Caos

Prefacio y primer capítulo: Neófito


“-¿Por qué me mintió hasta el final? -prosiguió-. ¿Dónde se encuentra? Aquí no… en el cielo tampoco… y no se ha extinguido… Entonces, ¿dónde está? ¡Ah!, dijiste que no le importaba nada de mis sentimientos. Pues yo voy a rezar una plegaria y a repetirla hasta que la lengua se me seque. ¡Catherine Earnshaw, ojalá no encuentres descanso mientras yo siga con vida! Dijiste que yo te había matado, ¡pues entonces persígueme! Las víctimas persiguen a sus asesinos. Yo creo que hay fantasmas que vagan por el mundo, lo sé. Quédate siempre conmigo, bajo la forma que quieras, ¡vuélveme loco! Pero lo único que no puedes hacer es dejarme solo en este abismo donde no soy capaz de encontrarte. ¡Oh, Dios mío, es inconcebible! ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!”

Heathcliff; Cumbres Borrascosas de Emily Brönte

Prefacio

Caos. Aquella era la palabra más adecuada para describir cuanto estaba sucediendo. Una tragedia, un caos. Algo inevitable, que no se podía parar. Algo con lo que todo acabaría, con lo que todo perdería el sentido y desaparecería como si nunca hubiera existido. Y precisamente yo, era su causa y podía pararlo. Yo y nadie más. Y quería pararlo, pero era incapaz. El monstruo de mi interior, superior a mí ante todo, me vencía. Mi verdadero “yo” presenciaba todo, consciente, pero derrotado, mientras el momento se acercaba más y más, lento como un siglo, pero rápido como un huracán que lo arrasa todo a su paso. ¿Qué podía hacer yo, después de todo, para pararlo?

Demasiado repentino. No podía controlarme, no podía dominarme, y el monstruo seguía moviendo mi cuerpo, habiendo yo perdido todo su dominio. Sin embargo, por unos instantes, podía ser consciente de mis pensamientos, podía ser en parte la persona que había sido antes. Y cuanto más “yo” me volvía, más se apoderaba de mí mi monstruo, como si estuviese dividida en dos conciencias, en dos seres. Uno, era Bella. Una Bella desaparecida durante tiempo, que tan sólo esperaba el regreso de un sueño imposible. El otro, era el odio, el daño, el sufrimiento, y todo lo oscuro que había albergado durante esos años. Mi “yo” superior a mi otro “yo”.

Demasiado deprisa. Todo transcurría demasiado deprisa. Y ya podía ver la silueta que provocaba que me estremeciera, que las emociones, tanto las buenas como las malas, fueran demasiado intensas, demasiado apasionadas y que el control huyera de mí. Distinguía el resplandecer de su piel bajo el sol, tan sólo embelleciéndole más, hasta límites inesperados. Éso acabó conmigo, con mi yo, y el monstruo me venció, me engulló. Y ya no podía ser yo nunca más. Era el caos.

Demasiado tarde. Para mí. Para todos.

Neófito

Grité por enésima vez de dolor. Un dolor algo familiar, físico, que recorría mis venas, quemándolas, como si el fuego fuera mi sangre y fuese la primera vez que recorría mi cuerpo. Aun así, no dolía con tanta intensidad ni tampoco de la misma manera que el que también continuaba sufriendo en aquellos momentos y más que nunca: el dolor del agujero de mi pecho, que ardía con más intensidad que antes, aún más profundo por la ponzoña que me iba cambiando, o por el recuerdo de aquella situación que ahora parecía un sueño, cuando a él parecía haberle importado, en una época muy distinta de mi vida, cuando aun existía un futuro, un amor para mí. Sin embargo, ahora todo era dolor, dolor y más dolor. Y sufrimiento. Y aflicción, pena. Y nadie estaba ahí para parar mi transformación. Nadie.

Y a pesar de todo, me recordé que había sido yo quien había ido hacia el cebo, ¿pero quién no hubiera ido, tanto en mi caso como en el de otros? En medio Seattle, al ir en una excursión con el instituto para informarnos sobre su universidad, allí, donde menos lo había pensado, había aparecido alguien más pálido que yo. Alguien extraordinariamente bello para ser real. Y yo, desesperada y zombi, tal como había sido, me había dirigido automáticamente hacia la silueta acompañada por personas humanas.

Fue entonces cuando mi corazón había latido tras meses de inactividad, al ver a la desconocida vampira vestida con ropa ceñida, realzando sus piernas esbeltas, y con una lustrosa melena de color caoba. Pero no fue sólo su naturaleza lo que me llamó la atención, sino sus inusuales ojos violetas, cuando se giraron a mirarme, al ver a una humana acercarse. Y mi subconsciente me había alertado de que corría peligro, de que la anormalidad de aquellos ojos no era sino algo malo. A pesar de ello, yo me había dirigido sin dudarlo hacia allí porque, por mucho peligro que hubiera supuesto, después de tantos meses sin la adrenalina recorriendo mi cuerpo, sin el latido de mi corazón alocado y sin sentir curiosidad, quería comprobar que no me había imaginado la existencia de aquellos seres, quería saber si quizá supiera algo de cierta familia con ojos topacios… o simplemente, conocerla.

Y ahora me encontraba en algún lugar del planeta Tierra, en algún momento del día o de la noche. Porque ni siquiera me había dado tiempo a decir algo al ver a la misteriosa vampira. Había sido verla y sentir el adormecimiento, cayendo rendida. Y después, horas o minutos más tarde, una quemazón había empezado en mi cuello, extendiéndose por mi cuerpo lentamente, torturándome. Pese a no saber cuánto hacía que había empezado, supuse que no quedaba mucho, y volví a aullar de ambos dolores, de los que uno permanecería eternamente.

-¡Fantástico, Heidi, ésto es maravilloso…! -celebró una voz masculina con entusiasmo, felicitando a alguien. No pude alcanzar a oírlo todo, pero entendí una nota de gran alegría en esa voz-. Sin duda, hubiera sido un gran despilfarro no haber encontrado a esta chica. ¡No había visto nada tan prometedor desde Jane y Alec!

-La verdad es que no esperaba yo tampoco encontrar algo así, maestro Aro, tan sólo iba de caza. Ha sido toda una casualidad encontrarla. Y sin duda alguna, alberga un gran poder -respondió la tal Heidi con voz sedosa y una sonrisa en la voz.

-Desde luego. De hecho, Jane ha intentado atacarla, pero no ha surtido efecto. Y al parecer, Alec tampoco lo ha conseguido. Cuando despierte, habrá que ver qué pasa conmigo -Aro, quienquiera que fuese, estalló en carcajadas, a las que se unió Heidi. Y no pude oír más conversación.

Aun así, pensé en lo que había oído. Claramente estaban hablando de mí, como si se tratase de un gran descubrimiento. ¡Ah!, pensé, ¡de haberlo sabido otros quizá…! En ese momento, además del pensamiento que me influyó, volví a chillar por el intenso dolor que albergó mi cuerpo durante unos instantes, mil veces más potente que en los momentos anteriores, como si estuviera acabando de una vez por todas, como si, afortunadamente, la tormenta se calmara. Y se calmó, desde luego, pero lentamente. El fuego se apagó sin que nadie lo apagara, como si las llamas no pudieran quemar más y se hubieran cansado de arder.

Pero algo se quedó en mí a medida que ese dolor se desvanecía. Algo que no había esperado que quedara: el mismo dolor en el pecho, el mismo agujero que tenía de humana, sólo que más intenso, como lo debería ser ahora mi belleza, mi fuerza, mi palidez. Todo más intenso, más poderoso. Y sin embargo, esa amargura, ese dolor tenían que haber estado más fuertes que nunca, influyéndome, dominándome como siempre habían hecho. Pero ahora no había sopor posible. Sólo la sensación de eternidad, de rejuvenecerme en mi cuerpo. Éso y el dolor dominante a cualquier cosa.

-¡¡No!! -grité, sentándome en el lugar donde estaba tendida y poniendo las manos en las orejas, al darme cuenta de la certeza que aquéllo traía consigo: aquella amargura, aquel dolor… eternos. Si apenas habría logrado sobrevivir cuando era humana, ¿cómo iba a sobrevivir ahora, sin sopor alguno? Sí, sobreviviría, porque los vampiros son casi imposibles de herir, pero sería una tortura cada instante de la eternidad, una tortura sin fin que…

Y me encontré con dos pares de ojos fijos en mí, intensamente rojizos, como rubíes. Y en ese mismo instante, reconocí la bella y sugerente silueta de la vampira de Seattle, probablemente Heidi. Y a su lado, de pie también, el tal Aro. Aro. Un vampiro con un extraño color pálido en la piel, como de cebolla, y una melena negra que le caía por la extraña túnica que llevaba. Inmediatamente unos dolorosos recuerdos cruzaron mi mente con la rapidez que una estrella fugaz cruza el cielo nocturno.

-Los amigos de Carlisle fueron una gran fuente de inspiración para Francesco Solimena. A menudo los representaba como dioses -rió entre dientes-. Aro, Marco, Cayo -dijo conforme iba señalando a los otros tres, dos de cabellos negros y uno de cabellos canos-, los patrones nocturnos de las artes.

Su voz no sonó en mi mente, ni apenas su eco. Más bien era como leer las letras de un periódico, con imágenes del recuerdo aquí y allí de mí y de él. Pero precisamente por el simple hecho de rememorar ese momento, de recordar sus palabras, el eterno agujero de mi pecho me dolió más que en ningún otro momento de todos, como un agujero negro que estuviese sorbiendo el dolor de todo el mundo y me lo diera a mí. Intenté concentrarme en la distracción de la identidad de Aro, pero apenas pude dedicarle un pensamiento. O sea que, por casualidades de la vida, había acabado otra vez en manos de vampiros. Y transformada. Pero el tacto de una mano en la mía, hizo que dejase de pensar, aunque no disipó mi dolor.

-¡Bienvenida, jovencita! No te habrá dolido mucho, ¿verdad? Supongo que no -me saludó con entusiasmo Aro, cogiendo mi mano y apretándola con suavidad, como si me hubiera conocido de toda la vida. Y su mano parecía delicada, como si el viento pudiera cortarla y herirle-. Vaya… Tal y como habías dicho Heidi: no funciona. ¡Fascinante! ¡Qué buena incorporación hemos logrado! Por cierto, ¿cómo te llamas?

-Isabella -mi voz sonaba confundida, como yo misma estaba y me soltó la mano. ¿De dónde sacaba tanta confianza? Aun así, debía reconocer que era alguien simpático. ¡Ya hubiera querido yo poder tener entusiasmo en esos momentos!

-Isabella, ¿eh? Un nome prezioso -comentó en lo que parecía ser italiano, aunque no estaba muy segura de ello-. Y por cierto, ¡perdón, que no me he presentado!, yo soy Aro. Verás, Isabella, debes estar sintiéndote muy confusa, ¿eh?, pero no te preocupes. ¡Ésto es lo mejor que podía pasarte, créeme!

-Preferiría que me llamara Bella, a secas -intenté esbozar una sonrisa breve en mi rostro. Incluso sonreír a aquel alegre vampiro resultaba un gran esfuerzo.

-Por supuesto, Bella. A propósito, todo ésto debe resultarle raro, pero no te preocupes, como antes te he dicho. ¡La preocupación es, sin duda, un sentimiento innecesario en este caso! Y más en el tuyo, querida. En fin, a lo que iba… es difícil de creer, e incluso inconcebible, ¡pero eres una…!

-Vampira -la palabra salió de mis labios al mismo tiempo que de los suyos, y enseguida tanto él como Heidi, que se había mantenido al margen de todo, pusieron sus bocas en forma de “o”, sorprendidos porque yo supiera lo que ya me había convertido. Y me levanté de la cama, poniéndome de pie por primera vez desde me había transformado y me dirigí al espejo que estaba en la esquina y me miré.

Y el yo que se veía reflejado en el espejo y el yo que había sido de humana se distinguían por algo que yo ya había predicho. Me había vuelto más atractiva. Varios cambios se podían apreciar: mi piel había adquirido un tono más pálido, como era evidente; mi cabello se había vuelto más lustroso, y mi cuerpo, sin duda, también había sufrido algún que otro cambio. Pero no fue nada de eso lo que me llamó la atención. Lo que llamaba más mi atención eran mis ojos, antiguamente marrones. Ahora eran como los de Heidi y Aro. De color rubí, aunque no tan intensos. Aquello, más que cualquier otro cambio, confirmaba todo. Todo lo que estaba empezando a asimilar.

-¿Se acuerda de Carlisle, Aro? ¿Un vampiro de cabellos dorados, con los ojos del mismo color? ¿Que no tenía una alimentación precisamente normal? -dije antes de que él pudiera preguntarme y, a través del espejo pude ver cómo se acercaba a mí, con la curiosidad y la impaciencia relucientes en los ojos. A decir verdad, no sabía porque le trataba de usted, pero algo me advertía que él era el jefe, alguien importante, respetado.

Y conté la historia, dejando detalles aquí y allá sin importancia, hablando básicamente de Carlisle y de lo que había sido de él durante todos aquellos años. Aro, feliz de saber de su viejo amigo, no paraba de preguntar y hacer comentarios, entusiasmándose con cada palabra que salía de mi boca. Y sin quererlo yo, tuve que hablar de Esme, de Alice, de Jasper, de Emmett, de Rosalie y de… Tuve que hacer un gran esfuerzo, uno terrible, para pronunciar el nombre. Edward. Y a cada palabra que pronunciaba, cada vez me dolía más. Mencionar sus nombres, recordarlos… Todo lo que tuviera que ver con ellos. O toda la parte de mí que les perteneciera.

Sus rostros. Sus palabras. Los momentos compartidos. Su relación conmigo y mi relación con ellos. Todo cuanto tenía que contar, provocaba dolor, daño, sufrimiento, amargura. Sentimientos oscuros que sólo me dañaban más y más, y notaba supersticiosamente, como si algo estuviera creciendo en mí, como si algo se estuviera desarrollando, poco a poco, pero que no tardaría en consolidarse frente a mí. Pero eran, con toda seguridad, soberanas tonterías. Porque, ¿por qué debería tener yo poder alguno? Y precisamente cuando estaba hablando sobre éso, sobre los poderes de aquel que me había dejado destrozada, sin esperanza de futuro o amor o de cualquier cosa buena, Aro exclamó:

-¡Vaya, vaya! ¡Con que el tal Edward comparte mi poder, aunque de una manera diferente! Oh, me olvidaba de que tú no sabes cuál es el mío, Bella. Pues resulta que yo también puedo leer los pensamientos de las personas, aunque para ello necesito contacto físico y, a diferencia de él -agradecí que no volviera a pronunciar su nombre-, sé de la persona todos sus pensamientos. Tanto lo pasado como lo presente, aunque no el futuro -comentó con tristeza-. Y por cierto, Bella, ¡yo tampoco he podido leerte los pensamientos! Es algo extraordinario, ¡ya lo creo! ¿Verdad, Heidi?

Heidi tan sólo asintió, con una enigmática sonrisa en los labios. Extrañamente, se había acercado más a mí también, y me observaba con curiosidad, aunque permanecía callada todo el rato. Como si quisiera asegurarse de qué era yo antes de dirigirme la palabra.

-Pero es sólo eso mi “regalo”, mi “poder”, ¿no? Es que no me afecten determinados poderes, pero ya está -resumí, algo decepcionada conmigo misma, a pesar de tener una leve intuición de que había un poder más, que a la vez prefería ignorar, porque algo me decía que no eran precisamente buenos en el sentido de bondad.

-¡Oh, no, Bella! ¡Por supuesto que hay algo más, algo más poderoso que eso en ti! -Aro dijo con su sonrisa en los labios, que siempre parecía tener ahí presente-. Puedes hacer que no te afecten algunos poderes, sí, pero Caius ha advertido un gran potencial en ti, que no se reduce precisamente a éso, como el de Jane y Alec, o incluso el de Demetri. Oh, si supieses, Bella, ¡cuánto poder nos proporcionará tu entrada en nuestra pequeña comunidad! Todo será mucho, muchísimo mejor contigo aquí, ya lo creo -y se rió de su propio chiste, satisfecho al parecer.

-Pero no hay nada más en mí, Aro. No al menos ahora mismo o que yo sepa -excepto el dolor, el intenso dolor que sentía, aunque éso no venía de ahora sino de meses atrás, cuando… Y volví a estremecerme de daño, que me carcomía cada vez con más rapidez, con más poder e intensidad. Y pese a todo, me negaba a creerlo, porque era algo demasiado cruel, demasiado devastador.

-Eso es algo muy subjetivo -se encogió de hombros, meditando, con voz por una vez algo solemne-. En algunos casos, el poder ya está definido cuando uno ya está acabado de transformar. En otros casos, sin embargo, con poderes más intensos, más poderosos o extraños, como es tu caso, Bella, se tardan algo en consolidar y acabar de formarse, pero no te preocupes, no tardará mucho -una sonrisa pagada de sí misma se esbozó en su rostro y volvió a hablar inmediatamente la boca para hablar-. ¡Oh, lo siento mucho, Bella, pero me tengo que ir un momento! Se lo tengo que explicar a Marco y a Cayo. ¡Sin duda se alegrarán más, sobre todo Caius! Por cierto, Heidi, acuérdate de darle el festín de bienvenida. Sin duda a Bella le encantará.

Y sin más, se dirigió a la puerta, cerrándola suavemente. Inevitablemente, me quedé impresionada al ver la gracia de sus movimientos, incluso superior a los de… Me negué a pensar en su nombre, por supuesto, pero el dolor aumentó y aumentó, por mucho que yo no pensara en ello. Buscando una distracción, me dirigí a Heidi, sin saber qué decirle. Pero para mi asombro, fue ella quien esbozó una sonrisa de bienvenida en su rostro.

-Como habrás supuesto ya, Bella, yo soy Heidi -su sonrisa apabullante sólo embellecía su rostro. Y yo sonreí sin ganas, pero con esperanzas de no llevarme mal con ella-. Perdona por lo del otro día, de veras. No pretendía que fueras tú, pero es mi trabajo. Lo siento.

-No pasa nada -acepté la mano que me tendía y se la estreché. Después de soltarla, siguió mirándome, con curiosidad. Y su sinceridad me asombraba, sobre todo al haberse disculpado por haberme atraído y aun así, seguía sin entender cuál era su trabajo.

-Será mejor que vayamos tirando, si no el maestro Aro se enfadará. Además, debes estar hambrienta, Bella -me miró con compasión y volvió a cogerme la mano, para salir por la puerta de la habitación a la que apenas le había prestado atención pero que más adelante ya vería.

Entonces, empezamos a andar con rapidez sobrenatural sobre pasillos y más pasillos que no me daba tiempo de observar. Y a medida que avanzábamos por aquel laberinto, algo empezó a despertar dentro de mí, algo que también acentuó el agujero de mi pecho. Hambre. Sed. Una necesidad terrible de alimentarme, de que algo alimentase mi descontrol, el pozo sin fondo de mi estómago. Y ese algo era sangre. Una sangre que podía oler al acercarme más y más a algún lugar. Irresistible, apetitosa, deliciosa, que me volvía loca, que acentuaba todos mis sentidos. Y, desgraciadamente…, humana.

-¿Qué tipo de festín es? -pregunté, con una voz que no era mía del todo, con impaciencia y apetito. Y cada vez lo olía más. Y más. Y más. Podía sentir como me descontrolaba, como enloquecía, como perdía toda mi humanidad.

-Uno que te gustará mucho, Bella. O como ha dicho Aro, te encantará. Ya lo creo que sí -le imitó, y se rió con una risa musical, con ganas, esbozando al mismo tiempo una sonrisa traviesa en su rostro.

Uno que me gustaría mucho. O como había dicho Aro, que me encantaría. Heidi ya lo creía así. Supe de inmediato a qué clase de festín se refería. Uno a la que una familia de vampiros que yo había conocido y que me había dejado atrás se hubiera negado a participar. Uno al que yo me habría negado a participar, si no me hubiesen dejado atrás. O si todavía hubiera quedado algo de control en mí.

Pero me habían dejado atrás.

Al fin, cuando yo iba mucho más rápido que Heidi, cuando podía olfatear la dulzura de la sangre y de la intensidad que provocara que enloqueciera, hasta el punto de mirar furiosamente a la hermosa vampira que me acompañaba, llegamos al frente de una puerta de hierro, que ella abrió con llave. Mientras veía cómo giraba la llave, con prisa, pasaron miles de pensamientos y sentimientos por mi cabeza. Arrepentimiento. Sed. Aversión. Hambre. Reproche. Deseo.

-¡Buen provecho, Bella! Volveré en cuanto acabes -se despidió, dejándome atrás, y cerrando la puerta con llave para que no saliera, como si temiera que yo tuviera la misma conducta que cierto vampiro que Aro, Marco y Cayo habían conocido. Un vampiro cuya familia me había dejado atrás.

Antes de enloquecer, pude ser consciente de lo que ocurría durante breves segundos: sabía que iba a hacer cuanto no debería haber hecho en mi situación, dominada por la sed. Sabía que era algo eterno, sin fin, si es que antes alguien no me mataba. Sabía que no volvería a ser yo, o que ya no lo era mejor dicho ni lo sería jamás porque algo se empezaba a consolidar en mí, empezaba a formarse fuertemente, provocando que yo no fuera más yo, sino un monstruo.

Monstruo. Ese monstruo que empezaba a dominarme ya. Ese monstruo que no era sino ese poderoso, intenso poder que había nombrado Aro y que él no sabía en qué consistía. Pero yo sí lo sabía, o empezaba a intuirlo: monstruoso, devastador, como había sido mi agujero. No sabía que sería pero sabía que sería algo oscuro, lleno de odio, maldad, crueldad, hambre, daño, sufrimiento, dolor… todo lo oscuro, lo malo, lo que no hubiese sido si no me hubiesen dejado atrás. Pero yo ya no tenía nada. Y todo ese poder, ese ser que vencía mi voluntad, era oscuro. Era lo que yo era, queriendo o no.

Y ese ser, ese monstruo en mí, venció mi voluntad, consolidándose, finalizando su formación. Haciendo que me dejase atrás como me habían abandonado, dejado atrás. Porque ya era demasiado poderoso en mí como para poderlo controlar.