Charlie había intentado involucrarse al máximo en todos los preparativos relativos al próximo enlace. A pesar de mi negativa, insistió en comprarme un estúpido tocado para mi pelo, en mi opinión algo inútil puesto que mi cabello, laceo por naturaleza, no aguantaría ni una diadema durante más de una hora. Era una especie de tiara con brillantes, parecidos al diamante que me regaló Edward.

 

     Por su parte, Alice estaba histérica. Quedaban tres semanas para la boda y yo aún no había reunido el valor suficiente para enfrentarme a mi madre y contarle que me casaba. “Hola mamá” había ensayado un millón de veces delante del espejo “te llamaba para decirte que en veinte días en vez de Swan me apellidaré Cullen”. Sonaba tan estúpido que me reía de mi misma al pronunciar en voz alta esas palabras. Mientras tanto, yo me dedicaba a echar de menos el caluroso verano de Phoenix. En Forks, incluso en julio tenías que llevar chaqueta.

 

    Diecinueve días antes de mi boda decidí enfrentarme a mi cobardía y llamar a Renée. ‘Deje su mensaje después de oír la señal’ me dijo el contestador. Gruñí, y colgué el teléfono sin atender a la nada afable recomendación de la teleoperadora. Al regresar a mi habitación, puse todo mi empeño en encontrar la agenda telefónica donde tenía el número de Phill. Me encontraba rebuscando en el cajón de mi mesilla por enésima vez cuando recordé que la tenía abajo, en el salón, junto al teléfono. Marqué el número de su móvil con rapidez, ya que me había decidido.

 

-         ¿Phill? – pregunté, timidamente. Él y yo no habíamos llegado a congeniar del todo durante nuestro tiempo de convivencia.

-         Bella, cariño, soy Renée – la voz de mi madre me sobresaltó al otro lado del auricular.

-         ¡Mamá! Necesito hablar contigo.

-         Calla hija, calla. Eres una cobarde. Lo sé todo, ¿sabes? – quedé anonadada por un instante, sin saber que decir. Simplemente, la dejé continuar – Charlie me llamó hace unos días, poco después de decírselo tú.

-         Mamá lo siento pero …

-         Calla – me reprendió – Sabes lo que yo opino a cerca del matrimonio. Sabes que no estoy de acuerdo. Pero sabes que te quiero y que nada en el mundo podrá remediar eso, nada, porque eres mi hija, mi hija mayor.

-         ¿Mayor?

-         Para eso te estaba regañando, para que tú no me regañes. Cariño, vas a tener un hermano.

                                                                                                

    Oh, no, fue lo único que caviló mi mente.

 

-         Qué drástica eres mamá – fue mi primera respuesta, el inicio de una gran sarta de sandeces – Tienes el tacto de un búfalo en estampida.

 

    Tenía claro que comparar nunca había sido lo mío, pero nunca se me ocurría nada mejor. Continuaba en estado de shock, peor que cuando me enteré de que Edward era un vampiro, y mira que eso fue un buen golpe para mi moral. Lo que quedaba de mi amor propio descendió al subsuelo y se me escapó entre los dedos, porque ya no quería nada más que me atase al mundo, y un hermano era lo único que faltaba en mi vida.

 

-         Renée, yo, no sé que decir. ¡Tengo dieciocho años! Puedo ser perfectamente su madre, bueno, no tan perfectamente, pero… ¡Dios mío! Me alegro mamá, simplemente me alegro. Por ti, por Phill, y por todo el mundo – concluí, dudosa.

-         Hija mía… Mañana a las diez cojo el vuelo a Pórtland. Cariño, te quiero, me tengo que ir.

 

    Cortó de inmediato la comunicación y me dejó pegada al auricular, con el horrible pitido pitándome en los oídos. Ahí, callada, con la boca entreabierta, con las neuronas trabajando, intentando decirme a mi misma que todo aquello era un sueño.

 

    A pesar de no llegar a las 9 de la noche, decidí irme a dormir.

 

***

 

    Pasaron los días entre preparativos, llamadas de última hora, arreglos, confecciones, lloros e hiperventilaciones. Dormí mal y con pesadillas sobre consecuencias catastróficas durante los 18 días anteriores, a pesar de tener la siempre fiel compañía de Edward que saltaba a mi habitación en cuanto detectaba que Charlie estaba dormido. Me abrazaba, con delicadeza y un extremo cuidado, y me susurraba las palabras más bonitas que jamás había escuchado al oído. La noche anterior a mi boda, decidí no dormir. Decidí pasar toda la noche mirando a Edward, grabando a fuego sus rasgos en mi memoria para jamás perder ese recuerdo de lo imposible. Llego pronto: Charlie se había ido a dormir muy temprano, puesto que no quería estar cansado al día siguiente, ya que se consideraba un perpetuo dormilón y no le parecía políticamente correcto quedarse dormido durante el transcurso de la ceremonia.

 

     Sin muchas celebraciones, me puse el pijama y me atusé el pelo como si esperara que una fuerza divina terminase con su habitual forma lácea y sin vida. Cepillé mis dientes sin ganas y me volví a la habitación. Sobre mi cama, recostado, me esperaba Edward. Estaba tumbado de lado, con la cabeza soportada por el brazo. Llevaba los primeros botones de la camisa blanca desabrochados, lo cual dejaba entrever el torso marmolino e inmaculado, de un blanco infinitamente más puro que el de su ropa.

    

     Me sonreía de forma burlona, divertido por el estúpido camisón que me había comprado en una de mis excursiones deportivas al centro comercial de Port Angeles. Era de una tela similar a la seda, con un bordado muy recargado y demasiado corto para mi. Se ceñía a todas y cada una de las escasas curvas de mi cuerpo, haciéndome sentir incómoda y demasiado femenina.

 

-         Me gusta – dijo él con sorna.

 

     Torcí el gesto en un experimento de mueca burlona que aspiraba a ser una sonrisa algo pícara y se quedó en un mohín compungido. Ante semejante torpeza gestual, Edward cerró los párpados y sus labios se entreabieron. Suspiró.

 

-         Ideal – comentó en apenas un susurro.  

-         Tonto – le reproché – Sabes que no me siento bien, me encuentro observada.

 

    Se relamió los labios y no tuve más remedio que soltar una grotesca carcajada. Se levantó con delicadeza y me cogió entre sus brazos suavemente. Recorrí su cuello con mis labios, dejándome llevar por aquello que dictaba mi instinto y no la lógica que me decía que al mínimo descuido me podía hacer pedazos. Él, en vez de apartarme, hundió sus dedos entre los mechones mi pelo y me acercó más hacia sí, casi con urgencia. Comencé a desabrocharle los botones de la camisa, aún sorprendida de que él no me parase. Desde nuestro compromiso se habían sucedido nueve intentos fallidos de aquello que él me había prometido, y estaba sorprendida porque no tuviese lugar el décimo aquella noche. Le deseaba con avidez, como una droga. Era la cúspide de toda mi ambición, ahí, de rodillas en mi cama, con el torso al descubierto y el pelo alborotado. Di un respingo, y Edward como toda respuesta comenzó a levantarme la camisola.

 

-         Tiene botones – jadeé.

 

    Estaba declarando mi habitual torpeza, haciendo gala de mi don para fastidiar hasta los momentos más especiales.

 

-         Esta noche, no – me respondió.

-         ¿Cuándo entonces?

-         Mañana, Bella, mañana – contestó con la musicalidad del padre que explica algo a su hijo.

 

    Me crucé de brazos y le di la espalda. Me abrazó y me besó en el cuello.

 

-         Pero esto si que puede ser hoy – el rumor de su voz llegó hasta mi oído.

 

    No le respondí alegando que me encontraba demasiado ocupada intentando recordar como se respiraba. Me estiré el bajo del camisón hasta que llegaba a la rodilla y me metí debajo de las sábanas a pesar de que la humedad del aire me produjese un calor nada habitual para la península de Olympic. Estaba a la vez nerviosa y enfurecida conmigo misma. Me tapé hasta la cabeza con las mantas y apreté los parpados hasta que me dolieron. Me intentó rodear con el brazo y le aparté de un manotazo con el cual se me estremecieron los dedos: seguro que había conseguido más de un morado por aquel punzante dolor que tenía en los nudillos.

 

    - Eres tonto – le insulté y me dormí.