Asesino
Caos
Segundo capítulo: Asesino
“Monstruo. Ese monstruo que empezaba a dominarme ya. Ese monstruo que no era sino ese poderoso, intenso poder que había nombrado Aro y que él no sabía en qué consistía. Pero yo sí lo sabía, o empezaba a intuirlo: monstruoso, devastador, como había sido mi agujero. No sabía que sería pero sabía que sería algo oscuro, lleno de odio, maldad, crueldad, hambre, daño, sufrimiento, dolor… todo lo oscuro, lo malo, lo que no hubiese sido si no me hubiesen dejado atrás. Pero yo ya no tenía nada. Y todo ese poder, ese ser que vencía mi voluntad, era oscuro. Era lo que yo era, queriendo o no.
Y ese ser, ese monstruo en mí, venció mi voluntad, consolidándose, finalizando su formación. Haciendo que me dejase atrás como me habían abandonado, dejado atrás. Porque ya era demasiado poderoso en mí como para poderlo controlar.”
-Edward, Bella ha desaparecido -había dicho Alice hacía un momento, con voz triste, mirándome con tristeza, con compasión y con pena, mordiendo su labio inferior.
Esas cuatro palabras se repetían una y otra vez en mi mente, como un eco interminable que no se detiene hasta su fin. Pero este eco no tenía fin. Este eco permanecía ahora y permanecería para siempre, yo lo sabía. Y pese a todo, no le encontraba sentido a las palabras, no quería encontrarles sentido, porque si les encontraba sentido, todo habría acabado para siempre, todo carecería de sentido y no habría razón para que yo siguiera existiendo. Luché con todas mis fuerzas para concentrarme en cualquier cosa, por ridícula que fuera, por poco interesante que me resultara, para parar esas palabras, para quitarles la realidad que implicaban, el veneno que destilaban.
Pero no lo conseguí. Y automáticamente, como en los tres largos meses que se habían asemejado a milenios, la imagen de su rostro apareció frente a mí, con una sonrisa en los labios. Podía imaginar su rostro pálido, pero sonrosado, como siempre que estaba junto a mí; sus ojos de color chocolate que destilaban alegría, como siempre que había estado junto a mí; sus labios, curbados en una sonrisa feliz, extendida por todo su rostro; y finalmente, su cabello, largo y sedoso. E incluso podía recordar el dulce olor de su sangre, tan apetecible, tan atrayente, que me fascinaba. O el tacto de sus labios contra los míos al besarnos, aunque así sólo la pusiera en más peligro.
Y todo éso había acabado, ya no existía. Bella no existía.
De repente, la imagen que tenía frente a mí cambió de expresión lentamente, como las nubes que avanzan y nublan un día soleado. Y algó nubló su rostro. La hermosa sonrisa que había en su rostro se convirtió en una línea apretada y dura, como si estuviera resignada. Su piel, antes sonrosada, estaba ahora pálida, incluso más blanca que la mía. Blanca transparente. Y sus ojos, tan brillantes antes, se oscurecieron como la noche. Incluso su cabello parecía haber perdido brillo. O su olor parecía desvanecerse. Y entonces, abrió los labios un momento, como si fuera a hablar, pero dudando, y finalmente se decidió a hablar, tragando saliva, con los nervios palpitantes.
-Siempre quiero que vengas -me aseguró su voz, con una sinceridad en cada una de sus palabras inegable, pero con miedo, súplica y temor en sus ojos oscurecidos, los cuales empezaban a llenarse de lágrimas. Entonces, esbozó una sonrisa nerviosa en su rostro. Como me había dicho y hecho uno de los días antes de irme, cuando yo ya sabía que tenía que irme, que dejarla en paz.
Ahora, ni siquiera su inseguridad, miedo, temor, o su palidez y su sonrisa nerviosa estaban allí, en alguna parte del mundo. Se habían perdido, como Bella.
Perdida. Inexistente. Desaparecida. Muerta. ¡Y todo por mi estupidez, por mí! Aunque nadie hubiera dicho una palabra de ello, yo lo sabía. Sabía que si éso le había ocurrido a Bella, había sido por mi culpa, por mí, por mi empeño en dejarla en paz, en marcharme. Sabía absolutamente que la razón de todo aquéllo era yo, y nadie más. Yo por marcharme, por dejarla sola, por abandonarla de aquel modo, por no estar a su lado más, por no protegerla… y por quererla. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que haber hecho aquéllo? ¿Por qué no me había marchado para siempre ya el primer día que la conocí en que había presentido el peligro que suponía yo? ¿Por qué tenían que ser las cosas así, tan injustas para ella?
Y me odiaba. Me odiaba con toda la intensidad posible, aunque incluso éso parecía carecer de sentido mientras no estuviera ella para culparme. Había pensado que ella sería feliz, que ella sería capaz de sonreír igualmente al ver que no estaba en peligro, que ella estaría mejor con su vida humana, enamorándose de nuevo, teniendo hijos, trabajando. Una vida normal, humana. Sin peligro. O que se acabaría olvidando de mí y sería capaz de verme tan sólo como un buen recuerdo.
Pero me había equivocado. Había errado de la peor manera en que podía haberlo hecho jamás. Y lo había hecho porque, ya cuando había sabido de sus sentimientos, había pensado que, como todo humano, acabaría olvidándose de mí algún día. Porque yo había leído miles de mentes humanas, había visto miles de parejas humanas y todas ellas, a pesar de sus sentimientos, acababan olvidándose el uno al otro, quedando en un cariño. Y ya. Había creído que ella me olvidaría algún día, como hubiera haber hecho. Pero había olvidado que Bella era una excepción a todo, incluso a éso. Bella me había querido de una manera sobrehumana. Como yo la quería a ella.
Y también creía, y seguía creyendo, que no tenía el derecho a quitarle la vida, y quizá, su acceso al cielo. Había creído que sería feliz. Y la felicidad de Bella era lo más importante para mí, con o sin mí. Porque hubiera aceptado encantado incluso morir si eso hubiera supuesto su felicidad. O marcharme de su vida, como había hecho. O estar junto a ella, y darle la eternidad. Hubiera dado cualquier cosa -mi existencia incluida-, por su felicidad. Pero había juzgado su felicidad según mis valores, no según los suyos, considerando que su felicidad sería mejor si era humana, si me olvidaba.
La había matado involuntariamente. La había dejado sola, la había abandonado, herida. La había puesto en peligro. Había hecho que ella desapareciera, que muriese.
Yo era un asesino. El asesino de Bella. Su asesino. Yo había tenido el potencial de destruirla, de matarla, de hacer que desapareciera, sin saberlo. E incapaz de controlar ese potencial, incluso ciego ante su mera existencia, lo había empleado, inconsciente de ello. Lo había empleado del peor modo posible. Y ahora carecía de potenciar alguno para hacerla revivir, para encontrarla, para que volverla a hacer feliz de nuevo. La había matado del modo más cruel posible y ahora era incapaz de resucitarla. ¿Por qué siempre tenían que ocurrir así las cosas? ¿Por qué no podía haberla hecho feliz, en vez de haberla matado?
Pero ahora, de todos modos, era demasiado, demasiado tarde. Era su asesino, el cuchillo que había destripado su corazón. Y pagaría por ello.
Además, todo carecía de sentido ahora. Incluso culparme o retorcerme de dolor por haberla dejado. O vivir a mi vida normal, y esforzarme por Carlisle, Esme y mis hermanos. No sentía dolor. No sentía sufrimiento. ¡Y ni siquiera remordimiento! Sólo podía sentir, si es que a aquello se podía llamar sentir, la nada. Un vacío. Un sin sentir. Ni amor, ni espanto, ni sorpresa, ni odio, ni dolor. Nada. No importaba el sentimiento que fuera, porque nunca más podría sentir algo. Era como si fuera un muñeco viviente, y por mi propia incapacidad, no podía sentir nada. Sólo podía sentir la nada, un vacío. O mejor dicho, percibirla, en la mejor de las definiciones.
Tan sólo, como deseos, como ilusiones, como vagas esperanzas, me quedaba una. Morir totalmente. Ser un muñeco solamente, pero sin vida física. Era lo que me merecía, lo que debía hacer y quería hacer. Y precisamente, si en aquella muerte moría, si Carlisle tenía inconcebiblemente razón, si aún tenía alma y me dirigía al cielo por una razón imposible y la veía a ella, sólo entonces, podría volver a sentir. Odio hacia mí, amor por ella. Gratitud por la imposibilidad del hecho. Incompresión porque aquello sería algo que no merecía. Pero éso, por supuesto, era una esperanza tan vaga como que Alice se equivocara. E incluso morir era algo que no merecía. Merecía sufrir, odiarme, sentir culpabilidad. Pero, por supuesto, tenía que ir al infierno para sufrir encantado mi condena. Iría a Italia y…
-¡Ni se te ocurra, Edward! ¡No puedes hacerlo! ¡Jamás! -susurró Alice, haciendo que volviera a la realidad por un momento, aunque esa realidad carecía de sentido tanto como mis pensamientos, apenas dejando espacios entre las palabras, con los ojos que parecía que se salieran de sus órbitas. Y no me sorprendí o me dolió cuando ella me había abofeteado con tal fuerza que destrocé la nueva televisión que habían comprado en la nueva casa. De repente, tuve a Alice nuevamente frente a mí, abofeteándome, como si quisiera que recuperara el sentido-. ¿Me estás oyendo? ¡Ni se te ocurra! ¡No puedes hacerlo! ¡Y si lo intentas, nosotros iremos tras de ti y te atraparemos!
Incluso aquéllo que debería haberme importado, me parecía nada. Era incapaz de sentir preocupación. Y permití que Alice me abofeteara cuanto deseara, que se desahogara. Aunque debería haber sido capaz de leer los pensamientos de toda mi familia, tampoco podía. No podía ni siquiera éso. Porque hasta mi poder de leer pensamientos era inútil, como si se hubiera anulado para siempre, rehusando seguir siendo mío por haberme convertido en el peor de los asesinos.
-¡Edward! ¡No puedes hacernos ésto, ni hacerte ésto a ti, ni a Bella! ¡Ella no hubiera querido que lo hicieras! -Esme se lanzó contra mí, abrazándome con fuerza, estrangulándome, temiendo que me moviera, que me matara, como Alice debería haberles dicho. Era cierto. Bella no hubiera querido que lo hiciera. Pero también la había dejado. Y ella tampoco había querido que la dejara. ¿Qué más daba por una cosa más?
Sin que me hubiera dado cuenta, todos estaban alrededor, rodeándome, impidiendo mi huida. Todos me miraban con seriedad, con solemnidad en sus ojos y unos rostros inescrutables. A pesar de ello, podía percibir la preocupación y el daño que le estaba haciendo a Carlisle en especial, y a todos también. Hubiera querido decir algo, pedir permiso. O pelearme con ellos y conseguir salir de allí. Pero incluso para hacer ambas cosas carecía de ganas, de entusiasmo. No quería hacerlo, pero si tenía que hacerlo si no me dejaban huir, lo haría. Haría lo que fuese para morir. Y sufrir mi condena, o reunirme con Bella si aún cabía esa posibilidad, a la que ya había prácticamente renunciado.
-Edward, ¿estás escuchando? -pude oír la voz de Carlisle que me hablaba, con una gran preocupación, y con un temblor en la mano que me había puesto en el hombro, temiéndose lo peor. Pero yo sabía que él no era así. Que Carlisle insistiría cuanto pudiera sin recurrir a la violencia, como en aquella ocasión, años atrás, en la que yo había decidido beber sangre de asesinos. ¡Irónicamente, el asesino ahora era yo!-. Edward, que Bella haya desaparecido, no significa que esté muerta, que su vida haya desaparecido como ella. ¿Lo entiendes, Edward? No tenemos pruebas para justificar su muerte. Es cierto que no sabemos dónde está, pero tampoco sabemos de su muerte. ¿Edward?
-¿Bella? -me limité a preguntar, con una voz muerta, sin tono específico o sentimiento alguno, sintiendo una leve esperanza de que ella no estuviera muerta. Pero enseguida, volví a no sentir nada. Sólo ganas de morir. Pese a ello, al ver los ojos de Carlisle, topacios, que brillaban con esperanza, tomé en consideración esa posibilidad, aun incapaz de sentir algo. Carlisle siempre conservaba la calma y se lo agradecía.
-Edward, no hay pruebas de que Bella haya muerto. Sólo se sabe de su desaparición, de que no está en Forks junto a Charlie. Por éso mismo, ¿quién sabe si está viva, en Europa, en África o en este continente? ¿Quién sabe dónde se encuentra? Que Bella esté desaparecida, no significa que este muerta -se agachó junto a mí, acariciando mi pelo pausadamente, como un padre a su hijo pequeño y continuó-. ¿Lo entiendes? Tienes que seguir adelante, Edward, tienes que seguir existiendo, para encontrarla, ¡para saber qué ha sido de ella! No sabes si está muerta con seguridad. ¿No te das cuenta de que aún existe la posibilidad de que esté en algún lugar y de que siga viva?
-Viva -repetí, y fruncí los labios, concentrándome en las palabras del que era mi padre en tantos sentidos. Aunque siguiera sin sentir muchas cosas, empecé a entender a Carlisle, empecé a creer en esa esperanza. En que ella estaba viva. En que Bella se encontraba en alguna parte que yo no sabía, pero que, al fin y al cabo, existía. Y no obstante, seguía pareciendo una posibilidad tan remota, tan inconcebible e imposible… como una segunda oportunidad para mí, que no me merecía. Sólo la merecería mínimamente si lograba hacerla feliz de nuevo, encontrarla, puesto que ahora sabía de su totalidad excepción humana, del alcance de sus sentimientos por mí. Y aun así, no acabararía de merecerla, nunca.
Nuevamente, parecía que fuese Carlisle quien me daba la segunda oportunidad. Como décadas atrás, cuando volví con él y Esme, arrepentido. Cuando ellos me acogieron con los brazos abiertos, dándome una bienvenida que no merecía. ¿Me recibiría así Bella, si es que seguía viva, si la encontraba? Abrí la boca para hablar, pero durante un instante no salieron palabras. Respiré profundamente y conseguí balbucear algo. -Quizá…
-¡Oh, Edward! ¡Por favor, haz como te ha dicho tu padre y continúa luchando! ¡La encontrarás, viva, algún día! ¡Te lo prometo! -Esme me abrazó aún con más fuerza, y podía ver su rostro sin lágrimas, pero atormentado por el sufrimiento que le estaba causando.
Lenta, pero que muy lentamente, empecé a recobrar la conciencia, los sentidos. Y me prometí y juré que no haría sufrir a Bella, que no haría sufrir a nadie. Especialmente a Bella y a mi familia. Que no merecería a Bella nunca, pero que estaría con ella si, cuando la encontraba -si es que la encontraba-, me quería a su lado. Que no haría esto a Esme, a Carlisle, a mis hermanos… Siempre y cuando esa esperanza siguiera en mí. Rodeé a Esme con mis brazos, arrepentido por haberle causado tanto sufrimiento. Como cuando un niño pequeño abraza a su madre, arrepentido de su travesura.
-Lo siento, mamá… por todos. Prometo seguir luchando y saber qué ha sido de Bella, encontrarla, hacer que sea feliz -susurré a medias para ellos, a medias para mí. Y pude observar como Esme se abrazaba a mí con menos fuerza, pero con más dulzura, aliviada. Como Carlisle sonreía de un modo esperanzador, que me hacía confiar más en esa remota posibilidad. Y como mis hermanos suspiraban de alivio, con la alegría en los ojos. Incluso Alice me pellizcó cariñosamente, como venganza. O Emmett, que me revolvió el pelo, riéndose de alivio. Y pude volver a notar las voces de sus pensamientos en mi mente nuevamente.
A pesar de todo, a pesar de recuperar el sentido, de recuperar el dolor que me infligía estar lejos de Bella o mi odio hacia mí mismo por lo que había hecho, sabía que había dos caminos distintos en el futuro de mi existencia. El primero era el que me llevaba a encontrar a Bella, viva, hacerla feliz, conmigo o sin mí, puesto que mientras ella fuera feliz nada, nada más me importaba a mí. El primero era la esperanza, el bien. El segundo consistía en mi vuelta a no sentir nada de nada, si es que descubría la muerte de Bella. Volvería a sentir la nada, el sin sentir en mí y no me volvería a importar nada jamás, sólo conseguir mi propia muerte. Pero lo haría de manera que no haría daño a mi familia.
Y sin embargo, de momento, me dirigía hacia el primer camino mientras existiera la esperanza de que ella existiera en alguna parte, de volver a encontrarla alguna vez, tarde o temprano, de hacerla feliz de la manera que fuese. Éso no significaba, por supuesto, que no fuera su asesino, que no le hubiera hecho daño y matado en el sentido de que Bella debía estar sintiendo el mismo dolor que yo. Era un asesino, sí, pero todavía tenía la posibilidad de revivir a mi víctima, a la razón de mi existencia. A mi Bella. Y quería confiar, o mejor dicho, confiaba en la esperanza de Carlisle. Porque yo podía seguir existiendo mientras ella viviera o se encontrara en alguna parte. Y yo la encontraría en este planeta o si no, en el cielo, si es que cabía esa posibilidad. Pero la encontraría, costase lo que costase.
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