Una última esperanza
Ocaso
Capítulo catorce: Una última esperanza
“Pero era consciente de que eso no sería realidad. Al menos, nunca más. En el pasado hubiera sido real. Y mientras esperaba el dolor intenso que me produciría una muerte lenta y dolorosa, algo me dolió mucho más. Me dolió más que cualquier cosa. Pensar en las mentiras que había dicho, pensar en su rostro apagado de toda emoción, pensar en que con aquella carta había arriesgado todo… Y al mismo tiempo estaba aliviada. Aliviada porque él sabría la verdad. Finalmente, a pesar de saber que no surtiría efecto porque James tenía mis poderes bloqueados, envié un mensaje mental a Edward, que si funcionaba, lo recibiría, estuviese donde estuviese: “te quiero”.
Y al abrir los ojos, impaciente porque James comenzase y bebiera mi sangre y me matara, vi algo que no parecía real. Edward estaba allí, en aquel lugar. Pero no era sonriente, si no que se abalanzaba sobre James, apartándolo de mí. Y no era tan sólo eso. Si no que, además, allí estaban Alice, Jasper, Rosalie, Esme, Carlisle y Emmett con una mueca satisfactoria en la boca. Era mi imaginación… tenía que serlo. Pero al abrir los ojos de nuevo, seguían allí, moviéndose rápidos como el viento, luchando contra James y Victoria.”
Los siete. Ni uno más ni uno menos. Como una última esperanza, como un milagro. Como si mis deseos pudieran cumplirse por un instante. Y relucían bajo la luz del sol, hermosos y brillantes como dioses olvidados. En especial, uno de ellos. Automáticamente, como siempre que me pasaba cuando le veía, empecé a andar hacia él, olvidando que allí estaban luchando, olvidando las mentiras que le había dicho, olvidando a James y a Victoria. Por un momento, tan sólo él y yo existíamos en el mundo. Pero tan sólo fue eso, un momento.
Porque enseguida, a medida que me acercaba, me di cuenta de lo que pasaba. Esme, Rosalie y Alice se ocupaban de Victoria. Edward, Emmett, Jasper y Carlisle se ocupaban de James. Ojo por ojo, diente por diente. En este caso, vampiras por vampiras, vampiros por vampiros, por raro que sonara. Decidí ir junto a ellas, para igualar. Mientras corría a ayudarlas, veía cómo intentaban inmovilizar a Victoria, haciendo esfuerzos para que no se escapara. Bien, pensé, ahora me toca a mí.
Les ayudé como pude, agarrándole un brazo mientras Rosalie y Esme hacían algo con un gran bote que creía que era gasolina después de ver el mechero que llevaban, aunque no entendí por qué. Se lo pregunté a Alice, utilizando mi poder: ¿Para qué necesitamos fuego?
-Para matar a un vampiro, se necesita fuego, Bella. Fuego y suerte -me dijo mientras agarraba a Victoria por la cintura. Su tono era indiferente, pero había algo en él que me alarmaba: demasiada calma, demasiada normalidad. Por alguna razón que me era desconocida, sospechaba que Alice sabía algo que los demás no sabíamos.
-¡Dejadme! ¡Soltadme! -gritaba Victoria desesperadamente, moviéndose de tal manera que costaba mantenerla quieta-. James podrá con vosotras por mucho que me ardáis. James me vengará y os mandará al infierno. Y una vez allí, seréis vosotras quienes ardáis en sus llamas.
-Basta ya -Rosalie, caprichosa hasta en eso le puso una mano en la boca-. James no podrá con nosotras por mucho que no ardas. James no te vengará y le mandaremos al infierno. Y una vez allí, será él quien arda en sus llamas. ¿Satisfecha por tus palabras?
Por un momento, estuve a punto de soltarla y no pude mirar al otro extremo, donde Jasper, Emmett, Carlisle y Edward se debatían contra James. Y le tenían inmovilizado. “James me vengará y os mandará al infierno”, las palabras de Victoria se repetían en mi mente. ¿Por qué no estaba utilizando su poder? ¿Por qué no utilizaba lo que podría resultar nuestra ruina? ¿Acaso se la estaba guardando para el final, para sorprendernos en el último momento? Imposible. No podía ser. Además, no era sorpresa alguna, puesto que todos sabían de su poder, si es que Edward había leído mi carta.
Y le miré. A pesar de estar de espaldas, fijé mi mirada en él. No podía ver su rostro, su expresión o sus ojos. No podía saber qué pensaba ni que opinaba. No podía saber nada de él en ese momento. Y me lo pregunté. Me pregunté si estaría enfadado, si sería capaz de perdonarme. Intenté no pensar en ello, pero los temores volvían a mi mente una y otra vez. Después de todo, sería justo que me odiara cuando todo acabara. Justo y correcto. Quizá optaba por detestarme después de todo el sufrimiento que le había causado. O no. De todas formas, ahora no podía pensar en ello. Había algo más importante que hacer: asegurarnos de que Victoria y James desaparecieran por el bien de todos.
-Rápido. Con cuidado -fue cuanto dijo Esme al arrojar la gasolina encima de Victoria. A continuación, encendió el mechero y suspiró. Suspiró como si no quisiera matarla sabiendo que no tenía otro remedio. Aquella no era tarea para Esme, pero era demasiado tarde para decir algo.
De inmediato, las llamas se extendieron alrededor de Victoria. La soltamos, rodeándola para que no se escapara. Se debatía, se movía atormentada por el fuego. Me pregunté cómo sería sentirse así, sentir la muerte después de vivir más tiempo del que se nos ha concedido. Y gritaba con una voz llena de dolor, pero en ningún instante se arrepintió. Seguía gritando, agonizando. Mientras la vida, si es que podía ser así llamada en este caso, escapaba de su cuerpo, de su ser. No era algo precisamente apetecible de ver, pero ya que la matábamos, estábamos obligadas a presenciar su muerte. O eso me parecía a mí.
-James… -susurró por última vez antes de fallecer. Y la muerte se la llevó junto a ella, donde quisiera que fuera aquello. El cuerpo estaba quemado. Por un instante, me arrepentí de que muriera. Para James y para ella, quizá era habitual ir detrás de sus presas. Quizá no se mereciera morir, pero ahora ya estaba hecho.
Con lo siguiente, se me revolvió el estómago. O casi. Porque Rosalie, con un rostro pétreo por un momento, que parecía una escultura, sacó un cuchillo de la pequeña mochila. Sospeché lo que iba a hacer desde el primer momento, pero no creí que lo hiciera. Sin detenerse, degolló al cuerpo de la vampira. Aquello me recordaba al final de la película de Drácula de Francis Coppola, cuando Mina corta el cuello a su vampiro para ofrecerle la paz eterna. ¿Sería ese el caso? ¿Era el mismo caso que con el vampiro de esa película?
-Aparte del fuego, se tiene que degollar al vampiro. Es mejor asegurarse de que no vuelve a la vida, porque nunca se sabe. Y quién sabe… quizá, como dicen las leyendas, se obtiene así la tranquilidad para siempre -susurró Alice en mi oreja. No pude evitar sentirme algo más aliviada.
Y automáticamente, me giré, con la esperanza de verle a él, con la esperanza de poder refugiarme entre sus brazos y asegurarme de que su vida no corría peligro. Y aquello último era lo más importante de todo en aquel momento: su existencia, su seguridad. Y lo vi. Lo vi reluciente a la luz del sol, quieto y paralizado. Fue entonces cuando me paré y me paralicé yo también. Al ver a todos inmovilizados: a Carlisle, a Esme, a Alice, a Emmett, a Jasper y a Rosalie. Y a Edward, para mi desgracia. El único que se movía era James, dando pequeños pasos.
-Vaya, no creía que aparecierais en el último momento para salvar a Bella -proclamó mirando a todos y a nadie en particular-. Al parecer, habéis podido evitar mi poder gracias a mis nervios e inseguridades. La verdad es que cuando no me concentro no puedo usarlo, pero… En fin, ahora seréis vosotros mis víctimas, no mis asesinos. Y si añadimos que habéis matado a Victoria, bueno… la muerte será algo más lenta y dolorosa de lo que había planeado -entonces me miró, con unos ojos sedientos y malignos y esbozó la misma sonrisa diabólica que tenía victoria. Se giró, empezando a caminar hacia Edward-. Creo que tú serás el primero. Te llamabas Edward, ¿verdad? Te habría quedado algo más de vida de no ser porque has sido tú quien me ha apartado de tu Bella cuando iba a matarla.
-¡No! ¡Por favor, no! -grité con todas mis fuerzas.
No supe cómo, pero corrí. No supe cómo, pero grité. Como si James se hubiera descuidado de mí. Pero ni siquiera eso importaba. Lo único que importaba era la existencia de Edward. Lo único que importaba y lo más valioso. Quizá fue por eso que mis palabras no se quedaron en mi garganta, que mis pies corrieron la distancia en un segundo que se me hizo largo y eterno, que me choqué contra James.
Quizá fuera por eso. Quizá no. Pero la certeza de que James era peligroso provocó que hiciera todo aquello con todas mis fuerzas. Y lo logré, ya creo que lo logré, porque sentí el ruido cuando choqué contra él, un ruido del choque entre dos rocas, el ruido del choque del mal y el bien. Y el grito ahogado de cuando caímos al suelo y en menos de un instante Emmett, con una gran sonrisa extendida en el rostro, arrojó lo que quedaba de gasolina sobre James y encendió.
-¡Esto sí que es una victoria y no el nombre de una vampira, hombre! -se burló una vez después de asegurarse que su enemigo no podía utilizar más su poder y se comenzó a reír a carcajadas.
Más alivio no había sentido en mi vida, y de inmediato miré a mi lado, esperando encontrarle a él, sonriéndome. Pero no estaba. Por un segundo temí que algo le hubiera ocurrido, pero antes de que pudiera girar mi rostro para mirar a mi alrededor, él ya me había cogido entre sus brazos, casi como si acunara a un bebé. Para mi sorpresa, no se quedó allí, y al siguiente momento estábamos en un pequeño claro nevado. Y me tumbó. Y él se estiró también en la nieve.
Pero no me miró en ningún momento. Tan sólo daba vueltas estirado entre la nieve, y se reía, relajado y divertido, como si nada hubiera ocurrido y nos hubiéramos tirado el día en aquel lugar. Seguía riéndose solo, como si yo no estuviera allí o fuera una broma privada. Y ya no brillaba, porque el sol se había ocultado tras unas nubes densas y blancas que no parecían estar dispuestas a irse. Le miré, pensando qué le relajaba tanto, por qué se comportaba así, pero no supe encontrar una respuesta a esa pregunta. Y de repente, estaba junto a mí, con una media sonrisa alegre, mirándome con ternura.
-¿Se puede saber qué te hace tan feliz? -pregunté y mi voz sonó algo más preocupante de lo que habría querido. La verdad es que no era así como había pensado comenzar una conversación, pero era mejor que nada.
-Tú -susurró aún entre risas. Al empezar a nevar, un copo de nieve tocó mi mejilla y él me acarició para borrarla. Y se puso a hablar, sin esperar una respuesta por mi parte, como si su felicidad llegara a extremos insospechados-. ¿No resulta todo esto tan… relajante, tan irreal y a la vez real? ¿No es difícil de creer que, tras el peligro que suponía ese James para todos nosotros, sigamos juntos aquí, como si no hubiera pasado nada, bajo la nieve que cae lentamente? La verdad, nunca me había sentido de tal manera. Es algo tan… intenso.
Después de que me dijeras aquello, me sentí como si nada tuviera sentido, como si alguien intentara castigarme por mis pecados. Y ahora estoy aquí, tan feliz y de repente, todo tiene sentido y me siento como si fuera un milagro. Tras tu huida, tras leer tu carta, ya fueron demasiados sentimientos acumulados. Alivio y temor. Felicidad y terror. Y luego, cuando ese vampiro estuvo apunto de matarnos, se olvida de inmovilizarte y es su víctima quien le vence a él, salvándome a mí, arriesgando su vida por mí. Todas esas sensaciones: felicidad, alivio, calma, incertidumbre, inseguridad, terror, temor… han resultado demasiado intensas y se han desbordado, haciendo que me riera de todo y de nada, por la felicidad que he sentido al saber la verdad y que estés a salvo. Un sentimiento algo raro, ¿no crees?
Y suspiró y volvió a reírse débilmente, despreocupado, feliz y contento. Me besó la frente con cuidado, mientras me acariciaba el pelo. No le había visto nunca así, mostrándose tal y como era. Y me encantaba, por supuesto que me encantaba que se comportara así. Esbozó aquella sonrisa suya que creía que nunca más volviera a ver. Aquella sonrisa suya que, de ser humana, hubiera provocado que mi corazón latiese como nunca había latido. Y le miré, preguntándome si de verdad todo había acabado, preguntándome si era real, pero no importaba. Tenía que explicarle mis motivos y decirle cuánto le quería.
-Edward, yo… -empecé mientras cogía su mano en la mía-, siento haberte mentido de esta manera, pero no tenía otro remedio. Y siento habernos puesto en peligro, pero si no, James hubiera acabado con nosotros. Me amenazó con matarte Edward, con torturarte… y yo no podía permitirlo, porque eres lo más importante para mí. Y ahora, en vez de reprochármelo y despreciarme, como había temido que harías, estás a mi lado, feliz. ¿Acaso me has perdonado por lo que he hecho?
Y su rostro se volvió de piedra. Ni parpadeó ni se rió. Incluso su mano en la mía parecía haberse paralizado. ¿Y si no me había perdonado, después de todo? ¿Y si había decidido estar junto a mí un último momento? Pero aquella sonrisa pícara apareció en su rostro y lo supe. Planeaba algo… y quizá no fuera precisamente bueno.
-De hecho, siento decírtelo, no te he perdonado -suspiró con una frustración fingida-. Pero quizá… bueno, quizá pueda perdonarte a cambio de algo. Eso sería bastante justo después de todo lo que has hecho.
-¿A cambio de qué? -murmuré, con una imitación ridícula de su voz inimitable y musical. Sabía que planeaba algo esta vez, pero no estaba segura de qué.
-De una promesa, Bella, de una promesa -me abrazó más hacia él. La nieve seguía cayendo, pero a él parecía importarle tan poco como a mí-. Prométemelo. Prométeme que estarás siempre junto a mí y que no mentirás sobre tus sentimientos. Que me querrás para toda la eternidad como vampira que eres y que no te apartarás de mi lado por mucho riesgo que eso suponga. Una vez lo hayas prometido, te perdonaré.
-Por supuesto, ¡lo prometo! -exclamé al instante sin pensarlo una vez más. Al parecer, la broma no era tan broma, sino que iba más en serio.
-No, Bella, lo has de decir todo, palabra por palabra -las últimas tres palabras las dividió por sus sílabas correspondientes y la mueca burlona se extendió por su rostro. ¡Maldito! ¡Así que ésa era su forma de vengarse!
-A ver… prometo que estaré siempre junto a ti y que no mentiré sobre mis sentimientos. Que te querré para toda la eternidad como vampira que soy y que no me apartaré de tu lado por mucho riesgo que eso suponga -la memoria era una cualidad mía de la que podía fardar. ¡Toma, así me vengo yo!, pensé-. ¿Ya me has perdonado, o tengo que decirte y repetirte lo mucho que te quiero una y otra vez?
-La verdad es que estabas perdonada desde el mismo momento en que leí la carta. Pero bueno, yo me había de vengar de alguna forma, ¿no crees? -me sacó la lengua, burlándose de mí. En fin, no podía enfadarme con él tan pronto. Ya me vengaría yo la próxima vez, ya-. A cambio, yo también te lo prometo. Prometo que estaré siempre junto a ti y que no mentiré sobre mis sentimientos. Que te querré para toda la eternidad como vampiro que soy y que no me apartaré de tu lado por mucho riesgo que eso suponga.
Y sus labios tocaron los míos. Pero enseguida se apartaron. Cuando yo intenté besarle, besé su mejilla. Volví a intentar besarle, pero mis labios se encontraron con la otra mejilla. Tonta de mí, volví a hacerlo. Y él no paraba de girar su cara cada vez que intentaba darle un beso. Estúpido vampiro irresistible, pensé para mis adentros. Sin intentarlo más me rendí, cansada de que él no parara.
-Idiota. Sabes, creo que no te volveré a besar. Y quizás lo prometa y lo juré. E incluso lo cumpla -esta vez fui yo quien le saqué la lengua, sabiendo qué haría él entonces.
Tal y como yo había pensado, fue él quien me besó, con mi rostro en sus manos. Pero no lo interrumpió. Ni yo lo interrumpí por más que me hubiera gustado para vengarme. Aquello era algo que me superaba con creces y mientras él me besara, sólo podía pensar en él, olvidando así todas mis intenciones o venganzas. Y en aquel beso se descargaron todas las inseguridades, todos los sentimientos y la añoranza que habíamos sentido el uno por el otro. Él me besó suavemente por última vez para hablar
-¿No crees que este beso merece una recompensa por tu parte, Bella? -me guiñó un ojo, como si se tratara de un niño que sabía que conseguiría lo que se proponía. Y me miró intensamente con sus ojos.
-Por supuesto -dije sin pensarlo. Maldito. Sabía que, mientras me mirara de aquella manera, mientras me sonriera de la manera en que me sonreía, no sería capaz de negarle nada-. ¿Y de qué se trata?
-Tengo que pensarlo… Lo decidiré mañana por la mañana, ¿de acuerdo? -se levantó y me puso en su espalda-. Por el momento, será mejor que volvamos. Los demás ya se deben haber ocupado de James y de Victoria y se estarán preguntando que hacemos.
Antes de salir corriendo a través de los bosques, esbozó una sonrisa pervertida en su rostro. Intenté no malpensar en el significado de aquella sonrisa, pero en vano. Quizá no me alejaba mucho de la verdad malpensando. O quizá sí. Pero en aquel momento tan sólo cerré los ojos mientras él corría por los bosques bajo la nieve. De todos modos, lo sabría mañana por la mañana. Y eso suponía una impaciencia constante.
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