Caos

Cuarto capítulo: Renuncia

“-¡Oh, Bella, has estado magnífica! -Heidi se abalanzó sobre mí, con una sonrisa orgullosa en su hermoso rostro, con los ojos violeta brillándole. Y yo correspondí a su abrazo, necesitando por un momento alguien en quien apoyarme.

Porque, al mismo tiempo de aceptar que él era mi eterna razón de mi existencia, mi eterna pasión, había aceptado otra cara más oscura. Un dolor, un monstruo, un poder en mí que no era otra cosa sino parte de mí. Sino yo misma. Incluso los rostros de los Volturis me lo confirmaban. De Aro, de Cayo, de Demetri, de Heidi, de Felix. O de Iulia y Flavia, incluso. Me confirmaban que ya no era la misma. Que por ello mis ojos eran terroríficos, tan rojos. Que era un monstruo, alguien dominado por el odio y el dolor. Porque ya no había vuelta atrás. Porque, de alguna manera, ya formaba parte de ellos.”

Los días habían ido pasando de una manera desigual, con saltos extraños y treguas insoportables, pero pasar, pasaban, como en un reloj de arena donde, poco a poco, los granos van cayendo, acumulándose más y más hasta llegar a un fin, y al girar el reloj, vuelven a caer una y otra vez, sin fin, repitiendo el proceso. Aun así, pasaban de una manera más amena que durante los cuatro meses anteriores a su marcha; con más amargura pero también con más novedades a mi alrededor, en una combinación peculiar. Debía gran parte de mi distracción a mi continuo apetito de sangre, más importante que cualquier otro, que me ayudaba a desconectar por unos instantes del sufrimiento, a una versión de mí misma en un sentido más instintivo.

Aparte de la sed de sangre, presente en mí cada minuto de existencia con más o menos intensidad, había otros hechos a mi alrededor que me ayudaban a distraerme. Heidi, Felix, Aro… Cuanto me rodeaba me resultaba nuevo o atractivo de alguna manera, despertando mi curiosidad, distrayéndome de vez en cuando. Como días antes, cuando llegaron Jane y Alec. Ambos eran criaturas, que debían haber sido transformados con ocho o nueve años ya que, según me había contado Aro, les habían salvado de la hoguera siglos atrás, cuando la gente había creído que eran luteranos.

-Alec, ¿se puede saber por qué me odia tanto Jane? -le susurré burlonamente en la oreja de Alec. Nos encontrábamos en la sala circular, donde estaban todos los Volturis y ahora, incluso yo ocupaba uno de aquellos tronos, sentada al lado de Alec y de Heidi. Afortunadamente, Jane no me estaba escuchando, pues estaba junto a Aro, que le estaba prestando toda su atención, como un padre a su hija pequeña.

-Mi hermana me ha prohibido que te lo diga. Lo siento, Bells. Aunque no es que sea tampoco difícil de adivinar -se rió con esa risa de niño, alegre y juguetona, llamándome por la manera en que solía llamarme Charlie. A diferencia de Jane, a Alec no parecía disgustarle mi presencia. E incluso se podría decir que me consideraba una especie de hermana mayor.

-Gracias por la pista, si se le puede llamar así -le revolví los cabellos, de un tono más oscuro que el de su hermana, a la que volví a mirar fijamente. Los dos hermanos podían presumir de un rostro adorable que hubiera puesto en ridículo al de cualquier otra criatura de su edad, con unos escalofriantes ojos rubíes, pero atractivos. Jane, con sus facciones hermosas y su pelo corto, parecido al de otra vampira que había conocido antaño, miraba a Aro como si fuera el único que existiese en ese momento.

-Voy con ella. Parece que Aro le va a regalar comida extra y éso no me lo pierdo. ¡Yo también quiero! -en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba junto a su hermana que se rió con las cosquillas que Alec le hacía, pero que detuvo al verme por el rabillo de su ojo. Una vez más, intento hacer sentirme dolor, con odio. Una vez más, falló.

Y me giré hacia Heidi, para comentarle lo de Jane. Pero ella estaba demasiado ocupada rodeando con sus brazos una vez más a Felix, encontrando sus labios una y otra vez de manera imparable. A pesar de que Aro les había regañado, diciéndoles que no se comportaran de esa manera frente a todos, parecía inevitable que lo hicieran. Incluso les debía parecer más tentador, ya que se les prohibía. Sin querer que mi agujero me engullera más todavía, me volví hacia el asiento vacío de Alec, que ahora estaba ocupado por Demetri.

-Nunca pararán, ¿eh? Me parece que Felix es un pelín demasiado activo -comentó Demetri casualmente, con una sonrisa maliciosa en la voz.

-Heidi también, por lo que parece -no pude evitar reírme débilmente, a mi pesar. Fue en ese instante cuando recordé qué podía pretender Demetri con todo aquello. Y volvió a cogerme de la mano, provocando que girara mi cara automáticamente hacia él, mientras me daba un apretón cariñoso-. Demetri, ¡ya te dije que no quiero!

-¿Pero qué hay de malo en ello, Bella? -silenció mis labios con el dedo índice, intentándome decir que me equivocaba. Y aparté con mi mano la mano que me había cogido. Demetri había sido muy amable desde que le había conocido, un buen amigo. Era tranquilo y sincero; y a su lado podía sentirme sólo un poco mejor por la extraña calma y quietud que se respiraban a su alrededor. Pero allí acababa todo. Sin embargo, él insistía una y otra vez en que fuésemos algo más lejos, a pesar de mi continuo rechazo.

-Yo seré un pelín demasiado activo, Demetri, pero al menos no me rechazan -Felix se rió de forma explosiva, señalando a Demetri con un dedo acusativo. Inmediatamente, Demetri se abalanzó sobre él, y empezaron a discutir y a repartirse puñetazos. Heidi, que había quedado oculta tras el gran cuerpo de Felix, me sonrió con suficiencia, pero yo no pude devolverle la sonrisa. Como un rayo parte en dos un árbol al estallar en su cuerpo, una terrible certeza recorrió mi cuerpo por todas sus partes, como si el dolor fuera la sangre de mis venas y cerré los ojos, poniendo mis manos en las orejas, como si no quisiera escuchar el eco de un recuerdo.

Porque, inevitablemente, aquella situación me había recordado a otra. Cuando la felicidad todavía existía para mí, quizá en exceso. En aquella situación, Edward y Emmett se habían peleado por un motivo similar, discutiendo sobre la vida sexual de Emmett y Rosalie. Y era que, Felix, con aquel humor, con aquella espontaneidad, me recordaba a Emmett. O Heidi, a Rosalie, con su físico extraordinario. Incluso Jane, con su pelo corto, me recordaba a Alice. Y el dolor me dejaba sin aliento, casi descontrolándome en su intensidad. Ese horrible, espantoso dolor siempre acudía con más fuerza a mi cuerpo como un calambrazo, cuando recordaba sus nombres, sus rostros, o cualquier hecho con que guardara relación. Sólo se calmaba cuando el recuerdo desaparecía de mi mente.

-Parad ya. Hay cosas más importantes de las que ocuparse, ¿no os parece? -la voz estridente de Flavia nos regañó. El dolor desapareció al desaparecer el recuerdo; Felix y Demetri se detuvieron y se levantaron, con semblante avergonzado-. ¿No deberíais estar yendo hacia Florencia, a matar a esa panda de novatos que van a descubrir nuestro secreto si continúan así?

-¿Qué ha ocurrido? -pregunté, desesperada. Necesitaba cuanto antes una nueva distracción, algo que me llamase la atención para que el agujero no volviera a engullirme en cuestión de segundos.

-Oh, ¿pero es que todavía no se lo habéis contado? -esta vez fue Iulia quien habló, junto a Flavia, con una expresión de pena, dirigida a mí-. No te preocupes, Bella, es tan sólo una oportunidad más para demostrar tu gran poder devastador. Con que vayáis tú, Heidi y Felix ya será suficiente. ¡Oh, me olvidaba! Seguramente que Jane también sea necesaria, para ayudarte.

Y al decir aquello, sin duda alguna, intentaba atemorizarme, imitándome en las palabras que le había dicho días atrás. Pero por muchas palabras que pronunciara, no me provocaría miedo alguno. ¿Por qué debería atemorizarme de una “panda de novatos”, cuando lo único que podía hacerme daño realmente era el monstruo que yo era, mi daño interior? ¡Ése era mi único temor posible! Y Flavia y Iulia se alejaron, paseando por una zona de la habitación que hizo arrancar a sus pieles chisporroteos gracias a la luz del sol.

Por un momento, nadie dijo nada, todos nos quedamos absortos observando a las dos mujeres que ya estaban en el otro extremo de la habitación, charlando alegremente, como si nada hubiera sucedido. Pero Jane apareció delante de nosotros, sonriendo como una niña pequeña a la que le llevan a un parque de atracciones. Sonrisa que, por supuesto, desapareció en cuanto su mirada se encontró con la mía, intentando nuevamente provocarme dolor, sin obtener resultado. Resignada, suspiró y dirigió su mirada hacia Felix y a Heidi.

-Vamos, antes de que sea demasiado tarde -su voz era autoritaria, seca, y como sus deseos fueron cumplidos. Felix, Heidi y yo nos levantamos, dirigiéndonos hacia la puerta que gruñó al ser abierta, protestando imposiblemente por nuestra ida. Pero antes de que pudiera dar un paso más y salir, alguien me agarró del brazo, impacientando a Jane.

-Siento haber hecho éso antes, Bella -Demetri se disculpó, mirándome con ojos avergonzados-. Pero al menos, piensa en ello, aunque luego rechaces la idea. ¡Pero piensa en ello, al menos!

Asentí inmediatamente mayormente porque Jane se estaba desesperando y no quería causarle aún una impresión peor a la que ya debía tener de mí. Y desaparecí tras la puerta, uniéndome a Heidi, Felix y Jane. Para mi suerte, Heidi y Felix estaban demasiado ocupados, hablando de asuntos personales, y a Jane no es que pudiera dirigirle la palabra, precisamente, por lo que opté por observar los largos túneles que recorríamos. Parecían antiguas alcantarillas que ya no se utilizaban, construidas con piedras que tan sólo proporcionaban un aire más antiguo al lugar y supuse que probablemente habían sido de la época de los romanos.

Después de recorrer lo que parecía un laberinto de túneles y más túneles oscuros y húmedos, Jane se detuvo, mirando hacia el techo, donde había una roca que destacaba entre las demás, como si por allí se saliese al exterior. Tosió disimuladamente a Felix para que se ocupara él de moverla, pues era más alto que ella y, cuando ya hubo apartado la piedra y Felix la levantó del suelo para que subiera, la pequeña Jane se rió de emoción, y su risa sonaba como el arrullo de un bebé. Y cómo no, Felix tuvo que subirnos inevitablemente a mí y a Heidi, a quien no pudo evitar sonreír.

-¿Y ahora qué? -le pregunté disimuladamente a Heidi, sin saber muy bien qué pasaría a continuación, aunque ya me hacía una vaga idea, que provocó que me estremeciese.

-A correr, obviamente. No te preocupes, Bella. Tan sólo tienes que seguir el rastro de nuestra olor -me dirigió una media sonrisa y al abrir nuevamente los ojos, ya no la vi allí, ni tampoco a Felix o a Jane. Era como si hubieran desaparecido o como si nunca hubieran estado allí.

Y comencé a correr, sin saber muy bien cómo. Simplemente, me dejé llevar por mí misma, poniendo todas mis fuerzas en correr, intentando no caerme cuando la raíz de un árbol era demasiado traicionera o una piedra demasiado grande. Fue en una de mis caídas cuando me di cuenta de dónde estaba: ¡al aire libre! Los árboles que había a mi alrededor del bosque en el que me encontraba, el viento que movía mi pelo, el sol brillando a lo alto del cielo, el ruido del revoloteo de los pájaros huyendo espantados de las copas de los árboles… ¡Era cierto, estaba fuera!

Por primera vez en mi vida, no temí correr y una sensación de libertad recorrió mi cuerpo. Habían pasado tantas semanas desde que no había salido al exterior, semanas en las que sólo había estado encerrada junto a los Volturis. Y ahora disfrutaba extraordinariamente del viento que chocaba contra mí mientras corría a una velocidad increíble, veneraba el olor fresco y natural del bosque; o incluso al caerme una y otra vez, el tacto de la tierra, de las hierbas resultaba agradable en mi piel. O los rayos del sol, arrancando brillos a mi piel.

Pero todo ésa extraña libertad que había sentido un momento atrás se convirtió en el dolor provocado por un recuerdo. El brillo de una piel, el choque del viento al correr a gran velocidad, o simplemente, el bosque. Y él, más hermoso que nunca, pronunciando unas palabras que sólo resultaron ser mentira. De manera imparable, otro calambrazo de dolor, de añoro y de rencor recorrió mi cuerpo, con una intensidad más extraordinaria que la anterior y volví a caerme, esta vez, sin disfrutar de la naturaleza. Todo cuanto había visto de hermoso en ese bosque, se volvió una pesadilla y me levanté, corriendo, corriendo desesperadamente, huyendo de un recuerdo demasiado delicioso, mientras el dolor seguía torturándome como si me clavaran agujas una y otra vez, pequeñas pero dolorosas.

Finalmente, llegué a un lugar más ameno para mí, donde se encontraba Heidi, sentada en una roca, saludándome sin pronunciar palabra. Y el dolor se calmó, quizá por la diferencia del lugar, quizá porque ya había atacado bastante. Donde nos encontrábamos, era una zona con pocos árboles, algo más rocosa que la anterior, y para mi suerte, no la identifiqué con recuerdo alguno. Y me dirigí hacia donde estaba Heidi, quedándome todavía más atónita. ¡Era demasiado hermosa, demasiado increíble! Heidi brillaba como si ella misma fuese el sol, como si poseyera luz propia. Observándola todavía, me senté a su lado.

-Has llegado algo tarde, Bella, ¿te has caído? -se rió, despertándome de mi ensimismamiento, y me miré la ropa que llevaba, con alguna mancha por aquí y por allá-. Jane y Felix están vigilando la zona, preparados para cuando vengan los atacantes.

-¿Qué atacantes? -y me di cuenta que era tal y como había dicho Iulia: no sabía exactamente qué tendría que hacer, o que estaba ocurriendo.

-Pues al parecer se trata de una pandilla de diez neonatos o así, que ya nos persiguieron desde Seattle, cuando tú llegaste. Al no tener mucha experiencia, han tardado en localizarnos, pero ahora que ya lo han hecho… -me observó curiosa durante un momento antes de continuar-. ¡No pongas esa cara, mujer! Con tu poder y el de Jane será cuestión de segundos. Tú los atraes más hacia nosotros, y luego Jane se ocupa de darles una buena proporción de su medicina. Los decapitamos, los quemamos, ¡y asunto solucionado!

El tono que estaba utilizando, tan amenazador pero cómico a la vez, me hubiera puesto los pelos de punta anteriormente, pero ya no. Y no le contesté, por un momento, hasta que me di cuenta de que debía aprovechar ese momento, en que Felix no estaba alrededor para hablar con Heidi. De alguna manera, necesitaba alguien con quien hablar, necesitaba una amiga. Y ella lo era.

-¿Heidi…? -le pregunté, sin atreverme a mirarle a los ojos, clavando mi vista en el suelo-. Demetri me ha pedido que esté junto a él, por decirlo de alguna manera. Pero no como novios o algo así, sino más bien algo como lo tuyo y lo de Felix… Y no sé qué hacer. Demetri es una buena persona, pero…

Por un momento, Heidi tampoco dijo nada, tan sólo me observó fijamente, como si estuviera analizando mi expresión. -Pero tú siempre querrás a aquel de la familia de Carlisle, ¿verdad? -arrancó las palabras de mi pensamiento, al tiempo que el dolor empezaba a volver a recorrer por mí-. Bella, los vampiros no olvidan su amor, nunca, jamás. Es algo aterrador, ¿sabes? Sobre todo mirando a Marco y lo que a él le sucedió.

-¿A Marco? -la sorpresa sustituyó a mi anterior dolor. Y recordé a Marco, aquel vampiro que me habían presentado y que sólo me había dirigido una mirada de espanto, y que raramente decía algo a alguien.

-Sí, Marco, aunque no lo parezca -su mirada se perdió en el territorio rocoso, sin fijarse en ningún lugar en particular y volvió a mirarme-. Antes de mi llegada, o de la de Felix, por lo que alcanzo a saber, Marco no era como es ahora. Al parecer, era tan optimista como Aro, pero siempre tan ansioso de poder y prudente como Cayo. Y Marco tenía una mujer llamada Aemilia. Pero en una batalla que hubo hace más de quinientos años, Aemilia murió. A partir de entonces, Marco es como lo ves ahora, Bella: carente de emociones, condenado a sufrir la pérdida de su amada para toda la eternidad. ¡Debe ser horrible amar! Los vampiros que aman, Bella, ya no tienen olvido posible. Es como un compromiso eterno: un amor intenso, eterno, inolvidable. Hasta ahí, es hermoso, pero si por casualidad tu pareja muere… Bueno, Marco es un buen ejemplo de ello.

Y aunque abrí mi boca para hablar, no salieron palabras de ella. Aquella historia me había dejado sin aliento, y me atacó el dolor en cuanto fui capaz de pensar. No porque temiera no olvidarle -porque ya lo había sabido incluso antes de la explicación de Heidi, que no había olvido posible-, sino porque aquello quería decir que había algo peor que lo que yo me había convertido. Si yo aún sentía dolor, odio, rencor y todo lo peor posible, aún existía el no sentir nada, que era aún peor que aquello. Y por un momento, agradecí el poder sentir algo, aunque fuera doloroso, aunque me torturara o dañara. Sentía. Y el simple hecho de sentir era mejor que no sentir nada. Yo era un monstruo que albergaba odio y amargura, pero no me había convertido en un zombi, en el que ni el odio era posible.

-¿Pero y tú y Felix, Heidi? ¿Qué pasaría si…? -no quise acabar la frase y miré el rostro de Heidi, esperando alguna fuerte reacción por su parte.

-Eso te iba a contar, Bella -me sonrió de una manera tan dulce que me sentía en deuda con ella-. Deberías aceptar la propuesta de Demetri, aunque sólo fuera algo… físico, por describirlo de alguna manera. Verás… Felix y yo, Bella, no nos queremos. Ni nos querremos como una pareja, sólo como amigos. Y precisamente es por ello que estamos juntos. ¿Cómo explicarlo…? Al ver cómo ha acabado Marco, nos dimos cuenta de que no queríamos acabar así, de que era mejor no amar si eso significaba tanto dolor y para colmo, eterno. Renunciamos a amar, pero no por ello significa que renunciemos a otros apetitos como el deseo sexual es. Es decir, evitamos daños innecesarios. Y compartimos apetitos, nos apoyamos y confiamos en nosotros, aunque no nos queramos. Si nos separamos, bien. Si seguimos juntos, bien también. En caso de que el otro muriese, lamentaríamos su muerte, pero no nos sucedería como a Marco y seguiríamos adelante.

-Como renunciar a ese compromiso eterno, pero teniendo un amigo con el que se comparte el deseo, sin que éso implique sufrimiento, ¿verdad? -resumí en unas cuantas palabras.

-Algo así -me volvió a mostrar la misma sonrisa dulce, pero que se desvaneció enseguida al ver que dos siluetas se acercaban hacia nosotros y detrás de ellas, diez sombras-. ¡Ya vienen! ¡Atenta, Bella!

Mientras esperaba a un acercamiento más próximo, una certeza recorrió mi cuerpo: Edward nunca, nunca me había querido, ni me querría. Era una certeza que ya había adivinado, pero esta vez sus raíces penetraron más en mí. Si él me hubiera querido o amado verdaderamente, si le hubiera importado algo, él jamás se habría marchado de mi lado. Porque sino, hubiera sufrido, como Marco, que ya no tenía a su Aemilia. Porque sino, simplemente me hubiera transformado o se hubiera quedado junto a mí. Y la verdad, amarga y llena de odio, era demasiado cierta: yo sólo había estado un capricho para él. Y él sólo había fingido su amor por mí, para estar cerca de ese olor que le era tan querido.

Dicen que la verdad es mejor no saberla, a veces. Era mentira. Para mí, esa verdad sólo significaba algo más de dolor, que aguantaría queriendo o no. ¿Qué importaba sufrir algo más, al fin y al cabo? Sentía odio, amargura. Pero sentía. Si él había querido destrozarme, no lo había conseguido: no estaba muerto. Y no se moriría, ya que yo no le había importado. Al menos podría seguir existiendo. Con un amor odiado y un odio amado. Pero sentiría. Y perdería el control, como ahora. Y aun así, aún habría algo.

Y presté atención a las sombras que se acercaban, para descargar mi odio en ellas. Las atraje como un imán atrae a hierros débiles, sin piedad, dejándoles parados, sin poder mover ninguna articulación. ¡Vaya, otra maravilla de mi poder! Si podía moverlos contra su voluntad, también podía detenerlos. Y miré alrededor, fijándome en un vampiro rubio que tenía aspecto de ser el que había encabezado aquella batalla de niños y lo atraje hacia mí, cogiéndole con las manos el rostro.

-¿Cómo te llamas, joven? -le pregunté con amarga dulzura, acariciando su pelo rubio, mirando sus intensos ojos rojos. Sin duda, debía haberse alimentado mucho.

-Riley -respondió, con una expresión como la de un conejo que ve, espantado, como el águila se acerca. Pero recordó su motivo de estar venido aquí y me miró con odio, con unos ojos felinos-. ¡Tú, fuiste tú, quien mató a Victoria! ¡Tú! -y asentí, con una dulce sonrisa en mi boca. ¡Vaya con Victoria! ¡Sí que había hecho amiguitos!-. ¡Te mataré, bruja del infierno! Y a ésos demonios, también. ¡No perdonaré que me hayas quitado a mi amor!
-¿Riley, verdad? ¿Y dices que tu Victoria era tu amor? Malas noticias, pues -fruncí el ceño, como si le tuviera compasión alguna y dejé de acariciar su pelo-. Tu queridísima Victoria no te quería. Ella amaba a su James, por eso me quiso matar a mí. ¿Y te debió decir que te quería, no? ¿Que te amaba con locura? Y, por supuesto, te pidió que la ayudaras a matarme. ¡Tan propio de ella, de tu Victoria! ¡Pero qué lástima que no fuera tuya, sino de otro, que sólo te engañara por la muerte de otro! -él cerró los ojos, como si estuviera inconsciente-. Pero bueno, Riley, demasiado tarde para darse cuenta de cómo son las cosas. Ya has actuado a su merced y morirás al suyo, también. Pero tranquilo, al menos no morirás engañado.

Y me alejé unos pasos hacia atrás de él, mirando a Jane, que a regañadientes, les dio su recompensa al grupo, que no se movieron, torturados en silencio, y quietos como cadáveres. Y los cuatro entramos en acción, como si fuera una norma dictada. Y efectivamente, Heidi había tenido razón, pues no era extraordinario: una cabeza por aquí, un brazo por allá, se cogen los trozos obtenidos y se queman a la hoguera, para que desaparezcan. ¡Como si estuviéramos siguiendo una receta de cocina! Pero esa receta, queriendo o no, logró que mi dolor se calmara, volviendo al estado de siempre: torturándome bastante, pero no en exceso.

Tras la felicitación de Heidi y Felix por mi brillante actuación, y una mirada sin odio ni reproche por parte de Jane, que por una vez, no había intentado utilizar su poder en mí, volvimos, corriendo por el bosque, por los árboles, recorriendo el laberinto de túneles de antes. Pero esos árboles, ese paisaje que antes me habían torturado, ahora ya no tenían poder alguno en mí, porque poco a poco, iba volviéndome menos humana y convirtiéndome en más monstruo, y aquello fue lo que, precisamente, me llevó a tomar una solución en el asunto de Demetri.

Inmediatamente, al llegar al interior del castillo de los Volturi, al finalizar el laberinto de oscuros túneles, Felix me dijo dónde se encontraba la habitación de su amigo, con una sonrisa traviesa en los labios. Y Heidi me dedicó aquella misma sonrisa dulce, y se la devolví, con convicción, porque ella tenía razón: no perdía nada con ello, no me podía provocar sufrimiento alguno. Incluso llegaría a descubrir nuevas sensaciones, nuevos apetitos, ya que, aunque no llegara a amar a nadie más que a Edward, éso no significaba que debiera renunciar a otras cosas. Y no estaba traicionando a nadie, ¿no? Edward había sido el que había decidido dejarme, el que no me había querido, por lo que poco le importaría lo que hiciera.

Y llamé a la puerta de Demetri, que inmediatamente abrió, mirándome con curiosidad. Antes de decirle nada, me limité a entrar, y cerrar la puerta tras de mí.

-Demetri, lo que tú buscas es algo como lo de Heidi y Felix, ¿verdad? -mi voz sonaba indiferente, como si estuviéramos hablando del mal tiempo que hacía o de que había nevado mucho aquel invierno.

-Sí, Bella, algo así -me respondió con calma, sentándose en el borde del sofá de su habitación, parecida a la mía. Ambas tenían las paredes de un color rojo oscuro, con un suelo de color negro, y con muebles caros, con toques grecorromanos. Desde luego, caracterizaban muy bien el carácter de los Volturi.

-He hablado con Heidi sobre ésto -me senté a su lado, ni demasiado cerca ni demasiado lejos-. Me ha contado la historia de Marco, el porqué de todo ésto. Y he estado pensando en lo que me has dicho. No tendría nada que perder, ni me causaría sufrimiento. Seríamos amigos, como somos ahora, apoyándonos y confiando el uno en el otro… con la diferencia de compartir otros sentimientos. No lo encuentro una mala idea, Demetri, es más, acepto tu propuesta. No creo que sea tan horrible como me parecía. Además, a tu lado me siento… bien. Me gusta tu tranquilidad, tu calma.

-Prometo no decepcionarte, Bella. Y a propósito, gracias por aceptar. Seré un buen compañero -dibujó una sonrisa tranquila en su rostro, a la que correspondí. Y era verdad, a su lado todo me sentía sólo un poco mejor. Demetri era alguien tranquilo, con quien podía respirar calma, que era todo lo que podía pedir en esos momentos: estabilidad, aunque sufriera, que todo se me hiciera algo más ameno.

Y sus labios encontraron los míos. Y no se sentía mal de todo, porque todo era más fácil de esta manera: distrayéndome, abandonándome a mis apetitos, con lo que mi dolor no era tan intenso, o no era tan consciente de él. Como había dicho Heidi: no tenía nada que perder, e incluso ganaría alguien en quien confiar plenamente, en quien apoyarme. O descubriría cosas a las que creía haber renunciado pero, que de alguna manera, podían volver a mí. Y sentiría. Yo sería un monstruo, no un zombi. Y cogí las manos de Demetri en las mías, confiando en esa pequeña esperanza que prometía algo de estabilidad en mi vida a cambio de perder parte de la que había sido, de la que no volvería a ser.