En sueños, por Marieta
En sueños
Capítulo único
Aquel día había sido absolutamente frustrante. Seguía sin entender el porqué, pero aún así cuando pensaba en ello me irritaba. Mike Newton, Eric Yorkie y Tyler Crowley habían pedido a Bella para ir al baile. Cuando ella los rechazó me sorprendió. Pensaba que le gustaba alguno de aquellos niños.
Un sentimiento que no reconocí me había invadido cuando les oí todos y a cada uno de ellos. Era una mezcla de rabia y de posesión, de posesión hacia Bella. ¡Cuán irónico resultaba! Yo, que podía haberla matado en cualquier momento, queriendo poseerla. Porque su olor era el más fragante que había en la faz de la Tierra. El más delicioso, tentador… apetitoso. Y sería capaz de matarla, si no fuera por el amor a mi familia o el miedo a ser un monstruo. Me daba rabia que cualquier niño quisiese poseerla, a ella y a su sangre, ¿o había algo más, después de todo?
Suspiré. El reloj marcaba medianoche. Emmett, Alice y yo estábamos viendo la tele, sentados en el sofá. La programación no era capaz de captar mi atención y me amargaba aún más. Se trataba de una película de humor. Quizá, en otra ocasión, la hubiese disfrutado como la disfrutaban en ese momento mis dos hermanos, pero esa noche yo no estaba para ver éso. Localizé pronto los pensamientos de Emmett: “¡Cómo ronca el protagonista! Parece un oso gruñendo”. Sonreí a mis adentros. No tenía remordimientos al descubrir sus pensamientos, pues siempre era sincero.
Alice permanecía a su lado, probablemente ya estaba viendo el final en su mente, como comprobé: “¡Vaya final más malo!”. Me pregunté en ese momento si Alice habría visto ya lo amargado que estaba aquel día. A mi sorpresa, no. Después de saber el final de la película dirigió su mirada a un rincón y pensó en Jasper. Intenté no escuchar esa clase de pensamientos. Mi familia consistía en tres parejas y yo. No era muy agradable cuando uno escucha sin poder evitarlo lo que piensan los demás, especialmente cuando pensaban en eso.
Me levanté. Si seguía allí acabaría aborreciendo todo. Me dirigí a la puerta volviendo la vista atrás. Emmett y Alice me miraban fijamente, como a un desconocido.
-Voy a dar una vuelta. -me limité a decir. Ambos asintieron y volvieron a ver la tele, cada uno en su propio mundo. Cerré la puerta tras de mí.
Me dirigí hacia el recibidor, y después a la puerta. Me giré una vez más para ver el piano. Yacía en el otro extremo del recibidor. No tenía ganas de tocarlo, al menos esta noche. Para mi sorpresa, Carlisle bajaba las escaleras. Me miraba con cariño, como un padre a un hijo. Ya estaba en el último escalón.
-¿Adónde vas? -preguntó con voz calmada, suave. No supe qué contestarle. No podía decirle algo como: voy a casa de Bella Swan, a debatirme entre cenármela o dejarla viva y solucionar mis dudas. Además, tampoco yo mismo estaba seguro de dónde ir. Carlisle, viendo que no respondía, añadió:- ¿De caza?
-Algo así. No regresaré. -respondí intentando sonar convincente. Carlisle tan solo asintió brevemente y se dirigió la puerta que daba a la cocina. Supe que el sabía que yo mentía, leyendo sus pensamientos a lo lejos.
Me marché. Abrí la puerta y la cerré. Recordé la simple pregunta de Carlisle, ¿Adónde vas? Esta vez debía responder con sinceridad, aunque fuese para mí mismo. ¿Adónde iba? Empecé a correr, si correr era considerado el modo de caminar de los vampiros. Iba a… ¿resolver mis dudas? ¿debatirme entre lo imposible y lo que quería? Sonreí. Ya sabía donde me dirigía: a casa de la persona que tenía el olor más apetitoso que había olido y que tan desconocida y asombrosa me era.
Estaba a pocos metros ya, supuse. Podía oler ya la fragancia de su sangre. Efectivamente: era girar la esquina y encontrarme con la pequeña casa del policía de Forks. No era una casa para nada inmensa o acogedora, apenas tenía dos plantas y un pequeño jardín. Me acerqué poco a poco, intentando no hacer ruido. Había ido a pie, velozmente, por supuesto, pues con coche habría si do más ruidoso.
Abrí la ventana del balcón de Bella. Había sido fácil escalar un árbol y saltar apenas tres metros. Entré sigilosamente, con cautela. Como había pensado estaba sumergida en un sueño profundo. En aquella diminuta pero acogedora habitación, el olor era más intenso que en ningún otro lugar. Si no iba con cuidado, ya estaría encima de ella bebiendo la sangre que desprendía aquel olor tan delicioso, que me dejaba hambriento, que… Paré de pensar en ese tipo de cosas puesto que si no sí que sería capaz de hacerlo. Me senté en una mecedora que había en el extremo opuesto de donde estaba durmiendo ella.
Todo estaba hundido en un profundo silencio. Sólo se escuchaban los débiles respiros de Bella que estaba durmiendo plácidamente en su cama. Aquello, en parte, era agradable. No escuchaba los pensamientos de nadie, no tenía que soportar escuchar según qué cosas… excepto por el olor. La habitación estaba impregnada del olor de su sangre y en silencio. Y ella dormida, sin percatarse de quién estaba allí. Era el escenario perfecto para matarla, bebiendo la sangre que tanto había buscado pero jamás encontrado en más de ochenta años. Pero no. No quería convertirme en un monstruo, y menos matarla.
Matarla. Era una posibilidad. La otra, dejarla viva, y, muy remotamente, hablar con ella. Se me antojó como una copa de cristal. Frágil, débil. Bella Swan estaba allí: arropada entre las sábanas, podía ver su rostro, por la posición en que se encontraba; acurrucada hacia un lado. Respiraba lentamente y con expresión calmada. Sus cabellos, esparcidos por la almohada, la arropaban por su espalda e hicieron que pareciese aún más frágil de lo que había imaginado. Allí, tan calmada y dormilona, sin saber el peligro que podía acecharle en cualquier momento.
Podía. Pero también no podía. Es más, no había motivo por el cual matarla excepto el delicioso olor que desprendía su, obviamente, deliciosa sangre humana. Aquella sangre que tanto anhelaba beber. Aquella sangre que me atraía como un imán. Aquella sangre que la ponía en más peligro que cualquier otra cosa. Aquella sangre que era suya. Esa era la única excusa que tenía para quitarle la vida.
A pesar de toda la fragancia del olor, no quería beberla, porque no quería que ella muriese. Y menos de esa manera. No quería beber su sangre porque eso aseguraba su muerte, porque sería el fin de su vida. No era su culpa tener un olor tan delicioso. Y no era el único motivo que tenía para no matarla, el no querer ser monstruo. Tenía otros. De alguna manera, el primer día que hablé con ella, me di cuenta que no era como los demás. No hablaba de cosas innecesarias como la mayoría de las chicas de su edad hacían. Cualquier cosa que me dijese sonaba misteriosa, intrigante e interesante y no resultaba en absoluto aburrido hablar con ella.
Y eso no era todo. Misteriosamente quería saber qué pasaba por su cabeza en cada momento. No poder leer su mente ya era frustrante, aunque viese sus emociones en sus ojos chocolate. Durante los dos meses que no le había dirigido la palabra, había estado pensando en qué pensaba ella durante las clases de biología, o incluso en los almuerzos. Quería saber qué quería, qué sentía y estar a su lado.
No entendía esos sentimientos. En los más de cien años de mi existencia nunca había sentido algo así. No había tenido ganas de estar junto a alguien, de proteger a alguien, de saber qué pensaba… No entendía pero sentía. Sentía algo que nadie había sido capaz de hacerme sentir en el siglo de mi vida. Independientemente de la atracción que su olor me provocaba como vampiro. No tenía nada que ver.
También, aunque no como humano ni vampiro, me resultaba de gran belleza. Su rostro, simple pero hermoso, también me atraía. Quería que aquellos profundos ojos marrones me mirasen y que sus labios hablasen para mí. Incluso otras partes de su cuerpo que en 1915 resultaba casi prohibido nombrar públicamente. Sus pechos, eran pequeños, pero emanaban calidez. Sus manos, pequeñas pero con un contorno perfecto, y las piernas, esbeltas a pesar de haberle provocado casi la muerte con el accidente. Todo me atraía: su carácter, su olor, su físico… Me atraían como hombre. ¿Qué era eso?
Había visto muchas mujeres que eran bellas. Como por ejemplo, la misma Rosalie. Cuando llegamos a Forks la mayoría de los chicos bebían los vientos por ella. Se les antojaba perfecta. Todos, sin embargo, se rindieron cuando vieron que salía con Emmett. Recordé lo molesto que había sido escuchar los mismos pensamientos en cada chico, incluso en chicas. Pero no era esa la belleza que me atraía de Bella. No era como la belleza de Rosalie. Bella era Bella, y Rosalie era Rosalie. La belleza de Bella era una belleza dulce, pacífica. Era simple, pero hermosa a la vez. Rosalie, sin embargo, era la belleza que todo el mundo quería. Ésa era la diferencia, además de que la belleza de Bella provocaba diferentes sentimientos de la de Rosalie.
Me acordé de repente de mi familia. ¿Qué estarían haciendo? ¿Se preguntaban qué haría yo? Sonreí. Desafortunadamente, Alice ya habría visto mis intenciones cuando hubiese acabado lo que había planeado con Jasper. Y sin duda, ya se lo habría dicho a toda la familia. Seguramente, Carlisle ya había adivinado mis intenciones desde el principio. Suspiré. Ya habían pasado unas tres horas desde mi llegada a casa de Bella y no había resuelto nada.
-Edward.
Una voz clara y segura me llamó desde la otra parte de la habitación. La voz de Bella Swan. ¡Se había enterado de que estaba allí! Sin duda alguna. ¿Qué podía decirle yo? No tenía explicación que la persona que había dejado de hablarte durante dos meses para ocultar un secreto que no se tenía permitido saber apareciese de repente en tu habitación mientras duermes y le sorprendes cuando te despiertas.
Sin embargo, todo seguía en silencio. Y ella seguía inmóvil dormida en su cama. Sólo había variado algo su posición. Pero lo había dicho demasiado claramente como para que me lo hubiese imaginado. Y lo entendí todo. Estaba soñando conmigo. Estaba soñando con alguien que no la había hablado durante días. La presa estaba soñando con su cazador. Una sensación increíblemente rara pero plácida recorrió mi cuerpo. ¿Felicidad? No tenía por qué sentir felicidad en un momento como aquel, a no ser que…
Entonces, lo entendí todo. Resolví toda y cada una de las sensaciones y dudas que ella me había provocado. Lo había leído en libros, lo había visto en películas y lo había oído en las personas cuando estas pensaban. Pero jamás lo había sentido yo mismo. En el diccionario aparece definido el afecto intenso hacia alguien. Nada que ver. Era algo mucho más profundo. Era algo que no se podía definir con palabras. Era algo que no había sentido en cien años. Era, a pesar de no querer admitirlo en un inicio… amor.
Por eso me provocaba aquellas sensaciones. Por eso me atraía con tanta fuerza su carácter, su físico, incluso su olor si no hubiese sido un vampiro. Y también por eso quería protegerla, estar a su lado, hablarle. Por eso aquel sentimiento de rabia me había dominado cuando los tres niños le pidieron ir al baile. Ese sentimiento también nuevo y en un principio desconocido a mí, los celos. Ahora entendía todo lo que sentía. Lo entendía y lo sentía.
¿Qué podía hacer? Nada me garantizaba que ella sintiese lo mismo ni siquiera que sintiese algo, aunque fuese una simple amistad por mí… O sí. Dudé de que alguien soñase y nombrase en sueños a alguien que no le importase lo más mínimo. Pero sabía que la ponía en peligro. Yo era un vampiro. Ella era la persona con la sangre más apetitosa con quien me había encontrado, pero también era la única persona de la que me había enamorado en mi vida. Quería estar con ella, pero no podía. Quería hablarle… Incluso que yo estuviese allí la ponía en peligro.
Si la olvidaba la dejaría de poner en peligro. Si no estaba junto a ella, la salvaba. Pero ahora ya era demasiado tarde para parar esos sentimientos, para olvidarla. Era demasiado intenso todo lo que sentía como para olvidarlo. Era más, no tenía olvido. Jamás lograría olvidarla. Nunca…
Nunca había sentido algo así en cien años, en lo que era tanto existencia humana como vampírica. Y ya no podía evitarlo. Me había comportado como un vampiro Cullen durante ochenta años. Nunca había tentado el peligro de la manera que lo hacía ahora. Siempre había seguido el camino de Carlisle, ¡pero ahora podía tener yo mi propio camino! El hecho de estar con ella, no implicaba matarla. La atracción que me provocaba como persona era más grande que la atracción de su sangre. Si pudiese dominarme, podía evitar hacerle daño. Estaba harto de evitar hablar con ella, estaba harto de no decirle nada, ¡estaba harto de ignorarla! Decidí que, por muy peligroso que fuera, tenía que estar a su lado.
Miré hacia la ventana. Aún estaba oscuro, pero sin duda alguna pronto amanecería. Tenía que irme antes de que se despertase y me descubriese. Olí una última vez más el olor. Sin duda, no iba a dejar morir ese olor. Ni tampoco a ella. Cerré la puerta del balcón con suavidad, después de echarle un último vistazo: ella seguía durmiendo profundamente, tan frágil y calmada.
Me encaminé hacia mi casa, donde seguramente me esperaba algún que otro reproche por parte de mi familia, pero estaba seguro de que si luchaba por lo que quería, podía conseguir no hacer daño a nadie.
FIN DEL ONESHOOT
Comentarios de la autora:
Espero que os haya gustado. Siempre me he preguntado cómo se habría sentido Edward cuando vio a dormir a Bella la primera vez, por lo que he decidido crear esta historia, que quizá me haya quedado algo empagalosa, pero es que me encanta la pareja que forman Edward y Bella.
La verdad es que me ha sido muy difícil escribir esta historia, puesto que está escrita desde el punto de vista de Edward y eso lo ha hecho difícil… pero divertido. Me ha gustado pensar las reacciones y pensamientos de él. Gracias por leerlo.
Octubre 15th, 2008 at 15:43
wuuuuuuuuuuuuaooooooooooooooooo!!!!!!! sta genial re lindo marieta me encanto es+ lo boya bajar deverias seguirle o hazer cuando dejo a Bella pero desde la vista de Edward commo Stephanie no lo va a ser aslo tu eres genial mis respetos
Diciembre 31st, 2008 at 18:55
Hola! la verdad sos una genia! me lo lei toooodo
felicitaciones!!!