Traición
Caos
Séptimo capítulo: Traición
“-Bueno, supongo que un poco, sí -murmuró, mientras sus labios encontraban los míos en un beso pacífico, y me acariciaba suavemente el pelo, esta vez, de una forma menos suave, aunque cuidadosa.
Por toda respuesta, le devolví el beso, sabiendo qué ocurriría a continuación. Ocurriría algo que yo hubiera deseado hacer con otra persona, pero esa persona no me quería. Y ahora, probablemente, me odiaría incluso, al ver mis escalofriantes ojos del color de la sangre, o la fría voz que salía de mi garganta. Pero no había vuelta atrás en mi metamorfosis. Me había vuelto en otra persona, monstruo o no, y era tal como era. ¡Y era su culpa, más que de la de cualquier otra persona! Había causado que de mi único amor naciera también mi único odio. Había causado una metamorfosis en mí; un cambio tan potente como el del invierno al verano, o el del día y la noche.”
Mi impaciencia crecía como mi inquietud por momentos mientras el silencio seguía dominando más y más en la habitación. A pesar de estar a oscuras, a pesar de que la noche se llevara toda la luz, aún podía distinguir la absorta expresión de Demetri en su rostro. Pensando, ensimismado, como si estuviera en otro mundo. Me acurruqué más en su pecho desnudo, acariciando su rostro con mi mano. E incluso de aquel modo, tampoco parecía ser consciente de mi presencia. Como si las cosas hubieran cambiado repentinamente, como si hubiera visto algo que le hubiera hecho cambiar su forma de pensar y tuviera que elaborar una nueva.
-¿Esta noche no hay historia? ¿Ninguna leyenda griega, o una historia inventada por ti? -inquirí, cuando por fin noté cómo parpadeaba nuevamente-. ¿Te ocurre algo…?
-Claro que no, sólo estaba… pensando -me observó durante un momento, rodeándome con sus brazos e ignorando mi expresión preocupada, ya empezando a contar la historia-. Había una vez un muchacho llamado Sansón. Había nacido con una fuerza sobrehumana, y un gran espíritu. Estaba consagrado ya desde su nacimiento para ser el líder del pueblo elegido por Dios, pero aun así, su fuerza podía desaparecer: si algo le ocurría a su pelo, si se le cortaba o se le quemaba, Sansón perdería todo su poder.
-Sansón fue el juez de los filisteos, pero éstos no le tenían en alta estima. Fue por ello que un sacerdote de una religión pagana hizo que Dalila, una mujer seductora, se acercara a Sansón con el objetivo de que éste se enamorara de ella y le revelase su secreto a ella, para vencerlo. La pasión que Dalila despertó en Sansón hizo que éste acabase revelándole la fuente de su poder como prueba de su amor. Y una noche, mientras Sansón dormía, Dalila le cortó el pelo que entregó a los soldados y arrancó los ojos a Sansón, que acabó siendo atado a una noria para ser vejado y humillado por su pueblo -paró un momento, suspirando.
-¿Y qué le ocurrió a Sansón? -pregunté, intrigada por la continuación de la historia, esperando un rescate por parte de Dalila, arrepentida por haber traicionado a Sansón.
-Sansón, derrotado y traicionado, pidió perdón a su pueblo, que le recriminaba sus injusticias. Sin poder creer más en el amor, Sansón pide a Dios que vuelva su fuerza a cambio de sacrificar su propia vida y la de los paganos filisteos. Dalila, que terminó sintiendo piedad por Sansón, le ayudó a llegar a las columnas del templo pagano donde lo habían atado. Cuando por fin llegaron, Sansón alabó por última vez al cielo antes de derribar las columnas, y con ellas, el templo, los filisteos, Dalila y a sí mismo, sacrificando a todo y a todos -concluyó Demetri, por fin venciendo a su propio silencio y acariciando mis cabellos.
-Es terrible lo que Dalila le hizo a Sansón, aunque luego lo ayudara. ¿Cómo pudo traicionar a alguien que le había querido tanto, encima quitándole todo su poder y dejándolo ciego? -me estremecí, resultándome inconcebible que alguien malvado, incluso yo misma, pudiese hacer algo así.
-A veces hay personas que no saben valorar lo que tienen, o que son terriblemente diabólicas, como Dalila -volvió a observarme, mordiéndose el labio, pero las palabras salieron muy a su pesar-. Tú… ¿Tú no me traicionarías nunca, verdad Bella?
Su pregunta me tomó por sorpresa. Traicionar a Demetri. ¿Cómo podría? No, no podría traicionarle, jamás de los jamases, aunque lo que me rodeara me intentara convencer de hacerlo. Aunque no tuviera más remedio. De repente, el dolor que siempre tenía me alertó de ello: ¿ni por el que sería siempre la razón de seguir existiendo, traicionaría a Demetri, o lo dejaría? ¿Ni por Edward, que me importaba más que nadie, pero a quien quería tanto como odiaba? Sabía la respuesta. La hubiera sabido aunque hubiera sido traicionando a otra persona importante para mí. Sería capaz de ello, como Dalila.
-No, nunca te traicionaría -susurré en tono monocorde. Mi respuesta era sincera. No, no le traicionaría. Porque Edward y su familia se marcharían tarde o temprano, y yo me quedaría en Volterra. Se marcharía, como en la ocasión anterior, y no volvería a por mí. Por mucho que al verme de nuevo me hubiese mirado con la misma intensidad que antes de dejarme, por mucho que le hubiera tenido tan cerca como para poder presionar mis labios contra los suyos. O aunque se hubiera querido morir por creerme muerta. Se marcharía. Se marcharía y no volvería. Y yo no haría daño a Demetri.
-La verdad es que antes sí me ocurría algo, Bella -me despertó de mis pensamientos, deslizando su mano por mi espalda desnuda-. Estaba pensando en él. Y le odio. Te dejó, y te hizo daño, y pese a ello, le seguirás queriendo aunque quieras olvidarle, como Marco. Sin remedio alguno. Pero aun así, quiero que sepas que, aunque sé que no me quieres, eso no significa que sea el mal hombre para ti.
-Te quiero, y lo sabes -fueron mis palabras, con mi tono anterior, que no denotaba ni verdad ni mentira, simplemente justificación y le miré con expresión solemne.
-No, no me quieres. Ni me querrás. No del modo en que le quieres a él. Y lo sabes, Bella. Pero como te he dicho, éso no significa que sea malo para ti -repitió una vez más, con una voz triste pero convencida.
-Te quiero -reiteré yo esta vez, sacudiendo brevemente la cabeza, y levantándome, vistiéndome rápidamente con lo primero que tenía a mano. Resultaba obvio que no quería enfrentarme a él, pero preferí huir de aquella manera, dándome prisa en vestirme y besándole brevemente en los labios antes de salir por la puerta-. Voy a ver a Heidi. Hace tiempo que no hablo con ella.
Tras desaparecer por la puerta, no pude evitar sentirme culpable, porque Demetri había tenido razón. Desgraciadamente, inevitablemente. La había tenido y él era consciente de lo que ocurría, de mis sentimientos y de mi mentira a medias. Pero por mucho que fuera así la realidad, no le iba a herir, no le iba a traicionar. Porque, por muy egoísta que sonara, no había oportunidad alguna de que Edward permaneciera junto a mí; y porque Demetri había hecho demasiado por mí como para hacerle daño, como para hacer como Dalila con Sansón.
Aunque mi mente había estado nublada con pensamientos, mi cuerpo se había dirigido hacia la puerta de la habitación de Heidi, y me detuve por un momento. ¿Y si se encontraba con Felix, demasiado ocupada como para atenderme? Sin embargo, mis dudas no dudaron mucho, pues una risa femenina que no pertenecía a Heidi me hizo abrir la puerta, curiosa de ver quien se hallaba en su interior. Gruñendo brevemente, protestando por mi interrupción, la puerta se abrió y distinguí cuatro siluetas en su interior. Si bien era cierto que Heidi no se encontraba con Felix, hubiera preferido no abrir la puerta, puesto que Alice, Rosalie y Esme estaban allí, junto con mi amiga.
-¡Bella! Pasa, ¡no te quedes ahí! -me saludó Heidi, con su voz amable. Y entré, cerrando tras de mí, asegurándome de que no había una quinta figura; la presencia de alguien que hubiera hecho que me pareciera entrar una prohibición.
-¿Qué estáis haciendo, Heidi? -agradecí que no se sintiera apenas el resentimiento en mi voz, sino una especie de curiosidad confusa. Adelanté unos pasos, viendo con más claridad por la débil luz encendida de la habitación.
-Alice me ha dado nuevas ideas de conjuntos para atraer más a las presas. ¡Y Rosalie y Esme se han unido! Estábamos charlando un rato -tanto la sonrisa de su rostro como sus palabras me sorprendieron. Sabía de la afición de Alice por vestir a la gente, ¿pero cómo podía haber accedido a ayudar a Heidi con los propósitos de ésta? Cuanto hice fue asentir con una breve sonrisa y sentarme en la cama de Heidi, en el único lugar libre, al lado de Rosalie.
Fue entonces cuando me di cuenta de la aún más extraña situación en que me encontraba. Yo permanecía en silencio, pero Rosalie y Heidi se miraban en el espejo, opinando sobre la belleza de la otra, como si estuvieran compitiendo entre ellas. ¡Resultaba absurdo! De haber tenido yo la belleza de ambas, me hubiera conformado con el simple hecho de tenerla. Y ni éso me pertenecía. Mientras ambas seguían mirándose entre ellas, con una peculiar mezcla de fascinación y envidia, Esme y Alice se me acercaron, como si quisieran hacerme compañía.
-¡Bella! -me llamó Alice, con una voz entusiasmada que me hizo estremecer en lo que, estaba segura, era un intento de reestablecer nuestra antigua amistad-. ¿Cómo te ha ido durante este tiempo? Se te ve muy cambiada.
-Cambiada -repetí la palabra, como si nunca fuera en otro idioma. Sí, cambiada. Sin duda, Alice lo había querido decir en un sentido amistoso, pero mi voz transformó el sentido de la palabra. Lo pude ver cuando me giré para mirarla a los ojos, cuando una chispa de compasión cambió su sonrisa amistosa a una triste. Por supuesto, era innegable mi cambio: no tan sólo en el color de mis ojos y en mi cuerpo, sino en mi actitud, en mí misma y en el monstruoso dolor que rugió durante unos instantes antes de que consiguiera hablar de nuevo con una amarga sonrisa irónica-. A vosotras, sin embargo, no se os ve muy diferentes. Estuvisteis en Alaska, ¿verdad?
-Sí. Era hora de visitar a la familia de Tanya y fuimos en cuanto Carlisle tuvo vacaciones en el hospital -esta vez fue Esme quien habló, sentándose a mi lado izquierdo. Y mi agujero me dañó nuevamente. Se la veía como siempre, con una mirada cariñosa, con una sonrisa en el rostro. Y sin embargo, estaba segura de que ya no la podría ver como la madre o la amiga que había sido para mí. Ahora la veía como la sombra de lo que había significado a mí, como Alice-. La verdad es que te estuvimos buscando en Alaska, Bella, junto con la familia de Tanya.
-¿Buscándome? ¿A mí? ¿Por qué? -pregunté con incredulidad, como si Esme hubiera afirmado que los extraterrestres existían. Me resultaba imposible que me hubieran buscado, como si yo les hubiera importado. Como si de verdad hubiera significado algo para ellas.
E inevitablemente, el eco de sus palabras vino a mi mente, junto con su expresión torturada: “Yo… estuve por Europa.” ¿Por qué habría ido Edward por Europa, ahora que pensaba en ello? ¿Para buscarme? ¿O estaría simplemente de viaje, teniendo tiempo libre, sin tener que encargarse de mí? Pero una simple palabra hizo que recordara que aquello no era ni sería nunca posible. Una simple palabra que había tenido el poder de destruirme, de derribar todo en lo que había creído. Todo lo que había querido: “no“. Sin remedio alguno, temblé de dolor como si me estuvieran electrocutando al recordar aquel pedazo de memoria que hubiera querido borrar de mi conciencia para siempre.
-¿Cómo que por qué? -preguntó Alice, confundida al igual que Esme, como si fuera evidente, observando cómo yo seguía temblando-. Porque nos importas, Bella, y aprovechamos la visita de Alaska para buscarte, pues era una zona en que no te habíamos buscado. Además, Edward estaba destrozado y…
Alice no continuó hablando. O mejor dicho, no pudo seguir hablando. Algo o alguien se lo impedía. Fue entonces cuando me di cuenta de quién la había interrumpido. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo me había abalanzado sobre el pequeño cuerpo de Alice, y de que mis manos se hallaban rodeando su cuello, haciendo que fuera incapaz de emitir sonido alguno. Al ser consciente de lo que había hecho, apenas aflojé la fuerza que ejercía sobre su cuello un momento, para volver a perder el control de mí misma, expresando la furia que me invadía con un grito de dolor, como si yo fuera la víctima y no la asesina.
-¡Edward no está destrozado! ¡Y es mentira! ¡Es mentira que vosotras me hayáis buscado y que os importo! ¡Todo lo que has dicho no es más que la más negra de las blasfemias que podías haberme dicho, Alice! -exclamé de forma involuntaria, con una voz rota de dolor que no parecía pertenecerme a mí, sino a lo que me había convertido-. Vosotras me abandonasteis. Me abandonasteis, dejándome atrás en un lugar sin salida, en un lugar donde sólo se oía la lluvia ensordecedora, dónde todo parecía ostentar la muerte que había en mí, ¡cómo si fuera el lugar de mi alma, inundado por lágrimas! ¡Me traicionasteis! -finalicé con más intensidad, recordando la historia que Demetri me había contado muchos días antes: la de Teseo abandonando a Ariadna en un lugar deprimente, similar a la mía en tantos aspectos.
En ese momento, me alerté realmente de la situación, de lo que me rodeaba y aparté inmediatamente mis manos del delicado cuello de Alice. Tanto Esme, como Heidi, como Rosalie y la misma Alice, con una expresión de shock, parecían estar paralizadas, como yo misma. Me miré las manos, esperando ver sangre en ellas, moviéndome apenas. Pero antes de que pudiera apartarme de ella, de pedir disculpas o de salir corriendo como una cobarde, algo me abofeteó en la mejilla con tal fuerza que caí de la cama, estrellándome contra el suelo con un ruido estrepitoso, como el del choque de dos rocas, y no hizo falta que me apartara de Alice.
-¡Apártate de mi hermana, monstruo! -gritó Rosalie cuando abrí los ojos, confudida y sorprendida, con un tono de profunda rabia. Pude ver su esbelta figura enfrente de mí, con una furia y un odio en los ojos tan intensos como los míos propios-. Ni te atrevas a tocarla jamás, ni a acercarte a ella. O no volverás a parpadear siquiera.
La figura de Rosalie, que me hablaba por primera vez directamente a mí, se me antojó la de una diosa, con todo el poder del mundo residiendo en su belleza. Y sentí envidia. Una envidia que circulaba por mis venas, sustituyendo mi antiguo dolor por una ardiente rabia de envidia y de deseo de tener ese mismo poder. De poder tener el amor de quienes había querido, como ella. Sin dudarlo más, me levanté lentamente, como si me hubiera herido de verdad, y me enfrenté a ella, devolviéndole la bofetada con todas mis fuerzas.
-Tú has sido un ángel toda tu vida, ¿verdad, Rosalie? Nunca jamás has cometido errores, ni nunca jamás has despreciado a alguien, ¡por supuesto que no! -le reproché con una carcajada irónica, que más bien parecía un gemido por el desprecio que contenía. Entonces, la observé. Era ella ahora quien estaba en el suelo, con una expresión de furia y desprecio, sometida bajo mis poderes que le impedían moverse-. Claro que sí. ¿Quién no ha oído hablar de tu bondad, de tu amabilidad? ¡Ah, no! Quería decir, de tu belleza. ¿Pero sabes qué, apreciada Rosalie? Hay alguien más magnífico que tú en este mundo. Alguien que te supera tanto en belleza como en bondad. Alguien que es mejor que tú en muchos aspectos: Heidi. No deberías llamarme monstruo cuando tú, en comparación con Heidi, eres el invierno, mientras que ella es el verano, el esplendor.
Al acabar de pronunciar aquellas palabras, salí a cuanta velocidad me era posible de aquella habitación, odiando a Rosalie, a Heidi, a Alice y a Esme. Odiando a todas y cada una de ellas. Pero más que a nadie, me odiaba a mí misma. Sentía un odio y una fascinación por haber sido capaz de pronunciar aquellas palabras. Odio porque sabía que había sido cruel, injusta, un monstruo. Fascinación porque había tenido el suficiente valor como para expresar mi furia, como para hacer todo lo que había hecho. Porque era más poderosa que Rosalie, ¡más poderosa que nadie! Porque era invencible. Notaba el orgullo y la vanidad que me dominaban por el poder que tenía. Y al mismo tiempo, me odié más por ello.
En un instante, todos aquellos pensamientos desaparecieron de mi cabeza, todo mi odio por los demás y por mí misma, y mi fascinación. Mi conciencia entera se desvaneció al oír las notas de un piano. Había huido por cualquier pasillo, sin rumbo alguno, ¡y había venido a parar cerca de donde estaba mi debilidad, lo único que me podía vencer! Por ello fue por lo que consideré mi derrota aquel momento. Porque, como si me dominara algo superior, me dirigí a una puerta, a la que pegué mi oído, escuchando aquella melodía como si se tratara del canto de una sirena.
Se trataba de una canción de arrebatadora emoción, que se memorizó en mi mente como si fuera el sonido más preciado que podría escuchar en mi vida. Las notas seguían fluyendo mientras mi mano se deslizaba por el pomo de la puerta, abriéndolo involuntariamente, dominada por la belleza del sonido, a pesar de saber quien era el compositor. Y lo pude oír mucho mejor. La melodía era demasiado expresiva, como si se hubiese descubierto el sonido de la más profunda tristeza en la música. Era tal su belleza, su tristeza, su melancolía, que inevitablemente me desgarró el alma y mi dolor se manifestaba en la medida de las notas.
Pero no fue sólo mi oído el que me hacía avanzar como una muñeca sin vida hacia el interior de la habitación. También era mi vista la que se ponía en contra de mí. Porque veía. Veía el ser más bello que existiría jamás, el ser que era el centro de mi existencia quisiera yo o no. Y alargué mis manos, como si así lo alcanzara más rápido, como si así pudiera volver a mí. Distinguía el contorno de su rostro en la oscuridad, de su silueta. Era inconcebible. ¡Incluso la noche se ponía a su favor! Iba a perder. Iba a ser derrotada a pesar de ser invencible. Era una certeza más y más probable a medida que me avanzaba un paso más.
Aun así, la música cesó, el extraño ambiente mágico desapareció. Y él se dio la vuelta. En las densas tinieblas de aquella habitación, logré distinguir cómo un par de ojos, tan intensos como las luciérnagas, me observaban. En ese exacto momento, la furia, el odio y el dolor volvieron a mí; un apoyo en medio de todo aquello. Aún tenía posibilidades de vencer. De vencerle a él. Noté cómo sus labios se movían, pronunciando mi nombre, pero sin dejar ir el sonido. Como si fuera una palabra prohibida. Poderosa como volvía a sentarme, me acerqué más a él.
-Toca -le exigí, en un tono que no admitía réplica. Sin admitir su sorpresa o hablarme, Edward volvió a deslizar sus dedos por el teclado, haciendo magia otra vez, pero esta vez, no perdí mi valía y fui capaz de sentarme en el otro extremo del banco de dónde él estaba, por mucho que la pieza volviera a ser tan melancólica y desgarradora como antes. No pude evitar pensar que Aro debería estar muy pero que muy contento con el regreso de Carlisle y de conocer a los demás, como para ofrecer una habitación con piano. Distraída a medias por la música, aunque siendo consciente de la situación, pregunté:- ¿Esta pieza es nueva?
-Sí -admitió, sin mirarme, como si hablara para él mismo, o el nuevo borgoña de mis ojos le repeliera. Durante unos momentos, no le dirigí la palabra, concentrándome en la melodía, intentando que las memorias de los que siempre serían los días más felices de mi vida volvieran a mí. Las memorias de los momentos en que Edward tocaba el piano para mí y el tiempo parecía pararse. Pero nada volvió a mí. Nada sin dolor.
Suspiré, al tener la certeza de que no podría evocar esas memorias sin pagar un alto precio para siempre: que el dolor me causara temblores, que me dominara. Y de alguna manera, la situación ahora era muy diferente. Yo era diferente. Edward era diferente. Todo era diferente. El dolor que me causó esa certeza me hizo más valiente para seguir preguntando -Siempre me pregunté dónde te llevaste mis regalos de cumpleaños. Dónde te debiste llevar el CD con las canciones… Dímelo. ¿Dónde está? ¿Por qué tuviste que hacerlo?
-Nunca me las llevé -fue su breve respuesta por un momento, en el que dejó de tocar definitivamente y me miró con toda la intensidad de sus ojos. Una intensidad desgarradoramente triste, como la misma melodía-. Nunca las aparté de tu lado, Bella. Los dejé debajo de las tablas del suelo de tu casa. Necesitaba… dejar algo de mí a tu lado.
-¿Dejar algo? ¡Pero si te lo llevaste todo! -reí una carcajada seca, sin ganas, con sarcasmo y empecé a temblar débilmente por el dolor que empezaba a crecer poco a poco en mí. Mi tono se volvió más roto, cada vez más parecido a un susurro-. Todo. Mi felicidad incluida. Y me mentiste. Me has dañado y me has mentido como nadie puede hacerlo. ¿Por qué tuviste que llevarme al prado, y pronunciar aquellas palabras, si luego me ibas a destruir? ¿Por qué tuviste que acercarte a mí, si luego te ibas a marchar de esa manera? ¿Por qué no me dijiste la verdad desde el principio? Eso fue cruel, Edward, muy cruel. ¿Por qué lo hiciste? -le recriminé, mientras los temblores aumentaban y sollozos salían de mi garganta.
Por su parte, él me observó con una infinita culpabilidad y tortura en sus ojos, como si no soportara verme así, como si le importara, por poco que fuera. -No fue cruel aquello. Yo fui quien fue cruel. Y desgraciadamente, tienes toda la razón, Bella. No debí mentirte de aquella manera. Nunca debí permitir que sufrieras tanto a causa de mí. ¡Jamás me dejaré de odiar y tampoco me perdonaré por ello! Será para siempre el peor pecado que he cometido, ¡incluso antes que el de haberme llevado tantas vidas humanas, siendo asesinos o no, de quienes me alimentaba!
Pese a estar hablando y mirándome con toda la tristeza que su mirada permitía, parecía no ser consciente de mi presencia, como si fuera un monólogo. -Pero si me marché, Bella, fue por el que creía que era tu bien. Pensé que sería mejor para ti tener una vida humana normal que una existencia eterna sin alma, llena de sufrimiento. Pensé que serías feliz de aquella manera, y que mientras fueses feliz, no importaría cuanto sufriera yo si de aquella manera podías conservar tu alma y estar bien, sin poner en peligro tu vida del modo que la ponías para estar conmigo. Y al final, queriendo hacer el bien, ¡cometí el peor error que podía haber cometido!
-Cuando me enteré de tu desaparición, cuando fui consciente de lo que había hecho, pensé en matarme. ¿Qué importaba, al fin y al cabo, el mundo si no existías tú, lejos o cerca de mí? Pero mi familia me convenció e inicié un viaje por todo el mundo. Te busqué por toda América, por Asia, por Oceania, por África, ¡e incluso por el océano! Cuando llegué a Volterra y ya había recorrido toda Europa, sin encontrarte, perdí toda la esperanza, y admití de una vez por todas tu muerte. Al final, cuando vine a pedir a Aro que me matara, ¡te encontré! En el último lugar en el que hubiera pensado encontrarte, pero lo hice. Y me sentí feliz por primera vez en meses.
-Un momento, Edward. ¡Calla! -exclamé, tapándome los oídos con las manos mientras los sollozos hacían imposible que las palabras salieran de mi boca-. ¡Calla, por lo que más quieras! ¡Éso no es cierto! No lo entiendo, ni lo entenderé. No entiendo tu respuesta ni tus palabras. Te he preguntado por qué tuviste que acercarte a mí y decir que me querías si luego me ibas a abandonar, resultando que no me querías, que habías creído éso por la fascinación que mi sangre despertó en ti. ¡Te odio! No te he pedido que me cuentes una mentira, ¡sino el motivo por el que me mentiste desde el principio! Eres cruel, muy cruel. ¡Incluso ahora quieres hacerme sufrir!
Los calambrazos que el dolor me proporcionaba habían hecho que me pusiera como un ovillo, con la cabeza entre las piernas. Las palabras venenosas de él habían despertado en mí el recuerdo prohibido de días anteriores, más felices, de otra época muy diferente. Fue en medio de un momento de insoportable sufrimiento en el que un par de brazos me rodearon y me atrajeron hacia un pecho duro como el mármol, que sólo hizo despertar más y más recuerdos demasiado alegres para un momento tan deprimente como el de ahora, como si quisiera consolarme. -¡Suéltame! -logré murmurar en un hilo de voz que apenas se entendió.
-No hasta que no lo entiendas. Hasta que no me entiendas -miré brevemente su expresión atormentada, que ahora mostraba un intenso enfado-. ¿Cómo puedes creer que quiero que sufras, Bella? ¿O cómo pudiste creerme cuando te dije aquella mentira? ¡Con las veces que te había dicho mis sentimientos por ti! Ya veo que soy más verdugo de lo que creía. Te he hecho sufrir, he hecho que te vuelvas desgraciada, cuando no lo merecías, ¡ni nunca lo merecerás! Tú, la persona que menos se merecía todo esto. ¡Deberías odiarme por ésto!
-¡Ya te odio! ¡Calla, por favor! ¡No hagas que te odie más! ¡Cierra tu hermosa boca! -intenté zafarme de su abrazo, poniendo mis manos en su pecho para apartarlo, pero fui incapaz. Estaba en sus brazos, feliz y furiosa, triste y consolada. Y él me decía algo que me resultaba tan imposible como que yo no le quisiera. Era imposible, improbable. Mentira. Pero las palabras de Alice resonaron en mi mente“Además, Edward estaba destrozado y…” ¡No! ¡No! No era cierto, no era verdad. Y aun así, al observar la tristeza sin fin de sus ojos, demasiado intensos y bellos para resistirse a ellos, Edward me pareció mío. Me pareció que, por un momento, me pertenecía tanto como yo a él, y no pude evitar que una declaración saliera de mi boca-. Te odio, ¡y no te perdono! Pero maldito seas por ello, Edward, ¡porque te quiero también! Eres insoportable. Eres maravilloso. Suéltame y déjame ir. ¡No! Mejor abrázame y no me dejes ir. Te detesto por amarte y te amo por detestarte. ¡Es horrible! ¡Me estás haciendo daño, con tu mentira, y sin embargo, maldita sea, también me estás haciendo feliz! -le apuñalé débilmente con mis pequeños puños, en señal de protesta, pero incapaz de hacerle daño de verdad.
-¡Aunque me odies, aunque no me perdones! ¿Me sigues queriendo? ¿Es eso posible? Dímelo, Bella, ¡necesito saberlo! -me pidió con un tono en el que se mezclaban la tristeza y la esperanza. Por toda respuesta, me aferré a su pecho, deshaciendo mis puños para rodearle con mis brazos en un forzado abrazo-. ¡Aunque me maldigas por decirte esto porque, según tú, pretendo dañarte! Necesito decirlo tanto como en aquel momento necesité negarlo. Te quiero, Bella, y te amaré aunque me muera, aunque me derrita o desaparezca de la faz de la Tierra. ¡Mi alma, si la tengo, irá adonde vaya la tuya! ¡Te perseguiré hasta el abismo, si es necesario, para que me creas! ¡Moriré, incluso! Pero créeme. Cree la verdad que te digo ahora y no la mentira que te dije entonces. Cree la realidad y no aquella falsa ficción de un momento que nunca debió existir.
Antes de que fuera capaz de saber lo que sucedía, antes incluso de que alertara que el dolor seguía en mí, como si yo le perteneciera, posé mis labios sobre los suyos, incapaz de resistirme por un momento más, rindiéndome ante la pasión que sentía por él, rindiéndome ante él mismo, mi única debilidad y mi único verdugo. Edward me devolvió el beso con la misma impaciencia e insistencia que yo sentía, con que yo le había besado y estaba besando ahora. No importaba nada más en ese momento, sólo sus labios, mis labios, yo y él. El tiempo parecía no haber existido nunca, y la eternidad le substituía, y no parecía haber razón para nada más.
Y por primera vez en meses, pude tocarle el rostro, memorizar cada detalle, aunque se tratara de una pestaña, o de la textura de la piel de su frente. También memorizaba cada nuevo encuentro de nuestros labios, que se reunían de un modo desesperado, de un modo que antes no hubieran podido estar sin poner en peligro mi vida. Irremediablemente, como si se tratara de dos imanes, se acercaban y se separaban, tan sólo para volverse a juntar. No había remedio alguno para aquello. No había solución. Me habían traicionado, yo había traicionado, me traicionaban, y yo estaba traicionando en aquel mismo momento, como Dalila a Sansón. ¿Pero qué importaba? Como si se tratara de un espejismo, Edward había vuelto a mí, y todo lo que me había parecido imposible, se había vuelto posible de una extraña manera.
Recent Comments