veces anteriores que había ido de caza, acuné el cadáver entre mis brazos un rato, como si eso lo fuera a resucitar o a proporcionarle una muerte menos dolorosa. Y, también, repitiendo mi pequeño ritual, cavé un agujero donde depositar el cadáver. En todo eso, al menos, había algo que no me calmaba: no volvería a ver esos inquietantes ojos rojos y no volvería a pensar en ello… o al menos intentarlo.
Y los rayos del sol iluminaron los árboles, aunque no llegaron a fundir la nieve. Ya acababa de tapar el agujero cuando los arbustos cercanos a mí empezaron a moverse. Otro animal, pensé, pero mi olfato me decía que no. Y las olores que se acercaban a mí eran muy diferentes en ese momento. Eran… olores de vampiro. Y no eran ni de Carlisle ni de Esme, ni de Alice ni de Jasper, ni de Emmett ni de Rosalie. Ni siquiera de Edward. Eran otras que conocía menos, pero que reconocía. Eran las de Victoria y James.
Me levanté a toda rapidez, intentando ponerme a correr cuando volví a paralizarme. O mejor dicho, alguien me paralizó. Intenté mover la mano, pero no funcionó. Intenté mover el pie, y tampoco funcionó. Ni siquiera podía abrir los labios para decir “ayuda” o “socorro”. Lo único que podía hacer era ver y escuchar, notar y olfatear, aparte de pensar. Y ya estaban los dos allí, con sus ojos rubíes, mirándome fijamente. Intenté patalear, moverme, pero nada obtuvo resultado. Tan sólo podía quedarme allí, confirmando mis peores temores.
-Hace un buen día para ir de caza, ¿verdad, Bella? -me saludó James, como quien no quiere la cosa, como si no estuviera pasando nada raro allí.
-Parece que nuestra amiga no es muy simpática, James. Quizá deberíamos dejarla hablar, ¿no te parece? -la voz de Victoria era irónica a la vez que diabólica. Así que no me equivocaba: ellos eran los causantes de que no pudiera moverme. Ellos y nadie más. Por una vez, quise haberme equivocado en algo.
-No te metas en esto, Victoria -la cortó él, sonriéndole amablemente y poniéndole un dedo en los labios. Intenté hablar, pero no pude. Era como si mi boca estuviera cerrada con una cremallera-. Aunque quizá tengas razón. Quizá debamos dejarla hablar, ¿no te parece, Bella?
Me miró de nuevo, con esos inquietantes ojos rojos… y noté como una parte de mí se liberaba. -¿Qué me habéis hecho? ¿Cómo es que podéis hacer que no me mueva? ¿Por qué estáis haciendo esto? -dudaba que hicieran aquello tan sólo para comentar el buen día que hacía y el precioso sol que iluminaba el cielo de Chicago o para simplemente decir “buenos días”.
-Si hablas más de lo necesario, no volverás a pronunciar una palabra, así que por favor, Bella, tranquilízate -lo decía de una manera tan amable, tan rara que no pude evitar sorprenderme-. Buena chica. Como has podido comprobar por ti misma, puedo hacer que no te muevas, puedo inmovilizar tu conciencia. Es un… definámoslo como “pequeño” poder con el que la vida me ha obsequiado por mi buen comportamiento. No es mucha cosa, pero en casos, es bastante útil, ¿no te parece?
Victoria se rió entre dientes, pero nada de una risa divertida, sino una risa que podía muy bien haber procedido del demonio en persona. Y James se acercó a mí, cogiendo mi pelo entre sus manos, oliéndolo como si se probara un perfume caro y me volvió a mirar. Me habría estremecido de no seguir inmovilizada.
-En cuanto a tu segunda pregunta, bueno, todo tiene un motivo, ¿no crees? Mi razón para hacer lo que hago es tu sangre, Bella. Supongo que sabrás que, durante un año, el vampiro conserva la sangre mientras la consume lentamente. Y te preguntarás que qué clase de motivo es este. Pues tu sangre resulta muy apetecible en estos momentos. Y, por si no lo sabías, esa sangre tiene mejor sabor cuando reside en el cuerpo de un vampiro… vampira en tu caso. Incluso dan más ganas de conseguir esa sangre a la hora de beberla. Pero claro, hay un pequeño inconveniente… y es que tu familia no se aparta un momento de ti, sobre todo tu novio, ¿se llamaba Edward, no?
-No te atreverás a… -empecé, pero su mirada volvió a inmovilizarme y aunque intenté con creces hablar, no lo conseguí. No, no se atrevería a hacer nada a los Cullen… y menos a Edward, no.
-Me atrevería en el caso de que te opusieras a mi pequeño plan, Bella -esbozó una sonrisa amable y volvió a olerme para seguir hablando-. Pero claro, no tiene que pasarles nada, siempre que tú accedas a mi plan. En ese caso, no les haría nada, lo prometo.
-Ellos podrían contigo y… -volvió a inmovilizarme. Y algo se me pasó por la mente: ¿cómo había podido esquivar los poderes de Edward, que habría sabido de sus intenciones?
-Podrían, en el caso de que yo no tuviera el pequeño poder que tengo. Porque te preguntarás también por qué tu Edward no me ha leído la mente, o porque la pequeña Alice no me ha visto en sus visiones. Pues bien, Bella, mi pequeño poder también puede hacer que los demás vampiros no utilizen sus poderes contra mí, que no me puedan leer la mente o verme en el futuro. Y en el caso de que tu novio o tu familia me atacarán, nada me impediría paralizarlos como lo estoy haciendo contigo. Lo sentiría de verdad por Carlisle, ha sido muy amable, aunque quizá demasiado confiado al explicarme todos esos secretos, pero… en fin, si te opones a esto, tendría que torturar a tu Edward, además de a tu familia, y no creo que quieras eso, ¿verdad?
-Prometo acceder a lo que sea, pero no le hagas daño a Edward, ni tampoco a los demás -tuve la libertad de hablar por ese momento.
-Me alegro de que seas tan sensata. A cambio, te prometo yo no hacerles daño… siempre que no vengan tras de mí buscando venganza, por supuesto -se alejó de mí y cogió la mano de Victoria-. Desde vuestra casa se ve las ruinas de un castillo cercano. Ven allí al mediodía. Haz lo que sea para librarte de Edward si no quieres que le ocurra nada. Y no me hagas esperar, Bella, por favor, no tengo todo el día y dudo que no vengan buscando venganza después. Y si no vienes, sabes lo que haremos y nadie quiere que les ocurra nada malo a los Cullen, ¿o sí?
Con eso, los dos se alejaron caminando lentamente, como en el final de un cuento de hadas, como si estuviera todo solucionado. Al cabo de cinco minutos de luchar contra mí misma para moverme, pude caminar. Y caminé lentamente, como si mis pies fueran plomo y la nieve roca. Sin duda, no haría esperar a James. No quería que les ocurriera nada malo por mi culpa, como tampoco quería hacer realidad la única idea que se me ocurría para apartarme de Edward. No quería decir aquella mentira cruel y despiadada, que le haría daño, que le destrozaría. Y a la vez me destrozaría a mí misma. Pero en aquellos momentos, su vida me importaba más que cualquier otra cosa en el mundo.
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