Caos

Sexto capítulo: Metamorfosis


“-¿Bella? -fue apenas un susurro, un hilo de voz, pero en comparación a su voz anterior, lo decía con un tono incrédulo, lleno de emociones, de vida.

Estaba allí, ¡allí, a escasos metros de mí! Y mencionaba mi nombre, ¡hablaba! ¡Era real! Y no pude contener por más el ímpetu. Moví las piernas inconscientemente, como si fuera un movimiento reflejo y, al abrir los ojos otra vez, me hallaba en el suelo, sentada en su regazo, y sus brazos me rodeaban tan fuertes como una cuerda, como si no quisiera dejarme ir. Y no pude evitar tampoco rodearle a él con los míos, sin querer que se desvaneciera, como le había pasado a Orfeo con Eurídice en el último momento. No, no se desvanecía. ¡Era real! Tan real como mi dolor, como lo que nos rodeaba.

-¡Edward, Edward! -grité su nombre con todas mis fuerzas, disfrutando de poderle llamar, de tenerlo junto a mí, en mis brazos y de estar yo en los suyos. Y no pude apartar la vista de él, porque mi Orfeo había vuelto a mí, fuera como fuese, por el motivo que tuviera.”

Podían haber sido cinco segundos o cinco minutos, desde que le tuviera rodeado entre mis brazos. Podía haber sido otro lugar, otro momento. Pero no importaba. Nada más me importaba en ese momento que estar en sus brazos, y que estuviera él a mi alcance: palpable, real. Que no fuera una visión o una ilusión demasiado real, en la que me habría gustado vivir para siempre. Mis dedos tocaron cada parte de su rostro que podía ver, verificando que, en efecto, Edward estaba allí, en Volterra, en ese mismo momento, junto a mí. Y el simple hecho de que no se desvaneciera, me llenaba de felicidad, por primera vez en largos meses.

Sin que me diera cuenta apenas del paso del tiempo o del lugar donde estaba, miré nuevamente sus ojos. Aquellos ojos topacios que me habían sido tan añorados, que ahora me miraban en mi reciprocidad. Me observaba con atención, con profundidad, como siempre me había mirado antes de que aquel fatal día llegase.

-¿Habré de creer que el fantasma incorpóreo de la muerte se ha prendado de ti…? -murmuró un verso de Romeo, al tiempo que sus labios besaban mi frente y, junto a su voz, me hacían creer definitivamente que no era una aparición-. Al parecer, Carlisle y tú teníais razón. ¡Aunque no huelas…! Esto debe de ser el cielo.

Aunque seguía en parte, ensimismada por su rostro, por sus manos recorriendo mi cara y las mías la suya, sus palabras me hicieron volver a la realidad. A la cruel, triste realidad de la que creía haberme alejado por unos instantes. -Esto no es el cielo, Edward.

-No, tienes razón -respondió, esta vez besando suavemente mi mano y acariciando mi cabello. Y se rió. Se rió con la tranquilidad y la paz de quien se sabe a salvo de un peligro feroz-. Tienes absolutamente toda la razón. Esto es algo mejor que el cielo. ¿El paraíso, quizá? ¡Dónde sea! Aro, o quien haya sido, lo ha hecho rápido y sin dolor. Ojalá pudiera agradecérselo.

-No estás muerto, Edward. Ni yo -insistí, dejando caer mis manos de su rostro, muy a mi pesar, pero al ser consciente de la veracidad de mis palabras.

Aquello era real. Real como el dolor que, a pesar de yacer dormido por algunos instantes, volvía a circular en mí como la sangre, como si fuese un elemento vital. Pero había vuelto a mí de una manera extraña. En vez de sentir su eco, como siempre, su eco había desaparecido, dejando un sustituto. Un sustituto aún peor. Sentía tanto dolor como en los instantes que recordaba algo prohibido. Y a diferencia de la otra vez, que lograba calmarse, notaba cómo no desaparecía, cómo era permanente como una roca subterránea, que nunca sale a la superficie. Como si, al verle, hubiera cometido un pecado imperdonable, por el que tenía que pagar un precio superior.

O quizá se debía a la certeza que había tenido un momento atrás: si aquello era real, entonces, Edward no me quería. Si en realidad estaba sucediendo aquello, Edward había vuelto tan sólo para suicidarse porque se sentía culpable. Porque se sentía responsable, y no por otra razón. Y la ansiedad que había sentido por salvarse, se convirtió en una profunda amargura. No se limitaba con causarme dolor, con abandonarme, llevándose todo lo que me era querido. ¡No! ¡Ahora, queriendo o no, había vuelto para causarme el mismo, o más daño todavía! Le odiaba. Le quería. Y le volvía a odiar tantas veces como le volvía a querer.

Si bien estaba allí, si bien había regresado, causándome una alegría infinita por el simple hecho de que regresara, me hería, me dañaba, causándome un odio intenso por el simple hecho de la razón de regreso. Y precisamente, si no sentía nada más por mí que responsabilidad, me odiaría al ser consciente él de lo que ocurría. O me odiaba ya, quizá. Vería mis ojos intensamente rojizos, vería en lo que me había convertido, y entendería. ¡Y con éso, no volvería a causarme sino más daño!. Al observarle y ver cómo el asombro empezaba a dominarle, me levanté, separándome de él dos o tres pasos.

-Bella, hemos llegado -me saludó una voz familiar, mientras una mano agarraba la mía, dándole un suave apretón. Era Demetri. No pude evitar sentirme aliviada, viendo allí al que era, en tantos aspectos, la persona en quien más confiaba, en quien más me apoyaba, tranquilizando algo el nuevo dolor, más intenso que el anterior, que tenía que soportar.

-Demetri -susurré, como todo saludo, sonriendo brevemente, y sostuve su mano con las dos mías. Así, Edward lo entendería todo. Y se marcharía, dejándome en paz. Aun así, algo en mi interior me hizo preguntar qué pasaría si él sintiera celos. ¡Que los sienta!, pensé amargamente. Al fin y al cabo, ¿no había sufrido yo?

Pese a no haberme acordado, al girarme para saludar a Heidi, Alec y Felix, los vi. Vi a los que faltaban, que habían entrado junto Demetri y los demás sin que yo me diera cuenta, al estar absorta en mis pensamientos. Eran Carlisle, Esme, Emmett, Rosalie, Jasper y Alice, que habían venido tras su hermano. Como si fuera imposible, como si mi mayor sueño se hubiera transformado, en aquel momento, en mi peor pesadilla, todos me miraban con unas expresiones inescrutables que tan sólo mostraban un asombro inmenso al verme a mí, el fantasma que habían creído muerto. O no sería el hecho de verme, sino el hecho de ver qué era.

-¡Carlisle, viejo amigo! -musitó con entusiasmo Aro, que ya estaba frente a Carlisle, cogiendo la mano derecha de él con las dos suyas, de piel de cebolla, saludándole tras años y años de no ver a uno de sus compañeros más preciados. El entusiasmo de Aro era tan grande en esta ocasión que se asemejaba al de una madre que ve a su hijo por primera vez en años-. ¡Qué sorpresa ver que eras tú y los tuyos, quienes se dirigían aquí! Aunque ya lo sospechaba, desde que Bella llegó aquí, que nos volveríamos a reencontrar. ¿Qué tal te ha ido? Oh, no, mejor no me lo digas, ¡déjame ver tus pensamientos!

Durante unos momentos, no fui yo el centro de atención, sino Aro. Pero enseguida que su mano se apartó de la de Carlisle, al acabar de leer sus pensamientos, la mayoría de miradas volvieron a fijarse en mí. A pesar de ello, al tener que contestar a Aro y presentarse, algunos miembros de los Cullen no pudieron observarme tanto como hubieran querido. Sin poderlo evitar, mi rostro se giró automáticamente hacia donde Edward había estado, para no encontrar nada. Sorprendida, le busqué, encontrándolo al lado de sus hermanos, con quienes se observaba mutuamente.

-Puede que su poder sea devastador, pero devastadores también son los problemas que nos trae, esa Bella… -pude llegar a escuchar la voz estridente de Iulia, al ir junto a Flavia y Cayo hacia Aro, su esposo, y no pude evitar desear que fuera tan muda y quieta como Marco.

Fijé mi mirada en Demetri, intentando ignorar la sensación de que yo era el centro de atención. Al intentar abrir la boca para que me dijera algo, Aro nos interrumpió. -¡Anda, Bella, ven! Querrás saludar a tus amigos, ¿verdad?

-No te preocupes, volveré enseguida -musité, besándole brevemente en los labios, porque su expresión no era precisamente pacífica, y sin importarme la impresión que causara éso en los demás. Porque, al fin y al cabo, no había sido Edward tan sólo quién me había abandonado, sino todos ellos. Todos y cada uno de ellos. Alice, que había sido como una hermana para mí, no me había venido a ver. O Esme, que tanto parecía haberme apreciado, tampoco había dado señales de vida. Al parecer, Edward no había sido el único a quien yo no le había importado. Al parecer, era todos, a quienes les era indiferente. Y volví a sentir cómo el odio recorría mis venas.

Y me dirigí hacia ellos, situándome al lado de Aro, con las palabras trabadas en la lengua, sin saber muy bien qué decir, como si de repente no tuviera suficiente aliento para hablar. Pero sí para mirar, para observar sus ojos. Carlisle, Esme, Emmett, Jasper y Alice me miraban con una mezcla de pena y sorpresa. Fue entonces cuando miré a Rosalie, y su expresión era la misma de siempre: de un odio intenso, aunque compartía la tristeza de los demás. Finalmente, miré la que me era más preciada y peligrosa de todas: la de Edward. Pero en su mirada no se observaba nada. Estaba inescrutable, muerta, vacía, carente de significado. Y parecía poder ver a través de mí de lo ausente que estaba.

-Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos, ¿verdad? -fue cuanto fui capaz de decir. Simplemente, no podía esbozar una sonrisa en mi rostro y decir un cálido “hola”. Aquello era algo que se me antojaba imposible para expresar lo que sentía en esos momentos.

-Desde luego -sonó la voz de Carlisle, como representante de la familia y esbozó una sonrisa adorable en su rostro, intentando romper el hielo-. ¿Cómo te ha ido desde entonces, Bella?

-Bien -respondí, incapaz de sonreírles. ¿Cómo podía preguntarme cómo me había ido? O lo sabía, y quería disimularlo, por la manera en que miraba con desaprobación mis ojos borgoña. A diferencia de mí, a ellos se les veía tan bien como antes. O al menos, seguían igual que antes, para su suerte. No serían monstruos, no sufrirían, como yo, por lo que decidí añadir:- Muy bien. Supongo que a vosotros también os habrá ido muy bien, ¿no?

-Hemos estado en Denali, en Alaska -me respondió esta vez Esme, con una sonrisa amable en el rostro, similar a la de Carlisle, intentando que yo les correspondiera con otra. Y tan sólo asentí, sintiéndome algo culpable, pero recordé que ellos tampoco me habían dirigido la palabra en meses, y el dolor se acentuó.

-Bueno, Bella, ¿por qué no acompañas a Edward a una habitación? Ya que permanecerán aquí un tiempo, tendrán que alojarse, y ya que a Edward le he conocido, me gustaría hablar más con mi viejo amigo Carlisle y conocer a los otros miembros de su familia. Además, Jane parece sentirse algo tentada de utilizar su poder para hacerle reaccionar y no creo que éso sea lo mejor -Aro se rió como siempre, con energía, con ganas, pero yo no pude evitar mirar a Jane, en la otra punta de la habitación, con una sonrisa maliciosa.

-Por supuesto, maestro Aro -accedí, mirando brevemente a Demetri para hacerle comprender que volvería, seguida por las miradas de los Cullen, que seguían con el asombro en el rostro. No sabía si Edward me seguiría o no, pero al dirigirme hacia la puerta, allí estaba él, con la misma ausencia de antes. Parecía no darse cuenta de lo que sucedía, de lo que pasaba.

En un momento, ya estábamos andando por los pasillos del castillo, medio oscuros. Y aunque nos movíamos, aunque estuviera lo suficiente cerca de él como para alargar un brazo y lograr tocarlo, el silencio era quien dominaba la situación. A regañadientes, le observé, preguntándome si me estaría mirando. Pero Edward no veía nada. Y si veía algo era, precisamente, la nada. Durante un tiempo infinito, me quedé observándole. Era él. Era Edward. Aquel era su cabello cobrizo, y aquellos eran sus ojos topacios. Aquellos eran los labios que me habían besado y aquellas las manos que habían acariciado mi rostro tantas veces en el pasado.

Entonces, me miró, y sus ojos parecieron recobrar parte de su luz. Pero aparté la mirada, todavía con sus ojos en mi mente, y con el dolor en mi cuerpo, que ya se había convertido en mi compañero por toda la eternidad. Había sido él, él y nadie más, quien me había enseñado a amar, pero también a sufrir. Quien me había dado todo y se lo había llevado. Porque yo lo había aprendido en lo más hondo de mi ser: cuando alguien está roto de alguna manera, nunca puede volver a ser quien era, y éso era algo que nadie te decía, y que me sorprendió cuando lo descubrí por mí misma. Cuando salí de mi propio sueño. Porque, antes de mi cumpleaños, mi vida había sido como un sueño. Yo había tenido la suficiente suerte para vivir como en una historia, como dentro de un mundo imaginario, y el mundo real y sus daños desaparecieron. Pero también había sido lo suficiente desafortunada como para que el sueño, mi historia, no continuaran, y la realidad volviera a mí del modo más cruel posible.

Era por ello por lo que le odiaba. Porque me había abandonado como nadie podía haberlo hecho, porque me había roto en mil pedazos que, aunque se juntasen, no volverían a formar la pieza única de antes. Porque me lo había arrebatado todo. Y todo era él. Si bien era cierto que le odiaba, también era cierto que le seguía queriendo de un modo desesperado, enfermizo, que escapaba de mi alcance. Había un extraño equilibrio entre mi amor y mi odio, pero el dolor, el monstruo en que me había convertido, conseguía vencer cualquier cosa, y palabras frías salieron de mi boca.

-Y bien, ¿cómo os fue por Denali, Edward? Seguro que os alegrasteis mucho de ver a esos amigos que tenéis allí -mascullé. No quería hablar de nada que incumbiera nuestro reencuentro, o nuestra pasada relación, por lo que opté por preguntarle por temas normales.

-En realidad, yo no estuve en Denali… -su voz sonó en un extraño susurro, como si no quisiera pronunciar esas palabras. Y su mirada mostraba una desesperada tristeza al ver mis ojos de un rojo intenso, como si quisiera decir algo más-. Yo… estuve por Europa.

-Vaya. Me preguntaba por dónde estarías -murmuré. Ahora ya entendería, al ver mis ojos con más detenimiento. Me veía y sentiría repugnancia y odio hacia lo que yo era, por ser un monstruo despiadado que asesinaba a humanos para alimentarse. ¿Pero acaso no me había él asesinado, de alguna manera? Me detuve ante una puerta, dispuesta a marcharme-. Bueno, esta es tu habitación. No hará falta que os preocupéis por la alimentación. Aro no os obligará a alimentaros de humanos y podréis salir a cazar por los alrededores, aunque no haya osos o pumas.

E intenté marcharme, pero una mano me agarró del brazo, apoyándome contra la pared con suavidad. Al abrir los ojos de nuevo, tenía el rostro de Edward a apenas unos centímetros del mío, como si aún fuera yo su prisionera, como aquella primera noche que habíamos pasado juntos. Pero el recuerdo de aquella ocasión, hizo temblar mi cuerpo por la fuerza del dolor, como si me estuvieran electrocutando, y Edward soltó mis manos, dejándome más espacio, pero con el rostro a escasa proximidad. Podía ver que me observaba de la misma manera que tiempo atrás, con intensidad, con una solemne fijeza. Como si le importara. Y también podía ver la culpabilidad y la tristeza en su rostro. Quería acercarle más a mí, y besarle, pero también quería apartarle y alejarle. -Lo siento -musitó, alejando algo su rostro, pero no daba la sensación de que estuviera disculpando por habérseme acercado, sino por otra cosa.

Pero, ¿por qué debía disculparse? ¿Acaso le importaba yo? No, no le importaba. Lo había negado, destruyéndome, rompiéndome de un modo que nadie podría hacer, convirtiéndome en un horrible monstruo que sólo era capaz de sentir dolor, odio y amargura. Probablemente, se estaría dejando llevar nuevamente por su culpabilidad, por la responsabilidad que sentía por mí. Y supe que no estaba bien lo que iba a hacer, pero mayor que mi conciencia era mi furia; una furia y un odio que dejaban en ridículo a los más sanguinarios asesinos. Y utilicé mi poder para que se alejase, situándolo en la otra pared. -Ya ves, yo también lo siento. Y mucho.

Lo único que se me ocurrió hacer fue salir corriendo tanto como pude, escapando de él, si es que me perseguía, o de ver la expresión de su cara. A mi alrededor, los pasillos desaparecían, sustituidos por otros, como en un laberinto, pero supe localizar a tiempo el que buscaba, y meterme en mi habitación, cerrando la puerta con el más leve de los ruidos. El interior estaba iluminado por los rayos de sol, que entraban por la pequeña ventana que había. Fue así como conseguí distinguir la silueta de Demetri, que me esperaba de pie junto a la ventana.

-¿Bella? He decidido venir a esperarte aquí al ver que no volvías. ¿Ha ocurrido algo? -me preguntó con una voz ansiosa, preocupada, y se acercó algo más hacia mí.

Automáticamente, me abalancé sobre él, abrazándole con todas mis fuerzas, buscando un apoyo. Pero no tan sólo un apoyo físico, con el que sostener mi cuerpo, puesto que volvía a temblar como si hubiera un terremoto dentro de mí, sino también psicológico, con el que calmar mi dolor. -Demetri, soy un monstruo, soy horrible, ¿verdad?

Antes de contestarme, me cogió entre sus brazos, acunándome como ya había hecho cuando nos habíamos encontrado con los Cullen, pero ellos no me habían visto gracias al poder de Alec. Y se puso en la cama, sin dejar de acunarme entre sus brazos, mientras yo lloraba sin lágrimas, tan sólo con sollozos que parecían más bien quejidos de dolor. -Bella, tú no eres horrible, ni ningún monstruo. ¿Por qué ibas a serlo?

-Tú mismo lo has visto. He sido fría como el témpano del hielo con ellos. Me he alimentado de humanos. No soy lo que era. Y ellos, ellos… fueron muy, muy importantes para mí -logré decir entre los sollozos que seguían saliendo de mi pecho-. Si no se hubieran ido, quizá fuera yo también como ahora, pero prometí no alimentarme de humanos en caso de transformarme. En ese entonces, se me hacía horrible la idea de alimentarme de lo que yo era. Y ahora, sin embargo… Deben de odiarme. Me han visto, me han visto y me han oído. Y me detestarán.

-¿Qué tiene de malo alimentarse de humanos? ¿No se alimentan los humanos mismos de animales, y a su vez, los animales de otros animales o de plantas? Nadie deja de alimentarse a costa de otro. Y entonces, todos seríamos monstruos. ¿O acaso me ves como un monstruo? -se rió brevemente, pero pude ver la seriedad en su voz, esperando, curioso, mi respuesta.

-Tú no eres un monstruo. Ni nadie de aquí lo es. Pero es como si les hubiera traicionado, Demetri. Se suponía que yo nunca debería haber bebido sangre humana, que me hubiera abstenido, y alimentarme de sangre de animales. Pero he acabado haciéndolo. Y les he decepcionado -en ese momento, pude hablar con más claridad, pues empezaba ya a calmarme gracias a que sus palabras eran un gran consuelo.

-Y ellos te han decepcionado también a ti, Bella -dijo en una mueca, como si odiara a los Cullen, y me acarició el cabello suavemente, como si fuera una madre en espera de que su bebé se duerma mansamente-. Te hicieron daño, y te dejaron. Ahora han vuelto, es cierto, pero no pueden culparte. El pasado está pasado, y como tal, no volverá. Las cosas cambian, Bella. No hay motivo por el cual temblar ante fantasmas que regresan, hojas muertas llevadas a tus pies. No es de nadie, la culpa de que las cosas sucedan así. Suceden, simplemente. No eres ningún monstruo, de veras.

Dejé pasar unos cuantos segundos sin contestar, pensando en las palabras de Demetri. Y no supe si tenía razón o no, o si las cosas sucedían simplemente, o había alguna culpa detrás de ellas. Sencillamente, me sentía en paz, aunque el nuevo dolor doliera más que antes. Me sentía en paz porque sentía que alguien me quería, sentía que podía confiar en alguien, que podía apoyarme en él. Y esbocé una lenta sonrisa en mi rostro, apretándome más contra su pecho. -¿Ni siquiera soy un monstruito feroz? ¿Tan inofensiva soy? Aunque sea un poco.

-Bueno, supongo que un poco, sí -murmuró, mientras sus labios encontraban los míos en un beso pacífico, y me acariciaba suavemente el pelo, esta vez, de una forma menos suave, aunque cuidadosa.

Por toda respuesta, le devolví el beso, sabiendo qué ocurriría a continuación. Ocurriría algo que yo hubiera deseado hacer con otra persona, pero esa persona no me quería. Y ahora, probablemente, me odiaría incluso, al ver mis escalofriantes ojos del color de la sangre, o la fría voz que salía de mi garganta. Pero no había vuelta atrás en mi metamorfosis. Me había vuelto en otra persona, monstruo o no, y era tal como era. ¡Y era su culpa, más que de la de cualquier otra persona! Había causado que de mi único amor naciera también mi único odio. Había causado una metamorfosis en mí; un cambio tan potente como el del invierno al verano, o el del día y la noche.