Ocaso

Primer capítulo: El despertar


Me encontraba en algún lugar con silencio. Quería dormir, pero no podía, era incapaz. Me sentía rara. No podía descansar. Quería abrir los ojos, pero no estaba segura. Las imágenes regresaron lentamente a mi cabeza.

Me había agachado para observar las cadenas de mi monovolumen, Edward me observaba con cara de espanto dos coches a la izquierda mientras todo el mundo gritaba. Algo chirrió. El coche de Tyler se dirigía hacia mí, entonces todo ocurrió muy deprisa. Gritos, chirridos, golpes… y unas manos frías que me abrazaban empujándome hacia otra dirección. Era todo lo que recordaba, pero no tenía ni idea de que había pasado después.

Quería permanecer quieta, cansada. Un malestar me dominaba. Sentía de mis manos, puños; mis venas, secas; y un raro sabor en la boca que no supe identificar. No era saliva. Tampoco podía serlo. Un extraño gusto que jamás había probado. ¿Qué podía ser? Seguramente me encontraba en una de mis típicas pesadillas dónde nada ocurría raramente bien. El lugar donde me encontraba hablaba silencioso, sin ruido. ¿Dónde podía estar? No podía apenas escuchar nada. El sitio donde estaba tumbada era cómodo, pero raro. Un sofá, seguramente. ¿Pero qué hacía yo, tumbada en un sofá, después de un posible accidente si todavía no me había muerto? Probablemente estaba sorda, tras el accidente y estaría en un hospital, sin oír el posible grito de los médicos o de las personas que me estuviesen rodeando en ese momento.

Edward, pensé. ¿Qué le habría pasado?

Abrí los ojos, lentamente, inquieta. Hiperventilé, como despertándome de una pesadilla. Observé a mi alrededor con una pequeña molestia en los ojos que me impedía ver muy bien. Todo se veía borroso. Poco a poco, pestañeando, recuperé la vista, y comprendí que no me encontraba en un hospital.

Era una habitación grande, iluminada, espaciosa. No entendí. Miré mejor. Todo lo que había en la alcoba era un sofá oscuro, donde me encontraba tumbada, una alfombra de color claro y un gran aparato de música. A parte de éso, no había ningún mueble más. Cómo ya había supuesto, me encontraba en un sueño -o pesadilla-. En ese momento, me di cuenta que alguien estaba en el otro extremo de la habitación. Siete siluetas humanas de espaldas, murmurando vagamente algo entre ellas. Una de ellas se habría percatado de mi presencia, pues todas las demás se giraron. Me estremecí. En esos siete rostros identifiqué cinco. Edward Cullen, Alice Cullen, Jasper Hale, Emmett Cullen y Rosalie Hale. Los otros dos los desconocía. ¿Qué hacían allí?

Intenté hablar, pero no me salían las palabras. ¿Qué podría decirles a parte de preguntarles dónde me encontraba? Estaba volviéndome loca, pensé, por lo que me froté los ojos, ¡pero seguían allí! Silencio. No se oía nada más que un silencio profundo, molesto. Nadie se atrevía a hablar. Cundía el silencio por doquier. Me miraban con una mezcla de preocupación e incredibilidad. Supuse que mi cara reflejaba lo mismo. Finalmente, una de las dos caras desconocidas, caminó hacia mí. Era una mujer joven, de apariencia agradable pero preocupada.

-¿Te encuentras bien? -musitó la propietaria del rostro desconocido, con una voz suave, maternal, pero cargada de preocupación. No supe qué contestar, si es que podía hablar. Los hermanos Cullen y el desconocido, que parecía un actor, caminaban lentamente, dirigiéndose a mí, pero situándose pasos detrás de la joven mujer. Tenía que decir algo, pero no sabía qué. Decir, “sí, muy bien”, ¿y después qué? La mujer se acercó algo más a mí.

-Bella… -susurró casi inaudiblemente Edward. Lo miré. Su rostro permanecía inescrutable, ocultando tristeza, mientras sus ojos volvían a ser del carbón con que me había mirado el primer día de clase. Me estremecí. La cabeza me daba vueltas. No me encontraba muy mal, pero no podía recordar nada con claridad. Me apoyé contra el sofá, en un intento de sentarme. Me sentía rara, posiblemente débil.

Sin pensarlo, mis manos tocaron mi cabeza, en busca de alguna herida. Nada. Tampoco podía oler a sangre, cosa que generalmente podía hacer si alguien de mi alrededor estaba herido y sangraba. Suspiré. Me acerqué las palmas de las manos a los ojos. Nada. No había sangre, ni tenía venas en la cabeza. Instintivamente, mis ojos recorrieron mi cuerpo. Mis brazos, mi pecho, mis piernas, todo estaba en orden, sin alguna cicatriz ni herida. Fruncí el cejo. De repente, una mano helada me acariciaba el pelo. Era la mano de la mujer.

-¿Estás bien? -repitió con una media sonrisa triste. Observé sus ojos detenidamente. Esperaba una respuesta, aunque sólo fuese un movimiento. Dirigí mis ojos lentamente hacia cada rostro de las seis restantes personas que se encontraban allí. Todos me miraban, a su manera. Mi vista se fijó en Edward quién hizo un gesto con su cara como insistiendo en que respondiera a aquella mujer que desconocía.

Asentí. Ignoraba si podía hablar o no, pero sabía que podía moverme. Le debía una respuesta a la mujer de apariencia preocupada. Paró la caricia y suspiró, aliviada. La miré y me miró. Esta vez, esbozó una sonrisa algo más extensa en su rostro, como asegurándome que estaba a salvo. Los demás se acercaron algo más a mí, quedando aún por detrás de la mujer, pero moviéndose con más tranquilidad. Observé a Edward. Sus ojos seguían negros, pero también esbozó una sonrisa corta, y triste. ¿Qué me habría pasado?

-Tranquila, no tienes nada. -aseguró una voz que procedía del joven hombre que parecía un actor con voz amable pero autoritaria. Le miré. Recordé entonces lo que me había dicho mi Charlie hacía algunos días. El padre adoptivo de Edward, el doctor Cullen, era tan guapo que las enfermeras casi no podían ejercer su profesión cuando el rondaba cerca. ¿Sería ese? Entonces, quizá, la mujer desconocida podría ser la madre.

Repentinamente, el posible padre de Edward dirigió una mirada a su esposa. Ésta, volvió su rostro para responder a aquella mirada. No supe identificar el significado de aquello. Por su parte, los hermanos de Edward seguían casi en el otro extremo de la habitación. No decían nada, permanecían callados como alguien en estado de shock. Los dos desconocidos asintieron al mismo tiempo.

-Bien, -musitó repentinamente el posible padre de Edward con voz tranquila y segura.- Jasper, Emmett, Rosalie y Alice, salid un momento. Edward, tú quédate.-

Los hermanos de Edward, cumpliendo la orden, se dispusieron a salir de la habitación. Ninguno de ellos me miraron, excepto la impresionante hermana de Edward, Rosalie, que me dirigió una mirada cuyos sentimientos no pude entender por sus diferencias: curiosidad, odio y una inexplicable compasión. El resto, siquiera se giraron. Se oyó el sonido de cierre de la puerta. Pasaron varios segundos antes de que el hombre dijese algo:

-Me parece que no nos conocemos. -y dibujó una sonrisa amable en su rostro.- Soy el padre de Edward, Carlisle. Tú debes ser la nueva compañera de Edward, Isabella Swan, ¿no?- Pese a que en un inicio me dio buena impresión las últimas palabras me decepcionaron algo.

-Sí, Bella Swan. -corregí al doctor Carlisle remarcando mi nombre. En ese instante, por primera vez desde que estaba ahí, Edward reprimió una risa. Miré sus ojos de carbón. Se habían suavizado algo, volviendo nuevamente a ser de color caramelo. Mis deducciones se habían cumplido, si aquél era el padre de Edward, no cabía duda que la señora de su lado debía de ser su madre.

-Yo soy la madre de Edward, Esme Cullen. -sonrió como su marido, con una sonrisa sincera. Sin saber por qué, me estaba sintiendo cómoda con ellos. La madre de Edward parecía ser una persona justa, sincera y cariñosa. Sólo con oír el tono de su voz me bastó para saber eso. Qué buena suerte tiene Edward, pensé, sus padres permanecen juntos.

En ese momento, volvieron a mi mente las dudas iniciales. ¿Qué hacía allí? ¿Qué me había pasado tras un accidente que cada vez cobraba más importancia en mis pensamientos? ¿Cómo había llegado hasta allí? Intenté recordar lo que había pasado. El coche de Tyler se dirigía a mí mientras yo miraba a Edward que yacía dos coches más allá y unas inexplicables manos blancas se adueñaron de mí. Hasta ahí no recordaba más, pensé. Sin razón alguna, empecé a recordar un dolor tras el accidente. Definitivamente, algo me había pasado y en ese momento estaba gravemente sana. Sólo podía pedirles explicación a ellos.

-Me alegro de conocerles. -dije de la manera más sincera que podía hacer. -Perdonen, ¿pero pueden decirme qué me ha pasado y cómo he llegado aquí? No entiendo nada. Anteriormente, no sé si hará días o horas, un coche me atropellaba en el instituto, y luego me despierto en esta habitación…

Parecieron molestar mis preguntas pues la sala se envolvió en un silencio inquietante e incómodo. Carlisle, su mujer y su hijo se miraban entre ellos como si se comunicasen con las miradas. Sentí que yo ahí sobraba, que no tenía motivo para seguir permaneciendo allí. Di algunos pasos en dirección a la puerta antes de sentirme estúpida y detenerme. Estúpida por no haber pensado con anterioridad que daba igual que saliese de la casa, si igualmente no sabía donde estaba. Edward pareció adivinar mis intenciones cuando caminó hacia mí.

-Bella, será mejor que te lo expliquemos cuando estés más calmada… -musitó intentando tranquilizarme. Posé mi mirada en los Esme y su marido que parecían estar de acuerdo. Edward, triunfante, sonrió con la más maravillosa sonrisa pícara que jamás había visto. Sólo que había algo que no me gustaba en ella, su odioso triunfo.

-Está bien, pero no quiero ocasionar molestias. -respondí sin la menor intención de quedarme mucho rato pese al enojante triunfo de él.

-No ocasionas molestias, -explicó el doctor Cullen- además, debes estar hambrienta, supongo. -No hizo falta que yo respondiera pues mi estómago había contestado por mí. El ruidoso ruido hizo que todos los presentes se echaran a reír menos yo, que me sentí algo ridícula.

-Ven, vamos abajo. -me invitó divertida Esme entre carcajadas. No parecía creer que yo era ridícula o algo similar, simplemente le había hecho gracia. Dibujé una pequeña sonrisa en mi cara. No me sentía incómoda con ella, más bien a gusto, sin vergüenza ni molestia.

Mientras salíamos de la habitación, miré impresionada por la ventana que yacía justo delante del pasillo. A través del cristal pude observar el cielo nublado, pero no fue eso lo que llamó mi atención. Lo que llamó mi atención fue la belleza que se presentaba en los bosques en los que parecía estar construida la casa. Cientos de árboles y entre el sonido del canto de los pájaros que seguramente estaban en ellos, un sonido harmonioso, de agua. Me fijé mejor. Entre todos los árboles, se hallaba un riachuelo que parecía provenir de algún lugar lejano. Se me antojó el mejor lugar donde vivir en paz.

Aún así mi curiosidad por saber exactamente qué comería apartó los pensamientos del paisaje que se veía a través de las ventanas. Pensé que probablemente comería algo rápido, no podía ser que hubiesen preparado algo que llevara mucho tiempo. Tal vez algún congelado o alguna hamburguesa. Pero no entendí algo. No sentí el más mínimo apetito, siquiera pensando en las comidas que más me solían gustar. Bajaba las escaleras y me sentí rara. Mi cuerpo parecía más fuerte que nunca y me dio miedo caerme por las escaleras o algo semejante, pero no ocurrió. Me pregunté el por qué mientras me quedaba maravillada ante las hermosas tres plantas de aquella casa.

Desde que habíamos bajado por las grandes escaleras de la casa, debía haber transcurrido media hora, calculé a lo sumo. Edward me condujo al comedor y se sentó en la mesa de enfrente mío. No dijo nada en los cinco minutos que estuvo mirándome fijamente con expresión de tristeza cuando le llamó Carlisle que, seguramente, estaba en otro lugar de esa planta, para que le ayudara. Seguí con la mirada la dirección que Edward había tomado. Aquel lugar, aquella casa, si así se le podía llamar a semejante caserón, era magnífico. La luz iluminaba el recibidor traspasando por los cristales y no me fije en nada más. Parecía estar en sueños. Del comedor se podía decir lo mismo, al igual que del resto de la casa.

Mi estómago volvió a gruñir frente al olor que se acercaba. Esme, que anteriormente estaba en la cocina, traía un plato con lo que parecía una sopa exótica. Exótica porque era roja, y jamás había comido nada parecido. Pese a ello, al olerla me pareció un plato irresistible, tentador… apetitoso. Esme acabó de depositar el plato en la mesa y se sentó en frente mío. La rara sopa me atraía como ninguna comida me había atraído jamás. Cogí la cuchara dispuesta a comerme hasta el plato. Tomé el primer sorbo de aquella rara, exquisita comida. Sin dudarlo, conduje otro tanto a mi boca. El gusto era algo difícil de definir, aunque rápidamente me di cuenta que aquella comida era la más exquisita que había comido en mi vida. No había comido nada semejante en mi vida.

-¿Te gusta? -preguntó la madre de Edward. Por un momento, me detuve a mirarla. Sonreía amablemente. Me hizo sonreír a mí también. Además de ser una buena persona, sabía cocinar tal plato exquisito. Tendría que pedirle la receta en cuanto saliera de allí. Seguramente, a Charlie también le encantaría.

-Sí. Está delicioso. -respondí dirigiendo otro sorbo a mi boca. No había dicho semejante verdad nunca. Si alguna vez me preguntasen si había sido sincera en mi vida, podía responder afirmativamente. Mi atisbo de comer se estaba refrenando algo, pero para nada impidió que siguiese bebiendo aquella sopa o caldo.

El plató quedó vacío en cuestión de un minuto. Comer deprisa solía hacerlo, pero no con aquella voracidad. Aún podía sentir el sabor en mi boca. Pude comprobar que mi hambre se había calmado bastante. El otro sabor, que al despertar en la casa de los Cullen tenía, aún seguía en la boca, como comprobé. Volví a preguntarme qué me habría pasado. Supuse que nada. Ninguna cicatriz ni herida se hallaba en mi cuerpo. Es igual, pensé, Carlisle me lo explicará dentro de poco. Inmediatamente, pregunté a Esme sobre la comida:

-¿Qué era? Nunca había comido nada parecido

-Ah, era gazpacho, algo como zumo de tomate. -respondió sonriendo como había hecho anteriormente, aunque identifiqué en su expresión algo parecido a la precaución. No parecía estar mintiendo. Eso explicaba claramente el porqué aquel caldo era rojo. ¡Claro, tomate! Habría de haberlo deducido. Aunque no sabía a tomate, seguramente tendría algún ingrediente especial. A Charlie le gustará, aunque habrá que esperar para que se fié algo más de mi cocina.

Volvió a preguntarme si me había agradado la comida y volví a reiterar mi respuesta más verdadera. A partir de ahí, entablamos una conversación sobre la comida. Le explique que en casa era yo quien cocinaba, que Charlie aún no se fiaba de mi por los desastres montados por mi madre en el pasado, que no me molestaba ocuparme de esas tareas. Me sentí relajada. El hambre ya estaba calmada y yo algo mejor. Mientras ella casi empezó a explicarme alguna de sus recetas, Edward entró con expresión inescrutable. Él y Esme se miraron como habían hecho anteriormente los tres con Carlisle. Asintieron por ambas partes. Edward pareció más relajado.

-Ven, Bella, Carlisle quiere explicarte lo ocurrido. -me levanté y me despedí con un gesto de la madre de Edward mientras éste sonrió algo más convincente.

Salimos del comedor y atravesamos el recibidor hacia la gran escalera. Se presentaba majestuosa, alta y… peligrosa. Podía caer probablemente y Edward se echaría a reír. Intenté controlarme para no caerme, lo que dio fruto. Me preguntaba constantemente qué explicación solucionaría mis preguntas, por el momento, sin respuesta.

Paso a paso, llegamos hasta la segunda planta donde Edward se detuvo ante una puerta. La abrió e hizo un gesto para que le siguiese. La habitación que se ocultaba tras esa puerta era impresionante. Había un montón de libros puestos en estanterías, parecía una biblioteca. También me sorprendió mucho ver cuadros de diferentes tamaños colgados en la pared, junto a la puerta. Cada uno parecía transmitir un sentimiento en un espacio y tiempo diferentes. Y allí estaba Carlisle, sentado en una silla tras una mesa.

-Es el despacho de Carlisle. -explicó Edward con una breve sonrisa. Le seguí hacia la mesa frente a la que estaba sentado Carlisle, quien se giró de inmediato.

-Bienvenida Bella. Sentaos. -dijo señalando las dos sillas de enfrente de la mesa. Parecía calmado, pero algo le ponía nervioso, al igual que a Edward. Ambos parecían inquietos por algo que yo no sabía- ¿Quieres que te explique qué te ha pasado después del accidente?

Asentí. Noté los nervios a flor de piel. ¿Qué explicación daría a lo que pasaba? No era muy común salir sin ningún rasguño de un accidente en el cual un coche te atropella. En el hipotético caso de que alguien hubiese conseguido apartarme, tenía que tener aunque fuese una pequeña cicatriz. Era imposible salir ilesa de una situación como aquella. Algo me había pasado, efectivamente, y el padre de Edward me lo iba a explicar. La inquietud dominaba mi mente cuando Carlisle dijo:

-Es algo difícil de explicar. Cuando el coche de Tyler te estuvo a punto de atropellar, Edward logró apartarte de la trayectoria del coche. Te desmayaste. Puede ser que te hayas dado algún golpe en el cráneo o algo, por lo que de momento sería mejor que te estuvieses aquí unos días. -suspiró un momento antes de volver a explicar. Toda mi curiosidad e inquietud anterior se disiparon para convertirse en una profunda decepción. ¿Era éso lo que había ocurrido? En ese caso, ¿por qué estaba en la casa de los Cullen y no en el hospital?- Te hicimos pruebas y creemos que han podido quedar secuelas de ese posible golpe en el cráneo que, probablemente, haya afectado a alguna zona del cerebro. He decidido que permanezcas aquí por mayor seguridad. Hasta que no averigüe exactamente la posible consecuencia del golpe, deberías estar aquí.

Cuando acabó un silencio inundó la habitación. Un simple golpe en la cabeza… ¡Pero si me encontraba bien! Yo no tenía ni idea de medicina como para poder contradecir a un doctor, pero no podía aceptar tal explicación. Increíble, inexplicable: así describí esa explicación en mis pensamientos. Por un momento pensé algo más en lo que había dicho el padre de Edward. ¿Podía ser que me hubiese afectado un posible golpe en el cerebro? Medité más calmadamente. Posible era, pero… ¿creíble?

-Pero Charlie, digo, mi padre, estará preocupado. -era la única excusa que podía utilizar para salir de ahí.

-Ya se lo he comunicado a tu padre y ha dado el consentimiento de que te quedes aquí. -pensé por un momento en mi padre. ¿Cómo estaría a parte de preocupado? Tuve la esperanza de que no tuviese que quedarme allí por muchos días.- De hecho, Bella, pareces encontrarte bien, pero pareces padecer un tipo de enfermedad cerebral que afecta a quien se ha golpeado una concreta parte de la cabeza. Ahora sólo dinos si aceptas quedarte unos días aquí.

Consideré esa posibilidad. Me perdería unos cuantos días de clase de instituto, era evidente, pero por otra parte no tenía nada que hacer en la casa de los Cullen. Seguramente, sería una molestia para los demás miembros de la familia que una desconocida, yo, me alojara allí encontrándome aparentemente bien. Miré a Edward. Su odiosamente hermoso rostro dibujó una sonrisa corta que supuse que significaba que yo no era molestia alguna. Entonces, recordé lo que había dicho Carlisle: “Edward logró apartarte de la trayectoria del coche…“. Me estremecí. ¿Era aquello cierto? Si era así, tenía que quedarme y agradecérselo.

-Si no supongo ninguna molestia, me quedaría. -respondí lo más educadamente posible que pude. La expectativa de que Edward me había salvado, me animó un poco después de la decepción que me había llevado por el simple golpe en la cabeza. Además, también tenía que agradecérselo al doctor. Se estaba esforzando en curarme.

-Bien, no te preocupes, no eres molestia alguna. Bueno, si no quiero llegar tarde al trabajo debo irme ya. -sonrió amablemente. Se levantó cogiendo su chaqueta al mismo tiempo y se dirigió a la puerta. Se detuvo antes de abrir la puerta para añadir:- Me olvidaba. Edward enséñale la habitación y explícale qué debe tomar de medicina.

Dicho esto, abrió la puerta y se fue. Miré a Edward. Yacía quieto como una estatua todavía mirando hacia donde se había ido Carlisle, probablemente perdido en sus pensamientos. Se debía de alertar de que le miraba pues se giró hacia mí. Raramente, sus ojos se habían vuelto topacios, aunque sin abandonar el negro. En su mirada se manifestaba un sentimiento, aunque no supe identificar cuál. El silencio fue interrumpido cuando se levantó de repente.

-Vamos, te enseñaré tu habitación. -se limitó a decir. Me quedé algo ensimismada, pero me levanté al poco. Edward ya estaba, sorprendentemente debería decir, en la otra parte de la habitación, abriendo la puerta. Me apresuré para no impacientarle, aunque no llegué a comprender si es que Edward tenía una velocidad sobrenatural, o habían pasado demasiados segundos.

Sin decir ni una palabra, le seguí a través del iluminado pasillo que cruzaba la primera planta hasta las escaleras. Mientras subíamos las escaleras me pregunté cómo sería la habitación. Modesta, me dije, y pequeña, aún así sólo estaría unos días allí, por lo que tampoco me esperaba gran cosa. Al llegar a la tercera planta, inevitablemente, miré al techo. Ahí, desde una altura de los seis metros del techo, había una gran cruz de madera. Me pregunté qué diablos haría allí eso, pero continué caminando porque Edward parecía no alarmarse de mi presencia, pues ni se giró.

Nos detuvimos frente a una puerta. Edward siguió callado, pero con un gesto en la cara, me indicó que abriese la puerta. Y lo hice. Me froté los ojos ante la repentina visión que tenía ante mí. Una habitación amplia se disponía frente a mí. Había una cama en una de las esquinas, con sábanas cosidas de flores; un pequeño escritorio junto a una gran ventana por donde entraba la luz que iluminaba la habitación; algunos armarios, cuadros, y para mi gran sorpresa, una estantería de cinco plantas llena de libros. Las paredes estaban pintadas de un blanco harmonioso y el suelo, agradablemente decorado, de madera. Mi sorpresa me impedía moverme y Edward intentó ocultar una risa, por primera vez, desde que Carlisle se había ido.

-Esta será tu habitación. -comentó con una sonrisa más burlona que amable. Señaló la cama, donde me di cuenta que habían maletas que probablemente Charlie había traído. Se había pasado. ¡Tres maletas! Ni que fuera a la guerra o me fuese a estar una larga temporada en casa de los Cullen. Me percaté de donde me encontraba y miré nuevamente a Edward quien añadió:- Espero que te guste.

-No hacía falta que os molestaseis, pero muchas gracias. Os estáis tomando demasiadas molestias conmigo -respondí todavía sorprendida por la belleza de la habitación. Entré sin pensarlo un segundo más y me dirigí hacia las malestas. Me pregunté cuándo había ido Charlie a casa de los Cullen.- ¿Cuándo vino mi padre?

Edward se puso repentinamente a la defensiva, intentando ocultar algo, pero su respuesta parecía sincera:- Ayer por la tarde.

Con el rato, la habitación se hundía en silencio. Edward permanecía todavía al lado de la puerta. Me pregunté por qué no entraba, si al fin y al cabo me tenía que explicar lo que no había acabado de decirme Carlisle. Se lo pregunté para romper el hielo. Relató las explicaciones una a una. Y cada una me sorprendía más.

Edward me explicó lo que le había dicho Carlisle, una serie de prevenciones que debía de cumplir durante mi estancia en casa de los Cullen. La primera, que la comida que se me serviría sería el gazpacho que me había preparado Esme, pues contenía una serie de vitaminas que ayudarían a mejorarme. Esta primera no me molestó, pues aquel zumo de tomate me había parecido inexplicablemente apetitoso y se había vuelto mi comida preferido. La segunda, me extrañó más: no tendría que salir de la casa de los Cullen y si podía ser, de la hermosa habitación. Me molestó algo aquella perspectiva, me aburriría allí dentro, aunque mirando otra vez los libros de la estantería no parecía tan terrible. Y la tercera, era que no podía dormir. Me quedé estupefacta. Edward dijo que Carlisle le había contado que la posible secuela del accidente provocara que no pudiera dormir. Aquello era raro, rarísimo. Me lo tomé como una broma. Edward iba a añadir algo más, pero calló y se quedó tan callado como un mudo.

Parecía una escultura perfectamente tallada. No había en su rostro alguna cosa que se pudiera criticar. Sí, sí que la había: era demasiado guapo. Recordé que me había salvado la vida y tenía que agradecérselo y decir algo, pues si no parecía que se quedaría inmóvil toda la vida.

-Por cierto… -musité casi inaudiblemente. Edward me miró, nuevamente vivo. Que girase la cara en aquel momento hizo olvidarme de lo que le iba a decir por un momento, pero apartando la mirada, volví a concentrarme y pude hablar.- Gracias por salvarme la vida.

Su rostro se suavizó, parecía algo más calmado. Tan sólo me respondió con su musical voz:- De nada. Estaba a tu lado y no iba a dejarte morir. -sonrió tristemente, ocultándome algo que no sabía. De repente, recordé cada una de las imágenes del accidente. Yo, comprobando las cadenas que había puesto Charlie, cuando la gente chilló alrededor mirándome horrorizados. El coche de Tyler se dirigía hacia mí. Miré al otro extremo: dos coches más allá estaba Edward, mirándome como la otra gente. Entonces, oí el chirrido de las ruedas del coche de Tyler que estaba cada milésima de segundo más cerca, y luego, unas blancas manos que me cogían, cuyo tacto era frío. Y luego un profundo dolor del cual no encajaba.

Había algo que no entendí. Era imposible que Edward me hubiese podido salvar si había estado a dos coches de distancia y haberme apartado con sus pálidas, blancas manos. Era inaudito. En ese momento me alerté de que Edward se disponía a salir definitivamente de la habitación. Tenía que detenerlo y pedirle una explicación, era mi única oportunidad.

-Edward. -le llamé. Él se giró, sin poder abrir la puerta. Proseguí.- Hay algo raro del accidente que no entiendo.

Se giró definitivamente y me miró con una cara temerosa, pero al mismo tiempo furiosa. Parecía inexplicablemente de repente, furioso.

-¿A qué te refieres, Bella? -me preguntó con un tono distante y frío. Tenía el entrecejo fruncido. Me estremecí. Nunca había visto a Edward con esa expresión en la cara, excepto el primer día que asistí al instituto, cuando me miró con el mismo desdén sin motivo.

-Recuerdo que el día del accidente estabas dos coches más allá cuando el coche de Tyler estaba a punto de atropellarme. ¿Cómo es posible que en menos de un segundo pudieras apartarme de la trayectoria del coche? -inquirí a Edward, quien ahora parecía todavía más distante que antes. No era posible que se enfadara por preguntarle aquello.

-Te equivocas, Bella. Yo estaba a tu lado. -parecía que se intentaba calmar. No pude aceptar esa respuesta por lo que negué con la cabeza, lo que pareció desconcertar y enfurecer aún más a Edward.- Te ha afectado ese golpe… ¿Crees que pude correr tan rápidamente hasta tu coche?

Asentí. Estaba empezando a hartarme de que Edward no reconociese lo que había visto. Yo no estaba loca por más golpes que me hubiese dado en la cabeza y ese recuerdo se volvía a cada momento más real. Recordaba hasta los gritos de la gente que estaba paralizada viendo cómo Tyler me atropellaba.

-No vas a dejarlo así como así, ¿no? -Edward se negaba de nuevo a explicarme nada y cada vez su tono era más frío y reprochador.

-No.

-Te has golpeado la cabeza, no sabes qué dices. -gritó, ya de espaldas a mí. Sin esperar respuesta abrió la puerta y la cerró de un portazo.

Ya habían pasado dos días desde mi enfado con Edward. Dos días antes, me había enfadado intensamente con él. ¡Me había tomado por loca! Me hubiese gustado gritarle mil cosas, pero no tuve tiempo. Después, pensé en lo que había pasado y quizá podía ser yo la que estaba equivocada. Quizá sí que me había afectado el accidente, y, además, Edward me había salvado la vida, con lo que el enfado se transformó en gratitud.

Tal como me había aconsejado Carlisle, no salí para nada de la habitación. Es más, no había hecho falta. La posibilidad de que pasaba algo cobraba vida. No había necesitado ir al lavabo y tampoco había podido dormir, por ello no había salido para nada de la habitación. Hasta la fecha, me había entretenido leyendo algunos libros que habían en la estantería, hasta por la noche.

Esme, muy amablemente, me traía gazpacho cuando era hora de comer y se quedaba un rato charlando mientras yo comía, pero enseguida se iba, aunque volvía por la tarde, cuando Edward y sus hermanos volvían, a entregarme los deberes. Yo no entendí por qué yo seguía allí. El padre de Edward se pasaba por la tarde apenas unos minutos para ver cómo me encontraba e inmediatamente se iba. No tenía razón para seguir allí. Además, Edward ni siquiera había venido a decirme algo y, a pesar de que creía recordar que su habitación estaba al lado de la mía, apenas se le oía. Lo mismo se podía decir del resto de los hermanos de él.

Decidí que debía de salir de la habitación de una vez por todas. Había estado dos días allí dentro, y no había casi dirigido palabra a nadie. Al menos debería bajar y hacer algo. El reloj marcaba las cinco. Edward y sus hermanos ya habrían vuelto. Me cambié de ropa. Charlie me había traído todo lo que tenía, hasta vestidos que había dejado cuando era pequeña. Me puse unos tejanos y una camiseta cómoda. Me peiné un poco y me hice una coleta.

Me pregunté si Edward seguiría enfadado. No había dado ni señales de vida, sólo le daba los deberes a Esme y luego cuando yo los acababa, esta se los entregaba. En fin, pensé, voy a tener algo de vida social y al menos debería presentarme a los hermanos de él. Abrí la puerta lentamente, esperando encontrarme con alguien allí, pese a que no había un alma. Salí de la habitación cerrando la puerta tras de mí suavemente. Puse la oreja en la puerta que creía que correspondía a la habitación de Edward. Nada. Todo estaba en silencio. Me avergoncé de haber intentado espiar.

Cuando recorrí todo el pasillo me paré frente a la gran cruz de madera. Me inspiraba curiosidad. ¿Por qué tendrían aquello allí? Lo deje para más tarde y caminé hacia la escalera. Ya había bajado un piso y me detuve. Allí tampoco parecía haber nadie. Probablemente estarían todos abajo. Suspiré. Tenía que mostrarme amable y no vergonzosa. Bajé lentamente por la escalera de la segunda planta hacia la de abajo.

Ya se avistaba la planta baja cuando sentí que alguien hablaba. Bajé algo más calmada pero me detuve en media escalera. No se habían percatado de mi presencia y seguían hablando. Allí estaban todos, en el recibidor: Esme y Carlisle, Edward, Alice, Rosalie, Emmett y Jasper. Iba a saludarles cuando oí decir a alguno de ellos:

-Ya lleva dos días aquí, no podemos continuar ocultándoselo. Deberíamos decírselo ya.

Identifiqué la que creía que era la voz de Carlisle. ¿Qué me ocultaban? ¿Qué estaba pasando allí? Aún no se daban cuenta de que yo, a la que se le ocultaba algo, estaba allí, escuchándoles.

-Es demasiado difícil de explicar. ¿Cómo se lo podemos decir? -Alice, la hermana de Edward, parecía preocupada. No entendía nada. ¿Tenia yo acaso una enfermedad que tuviesen que ocultarme?

-Decirle que ahora se ha convertido en una vampira… No se lo creerá. -Edward musitó respondiendo a su hermana. Yo seguía en esa escalera, intentando asimilar las palabras que él había pronunciado. No las entendía. ¿Vampira? De repente, Edward miro hacia donde yo me encontraba, adivinando que estaba allí, que les había escuchado, que les había descubierto.

Los demás, al ver que Edward miraba hacia mi, hicieron lo mismo. Todos estaban estupefactos, excepto la impresionante Rosalie, que me miraba además de con sorpresa, con odio y desdén. Aún así, todos permanecían callados. Yo aún intentaba entender las palabras que Edward había dicho y a las que de repente, entendí: “Decirle que ahora se ha convertido en una vampira… No se lo creerá”.

-¡Bella! -gritó Edward horrorizado. Parecía estúpidamente impresionado de que estuviese allí, en aquel momento, en aquel lugar, escuchando lo que se me ocultaba.

Entre tanto, me eché a correr escaleras arriba a una velocidad increíble. Oía pasos tras de mí, pero no me importaban. Una y otra vez, las palabras de Edward se repetían en mi mente. No dejaba de escucharlas. Llegué a la tercera planta y en mi habitación, cerré la puerta lo más velozmente posible.

De repente, nada tenía sentido. Yo no podía ser una vampira. Es más, los vampiros son sólo leyendas urbanas, me dije. Pero no me servía mi propio convencimiento. Ellos lo habían dicho con tal naturalidad que sólo podía ser verdad. Y aún seguía recordando esas terribles palabras mientras alguien golpeaba la puerta y gritaba mi nombre.