Del pasado
Ocaso
Octavo capítulo: Del pasado
“Bajando los escalones, lo vi. Su pálida piel contrastaba con el crepúsculo del atardecer. Me esperaba con aquella misma sonrisa torcida que me hacía poner los nervios de piel y con la puerta del coche abierta. Cogió con amabilidad la maleta que llevaba en mi mano para ponerla en la parte trasera del coche. E, inmediatamente, cogió mis manos para conducirme hasta el asiento delantero, con prisa.
¿Quién es Bella Swan?, me volví a preguntar inconscientemente. Ahora tenía una respuesta: Una persona que ha prometido ser feliz y lo será.”
En la oscuridad de la noche, Edward corría como un ser libre, sin obligaciones. Yo había cerrado los ojos, sabiendo que la velocidad que él alcanzaba me marearía de tenerlos abiertos. Volví a inspirar, dejando que su olor invadiese mis pulmones, con aquella fragancia tan dulzona pero refrescante.
Una repentina brisa me alertó de que él había parado de correr, de que había detectado una presa cercana. Unos minutos antes, Edward se había desviado de la carretera para ir de caza. Me bajó con suavidad, poniéndome de pie. No pude reprimir un suspiro de disgusto: me hubiera gustado que aquel momento no acabara. Pero, enseguida, mi disgusto se transformó en hambre. Olí la sangre del animal que se acercaba y mi estómago gruñó como si protestara de que yo aún siguiese allí, sin moverme. Miré a Edward antes de hacer nada. Se le hacía la boca agua y me cogió la mano.
-Es un puma -explicó, mientras corríamos hacia el animal. Recordé de inmediato la ocasión en que Alice, Emmett, Edward y yo fuimos de caza y los tres se pusieron a discutir sobre sus preferencias de… caza. En aquella ocasión, Edward había descrito a los pumas como unos animales fuertes, valientes y elegantes. Como él.
Entonces, él me soltó la mano para inmovilizar al puma, que apenas se había alertado de su cazador. Y como si fuera una escena de un mito griego, el cazador ganó a su presa. Edward había mordido al puma, con cuidado, intentando que no le doliera. Intentando que el animal no sufriera en su muerte. Aunque sufría. Frente al aroma de la sangre, mi estómago gruñó mucho más fuerte que antes, sin esperarse a nada. Intenté controlar el impulso de unirme a él, a alimentarme. Me acerqué lentamente, con cautela.
-Bella, no te preocupes… -Edward me esperaba, con una sonrisa triste en su rostro, probablemente recordando mi culpabilidad cuando me alimenté del conejo. Y sus palabras tuvieron resultado. Sin poder esperar más, sin poder controlar el impulso que mi nueva naturaleza me daba, me uní a Edward.
No pasaron ni diez segundos cuando me situé a su lado y mordí al animal, no sin acariciarlo antes. Perdóname, pensé, pero tengo que alimentarme como tú te alimentas. Acaricié una última vez el pelaje pardo del puma y mordí con todo el cuidado que pude el pelaje. Pronto, noté la sangre en mi boca. La absorbí, intentando causarle el mínimo daño al animal. La sangre revitalizó mi interior como si de una medicina se tratase. Sentí la sed, sentí que quería más. Que necesitaba alimentarme más. Vacilé un momento y alcé mi cabeza.
A mi izquierda, había algo de una belleza irreal a la vez que peligrosa. Edward bebía la sangre con una delicadeza y un cuidado que nadie tendría. Sus ojos cerrados pedían el perdón que sus cuerdas vocales no podían pedir. Sus facciones demostraban un gran respeto al animal, al hecho de que él se veía obligado a alimentarse. Y estaba incluso más bello que a la luz del sol. A pesar de que estaba oscuro como la boca de un lobo, a pesar de que sólo la luna llena brillaba en el cielo, yo podía distinguirlo.
Sin duda, Edward era inmensamente más hermoso que nunca. Estaba quieto como una estatua, a la vez que vivo por dentro. Con la imagen, volví a alimentarme de la sangre, volví a beber. Mientras me alimentaba, volví a recordar su rostro. Edward adquiría cuando cazaba una belleza tentadora y peligrosa, que sería capaz de atraer a cualquier persona. Era hermosamente peligroso a la vez que misterioso. Como el mismo puma. Comprendí por qué era su favorito. Porque el puma era un animal elegante, con una belleza aterradora y peligrosa.
No esperé a que él dijera nada y empecé a poner arena encima del animal, ya muerto. Le miré un momento, esperando su reacción. Él se limitó a asentir, con una sonrisa triste en su bello rostro y se sentó a mi lado, ayudándome. Quizá era tan hermoso en esos momentos porque se mostraba tal y como era; quizá porque la oscuridad le daba un misterio especial aquella noche. Sus manos pálidas eran como la luna llena en aquella noche tan oscura.
-¿Qué te ha parecido el puma? -esbozó una sonrisa en su rostro, y supe que intentaba distraerme, intentaba que no pensara en el hecho de que me había vuelto a alimentar. Y surtió efecto.
-Tiene un sabor muy apetitoso y atrayente, sin duda alguna, pero no supera para nada al conejo -saqué la lengua, en señal de burla. Repentinamente, algo húmedo tocó mi cabeza. Miré al cielo, oscuro, con una noche fría extendiéndose a lo largo. Pero había algo raro en él. Había una claridad rara, unas nubes que aclaraban levemente su oscuridad. Nevaba.
-Nieva -resumió Edward, con una repentina sonrisa triste en su rostro que no entendí a qué venía-. Será mejor que terminemos pronto…
Acto seguido, vi al puma enterrado. Y sólo habíamos empezado. Edward, velozmente, había recubierto el puma de arena, haciendo que quedase una pequeña montaña de arena. Sus manos blancas no se ensuciaron, blancas como la nieve, como, en esos momentos, las mías. Pequeños copos de nieve empezaban a caer, provocándome escalofríos, haciéndome recordar el primer día que Edward me había hablado cuando llegué a Forks. ¡Cuánto cambiaban las cosas con el tiempo!, apenas haría un mes de ello.
Apenas unas semanas, había llegado a Forks. Apenas unas horas, me había ido de allí. Y ahora me iba a Chicago, a vivir con los Cullen. Apenas unas semanas, y yo era humana. Apenas unas pocas semanas, y yo era vampira. Así es como funcionaba todo, cambiando sin parar. De repente, olfateé un olor que hizo gruñir nuevamente a mi estómago. Un olor que provenía de algo cercano… de tres conejos.
-¡No lo hagas! -grité cuando Edward iba a cazarlos. No podía cazarlos. No al menos a aquellos tres. No podía cazarlos porque era arrancarles de su vida de animal, puesto que era una familia. Sería como me había pasado a mí, y no lo iba a permitir. Él me miró, sin entenderme-. Son una familia. No podemos matarlos…
-Tienes razón -nuevamente, apareció esa sonrisa triste, que yo no entendía. Sabía que no se debía a mí, que aquello no tenía nada que ver conmigo, pero sí que algo le pasaba. Y yo no sabía el qué-. Será mejor que regresemos si no queremos encontrarnos con un atasco en la carretera por la nieve. Ya cazaremos más cuando lleguemos.
Se rió, pero no era una risa natural. Era una risa forzada, a pesar de ser igualmente musical. Pero no era aquella el tipo de risa natural en él y volví a preguntarme qué pasaba. Sin mirarme y sin hacer esfuerzo alguno, me subió de nuevo a su espalda para marcharnos. Yo cerré los ojos fuertemente, con temor de marearme, pero no pude. De inmediato, abrí mis ojos. A Edward le pasaba algo, no cabía duda de ello. Mientras él corría, yo le miré. Tenía una cara de ir a llorar en cualquier momento, por un motivo desconocido.
El coche se dirigía a gran velocidad hacia a un pequeño monte cubierto todo de nieve. Edward no había dicho una sola palabra en todo el viaje y el Volvo era un perfecto ejemplo de un cementerio: todo silencioso, nadie pronunciando una palabra. Sólo rompía ese silencio las sonatas de Chopin que Edward había puesto. Pero aun así, a mí me parecía que aquello era el silencio. Y lo había mirado muchas veces durante esas siete horas de viaje.
Y, a mi pesar, no había entendido qué le pasaba. Él seguía siendo la perfecta reencarnación de un mudo. Analicé su rostro, memorizándolo, intentando encontrar en él una muestra de enfado, pues quizá se había enfadado conmigo. Pero nada. Ni una muestra de enfado, de rabia, como tampoco de alegría o de felicidad. Tan sólo podía verse tristeza y melancolía en ese rostro que no daba muestras de vida. Él, sin embargo, no me había mirado, pues tenía los ojos perdidos en la ventana. Sólo entendía que no entendía nada.
Nos dirigíamos hacia la parte alta del monte. El camino, borrado por la nieve, estaba marcado por pinos y pinos. La nieve parecía no querer parar de caer, demostrando así poder dejarlo todo blanco. Repentinamente, el coche frenó y Edward salió del coche, moviéndose de nuevo. Antes de que pudiera reaccionar, ya me había abierto la puerta, con esa expresión que me alertaba de que algo no iba bien, que algo estaba pasando y que no sabía nada.
-Es aquí -su voz sonaba entre distante y triste, al tiempo que miró a una casa que estaba frente a nosotros, con una sonrisa alegre, aunque no le llegaba la alegría a los ojos.
No pude reprimir un grito de sorpresa que avanzó por mi garganta. Habíamos aparcado junto al gran porche, también nevado como el mismo monte. Sólo se podía definir en una palabra: impresionante. Una casa blanca se alzaba junto a nosotros; alargada y de una planta, algo similar a la de Forks, pero mucho más grande aunque no tuviera una tercera planta. Del tejado de la casa sobresalía el conducto de la chimenea. La casa estaba rodeada de pinos que daban un pequeño cambio al blanco que la rodeaba. Ese blanco que se extendía, también, en la piel de Edward.
-¿Qué te parece? -me preguntó con una voz forzadamente alegre, al mismo tiempo que me miraba con sus ojos topacios con una intensidad que me hizo apartar la mirada para responder.
-Tiene su encanto -musité, asintiendo a la vez. Comenzamos a andar hacia la entrada, subiendo los tres amplios escalones del porche-. ¿De cuándo es? No parece muy… actual.
-¿No, verdad? Debió de ser construida hacia 1850 -rió sin ganas, y se paró antes de abrir la puerta de madera negra, observando el porche con recuerdo. Me sorprendí cuando, repentinamente, me cogió la mano en la suya, como si tuviera miedo de lo que pudiera haber dentro.
Sin esperar una respuesta por mi parte, cogió una llave de su chaqueta y abrió la enorme puerta, que chirrió fuertemente ante nosotros, como si nadie la hubiera abierto en años, como si nadie hubiese entrado nunca en su interior. Edward me arrastró al interior y olía a cerrado, como si el propietario hubiese perdido la llave con la que entrar. La claridad del amanecer permitió ver parte del recibidor de la casa.
Y me pareció estar explorando ruinas. Porque, al abrir nuevamente los ojos, vi ruinas. O parecían ruinas. Una escalera de madera subía hacia las plantas superiores, con los escalones cubiertos de polvo. Como el suelo. El suelo, también de madera, estaba completamente cubierto de polvo. Y, los pocos muebles que había en el amplio recibidor, estaban cubiertos con sábanas blancas, que, con el tiempo, se habían vuelto grises. Era como descubrir recuerdos en el olvido.
Miré a Edward, que permanecía impasible a mi lado, hundido en sus pensamientos. Le apreté la mano que él me había dado, y él reaccionó, mirándome un momento para mover su otro brazo e iluminar el recibidor, aunque no sirvió de mucho porque la débil luz de la bombilla podía iluminar apenas poco más. Vi dos puertas a los dos extremos del recibidor, una cercana a la escalera, otra. Y, como una señal más de que algo pasaba, Edward me soltó la mano, para dirigirse a la puerta más lejana de la escalera, a la derecha.
Antes de seguirle, cerré la puerta tras de mí y me adentré en el recibidor, viendo cómo Edward abría aquella puerta con un destello de tristeza y añoranza en los ojos. Alzó su mano para encender la luz, para dejar paso a más muebles olvidados. Aquello debía de ser, con toda seguridad, el comedor. Entre el contorno de las sábanas blancas, podía distinguirse una mesa cuadrada y alargada, con sillas alrededor. Al mismo tiempo, también había unos cuantos sofás recubiertos por sábanas y, para mi sorpresa, los sofás estaban cerca de lo que parecía un piano y de una chimenea con madera podrida..
-Edward… ¿cuánto tiempo hace que nadie entra aquí? -pronuncié las palabras con toda la delicadeza que pude. Parecía una casa olvidada en la nada, una casa donde los recuerdos atacaban a cada paso que se avanzaba.
-Desde 1918, aunque, al parecer, se han instalado el agua y la electricidad, al parecer -su voz sonaba distante, fría, pero no del mismo modo que otras veces. Era como si Edward estuviese viviendo en el pasado, en sus recuerdos, en los tiempos en que había vivido allí. Me pregunté cuántos años tendría él.
-Ah -no sabía qué responder ante aquello. Como una sombra, él se dirigió hacia el piano, pasando su mano por la tela que lo cubría, haciendo sonar a teclas olvidadas en el tiempo. Una lánguida música de un piano desafinado.
-¿Vamos arriba? -intentó esbozar una sonrisa alegre en su rostro, poniendo un entusiasmo inexistente en sus palabras. Yo tan sólo asentí, temiendo que algo de lo que yo dijera le entristeciese más. Él volvió a cogerme la mano y me condujo a una velocidad a la que empezaba a acostumbrarme a la primera planta.
Pisábamos el suelo, demostrando que allí volvía a aparecer alguien tras casi un siglo de abandono. El pasillo se extendía largo y ancho, con algunas ventanas que permitían el paso de la luz y que se viese el bosque de pinos, y, a lo lejos, la ciudad de Chicago, probablemente. Inspiré aquel aire a cerrado, con olor a recuerdos, a un pasado que yo desconocía. Edward abrió una puerta al azar, aunque yo sabía perfectamente que él sabía dónde estaba. Y la puerta, nuevamente, chirrió, protestando por no dejarla dormir otro siglo más.
-Esta era… Bueno, supongo que es, mi habitación -se adelantó y volvió a soltarme la mano, haciendo huellas en el suelo lleno de polvo. Había sido su habitación. Y ahora, volvía a serlo.
Miré a mi alrededor. De nuevo, en un rincón de la gran habitación, había un piano algo más diminuto que el anterior, cubierto también por una sábana. Y ya, entre los contornos de las sábanas blancas, se distinguían lo que parecía un escritorio junto a su silla, estanterías, que parecían contener libros; una cama, un armario y una gran ventana por la que se veía parte de la ciudad de Chicago y bosques de pinos, aparte de un cielo encapotado.
Y posé mi mirada en Edward. Parecía que algo raro le pasaba, puesto que sus ojos tenían una intensidad melancólica que nunca la había visto. Unos ojos que recordaban un pasado desconocido, olvidado. Unos ojos que también sentían añoranza hacia el pasado. Unos ojos… tristes.
-¿Quieres escoger tu habitación? -volvió a hablarme en cuanto se alertó de que yo sabía que algo no iba bien, mirándole fijamente. Su voz sonaba amable.
-Está bien -asentí, sin resistirme. Me picaba la curiosidad con qué podía encontrarme allí. Me pregunté qué tipo de habitaciones había allí, qué muebles tendría cada una. Y lo más importante… cómo reaccionaría Edward ante ello.
Salimos de la habitación y la puerta volvió a chirriar aunque con menos intensidad. Decidí no averiguar muchas habitaciones y entré en la que estaba al lado de la de Edward. Él me siguió, puesto que era yo quien elegía. Como anteriormente, la puerta de esa habitación gruñó, advirtiendo que no le gustaban los nuevos amos de la casa.
En el mismo instante que abrí los ojos para ver la habitación, decidí que me quedaría allí. Era una pequeña habitación, pero no por eso menos acogedora. Había, como en la de Edward, una pequeña estantería, un pequeño escritorio, un armario y una cama. Todo cubierto por sábanas. Pero no era eso lo que me hizo decidir por esa habitación, sino por la vista de la ventana, que era más grande. Los pinos se extendían salvajemente por el paisaje, pero no se veía del todo Chicago, sino el amanecer de un sol brillante que me dio esperanzas. Un cielo nublado que contrastaba con el color anaranjado del sol que se acercaba.
-Me quedo con esta, sin duda -le dije a Edward, aunque mi voz se convirtió en un susurro cuando vi que miraba aquella habitación con una expresión aún más triste que anteriormente, como si fuera a llorar o como si le causara un gran dolor-. ¿Edward?
-Tienes buen gusto. Es la habitación de mi madre -sonaba como un reproche, como si me reprochara que hubiese escogido aquella habitación de entre todas las de la casa, como si yo hubiese cometido el error más grande de todos yendo allí. Como si no quisiera que estuviese allí y le dejase solo-. ¿Limpiamos? No creo que los demás quieran encontrarse todo esto así.
Tan sólo asentí. Claramente, se había esforzado en decir aquello con voz divertida. No entendía qué le pasaba. No entendía por qué, de repente, había de esforzarse diciendo las cosas de la manera en que se estaba esforzando. Sin duda alguna, él no quería que yo estuviese allí, pero antes de que pudiese decir algo, él ya no estaba allí para escucharme, se había desvanecido como un fantasma en un lugar de recuerdos.
Y así fue como pasó un día más. Así fue como durante un día, no nos dirigimos la palabra y no nos vimos. Como si tuviéramos temor de vernos. O mejor dicho, como si él tuviera miedo de verme. Y pasamos un día entero limpiando por encima todo el polvo que había en los pasillos, en las habitaciones y en la escalera. Barriendo los recuerdos acumulados durante casi un siglo. Barriendo todo para la llegada de nuevos amos a aquella casa deshabitada.
Yo había limpiado algunas habitaciones de la primera planta. Una de ellas, una biblioteca llena de libros antiguos que nadie había leído en cien años, llena de libros que habían caído en el olvido. Otra de ellas, era un baño, extrañamente moderno. Como si alguien hubiese entrado en esos cien años para arreglar la casa y marcharse de nuevo. Quizá Edward tenía algún pariente que se había ocupado de aquella casa en ese siglo. O quizá no. Finalmente, también limpié un despacho. En apartar las sábanas de los muebles, había un sello que aún funcionaba. Lo presioné contra mi mano, curiosa. “Masen”.
Cuando acabé de limpiar superficialmente algunas habitaciones y la escalera, cuando aparté las sábanas de los muebles, que parecían ser de colección; volví a mi habitación. Observé el amanecer en la ventana. Observé el paisaje de pinos nevados que se extendía a lo largo. Observé el sol que se veía entre la nieve que no paraba. Oí pasos en la madera crujiente del suelo. Alguien se acercaba. Sólo podía ser Edward.
-Es Alice -se limitó a decir, tendiéndome un teléfono móvil que contrastaba claramente con la casa, dándole un toque actual. Como si le hubiera clavado un puñal, salió de la habitación con un rostro apagado y triste. Cerró la puerta tras de sí, que chirrió por la brutalidad con que era cerrada.
-¡Bella! -me llamó Alice al otro lado del teléfono antes de que yo pudiera saludarle. Su voz musical sonaba entusiasmada, alegre. Sonreí levemente.
-Alice -saludé, intentando aparentar entusiasmo sin alegría pero sin tristeza. Probablemente, Alice ya habría visto lo que ocurría y lo sabría.
-¿Qué tal va todo por Chicago? Aquí estamos preparando la mudanza. Si no me equivoco, en Chicago tendremos que hacer bastantes obras en esa casa. Parece ser bastante antigua -no me había equivocado. Alice había visto todo en sus visiones y ya sabía como era la casa.
-No te equivocas, no -reí sin ganas-. Es una casa antigua y parece no haber sido abierta en un siglo. He tenido que limpiarla bastante. Había mucho polvo, y supongo que tendré que volverla a limpiar.
-Normal -la voz musical de Alice me dio la razón-. ¿Y cómo van las cosas? Supongo que ya sabes a qué me refería con que serías feliz, ¿no?
-Sé a qué te referías pero hay algo que no encaja, Alice. Además, a Edward parece ponerle triste estar aquí. Quizá sea que recuerda o no sé… -mi voz se transformó en un susurro hasta ser prácticamente inaudible.
-No te preocupes, Bella. Todo irá bien, te lo aseguro. De no ser así, cuando lleguemos, reñiré a Edward -no pude reprimir un escalofrío ante la amenaza de su voz, aunque no estuviera dirigida a mí-. Tengo que colgar, hay mucho que empaquetar para enviar a Chicago.
-Está bien. Dále a los demás recuerdos de mi parte -menos a Rosalie, que probablemente me odie más, pensé para mí misma. Seguramente, Esme me echaba de menos.
-Prepárate para ir de compras en cuanto vuelva -me amenazó antes de que ella colgara, con su voz musical y divertida. De compras. Tragué saliva.
Miré al teléfono durante un rato, esperando a que él volviera a recogerlo, pero ni siquiera volvió, como yo creí desde un principio. Y decidí salir de allí. Decidí preguntarle qué pasaba, por qué, desde que llegamos a Chicago, tenía aquel tono de voz tan triste y melancólico. Tenía que saberlo si quería cambiar las cosas de como estaban aunque él me rechazara. Quería hacerle entender que no estaba solo.
Salí de la habitación, provocando de nuevo un súbito chirrido en la puerta de madera, pero no me importaba. Abrí la de Edward, que respondió al chirrido del cierre de mi puerta y entré en su habitación. La habitación se había vuelto magnífica. Después de todo, él también había trabajado. Pero no estaba allí, no estaba junto al piano, ni junto al fonógrafo que había en el escritorio. Me dije, sin poderlo evitar, que aquella casa vivía en el pasado en el presente. Parecía como si todo allí estuviera formado por recuerdos. Recuerdos de Edward.
De nuevo, la puerta chirrió y la madera crujía ante mi paso. En la planta baja, alguien tocaba una melodía de piano. Y yo sabía de sobras quién era ese alguien. Crucé lentamente el pasillo y bajé a paso de tortuga la escalera, queriendo, al mismo tiempo, escuchar la preciosa sonata que él tocaba. Una sonata que no le había oído nunca, que él nunca había tocado… antes de llegar aquí.
Y lo vi cuando me dirigí al comedor. Lo vi tocando el piano para un público invisible que le escuchaba atentamente, un público sentado en los sofás. Un público de sus recuerdos, para el cual habría tocado años atrás. Como aquella melodía. Estaba segura que su tristeza se debía a haber venido aquí, aunque no conocía los motivos. Me senté en el sofá más cercano a él, provocando que un señor que no existía se quejaba en palabras que nadie escuchaba porque era irreal.
-Edward -llamé su atención. Él paró la melodia, como si no se hubiese dado cuenta de que yo estaba allí. Como si yo le devolviese a la realidad que él no quería. Como si yo demostrase que su pasado se había perdido.
-¿Has venido a devolverme el móvil, Bella? -su voz sonaba amarga, reprochándome que le hubiese ido a molestar a él y a su público fantasma. Como si yo no tuviera que estar ahí.
-Siento decepcionarte, pero me lo he olvidado casualmente -respondí sarcásticamente. Volvía a ser el Edward frío que se mostraba culpable. Pero ahora no era culpabilidad, sino tristeza. Una tristeza que yo no entendía a qué venía ocasionada.
-Da igual, quédatelo -volvió a tocar la melodía, ignorándome, pensando probablemente que me marcharía y daría media vuelta, sin importarme cómo estuviese él. El público fantasma aplaudió en un aplauso que nadie escuchaba. La melodía era triste y melancólica como él. Como él desde que había venido a Chicago.
El banquillo donde estaba sentado él no era tan grande como el de Forks, pero bastaba para un sitio para mí, aunque tuviera que sentarme lo más cerca de Edward posible. Por una parte, no tenía otro remedio y por otra, me gustaba. Él me miraba a mí, con furia en sus ojos topacios. Con reproche.
-¿Dónde has aprendido esa melodía? Es preciosa -intenté que mi voz sonara lo más sincera posible, aunque no hizo falta. Vi sus manos por las teclas, moviéndose rápidamente al ritmo de la melodía.
-Me la enseñó mi madre cuando era pequeño, apenas con siete años -una sonrisa triste se dibujó en su rostro, cambiando totalmente de humor. Miraba ahora la partitura-. No me acordaba de esta melodía, aunque ahora la recuerdo más o menos…
No supe si era consciente o no de que me lo decía a mí o si pensaba que hablaba solo, pero no me importaba. Parecía que aquella melodía era la llave de todo aquello. O al menos una pista y decidí seguir con el interrogatorio-. ¿Tu madre también tocaba el piano?
-De vez en cuando. Fue ella quien me enseñó, de hecho. O eso creo… -musitó con un hilo de voz que no era propio de él, como si le doliera no recordarlo.
-¿Crees? -reanudé su frase. Estaba completamente segura de que aquello tenía algo que ver con el hecho de su inminente tristeza. Algo relacionado con su pasado, como había supuesto.
-Los recuerdos que tenía de mi vida anterior… es como si los hubiera borrado, Bella -al pronunciar mi nombre, no pude evitar estremecerme-. Querría al menos recordar cómo eran mis padres, me gustaría al menos recordar sus ojos, pero no. Sólo queda esta casa y melodías. Sólo eso.
No pude evitar pensar que aquello mismo me ocurriría a mí. Pero, aunque olvidara a mis padres, recordaría siempre la promesa que les había hecho. Que sería feliz. Y lo sería costara o no. Lo sería con todas mis fuerzas. Todo se hundió en silencio, excepto por la triste melodía que él seguía tocando. Una melodía de su madre, uno de los pocos recuerdos que le quedaban. Probablemente, él habría heredado el talento del piano de su madre.
-Bella… siento haberme comportado así antes. Necesitaba estar solo. Necesitaba intentar recordar algo, pero no he podido -la melodía finalizó y me miró con sus ojos infinitos, con aquellas pupilas topacias-. Sé que no querrás, pero igualmente, te lo pido. ¿Te importaría venir conmigo al baúl de los recuerdos, venir a un lugar al que quería venir desde hace tiempo?
Yo tan sólo asentí, incapaz de pronunciar una palabra. Porque lo decía con una tristeza inmensa. Porque me estaba dando la opción de no ir, y yo, claramente, quería entender. Porque yo quería saber más de él, quería entender qué le pasaba y poder estar a su lado con todas mis fuerzas. Se levantó del banco y me cogió la mano, conduciéndome hacia arriba. Yo aún pensaba en qué se refería con el baúl de los recuerdos, pero pronto lo sabría.
Cementerio de Chicago, leí en la inscripción que anunciaba que aquello era el baúl de los recuerdos. Anteriormente, Edward me había llevado a la primera planta para coger paraguas y abrigos, puesto que nevaba. Habíamos cogido el Volvo en dirección a Chicago. Edward se había parado un momento en una floristería que acababa de abrir para comprar un ramo de lirios blancos. Ahí fue donde yo empecé a sospechar, aunque no se me había ocurrido nada.
Y ahora lo sabía. Íbamos a visitar la tumba de los padres de él, los verdaderos Masen. Edward preguntó al hombre que se encargaba del cementerio dónde estaban los Masen. Él volvió a mi lado, cogiendo mi mano izquierda con fuerza, conduciéndome con calma al interior de la ciudad de las tumbas.
-No está muy lejos, al parecer -comentó, mirando entre las tumbas, con una voz triste a la vez que una sonrisa melancólica aparecía en su rostro.
Apenas unos minutos después, se paró frente a tres tumbas sin nombre. O no. No tenían nombre porque todo estaba cubierto de nieve. Todo. Tanto las tumbas de alrededor como esas. Edward permanecía inescrutable, pero perfectamente la tristeza se avecinaba en sus ojos. Una tristeza mucho más profunda que la de cuando llegó a Chicago. Una tristeza que no se le borraba del rostr. Se acercó hacia las tres tumbas, sin soltarme la mano, por lo que yo también avancé sosteniendo el paraguas en mi mano derecha.
La mano izquierda de él tocó la primera tumba, apartando con todo cuidado la nieve que había allí, y podía ver que sufría en sus ojos. Apartó con suavidad la nieve nuevamente de la segunda tumba. La mirada de Edward estaba fija en las dos tumbas, como si la tercera no existiera. Se sentó en el suelo, suspirando y yo también me senté. Él alargó el ramo de lirios blancos como la nieve, dejándolo enfrente de la segunda tumba. Y entonces pude leer las inscripciones.
“Edward Masen
XXXX - 1918″
“Elizabeth Masen
XXXX - 1918″
Esos eran, con toda seguridad, los padres de Edward por los años de nacimiento. ¿Pero y la tercera tumba? ¿A quién pertenecía? ¿Quién era su propietario? Edward parecía una estatua, mirando fijamente a las dos tumbas, como si la tercera no estuviese allí o la ignorara. Dejé el paraguas aparte y lo plegué. Acerqué mi mano derecha a la tercera tumba, apartando la nieve de allí. La curiosidad mató al gato. En mi caso, no me había matado… aún. Pero yo seguí apartando la nieve, queriendo leer la inscripción. No pude evitar estremecerme cuando leí la inscripción.
“Edward. A. Masen
1901 - 1918″
La tumba de Edward. No del padre, del hijo. Lo miré, entre sorprendida y triste. Aquella tumba estaba vacía, porque el verdadero Edward estaba a mi lado, no allí dentro. Él me miraba, asintiendo con tristeza, asegurándome que aquella era su… tumba, aunque no estuviera muerto. Así que Edward había muerto en 1918, con diecisiete años. En los años de la Primera Guerra Mundial. Así que llevaba un siglo… vivo, por llamarlo de alguna manera.
-Edward… ¿qué ocurrió en 1918? -sentía la necesidad de preguntarle algo aunque no fuera asunto mío, ya fuera por entretenerle o por romper el silencio que allí había.
-La gripe causó muchos muertos. Precisamente, fue cuando Carlisle me encontró, cuando yo me estaba muriendo de gripe. Mis padres murieron. Sólo pudo salvarme a mí, puesto que ellos ya habían muerto -me explicó con voz triste, mirando fijamente a las tumbas-. En parte, podría decirse que fui afortunado. Aquel año, iban a mandarme a la guerra. Recuerdo que mi madre temía por mí, por que llegara la fecha en que yo tuviera que irme. Pero su preocupación fue inecesaria.
-Tu madre y tu padres te debían querer mucho -no era una pregunta, sino una afirmación. Estaba completamente segura de que Edward y Elizabeth Masen habían querido mucho a su hijo, de que Edward había sido muy importante para sus padres. De alguna manera, los tres habían muerto aquel día.
-Yo, a diferencia de ellos, he acabado por olvidarlos, por no recordar ni su rostro ni su carácter. Tan sólo recordando que había tenido padres, que habían existido. Yo, a diferencia de ellos, los he olvidado, sabiendo que no existían y ya está. No podían haber tenido un hijo más odioso -Edward se levantó rápidamente, dándoles la espalda a las tumbas y a mí, soltando mi mano-. Durante el siglo que he vivido los he olvidado cada vez más, quedando ellos en una nada lastimosa. Y ahora que he vuelto, tampoco soy capaz de recordarlos.
Rápidamente, me acerqué a él, sin poderlo evitar. Porque él no tenía que sentirse triste. Porque no quería que él fuese infeliz, y menos por aquello. Quería ver a Edward sonriente de nuevo. Quería verle tocando el piano de nuevo, sin aquella mueca de tristeza en los ojos, en su rostro. Sin… la tristeza de haber olvidado a sus padres.
-Pero no lo has hecho voluntariamente, Edward. Olvidaste a tus padres porque no había más remedio. El tiempo borra los recuerdos, los vuelve inciertos y extraños, haciéndote dudar de si aquello es verdadero o no. Y tú no tienes la culpa de eso. Nadie mejor que tú debería saberlo -dije, recordando cómo me había consolado él antes de dejar Forks-. Los remordimientos y las dudas tan sólo consiguen entristecerte. Y no eres un mal hijo. Intentándoles recordar, demuestra que les querías, que te importaban. Y no me lo niegues.
-Quizá les quería y, en parte, me gustaría conocerles de nuevo, saber cómo eran -su voz sonaba más triste que nunca cuando pronunciaba estas palabras-. Pero no. Ellos ya no existen. Y no recuerdo su aspecto, ni cómo eran. Nada. Tan sólo recuerdo que hacían todo lo posible por mí. Mi madre me enseñaba piano, mi padre me enseñaba a comportarme como un hombre. Tan sólo recuerdo… que me querían.
Repentinamente, él me abrazó con todas sus fuerzas, como si necesitara apoyo. Como si fuera a caerse de un momento a otro. Le abracé con todas mis fuerzas, intentándole decir que no estaba solo, que me tenía a mí para todo. Y lo entendí entonces. Yo le quería. Estaba segura de ello. Estaba enamorada de él y por eso haría todo lo posible por su felicidad. Por eso no quería verle triste, por eso me atraía tanto y quería estar a su lado. Y no me importaba, porque gracias a él había conseguido ser más feliz que lo había sido en toda mi vida. Y yo le calmaría, intentaría que él no sufriera.
-Y es eso lo que tienes que recordar. Que te querían. Recuerdas lo más importante, que ellos te querían. ¿Qué es comparado saber que te hayan querido con recordar sus rostros o sus formas de ser? Edward, recuerdas lo esencial, lo que ellos más te transmitieron, no debes sentirte culpable por ello. Recuerdas algo, y ese algo es lo más importante. Y aunque no recuerdes lo demás, eso es algo.
-Debo darte la razón, esta vez, supongo -suspiró, aún abrazado a mí, con un tono algo más bromista-. Además… os tengo a vosotros. A Carlisle, a Esme, a Jasper, a Alice, a Emmett, a Rosalie y a ti. Sois la mejor familia que habría podido tener jamás, Bella. Si Carlisle no me hubiera cambiado, me habría perdido esto. No te hubiera conocido. Ni a ti ni a nadie. Ni siquiera existirías, probablemente. Y no estarías aquí, conmigo.
-Ni siquiera existiría, probablemente -admití, con la voz algo más alegre. Al menos, aunque quizá no sintiera lo mismo por mí que lo que yo sentía por él, él volvía a ser el de siempre y parecía ser importante para él, me considerara sólo como una hermana o no. Y tenía que decírselo, tenía que decirle lo que sentía por él porque quería que lo supiese-. Además, Edward, yo tengo que decirte que…
… estoy enamorada de ti. Esas palabras quedaron silenciadas cuando su dedo se posó en mis labios. Él me dedicó una sonrisa seductora, como si supiese lo que iba a decirle, como si supiese lo que sentía por él.
-Si no te sabe mal, ¿podemos ir a otro sitio al que quería ir desde hace tiempo? Y ya dirás lo que tengas que decir allí, pero primero creo que tendré que hablarte yo -yo tan sólo asentí. No entendí a qué sitio quería llevarme ni por qué, pero eso era mejor que nada. Y también me preguntaba qué querría decirme él.
Salimos del cementerio, sin mirar atrás, mientras empezaba a nevar. Él me abrió la puerta del Volvo, riendo entre dientes. No entendí qué pasaría ni qué pretendía él, pero no importaba. Y mientras él conducía a un lugar que me era desconocido, tan sólo pude apostar por que Alice no se equivocara respecto a lo que sucedería.
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