En el último suspiro

Capítulo único


La fiebre me consumía por momentos. Notaba y sentía que la vida se iba a cada segundo. Supe que aquello jamás tendría salida, que no podría sobrevivir a la gripe. Me pasaría como a mi marido: moriría, en el último suspiro, sin poder hacer nada para vivir. Mi Edward había muerto de camino al hospital, como mucha otra gente que sufría la gripe. Y nadie tenía la cura para aquella enfermedad que se estaba llevando la vida de tantas personas.

Pero no me importaba morir si podía asegurarme de algo: de que mi hijo viviera, de que siguiera adelante, de que pudiera vivir la vida y no morir en ese ambiente tan fúnebre. Fúnebre, porque el olor del hospital no era precisamente el mejor. Ese olor asfixiante, sediento de muerte, como en un lugar entre la vida y la muerte.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando el doctor apareció de entre las cortinas. Cullen, creí recordar que se llamaba, un doctor fuera de lo normal, alguien demasiado bello como para ser doctor. Pero en aquellos momentos, no podía pensar en eso, pues notaba que mi cuerpo estaba demasiado débil como para ganar a la enfermedad. A mi lado, Edward, mi hijo, dormía en pesadillas cubiertas de dolores y luchas, peleándose entre despertarse o quedarse dormido para siempre. Daría cualquier cosa porque siguiera vivo, incluso morir, como me iba a pasar.

-¿Se encuentra usted bien, señora Masen? -me preguntó el doctor Cullen, con voz preocupada y expresión angustiosa. Supe que intentaba distraerme, intentaba hacerme no pensar en mi muerte.

Y, de repente, vi la esperanza.

Vi la esperanza, era el doctor. Pero no porque fuera doctor, puesto que muchos doctores habían, pero la gente estaba muriendo igualmente. Era porque había algo sobrenatural, independientemente de su belleza, cuando su mano me tocó la frente para ver cómo me encontraba. Fría, dura, su mano. Mi corazón palpitó fuertemente, advirtiéndome de algo. Y sentí como si, de repente, tuviera la posibilidad de salvar a Edward, porque me daba la sensación de que ese doctor, y no podía ser otro, tenía en sus manos poder curarle. No sabía qué era, pero estaba completamente segura de que esa persona no era un humano. No podía serlo.

-¡Sálvelo! -mi voz sonaba ronca, mientras le ordenaba que salvara a mi Edward y clavaba mi mirada en él. Sabía que me quedaban pocas fuerzas para vivir, pero aquello era una manera útil de gastarlas, útil de pasar los últimos segundos de vida.

Respiré, casi ahogada, el olor de muerte del hospital. La vida se escapaba, segundo tras segundo, de mi cuerpo. Y el olor a muerte no ayudaba, desde luego. La habitación, dividida en cortinas que formaban habitaciones por la falta de camas, se extendía a lo largo, como tratándome de decir que aún había una vaga posibilidad de asegurarme de que Edward viviera en ese gran lugar, lleno de muerte, y me consoló.

El tacto frío de la mano del doctor, que esta vez posó su mano sobre la mía, supuse que era un intento de calmarme, me parecía la vida en aquel lugar enterrado de muerte.

-Haré cuanto me sea posible -me prometió con voz autoritaria, prometedora. Su piel fría, que me helaba, me explicaba que la mía estaba caliente, hirviendo por la fiebre, por la gripe, por el acercamiento de la muerte en todos los rincones y sitios del hospital.

Pero aquello me provocó un mayor sufrimiento del de la fiebre. Quería, por todos los medios, que mi hijo viviera y superara aquella enfermedad. Que, aunque después de la muerte de sus padres, pudiera seguir adelante, porque Edward era fuerte, después de todo. Y la única esperanza que parecía existir no me aseguraba que viviera. No era posible. Estaba dispuesta a todo por que él no muriera allí, en un lugar donde no le tocaba, en un tiempo que no era el adecuado. Y estaba segura de que sucedería, estaba segura de que mi hijo seguiría viviendo.

-Ha de hacerlo -insistí. Antes de continuar, apreté la mano que él me tenía cogida, intentando transmitirle la urgencia de mis palabras, también clavando mi mirada en él-. Debe hacer cuanto esté en su mano. Incluso lo que los demás no pueden, eso es lo que debe hacer por mi Edward.

Él asintió, sorprendido pero esta vez, serio, sin soltar mi mano.

Y sentí paz y dolor a la vez.

Sentí una paz que no había sentido nunca. Una paz profunda que me aliviaba. Mi hijo sobreviviría. El doctor no le dejaría morir jamás. Edward estaría libre de toda muerte, encadenado a la vida. Incluso llegué a sentirme feliz, porque lo había conseguido, porque mi último deseo sería cumplido y prometido. No sabía qué clase de… ser sería el doctor Cullen, pero quisiera lo que quería que fuera, era un ser amable y honesto, que le daría la vida a mi Edward.

Y también sentí el dolor. Sentí el dolor de hundirme en la gripe, que me impedía mover mi cuerpo o vocalizar palabra alguna. Y también me hacía sentir un gran dolor, el dolor de la muerte que se acercaba más y más a cada tic-tac del reloj, a cada segundo. Al menos, podía oír todo. Podía oír los respiros forzosos que Edward hacía por vivir. Podía sentir los pasos del doctor alejándose. Pero sabía que no le dejaría morir.

Y la respiración de mi hijo, aunque agonizante y forzosa, me hacía feliz. Vivía, vivía más que yo. Viviría. No se moriría. Si hubiese podido llorar, hubiese llorado. De felicidad. Porque a él no le pasaría como a mí. Porque, quizá, aunque fuera irreal, llegaría a ser un gran pianista, alguien famoso que compondría canciones fabulosas. Porque… seguiría adelante.

Sólo le oía a él, por muchos enfermos que hubiese. Bloqueé cualquier otro sonido, sólo estaba pendiente de si Edward vivía o no, de si la fiebre le ganaba o perdía. Y entonces, el tic-tac del reloj, que no había escuchado hasta ese momento me avisó. Me dijo que el tiempo y la muerte se habían aliado para atraparme, y que me alcanzarían en pocos minutos, sedientos de vida, de todo lo que podía considerarse vivir.

De repente, me urgió la necesidad de despedirme de mi hijo, de decirle adiós y darle ánimos para que siguiera con su vida a pesar de no estar yo o mi marido. Intenté luchar con todas mis fuerzas contra cuanto ardía la fiebre, mi cuerpo. Pero no lo conseguía por muchas veces que lo intentara. E incluso aunque lo suplicara no daría resultado. Tenía que decírselo: Edward, vive, sigue adelante, no te mueras. Hazlo por ti, por Edward y por mí.

E intenté utilizar con todas las fuerzas que tenía, escasas pero fuertes, decirle eso de nuevo. No me importaba si lo escuchaba o no, pero tenía que decírselo de todos modos. Se lo diría. Y sentí, por un momento, que lo podía hacer. Movilicé lentamente mis labios, en un intento de hablar, pero la voz se me quedó estancada cuando oí el último tic-tac del reloj, que hizo que me alarmara de que no me quedaban ni cinco segundos de vida.

-Ed…ward…

No pude llegar a decir nada en ese último suspiro. Notaba el cansancio de todo, notaba que la muerte se me llevaba y cerré los párpados con la última alegría que podía tener antes de morir: mi hijo seguía vivo.

Fin del capítulo único

Comentarios de la autora:

Gracias por leer este one-shoot. Espero que os haya gustado a todos. Quizá me ha quedado un poco corto, pero me deprimía pensar en lo que sentía la madre de Edward (Elizabeth) mientras veía el paso del tiempo y que no podía hacer nada.

He de decir que tenía planeada hacer esta historia desde que leí en Luna Nueva la explicación de Carlisle. No he podido evitar escribirla, quería saber cómo sería ponerse en la piel de Elizabeth y vivir esa hora. Fue leerlo en Luna Nueva y decir: ¡tengo que escribir lago sobre la madre de él! Y aquí está. Podeis comentar, me gustaría saber la opinión de la gente por este oneshoot.