Ocaso

Capítulo diez: El castigo


“-Tonta, Bella -fue cuanto dijo él mientras acercaba su rostro al mío, observando cómo reaccionaba yo ante aquello. Entonces, comprendí a qué se refería y tenía los nervios a flor de piel.

Entonces, sus labios encontraron a los míos. Y sus labios ardían en fuego como los míos. Mis manos, instintivamente, agarraron a Edward, en un intento de acercarlo más a mí. Sentí, desde el fondo de mi cuerpo, como mi temperatura aumentaba a pesar de no tener sangre. Quizá era una cosa de los vampiros. O quizá, no lo era, después de todo. Pero no me importaba. No mientras aquel momento durara.”

Bajé el cristal de la ventana, temiendo que los violentos copos de nieve cayeran dentro del coche. También, en parte, temía constiparme, a pesar de saber que no ocurriría. Mientras bajaba la ventana, me asuste a mí misma viendo detrás de mi reflejo los rasgos de alguien mucho más hermoso. Si no hubiera sido porque notaba la nieve fría y porque la música sonaba tan real, hubiera jurado una y otra vez que aquello era un sueño. Pero no lo era, y Edward estaba a mi lado, observándome a mí, o a nuestras manos unidas, al paisaje…

Volví mi mirada, a mirar al Edward real, cuya belleza no se podía comparar ni con su propio reflejo. No tenía corazón pero sabía, de alguna manera que no acertaba a comprender, que tenía los nervios a flor de piel. No sabía qué decirle, no sabía qué hacer. No después de lo ocurrido apenas minutos antes. Intenté concentrarme en algo interesante que preguntar, pero nada se me vino a la cabeza excepto una pregunta. Una pregunta tonta y estúpida, que rompería ese molestoso silencio.

-¿Siempre ha nevado tanto en Chicago cuando ha sido invierno? -sin duda alguna, mi originalidad en el momento de preguntar cosas no era mucho mejor que mi torpeza.

-Que yo recuerde, sí. La verdad es que no recuerdo muchas cosas. Hará tanto tiempo… -esbozó una sonrisa triste pero a la vez torcida y dio un apretón cariñoso a mi mano. Avergonzada, miré a otra parte, y fijé mi vista en el contador de velocidad.

-¡Nos vamos a estallar! ¡Baja la velocidad! -grité, con terror en mi voz. ¿Cómo podía ir a más de ciento veinte kilómetros por hora? ¿Acaso quería que nos estalláramos contra otro coche, o que nos convirtiéramos en una galleta de Volvo rebozada con nieve? Estaba loco, pensé para mis adentros.

-No temas, Bella. Siempre he conducido de esta manera y jamás me ha pasado nada -volvió a mirarme, intentándome persuadir con la intensidad de sus ojos. Reuní todas mis fuerzas por concentrarme en lo que quería hacer y le miré desafiante. Él suspiró, con frustración y tan sólo bajó la velocidad a ciento diez. Al menos era algo, pensé-. Odio conducir tan lentamente. Ya puedes estar contenta.

-Lentamente -repetí, con terror. Si consideraba eso lento, ¿qué sería ir velozmente? ¿Ir a dos cientos por hora? Le miré con cara de póquer. Después de todo, algún defecto tenía que tener, pensé para mis adentros. Al ver la expresión de mi rostro, rió entre dientes, como si fuera divertida. No podría haberme enfadado aunque hubiera puesto todas mis fuerzas en ello. Nunca me acostumbraría a aquella sobrecogedora belleza. Jamás, ni aunque viviera toda la eternidad.

A partir de ahí, nos mantuvimos en silencio. Él tan sólo me soltó un momento la mano para sacar un disco de la disquetera y ponerlo. Volvió a cogerme la mano. No reconocí la canción, aunque me sonaba familiar. Me quedé mirándole un momento y él empezó a cantar, aparentemente muy cómodo. Su voz ponía en absoluto ridículo la voz del cantante. Sabía perfectamente lo que decía la letra de la canción, pues era un grupo que cantaba en inglés: Lying close to you feeling your heart beating. No pude evitar ponerme nerviosa.

-¿Qué canción es? -le pregunté, intentando encontrar un hilo de conversación que comenzar. La dulce balada seguía sonando como si el grupo estuviera allí mismo, en el coche, tocando.

-I don’t want to miss a thing, de Aerosmith -fue cuanto dijo y siguió cantando para mí, aunque parecía apenas consciente de mi presencia.

En vez de decir algo, seguí disfrutando del concierto personal que él me ofrecía, envidiándole cada vez más por la perfección de su voz musical, aterciopelada. Pero en cuanto acabó la canción, en cuanto el ambiente de la música empezó a desvanecerse, el coche frenó y él ya estaba allí, abriéndome la puerta del coche, como si hubiese estado allí desde hacía un buen rato. Algo sobresaltada salí, y miré la casa, cuyo tejado estaba lleno de nieve.

-Me recuerda aquel día que nevó en Forks, el día en que me hablaste por primera vez, cuando me preguntaste por la nieve -comenté, en parte siendo inconsciente de mis palabras. Por alguna razón, sentí una añoranza profunda. No pude evitar pensar en Charlie, en cómo se las estaría apañando.

-Sí, recuerdo que analizamos las pieles de una cebolla. Y, ahora que lo dices, es por otra de las cosas por las que debo disculparme. Por haberte tratado de aquella manera el primer día, por no haberte dirigido la palabra. Sólo puede servirme de disculpa el hecho de que, entonces, apenas conocía mis propios sentimientos y no podía controlarme. Tu sangre podía haber sido perfectamente la causa de tu muerte -habló rápidamente y me costó entender algunas palabras. Ahora, la visión de aquel primer día, lejano y humano, me parecía completamente diferente desde su punto de vista.

Al siguiente segundo, cuando iba a preguntarle algo, en cuanto giré el rostro para mirarle, tropecé con algo duro que antes no estaba ahí. Siendo tan torpe como era de humana, me caí al suelo. Confusa y sin entender qué había ocurrido, intenté sentarme y empecé a entender lo ocurrido: había chocado con la puerta de la entrada. Y en cuanto, miré a Edward, cuyo rostro mostraba una expresión divertida, pensando en si reírse o no, soltó una carcajada eterna. Cuando me levanté y expulsé la nieve que había en mi chaqueta, se rió más. Cansada de que se burlara de mí, me levanté y le robé la llave de las manos.

Con una rapidez que me sorprendió incluso a mí misma, abrí la puerta, cerrándola y corrí a la velocidad a la que me tendría que acostumbrar las escaleras, que parecían eternas. Una vez estando enfrente mi habitación, abrí la puerta, cerrándola con brusquedad y me tiré, quitándome los zapatos a la vez, a la cama, que protestó por mi repentino peso y tapé mis ojos con mi brazo derecho, cruzado sobre mi cara. La oscuridad que aquello me proporcionó, me calmó.

De acuerdo, era patosa y torpe. Incluso demasiado como para ser vampiro. En parte, parecía más humana que cualquier otra cosa. Pero… seguía odiando que se rieran de mí cuando, sin querer, me caía o tropezaba con algo. Seguía odiando ser tan terriblemente torpe humana. Y, por encima de todo, me hacía enfadar que fuera Edward y no otra persona quien se hubiera reído de mí. Aquel día era tan extraño, tan poco familiar. Decidí abrir los ojos, dispuesta a hacer algo. Unos repentinos ojos topacios y un rostro níveo estaban frente a mí, como si hubieran estado allí desde hacía rato.

-¿Bella? -me llamó él, con esa voz odiosamente musical y aterciopelada. Probablemente, aquello no era más que una visión de mi mente. Aun así, su mano acarició mi rostro, como si quisiera disculparse. Un nuevo enfado empezó a florecer dentro de mí. No era posible.

-¿Cómo has entrado aquí? ¿Por dónde diablos has entrado? ¿Qué haces aquí, Edward? -intenté golpearle, sin entender muy bien por qué, pero él me cogió las muñecas y me acercó más a él, evitando así el golpe. Estaba enfadada porque había entrado allí. Estaba enfadada por reírse de mí. Estaba enfadada por…

-¿Me dejas que me disculpe? Siento haberme reído de ti. He entrado, evidentemente, por la puerta. Quizá no te habrás dado cuenta, pero yo también puedo correr de esa manera, incluso mucho más -se rió de su propia broma, intentando calmar el ambiente. Se me ocurrió una brillante idea: me vengaría.

-No te perdono -intenté que mi voz sonara dura, con reproche-. Por el momento, hablemos como si no estuviera enfadada contigo y ya decidiré yo a cambio de qué te perdono. Si es que te perdono -no pude evitar sonreír para mis adentros. Él asintió a nadie en particular e intenté hacer memoria de qué estábamos hablando anteriormente-. Y, como antes decías, mi sangre resultaba apetitosa. ¿Puedo pedirte que me compares la atracción que ejercía sobre ti? ¿Y qué hubiera pasado en caso de que siguiera siendo humana?

-Primero lo primero, y segundo lo segundo -esbozó su sonrisa arrebatadora, confiado de que todo volvía a la normalidad. Aquello hizo casi que le perdonara, y aunque ya le había perdonado, quería llevar a cabo mi venganza-. No puedo comparar la atracción que tu sangre ejercía sobre mí con nada, porque no creo que nada haya atraído de esa manera a alguien. Sin embargo, puedo describírtela. Puedo decirte que olía demasiado bien, como a fressias o a frambuesa. Un olor capaz de ponerte en peligro. Y recuerdo cómo te ruborizabas, haciendo que se me hiciera la boca agua y…

-Me dijiste que no olía de la misma manera, ¿se puede saber cómo huelo ahora? -le interrumpí, a propósito. Aun así, también sentía curiosidad por ello. ¿Debía de oler como los vampiros, o cada vampiro olía diferente? Él me miró, con reproche, pero se dedicó a acariciar mi pelo. Su mirada era tan intensa, que tuve que apartar la mirada para concentrarme en lo que él diría.

-Ahora hueles… bien. En realidad, una parte de ti, sigue oliendo como olía. Eso se debe a que los vampiros conservan su sangre durante un año, mientras se va consumiendo. Y tú… sigues oliendo de ese modo -se acercó mi pelo a su nariz y lo olió, para después, besar la base de mi cuello, como si fuera un tesoro. No pude evitar mirarle esta vez para quedar atrapada en su mirada-. Y aunque ese olor se vaya dentro de algunos meses, hueles bien. Conservamos el olor de nuestra sangre al convertirnos, aunque no tenga la misma magnitud y cambie algo. Y a pesar de todo, tu olor sigue distrayéndome… ¿por qué será?

Antes de seguir hablando, besó mi frente mientras acariciaba la base de mi garganta con sus suaves manos. Sentía los nervios a flor de piel, y Edward tan sólo dejó de acariciar mi cuello para rodearme con sus brazos pétreos. -Y en cuanto a la segunda pregunta… Si hubieras sido humana, quizá no podríamos estar como estamos ahora o apenas podría besarte. No hubiéramos podido estar tan cerca sin poner en peligro tu vida. Y eso jamás me lo perdonaría, Bella. No podría perdonarme matarte… Además, ahora podríamos hacer cosas que de humana hubiera sido imposible hacer.

-¿Qué tipo de cosas? -pregunté yo, tan tonta e inocente. Después de todo, ¿a qué podía referirse? Mi mente empezó a barajar varias ideas, todas ellas… insinuantes, por decirlo de alguna manera. Me maldije a mí misma. ¿Por qué todo lo que pensaba entonces era por ser tan malpensada?

-Este… te lo explicaré mañana, en cuanto salga el sol -su voz sonaba fría, intentando ocultar algo, mientras la habitación seguía oscureciendo lentamente y el crepúsculo dominaba la luz. Empezó a tararear aquella nana que había compuesto pensando en mí. Todo seguía pareciendo un sueño, como si me hubiera muerto en aquel accidente y viviera en una especie de sueño-. Después de las preguntas que me has hecho responder, ¿podría yo preguntarte a ti algo? Por compensar.

Iba a negarme, naturalmente, pero cuando me miró con aquellos ojos intensos y esbozó mi sonrisa favorita dije automáticamente “sí”. Esperé un rato, mientras él acababa de tararear la canción y pensaba alguna pregunta que hacerme. Me pregunté qué me preguntaría y me arrepentí de haber aceptado. Estaba segura, por alguna razón que no alcanzaba a entender, que sus preguntas no serían precisamente normales o fáciles de responder.

-Después de toda esta conversación sobre sangre y olores… tengo curiosidad sobre algo. ¿Qué te parece mi olor? ¿Te repele o te atrae? -rió entre dientes. Bueno. Tenía que admitir que no era tan mala pregunta. Y la respuesta me parecía tan evidente que casi no quise contestarla.

-Tu olor es… mejor que cualquier otro perfume que exista. Si tuviera que decir a algo que se parezca que huela, en ese caso, no se parece a nada. Es un olor tan fresco, dulce. Sobre todo dulce. Un dulce que no es demasiado poco dulce ni es demasiado empalagoso. ¡Qué frustración me produce todo esto! -me quejé, con una voz algo pastosa que no parecía mía.

-¿Por qué te produce frustración? Odio no saber lo que piensas. No dejo de pensar en qué diablos piensas, sobre todo cuando no lo dices -entonces, algo tocó mi pelo. ¿Sus manos, sus labios? Ni siquiera lo sabía.

-Ya que estamos con quejas, yo odio que seas tan terriblemente bueno en todo. Odio que sepas tocar tan bien el piano y sepas componer piezas tan buenas, odio que seas tengas tal terrible belleza que me deje sin aliento, odio que sepas correr con tanta rapidez para ayudarme, odio que no seas torpe, odio que huelas tan bien que me hagas estremecer, odio que me hagas sentir los nervios a flor de piel cuando me besas… En fin, odio que seas tan terriblemente bueno en todo y que me hagas sentir de esa manera -con eso, me desahogué y respiré por la falta de aire en mis pulmones.

-Si es esa la forma en la que me odias, creo que no debo temer nada, excepto que esa especie de odio no es el odio en sí, sino que recibe otro nombre -esbozó una sonrisa alegre y se rió, con una sonrisa calmada-. Y ya que soy yo quien tiene el turno de hablar, debo decir lo que odio de ti: odio el olor de tu sangre, tan atrayente y peligroso; odio el dolor por el que tuviste que pasar por mi culpa, odio, como tú, la forma en que me haces sentir; odio que seas tan… cálida a pesar de ser vampira y tenga más ganas de estar junto a ti. Ah, sí, y también odio que me hagas mantener la intriga de no saber si me perdonas o no.

-Todo esto es, a la vez que alegre, tan… odioso -de hecho, esa era la palabra que más bien lo resumía. Era odioso a la vez que… atrayente. Y los dos nos reímos de lo absurdo y tonto de la situación. Absolutamente odioso, sin duda.

-Siguiendo con mi interrogatorio, ¿por qué odias la forma en que te hago sentir? ¿Acaso nunca te ha gustado alguien… nunca has querido a alguien? -me miró, ansioso de una respuesta e hice ver que me lo pensaba a propósito. Estaba tan… ¿mono? Me reí para mis adentros.

-Sí que he querido a alguien, por supuesto que sí -eso formaba parte de mi venganza, evidentemente. Me reí para mis adentros de lo extrañamente bien que salía mi actuación-. Es alguien que te hace soñar con los ojos abiertos, alguien cuyas palabras parecen imposibles, alguien que parece irreal, lejano, imposible de alcanzar. Alguien tan perfecto que cuando le ves, dudas de que exista o no.

-¿Y puedo preguntar quién es esa persona a la que querías? -su voz sonó decepcionada, remarcando especialmente el pasado, como si se intentara convencer a sí mismo de algo.

-Bueno, en realidad es a la que quiero ahora. A la única a la que he querido en mi vida. Su nombre es Edward Masen. En realidad, dudo de que le conozcas -dije con sarcasmo. Él entendió por dónde iba todo y pareció enfadado por un momento, para sonreír orgullosamente al siguiente-. ¿Y tú, Edward, has querido a alguien más?

-Es mi turno, te recuerdo -sonrió, pagado de sí mismo. Así que aquella era su venganza. Bueno, yo también podía jugar al juego de la venganza. Le saqué la lengua, como si de una niña pequeña se tratara y me giré al otro lado de la cama, a pesar de que me costó por el permanente abrazo en que él me tenía.

-No te perdonaré -prometí, por una vez tentada a no llevar a cabo mi venganza y marcharme. A cambio, me vengaría mucho más de él de lo que había pretendido. Al menos, tenía a mi favor que no me distraería con sus ojos o con su rostro, sino que podía pensar con claridad.

-¿Bella? Está bien, haré una excepción por esta vez… -suspiró, frustrado nuevamente. Me reí para mis adentros de nuevo, contenta de conseguir lo que quería-. La única persona por la que me he sentido atraído de esta manera, la única persona que es capaz de hacerme feliz y con la cual ahora mi vida no tendría sentido si no estuviera a mi lado… eres tú, Isabella Marie Masen. Nada más que tú.

Disfruté personalmente de su explicación y el susurro de su voz en mi oído me atontó lo que no podían atontarme sus ojos. Si a eso le unía su olor, seguía estando casi tan aturdida como antes. Sólo me consolaba el hecho de no estar tan ensimismada como antes. Y de esa pequeña explicación, había algo que me sorprendió y me alegró, aparte de las otras cosas, no por eso menos importantes: la utilización del apellido Masen.

-¿No piensas girarte, Bella? Y yo que pensaba darte un pequeño regalo… -bromeó, riéndose entre dientes, aunque aún torturado por mi permanente enfado, que aunque real, también era fingido, en parte. Me invadió la tentación, pero supe controlarme, confiando por una vez en mí misma.

-No quiero -me arrepentí en el mismo momento de haber dicho aquello. Imaginé qué podría ser su regalo. Desde luego, nada material, nada palpable. Quizá… me negué al mismo momento de pensarlo-. No sé tú, Edward, pero yo me voy a dormir. Tengo sueño y voy a soñar sobre cómo puedo matarte, así que buenas noches.

-Buenas noches -se rió entre dientes, encontrando graciosas mis palabras y tan sólo me abrazó con más fuerza y me dio un beso en la cabeza. No pude evitar sonreír, feliz, por conseguir lo que quería. Por una vez, me comportaba como una caprichosa. Cerré los ojos y esperé a que las horas pasaran

Y así pasaron las horas que quedaban, entre un silencio silencioso y una felicidad inmensa, como aquel día que aún estábamos en Forks, junto al riachuelo. Sentí en mis párpados los primeros rayos de luz de la madrugada y supe que, probablemente, estaría brillando débilmente con el contacto del sol. Intenté convencerme de lo que pasaría en cuanto abriera los ojos y me girara, encontrándome con aquel rostro tan exquisito.

Y así lo hice, abriendo los ojos lentamente, como si temiera que los rayos de luz me mataran. Y me giré lentamente, intentando que no notara mi movimiento, a pesar de saber perfectamente que él lo notaría. Cuando era capaz de ver aquel rostro nuevamente, observé su belleza, embobada. Como salido de un sueño, todavía brillando. Ése era Edward. Abrió sus párpados lentamente, paciente, imitándome y no pude reprimir una risa. Por alguna razón evidente, me encontraba especialmente contenta y feliz aquella mañana.

-Buenos días -me saludó él, dedicándome aquella sonrisa suya que hubiera hecho parar mi corazón de no ser porque yo carecía de vida. Me dio un beso en la cabeza.

-Hola -dije aún aturdida. Intenté recordar algo que decir, buscándolo en mi memoria. Me pregunté si ya era “mañana por la mañana” o tendría que esperar algo más-. Este… ¿Ya es mañana por la mañana, no? Si te explicas, te diré si te perdono o no. Tú escoges, Edward.

-Es mañana por la mañana, ciertamente -supe que se arrepentía de haberme dicho aquello porque frunció el ceño. Yo esperé, impacientemente, aunque nunca lo admitiría-. Con lo que me refería a “hacer cosas”, y por favor, no me tomes por un pervertido, era a cosas que me son desconocidas, que nunca he hecho… cosas que, por alguna razón, quiero hacer contigo. Siento un deseo… que nunca antes había sentido. Aunque claro si tú no quieres, yo…

Él no pudo seguir hablando pues le puse un dedo en el labio. En cuanto pensé en ello, no pude evitar pensar en que, si era cierto que no lo había sentido en su vida, llevaría así más de cien años. ¡Y la idea de que yo no quisiera! ¡Qué absurdo y ridículo sonaba eso! ¡Cómo si yo no hubiera quedado fascinada por su belleza desde el primer momento en que le vi! ¡Cómo si yo pudiera evitar sentir lo mismo que él sentía!

-No sabía que fueras tan humano, Edward -bromeé, intentando quitarme aquellos pensamientos de la cabeza, aquellos pensamientos que se me antojaban raros en mí.

-No soy humano, pero soy un hombre -se rió entre dientes. Al parecer, estaba como yo: sin saber qué decir-. Y ya que te he respondido, ¿me has perdonado, o sigues intentando vengarte de mí cuanto te sea posible sin perdonarme? Sabes que odio no saber qué piensas.

-Bueno, supongo que no tengo otro remedio que perdonarte… -suspiré con sarcasmo y me reí. En realidad, era una gran certeza: no tenía otro odioso remedio que perdonarle.

-…a cambio de algo, ¿no? -finalizó Edward la frase, riéndose entre dientes y acariciando mi rostro-. Creo saber cuál es tu recompensa. ¿Quieres que lo intente descubrir, saber si mis sospechas son ciertas o no y si por primera vez he sabido qué estabas pensando?

Antes de esperar una respuesta por mi parte, antes de que pudiera siquiera abrir mi boca para responder, mis labios estaban ocupados, porque los suyos estaban encima de los míos. Y aquel beso no tenía nada que ver con el anterior. A diferencia del otro, él no se conformó simplemente con tocar mis labios, sino que me siguió besando con deseo, con… ganas, por llamarlo de algún modo.

Y, evidentemente, yo no me quedé atrás. En cuanto sus labios tocaron los míos, mis manos lo atrajeron automáticamente más hacia mí. Y, al parecer, él sentía lo mismo, pues sus manos no dejaban de acariciar una y otra vez mi rostro. Y, entonces, cuando el beso parecía acabarse, nuestras lenguas se encontraron. Aunque me sorprendió, aunque él estaba también asombrado, seguimos, indiferentes a lo que ocurriera a nuestro alrededor. Entonces fue cuando noté el contacto de su mano en mi cadera. Una mano que buscaba otra cosa y que subía lentamente hacia mi pecho.

-¡Te lo dije, Bella! -una voz extrañamente familiar dijo en la habitación, en la puerta creí saber. Era la voz de Alice. Absurdo, pensé. No podían estar aquí. Pero, al siguiente instante, cuando los labios de Edward se paralizaron, cuando me giré a ver qué estaba pasando los vi allí, a todos: Carlisle, Rosalie, Esme, Emmett, Alice y Jasper.

-¡Di que sí, hermanito! -Emmett se rió entre dientes, divertido ante la escena. Seguramente, me lo imaginaba. No podían tardar tan poco. No podían. ¿… O sí…?

-Ya era hora, Edward -exclamó divertido Jasper, provocando quizá, con su poder o no, que todos se rieran.

Tanto yo como él estábamos congelados. Congelados, literalmente. Paralizados era un adjetivo que también valdría. Todos nos miraban, sonrientes -incluso Rosalie-, como si esperaran a que siguiéramos. Entonces, me tapé el rostro bajo las sábanas, por la vergüenza y el pudor que sentía en ese momento. Como diría una adolescente: “nos habían pillado”.