Impetu
Caos
Quinto capítulo: Ímpetu
“-Prometo no decepcionarte, Bella. Y a propósito, gracias por aceptar. Seré un buen compañero -dibujó una sonrisa tranquila en su rostro, a la que correspondí. Y era verdad, a su lado todo me sentía sólo un poco mejor. Demetri era alguien tranquilo, con quien podía respirar calma, que era todo lo que podía pedir en esos momentos: estabilidad, aunque sufriera, que todo se me hiciera algo más ameno.
Y sus labios encontraron los míos. Y no se sentía mal de todo, porque todo era más fácil de esta manera: distrayéndome, abandonándome a mis apetitos, con lo que mi dolor no era tan intenso, o no era tan consciente de él. Como había dicho Heidi: no tenía nada que perder, e incluso ganaría alguien en quien confiar plenamente, en quien apoyarme. O descubriría cosas a las que creía haber renunciado pero, que de alguna manera, podían volver a mí. Y sentiría. Yo sería un monstruo, no un zombi. Y cogí las manos de Demetri en las mías, confiando en esa pequeña esperanza que prometía algo de estabilidad en mi vida a cambio de perder parte de la que había sido, de la que no volvería a ser.”
Observé la silueta de Demetri, resaltada por la vaga luz de la luna llena que entraba por la ventana. Como todas las noches, podía divisarse en su rostro una pacífica sonrisa, como la brisa marina que calma el calor de una noche de verano demasiado sofocante. Y no pude evitar devolverle una leve sonrisa por la paz y tranquilidad que transmitía la suya, y que a la vez, dejaban huella en mí, calmándome. Y todo aquello ocurría desde hacía algunas semanas, desde que decidí estar junto a él. Heidi no se había equivocado: todo se había vuelto más natural, más cercano a mí.
-¿Estás preparada? -me preguntó Demetri, interrumpiendo mis pensamientos y tumbándose en la cama junto a mí, acariciándome el cabello como si fuera una niña pequeña que fuera a dormir.
-Hace rato que estoy preparada, Demetri. No deberías haberme hecho esperar tanto -intenté mentir, pero como siempre, fallé, y esperé impacientemente a que comenzara. Desde que estuve junto a él, cada noche me explicaba un cuento diferente, una historia, una leyenda, como en las Mil y una noches. Y no pude evitar recordar otra situación del pasado, cuando alguien me cantaba una canción que, hipotéticamente, yo había inspirado. Pero Demetri empezó a hablar antes de que pudiera recordar demasiado y de que las convulsiones de dolor empezaran a recorrer mi cuerpo.
-Había una vez un muchacho llamado Orfeo, hijo de Apolo y de la musa Calíope. A Orfeo le encantaba la música, y especialmente, la lira y cantar, pues su voz, junto a su música, tenía el poder de afectar a la naturaleza y a los seres que le rodeaban. De entre todas las ninfas que le perseguían, él se enamoró de Eurídice. Poco después de su boda, Eurídice fue mordida por una serpiente venenosa y murió. Desconsolado por la pérdida de su mujer, Orfeo descendió a los infiernos con el objetivo de revivir a su amada y tocó y cantó de una manera tan desgarradoramente bella que Perséfone y Hades accedieron a negociar con él -paró un momento para acercarse algo más a mí.
-La pareja del Submundo permitió que Eurídice reviviera y fuese junto a Orfeo bajo la condición de que, en su camino hacia el mundo superior, no debía volverse ni una sola vez hacia ella, quien lo seguiría. Cuando había alcanzado ya la salida, Orfeo, alegre por su éxito, se pone a cantar. Y como todo artista, necesita dirigirse a alguien. Es entonces cuando comete el error, cuando se gira, impaciente, creyendo que lo habían engañado. Y Eurídice estaba allí, casi en la salida, pero aún en la frontera. Por un momento, se miraron espantados. Y Orfeo se lanzó a abrazarla, queriendo evitar que desapareciera. Pero ella ya no estaba allí, y sólo oyó el eco de su adiós.
-¿Y qué ocurrió con Orfeo? -pregunté, inevitablemente sumergida en la historia y distraída, con mil preguntas y opiniones en la cabeza.
-Orfeo se dirigió a Tracia, afectado por una grave melancolía. Las mujeres de aquella región le propusieron matrimonio una y otra vez, pero él no aceptó. Irritadas por sus constantes rechazos, las mujeres le mataron, le hicieron pedazos y arrojaron su cabeza al río. Pero incluso en aquel momento, la cabeza de Orfeo siguió musitando el nombre de su amada, mientras la corriente del río la alejaba.
Al oír aquellas últimas palabras, no pude evitar que un estremecimiento recorriera mi cuerpo. Se parecía tanto a aquella última ocasión, a aquel terrible recuerdo en que, al desaparecer él, grité su nombre una y otra vez, persiguiéndole, sin verle, habiendo ya desaparecido incluso su olor. Y el dolor me recorrió, como una bombilla se enciende al responder al contacto de la electricidad, extendiéndose a lo largo de mí. -¿Y bien? ¿Qué te parece? -musitó él con voz preocupada, acercándome más hacia él.
-Orfeo es… -comencé, pero esperé a que el aliento volviera a mí para responder-. Orfeo es demasiado impetuoso e impaciente. ¿Por qué no pudo esperar tan sólo un momento más? ¿Por qué tuvo que errar de ese modo, en el último momento? De no haberse girado, podría haber recuperado a Eurídice, podría haber estado de nuevo con su amada. ¿Cómo pudo permitir que un impulso le arruinara todo?
-No lo sé, Bella. Pero a veces, pequeños hechos, impulsos o decisiones tienen un fin violento, desastroso. Si Orfeo hubiera podido saber las consecuencias de sus actos, nunca se habría girado y no hubiera sucumbido a su impaciencia -Demetri volvió a acariciarme, pero esta vez, el cuello-. Si hubiera estado en su situación, ¡yo no te hubiera echado a perder!
Por un momento, me molestó que se pusiera en lugar de Orfeo y a mí me representara como Eurídice, como si realmente nos quisiéramos tanto. Pero enseguida se desvaneció esa molestia. Demetri lo estaba haciendo por mí, y si le perdía a él, o si no estuviera ahora a mi lado, todo adquiriría un tono más oscuro y empeoraría, aunque ya estuviera negro en sí. -Y yo supongo que no dejaría que me mordiera la serpiente -comenté con una risa amarga.
Y durante unos instantes nos quedamos mirando el uno al otro. Aun así, enseguida sus labios se acercaron en los míos, y su mano me acarició el rostro. Y como siempre, le correspondí. No podía rechazarle. No podía dejar escapar a la única brisa que encontraba, a la única calma que estaba junto a mí. Pero ya no era porque él fuera capaz de aligerarlo todo, sino porque era él. Demetri. La persona en la que más confiaba en aquellos momentos, en la que más me apoyaba y de quien más cerca estaba. Demetri, que me besaba con una urgencia extrañamente tranquila, con calma, con prudencia. Y su mano se deslizó lentamente por mi camisa, llegando a mi pecho, pero desapareció, alejándose, como él de mí.
-Bells, Demetri, siento interrumpiros, pero… -era Alec, con voz avergonzada y que miraba al suelo, como no queriendo observar-. Han detectado la presencia de seis vampiros que se acercan y tenemos que ir a su encuentro. Según parece, no vienen a causar problemas, sino a buscar a uno de los suyos que pretende venir a visitar al maestro Aro. No sabemos los motivos, pero parte de nosotros tendremos que ir a vigilar a esos seis vampiros y otros ya se quedarán a proteger, por si acaso. Vamos nosotros tres, y Heidi y Felix.
-¿Siete? ¿Y se dirigen hacia aquí? -repetí, sorprendida en parte por la noticia, e intentando no incomodar aún más a Alec-. Enseguida vamos, Alec.
Alec asintió y desapareció, cerrando la puerta, aun sin atreverse a mirar a ningún lugar que no fuera el suelo. No pude evitar soltar una risita, recordando que él había sido transformado siendo adolescente, y que ese sería el principal motivo de su vergüenza. Y cogí la mano de Demetri al levantarnos y dirigirnos a la puerta.
-Vamos, ¡que no pasa nada! -intenté animarle al ver el rostro indignado ante la interrupción de Alec-. Hay más ocasiones para ello. Acabemos con esos siete vampiros y ya habrá tiempo para todo.
-Sí. Acabemos con ellos. ¡Y que Aro nos de vacaciones, que últimamente tenemos demasiado trabajo! -se quejó, exagerando al estilo teatral su cansancio irreal.
Al salir de la habitación, Alec, Felix y Heidi nos esperaban. Aunque Felix y Heidi estaban hablando, en cuanto vio a Demetri, Felix no pudo evitar reír entre dientes y guiñarme el ojo, como si quisiera decirnos que sabía lo que hubiera pasado de no haber siete vampiros acechando Volterra. Respiré, a pesar de la burla de Felix, tranquila al ver que al menos no estaba Jane por ahí, y Alec la sustituía. ¡Con qué odio me hubiera mirado, si hubiera estado ahí!
Y esta vez, a diferencia de la anterior ocasión, fuimos recorriendo un pasillo más iluminado, menos oscuro. No estaba cerrado, sino que había pequeñas ventanas a los lados por las que entraba el aire y brevemente la luz de la luna, y a través de las que se podía ver incluso el exterior. Pero ya no era sólo por eso, sino porque en esta ocasión, tenía con quien hablar: Demetri y Alec. Heidi y Felix nos seguían desde atrás, pero estaban demasiado ocupados hablando entre ellos de temas que preferí no oír. Apreté algo la mano que Demetri me cogía para llamar su atención.
-Estaba pensando… -comencé, buscando un tema del que hablar-. La casualidad es muy trágica a veces, ¿no crees? Fue demasiada casualidad que una serpiente mordiera a Eurídice. O incluso que Orfeo se girara. Como si las desgracias estuvieran precedidas por la coincidencia. Como si fuera inevitable que aquello ocurriera así, y no hubiera podido ocurrir de otro modo.
-Pero a veces la casualidad es también fuente de alegría. También dio la casualidad de que Orfeo se enamoró de Eurídice, y no de otra. Si esa casualidad no hubiera sido inevitable, Orfeo no hubiera pasado a la historia, o no hubiera tenido su propia historia. Como será casual que, probablemente, esos siete tengan algo que ver contigo. ¿Te imaginas? Los últimos incidentes han tenido que ver contigo, Bella. Aunque eso sería demasiada casualidad, ¿verdad?
Pero antes de que pudiera asentir o mencionar algo, el paisaje pasaba a una velocidad escandalosa a mi alrededor y fui consciente tan sólo unos instantes después: estábamos corriendo, los cinco. Pero quien me hacía correr, había sido Demetri. Con su mano en la mía, tuve que correr tan bien como pude, a una velocidad que me sorprendía. ¡Sería una suerte si no me cayese!, pensé. Pero pese a esos temores, no me caí. E incluso podía decir que estaba disfrutando. A diferencia de cuando me habían llevado a cuestas tiempo atrás, ahora podía correr yo también, a la misma velocidad, sin caerme, y quizá, lo más importante, acompañada de alguien. Sentía que no sólo era a mí a quien el viento azotaba el pelo, que no sólo era yo quien volaba. Que la libertad no era sólo mía, sino de otra persona también. O que no estaba sola, sino que alguien estaba junto a mí.
Y en seco, nos paramos. A nuestro alrededor, la noche se extendía, con una oscuridad tan sólo iluminada por las infinitas estrellas del cielo y por la luna llena, de una perfecta redondez. Además del cielo, nos encontrábamos en un lugar parecido al que habíamos ido la vez anterior: era un territorio con rocas, con un árbol aquí y allá, pero mucho más bello por el pequeño estanque que había y que le devolvía a la luna su reflejo.
-Bella, voy a inspeccionar el territorio con Heidi y Felix. Enseguida volveremos -me dijo Demetri, despeinándome y desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos. Y miré a Alec, con quien me habían dejado. Al menos, ya no me miraba con expresión avergonzada, sino con tranquilidad.
-Alec, ¿cómo son esos siete vampiros que se dirigen hacia aquí? Dijiste que eran pacíficos, pero aun así… No suelen haber muchos vampiros pacíficos -le pregunté, mostrándome por primera vez interesada en esos desconocidos que se acercaban.
-No se sabe del todo bien, pero lo componen cuatro hombres y tres mujeres. Recuerda que, en realidad, son seis los que vienen hacia aquí. El otro ha ido a hablar con Aro. Y es verdad que no suelen ser pacíficos, pero al parecer, esos seis vienen tras el otro que quiere hablar con Aro. Algo muy extraño, sin duda -me explicó Alec, con una sonrisa en la voz. A pesar de que Jane tuviera un rostro hermoso, el de Alec no se quedaba atrás, y era tan adorable como el de ella.
Cuatro hombres y tres mujeres. En total, siete vampiros. Automáticamente, conté con los dedos el número de vampiros de la familia a la que quería haber pertenecido. Siete. Y eran cuatro hombres y tres mujeres. Los Cullen: Carlisle, Esme, Jasper, Alice, Emmett, Rosalie y… no quise recordar su nombre. Eran siete. Como aquellos que venían. Y el dolor me hizo estremecer ante el recuerdo de sus nombres, de sus rostros, vibrando como si dentro de mí hubiera un terremoto. No, no puede ser, pensé. Era imposible. Demetri no podía haberlo acertado. ¡Era demasiada casualidad!
-Pero, Alec, los vampiros no suelen ir tan juntos, ¿verdad? Quiero decir… no suelen haber tantos juntos. Y a saber el motivo por el que se persiguen y por el que querrá uno de ellos hablar con Aro -me forcé a decir, buscando una negación por parte de Alec, que me confirmara que no eran ellos, que la casualidad no podía ser tan cruel y encantadora a la vez.
-Es cierto que no suelen ir tantos juntos, Bells. Nosotros, los Volturis, somos el clan o familia con más miembros juntos y reunidos de todo el planeta. Pero seguramente este sea un clan especial, no muy común. Pero no te preocupes, no le pasará nada a Aro y a los demás. En caso de que pretendan atacar, Jane se ocupará de ellos -musitó con una sonrisa encantadora en su rostro que le hacía parecer a un ángel-. Aunque por lo que me han dicho, el que quiere hablar con Aro es algo pusilánime y deprimido.
¿Pusilánime? ¿Deprimido? ¡No había nadie así en los Cullen! No, ni aunque yo lo hubiera querido. Él era feliz, donde quisiera que estuviese, ¿verdad? Después de todo, él era quien se había marchado, quien no me había querido más. Y las convulsiones de dolor me hicieron temblar tanto que apenas podía mantenerme en pie, como si quisieran hundirme a propósito. Me tapé la mano con las orejas y cerré los ojos con toda mi fuerza, sin querer ver la realidad, pues la fuerza de mi memoria me atacaba, enviando como bombas momentos de un pasado diferente en el que la realidad, cruel y despiadada como la de ahora, parecía no haber existido nunca.
-Demetri… -susurré y entreabrí los ojos, apartando mis manos de las orejas al notar que alguien me balanceaba suavemente en sus brazos, como si fuera un bebé al que quisieran calmar y dormir. Me agarré fuertemente a él, necesitando un apoyo-. ¿Vienen…?
-Tranquila, Bella, enseguida pasará todo -murmuró suavemente al tiempo que me dejaba de pie y me abrazaba fuertemente, soportando mi peso, mientras las vibraciones y los temblores de dolor empezaban a cesar y a permitir que pudiera sostenerme por mi sola.
-Alec… -le miré fijamente, sin saber si me concedería lo que iba a pedir-. Usa tu poder sobre mí, por favor. Hazme invisible a sus ojos, ¡te lo suplico! Son ellos. Son ellos. Lo sé. Cuatro hombres y tres mujeres. Tú mismo lo has dicho, no son muy comunes, tantos vampiros juntos. Y ellos lo dijeron: eran el segundo aquelarre de vampiros más grande después de vosotros. Son ellos. Y vienen. Por favor -ahora era mi voz la que temblaba, impidiéndome hablar bien.
Y Alec tan sólo asintió. No sentí dolor, ni algo demasiado fuerte, tan sólo como si algo me recubriera. De hecho, ése era el poder de Alec: hacer invisibles físicamente a los demás a los ojos de quien él quisiese. Por ello le querían los Volturis como a mí: porque les hacía más invencibles en las batallas.
Por un momento, no ocurrió nada, ni nadie se movió, pero aparecieron Heidi y Felix, junto a Alec y Demetri, que me dejó ir la mano, aunque me quedé a su lado. Aun así, enseguida se quedaron como estatuas, y seis sombras aparecieron a metro y medio de nosotros. Seis sombras casuales, que parecía que hubieran estado ahí desde hacía rato. Y a pesar de la oscuridad de la noche, podía ver sus rostros a la perfección, confirmando así mis sospechas. Pero por más dolor que me hubiera atacado antes, ahora sólo estaba su eco, el que siempre tenía.
Y me atreví a adelantar un paso. Ninguna mirada se posó en mí; nadie me miró. Como si no estuviera allí. Y observé los rostros de los seis vampiros con atención. Carlisle seguía siendo tan bello que dolía verle, y a su lado, Esme, seguía teniendo esos rasgos tan dulces de siempre. A la derecha de ella, estaba Jasper. Como sus antecesores, Jasper seguía conservando aquella expresión inescrutable, y Alice tampoco había cambiado, con sus grandes ojos. O Emmett, cuya musculatura me impresionó, aunque estaba segura de que era la misma. Y allí estaba Rosalie, con una belleza inolvidable. Y… no. No había “y”. Allí no había nadie más. Y tan sólo eran seis.
-Sentimos mucho tener que molestaros. Hemos oído que estábais aquí y hemos venido -se disculpó Carlisle, siendo el primero en hablar de todos. Su voz seguía teniendo ese matiz amable, agradable, que le caracterizaba-. Yo me llamo Carlisle, y esta es mi familia: Esme, Jasper, Alice, Emmett y Rosalie
-¿Carlisle? El maestro Aro le menciona mucho y he oído hablar muy bien de usted -Alec, como el más poderoso de todos, habló, y esbozó una sonrisa deslumbrante-. Yo soy Alec, y ellos son Demetri, Heidi y Felix.
-Encantados de conoceros a todos, Alec. ¿Cómo se encuentran Aro, Marco y Cayo? ¿Y Flavia y Iulia? -Carlisle le devolvió la sonrisa. Y no pude evitar agradecer que el séptimo de ellos no se encontrara allí, porque si no, el dolor me hubiera dominado en toda su extensión. Una extensión que, gracias a lo que fuera, no había llegado a experimentar.
-Aro y Cayo, así como sus esposas, se encuentran bien, igual que cuando usted les conoció. Como Marco. Ni ha mejorado ni empeorado. Sigue igual que cuando usted se marchó -la voz de Alec siguió con un tono amistoso, pero había motas de tristeza en ella.
El silencio, tan escaso anteriormente, lo invadió todo y pude darme cuenta de por qué. Felix y Emmett se miraban, comparando su musculatura, ambos con miradas cautelosas, como si se fueran a abalanzar sobre el otro en cualquier momento. O incluso Heidi y Rosalie se comparaban, sin duda alguna, con miradas llenas de fascinación y envidia. Los demás se observaban entre sí, observándose. Pero si hubo algo que me hirió de esas miradas, fueron su color. Aquel topacio tan bello, tan resplandeciente. ¡Cuánto había llegado a adorar aquel color! En cambio, yo y los demás teníamos tonalidades borgoña, rubíes, alertando la diferencia que nos separaba. Y también había otra diferencia: los Cullen, todos y cada uno de ellos, parecían carentes de alegría, como si algo terrible fuese a ocurrir.
Antes de que sucediera algo, noté cómo una oleada de tranquilidad se posaba en mí, a mi alrededor. Sin duda, Jasper estaba interviniendo en ello. -Marco siempre ha sido así -empezó nuevamente Carlisle, con un tono triste yuna vez todos más tranquilos-. Lamentamos haber venido tan de repente y que Aro tenga que molestarse, pero es que mi hijo, Edward… -no siguió. Ni yo quise que siguiera. Edward, Edward. Su nombre torturaba y se grababa en mi mente. ¿Edward qué? ¿Qué querría Edward de Aro? ¿Qué iba a hacer para que toda su familia tuviera una mirada tan triste?
-Veréis, es que mi hijo Edward ha perdido a la persona a quien quería. Era una chica humana llamada Bella -miró al suelo, con voz rota-. Bella desapareció de donde vivía, y no se sabe si está muerta o viva. Y Edward cree que ha muerto, a pesar de no tener pruebas de ello. En cuanto nos enteramos de sus intenciones, nos dirigimos hacia aquí, para pararlo. Sé que Aro se negará a su petición, pero sabiendo cómo es Edward, no parará hasta conseguir su objetivo, obligándoos a actuar.
-Siento intervenir, ¿pero cuál es la petición de Edward? -preguntó Demetri, a mi lado, con un tono de desprecio al murmurar el nombre que me había sido prohibido recordar.
-Edward quiere reunirse junto a Bella -esta vez fue Esme, sin poder contenerse, quien habló, con una voz tan triste que me hizo temblar-. Edward pedirá a Aro la muerte, que le maten. Y si no lo logra, hará que descubran el secreto.
Edward muerto. Esas dos palabras perforaban mi mente a medida que corría. Porque corría. Mis piernas actuaron solas al oír aquellas palabras y había arrancado a correr. ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! El dolor me torturaba más que nunca al pensar en su nombre, pero apenas tenía poder sobre mí. Lo que tenía poder sobre mí era el ímpetu, el impulso y la fuerza del temor que albergaba todo mi cuerpo. ¡¿Por qué, por qué?! ¿Por qué tenía Edward que pedir que le mataran? ¿Por qué tenía que suicidarse? Recuerdos inevitables acudieron a mi mente, de instantes diferentes, breves pinceladas de aquí y allí que se conectaban de una forma extraña.
“-¡Carlisle! -llamó el ángel con su voz perfecta cargada de angustia-. ¡Bella, Bella, no, oh no, por favor, no no!
El ángel empezó a sollozar sin lágrimas, roto de dolor.”
“-Bueno, no estaba dispuesto a vivir sin ti (…). Así que pensé que lo mejor sería marcharme a Italia y hacer algo que molestara a los Volturis.”
“-No hagas nada desesperado o estúpido -me ordenó, ahora sin mostrarse distante-. ¿Entiendes lo que te digo?”
Yo era la causante de aquello, o mi supuesta muerte. Yo. Por mí. Por mí él quería suicidarse, quería morir. ¿Cómo podía dejar que la culpabilidad o sus remordimientos actuaran de aquella manera? ¡Era absurdo, ridículo! ¡Edward creía que yo me había muerto por su culpa! ¿Cómo era capaz de llegar a esos extremos tan sólo por sentirse culpable? ¿Cómo era capaz de querer… morir, de poner fin a toda su existencia por sus remordimientos?
Pero eso ahora no importaba. Tan sólo me importaba llegar a tiempo, y aunque fuera con mis poderes, retenerle, evitar que se matara. Porque él no podía morir. ¡Nunca! ¡Jamás! Si él muriese, ¿qué me quedaba a mí? La única razón por la que seguía adelante era porque sabía que él era inmortal, que viviría siempre. Y mientras él estuviese en alguna parte, cerca o lejos de mí, yo podía seguir existiendo. Pero si él desaparecía, moría o no le encontraba, todo era insignificante. Todo y todos. Y no me importaba el precio que tuviera que pagar para detenerle, para pararle, para llegar a tiempo. Para que todo mantuviera un significado.
Y ya estaba recorriendo aquel túnel de ventanas, por las que no me detuve a ver la luna llena. ¡Casi estaba! Y me vinieron a la mente Eurídice y Orfeo. Orfeo, que se había dejado matar cuando Eurídice había desaparecido definitivamente, que incluso después de morir seguía añorando a su amada. Y Eurídice, que había muerto, mordida por la serpiente, y se despidió de su amado con un “adiós” entristecido. A diferencia de Orfeo, yo lograría salvar a la persona que quería, y llegaría a tiempo. No caería, ¡no podía permitirme tal error!
-El maestro Aro te espera -me dijo con voz distante y fría Jane nada más llegar al castillo de los Volturis a través del túnel, sin apenas detenerme.
Me encontraba, por fin, frente a la puerta de la habitación de los tronos y donde estarían probablemente todos e inspiré aire, a pesar de no ser necesario, relajada por haber llegado a tiempo. Y abrí lentamente la puerta, intentando que nadie se diera cuenta de ello, por mucho que se acabara oyendo. Inmediatamente después de entrar, la cerré, apenas acercándome dos o tres pasos hacia el interior de la sala.
-Por favor, Aro, tiene que concedérmelo. Es lo único que le pido, lo único que puedo desear en este momento, si es que puedo desear algo. Si no tendré que… -musitaba la voz que había añorado durante meses, la voz más aterciopelada, más arrebatadora de todas. Y aun así, no era la voz que me era tan querida, tan conocida. Esa voz tenía un vacío profundo, como si la muerte estuviera en ella. Una voz muerta, carente de toda vida. Una voz que no parecía pertenecer a la persona que estaba de pie frente al trono de Aro.
-Edward, ¿no crees que te lamentarás dentro de un momento de tu petición? Ya verás como sí. No voy a concedértelo, no además ahora que hay un motivo para no hacerlo y que te quitará las ganas de pedirlo otra vez -respondió Aro, y se rió de su propio chiste, para, todavía con una sonrisa en su rostro, mirar en mi dirección-. Y ahora mira hacia allí, y dime si quieres realmente lo que pides. ¡Vamos, Bella, acércate y muéstrate!
Involuntariamente, me aproximé dos pasos. Y un par de ojos topacios miraron en mi dirección, casi saliéndose de su órbita. Unos ojos que había deseado ver desde hacía tiempo, unos ojos que ahora, parecían recuperar la vida. Pero ya no eran sólo los ojos. Era todo él. Era Edward. Estaba allí, ¡y vivo! ¡Había llegado a tiempo! Sus labios, su piel pálida, sus ojos, su nariz, su pecho, todo, todo, ¡era él, era Edward! Como un sueño hecho realidad. Como un ángel caído de mi cielo personal. Como una visión demasiado maravillosa y que en su maravilla desaparecería tarde o temprano de nuevo.
-¿Bella? -fue apenas un susurro, un hilo de voz, pero en comparación a su voz anterior, lo decía con un tono incrédulo, lleno de emociones, de vida.
Estaba allí, ¡allí, a escasos metros de mí! Y mencionaba mi nombre, ¡hablaba! ¡Era real! Y no pude contener por más el ímpetu. Moví las piernas inconscientemente, como si fuera un movimiento reflejo y, al abrir los ojos otra vez, me hallaba en el suelo, sentada en su regazo, y sus brazos me rodeaban tan fuertes como una cuerda, como si no quisiera dejarme ir. Y no pude evitar tampoco rodearle a él con los míos, sin querer que se desvaneciera, como le había pasado a Orfeo con Eurídice en el último momento. No, no se desvanecía. ¡Era real! Tan real como mi dolor, como lo que nos rodeaba.
-¡Edward, Edward! -grité su nombre con todas mis fuerzas, disfrutando de poderle llamar, de tenerlo junto a mí, en mis brazos y de estar yo en los suyos. Y no pude apartar la vista de él, porque mi Orfeo había vuelto a mí, fuera como fuese, por el motivo que tuviera.
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