Distorsión
Caos
Tercer capítulo: Distorsión
“Y sin embargo, de momento, me dirigía hacia el primer camino mientras existiera la esperanza de que ella existiera en alguna parte, de volver a encontrarla alguna vez, tarde o temprano, de hacerla feliz de la manera que fuese. Éso no significaba, por supuesto, que no fuera su asesino, que no le hubiera hecho daño y matado en el sentido de que Bella debía estar sintiendo el mismo dolor que yo. Era un asesino, sí, pero todavía tenía la posibilidad de revivir a mi víctima, a la razón de mi existencia. A mi Bella. Y quería confiar, o mejor dicho, confiaba en la esperanza de Carlisle. Porque yo podía seguir existiendo mientras ella viviera o se encontrara en alguna parte. Y yo la encontraría en este planeta o si no, en el cielo, si es que cabía esa posibilidad. Pero la encontraría, costase lo que costase.”
Miré nuevamente al reflejo de mí en el espejo mientras Heidi me observaba, con una sonrisa entretenida en sus labios, preparándome para la que sería mi presentación ante toda la guardia y los Volturi. Mis ojos, que ya habían cambiado en mi transformación, no se habían vuelto sino de un color más vívidamente rojo, más intenso que el del amanecer del sol, más notable que el de la sangre. Sangre, por supuesto, ¡ésa era la clave! Me había alimentado de sangre humana, de sangre de lo que yo había sido. De lo que había supuesto que no llegaría a hacer, reemplazándola por la de animales.
Pero éso jamás sería así de nuevo. Jamás. Ahora ya no era la que había sido antaño, tan risueña y llena de esperanzas que nunca se llegaron a cumplir, sino que me había vuelto un ser lleno de amargura, de odio, de soledad. No me importaba alimentarme de aquella manera. No me importaba matar. O unirme a los Volturis. Aunque fuera por simple gratitud de haberme concedido una oportunidad, de no matarme, me unía a ellos. Incluso mis ojos me lo advertían: yo ya no era la que había sido. Como el verano, con toda su calidez, su naturaleza, que se enfría inevitablemente, perdiendo todo su esplendor y sentimiento, transformándose en algo totalmente diferente.
-Heidi, ¿por qué te ocupas de mí de esta manera? Apenas me conoces -le pregunté, mientras ella terminaba de peinarme. Como antes, el agujero de mi pecho, a lo que yo había empezado a llamar “mi otro yo”, rugió intensamente ante el pensamiento que recorrió mi mente: la que podía haber sido Rosalie por la intensidad de su belleza, irónicamente, ¡me apreciaba!
-Aro me pidió que me ocupara de ti -se agachó a mi altura y miró mi expresión en el reflejo que le ofrecía el espejo. Después, me ofreció una sonrisa resplandeciente, por la que cualquier persona hubiera matado para que se la dedicaran-. Independientemente de éso, ¿por qué ser desagrable contigo, Bella? No me pareces una mala persona y siento mucha curiosidad por conocerte más. Quizá sea porque fuiste parte de mi pesca, y me siento responsable de ti.
Heidi me cogió del brazo, como si fuera una buena amiga, y salimos de la habitación, hacia la sala principal de los Volturis. En ese momento, se rió, bromeando, a gusto. Y me dio envidia. ¡Cuánto daría yo por poder reír de esa manera, por poder siquiera no tener que esforzarme por sonreír! Pese a ello, me gustó su respuesta. Era simple, sincera, agradable. No como yo. De ella irradiaba una alegría y curiosidad envidiables. Ésa era otra cosa que me había robado: mi risa.
Su culpa. Era la culpa de Edward. Todo, absolutamente todo. Si él no me hubiese dejado, yo no me hubiese transformado en el monstruo que era ahora. O si se hubiese marchado aquel primer día, yo seguiría viendo a Charlie, a Renée. ¡Porque me había quitado hasta a mi familia humana y la que no lo era! Y el amor, el futuro… Pero lo peor es que me hubiese quitado mi razón de existir, que me hubiera alejado de él de aquel modo. Y con él, se había llevado la mejor parte de mí. Porque él había sido una parte de mí, queriéndolo o no. Por ello yo estaba vacía. Por ello sólo albergaba un vacío incurable de sentimientos oscuros.
Por todo eso, le odiaba. ¡Le detestaba! Desperadamente, intensamente. Le odiaba tanto como le amaba. Como si me apasionase. Ambos sentimientos eran uno. La gratitud por haberme dado los días más felices de mi vida, el rencor y el odio por haberme dejado abandonada de aquel modo. El amor y el odio. El hielo y el fuego se habían solidificado en un ser contradictorio. Lo imposible se había hecho real. Lo real se había hecho imposible. Pero yo ahora me veía dominada por mi ser oscuro, por lo único que quedaba de mí: mi poder de vampira, mi yo. Algo que me dominaba hasta el extremo de albergar tan sólo odio, dolor o tristeza. Algo espantosamente eterno, como mi amor y anhelo por él.
-¿Bella? Vamos, no te preocupes. Te apreciarán. Además, te he dejado radiante -me animó Heidi mientras abría una puerta, pensando que me preocupaba aquel asunto. Nuevamente, la envidié. ¡Cuánto deseaba yo poder preocuparme por detalles como aquél y no por mayores y más terroríficos!
-¿De veras? -fue cuanto pude musitar. Si algo se tuviera que llamar radiante, debería ser ella, con sus ojos violeta brillando con interés y curiosidad por ver qué pasaría.
Y entonces vi la habitación. Se trataba de una estancia totalmente redonda, con un ventanal por donde entraba la luz del sol, y extrañamente, con majestuosos tronos al lado de las paredes de color siena y un trono más en el centro de la sala. Y desde luego, no estaba vacía. Había vampiros aquí y allí, con ropas informales, actuales, que no les hubieran hecho llamar la atención de no ser por la belleza de sus rostros. En el centro de la sala, sentado con una túnica oscura a diferencia de los demás, se hallaba Aro, que en seguida se levantó para darnos la bienvenida, atrayendo todas las miradas hacia nosotras.
-¡Heidi, Bella, habéis vuelto! -nos saludó dándonos la mano, como si no nos hubiera visto desde hacía años-. Debo felicitarte, Heidi, has dejado a Bella maravillosa, digna de su presentación aquí. Por cierto, Bella, todo el mundo está muy impaciente por conocerte. ¡Todavía no se creen la grandeza de tu poder! Venid, venid las dos, que te iré presentando.
Había abierto la boca para decir que yo tampoco sabía muy bien en qué consistía mi poder, pero no comenté nada, pues ya nos encontrábamos frente a alguien. Se trataba de una mujer de esplendorosa belleza, con cabello negro como la tinta, y con una apariencia bastante madura, como si la hubiesen cambiado cuanto tenía treinta años. Pese a ello, esa madurez le daba cierto aire de majestuosidad.
-Bella, te presento a Iulia, mi esposa -dijo con sonrisa en los labios con orgullo, como si me estuviese dejando ver a un tesoro jamás visto y sostenía la mano de su esposa en la suya-. Iulia, querida mía, ésta es la nueva incorporación de nuestro clan, Isabella.
-Isabella, ¿eh? -pronunció mi nombre como si se tratase de una palabra sin significado, esbozando una sonrisa enigmática en su rostro-. ¿Y de qué se trata tu poder, querida? ¿Vuelas? ¿Te desvaneces y vuelves a aparecer? ¿O acaso puedes matar con una mirada?
-Todavía no se ha comprobado, Iulia, pero es algo devastador -esbocé una sonrisa también enigmática en mi rostro, imitándola. ¿A santo de qué me trababa así, nada más conocerme?
-Lo siento, Bella. Mi Iulia es muy celosa, ¡ni que fuera Juno junto a Zeus! -se rió, satisfecho de su chiste, pero el amor que desprendían sus palabras me provocó un estremecimiento que recorrió la columna vertebral-. Bueno, bueno. ¿Y si conocemos tu misterioso poder, Bella? Creo que ya es hora de conocer al gran desconocido, del cual, como bien has dicho, sólo sabemos de su intensidad.
-Me ofrezco voluntaria. Quisiera ver de que se trata ese poder tan desvatado. Si es que lo es -comentó con una falsa risa antes de juntar sus labios a los de Aro, y por lo que tuve que apartar la vista para que no me carcomiera más el dolor-. Para el vampiro más poderoso y maravilloso jamás visto.
Por un momento, dudé de qué hacer y miré a los hermosos ojos lilas de Heidi en espera de una respuesta. Ella tan sólo asintió en mi dirección, dedicándome una sonrisa de confianza. Y suspiré, mirando a Iulia, que se había puesto a unos cinco metros de mí, pero también alejada de los demás. Sabía que era mi momento, el momento de mi juicio: podía adquirir algo de poder, tanto poder de mi persona como poder de vampiro. Y me concentré en su figura, como si pudiese leer sus pensamientos o provocar algún cambio en ella. Desde luego tuvo que ser ese pensamiento por mi parte el que provocó que el dolor reaccionara intensamente. Durante unos instantes, sentí como si le ordenara a Iulia que se moviera, que levantase el brazo y se acercase a mí. Como si ella tuviese que cumplirlo, que obedecerme.
En un abrir y cerrar de ojos, se encontraba allí, frente a mí, con un brazo alzado, con una expresión de absoluto asombro en su bello rostro. Para asegurarme totalmente de qué era lo que podía haber hecho yo allí, volví a concentrarme, captando la voluntad de Iulia, pensando en ella sentada. Y, efectivamente, al instante estaba sentada en el suelo, con aquella expresión, como si hubiese visto pasar su larga vida ante ella y no pudiera creérselo. Volví a suspirar, observando ahora a quiénes estaban allí, y todos tenían el asombro encarnado en sus rostros.
-Vaya, no me esperaba que esta nueva incorporación tuviera un poder tan grande. Supongo que debo admitir que no exagerabas, Aro -comentó un vampiro que no había visto antes, y que acababa de salir de una esquina de la habitación. A diferencia de los otros, y como Aro, llevaba una túnica negra que contrastaba con su cabello blanco, como si le hubiese caído nieve en el rostro-. Te llamabas Isabella, ¿verdad? Bienvenida. Tu poder será de gran ayuda para nuestro clan. Contigo en nuestras manos, seremos aún más invencibles que antes. Yo soy Cayo.
Al comentar aquellas palabras, apareció una sonrisa ambiciosa y egoísta en su piel apergaminada. Y pese a que comprendí que sólo les importaba por el poder que poseía, porque así les hacía más fuerte a ellos, especialmente a Cayo, decidí no quejarme de ello, porque sabía que entonces no causé buena impresión. Sin pensarlo más, asentí, ya que él no hizo gesto de darme la mano. Aun así, me hizo una señal para que me acercara hacia donde él estaba.
-Y ésta es mi esposa, Flavia -comentó con orgullo, señalando a una mujer de cabellos blancos como los suyos, cuya actitud me recordó a la de Iulia, pero ésta esbozó una sonrisa más cordial y yo se la devolví-. Y por supuesto, este es Marco.
Marco, al oír que le mencionaban, alzó la cabeza, como si hubiese estado sumido en sus pensamientos durante todo el rato que yo había estado ahí. Y al mirarle yo, y pese a que en un inicio me miró fijamente pero casi como si fuera transparente, cambió su expresión radicalmente a un rostro totalmente horrorizado. Le dediqué una sonrisa, pensando que quizá me temía al haber visto mi poder, pero tan sólo desvió la mirada y ocultó su rostro tras su largo cabello negro, del mismo color que su túnica. Y me sorprendí mientras una sospecha recorrió mi ser. Era como si hubiese podido ver mi lado negro, ver la desesperación, el odio y el dolor que sentía. No puede ser, me dije. Probablemente sea mi poder. Y no le dirigí la palabra.
-¡Esto es extraordinario, Bella! -comentó Aro entusiasmado, ahora a mi lado, acompañado de Iulia que tenía un rostro indiferente pero temeroso-. ¡Puedes distorsionar la voluntad de la persona! O ésa es la conclusión que saco de lo que mi esposa me ha comentado. ¿Cómo se debe sentir el poder controlar los movimientos de una persona? ¿El hacer que se acerquen a ti o se alejen, contra su voluntad? ¡Es simplemente maravilloso!
-Me alegro de que le haya gustado, Aro. Incluso yo misma me he sorprendido. ¿Pero por qué debe ser…? -intenté sonar educada, agradecida al menos de que a alguien le entusiasmara mi poder.
-Quizá porque algo te haya afectado en contra de tu voluntad antes de transformarte, y ahora puedas aplicarlo tú a otras personas. O tal vez porque algo te dañó tu voluntad, ¡y cuánto más receptiva estés, más poderoso es ése poder! -exclamó, encogiéndose de hombros. Pero sus palabras tenían más sentido de lo que él creía, pues me habían hecho daño en contra de mi voluntad, abandonándome, dejándome atrás y… interrumpí mis pensamientos cuando Aro volvió a comenzar-. En fin, Bella, aquí tienes a otras dos personas que conocer. ¡Felix, Demetri, venid y veréis quién está aquí!
Dos jóvenes aparecieron al lado de Aro, como si hubieran estado ahí desde hacía rato, observándome. Ambos eran altos, musculosos, vestidos con ropa normal, con una complexión olivácea que contrastaba claramente con la palidez de sus rostros. Sin embargo, había uno más fornido, más musculoso que el otro cuyo pelo era corto. El otro, a pesar de ser también fornido, llevaba el cabello ondulado y algo más largo que su compañero. Ambos me miraban con sus ojos carmesíes de gran intensidad, con curiosidad. Pese a ello, el de pelo corto llegó más lejos y me guiñó un ojo.
-Bella, éste es Felix -me señaló al que me había guiñado un ojo, que estaba a su izquierda-. Y Felix, ésta es Bella. Supongo que ya habrás visto su poder. ¡Qué despilfarro hubiera resultado el no encontrarla!
-Desde luego, maestro. Encantado de conocerte, Bella -volvió a guiñarme el ojo y me tendió la mano y se la apreté, con una sonrisa que no comprometía a nada. Pero antes de que Felix pudiera hacer o decirme algo más, alguien se arrojó a sus brazos con algo más que simple impulso.
-Felix, que estoy aquí -le recriminó Heidi, que probablemente se había ido a otra parte de la habitación. A continuación, como si existiesen tan sólo ella y Felix, rodeó el cuello de él con sus brazos acercándole más a ella, y besándole con tal fuerza que probablemente el pobre Felix debía estar ahogándose. De inmediato, aparté la mirada al suelo.
-Heidi y su energía -Aro se rió a carcajadas, viendo la reacción de Felix y volvió su vista a Demetri, el de cabello ondulado y hacia mí, con una sonrisa insinuante en los labios-. Pues como habrás supuesto, Bella, éste es Demetri. Y Demetri ésta es la bella Bella -comentó en lo que parecía italiano, por lo que no entendí apenas lo que dijo
-Encantado, Bella -me saludó Demetri, con una sonrisa tímida en sus labios y tendiéndome la mano. ¡Por fin alguien que se presentaba con cordialidad, con normalidad!
-Igualmente, Demetri -le respondí, apretándole la mano con calma, ya que, por lo visto, parecía ser la única persona con un comportamiento normal, ni demasiado entusiasmado ni muy poco, de aquel lugar. Y solté su mano.
-Es realmente una pena que no estén ni Jane ni Alec, Bella, ¡pero desgraciadamente no han vuelto todavía! Seguramente Jane tenga ganas de conocerte -musitó con una nueva carcajada y repentinamente dibujó una sonrisa diábolica en su rostro-. Pese a ello, en su lugar han venido unos invitados muy, muy especiales. ¿No conocerás acaso a una vampira pelirroja llamada Victoria y a uno moreno llamado Laurent? Te preguntarás por qué te estoy diciendo ésto, pero debes saber que Heidi los encontró persiguiéndote justo cuando te encontró ella en América, y al parecer no tenían buenas intenciones…
-Laurent y Victoria… -mi voz salió de mi garganta como si fuese independiente, murmurando suavemente aquellos nombres que me quemaron por dentro, como si nuevamente me estuviera transformando. Dolor, temor y odio eran los elementos que circulaban a mi cuerpo, juntamente con aquel interminable agujero negro que me engullía. Pero lo más temible, más absorvente, era sin duda los recuerdos que acudían a mi mente. Aquí y allí podía verme a los Cullen y a mí en aquel claro, y Edward defendiéndome. O yo recuperándome en el hospital, con Edward preocupándose de mí a cada momento. Eran recuerdos terriblemente dolorosos, a la vez que fantásticos de recuperar para saber que seguían en algún lugar de mi memoria, queriéndolo o no.
-Los mismos -Heidi, que hasta entonces había estado ocupada besando a Felix, se situó a mi lado con la misma sonrisa diabólica que Aro en su hermoso rostro-. ¿Qué te parece, Bella, si te vengas de ellos? Y, ¡oh!, también estaban poniendo en peligro el secreto de la existencia de los vampiros así que matarías dos pájaros de un tiro. Y no lo digo ya porque son dos los objetivos, sino porque los vampiros también son dos.
Por un momento, lo pensé detenidamente. Vengarme. Nunca en mi vida había tenido la oportunidad de vengarme de nadie, y ahora aparecía de la nada, como si la niebla la hubiese cubierto. ¿Y por qué no hacerlo? Al fin y al cabo, aquellos dos seres sólo me habían causado dolor y terror. Y no sólo a mí, ¡sino a mis seres queridos! ¿Quién no me aseguraba que, si dejaba escapar esta oportunidad, corrieran y mataran a Charlie o a Renée? ¿O que persiguieran a aquella familia que me era tan querida, a la vez que tan odiada? Por todos, por mí, por el dolor que me causaron en el pasado, iba a destruirlos.
-¿Por qué no? -adopté esa misma sonrisa que le daba a Heidi y a Aro un aspecto tan terrorífico. Si me vengaba, no sacaba ningún provecho, como tampoco lo sacaba no haciéndolo. Y mataría dos pájaros de un tiro, como Heidi había dicho. ¿Qué había de malo en ello?
Antes de que pudiera decir algo más, Aro ya había ordenado que los trajesen. Allí, en aquella sala, como si esperaran que me batiera a un duelo con ellos, para entretenerles y yo ganase. Pero me daba la sensación que no se trataba sólo de éso, sino que había más: estaban poniendo a prueba mi fialdad hacia ellos. Y la puerta ya se abría, gruñendo, con Felix y Demetri atando las manos de Victoria y Laurent. Durante un instante, me quedé sin habla, y observé atentamente a aquellos vampiros a los que apenas había esperado volver a ver. Allí, ante mí, ante los Volturis, estaban las pruebas de que mi pasado había existido, de que él había existido alguna vez en mi vida.
-¡Soltadme! ¡Dejadme ir! ¡No vais a poder hacer nada contra mí! -murmuraba Victoria, con furia y con una voz soprano que nunca le había oído hablar, todavía sin fijarse en mí. En realidad, era igual que en mi memoria: seguía teniendo ese cabello alborotado del color de las llamas del fuego, con su caracterizante expresión felina.
-¿De veras crees éso, Victoria? Deberías saludarme, ¿no crees? Hace mucho tiempo que no nos veíamos -y sonreí de la manera más terrorífica que pude. A decir verdad, no sabía por qué actuaba así. Quizá era porque quería mostrarle que se equivocaba, que ahora yo podía con ella. Quizá porque gracias a mi pequeño poder, me sentía poderosa por primera vez en mi vida. O simplemente, por matar dos pájaros de un tiro-. ¿No os acórdais de mí? Tú tampoco, ¿Laurent? Soy Bella. ¿No recordáis que me intentásteis cazar junto a James, pero que no lo lográsteis?
Incluso en aquella ocasión, la mentira que nunca había sabido utilizar funcionó. Y mi voz sonó con decepción, con tristeza, como si realmente me importara que ellos dos me reconocieran o no. Más aún augmentó mi sorpresa al ver que sus rostros sorprendidos, asombrados, como si hubieran visto un fantasma, pero en seguida, el rostro de Victoria volvió a adaptar su furia habitual. -¡Criatura diabólica, cómo no iba a acordarme de ti! ¡Morirás, te lo prometo, te mataré! James murió a manos de tu Edward, ¡pues tú morirás ahora en las mías! Mataste a mi pareja, ¡y ahora te mataré yo a ti en su venganza!
-¿De veras, Victoria? -continué con mi voz decepcionada, como si una amiga me hubiera traicionado, y a pesar del dolor que me provocaban sus palabras -un dolor que me carcomía, que controlaba mi mente- me sentía más poderosa. Terriblemente poderosa, como si herida, adquiriera más intensidad-. Felix, Demetri, por favor, soltadla -y la acerqué a mí contra su voluntad, haciendo que se acercara a mí hasta que pude alzar su rostro con mi mano derecha y poner un dedo que alzara su mentón-. Victoria, ¿de veras crees poder matarme? ¿De veras estás segura de tus palabras? ¿O que realmente le importaría a él si muriese? ¡Oh, vamos, si incluso tú puedes verlo, puedes saberlo mejor que nadie ahora mismo! ¿Acaso crees que soy la misma? Mira mis ojos, mirálos con atención y lo entenderás.
Y me miró a los ojos, esta vez con una expresión aterrorizada que no era característica de ella. ¡Era increíble! Esta vez, no era ella quien atemorizaba, sino yo. Yo, ¡que había sido la ovejita cobarde! Y ahora la situación era bien diferente. Me sentía poderosa, orgullosa de poder aterrorizar a alguien, disfrutando de la sensación que éso me provocaba. Como seguridad en mí misma, como confianza.
-Me da igual si eres diferente. ¡Sigues siendo la causa de la desaparición del ser más importante en mi vida! Y te mataré, ¡o moriré intentándolo! Ése es mi objetivo ahora, y lo cumpliré. Lo conseguiré o moriré en el intento, pero lo haré -gruñó, expresando una furia que me era desconocida. ¿Con que James y Victoria habían estado juntos? ¿Y a mí qué me importaba a estas alturas? Había decidido vengarme, y lo haría.
-Como tú quieras. Sin embargo, hay alguien aquí que también debe una explicación. ¿No crees, Laurent? -me dirigí hacia él, sonriéndole tentadoramente, distorsionando su voluntad, provocando que se acercara a mí tanto si quería como si no. Y tomé su rostro entre mis manos, como esperando observar cambios en el suyo. Pero no, él tampoco había cambiado. Seguía poseyendo aquel cabello de carbón, con unas bellas facciones-. Laurent, tú me reconoces, ¿cierto? O éso espero. Y bien, ¿no se suponía que no estabas con Victoria, sino en otro lugar? En Alaska, ¿verdad? Díme, ¿qué debo pensar? ¿Te ha engatusado Victoria? ¿O has sido tú, por propia voluntad?
-Bella -musitó con una voz dulce, aunque su sonrisa era demasiado valiente, como si creyese que no era yo quien les dominara, sino alguien de aquel lugar. Aparté las manos de su rostro-. Por supuesto que fui a Alaska, ¡cómo podía habérmelo perdido! Pero a veces, en esta vida, hay cosas que se deben. Y yo le debía una a Victoria, ya que ella me perdonaba la vida si le ayudaba a encontrarte. Es una gran oportunidad, ¿no crees? Es por ello que decidí unirme a ella. Por eso, y por supuesto, ¿quién hubiera querido desperdiciar tu sangre, tan deliciosa como era?
-Muy bien, entonces. Vosotros lo habéis decidido. ¡Pero, oh, qué decepción me he llevado! No me esperaba ésto de vosotros, de veras -sacudí mi cabeza lentamente cerrando los ojos, continuando con mi comedia-. Supongo que querréis decir unas últimas palabras. Es más, tenéis todo el derecho a decirlas ya que serán las últimas.
-Arde en el infierno por tus pecados, criatura diabólica -me deseó Victoria con una sonrisa que si era infernal en su rostro felino, agitando sus cabellos de fuego. Y me volví mi rostro hacia Laurent, que estaba justamente al lado de Victoria, que también adoptó la sonrisa de ella.
-Irina me vengará, Bella, puedes estar segura de ello -me prometió con una voz llena de odio, de ardor. Me pregunté si no estaba amenazándome con un nombre escogido al azar, ya que no recordaba a ninguna Irina.
-¿Irina? -pregunté con una voz extraña, como si no hubiera oído jamás esa palabra-. Oh, claro, ¡Irina! Pues estoy impaciente por recibir su visita, Laurent. Seguro que me divertiré mucho. Y Victoria, dudo que vaya al infierno alguna vez. ¿Sabes? Edward solía creer que no teníamos alma. Desde luego que no la tenemos nosotros, los vampiros. Como no la tienes tú o Laurent, o como no la tiene él. Como tampoco la tengo yo ni la tendré.
Precisamente fue ése pensamiento el que me llevó a empezar la carnicería, a hacer desaparecer a Victoria y a Laurent de una vez por todas, dejando ir mi parte más espantosa, la del instinto vampírico. Y mientras arrancaba un brazo aquí y allí, o alguna parte del cuerpo, fui consciente del significado de mis palabras. No, no había alma posible. No cuando el dolor era lo único que dominaba mi vida. No cuando él me había dejado de aquella manera, abandonada, destrozada, sin importarle lo más mínimo.
Y entonces, más claro de lo que antes lo había tenido, lo entendí. Él sería siempre, siempre la razón de mi existencia. Durante toda la eternidad. Porque le amaba de un modo desesperado, enfermizo, que me enloquecía. Pero también por el odio y rencor que le guardaba. Era una soberana tontería, ¡pero tenía la esperanza de encontrármelo algún día, tanto para bien como para mal! Y besarle, y reprochárselo. Y quererle, y odiarle. Y devolverle el daño, y hacerle feliz al mismo tiempo. Mis sentimientos eran una contradicción en ellos mismos. Yo misma era una contradicción. Pero a pesar de ello, era consciente de algo: él era mi pasión, mi razón de existir, de un modo contradictorio, pero lo seguía siendo.
Al abrir nuevamente los ojos, vi ante mí lo que eran los fragmentos de los cuerpos degollados de Victoria y Laurent. Todo aquel dolor que me habían provocado sus palabras y las mías propias, y los recuerdos inevitablemente irresistibles habían acabado en aquello. En la destrucción. En la violencia. En la muerte. Pero ante cualquier otra cosa, había algo: que la indudable causa de todo aquello había sido mi dolor, mi poder, la parte más monstruosa de mí. O yo, por decirlo de algún modo.
-¡Oh, Bella, has estado magnífica! -Heidi se abalanzó sobre mí, con una sonrisa orgullosa en su hermoso rostro, con los ojos violeta brillándole. Y yo correspondí a su abrazo, necesitando por un momento alguien en quien apoyarme.
Porque, al mismo tiempo de aceptar que él era mi eterna razón de mi existencia, mi eterna pasión, había aceptado otra cara más oscura. Un dolor, un monstruo, un poder en mí que no era otra cosa sino parte de mí. Sino yo misma. Incluso los rostros de los Volturis me lo confirmaban. De Aro, de Cayo, de Demetri, de Heidi, de Felix. O de Iulia y Flavia, incluso. Me confirmaban que ya no era la misma. Que por ello mis ojos eran terroríficos, tan rojos. Que era un monstruo, alguien dominado por el odio y el dolor. Porque ya no había vuelta atrás. Porque, de alguna manera, ya formaba parte de ellos.
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