La recompensa
Ocaso
Epílogo: La recompensa
“-Por supuesto -dije sin pensarlo. Maldito. Sabía que, mientras me mirara de aquella manera, mientras me sonriera de la manera en que me sonreía, no sería capaz de negarle nada-. ¿Y de qué se trata?
-Tengo que pensarlo… Lo decidiré mañana por la mañana, ¿de acuerdo? -se levantó y me puso en su espalda-. Por el momento, será mejor que volvamos. Los demás ya se deben haber ocupado de James y de Victoria y se estarán preguntando que hacemos.
Antes de salir corriendo a través de los bosques, esbozó una sonrisa pervertida en su rostro. Intenté no malpensar en el significado de aquella sonrisa, pero en vano. Quizá no me alejaba mucho de la verdad malpensando. O quizá sí. Pero en aquel momento tan sólo cerré los ojos mientras él corría por los bosques bajo la nieve. De todos modos, lo sabría mañana por la mañana. Y eso suponía una impaciencia constante.”
Intenté no abrir los ojos mientras amanecía, notando que la oscuridad se desvanecía lentamente. Y lo sabía, sabía que si abriese los ojos, me encontraría con los suyos, con su rostro hermoso. Pero por otra parte, había otras cosas que me impedían abrir los ojos. Cosas de las que no había dejado de pensar en toda la noche: el significado de aquella sonrisa pervertida, qué pasaría cuando abriese los ojos, y qué haríamos… Y a pesar de todo, estaba segura de que no estaba muy equivocada. Por eso mismo me sentía insegura, inquieta, nerviosa.
Pero abrí los ojos en cuanto la luz del sol me molestó. Y allí estaba él, a mi lado, sin haberse movido un instante durante toda la noche. Al aparecer, estaba de buen humor, puesto que soltó una risita cuyo significado preferí ignorar por un momento. Y sus ojos me miraban, tiernos y cariñosos. Y su sonrisa, arrebatadora y pícara seguía allí. Noté cómo me paralizaba literalmente, cómo no salían apenas palabras de mi boca.
-Buenos días -me saludó él, besando suavemente mi frente sin dejar de mirarme. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Saludarle como si nada? Abrí la boca, esperando que las palabras salieran de por sí.
-Bu… buenos… -tartamudeé, incapaz apenas de decirle algo. ¿Cómo podía ser que él estuviera tan relajado, tan tranquilo? Me repetí de nuevo que quizá no era lo que yo pensaba y tragué saliva- días.
-¿Qué tal has dormido? -se rió, sabiendo que no podía dormir, como él. Quizá lo hiciera para no ponerme más nerviosa de lo que estaba.
-Bi… bien, sí -volví a tartamudear, como una idiota. Tranquila Bella, me dije, no pasa nada, tan sólo tienes que tranquilizarte. Entonces, me estrechó más entre sus brazos y no pude evitar un escalofrío.
-Mmm… ¿No te pica la curiosidad por saber si es “mañana por la mañana”? -empezó a besar mi cuello, y su olor embriagante, dulce y fresco, empezó a distraerme. Volvió a sonreír, satisfecho por algo que me era desconocido-. ¿No quieres saber cuál es la recompensa que me has de dar? Parece que aún no estás muy despejada -se rio de nuevo, con una carcajada suave y musical.
-Será eso -mi voz sonaba pastosa a la vez que indiferente, como si tuviera algo en la garganta que me impidiera hablar-. En… tonces… di… ¿cuál es la… recompensa?
-Antes de eso, sería mejor que me asegurara de tu estado -al decir eso no pude evitar malpensar y alejarme de él, poniéndome en la otra punta de la cama-. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿En qué diablos piensas?
¿En qué pensaba? En ti, respondí para mí misma. ¡No! ¡No podía decirle eso ni aunque quisiera! Si le decía eso, estaba perdida. Si le decía eso sabía perfectamente qué acabaría pensando. Sin saber qué decir, busqué a mi alrededor, mirando cualquier cosa que me sirviera para seguir hablando. Sin querer, me moví tanto que sin darme cuenta, al siguiente instante me había caído de la cama. Al menos, ya tenía una excusa para responderle.
-¿Pensabas en tirarte de la cama o qué? -empezó a reírse de mí y le ignoré, incorporándome de nuevo en el extremo de la cama, todo lo alejada posible de él, tanto como por enfado como por otras cosas. Él se acercó a mí, cogiéndome entre sus brazos-. Lo siento, no pretendía reírme de ti, pero… ¿en qué pensabas? Dímelo, anda.
-En cómo dejar a un vampiro sin recompensa -sonreí maliciosamente. En parte, aquello había sido sincero, pero tan sólo lo había pensado durante un segundo. Quizá así se rindiera.
-Bella, por favor -cogió mi rostro entre sus manos, mirándome fijamente, hipnotizándome. Pero por muy hechizada que estuviera, me di perfectamente cuenta de sus intenciones. Él acercaba su rostro al mío, lentamente, con los morritos preparados para atacarme.
¡No!, grité para mis adentros. E hice lo primero que se me ocurrió, a pesar de saber que era algo ridículo. Cogí uno de los cojines que él tenía allí mismo, y se lo puse en la cara, esquivando así sus intenciones. Sin darme cuenta tampoco, corrí rápidamente hacia el otro extremo de la habitación, reuniéndome con el objeto más maravilloso que había allí por un momento. Desde el otro lado, Edward me miraba con la perfecta reencarnación de la sorpresa en su rostro.
-Jajajajaja -empecé a reír sin saber muy bien por qué y deslicé mis dedos por las blancas teclas del instrumento para hacerlo sonar-. Está bien, Edward, pensaba en el piano. Me preguntaba si después de recompensarte tú me recompensarías con clases de piano. Renée siempre ha querido que aprendiera a tocar el piano, pero cuando fui pequeña y me llevó a clases, me acabé borrando porque lo que quería era jugar. Ya sabes, cosas de críos.
-¿Bella? -él ya estaba allí, cogiéndome una mano con una expresión todavía atónita al mismo tiempo que acariciaba su rostro con mi mano cogida-. ¿Se puede saber qué te pasa?
-¿A mí? ¡Nada, hombre, nada! Ni que no pudiera tener ganas de aprender a tocar el piano -mis reacciones eran estúpidas, pero no sabía qué hacer de cualquier manera. Él me miraba como si no me reconociera. Por un momento deseé que Alice o Esme, o cualquier otro miembro de la familia entrara.
-Por favor, Isabella Marie Swan. Puedo enseñarte a tocar el piano cuando quieras, pero antes debes recompensarme e incluso antes de eso, me has de decir algo -en ese momento, la extraña energía que se había apoderado de mi cuerpo por unos instantes desapareció-. ¿Por qué te comportas así? ¿Por qué, repentinamente, no me dejas besarte? Si es algo que no quieres hacer, lo entenderé y no te voy a hacer hacer algo que no te apetezca, pero… dime de una vez qué te pasa, por lo que más quieras, por favor…
Suspiré y volví a mirar su rostro. Estaba preocupado, estaba frustrado… y triste. ¿Cómo podía pensar que no podía desear… desearle a él? O era idiota o al paralizarle, James se había olvidado de activarle el sentido común. Le deseaba, por supuesto, para mí era una de las verdades más grandes del mundo. Lo que me impedía acceder a ello, eran inquietudes, pensamientos. Le cogí la mano y por una vez fui yo quien le llevé a un sitio. Nos sentamos al borde de la cama y le miré durante un largo minuto en que ninguno de los dijo nada. Sin preocuparme por una vez de qué opinaría él, empecé a hablar.
-Eres idiota, Edward Anthony Cullen. Eres el idiota más grande del mundo. Y para colmo, ciego -ahora fui yo quien cogió su mano y me la llevé al rostro-. ¿Cómo no te has dado cuenta de que te quiero, de que te deseo? ¿Acaso crees que la ciega soy yo? Pues te equivocas.
Por un momento, él abrió la boca para hablar, pero le puse una mano en los labios antes de que dijera una palabra. -Déjame explicarme. Si he actuado de esa forma tan… tonta, ha sido porque temo muchas cosas. Temo decepcionarte, no ser lo que tú esperabas. Temo que mi cuerpo… bueno, que no te guste. Mírate a ti y mírame a mí. Apenas tengo curvas, apenas soy hermosa. Temo que me rechaces por ello. Y bueno, para terminar, y aunque no lo temo tanto… temo que cualquier vampiro de esta casa, sea quien sea… nos vea. Y…
Pero no pude seguir hablando porque él me besaba para silenciarme. Y las preocupaciones se olvidaron, las inseguridades se desvanecieron cuando él apenas se alejó un centímetro para mirarme seriamente y para hablar.
-Si hay alguien aquí ciega, ésa eres tú, Bella. Y quizá no sea yo el único idiota -me acarició el rostro tiernamente y olvidé incluso de enfadarme con él-. ¿De verdad crees que no me gusta tu cuerpo? ¿De veras piensas que me vas a decepcionar? Pues te tendré que demostrar que te equivocas. Tendré que demostrarte lo contrario. Y en cuanto a mi familia, dudo que vengan. Ellos están… ocupados -sonrió pícaramente y volvió a mirarme. Sí, ya sabía con qué estaban ocupados los demás, desde luego-. Así que… ¿y si empiezas a darme esa recompensa tan famosa pero inexistente? Ya va siendo hora, creo yo. Y ya luego te enseñaré a tocar el piano.
Por una vez, fui yo quien acerqué mis labios a lo suyos y le abracé con todas mis fuerzas. Al separarme, le miré. Miré aquella sonrisa arrebatadora y… pervertida. -¿Con que no eras un pervertido, eh?
-Supongo que tendré que admitirlo tras esto, no tengo más remedio -rió brevemente por última vez antes de empezar a besarme de nuevo.
Y durante algún tiempo que no sabría decir si eran minutos o segundos, nuestros labios se encontraron una y otra vez, tan sólo parando volverse a tocar. Aquel fue un beso diferente a todos los anteriores. Era más intenso y los dos nos besábamos con algo más que simple entusiasmo del momento. Podía sentir el extraño deseo de que aquello no terminase nunca, al mismo tiempo que quería seguir. Quería que el tiempo se parase, pero que también continuara. Ideas totalmente contradictorias. Y de alguna manera, sabía que él también se sentía así.
A continuación, empezó a besarme el cuello con suavidad, tiernamente, con cariño. No pude evitar estremecerme. Cogí su mano, acariciándola con la mía mientras Edward seguía descendiendo lentamente. Y respiré su olor, tan fresco, tan dulce, como si le intentara definirle a él. Veía cómo brillaba su piel bajo el sol, haciéndolo aún más imposiblemente atractivo, como si aquello fuera todavía más posible.
-Bella -pronunció mi nombre mientras lentamente acababa de besarme el cuello, tratándome como si fuera una copa de cristal, con infinito cuidado.
Y sin que nadie me lo dijera, sin siquiera ser consciente, mis labios encontraron los suyos y empecé a quitarle la camisa, desabrochando los botones, impaciente por ver su pecho escultural brillar bajo la luz del sol. Y lo vi, desde luego que lo vi. Como si fuera una estatua viviente. Una estatua increíblemente bella. Su pecho níveo era musculoso, brillante y reluciente. Sin detenerse, pero con cautela, sus manos me robaron mi camiseta. Y antes de lo que yo había creído, ya estaba sin ropa en la parte superior. Él me besó una vez más, como intentándome decir que no me preocupara.
Con una lentitud que no habría esperado de él, con una lentitud exquisita también, sus manos empezaron a acariciar lo que él mismo había dejado al descubierto. Y sus labios no se quedaron tampoco atrás, sino que seguían suavemente por donde él me había tocado. Sin que fuera consciente, sentía una sensación que nunca había sentido antes. Una sensación arrebatadora que a la vez me dejaba impaciente por más. Y también sentía como si un fuego constante ardiera dentro de mí, un fuego que no quemaba, sino que calmaba. Una sensación extraña, sin duda. Me pregunté si Edward también se sentía así.
Sin dejar de ser extremadamente delicado conmigo, teniendo cuidado de mí en cada momento, sus labios descendieron hacia mi barriga, al tiempo que sus manos palpaban todavía mis pechos. Y ese fuego cada vez se hacía más intenso, más fuerte. Y esa sensación aumentaba. Antes de continuar con cualquier otra cosa, volvió a besarme los labios y esta vez fui yo quien le besó a él el torso. Lentamente, con cuidado, sin prisas. Noté como él sonreía, con una calma y una felicidad eternas. Y no pude evitar sonreír de esa misma manera. Y sentirme de esa misma manera.
Y antes de que pudiera darme cuenta, sus manos se disponían a robarme los pantalones. Y quizá algo más. Sus labios, gentiles, amables, siguieron besando los míos con ternura y con deseo. Y yo no me quedé atrás tampoco. Mientras disfrutaba de aquel beso que sólo proporcionaba más arder en mi interior, me convertí en una ladrona. Ojo por ojo, diente por diente. En este caso, ladrón por ladrona. Tal y como los dos nos habíamos quedado sin más ropa que robar, nos miramos.
-Antes me has dicho que temías decepcionarme, que temías que tu cuerpo no me gustara. E incluso has dicho que no eres hermosa -al decir aquello me acarició suavemente el pelo y me besó en la frente mientras el sol lo hacía tan sólo más apetecible-. Bueno, pues olvida todo eso. Ni me decepcionas ni me disgusta tu cuerpo. Al contrario, me encanta. Mucho. Y eres hermosa, Bella, la mujer más hermosa que haya visto en mi vida. No vuelvas a decir tales tonterías.
-Supongo que no tendría que decírtelo porque ya es obvio, pero ahí va: a mí también me encanta tu cuerpo. Mucho. Y eres el hombre más hermoso que haya visto nunca, por cursi que suene.
Nos echamos a reír de todo y de nada. Una risa tranquila, sin preocupaciones. Volví a observar de nuevo su cuerpo. Entero esta vez. Y suspiré. Ni una escultura griega de un escultor en busca de la perfección física masculina habría vencido la perfección, la belleza y la naturalidad del cuerpo de Edward. Nunca. Jamás. Sí, era verdad, era el hombre más hermoso, más bello del mundo que había visto en mi vida, por cursi que sonara. Y la luz del sol que entraba por la ventana, hacía que su cuerpo, todo su cuerpo, brillara como si estuviera hecho de diamantes. Y aquello sólo lo hacía más tentador, más atractivo. Más apetecible.
Y sin pronunciar una palabra más, volvimos a besarnos, a continuar. Quizá fuera el sol, quizá no, pero el tacto de nuestras manos, el de sus manos, supuestamente frío, ardía. Un fuego que congelaba. Un hielo que ardía. Tras un rato en que nuestras manos palparon las partes donde antes la ropa estaba, en que aquella sensación se intensificó hasta niveles insospechados tanto para mí como para él, Edward me besó, acercándome a él, estrechándome fuertemente en sus brazos pétreos, mientras nuestros cuerpos empezaban a formar uno, como si no pudiéramos separarnos ni aunque quisiéramos.
Y la sensación, el fuego, ambos a la vez, ardieron en mi cuerpo, en su cuerpo. Aquella especie de alivio mezclado con felicidad, un sentimiento que nunca había sentido y que tan desconocido me era, se extendió por mi cuerpo. Y durante aquellos instantes, el tiempo se paró en un instante infinito. Y ni tan siquiera aquello parecía importar. Por unos momentos, tan sólo existimos Edward y yo, sus labios y mis labios, mis manos en las suyas y sus manos en las mías. A aquella sensación no se la podía describir por más palabras que se utilizaran.
-Te quiero, Bella -susurró él con su voz aterciopelada en mi oído mientras me estrechaba en sus brazos cuando el fuego se apagó, cuando la sensación empezó a desvanecerse, pero no por ello la felicidad ni la alegría que sentía en aquellos momentos. Besó suavemente mi frente-. Muchísimo.
-Y yo, Edward, y yo -besé su cuello como él había hecho con el mío. Disfruté del brillo del sol en su piel que le arrancaba destellos-. Para siempre.
Juntos. Abrazados. Así pasamos las horas siguientes. Así pasamos el mediodía, la tarde y la noche. Sin pronunciar palabras, sin decir nada. Tan sólo abrazados, estando el uno junto al otro, disfrutando del simple hecho de estar juntos. Era feliz. Muy feliz. Quizá demasiado. Pero no importaba. Después de todo lo que habíamos pasado, después de todas las inseguridades, las preocupaciones, los temores y pensamientos que habíamos vencido, aquello parecía la calma eterna. Y esta vez, al sentir el sol del amanecer del día siguiente, abrí mis ojos, sin temores, sintiendo tan sólo la felicidad. Como él.
-Bueno, ahora que ya te he recompensado, ¿no crees que me debes tú mi recompensa? -esbocé una sonrisa natural, que surgía como quien no quiere la cosa. Besé sus labios antes de escuchar su respuesta.
-Por supuesto -y me devolvió el beso tan sólo para estrecharme más entre sus brazos y volver a empezar lo que habíamos hecho el día anterior.
Pervertido, pensé, esta no es mi recompensa. Mi recompensa era que él me enseñara a tocar el piano. ¿Pero qué diablos importaba en aquel momento el piano? Correspondí a sus labios. Si él había planeado que le recompensara dos veces, se equivocaba. Porque aquello era una recompensa tanto para mí como para él. Y sus labios volvieron a deslizarse lentamente a través de mi cuello.
Final de Ocaso
Comentarios de la autora:
¡No! ¿Ya se ha acabado el fanfic? ¡Tonta de mí en el momento en que decidí que este capítulo (bueno, epílogo) sería el último! Voy a echar mucho, muchísimo de menos esta historia, que fue la primera que escribí además. Como voy a echar de menos escribirlo, pero en fin, ha acabado.
Bueno, en vez de entristecerme, voy al asunto. ¡Espero que os haya gustado este capítulo! Y el fanfic, claro. Espero que no me haya pasado con las descripciones de cómo lo hacen, pero es que tenía ganas de escribir algo así, porque en Crepúsculo no hacen nada y me hacía ilusión. Bueno, quizá Stephenie Meyer no vaya a escribir cosas de este tipo, pero para eso siempre quedan los fanfics. No quería llegar ni a un extremo ni al otro: ni describirlo demasiado, ni describirlo muy poco. Pero bueno, aquí está el resultado. Personalmente, me gusta bastante como me ha quedado (y Edward, por supuesto).
Bueno, que os haya gustado el final. Gracias a todos de nuevo.
Marieta.
Junio 25th, 2008 at 15:13
tia te lo has currado!!!! no he podido dejar de leer, que fuerte!!!
Graciasssssssss
Julio 6th, 2008 at 8:12
hola!!!
oye esto te ha quedado mejor k perfecto! casi como edward!! no pude dejar de leerlo hasta el final. una sola palabra: magnifico! no dejes de escribir byes saludos
Julio 13th, 2008 at 23:14
guaau!!
Julio 14th, 2008 at 23:55
wow te qdo genial el fanfic
lastima que haya terminado =(
sigue escribiendo y ..
suerte !!!
Octubre 15th, 2008 at 16:15
esta re chido tia y mira que yo tambien escribo y soy buena para criticar pero me e kedado sin pallabras te lo juro deverias escreir lastima que ya termino aver si escribes + suerte
Octubre 25th, 2008 at 3:38
ai sta gnial y m ncanta, sobre todo esas partes q tu ia sabs ym an dado ganas d gritar d la emoción. Escribes realmente bn y m e dado cuenta d q soy una total mal pensada, xq io tmbn imaginaba lo q pensaba Bella, y vuelvo a dcrlo, esta muy bn, y m encanta l tipo d Edward pervertido jaja xq l s mas tranquilo n l libro.