Ocaso

Noveno capítulo: Confesiones


“… estoy enamorada de ti. Esas palabras quedaron silenciadas cuando su dedo se posó en mis labios. Él me dedicó una sonrisa seductora, como si supiese lo que iba a decirle, como si supiese lo que sentía por él.

-Si no te sabe mal, ¿podemos ir a otro sitio al que quería ir desde hace tiempo? Y ya dirás lo que tengas que decir allí, pero primero creo que tendré que hablarte yo -yo tan sólo asentí. No entendí a qué sitio quería llevarme ni por qué, pero eso era mejor que nada. Y también me preguntaba qué querría decirme él.

Salimos del cementerio, sin mirar atrás, mientras empezaba a nevar. Él me abrió la puerta del Volvo, riendo entre dientes. No entendí qué pasaría ni qué pretendía él, pero no importaba. Y mientras él conducía a un lugar que me era desconocido, tan sólo pude apostar por que Alice no se equivocara respecto a lo que sucedería.”

El coche frenó con suavidad, sin apenas hacer ruido. Inconscientemente, evoqué el recuerdo de mi monovolumen, que habría chirriado de ser el caso. Pero no, mi monovolumen no estaba ahí precisamente. Suspiré. Iba a abrir la puerta del coche, pero él ya estaba allí, con su rostro angelical y una sonrisa amable en sus labios, abriéndome la puerta. Salí, tropezando sin pretenderlo con el asiento y cayendo hacia delante, pero algo me sostuvo en brazos.

-¿Cuándo vas a dejarte de caerte, Bella? -se rió con su risa aterciopelada. Lo ignoré. Al menos, en mi opinión, aquello no tenía nada de gracia. Cualquier patoso agradecería que no le prestaran atención, como en mi caso.

-¿A propósito, se puede saber dónde estamos? -le pregunté, con la voz algo más enfadada de lo que pretendía. Delante de nosotros, una pequeña iglesia se alzaba, cubierta de nieve. En un cartel ponía el nombre de la iglesia, con unas letras bastante borrosas: Iglesia de San Juan.

-Es la iglesia donde mis padres se casaron. O eso creo recordar -en cuanto pronunció estas palabras volvió a dibujar esa sonrisa triste en su rostro a la vez que me miraba con una extraña expresión. Mi enfado desapareció como por arte de magia y le cogí de la mano sin pensarlo, intentando hacerle entender que no estaba solo. Él asintió con una sonrisa, pero la alegría no le llegó a los ojos.

Nos dirigimos hacia la entrada de la iglesia, que aseguraría que era gótica, aunque no estaba totalmente segura de ello. La puerta chirrió al ser abierta para dar paso al interior donde había veinte bancos abandonados a su suerte, un diminuto altar delante de todo. Pero no era eso lo mejor del lugar, si no la iluminación en sí que entraba por los cristales de diferentes colores que representaban diferentes escenas de la Biblia, provocando que la iglesia pareciera estar iluminada por un arco iris. Había, además, un detalle en que no había reparado: un pequeño banquillo frente a un majestuoso órgano, colocado en un rincón, que pedía ser tocado.

Edward me estiró suavemente, dirigiéndose hacia el banco de la primera fila, donde apenas segundos después nos sentamos. Miré sus ojos topacios, que clavaban su mirada en la nada, con un destello de tristeza y nostalgia. Me pregunté qué recuerdos, si es que estaba recordando algo, pasaban por su mente en esos momentos. Repentinamente, posó su mirada en mí, mirando con una intensidad con la que nunca me había mirado anteriormente. Quise apartar la mirada, no mirarle, pero era demasiado tarde: aquellos ojos me habían hechizado.

-¿Sigues todavía enfadada por haberme reído? -me preguntó con una voz divertida a la vez que soltaba mi mano para acariciarme el pelo, mojado por la nieve. En un primer momento, no pude pronunciar palabra alguna, pues él me estaba aturdiendo demasiado.

-¿Qué? -pregunté, confundida, intentando ordenar los pensamientos de mi mente. No pude evitar que mi tono fuera algo enfadado cuando hablé:- No, no sigo enfadada, aunque debería, supongo.

-Seguro -musitó con una voz desenfadada a la vez que dejaba de acariciarme el cabello, pero en ningún momento me dejó de mirar. Su expresión se volvió triste momentáneamente-. ¿En qué pensabas cuando te he preguntado antes? En un principio estabas como aturdida. ¿Puedo saber por qué?

-Oh, eso… -porque estaba aturdida por tu belleza, iba a decir. Pero no podía decir eso, por lo que dije lo primero que se me pasó por la cabeza, como de costumbre-. Me preguntaba qué es lo que querías decirme.

-Ah -su expresión era inescrutable. Apartó la mirada de mí un momento, como intentando ordenar sus ideas-. Te he traído aquí Bella, porque quería que vieses este lugar, conmigo. Esta iglesia es el lugar donde mis padres estuvieron una vez, donde se casaron, donde quería venir por si recordaba algo. Pero sigo igual -dibujo una sonrisa triste en su rostro, carente de cualquier otra emoción-. No logro recordar. Tan sólo veo un vacío en mí.

-Ya te lo he dicho antes, Edward. Que, aunque no los recuerdes, la sola frustración que te produce no lograr recordar nada, demuestra que te importan, que les sigues queriendo a pesar de no tener una imagen clara de ellos -le respondí, recordando sus temores en el cementerio. Y estaba completamente que eso me pasaría a mí con respecto a Renée y Charlie, pero no importaba, porque sabía que yo seguiría recordando cuánto los quería. Como Edward.

-Lo sé -dijo con una voz algo menos triste, algo más alegre. Acarició con su mano fría mi mejilla y acercó su rostro al mío. Su aliento me aturdió y tuve que mirar en otra dirección para saber qué decía él-. Pero pensar que una vez estuvieron aquí, donde estamos ahora nosotros. Pensar que, gracias a ellos existo y no los recuerdos. Pensar que los recuerdos se borran con la facilidad que uno olvida el rostro de la persona con la que se acabas de cruzar en la calle, me atemoriza. Me atemoriza que algún día olvide que han existido, que han estado ahí.

-Lastimosamente, no podemos hacer nada contra ello. Pero eso que dices que olvidarás que han existido, no es posible. Porque, estoy segura de que alguna vez te preguntarás quién te dio la vida, y los recordarás. Su mera existencia no la olvidarás quieras o no -tartamudeé en alguna que otra palabra, puesto que su rostro estaba cada vez más cercano al mío, a una proximidad que nunca había estado. Sentí cada fibra de mi ser temblar, y él alejó un poco su rostro para hablar.

-Tonta, Bella, eso ya lo sé -se rió con una risa que sonaba despreocupada. Con una risa que hacía su rostro más hermoso y que inundaba la iglesia con un sonido mil veces mejor que cualquier otro-. ¿Acaso algo es eterno, independientemente de la existencia de los vampiros? ¿Acaso hay algo que se pueda revivir? ¿Acaso los recuerdos olvidados se pueden renovar? ¿Acaso se puede recordar lo olvidado tiempo atrás?

-Quizá sí, quizá existe la posibilidad de que puedas al menos, hacerte una idea de la vida de tus padres. ¿Por qué no hacemos lo que tus padres hicieron aquí? ¿Por qué no nos… -no acabé la frase al darme cuenta de la tontería que estaba diciendo. Probablemente, ahora Edward me consideraría una loca. Clavé mi vista en el suelo, avergonzada y nerviosa, esperando una respuesta.

Silencio era todo lo que se podía escuchar y pasaron varios segundos antes de que él parpadeara, por el desconcierto o por el asombro. O quién sabía por qué. Alcé mi cabeza al ver que él no decía nada cuando oí de nuevo su voz, desenfada y divertida:- ¿Por qué no? Hagámoslo, pues -rió entre dientes mientras me cogía la mano y me arrastró suavemente a velocidad sobrehumana al delante del altar, como si realmente nos fuéramos a casar.

Y no dije nada. Primero, porque estaba demasiado sorprendida por su reacción, tan bromista y despreocupada. Segunda, porque, quisiera o no, una parte de mí se ponía nerviosa ante aquello y sentía arder algo en mi interior, un sentimiento fuerte e incontrolable. Y tercera, porque no sabía que decir en una situación como aquella. Miré a Edward, que a su vez me miraba ardientemente, sin apartar su mirada de mí.

-Creo que tenemos un pequeño problema. ¡Aquí no hay nadie que case, como tampoco hay invitados! Apenas se puede decir que haya entrado alguien alguna vez -sentí como si me diera un infarto. Una parte de mí, sentía decepción, pues él se estaba tomando todo aquello como una broma. Otra, se tranquilizó.

-Oh, bueno. Tampoco yo voy vestida para la ocasión que digamos, ni tampoco tú vas vestido de novio -intenté seguirle la corriente como se me ocurrió.

-Ni tampoco hay ramo que lanzar después -añadió a la vez que se sonreía, divertido y despreocupado, tan ajeno a la decepción que yo había sufrido.

-¡Y ni siquiera tampoco nosotros somos novios o algo parecido!Qué boda tan extraña y rara! -era cierto. Ni había cura, ni invitados, ni ramo de flores, ni nosotros estábamos vestidos para la ocasión. Y ni siquiera nos queríamos, ni éramos novios. En realidad, éramos hermanastros, si es que así se consideraban los Cullen entre ellos.

Una bombilla se iluminó en mi mente. Al fin y al cabo, sí que había algo real allí, y ese algo real eran mis sentimientos por Edward. Estaba completamente segura, aunque en un principio no lo hubiera aceptado, que le quería, que estaba enamorada de él. Pero claro, allí acababa aquello. Él, que yo supiera, no correspondía a esos sentimientos. Simplemente, él sólo me consideraba una hermana. Y ya, nada más. Quizá, alguna vez, en ese futuro eterno que yo viviría, él sintiera algo más por mí. O quizá no. Eso lo dejaba en manos del tiempo.

En ese momento, me di cuenta de lo que había dicho y me arrepentí. Esperé a que Edward lo considerara parte de la broma, pero no dijo nada y le miré. Él me observaba, con una expresión rara en sus ojos. Una especie de tristeza mezclada con autocompasión y con una alegría poco intensa. En un momento, Edward esbozó una sonrisa traviesa en su rostro, confirmando que se lo tomaba parte de la broma.

-Creo yo que eso se puede arreglar, Bella -su voz sonaba divertida, alegre y su sonrisa no se borró en ningún momento de su rostro de ángel caído. Le miré, confusa a la vez que nerviosa. Sabía, en parte, a qué se refería, pero no me lo terminaba de creer. No mientras él se lo tomara en aquella especie de broma.

-¿Qué…? -antes de que pudiera finalizar mi pregunta, él puso el dedo índice en mis labios, como antes de salir del cementerio, aunque la situación no era claramente la misma, aunque sí parecida. Notaba que algo iba a cambiar, que las palabras que él iba a pronunciar eran vitales por alguna razón que me era desconocida en esos momentos.

-Siento decirte que no ha tocado todavía tu turno. Yo aun no he acabado de hablar. Es más, debo pedirte disculpas, porque lo que quería decirte no era lo de antes. Eso era tan sólo una pequeña introducción. Es ahora cuando he de decir lo que iba a decirte. ¿No te sabe mal, verdad, que empiece yo primero? -asentí, si es que podía asentir, porque él volvía a acercarse más, dejándome aturdida con su belleza, con el olor de su aliento. Con todo.

-Bien -dijo él con su voz aterciopelada, asintiendo también y dibujando una sonrisa nerviosa pero confiada. Me moría de intriga por sus palabras, por lo que quiera que fuera que iba a decir-. Supongo que, para arreglar esto, debo decir la verdad, lo que se debe decir en estas ocasiones. Pero es algo tan difícil de explicar con palabras que más vale que nos sentemos en vez de estar aquí de pie, como tontos.

Antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba sentada a su lado, en el pequeño banquillo del piano, mucho más pequeño que ningún otro. Y, por si fuera poco, la luz del sol se filtraba por uno de los cristales, provocando que los dos brilláramos levemente, provocando que la belleza de Edward se volviera más presente, más real de lo que nunca había sido. Él empezó a tocar el órgano, deslizando sus dedos por las teclas del instrumento.

-Es aquella melodía -recordé la melodía que Edward había tocado pocos días antes de irnos. Una melodía que, según él, acababa de crear. La que era, recientemente, mi melodía favorita. Él asintió, con una sonrisa en sus labios-. ¿Puedo preguntar en qué te inspiraste para crearla?

-No, puesto que todavía no he hablado. Lo sabrás en cuanto acabe de tocarla -supe que él quería provocarme más intriga hacia aquello que iba a decir y callé, escuchando la melodía atentamente.

Y por muy bonita que fuera la canción, por muy hermosas que fueran sus notas y por mucho que me gustaran, no podía evitar inquietarme. Sabía que sus palabras cambiarían algo, que tenían algo que ver quizá, con lo que Alice me había advertido. Quizá. O quizá no. Intenté concentrarme en esa preciosa melodía que inundaba la iglesia, que a su vez provocaba un eco de la misma y resonaba lentamente para ir desapareciendo. Y entonces, llegó el fin.

-Dilo -le ordené, impaciente. Él era consciente de ello y se divertía por ese hecho. No pude sino mostrarme algo enfadada, aunque no surtió efecto.

-Déjame antes que cuente su origen, el origen de todo -esperó, clavando sus ojos topacios en mí y fui incapaz de luchar contra eso. Era algo que me superaba con creces-. Todo empezó el día en que te conocí, el que viniste a Forks. Aquel día en que, de entre todos, tú destacabas. Recuerdo cómo la olor de tu sangre me atraía, como ninguna otra me ha atraído nunca y cómo tu te sonrojabas, provocando más hambre en mí. Ese día fue el principio del fin. Aquel día en que descubrí que algo no iba bien en mí, puesto que no podía leer tus pensamientos.

-¿Yo olía bien? -le dije, algo sorprendida por ese hecho y nerviosa a la vez por que continuara. Él, después de mirarme con reproche, cogió un mechón de mi pelo y lo olió, confirmando así lo que le preguntaba. Una parte de mí empezaba a arder, aunque no entendí qué era.

-Y sigues oliendo bien, aunque no de la misma manera -puso su mano en mi cuello, acariciándolo con suavidad. No pude evitar estremecerme-. Todos los humanos huelen de diferente manera y hay ocasiones en que un olor tiene más fuerza. Y sólo tú podías atraerme con esa intensidad. Y te odié, porque tuve que abandonar a Carlisle y a todos para no ser descubierto. Tuve que irme a Alaska, junto a otra familia como la nuestra, para evitar destruir todo lo que había conseguido en décadas de esfuerzo. Una vez allí, me arrepentí -sus ojos me miraban, pero su mirada se perdía en el pasado, como la mía. Recordé ese odio con que me había mirado. Su mano, ahora, agarraba fuertemente la mía.

Me arrepentí porque, ¿quién eras tú si no una humana? ¿Quién eras tú para alejarme de mi familia? Y regresé, decidiendo que podría resistirlo y que, quizá, incluso podría comprender por qué no oía tus pensamientos. Deseé con todas mis fuerzas que no recordaras el comportamiento de mi primer día, y te hablé como hubiese hablado a cualquier persona, intentando conocer tus sentimientos en la forma en que reaccionabas, ya que no podía escucharlo en tus pensamientos -paró un momento para mirarme intensamente con sus ojos topacios. Acariciaba ahora mi rostro, como disculpa, quizá.

Discutí con mi familia, que no aprobaba mi comportamiento, a pesar de aceptarme de nuevo. Pero entonces ocurrió el accidente, y el estúpido coche se acercaba ti a una velocidad que yo sabía que no podría salvarte de todo. Y a pesar de todo, lo hice. En un principio, pensé que no quería que se nos descubriera, si se derramaba tu sangre. La verdad era que no quería que murieras. Pero tu sangre se había derramado. Utilicé el autocontrol de todo un siglo y me resistí como pude. Y tú te desangrabas, y aunque se había avisado a la ambulancia, supe que no aguantarías. Sin pensarlo una vez, te transformé como fui capaz, bebiendo la sangre más deliciosa de lo que había imaginado y más o menos, salvándote -en ese momento, su rostro se acercó al mío y puso su nariz en mi garganta, inhalando el olor que yo tenía. Sentía en mi interior una llama ardiendo, por alguna razón. Su voz aterciopelada volvió a hablar.

Me sentí culpable, como ya sabes. Porque veía que sufrías por tu padre, porque veía que te era difícil adaptarte a aquella vida nueva que tú no habías elegido. Pero luchaste por aceptarlo, por aceptar que no había otro remedio. Y eras como una de la familia, ibas habituándote poco a poco. Y me diste una razón por la cual aceptar que, después de todo, había hecho lo correcto. Te había dado otra posibilidad. Y a pesar de que yo me mostraba frío, tú me comprendías y estabas a mi lado, perdonando mis errores. Y ahora, al venir aquí, lo he comprendido. Me alegraba de haberte transformado, de que estuvieras a mi lado y siguieras, de alguna manera, viva. Me alegro de que estés aquí.

Estaba suficiente consciente de lo que decía, sentía suficiente intriga y ganas de que continuara como para preguntar-: ¿Por qué?

-Isabella -pronunció mi nombre con solemnidad y cogió mi rostro en sus manos, acariciándome con cuidado-. Sé perfectamente que tú no sientes lo mismo, pero prefiero decirlo que a quedármelo callado. Me has ayudado a recordar algo de mis padres: me has ayudado a recordar lo que sentían el uno por el otro. Me has ayudado a sentir eso. Bella, no hubiese podido seguir viviendo si hubieses muerto en ese accidente. No podría perdonarme no haberte transformado. No podría perdonarme no poder hablar contigo, no poder consolarte, no poder tocar canciones de piano que se inspiran en estos sentimientos. No podría seguir viviendo de no ser porque estás aquí. Le has dado un sentido nuevo a mi vida, de alguna manera. Te quiero -resumió en dos palabras todo lo que había dicho, aunque no por eso lo demás de menor importancia.

Lentamente, sus labios besaron mi frente, mis mejillas y me abrazó con fuerza. Yo estaba aún suficientemente aturdida como para poder reaccionar, pero el impulso de rodearle con mis brazos surgió. Por una vez, me sentí completamente feliz. Sentí que sólo existían sus brazos, sus labios. Que sólo existía él y nada más. Podía aceptar que aquello no era mi imaginación, que no era un sueño, pues notaba la urgencia con que sus brazos me abrazaban, notaba que aquellos sentimientos suyos eran tan reales como que yo era vampira.

-Este…, yo… -empecé, pero su dedo volvió a posarse en mis labios, silenciándome. ¿Acaso no quería escuchar lo que yo le iba a decir? Apartó mis brazos de él para poner sus manos en mi rostro nuevamente.

-Aún no he terminado -declaró y no pude evitar suspirar. Todo lo que había dicho hasta aquel momento era suficiente; más que suficiente, era demasiado, aunque no me importaba escuchar más. Él esperó nuevamente y no dije nada.

Debo agradecértelo. Gracias por estar en mi vida, Bella. Gracias por dar un sentido a esta existencia mía. Gracias por preocuparte por mí y por haberme perdonado cuando he estado frío contigo. Gracias por todo. Y sé que no es el caso, que no me correspondes, pero no me importa. Tengo suficiente con ser para ti como un hermano. Eres lo más importante que he tenido nunca y que siempre tendré.

-¿Puedo hablar yo ya? -pregunté, todavía sorprendida por su confesión. Él asintió, con una sonrisa triste en sus labios, creyendo que le iba a decir que no le correspondería, confirmando así lo que él temía-. ¿Y si se diera el caso que te equivocas, y si se diera el caso de que te correspondo?

-Creo que eso lo debemos solucionar de una manera mucho más fácil -apareció en su rostro perfecto la sonrisa traviesa que tanto me gustaba. Con una rapidez vampírica, me cogió entre sus brazos con delicadeza, como si me pudiera romper de un momento a otro y me llevó delante del altar, poniéndome de nuevo de pie pero cogiendo mi rostro en sus manos, mirándome de nuevo intensamente.

-¿Vas a pronunciar otro discurso o lo resumirás esta vez? -refunfuñé, algo impaciente por decir lo que tenía que decir yo, aunque no sabía ni cómo comenzar.

-Lo resumiré esta vez, tranquila -rió entre dientes, divertido por mi reacción-. En realidad, aunque no haya cura, ni ramo de flores, y a pesar de que nuestra ropa no sea la adecuada para la ocasión y no haya invitados, lo importante son lo que sientan los que se casan, ¿no crees? -yo tan sólo asentí, dándole toda la razón. Al menos, ahora había algo real: los sentimientos de los dos. Y aunque aquello no fuera una boda ni mucho menos, era una especie de juramento, también. Él tosió dándole importancia al asunto.

-Isabella Marie Swan, ¿quieres a Edward Anthony Cullen como tu amante eterno hasta que… nada os separe en todas las circunstancias del futuro? -él se reía entre dientes, aunque lo que decía era de verdad. En realidad, le agradecía aquello, puesto que era mucho más fácil abreviarlo en pocas palabras. Él se dejó de reír, mirándome con una expresión solemne, de repente y cogió mi mano fuertemente.

-Sí, te quiero -mi voz sonaba entusiasmada y él se echó a reír cuando fui consciente de lo que había dicho. En vez de decir “sí, quiero”, había dicho “sí, te quiero”. Incapaz de poder enfadarme con él por eso, me eché a reír también de lo absurdo y tonto de la situación-. Entonces, ya que yo he dicho eso, tú debes hacerlo también. Edward Anthony Cullen, ¿quieres a Isabella Marie Swan como tu amante eterna hasta que nada os separe en todas las circunstancias del futuro? -no pude evitar reírme también, pues aquella situación aunque era seria, me provocaba la risa tonta.

-Por supuesto que te quiero -respondió él con voz divertida, también riéndose, a la vez que me abrazaba y me estrechaba entre sus brazos y continuamos riéndonos un rato-. Bueno, supongo que ya está casi arreglado este asunto, aunque creo que hace falta darle un toque final.

-¿El qué? -pregunté yo, como una idiota y alcé el rostro para ver los ojos que me observaban con una intensidad que me dejaron definitivamente paralizada. Atrapó mi cara con sus manos.

-Tonta, Bella -fue cuanto dijo él mientras acercaba su rostro al mío, observando cómo reaccionaba yo ante aquello. Entonces, comprendí a qué se refería y tenía los nervios a flor de piel.

Entonces, sus labios encontraron a los míos. Y sus labios ardían en fuego como los míos. Mis manos, instintivamente, agarraron a Edward, en un intento de acercarlo más a mí. Sentí, desde el fondo de mi cuerpo, como mi temperatura aumentaba a pesar de no tener sangre. Quizá era una cosa de los vampiros. O quizá, no lo era, después de todo. Pero no me importaba. No mientras aquel momento durara.